Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia TENTACION


TENTACIÓN
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SUMARIO: I. Definición - II. Ilusiones atractivas y deseos ilusorios - III. El significado del tentador - IV. Aversio a Deo, conversio ad creaturam - V. Colapso moral: 1. Ideas ilusorias: 2. La desesperanza - VI. El camino de la muerte: 1. I.a sensualidad: 2. La posesividad: 3. El intelectualismo: 4. El egocentrismo: 5. Monoteísmo radical - VII. El yo autocreador: 1. La voluntad humana absolutizada: 2. La incredulidad: 3. El autoengaño: 4. Apetitos desordenados: 5. La división del hombre - VIII. Tentación social - IX. La superación: las tentaciones de Jesús: 1. La primera tentación: 2. La segunda tentación: 3. La tercera tentación - X. Las renuncias bautismales: 1. Exigencia de la familiaridad con Dios: 2. Participación en la autodonación de Cristo.


La tentación expresa la proclividad humana a la caída grave moral y espiritual, a la disgregación personal y social. Los individuos y las naciones pueden verse "tentados" a proseguir políticas de autodestrucción; unos y otras están sujetos a la "tentación" de actuar de una forma irrazonable e irresponsable. Las tentaciones apelan al lado más oscuro del hombre: a las potencialidades, presentes en cada uno de nosotros, de egocentrismo ilimitado, de soberbia y presunción, de ambición despiadada, deshonestidad y engaño; a la potencialidad de odio, hostilidad y abuso de los demás, unas veces de forma persuasiva, otras veces de forma brutal. Son capacidades latentes, escondidas bajo una variedad de actitudes virtuosas aparentes, de valores aparentemente auténticos. de comportamientos presuntamente respetables. La tentación puede estar adormecida, mas nunca ausente; puede ser contrastada, pero no eliminada. El cristiano necesita orar siempre para no caer en la tentación. La vida cristiana es una constante confrontación v unasuperación continua de la tentación a faltar gravemente a los compromisos con Dios y con el prójimo, sin los cuales no puede darse a ningún nivel una vida auténticamente humana. La tentación se afronta esforzándose en poner al desnudo la falsedad de ciertas ideas, de ciertos credos, de afectos, deseos, imágenes y asuntos. intentando reconocer todas estas cosas en lo que son realmente ante Dios.

I. Definición

K. Rahner y H. Vorgrimler definen la tentación como "la incitación al pecado". Estos autores explican que la libertad humana necesita, para actuarse, conocer por experiencia los valores, ya sean reales o aparentes. En la medida en que esta motivación, necesaria para la actividad de la vida humana, toma forma de concupiscencia, la motivación al mal moral asume su aspecto característico de tentación, tal como se verifica tras la caída en el actual orden de cosas. La concupiscencia persigue, en efecto, su propio bien particular, independientemente del bien moral universal del hombre, y, por lo tanto, nunca puede integrarse por completo en la opción fundamental del hombre por el bien. Esta tentación sigue existiendo en el hombre aun cuando por obediencia a Dios la rechace; coexiste con esta misma actitud de rechazo y. en consecuencia, oscurece a los ojos del hombre su propia situación. De ello se deriva que el hombre no puede dar presuntuosamente por descontada su propia salvación. Al mismo tiempo, el hecho de que persista la tentación no destruye la libertad y la responsabilidad del hombre (Mt 26,41). La fe y la esperanza (Ef 6,16) y el ascetismo activo puede vencer la tentación.

Lo que nos impulsa al pecado es un elemento de la condición humana que existe antes de nuestra decisión libre. Este elemento puede entenderse como el contexto histórico en que vivimos (los principados y las dominaciones), o bien como nuestras personales disposiciones interiores (sarx). Los principados y las dominaciones, es decir, el conjunto de fuerzas mundanas que cargan el ambiente con valores opuestos a los revelados en Cristo. El mundo hostil a Dios es todo lo que en el mundo incita al pecado y lo concretiza en el contexto humano. Aunque los cristianos no pueden dejar de estar "en el" mundo (Jn 17,11), tampoco pueden ser "del mundo" (Jn 18,36). Sarx es todo lo que en el hombre opone resistencia al don del Espíritu Santo (1 Cor 5,5; Gál 6,16ss).

II. Ilusiones atractivas y deseos ilusorios

En su búsqueda de valores auténticos, el hombre está tentado a creer que todo su bienestar se funda solamente en sí mismo, en una sola persona o en un solo objeto. Es la tentación de transferir todas las posibles motivaciones humanas a un único objeto creado que el hombre debe poseer para ser feliz. El hombre es tentado de egoísmo, de preocupación exclusiva por su propio interés y su propio crecimiento, tendiendo a concentrarse totalmente en sí mismo. Es tentado a rechazar la autotrascendencia y a pensar que sólo en sí mismo puede encontrar luz y amor. Es tentado por deseos ilusorios, por un género de vida existente únicamente en la fantasía. que le protege contra la realidad, tergiversa los acontecimientos cotidianos, amortigua el choque de la verdad y le mantiene en un mundo ficticio de su invención. El hombre es tentado a seguir la luz crepuscular de la fantasía y de la ilusión; una vida falsa, en la que no se siente llamado a responder a los valores externos a sí mismo, valores que debería respetar, cultivar y fomentar. El hombre es tentado a esconderse de los demás, presentando una imagen de sí mismo que no es auténtica. Es tentado a servirse de los demás para satisfacerse a sí mismo; a manipularlos en nombre de la amistad y del amor, para subyugarlos a sus propios deseos. El miedo y la inseguridad le tientan a esconderse de todo lo que podría proyectar luz sobre su necesidad de ayuda: porque eldesarrollo auténtico de la vida del yo está condicionado por una cándida apertura a las realidades personales. de los demás y del mundo. La tentación quisiera alienar definitivamente al hombre de su ser verdadero y real, del solo y único mundo en que puede gozar de una existencia auténtica. Si el diablo es "mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44). su programa se cuenta entre los peores engaños para la vida del "yo".

III. El significado del tentador

Satanás. o el diablo, aparece frecuentemente en la Biblia como el responsable de la tentación, como aquel que se atreve a tentar incluso a Cristo. Aparece como el príncipe de este mundo (Jn 12,31), representante de todos los falsos ideales que dominan a la sociedad. Satanás se viste de ángel de luz (2 Cor 11,14) y bajo las falsas apariencias de amigo incita al hombre a oponerse a Dios. Sus tentaciones van asociadas a la separación de Dios, al dominio del mundo secular (Mt 4.8ss), al poder de manipulación de las mentes humanas (Mt 4,3) y a la negación [>Diablo/ exorcismo Il]. Satanás tienta al hombre para que se niegue a reconocer y aceptar la verdad de su propia realidad particular y de la realidad general. Este rechazo encaja en el deseo de dominar la realidad con la idea de destruir la verdad cuando ésta repugna. La ingrata necesidad de mirar de frente a la verdad negada es la base de la evasión y de la violencia. Las tentaciones de Satanás tienen el carácter de obligaciones contractuales: "Nadie puede ser esclavo de dos señores... No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24). El hecho que aquí se sobreentiende es que todo hombre ha elegido aliarse con el verdadero Dios o con su adversario; el hecho de que todo hombre se ha sometido a un poder más alto para obtener lo que considera mejor en la vida: el hecho de que cada uno está obligado por un contrato que lo vincula al poder. El hombre reconoce implícitamente la imposibilidad de llevar una existencia independiente, que al mismo tiempo sea completamente segura y esté garantizada contra la necesidad.

La idea que nos hacemos de Satanás está condicionada por nuestro modo de entender la tentación. San Ignacio de Loyola, por ejemplo, indica a Satanás como "el enemigo del género humano", definición esta que alude a la hostilidad de la tentación contra el auténtico bienestar del hombre en cuanto individuo y en cuanto miembro de la sociedad. La exclusión de Satanás del paraíso terrestre y el hecho de que esté "abandonado a sí mismo" caracterizan a la tentación como el propósito de alejar al hombre de la comunión con Dios, induciéndole a buscar una existencia falsamente independiente. Satanás, como símbolo de una existencia personal absolutamente cerrada en sí misma y alienada, en conflicto con cualquier otra existencia, refleja el carácter nihilista de la tentación, que no atribuye valor a nada, sino a la propia obstinación. También refleja la separación entre Dios y el "propio pequeño dios" personal.

Jacques Lacarriére. en su historia de los monjes del desierto de la cristiandad antigua, alude al carácter interior de la tentación y cuenta de cierto asceta que, atento a la llegada de un observador con el presentimiento o la certeza de que se trataba del diablo, terminaba a veces por descubrir que ese visitador, ya bastante cercano para ser reconocido, no era otro que él mismo, su propio desdoblamiento, que venía a su encuentro desde un lejano horizonte.

IV. "Aversio a Deo, conversio ad creaturam"

La tentación se concibe como una seducción a la que es probable que ceda el hombre. Jesús amonesta a sus discípulos a rezar para no caer en tentación. El motivo de esta invitación es que, a pesar de la buena disposición del espíritu, la carne sigue siendo débil (Mt 26,41). En este mismo sentido hay que entender la oración del Señor cuando nos hace pedir al Padre que no nos deje caer en la tentación (Mt 6,13). Según el pensamiento bíblico del Antiguo Testamento, implícito en esta petición, Dios puede perfectamente inducir a la tentación, como hizo con Job y con Abrahán. La oración pide que el cristiano sea liberado de la seducción del pecado, en el sentido de una liberación asegurada como la que aparece en la literatura apocalíptica, donde la tentación es una característica de las tribulaciones escatológicas (Ap 3,10; 2 Pe 2,9) '.

Como incitación al pecado, la tentación implica una aversio a Deo, que ha de entenderse a la vez como una conversio ad creaturam. Lleva implícito en sí misma el pecado fundamental de la idolatría, la tendencia a fundamentar la propia vida en las criaturas, quizá en sí mismo, y a entender la vida y a darle significado en términos de simples criaturas finitas, excluyendo ese sentido y ese valor definitivos que se revelan en Jesucristo. La tentación es una incitación a dar a la criatura una importancia que compete exclusivamente a Dios; el único resultado de todo esto no puede ser otro que una terrible distorsión de nuestra existencia. San Pablo, hablando de la perversión de la vida humana ocasionada por el pecado, culmina su razonamiento señalando que la idolatría es la fuente de este desorden: "Trocaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y dieron culto a la criatura en lugar de al creador" (Rom 1,25).

El hombre es tentado a idolatrarse a sí mismo y a su poder, y ello le hace caer en los pecados de soberbia, que, en último término, son quizá los más destructivos y terribles, porque perturban las relaciones entre hombre y hombre. El Antiguo Testamento ha sabido ver la trascendencia que adquiere entre los seres humanos la aspiración a ser dioses (Gén 3,5; 11,6). Pero la tentación del hombre a idolatrarse a sí mismo y a ser dios de sí mismo se cuenta entre los abogados defensores de un cristianismo "sin religión", que han caído ellos mismos bajo la influencia de idéntico tipo de antropolatría. En el extremo opuesto, la tentación de idolatrar las cosas lleva a pecados de laxismo y de codicia. Es la tentación típica de la era tecnológica y de la sociedad de consumo, en las que la multiplicación de los instrumentos de la técnica ha hecho crecer, a su vez, las necesidades y los deseos. El resultado de ello es la tentación de medir el valor último de los individuos y de la sociedad por su capacidad de producir y poseer todos los instrumentos y lo que de ellos se deriva. La consecuencia deshumanizante y despersonalizadora se advierte en el hundimiento de las relaciones humanas a todo nivel, basado en la falta de respeto a los pobres en su calidad de individuos, de clase social y de naciones del Tercer Mundo. Un resultado diametralmente opuesto a la caridad fraterna, que comunica al mundo el sentido de Cristo.

La tentación puede también ser sinónimo de un compromiso mal orientado, como el que se traduce en actos pecaminosos. Mal orientado, porque, en definitiva, hace al hombre esclavo y extraño a su propio ser, a su prójimo y a Dios. En la terminología de Paul Tillich, la tentación posee la capacidad de transformar cualquier cosa no definitiva en un centro de interés definitivo. El compromiso mal planteado se convierte en el punto focal de un interés existencial aberrante, que acaba destruyendo el ser de quien es fiel a semejante compromiso. La adoración del verdadero Dios es liberación de la fuerza seductora y mortífera de la idolatría, liberación obtenida mediante la encarnación. muerte y resurrección de Cristo, gracias al cual nos fue dado el poder de ser hijos del Padre, hermanos del Hijo y posesores del Espíritu del Padre y del Hijo. Testigo de esta liberación es el cristiano, que llama al Padre "Abba" y que hace del Padre el centro vital de su ser consciente de Jesús. Así es como el Padre responde a la petición del Hijo de que nos libre del mal. El se sitúa en el centro de nuestra conciencia amorosa, liberándonos de las influencias seductoras y mortíferas de los dioses falsos.

V. Colapso moral

La tentación es incitación a la pecaminosidad, a la privación de un amor total, una dimensión radical de falta de amor. Esta dimensión, como la describe Bernard Lonergan, puede estar velada por una superficialidad prolongada por la evasión de los interrogantes últimos. por el apego a cuanto el mundo ofrece para desafiar nuestra inventiva, debilitar nuestro cuerpo y distraer nuestra mente. Pero esta evasión no puede durar por siempre, y entonces aparece la inquietud por la falta de realización personal, por la búsqueda de diversión, por la carencia de alegría, por la ausencia de paz, y aparece el disgusto, un disgusto depresivo o un disgusto maníaco, hostil y hasta violento frente al género humano.

1. IDEAS ILUSORIAS - La tentación puede entenderse también en términos de colapso, hundimiento y disolución. Lo que los individuos, la sociedad y la cultura han construido lentamente con gran fatiga, puede hundirse por el solo hecho de haber cedido a la tentación de ideas ilusorias. ¿Pueden los valores auténticos, tan fatigosamente conquistados, sostener el paso exorbitante del placer carnal, de la riqueza y del poder? Existe la tentación de considerar la religión como un consuelo ilusorio para las almas más débiles, como una especie de opio que los ricos proporcionan a los pobres para amansarlos, como una proyección mítica hacia el cielo de la excelencia del hombre. Al principio no a todas las religiones se las declara ilusorias, sino solamente a alguna en concreto: así, no todos los preceptos morales se rechazan como ineficaces e inútiles: no toda verdad es rechazada, sino sólo algunos tipos de metafísica. a los que se liquida como simples patrañas. Pero a partir de este mismo momento, la eliminación de una parte genuina del todo significa que una totalidad anterior ha sido mutilada, que un cierto equilibrio se ha roto y que todo lo demás se falseará en el intento de compensar lo que falta'. La creciente disolución inducirá a los hombres a una mayor división, incomprensión, desconfianza, miedo, hostilidad, odio, violencia. Impulsará a los hombres al escepticismo intelectual, moral y religioso; minará la base de la autotrascendencia intelectual, moral y religiosa.

La tentación es una presión a fallar en lo que constituye la esencia de la espiritualidad cristiana, que, teórica como prácticamente, debe abarcar una visión del mundo, una celosa custodia de los valores que le son propios y una serie completa de instrumentos capaces de realizar tales valores. El pecado fundamental de la idolatría entraña el desfonde de cada uno de estos tres órdenes de cosas: una criatura domina nuestra visión del mundo, nuestra escala de valores y el sentido de nuestro servicio. Esta misma criatura se convierte en centro constante de las actitudes de fondo, de los temas y modelos de nuestra vida interior: se hace fundamento definitivo de nuestra experiencia y de nuestro modo de entender y de juzgar las cosas.

2. LA DESESPERANZA - La tentación del pecado es de manera implícita una tentación a la desesperanza: a abandonar la esperanza rechazando voluntariamente tanto nuestra consciente y reconocida dependencia de nuestros semejantes y de Dios como nuestro deber de buscar la perfección y la salvación en armonía con ellos. La tentación puede asumir la forma de la indiferencia moral (pereza), que esquiva el esfuerzo necesario para seguir a Cristo y prefiere su propia visión del mundo, sus propios valores, a los revelados en Cristo por la gracia de Dios. Los que pierden la esperanza han cedido a la tentación de vivir exclusivamente para sí mismos; rechazan arbitrariamente la posibilidad de volver a cifrar su esperanza en Cristo; se rebelan por tener que depender de alguien para su realización personal. En definitiva, toda resistencia a la gracia ofrecida es una forma de desesperanza; es también una forma de idolatría, en la que el hombre se comporta como pequeño dios de sí mismo, fundando en sí mismo todas sus esperanzas.

La tentación incita al hombre a poner su esperanza en lo ilusorio: le ofrece una falsa promesa. El idólatra queda preso en la trama de una promesa que nadie puede cumplir fuera del verdadero Dios. El verdadero Dios es quien efectivamente realiza lo que sus rivales sólo saben prometer con palabras. Todos los dioses dan a los individuos un modelo de verdad, de realidad y de bondad en que basar las decisiones cotidianas de la vida. Quien se confía a un modelo falso violenta la realidad y pretende obtener de él lo que éste nunca podrá darle. El verdadero Dios es fiel a su palabra y capaz de cumplir sus promesas, porque es el Señor de toda la realidad; en efecto, es un Dios cuyas promesas trascienden con mucho las del más pródigo de los ídolos. Los escritores bíblicos exhortan a los hombres a reflexionar sobre las gestas poderosas (magnalia Dei) con las que Dios mantiene sus promesas. Por el contrario, la tentación incita al hombre a escoger un camino hacia la felicidad que se aniquila por sí solo.

VI. El camino de la muerte

Jesús utilizó alguna vez las imágenes del "camino" y de la "puerta" para describir el sendero del hombre hacia la perdición o hacia la salvación. En los Hechos de los Apóstoles, los cristianos se definen como los seguidores de un "camino". El antiguo texto cristiano de la Didajé empieza con estas palabras: "Hay dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte, y la diferencia entre ambos es muy grande" (>Itinerario espiritual III, 1].

Pues bien, al igual que hay muchos tipos de error, mientras que la verdad es sólo una, así el número de las puertas o caminos posibles abiertos a la perdición es infinito, mientras que los caminos de la vida se funden todos en uno: amar a Dios con todo el corazón, con toda elalma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar a los demás en Dios. Los caminos de la felicidad definitiva (paraíso) y de la infelicidad definitiva (infierno) se refieren no sólo al estado final y eterno de la autoconciencia del hombre, sino también al estado interior de esta autoconciencia aquí y ahora. El reino de Dios y el reino de Satanás son realidades presentes, y los diversos caminos que conducen a ellos se refieren a ciertos modos, respectivamente auténticos o falsos, de pensar, de desear y de actuar en el mundo. En este sentido, la tentación es una incitación a una existencia falsa, a todo lo que en el hombre se opone a Cristo y lleva al rechazo definitivo y duradero de las exigencias propias del verdadero yo, del yo inteligente, racional, responsable y capaz de amar.

1. LA SENSUALIDAD - La tentación puede entenderse como incitación al camino de la muerte, que Bernard Tyrrell describe como "puertas del infierno" en su análisis fenomenológico de la existencia inauténtica. La tentación de la sensualidad empuja al hombre a la búsqueda del placer y a esquivar el dolor por encima de todo; a vivir ateniéndose únicamente a lo que le agrade, a la autocondescendencia y al hedonismo; a vivir dominado por el deseo y por el miedo, y no por lo que constituye un valor y un significado auténtico.

2. LA POSESIVIDAD - La tentación de la codicia, posesividad, ofrece una amplia gama de articulaciones. Se está dominado por el deseo de poseer objetos materiales, de tener personalidad, audiencia, seguidores, fama. Todo esto a que el avariento se aferra hace presa en él y domina como un ídolo su conciencia personal. Esencialmente carente de confianza en Dios, el codicioso no sabe comprender que el acto fundamental del hombre consiste en dejar que sea Dios quien lo realice, en dejar que el reino de Dios venga a él. Al no permitir que le llegue el reino de Dios, acaba por no poseer nada: "Al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará" (Mc 4,25).

3. EL INTELECTUALISMO - El intelectualismo es la tentación que incita a buscar la propia gloria y la autorrealización en la posesión del saber. Mediante la posesión del saber, el intelectualista intenta conquistar el poder sobre los demás, y lo usa como arma para humillar o rebajar a los otros, elevándose a sí mismo. No considera la verdad como algo que ha recibido gratuitamente y que, por lo tanto, debe transmitir gratuitamente, sino más bien como "su" saber, separándose así de todos los demás hombres.

4. EL EGOCENTRISMO - El egocentrismo es la tentación de transformar en absoluto la propia persona o la de los demás. Las corrientes actuales de la psicología, de la filosofía y de la religión, que insisten sobre el hecho de que el hombre y no Dios es el centro y señor de las cosas, están librando realmente una batalla en favor de la personolatría, el culto de la persona. La conciencia egocéntrica no llega a percibir el Fundamento del Ser. La conciencia interpersonal concentra su atención en la interacción entre el yo y los demás. No es capaz de captar el trasfondo sin el cual nunca podría aparecer el primer plano. El centro de interés constituido por la interpersonalidad de los individuos tienta al hombre a ignorar la verdad de lo que él es verdaderamente. El egocéntrico se toma a sí mismo y a los demás seres humanos como única fuente de amor, de esperanza y de luz en el mundo. El egocentrismo tienta al hombre en dirección a un "sistema de vida", ilusorio, ignorante, obnubilado y enfermo, que puede curarse tan sólo por la aceptación del Dios trascendente, en el que todas las cosas subsisten y son.

Todas las "puertas del infierno" son otras tantas tentaciones de idolatría. El hombre sensual hace un ídolo de sus propios sentidos. EI hombre posesivo transforma en ídolo el tener, mientras que el intelectualista idolatra sus propios esquemas, sus ideas y sus hipótesis.

5. MONOTEíSMO RADICAL - Todos estos ídolos quedan eliminados por el monoteísmo radical: el reconocimiento existencial explícito de que sólo Dios es absoluto y de que todas las cosas creadas se valoran, se juzgan y se aman a la luz del Amor-Inteligencia en que tienen existencia. El monoteísta radical se da cuenta de que el amor del prójimo va inseparablemente unido al amor de Dios; pero adora a Dios únicamente y sabe que sólo mediante el don del Espíritu de amor, difundido en su propio corazón, puede amar a los demás con fidelidad, perseverancia, abnegación y compromiso real. Las bienaventuranzas expresan el espíritu del monoteísmo radical, tal como lo entendió Jesús en su misión curativa e iluminadora, así como el poder de Dios, que libera al hombre de la tendencia espiritualmente fatal a hacerse absoluto, de buscar la salvación de la propia vida, que, como avisó Jesús, terminaría por perderla.

VII. El yo autocreador

La ética cristiana, según Stanley Hauerwas, afronta una tentación que constituye otra variante de la idolatría: el concebirse a sí mismo como su propio creador. La definición del hombre como artífice de sí mismo no sólo ha llevado a la imposibilidad de explicar afirmaciones fundamentales que ocupan el centro de la vida cristiana, sino que también ha situado a la ética actual en la incapacidad de hallar un punto de encuentro con las formas modernas que asume la condición humana. La ética actual ha reproducido la ilusión de poder y de grandeza de los hombres, porque no ha sido capaz de poner de relieve las categorías capaces de ofrecerles la justa valoración de su condición de seres finitos, limitados y pecadores. Por eso no ha satisfecho su cometido moral.

1. LA VOLUNTAD HUMANA ABSOLUTIZADA - Al hacer de la voluntad humana la fuente de todo valor, nos alejamos de la intuición clásica, tanto del cristiano como del filósofo, para la cual la medida última de la bondad moral y espiritual ha de buscarse fuera de nosotros mismos. La imagen dominante del hombre artífice confina a Dios en el universo del "completamente otro", dejando el mundo a merced de cualquier destino que quiera atribuirle la absoluta libertad del hombre; aunque se afirme que está presente y se lo defina como el Dios de la historia, su papel se reduce a confirmar la irreversible marcha de la creatividad humana. En semejante visión de las cosas, cualquier atracción capaz de dirigir la vida hacia el ser creador y redentor de Dios resulta incomprensible. La ética y la espiritualidad cristiana se vuelven pelagianas en este contexto; el fin de la vida cristiana es el recto obrar, y no la visión de Dios obtenida por la gracia de compartir la mente v el corazón de Cristo.

2. LA INCREDULIDAD - La tentación impele a la incredulidad, al rechazo de la visión de Dios en el sentido que le da Lonergan, de fe como "ojo del amor", sin la cual el mundo es demasiado malo para que Dios sea bueno, para que un Dios bueno pueda existir. La fe es el ojo del amor, la convicción de que todas las cosas concurren al bien de aquellos que aman a Dios (Rom 8,28); ella reconoce el significado último de la consumación del hombre. Esta convicción puede ser minada, sin embargo, en sus raíces por la desatención, por las distracciones que dominan el centro de la conciencia del hombre. "... Se ahogan en los cuidados, riquezas y placeres de la vida y no llegan a la madurez" (Lc 8,14). Los cuidados, las riquezas y los placeres encuentran el modo de convertirse en fines en sí mismos y pueden transformarse en ocasiones de que los hombres se miren sólo a sí mismos, antes que a Dios, en la búsqueda de su realización personal. La tentación saca fuerzas de la angustia y de la necedad humanas.

3. EL AUTOENGAÑO - El éxito en la vida espiritual no puede quedar suficientemente asegurado sólo con un buen comienzo y con un ímpetu vigoroso. Exige vigilancia y cuidados constantes para no caer víctimas del propio autoengaño en una atmósfera de ambigüedad y de oscuridad que acabe en el pecado manifiesto. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios espirituales, advierte que el espíritu del mal atrae y tienta a los hombres con objetos de suyo indiferentes, lo que equivale a decir que de ninguna manera son pecaminosos. El espíritu del mal intenta cercenar la libertad de los hombres, ofuscándolos con la ilusión de una libertad mayor. Bajo la apariencia de bien, busca enajenar de Dios el corazón y la mente humanos. En consecuencia, la vida debe ser controlada para que sea auténticamente cristiana; una vida en la que el sujeto es consciente de lo que tiene lugar en el interior de sus pensamientos y de sus deseos.

4. APETITOS DESORDENADOS - Muchas tentaciones arrancan del desorden de nuestros apetitos naturales: el impulso instintivo a extender la mano hacia todo lo que es o parece ser bueno para nuestra naturaleza en términos de comida, bebida, amistad, reputación, éxito, amor, respeto, afecto, etc. Nuestras necesidades, ya se ha advertido, son otras tantas oportunidades para el diablo. Cada una de ellas es una expresión particular de nuestro deseo de crecer o de conservar nuestra vida o, en el caso del apetito sexual, del deseo de preservar la vida de la especie. En estas mismas necesidades, todas de por sí portadoras de vida, existe una ambivalencia que las puede pervertir, convirtiéndolas en instrumentos de muerte. Sin vigilancia, autodisciplina y autocontrol, nuestras necesidades fundamentales pueden apartar de Dios nuestra mente y nuestro corazón.

5. LA DIVISIÓN DEL HOMBRE - El Vat. II habla de la "división del hombre" (GS 10; 13); en el hombre hay tendencias espontáneas o insuprimibles, que contrastan con otras tendencias y con el curso inevitable de la naturaleza. Si el Nuevo Testamento habla del impulso espontáneo que suscita el Espíritu Santo en los corazones de los fieles hacia el bien, también habla de los impulsos espontáneos hacia el mal existentes en el hombre en cuanto "carnal" y "animal", es decir, en cuanto que no está animado por el Espíritu (Rom 1,24; 13,14; Gál 5,16-17; Ef 2,3; 4,24). La palabra epithymia es, por lo tanto, ambivalente; pero designa, en general, la inclinación al pecado, opuesta a la vida del Espíritu. Aquel que todavía no está regenerado se encuentra sometido al dominio de las "concupiscencias" (1 Tes 5,6; Tit 3.3). El hombre inserto en Cristo está liberado de este dominio, pero debe luchar continuamente para mantener su libertad (Rom 6,12; Col 3,5). La tensión entre el impulso al bien y el impulso al mal sitúa al hombre en un ambiente de prueba, del que solamente lo libera Cristo (Rom 7).

En el hombre queda siempre un residuo psíquico no polarizado hacia el valor que la persona ha elegido como norma de su propia vida. La concupiscencia puede ser o bien un impulso activo hacia un valor que no encaja en el desarrollo y la maduración auténtica de la persona, o bien lo que se sustrae a la magnanimidad y a la generosidad, se rebela contra riesgos razonables y se bloquea en formas infantiles puramente receptivas de la socialidad. La tentación entraña el rechazo del compromiso personal de desarrollarse y equivale a una fuerza destructiva. El Vat. II, sabedor de la lucha dramática entre el bien y el mal que caracteriza a la vida humana, afirma lo siguiente: "El hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas" (GS 13).

VIII. Tentación social

El hombre es tentado a cometer los pecados propios del ambiente en que vive. Los pecados, unidos de alguna forma entre sí, tientan al hombre tanto porque provocan la imitación como porque suscitan una reacción igualmente pecaminosa. El impulso a la búsqueda del propio bien individual y terrestre, excluyendo toda norma superior, constituye sólo un aspecto de la tentación como fuerza que inclina a los hombres a pecar y les impide construir una auténtica vida humana. Hablando de la división del hombre, el Vat. II afirma: "Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón... y prefirieron servir a la criatura, no al Creador" (GS 13).

Pero la tentación no puede considerarse como un hecho puramente individual. El hombre es un ser social, y por eso, como en toda su vida, también en las relaciones con Dios cualquier postura que tome queda influida por el comportamiento, ya pasado, ya presente, de los demás, y a su vez influye en los hombres para bien o para mal.

La demagogia política en nombre de la grandeza de la patria ha sido muchas veces una tentación fatal para pueblos enteros. La demagogia política tienta a un pueblo con las promesas mesiánicas, las cuales habrán de resolver todos los problemas nacionales de mayor categoría, y acaba llevándolo a la defraudación y a la exacerbación. El realismo cristiano ha puesto siempre de relieve que ni siquiera las reformas sociales de mayor éxito son capaces de eliminar la cruz de la vida de los hombres y de la sociedad. Los falsos salvadores dicen que poseen la panacea de todos los problemas humanos a condición de que estemos dispuestos a seguir sus ejemplos, y seducen al pueblo prometiendo una sociedad utópica con un lenguaje que enmascara su sed de dominio.

En el estado actual del hombre, ningún orden social es totalmente satisfactorio. En cualquier caso, tenemos la obligación de trabajar para obtener un orden mejor que el existente en la actualidad. Los iluminados revolucionarios tientan a las masas con un idealismo utópico de origen emotivo, que elude la determinación de las injusticias reales que se sufren. En general, se oponen a la tarea de ocuparse de injusticias específicas; prefieren partir del presupuesto de que el orden social está corrompido, explotado y maduro para ser derribado. Establecida esta premisa, todo lo que el orden social al que se refieren tiene de bueno no puede ser otra cosa que un mal arteramente camuflado, concebido para disuadir a los radicales de su intento revolucionario. Toda reforma o cambio que no sea la revolución es contrarrevolucionario. Empujan a las masas al odio civil contra todos aquellos que no pertenecen a su movimiento o a su partido político, creando una especie de demonología, según la cual quienes no se adhieren a ellos son demonios dignos de toda violencia y castigo, mientras que ellos son "ángeles" iluminados, sin pecado, "ángeles custodios" del auténtico bien del pueblo entero.

El racismo crea otra especie de demonología, según la cual se concibe a los extranjeros como "diablos", como símbolos de una amenaza contra la integridad y la existencia de la sociedad. La demagogia racista tienta a las masas a mirar a los extranjeros con suspicacia, como una amenaza contra los valores del statu quo, y a atribuirles la culpa de lo que no va bien en el país.

El capitalismo desenfrenado de la sociedad consumista tienta a las masas mediante el bombardeo de la publicidad a que acepten valores falsos, explotando todo medio a su alcance para promover sus productos. La publicidad erótica se convierte en seductora para la venta de productos cualesquiera. La pornografía, la droga y la violencia excesivas del cine se presentan como diversiones para las masas, implicando una visión ilusoria del bienestar humano y seduciendo a las masas con falsas promesas mediante los medios de comunicación social. Engañan, mienten. pretenden que una vida indisciplinada es una vida "libre", "feliz" y "auténtica". La pornografía, la droga y la violencia en cualquiera de sus formas venden bien sus productos, prometiendo una diversión inmediata, pero tarde o temprano hacen a sus clientes incapaces de disfrutar de la verdadera felicidad humana.

IX. La superación: las tentaciones de Jesús

Todo el desarrollo de la vida cristiana puede describirse como un proceso de superación de la tentación orientado a posibilitar el cumplimiento de la total restauración en Cristo (Ef 1,4-10). Esto significa, en otras palabras, una fe que supera todo lo que corresponde únicamente a lo que los ojos pueden ver y la razón humana entender; significa esperanza, que supera las tentaciones de caer en la impaciencia y en el desaliento ante los caminos de Dios; significa superar con la caridad cualquier tipo de compromiso en el servicio de Dios.

Una comprensión adecuada desde la fe de la tentación de Cristo en el destierro puede ayudarnos a comprender nuestra tentación. Las narraciones evangélicas hacen notar que la tentación sufrida por Cristo fue uno de los acontecimientos particularmente significativos de su vida. Las narraciones evangélicas pretenden instruir a la comunidad cristiana sobre la reiterada situación humana de tentación.

La tentación de Jesús no se describe como un acontecimiento aislado, sino que se enlaza con la descripción del bautismo de Cristo por obra de Juan. Son dos hechos que forman las fases de un único misterio. La tentación va unida también con todo lo que sigue en la vida pública de Cristo hasta su conclusión con la muerte y la resurrección. Lucas hace notar este vínculo con las palabras que concluyen su descripción de la escena en el desierto: "El diablo se alejó de él hasta el tiempo oportuno" (4,13).

Satanás tienta a Jesús para hacerle abandonar el tipo de papel mesiánico que tenía intención de desarrollar como mesías paciente. Satanás invita a Jesús a buscar otro modo de cumplir su misión. Esta misma tentación se presenta en formas diversas a lo largo de todo el curso de la vida pública. La familia le anima a realizar milagros en días de fiesta (Jn 7,1-4). Los escribas y los fariseos intentan forzar su ministerio para adaptarlo a sus nociones preconcebidas de salvación de Israel (Jn 7,10ss). Sus discípulos insisten en que no vaya a Jerusalén para que no le maten (Mt 16,21-23; Lc 9,22). Por último, su misma humanidad rechaza en Getsemaní el sufrimiento y la muerte inminentes (Le 22,42ss). En la superación de todas estas tentaciones, Cristo decide libremente adherirse a su misión en el modo predispuesto por la infinita sabiduría de su Padre.

Cristo rechaza libremente y con decisión la continua provocación que quiere hacerle abandonar su misión por un sucedáneo más fácilmente realizable; era tentado a preferir el juicio de una "sabiduría" creada al juicio de la sabiduría divina. La respuesta de Cristo a Satanás es parte integrante del proceso de redención. En el calvario, Jesús eliminó el mal con su obediente aceptación de la muerte basada en la libre opción de adherirse a la voluntad del Padre. Al someterse voluntariamente a la muerte, Cristo opuso un rechazo definitivo a la tentación de hallar otro medio para realizar la salvación del hombre. Su opción libre establece el modelo de respuesta humana a la existencia de criatura en oposición a la falsa elección de Adán. Su rechazo de las sugerencias de Satanás en el desierto forma parte de esa elección continua que constituye la esencia misma de la actividad redentora de Cristo.

El modo en que Satanás se dirige a Cristo para tentarle representa tanto los modos equivocados con que Cristo habría podido buscar la salvación de los hombres como las falsas fuentes de salvación que los hombres mismos van buscando en el curso de su vida.

1. LA PRIMERA TENTACIÓN - La primera y la segunda tentación (en el orden de Mateo 4,1-11; cf Lc 4,1-13) comienzan con la expresión "Si tú eres el Hijo de Dios...". Esto indica que se trata de tentaciones mesiánicas, con las que se rechazan las ideas mesiánicas que ellas mismas representan. La primera tentación de transformar las piedras en pan corresponde a la propuesta de un "evangelio social", dirigido exclusivamente a la mejora de las condiciones materiales de vida. Esta perspectiva es desechada como inadecuada, porque la vida que Cristo ha venido a comunicar no puede reducirse al puro y simple bienestar del cuerpo ni a la vida vegetativa y sensitiva; ello sería olvidar que la persona vive más propiamente en su pensamiento, en su amor y en su libertad. La necesidad de proveer al sustento necesario para la vida tienta al hombre a dejarse absorber excesivamente por el problema de la seguridad material. Arriesgar o incluso sacrificar la salud física, y hasta la vida, para salvaguardar y desarrollar el propio nivel verdaderamente personal de vida no es un comportamiento común, sino que exige amplitud de miras y valor. El temor a cualquier peligro que pueda amenazar la propia seguridad y prosperidad corporal tienta al hombre a olvidar los valores personales más auténticos. La respuesta de Cristo de que el hombre vive también de la palabra que viene de la boca de Dios afirma el primado de los propios intereses espirituales. La misma afirmación aparece explícita en el discurso de la montaña: "Buscad primero el reino y su justicia y todo eso se os dará por añadidura" (Mt 6,33). La palabra de vida que sale de la boca de Dios es la fuerza creadora que gobierna próvidamente nuestra vida material hasta en sus mínimos detalles; pero constituye una fuente de vida todavía más rica cuando, en la revelación, actúa para alimentar las profundidades personales del vivir humano. El hombre está tentado a perder la perspectiva justa; la respuesta de Cristo pone de relieve una falsa jerarquía de Satanás y de los valores humanos.

2. LA SEGUNDA TENTACIÓN - Al superar la segunda tentación, la de lanzarse desde el pináculo del templo, Jesús rechaza el recurso a lo sensacional como método para inducir a creer en su misión mesiánica, así como la tentación de recoger resultados tangibles e inmediatos. Es la tentación de tentar a Dios, de "forzar la mano" de Dios y poner a prueba al mismo Dios. Esta tentación nos hace recordar a Job, que pide a Dios que se justifique y dé una explicación de sus métodos. La impaciencia por la lentitud con que obra la providencia de Dios tienta al hombre a hacer que pase inadvertida la cruz. Satanás dice a Cristo que ponga a Dios a prueba para controlar si es fiel a sus promesas. La respuesta de Cristo deja entender que el amor de predilección que alimenta el Padre hacia él no actuará ni se manifestará según las exigencias de una mera lógica humana. Pertenece a la lógica divina el hecho de que el amor del Padre al Hijo y el del Hijo al Padre encuentre su expresión en la respuesta de la cruz, menos tangible, menos inmediata, pero, en definitiva, omnicomprensiva. Esta tentación es el punto de encuentro entre la lógica divina y la lógica de la "razonabilidad" humana. Para la razonabilidad humana existe, y persiste la tentación de dar consejos a Dios y de reprenderlo por los métodos que usa. El hombre prefiere actuar a su modo al realizar el bien, y muchas veces busca la solución más espectacular. Pero después de haber preferido nuestros juicios, anteponiéndolos a la sabiduría divina que nos ha sido transmitida en la revelación, recurrimos a Dios para que ejerza poderes extraordinarios con los que poner remedio a nuestra necedad. "Lanzarse al peligro sólo para dar a Dios la ocasión de hacer milagros no es fe, sino presunción".

3. LA TERCERA TENTACIÓN - La tercera tentación es la de adorar a Satanás para conquistar el dominio del mundo, y esto es, naturalmente, la idolatría: estimar lo creado más que al Creador. Jesús rechaza la idea de elegir como objetivo final el poder terreno. El rechazo de este ídolo está presente en todo el trayecto de su misión de obedecer sólo al Padre. Rechaza idolatrar a cualquier ser. el propio ser o la humanidad. En esta tentación Jesús revela el verdadero origen del reino como don del Padre al Hijo. El don es referido a la adoración. al servicio y a la obediencia'". El "padre de la mentira" pone tanto el don como el servicio y la adoración en relación consigo mismo en lugar de con Dios. Todo lo que Cristo hace lo hace porque es voluntad del Padre; en consecuencia, toda su acción es litúrgica, consagrada y sustraída a lo profano. "Por ellos yo me consagro, para que también ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17,19). La muerte de Jesús en la cruz es coherente con toda su vida y con su misión de amor y de obediente autodonación al Padre. El reino que Jesús comunica es el don del Padre y de nadie más; y nadie puede hacer la experiencia de su realidad "si el Padre que me envió no lo atrae" (Jn 6,44). Jesús comunica el don del reino del Padre del modo querido por éste: "Yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8,29). La cruz es el modo elegido por el Padre: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12.31-33). La cruz vence todo servilismo, toda distorsión y toda alienación, de las que el hombre cae víctima por la idolatría; vence toda oposición al amor del Padre de una vez para siempre en Cristo y por medio de Cristo. Es la respuesta divina a la tentación de alcanzar la felicidad última mediante la autoafirmación, la autoaserción y la búsqueda de sí mismos. Dios Padre es el bien definitivo, y su reino se funda y se comunica siguiendo su camino.

X. Las renuncias bautismales

Las tres tentaciones están estrechamente unidas a la renuncia que el cristiano debe hacer del mundo en cuanto enemigo de Dios, renuncia que se hace en el bautismo. Renunciar al mundo quiere decir renunciar a la actitud mental que considera a este mundo como un sistema cerrado del que se excluye al Creador; una actitud que destruye las mismas cosas que se aman. El máximo placer, el máximo éxito, el máximo dominio sobre los demás ha venido a ser el ideal de la vida, y esto es contrario a Dios. Para renunciar al mundo, el cristiano debe renunciar a la idolatría, a la adoración de una criatura, tanto si es la riqueza como el progreso humano, el sexo o el programa del partido, cosas todas ellas inferiores a la dignidad del hombre, llamado a participar de la vida misma de Dios.

1. EXIGENCIA DE LA FAMILIARIDAD CON Dios - Una renuncia de tal envergadura no es fácil para el cristiano. En realidad, es imposible sin la familiaridad con Dios, que induce a un auténtico sentido de dependencia y de sumisión a él. Sin ella el cristiano se engañará a sí mismo creyendo que sirve a Dios, mientras que en la práctica no hará otra cosa que servir al mundo, y será sordo a las sugerencias del Espíritu Santo. O bien podrá ser tentado a denunciar la malicia intrínseca del mundo y apartarse de él lo más posible. Entonces aquellos que adoran al mundo saludarán con alegría su decisión, porque a la adoración de Dios en quien todo subsiste ellos prefieren las tinieblas y el culto de sí, de sus deseos y de sus ideas. "Seremos como Dios y no reconoceremos a otros dioses que a nosotros mismos", es el grito del mundo. "Adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo servirás", es el grito del cristiano. Pero el suyo será un grito vano e ineficaz si no le da sentido con su propia dedicación a su trabajo, con su sed de justicia y de verdad dentro de la vida pública y privada y con su amor a los hombres sus semejantes, partiendo de su propia familia y demostrando así que la fe en Cristo no es un obstáculo al progreso de este mundo, sino una condición auténtica para su realización.

Con el bautismo nos hacemos "otros Cristos" y compartimos su esfuerzo, que duró toda su vida y se vio coronado por la victoria en la cruz, para superar las tentaciones de Satanás. Con el bautismo, el Espíritu que ha resucitado a Jesús de entre los muertos vive también en nosotros (Rom 8,11), porque somos inmersos en la vida de la Trinidad. Nuestro crecimiento en la vida divina se lleva a cabo solamente en proporción con lo que morimos a nosotros mismos y nos entregamos completamente a Dios, porque la vida de la Trinidad es vida de donación. No hay nada de lo que posee el Padre que no sea totalmente del Hijo y del Espíritu Santo, y nada de lo que tiene el Hijo deja de ser totalmente del Padre y del Espíritu Santo. Si tenemos que vivir la vida de la Trinidad ratificando nuestro bautismo, es necesario vencer toda tentación de sustraer cualquier cosa de nuestra vida al Padre. En el momento de la muerte nos lo pedirá todo. Cada momento de la vida del cristiano se entiende como una prueba para el momento de la muerte, cuando libre y obedientemente se ofrece a Dios. La oferta libre denota en él ausencia de idolatría; el ofrecimiento obediente es signo de plenitud de amor. Libertad y obediencia son los signos salvíficos de la cruz y de sus frutos en la vida del cristiano. Son signos de su fidelidad al don de Dios recibido en el bautismo.

La tentación cubre un período de tiempo mayor que el que habitualmente llamamos "el momento de la tentación". Todas las experiencias de la vida y toda la realidad presente en ellas son objeto de juicios según dos escalas de valores opuestas: los valores contenidos en los misterios de Cristo y los que están presentes en las "obras y vanidades" de Satanás. En nuestra vida personal hay un desafío constante a los valores cristianos; un desafío (tentación) al que respondemos continuamente en una medida más o menos profunda, condicionándonos así a nosotros mismos por aquellas instancias específicas en las que esos valores pueden ser más agudamente sometidos a discusión.

2. PARTICIPACIÓN EN LA AUTODONACIÓN DE CRISTO - Es esencialmente con esta actitud de respuesta a la tentación como Cristo salvó al género humano en el momento culminante de la redención en el Calvario. En este contexto, todo momento y todo acto de nuestra vida se añaden al contenido de nuestra autodonación en unión con Cristo al Padre; y ese contenido es distinto para cada uno de nosotros, porque cada uno tiene su propio papel distinto en el cuerpo de Cristo. Porque nada hay en el mundo que no pertenezca a Cristo, no existe tampoco ninguna actividad humana irrelevante para el reino de Cristo. La obra de cada cristiano que pretenda llevar su granito de arena al orden, a la belleza y al progreso de este mundo es también una aportación al reino de Cristo. Sin embargo, el cristiano se dedica al mundo poniendo su confianza en Dios, y no en su propia idea del progreso. Puede parecer que Dios destruye nuestros esfuerzos y que nos traspasa corno traspasó a Cristo en la cruz; pero es en nuestra debilidad donde Dios manifiesta su poder (2 Cor 12,9), y sólo cuando se lo hayamos dado todo a él nos volverá a llevar a la vida. Este es el misterio de la cruz, gracias al cual el Padre nos atrae hacia sí, liberándonos de nosotros mismos; gracias al cual el Padre nos da poder para desbaratar toda tentación que pretenda impedirnos ser hijos suyos, siendo su Hijo el "primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8,29).

J. Navone

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