Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia SIGNOS DE LOS TIEMPOS


SIGNOS
DE LOS TIEMPOS
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SUMARIO: I. Introducción: Origen y uso de esta expresión: 1. Origen material bíblico; 2. Historia del contenido y de la fórmula primera del Val. II; 3. Presencia de la expresión y del concepto en el Val. II; a) Citas explícitas, b) Citas implícitas - II. Historia: del tiempo "cerrado" al tiempo "abierto" - III. "Creencia humana" como lectura-creación de los signos de los tiempos: 1. El rechazo del signo en nombre del presente idolatrado, o la conservación absoluta; 2. El rechazo del signo en nombre del presente totalmente rechazado, o la rebelión absoluta; 3. La acogida del signo: un proyecto en el tiempo - IV. Fe judeo-cristiana: leer y construir los "signos de los tiempos" - V. La revolución nuclear de los signos de los tiempos: 1. Revelación y signos de los tiempos; 2. Fe y signos de los tiempos; 3. Teología y signos de los tiempos; 4. Historia y signos de los tiempos; 5. Hombre y signos de los tiempos; 8. Iglesia y signos de los tiempos; 7. Jesucristo y signos de los tiempos; 8. Espíritu y signos de los tiempos - VI. Criterios para leer e interpretar los signos de los tiempos: 1. Escuchar atentamente: a) La ideología. b) El moralismo; 2. Comprender e interpretar; 3. Juzgar - VII. Conclusión. Los signos de los tiempos en la actualidad.


I. Introducción: Origen y uso de esta expresión

Para conocer mejor la naturaleza y el significado de una cosa, es siempre necesario —ha escrito Aristóteles— ponerse a indagar su origen. Esta ley es más verdadera que nunca a propósito de la expresión "signos de los tiempos", que pareció emerger de golpe en la terminología teológica de estos últimos años, después del Vat. II, y que, en cambio, tiene, explícita o implícitamente. una historia subterránea, que nos conduce mucho más lejos.

1. ORIGEN MATERIAL BÍBLICO - Materialmente, la expresión es bíblica; concretamente, evangélica (Mt 16,1-3); pero, en el contexto exacto en que se sitúa, posee un significado directamente mesiánico y escatológico, que trasciende inmediatamente el sentido acostumbrado de tipo meteorológico relacionado con las estaciones del año (del que toma ocasión el mismo Jesús) y se proyecta en el presente mesiánico de la plenitud de los tiempos. Así pues, más que de "signos de los tiempos" se debiera hablar en ese pasaje evangélico de "signos del tiempo" o signos de la "hora mesiánica", con una plenitud de significado que se orienta decididamente más allá de todo significado no sólo meteorológico, sino también histórico y natural. El objeto de la reflexión sería directamente el punto de encuentro de Dios con la historia en la venida del Mesías, y "signos del tiempo" serían bien los "signos" en sentido joaneo, como reveladores de la presencia eficaz del Mesías, bien el signo definitivo, el "signo de Jonás", el único que se dará a esta generación testaruda y descarriada (Le 11,29). Esta creo que es la razón por la que el Vat. II, aun utilizando y consagrando la expresión "signos de los tiempos", no ha hecho mención de la referencia bíblica. Es cierto incluso que en un primer momento estaba presente esta referencia; pero fue eliminada precisamente por las vivas protestas de los biblistas, que advirtieron inmediatamente la falta de propiedad de esta mención, dada la irreducible originalidad cristológico-escatológica de la expresión bíblica. Está claro, pues, que el significado que encierra esta expresión en los textos conciliares no se puede reconocer con la simple referencia material a la Escritura.

2. HISTORIA DEL CONTENIDO Y DE LA FÓRMULA PRIMERA DEL VAT. II - Pero en el mismo momento en que se verificaba en la subcomisión conciliar el rechazo por parte de los exegetas del uso indiscriminado de la expresión bíblica "signos de los tiempos", se ofrecía por encima de toda conexión exegética una definición de lo que podría significar la expresión en sí y del sentido en que su presencia o la de expresiones equivalentes podría introducirse en el texto conciliar. Hela aquí: "Los fenómenos que, por su generalización y su frecuencia, caracterizan a una época, y a través de los cuales se expresan las necesidades y las aspiraciones de la humanidad presente". Se advierte al punto que la definición es más bien sociológica y carente por completo de densidad teológica; y que, por el contrario, aparecerá como prevalente en los mismos textos de los documentos conciliares, y sobre todo en el uso que se hará de ella en el postconcilio. Pero queda el hecho de que sobre la base de esta definición descriptiva, aunque imprecisa, la expresión se prestaba a entrar en el texto del concilio. Sin embargo, la subcomisión habia aceptado en este momento la fórmula y había dado una definición orientadora de ella, porque se encontraba frente al hecho consumado de la presencia de la expresión misma o de fórmulas semejantes en los textos del magisterio, tanto preconciliar como relativo o contextual al concilio mismo.

Pero también el magisterio había estado precedido, en el curso de los siglos, de pensadores, teólogos y pastores que habían acentuado el significado central de la historia y de sus hechos para la fe y para la, salvación. Ya en 1600. Melchor Cano había señalado la historia como "lugar teológico"; y, en nuestro siglo, el cardenal Faulhaber había tomado como consigna episcopal "Vox temporis, vox Dei". Viniendo a los textos del magisterio, Pío Xll había anticipado el tema en varias ocasiones, especialmente en el discurso consistorial de 20 de febrero de 1946; pero el término había entrado explícitamente en el texto mismo de la bula de convocación del concilio, la Humanae salutis, de Juan XXIII (25 de diciembre de 1961), haciendo una referencia, no del todo pertinente desde el punto de vista exegético y simplemente ocasional, al texto evangélico'. Juan XXIII demostraría también en otra ocasión su predilección por esta expresión, y sobre todo por su significado, ya que la introducía como elemento cardinal de la arquitectura misma de la Pacem in terris (11 de abril de 1963). Cada una de las cuatro partes de la encíclica concluye con la indicación de diversos signos de los tiempos, entre los cuales se cuentan la socialización, la emancipación de los pueblos colonizados, la promoción de las clases trabajadoras y el ingreso de la mujer en la vida pública. También Pablo VI en su primera encíclica, Ecclesiam suam (6 de agosto de 1964), recoge la expresión, el significado y la problemática de los signos de los tiempos, negando que la perfección de la Iglesia se identifique con el inmovilismo y llamando la atención crítica sobre los signos de los tiempos como metodología permanente de la vida de la Iglesia en la historia'.

3. PRESENCIA DE LA EXPRESIÓN Y DEL CONCEPTO EN EL VAT. II - Impulsados por sugerencias más o menos explícitas y formales procedentes del pasado y de la autoridad misma de los papas más recientes, los padres del Vat. II insertaron el tema de los signos de los tiempos en el texto de los documentos, pero sobre todo en la trama teológica de la enseñanza conciliar. No nos interesa aquí analizar todas las etapas pendulares a través de las cuales se impuso el tema, tanto en la discusión de la comisión como en el aula; pero es cierto que nadie puede dudar de la verdad de un juicio como éste, relativo a la fórmula y a su significado teológico: "La expresión debe ser considerada e interpretada como una de las tres o cuatro fórmulas más significativas del concilio mismo, tanto en el desarrollo de los trabajos como en su inspiración original'. Refiriéndonos directamente a los textos conciliares, es oportuno, antes de cualquier otro análisis y discusión interpretativa, aducir tanto aquellos en los que aparece explícitamente la fórmula como aquellos en que está presente por equivalencia de significado teológico, tanto más que, en conjunto, son relativamente pocos; exactamente, sólo nueve.

a) Citas explícitas. Son, en concreto, tres, a saber: "Para desarrollar este cometido [continuar la obra de Cristo], es deber permanente de la Iglesia escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio..." (GS 4). "... Este santo concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, participen diligentemente en la obra ecuménica" (UR 4). "... [los presbíteros] estén prontos a escuchar el parecer de los laicos, considerando con interés fraterno sus aspiraciones y alegrándose de su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, de manera que puedan reconocer juntos los signos de los tiempos" (PO 9).

b) Citas implícitas. Dentro de la variedad de su significación y de su completez, hay por lo menos seis: dos de ellas, en la GS, ocupan un lugar ciertamente central; una de AA, una de PO, otra de DH y otra de escaso valor, en SC 43. Me parece útil reseñar el contenido de cinco de ellas. Importantísimo y solemne es el siguiente texto: "El pueblo de Dios, movido por la fe, en virtud de la cual cree ser conducido por el Espíritu del Señor, que llena el universo, intenta discernir en los acontecimientos, en las exigencias y en las aspiraciones de las que participa junto con los demás hombres de nuestra época, cuáles son los verdaderos signos de la presencia y del plan de Dios. La fe, en efecto, ilumina todas las cosas con una luz nueva..." (GS 11). Este otro texto de la GS es ciertamente pertinente respecto al sentido de la expresión: "Es deber de todo el pueblo de Dios, sobre todo de los pastores y de los teólogos, escuchar atentamente, comprender e interpretar con ayuda del Espíritu Santo los diversos lenguajes de nuestro tiempo y saber juzgarlos a la luz de la palabra de Dios, para que la verdad revelada pueda ser entendida cada vez con mayor profundidad, mejor comprendida y presentada de forma más adecuada" (GS 44). También PO, desde su propio punto de vista, vuelve indirectamente sobre el tema de los signos de los tiempos: "Para promover la madurez cristiana, los presbíteros podrán contribuir a que cada uno sepa descubrir en los acontecimientos mismos, de mayor o menor importancia, cuáles son las exigencias naturales y la voluntad de Dios" (PO 6). Con una indicación precisa, tenemos luego dos textos que concretizan los signos de los tiempos, indicados con fórmulas equivalentes, pero muy próximas, en dos fenómenos actuales: la creciente solidaridad entre los hombres (indicada como un "signo de nuestro tiempo": AA 14) y el reconocimiento civil del derecho a la libertad religiosa (calificada como uno de los "signos venturosos de nuestro tiempo": DH 15).

Este modesto complejo de textos constituye la base material sobre la cual tanto el magisterio postconciliar como la teología actual han articulado su fecunda reflexión a propósito de los "signos de los tiempos" y han realizado una adquisición decisivamente central de todo el discurso de la fe en nuestra época. Se ha tratado en realidad de una especie de fisión nuclear doctrinal, ya que nos hemos dado cuenta poco a poco de las múltiples implicaciones que suponía y provocaba el ingreso aparentemente irrelevante y silencioso de esta fórmula en la doctrina de la Iglesia yen la investigación teológica. Nuestra intención es ahora evidenciar precisamente este hecho: ver cómo a nivel de la metodología teológica, de los contenidos doctrinales, de los criterios interpretativos, de toda la actitud de la Iglesia y de los creyentes, la noción conciliar de "signos de los tiempos" ha manifestado y provocado notabilísimas transformaciones y redescubrimientos de amplísimo alcance. Esto supondrá ante todo una reflexión sobre la noción de historia implicada en la fórmula conciliar, en ese "de los tiempos"; hará que reverberen sus efectos sobre la noción misma de "signo", y, después, como en una progresión geométrica, sobre la noción de revelación, de fe, de tradición, de Iglesia, de mundo, de teología, de hombre, de Dios mismo, y así sucesivamente.

II. Historia: desde el tiempo "cerrado" al tiempo "abierto"

La entrada, tan espontánea y al mismo tiempo tan prepotente, de la fórmula "signos de los tiempos" en la letra y, sobre todo, en el espíritu del magisterio conciliar y de la teología actual es uno de los efectos relevantes de lo que puede definirse como la mayor y más definitiva toma de conciencia explícita y orgánica de la historicidad en cuanto categoría fundamental y universal que viene a imprimir su huella en la concepción entera de la revelación, de la fe, de la Iglesia, de la salvación y de la teología.

No es éste el lugar adecuado para describir en detalle el sentido y la trascendencia de esta afirmación; pero no es posible olvidar que una cierta "espiritualidad" ahistórica había impregnado toda la reflexión teológica, presuponiendo más o menos implícitamente que el encuentro con Dios, y por lo tanto la salvación, se situaba en una dimensión metahistórica, en una cierta región del alma humana no mancillada por el tiempo y el espacio, con el consiguiente alejamiento de las vicisitudes históricas, que se contemplaban como marginales o puramente paralelas y exteriores al quehacer de la salvación y de la vida teologal. Por el contrario, en la reflexión teológica de los últimos decenios, gracias especialmente a teólogos como Newmann, Teilhard de Chardin, Congar, Chenu, Daniélou, Rahner, De Lubac, Schillebeeckx, etc., se impone cada vez más la conciencia de que el tiempo entra plenamente en la vida del espíritu humano y constituye una característica esencial de toda experiencia humana, incluso de la experiencia de la fe, la cual tiene como objeto permanente y como lugar de realización una "economía" de salvación realizada en la historia misma. En este sentido, no hay fe sin historia, no hay salvación sin historia, no hay teología sin historia; porque la fe es respuesta a un acontecimiento, la salvación es acontecimiento en sí misma y la teología sólo puede existir partiendo de hechos concretos: desde Abrahán a Cristo y a la Iglesia viva en el tiempo y en el espacio. Hacer teología no es, por lo tanto, abrir un libro cubierto de polvo y plagado de proposiciones fosilizadas en el Denzinger, sino reflexionar científicamente sobre una materia viva que, a partir de la historia de la salvación, se nos comunica en la existencia histórica actual de la Iglesia. La teología nace en la historia, se lee en la historia y se orienta a la historia, porque Dios se ha hecho palabra y acontecimiento tan sólo en la historia, y el cristianismo no es un sistema de ideas, sino una "economía" de salvación'. Aquí radica propiamente la novedad decisiva que la revelación ha introducido con respecto al mundo anterior, tanto oriental como helenístico, en el modo de concebir el tiempo y la historia misma. La comprensión del mundo no se obtiene ya eliminando el tiempo y sus particularidades, eternizando las esencias de las cosas, sino leyendo profundamente en los acontecimientos temporales mismos, que no son un mero obstáculo para el conocimiento de la verdad, sino lugar único de la revelación y realización de la verdad misma. En este sentido, se tiene, con la revelación bíblica, la superación de toda concepción ahistórica de la realidad, así como toda concepción cíclicamente fatalista y cerrada a toda sorpresa.

El hombre se concibe, pues, como verdadero artífice de la historia, y no como simple instrumento en las manos de un destino impersonal, de un hado superior que le abruma y le guía férreamente. El destino no existe, y la única predestinación de la que todavía es lícito hablar a la luz de la revelación es la llamada universal a la salvación, ofrecida a todos y no impuesta a nadie, en el pleno respeto de la libertad autónoma y autodeterminante del hombre en la historia. Pero hay más: la historia misma no es ya un círculo cerrado de acontecimientos que encuentran en sí mismos y en su repetición cíclica el sentido único y real, sino una línea abierta hacia el sentido y hacia el no sentido en una secuencia de acontecimientos que son siempre fruto de una providencia misteriosamente soberana y respetuosa. y de una acogida libre y autónoma, que tiene el cometido de inventar todos los días la vida. Esto significa que el hombre es verdadera y propiamente el constructor de la historia con una autonomía viva y realísima, misteriosamente vinculada, eso sí, a la acción providente de Dios, pero no por ello menos real y efectiva. Esto significa también que la historia misma está grávida de significado procedente de quien la construye, Dios y el hombre; y que el encuentro histórico y real de Dios y del hombre es, a la luz de la fe, el verdadero sentido de la historia entera, la cual por eso mismo se convierte en historia salvífica y en "economía de salvación". La verdad que salva no es, pues, una idea o un complejo de ideas que iluminan desde lo alto, sino una historia, palabras, acontecimientos y personas que se nos revelan, orientadas con todo su dinamismo hacia un futuro cargado de significado posible, que tenemos que descubrir, promover, construir, comprender y crear continuamente. La salvación tiene lugar, pues, en la historia y a través de la historia; hasta el punto de que, en visión cabalmente cristiana, la historia entera se convierte de alguna forma en signo posible de la venida salvífica, en "signo del tiempo" precioso de la salvación.

Aquí se ha de llamar la atención sobre este "posible", ya que debemos tener siempre presente que, una vez afirmado el contenido esencialmente histórico de la salvación y de la fe, el dato histórico no es automáticamente y de por sí salvífico como puro hecho acaecido, siempre y en todas partes, sino que tau sólo se lo puede percibir en su significado salvífico dentro de un horizonte hermenéutico y de una experiencia vivida, que constituyen la realidad de la fe. Sólo en la fe se puede reconocer verdaderamente a Dios en la historia; sin la fe, la doctrina, la experiencia vital y los mismos hechos salvíficos de nuestra historia se degradan al rango de acontecimientos casuales y sin significado salvífico.

III. "Creencia humana"
como lectura-creación de los signos de los tiempos

En las frases finales del apartado precedente hemos puesto el acento en la dimensión subjetiva del hombre que lee y hace la historia, así como en la no automaticidad de la creación misma del sentido de la historia. Esto nos fuerza a dar un paso hacia atrás con respecto a la fe cristiana y a concentrar la atención en la posible diversificación de las actitudes del hombre histórico frente al mundo y a la vida, es decir, a la historia misma. Porque no se ha dicho que el hombre esté siempre dispuesto a reconocer la historia, los hechos, la vida como signo real de una realidad ulterior, incluso en el orden puramente temporal de la construcción de un futuro nuevo. Reconocer los hechos como "signos" significa, efectivamente, cargarlos de una pregnancia distinta de su objetividad brutal; significa leer en ellos todo lo que todavía no está del todo presente, aunque sí potencialmente existente, legible y desarrollable en embrión. El concepto y la realidad misma del signo con referencia a otro, en quien se funda y en quien se orienta la intencionalidad misma del signo. Ahora bien, si es verdad que la característica esencial del hombre es su capacidad de conocerse a sí mismo y al mundo, y de vivirse a si mismo y al mundo conocido, no se dice con eso que por abrir los ojos a sí mismo y al mundo todos los hombres estén dispuestos a ver en sí mismos y en el mundo, es decir, en la historia, la realidad de signo, de referencia abierta y posible a un sentido ulterior. La toma de conciencia del presente (yo y el mundo) puede conducir al hombre por lo menos a tres salidas diversas, que se configuran precisamente según la disponibilidad a ver en el presente un signo real de otra cosa o bien un hecho sin posibles significados ulteriores.

1. EL RECHAZO DEL SIGNO EN NOMBRE DEL PRESENTE IDOLATRADO O LA CONSERVACIÓN ABSOLUTA - Una primera actitud frente al presente es la de la satisfacción, de la tranquilidad total de quien se contenta viendo cómo van las cosas (yo y el mundo) y desea tan sólo que continúen así. Este hombre no se sentirá impulsado a actuar, a construir lo nuevo, sino sólo a conservar las cosas tal como están, y su única acción, si es que realiza alguna, será la de impedir que los demás u otras circunstancias cambien las cosas. Ningún impulso hacia una historia real puede surgir de esta actitud. Pero un hombre de esta índole no es ejemplo de la humanidad que construye la historia, sino todo lo contrario —al menos si la historia no es un estanque inmóvil, sino un agua que corre hacia su plenitud en la búsqueda posible de un sentido real más lleno—. Para este hombre, cuya vida idolatra el presente aceptado tal como es, no tiene sentido hablar de los hechos como signo de otra cosa más profunda. El hecho es para él signo de sí mismo; es decir, no es signo de nada; es la inmovilidad como historia imposible. Sobre este hombre "instalado", seguro de sí y de la situación constituida en statu quo, conservador radical, cae el desprecio de los seres humanos incluso antes que la condena y la maldición del Evangelio (Lc 12,19-20).

2. EL RECHAZO DEL SIGNO EN NOMBRE DEL PRESENTE TOTALMENTE RECHAZADO O LA REBELIÓN ABSOLUTA - Pero frente al presente se puede asumir también una segunda actitud que, aunque parezca diametralmente opuesta a la primera, llega a la misma conclusión paralizante v deshumanizadora a la vez. Puede haber, efectivamente, alguno que, lejos de estar satisfecho del presente y percibiendo lo absurdo del mundo, juzgue negativo el statu quo, pero sin llegar a dar un paso más allá de esta actitud negativa, pensando que no es posible hacer nada para cambiar las cosas. Es la actitud del rebelde desesperado, que permanece estéril para sí mismo y para los demás, si no supera su propia rebelión afirmando que es posible realizar un mundo distinto y mejor, y creyendo en la realización de un futuro mayor. El mundo va bien así, decía el conservador satisfecho, y, consecuentemente, no hacía nada; al contrario, impedía que los demás lo hicieran. El mundo va tan mal así, dice el rebelde desesperado, que no hay nada que hacer para cambiarlo; y tampoco él, si es plenamente coherente con esta tesis, hace nada, al menos nada realmente constructivo. Si permanece así, es un ser inmóvil y sin esperanza. Es capaz todo lo más de destruir, jamás de construir, ya que no sabe siquiera qué construir ni para qué. También para este hombre el hecho, odiado y despreciado, es sólo signo de sí mismo; es decir, no es signo de nada, sino de la muerte de toda esperanza en el tiempo y/o más allá del tiempo.

3. LA ACOGIDA DEL SIGNO: UN PROYECTO EN EL TIEMPO - Por esta razón, la única actitud verdaderamente humana respecto al presente es una tercera, que combina un primer juicio negativo (el presente funciona mal) —capaz de excluir la satisfacción conservadora—con una segunda afirmación positiva (... pero puede y debe ser cambiado), capaz de excluir también la desesperación rebelde y puramente destructiva. Rechazada la actitud del necio conservador, que fosiliza la historia, y la del rebelde desesperado, que por un amor mal entendido la niega y la destruye, tenemos así la actitud de quien sabe leer en el presente, a la luz del pasado, los signosde un futuro nuevo que avanza, y avanza precisamente por obra del hombre, que construye la historia, porque lee "los signos de los tiempos", los "signos" en el tiempo, los signos de la realización de un proyecto que germina en su historia propia y en la del mundo entero. Esta es la actitud del "creyente", entendiendo por esta palabra a quien posee una fe, es decir, un proyecto que realizar en la historia y que construir día a día junto con los demás. El "creyente" así entendido no sabe solamente que el mundo va mal, sino también que puede ir mejor, que debe ir mejor, que le incumbe a él y a todos los hombres la tarea de construir un mundo distinto y mejor para todos. Este conocimiento suyo es expresión de su "fe", de su "creencia", y no un puro y simple saber geométrico, intelectual y abstracto, sino justamente una "fe". Por eso no le bastan a este creyente los análisis científicos, ya que lo esencial es la lectura que hace de ellos; no registrando pura y pasivamente los datos de hecho, sino dándoles uno u otro significado, mayor o menor valor según la correspondencia con su fe. que es sabiduría° (más que ciencia), y es experiencia del sabor de la vida (más que análisis intelectual de los componentes de ésta).

Por ello el creyente no es alguien que se limita a leer la realidad, ya que su fe implicará una intensa y profunda actividad de descubrimiento, de creación, de invención, de intuición, con sus riesgos y su perenne fecundidad creativa. Esta fe humana se convierte así en una diagnosis intelectual y vital de toda la realidad, cuyos defectos y tendencias descubre y la cual interpreta en sus principios y en sus fundamentos, que continúan inexorablemente escondidos a los ojos de quien "no cree". A través de los contornos indecisos de la incertidumbre del presente, la fe lee la figura clara de lo que será el futuro. En la oscuridad de las tinieblas llega a descubrir los reflejos del esplendor que emerge de una luz in crescendo. Sin negar al presente su valor, esta fe le asigna las directrices de desarrollo y de perfeccionamiento que ha de seguir y reconoce en la lectura apasionada del mismo presente los "signos de los tiempos" que le son propios, dado que lleva en sí misma la clave de la lectura profética de lo real, clave que no descubre el satisfecho ni el rebelde, incapaces ambos, por razones opuestas, de llevar a cabo una verdadera acción creadora de un futuro diferente, es decir, de un verdadero movimiento de fe. En este sentido, el "creyente" sabe que el mundo presente camina mal y sabe por qué camina mal, puesto que tiene en sí mismo un proyecto vital que le proporciona el instrumento necesario para la diagnosis del presente y las líneas de una terapia del futuro. No basta decir que el mundo está enfermo. Es preciso saber por qué y actuar sobre las causas para llevarlo a su curación y plenitud. La fe, o creencia humana, es entonces un proyecto intelectual y vital al mismo tiempo, que da al hombre la posibilidad de ser verdaderamente hombre libre y responsable de sí mismo y de la historia, capaz de escoger y forjar su futuro. Con esta premisa, está claro que leer los "signos de los tiempos" será un asunto serio y real tan sólo en la medida en que esta lectura tienda a transformar la realidad misma, es decir, a objetivarse en la realidad y no simplemente a enriquecer el bagaje de nociones de quien "lee". Esto implica que exista también en quien lee los "signos de los tiempos" la capacidad de no ser un simple soñador o un ideólogo de profesión, un bibliotecario del futuro posible, sino un testigo apasionado del proyecto que guía su lectura y que penetra en su vida, imponiéndose desde ella en la historia. Para que la lectura de los "signos de los tiempos" sea una lectura viva y creadora de historia, el proyecto debe penetrar en lo íntimo de la persona que "cree" y convertirse en "pasión", generando la "paciencia", que consiste en la capacidad real de superar los obstáculos y de soportar las pruebas, promoviendo todo germen de historia que sea signo del tiempo naciente.

IV. Fe judeo-cristiana: leer y construir los "signos de los tiempos"

El complejo proyecto-pasión-paciencia, que constituye la creencia humana en la multilateralidad de su dinamismo, no es extraño a la realidad de la fe cristiana. Vista a esta luz, la fe cristiana es un modo singularísimo de realización de la creencia humana fundamental, con la única diferencia radical de que el proyecto mismo de vida no es inventado autónomamente por el hombre mismo, sino ofrecido y donado por Dios en Jesucristo dentro de la historia de la revelación salvífica, y con la realización pienamente respetuosa del dinamismo de la creencia a que nos hemos referido. El creyente en Jesucristo no es (no debiera ser) el conservador de un sentido muerto y petrificado ni el rebelde que destruye todo sentido posible, sino aquel que lee y realiza un proyecto que sabe que no es suyo por derecho propio, sino solamente por gracia, por don gratuito de una libertad provocada únicamente por sí misma. Este proyecto de Dios, que él acoge libremente y hace suyo en la fe teologal, a través de la cual lee y anticipa el desarrollo de la historia, tiene necesidad de toda su pasión humana, de todo su amor creado (que, asumido por el Espíritu, se convierte en caridad teologal) y de toda su paciencia tenaz (que, reforzada por la historia de la salvación, se convierte en esperanza paciente y generadora de inaudita novedad). De esta forma toda la vida teologal: fe, esperanza y caridad, puede convertirse verdaderamente en el modo cristiano de leer y crear la historia.

Y esta constatación es especialmente feliz, pues observamos que todos los análisis que se han hecho hasta el presente convergen espléndidamente en una síntesis nueva. Por una parte, la concepción lineal del tiempo bíblico, con su desarrollo unitario y progresivo y con su plenitud de gracia, que se convierte en salvación, nos confirma que la fe judeo-cristiana puede constituir el horizonte de una verdadera y auténtica lectura —creación de los signos de los tiempos—, por la superación tanto del tiempo, cerrado circularmente (visión greco-pagana), como del carácter lineal e impersonal de un destino abierto, del cual, sin embargo, el hombre sería simple objeto y componente pasivo (visión fatalista del historicismo absoluto). Por otra parte, la realidad de la llamada dirigida al hombre, desde Abrahán a los discípulos de Cristo, nos sitúa frente a una historia que ya no está solamente cargada del sentido que encontramos en ella (naturaleza), sino además de un sentido que se le da en cada momento (gracia), y que no anula los múltiples sentidos que cada hombre lee y crea en ella, sino que los vivifica desde dentro con un sentido definitivo y gratuito, que es el sentido del don y de la presencia de Dios en Cristo dentro de la historia humana. De esta forma, el actuar humano, es decir, la historia, es y continúa siendo siempre portador de ese mundo de significados que el hombre crea e inserta en él; pero, además, está investidode un significado ulterior, cuya fuente es la libertad de un Dios que, idénticamente, se hace historia. El hombre crea su historia según la lógica de su necesidad y la búsqueda de su satisfacción; Dios, prometido y dado en Cristo (historia de la salvación: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y tiempo del nuevo pueblo de Dios que es la comunidad eclesial), ofrece en este horizonte la presencia gratuita de la lógica de un don absoluto.

Leer y construir cristianamente la historia es, por lo tanto, discernir y promover continuamente el advenimiento del don. de su lógica, de su nacimiento, y de desarrollarse y florecer dentro de la lógica de la necesidad y de la liberación respecto a ella. Esto significa no perder jamás el sentido de la complejidad real de cada acontecimiento humano histórico, en el que la fe verdadera sabe siempre discernir sin oposición (dualismo), pero también sin absorción total (historicismo monístico, integralismo religioso), el rostro de la libertad del hombre y el rostro de Dios, que se entrega, es decir, que viene. En este ''entido, la liberación de la necesidad (historia humana hecha por el hombre) y la lógica del don (historia humana invadida por la oferta de Dios en Jesús de Nazaret) se entrecruzan continuamente en una historia que no es ya ni un libro abierto sin misterio (repetitividad prefijada sin fantasía alguna de novedad creadora), ni un enigma cruelmente impenetrable, en el que sólo el ciego acaso juega con la libertad ilógica que degrada al hombre al rango de cosa. Se abte así el campo a la obra insustituible del efectivo discernimiento cristiano de los signos de los tiempos y de la efectiva promoción, en la misma historia, de acontecimientos que estén realmente impregnados de la lógica del don, dentro de la lógica de la liberación de la necesidad; es decir, que sean efectivamente "signos de los tiempos" en sentido total y pleno.

Así pues, "los signos de los tiempos" —es una integración que me parece completar al menos la letra de la enseñanza conciliar, aunque está profundamente inscrita en el espíritu que ha animado al mismo Vat. II— no son simplemente "escrutados", "leídos", "interpretados", "juzgados", sino que son creados, promovidos, actualizados por quien los toma en serio. Los cristianos no son lectores de la historia, sino sus artesanos, siguiendo las huellas de

Aquel que comenzó a actuar y después a enseñar (He 1,1), en consonancia natural con el grito de sacrosanta rebelión que ha declarado clausurada la época en que era posible limitarse a la lectura del mundo y llegado el momento de empezar a cambiarlo". Más bien quizá este grito sea resultado de que demasiados cristianos ni siquiera han escrutado los signos de los tiempos, satisfechos de un presente que les complacía, o se han limitado a'leerlos de una forma pasiva, fatalistamente, en la seguridad de que algún otro habría hecho la historia. Estos cristianos simplemente habían dado el nombre de Dios al hado greco-latino, sin cambiar en lo más mínimo sus connotaciones horribles, que, precisamente en el Dios de la promesa, de la pascua mosaica y de Jesús de Nazaret, constituyen exactamente la cara inversa del destino pagano.

V. La revolución nuclear de los signos de los tiempos

Antes de pasar al intento de concretizar sucintamente cuáles pueden y deben ser los criterios de una lectura e interpretación de los "signos de los tiempos" y cuáles los criterios en la actualidad para nosotros creyentes de la Iglesia de hoy, me parece esencial que dediquemos algunas reflexiones a ese aspecto de "fisión nuclear doctrinal" del que he hablado [supra, 1, 3b] y que para mí está representado por el ingreso de la noción misma de "signos de los tiempos" en la doctrina de la Iglesia y en la teología y praxis cristiana. Digo fisión nuclear, ya que una breve fórmula como ésta pudiera parecer inadecuada para revolucionar —tal como apenas ha empezado a hacerlo y lo hará siempre en adelante— la teoría y la praxis de la Iglesia y de los creyentes. Sin embargo, es realmente así. Las consecuencias de la presencia y de la toma en serio de esta noción son prácticamente universales, ya que afectan, tanto desde el punto de vista del método como desde el punto de vista de los contenidos, a la actitud total de la fe frente a la realidad y a toda la interpretación teológico-doctrinal de la fe misma. Es indudable, a mi entender, que esta exposición que estoy haciendo podría también invertirse, por cuanto se podría sostener legítimamente que la fórmula y la teoría-praxis de los "signos de los tiempos" han surgido como consecuencia de la transformación, recibida a nivel teológico y doctrinal, del método y de la presentación de ciertos contenidos de la doctrina y de la fe cristiana. Me parece preferible ver en la doctrina de los "signos de los tiempos" el núcleo elemental de esta formidable transformación doctrinal y práctica. No es el momento, desde esta misma perspectiva, de decidir en cada caso concreto si las diversas transformaciones que a continuación enumeraré son presupuesto o consecuencia de la aceptación de la fórmula y de la doctrina de los "signos de los tiempos". A mi entender, lo que es innegable es la importancia decisiva de esta noción, que se coloca en el centro de la revolución doctrinal y operativa que la Iglesia está viviendo, con la conciencia siempre renovada de la permanencia del depósito irrenunciable, que está por encima o por debajo de toda transformación (unidad de la fe), pero con la conciencia a la vez de la necesidad y el deber de traducir esta unidad en respuesta incesante a las transformaciones históricas del sujeto vivo al que está destinada la fe misma (la humanidad) y el sujeto vivo en el que se transmite esta misma fe (la Iglesia como pueblo del Dios vivo).

1. REVELACIÓN Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - En el contexto de la doctrina de los signos de los tiempos se transforma, en el sentido indicado, el modo mismo de concebir la revelación. Esta ya no es solamente un mensaje cognoscitivo, sino también, y ante todo, un don histórico. La palabra es, pues, también acontecimiento, la luz es calor, la idea es vida y el conocimiento es presencia. La revelación no es tan sólo teofanía, aparición de Dios al que se ve y habla, sino teo-ergia, presencia de Dios que actúa.

2. FE Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - Algo parecido puede decirse de la fe. Esta no es solamente realidad intelectual y cognoscitiva, sino encuentro personal del hombre con Dios, que se ofrece en la historia en Cristo y en los hermanos reales; no es sólo aceptación mental de un proyecto de Dios sobre el mundo y sobre el hombre, sino pasión militante, que ejecuta este mismo proyecto histórico y metahistórico, y a la vez paciencia tenaz, que supera todo obstáculo y soporta toda lucha en la construcción de un mundo nuevo. No es ya únicamente asenso interior a formulaciones verdaderas reveladas, sino además operatividad exterior, por la que estas verdades se transforman en historia viva; no es sólo espera de las cosas últimas (la eternidad), sino preparación de ellas por la liberación continua de las cosas penúltimas (historia); no es sólo lectura del Evangelio como palabra de Dios, sino lectura de la historia de los hombres, en la cual la palabra ha fijado su morada (Jn 1,14).

3. TEOLOGÍA Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - También la teología sufre el contragolpe de los signos de los tiempos: se transforma en un continuo interrogarse científicamente con todo el dinamismo de la razón (ciencias humanas y filosofía) y de la fe, sobre los modos de presentarse y realizarse la lógica del don absoluto dentro de la lógica de la necesidad, vivida en una comunidad histórica (la Iglesia) de cara a una vida cada vez más comunitaria en la historia y más allá de la historia en continua fidelidad a la tierra y al cielo; por tanto, a las culturas y a las metodologías que le son propias, y a la fe y su libertad soberana. Los signos de los tiempos presuponen y crean una teología distinta, consciente de la historicidad, de la provisionalidad, de la fragilidad de las conclusiones del hombre y de la Iglesia misma en cuanto humana y, al mismo tiempo, consciente del peso de eternidad que palpita ahora en la fragilidad histórica de la "carne", en sentido joaneo, desde el momento en que la palabra se ha hecho "carne".

4. HISTORIA Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - Así pues, la historia a la luz de la doctrina de los signos de los tiempos, es unidad sustancial en cuanto actualizada a base de tentativas y alternándose transparencia y opacidad, creación y salvación, libertad humana y gracia, plan providencial de Dios y construcción responsable del hombre. Esto implica un optimismo salvífico fundamental, cuya base es verdaderamente histórica (creación-promesa-encarnación) y cuyo resultado es verificación plena de todo lo que es historia en una dimensión de don que sobrepasa la liberación de la necesidad (historia humana), verificación definitiva de la encarnación y manifestación gloriosa de los hijos de Dios, más allá del difícil camino en el que "toda la creación gime y está en dolores de parto" (Rom 8,22). Se da, por lo tanto, un cierto desvelarse de la historia en su dinamismo y en su lógica; pero subsiste el misterio, ya que es imposible que, por encima de la intuición de fe de esta unidad de camino. afirmada y testimoniada en la historia, percibamos con evidencia absoluta la unidad del camino mismo y la transparencia de la progresiva recapitulación en Cristo: "Desde ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado" (1 Jn 3.2). "Ahora vemos como en un espejo, pero luego veremos cara a cara" (1 Cor 13,12).

5. El. HOMBRE Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - A la luz de la doctrina de los signos de los tiempos, el hombre ya no puede concebirse como una esencia natural abstracta; como un concepto "predicable" según la clasificación de género. diferencia específica y especie; como humanidad ideal sin referencia a la historia real de cada día y sin poner el acento en su concretísima individualidad irrepetible, pero plenamente reabsorbible en estructuras económicas y sociales. El estaticismo abstracto de una falsa metafisica tradicional, que desprecia la historia, el mundo y lo concreto, y, por otra parte, el historicismo absoluto, que disuelve la persona y su emergencia en el anónimo fluir de estructuras materiales o espirituales de cualquier índole, no tienen espacio en el contexto de los signos de los tiempos. La historia no es una entidad aplastante para el hombre; pero tampoco es algo que resbale sobre él sin tocarlo, puesto que el ser del hombre está marcado verdadera y profundamente en su interior por la sucesión de los acontecimientos históricos.

6. IGLESIA Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - La misma autoconciencia de la Iglesia no podría menos de quedar modificada por la presencia de la fórmula-realidad de los signos de los tiempos en la misma enseñanza de la doctrina cristiana. A la luz de los signos de los tiempos, la Iglesia es el lugar en que el Evangelio está siempre actual y explícitamente operante en la historia, el lugar en que la palabra se convierte en acontecimiento, historia cotidiana y existencia concreta. Por eso el lugar en el que la Sagrada Escritura está viva sólo puede ser la comunidad de los creyentes, y por eso mismo la tradición de la Iglesia —que es preciso distinguir cuidadosamente de las tradiciones de los hombres, incluidos los hombres de iglesia— no es un elenco de verdades que hay que repetir de memoria, sino una herencia histórica que hay que vivir, una plataforma en la que tomar impulso continuo para construir una historia nueva proféticamente vivida. La vida de la Iglesia, pues, no es solamente anuncio correcto, es decir, ortodoxia, sino testimonio vital, promoción del reino, liberación del don absoluto (gracia), dentro de las liberaciones autónomas de la necesidad (historia), o sea también ortopraxis. Por ello no hay Iglesia sin una experiencia real de la unidad en y a través de la diversidad, de forma que el pluralismo no es una realidad posible para vivir la unidad, sino el único modo real de poder vivir verdaderamente la unidad. Una unidad de profesión y de doctrina no vivificada por la concretez de los acontecimientos a la luz de los signos de los tiempos no sería unidad, sino muerte, puesto que constituiría una geometrización autoritaria, deshumana, inverificable, imposible de vivir, clerical y eurocéntrica de la fe cristiana. Marcada por la doctrina-realidad de los signos de los tiempos, la Iglesia se descubre como histórica, y por lo tanto grávida de eternidad; misionera, y por lo tanto fundamentada sobre la piedra firmísima de la fe; en camino, y por tanto capaz de reconducir todas las cosas a Cristo; imperfecta, y por lo tanto digna de predicar la perfección; múltiple, y por lo tanto capaz de anunciar la unidad; mundana, y por lo tanto llamada a realizar el reino.

7. JESUCRISTO Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - La doctrina-realidad de los signos de los tiempos concentra nuestra atención en el "señorío" de Cristo, que no se concibe en términos metafísicos-cosmológicos, sino en términos histórico-vitales. Jesucristo es el Señor de la historia, que vive dentro de lo que palpita; que se construye dentro de ella, reconocible a los ojos de la fe en todo acontecimiento de liberación y de justicia, presente en todo grito de dolor y de piedad, invocado en toda aspiración de novedad y plenitud, capaz de atraer a sí todas las cosas de la historia y de la eternidad, recapitulador fraternal de todo impulso de amor verdaderamente humano que destella en la historia. Porque Jesús de Nazaret está vivo en la historia, ésta es ya de alguna forma el reino y no simplemente una etapa de errores y tinieblas, un retraso malhadadamente producido en el proyecto de Dios, un paréntesis desafortunado en el océano imperturbable de una eternidad concebida según el modelo de una inmovilidad deshumana. La historia está llena de Cristo para quien lee los signos de los tiempos.

8. ESPÍRITU Y SIGNOS DE LOS TIEMPOS - También el modo de concebir (y más aún de vivir) la realidad del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y de los creyentes ha sufrido una profunda transformación, debido a la doctrina-realidad de los signos de los tiempos. A su luz, es más cierto que nunca que la era de la Iglesia peregrinante es la era del Espíritu Santo. El es el gran animador de la historia, que suscita los profetas y los santos, los testigos y los apóstoles. En los acontecimientos de salvación que fatigosamente realizamos con nuestra vida y que descubrimos con nuestra investigación escrutadora de la historia, él es la trama escondida, el verdadero agente soberano, aquel que mueve todo lo que tiende al reino, que inspira la fuerza de luchar contra todo lo que obstaculiza la realización del reino, que recapitula todas las cosas en Cristo (cf Ef 1,10). A la luz de los signos de los tiempos, el creyente busca e intuye con los ojos de la fe, ciegos y a la vez penetrantes sin igual, su presencia operante en la historia propia yen la historia del mundo. El es, el Espíritu, quien manifiesta a la Iglesia, igual que al principio, cuando se revela a la luz de Cristo; él quien garantiza y suscita una penetración siempre nueva y una comprensión actualizada de la Escritura. El es la fuente de los carismas y quien está presente allí donde se busca la unidad de las iglesias, pero también y simplemente la unidad de los hombres y de los pueblos. Los grandes acontecimientos que transforman el rostro del mundo pueden ser signos de su operatividad, voces suyas que llaman a las iglesias al reino (Ap 2,7ss), invitación del Espíritu a la esposa (Ap 22,17).

Es evidente que podríamos continuar hasta el infinito subrayando las profundas modificaciones que se han desencadenado, por lo que atañe a nuestro mismo modo de comprender y vivir los contenidos de nuestra fe, en toda la realidad de la vida de la Iglesia y de los cristianos de hoy por la simple presencia operante de la doctrina-realidad de los signos de los tiempos. Pero en este punto surgen como esenciales dos interrogantes ulteriores, que afrontaremos para concluir estas reflexiones antes de intentar una enumeración muy subjetiva de los que, a nuestro parecer, pueden estar indicados actualmente como auténticos signos de los tiempos. Los dos interrogantes mencionados afectan a la lectura-interpretación correcta de los signos de los tiempos y al tema adecuado de la misma.

VI. Criterios para leer e interpretar los signos de los tiempos

A la luz de cuanto precede, es patente la afirmación de que la historia es "rica en signos de la presencia de Dios"; es decir, que la historia tiene un sentido que no sólo responde a la lógica de la necesidad, sino también a la lógica del don, instaurada y ofrecida en la esperanza, cn la presencia y en la memoria de Jesús de Nazaret, el signo pleno y total del "tiempo", y no sólo de este o de aquel tiempo, el signo único y verdaderamente revelador del sentido pleno de la historia entera. Sin embargo, esta afirmación plantea el problema de cómo discernir, sin confundirlos y separarlos, los signos de la historia autónoma del hombre, que se despliegan en el agotamiento histórico de la citada lógica de la necesidad, y los signos de la presencia auténtica de Dios en esta misma historia, que se realizan en el acontecimiento igualmente histórico y libremente gratuito de la lógica del don. Para interpretar, pues, correctamente los signos de los tiempos, será preciso recurrir a algunos criterios de lectura, primero, y de interpretación, después, de la historia entera, que viene a configurarse como historia de la salvación en el sentido de historia en la que ya está presente la salvación, y como "la serie de acontecimientos temporales conocidos con la luz de la fe, mediante los cuales Dios llama al hombre a la salvación y el hombre a su vez responde a esta llamada, y que a través de su mutua relación preparan progresivamente la salvación escatológica". Me parece posible afirmar que de alguna forma el texto de GS 44 citado al principio [supra, 1, 3b] sugiere, aunque con cierta aproximación, los diversos niveles en que debe colocarse quien quiera leer cristianamente la historia. No era, evidentemente, intención del Vat. II sugerir de forma explícita la respuesta a nuestra pregunta; pero cuando leemos que "es deber de todo el pueblo de Dios, sobre todo de los pastores y de los teólogos, escuchar atentamente, comprender e interpretar con la ayuda del Espíritu Santo los diversos lenguajes de nuestro tiempo y saberlos juzgar a la luz de la palabra de Dios", encontramos una sugerencia que ciertamente viene a nuestro caso.

1. ESCUCHAR ATENTAMENTE - Pienso que la primera cosa que hay que hacer es precisamente la que hemos subrayado en esta expresión con el verbo "escuchar". Ello supone una actitud profundamente respetuosa con la realidad en su configuración precisa y en sus raíces reales. En otras palabras, es importante que el hecho-signo se considere ante todo como lo que es, en su exacta configuración, en sus causas reales, en las dimensiones precisas que se imponen a una observación atenta. Eso significa que la lectura cristiana de la historia, atenta a captar en el desarrollo autónomo de la responsabilidad del hombre, como tarea (Aufgabe) de realización-escucha de la lógica de la necesidad, la realidad incipiente y prometedora de la lógica del don (Ausgabe), no puede menos de poner en práctica ante todo cualquier posible instrumento de lectura humana, tomando en escrupulosa consideración los datos reales de la historia misma, estudiada con todas las riquezas y con todos los instrumentos de las ciencias históricas y de las disciplinas humanas. La lectura cristiana de los signos de los tiempos en la historia no puede, por tanto, rechazar, dejar de considerar o contradecir la realidad de los datos de hecho. Por eso a este nivel se descubre lo importante que es para una lectura real de los signos de los tiempos todo el complejo de las ciencias humanas; en una palabra, todo el complejo de la cultura en su sentido más amplio, que incluye las ciencias empíricas, las inspiraciones ideales y las aspiraciones morales de los seres humanos de una época determinada. El hecho tiene que ser respetado, pues, en su "facticidad" (para usar un neologismo algo feo, que expresa bien este concepto), y sólo sobre esta base puede leerse e interpretarse a la luz de la salvación como "signo del tiempo", como "signo de la presencia de Dios en el mundo". Esto excluye de la lectura cristiana de la historia —lo cual representa una primera conclusión importantísima— dos tentaciones aparentemente contrapuestas, pero que se repiten constantemente y que tienen una estrecha relación entre sí: la tentación de lo que aquí llamo ideología, sin la pretensión de plegar este término absoluto al sentido que ahora le daré; y la tentación de lo que llamo moralismo, insistiendo en la misma precaución semántica.

a) La ideología. Llamo ideología en este contexto a la distorsión, consciente o inconsciente, de un hecho real con el fin de plegarlo a una utilización dentro de un sistema preconstituido. Se hace ideología, por tanto, cuando el hecho es mutilado en su realidad concreta o cuando las proporciones reales del mismo son distorsionadas y ajustadas con el fin de que resulte funcional para una finalidad muy precisa que llega a ser capaz de pretender proyectar su luz no sólo sobre el sentido que el hecho tiene para quien lo lee, sino sobre el hecho mismo. En este contexto, la ideología es mutilación del hecho, negación de los derechos de la verdad efectiva de las cosas, inserción forzada y distorsionante de un acontecimiento en un mundo de significados que no le son connaturales. En este sentido, un ideólogo no es apto para leer cristianamente la historia, porque no lo es para leer la simple historia; no escucha atentamente los hechos, sino que se impone a ellos, los mutila o los amplifica; quiere que los hechos le sirvan a él, y para lograrlo niega su realidad. El ideólogo es siempre, en este sentido, un hombre que odia la realidad, que no le reconoce derechos, que cierra los ojos a una parte de verdad, que construye todo un sistema con pretensiones de absoluto sobre un fundamento extremadamente frágil y falaz. Para aclararlo aduciremos dos ejemplos de actualidad. Es ideología reducir el complejísimo hecho religioso a alienación pura y simple, a opio del pueblo, a ilusión del deseo irreal, sin respetar la notable realidad de unos hechos que están muy lejos de ser alienantes, adormecedores e ilusorios, y que se verifican en el amplísimo ámbito que es la historia real de la "religiosidad" humana, e incluso cristiana. Cierto que en la religión, e incluso en la religión cristiana, ha habido y hay también alienación, opio del pueblo e ilusión del deseo; pero los hechos observados en su realidad no pueden legítimamente reducirse a esta sola dimensión suya. Pero también es ideología falaz reducir simplemente ese enorme hecho que es el movimiento de las ideas y de la acción que arrancan de Marx al socialismo, al ateísmo de Estado, al odio de Dios y al rechazo del amor. Es ideología también reducir el análisis y las instituciones de Freud a invención desacralizadora y enemiga de la fe. Será preciso tener en cuenta también, por lo que respecta al movimiento marxista, la enorme carga moral de protesta y de amor al hombre que le anima, la capacidad concreta de análisis de la realidad y de los instrumentos que se han puesto en práctica a este nivel por el movimiento en su compleja historia, cada vez más pluralista; las evoluciones más o menos recientes que se han verificado en él y que se encuentran en vías de maduración. Y será preciso también tener en cuenta, ciñéndonos a los ejemplos dados, la fecundidad interpretativa y las innumerables verificaciones positivas que el análisis freudiano ha manifestado y refutado respectivamente. El ideólogo es aquel que no sabe escuchar los hechos; y, en este sentido, no hay interés de grupo, ni amor a la causa, ni espíritu de cuerpo, ni disciplina de partido o de iglesia que pueda aspirar a ocupar un espacio absoluto en una lectura cristiana de la historia.

b) El moralismo. La segunda tentación que obstaculiza la escucha atenta y que repercute, como veremos, en el núcleo mismo de la lectura y de la interpretación de la historia (y, por lo tanto, en la de los signos de los tiempos), es la tentación del moralismo, que también puede manifestarse como una variante de la tentación de la ideología. Entiendo por moralismo en este lugar la tendencia a considerar los hechos no en el preciso contexto histórico en el que se verifican, sino en su naturaleza abstracta de negatividad o de positividad, de vez en cuando condenada o puesta como ejemplo, pero nunca comprendida suficientemente, es decir, captada en sus raíces históricas, ambientales, culturales, etc. No me parece necesario extenderme en esta segunda tentación, porque creo que es una sutil variante de la primera. En efecto, quien lee moralísticamente un hecho distorsiona sus raíces y sus causas, o incluso no las toma para nada en consideración, precisamente porque, consciente o inconscientemente, siente el riesgo de implicaciones distintas, de una provocación incómoda o de un compromiso más profundo, que se derivaría de una consideración no satisfecha con la superficie y que llega a las raíces próximas y remotas de un hecho-acontecimiento. También en este caso se trata de una repulsa a tomar en cuenta la "facticidad" real, que induce a la prisa por juzgar de forma defensiva los propios intereses y el propio poder antes de tomarse la molestia de interpretar la realidad en su naturaleza pro-funda y compleja. El "moralista", en este sentido, atribuye a los demás, al hado o incluso a la voluntad divina intenciones, causalidades o hechos que, sise analizaran más de cerca, sin miedo y con mayor calma, se le revelarían distintos, inexistentes o responsabilizantes de otra forma. El uso indiscriminado de expresiones como "voluntad divina", "mala suerte", "leyes inmutables de la historia", "necesidades políticas", "derecho a la conservación propia", "libre competencia", "leyes del mercado", etc., revela a veces qué distante y con qué profundidad puede insinuarse el moralismo al que se sitúa frente a los hechos.

2. COMPRENDER E INTERPRETAR - Una vez que nos hemos puesto en disposición de escuchar, no en plan ideológico ni moralístico, el acontecimiento-signo y que hemos echado mano para ello de toda la riqueza de los instrumentos de observación analítica y objetiva que las ciencias nos ofrecen, se trata no simple ni inmediatamente de juzgar, sino primero de comprender (el texto latino del concilio dice discernir) los signos de los tiempos. Me parece que esta nueva dimensión del itinerario de una lectura cristiana de la historia, y, por tanto, de los acontecimientos vistos como signos de los tiempos y como "signos del tiempo", añade una característica esencial a nuestro camino. Discernere, según su etimología, implica la capacidad de dividir en profundidad, de penetrar en el interior, de simpatizar en alguna medida con el acontecimiento humano precisamente en cuanto humano; y, por lo mismo, implica una serie de proyectos, esperanzas, deseos, ilusiones, sufrimientos, etc. Para comprender y para interpretar es, por lo tanto, necesario de alguna forma ponerse en la misma longitud de onda del acontecimiento, entrar en simpatía con él, adherirse en algún grado a cuanto implica de humano. Esto significa que no puede comprender el acontecimiento-signo quien no simpatiza, quien no se expone frente a él, quien piensa únicamente en defenderse de los riesgos y evitar los peligros, quien es hostil a priori a la historia, quien no es capaz de arriesgarse él mismo y no sabe lanzarse en medio de las aventuras de los seres humanos. Esto no significará sin más aprobar todo o simular no ver el mal, los riesgos o las posibles distorsiones, sino que exigirá de entrada estar abierto verdaderamente a compartir, a simpatizar con los acontecimientos humanos y a no considerarlos siempre y absolutamente como enemigos. Para comprender el mundo cristiano, es decir, para leer los signos de los tiempos en el mundo, en ese mundo que "Dios ha amado tanto que le ha dado a su Hijo". es preciso mancharse las manos con él, es preciso arriesgarse en él, involucrarse en su historia, estar verdaderamente "en el mundo", aunque sea sin ser "del mundo" en el segundo sentido joaneo de oposición al reino. Quien no se mezcla en la historia, quien no se arriesga en ella, quien no mira a los seres humanos desde ellos mismos, quien no comparte la suerte de los hermanos en todo lo que no es mal y pecado, no puede comprender cristianamente la historia y tampoco los signos de los tiempos en ella porque no los comprende humanamente. Los pájaros de mal agüero, los desconfiados a priori, los "nostálgicos" crónicos, que llevan la verdad en el bolsillo y están convencidos de que no tienen nada que aprender de nadie, jamás comprenden la historia ni leen los signos de los tiempos y, por lo tanto, tampoco los signos de la eternidad, no gustan la vida, no creen existencialmente que creación y salvación son dos realidades positivamente unidas ya en el tiempo. Sin irenismos fáciles y sin olvidar la presencia del mal y del rechazo de Dios y del hombre en la historia, quien quiera leer y construir los signos de los tiempos a la luz del "Signo del tiempo", que es Cristo salvador, no puede dejar de entrar en esta disposición cordial de espíritu frente a los acontecimientos; sólo así los comprenderá y será capaz de interpretarlos

No son éstas palabras sin importancia o sin consecuencias, que pueden parecer, y realmente lo son, profundamente desconcertantes. Hablar de mundo, hablar de historia significa hablar de los hombres, de la gente, del pueblo. Esto significa que quien no vive con los hombres, con la gente y con el pueblo no puede comprender y leer cristianamente la historia, aunque sea bautizado, sacerdote, obispo, teólogo, teorizador perfecto de dogmas y de oraciones litúrgicas. Por esta razón alguien ha escrito que "el área de la profecía es el pueblo" y que todo depende de esto: de estar en medio del pueblo. "Los hombres de iglesia cambiarían de golpe el día en que fueran pueblo y pensaran desde allí, desde el pueblo'. A esto se deben, quizá. ciertos retrasos en nuestro mundo de cristianos, teólogos y hombres de iglesia para comprender la historia y vivir los signos de los tiempos

Las razones de reiterados retrasos históricos por los cuales la Iglesia. en cuanto depende de nosotros los hombres. puede parecer que va a la zaga al menos de una revolución cultural y que acoge las sucesivas conquistas de los hombres tan sólo y precisamente cuando ellos comienzan a dudar de ellas y entran en una nueva fase cultural que les conduce a superarlas, esas razones quizá se encuentren también aquí. Nacía la sociedad burguesa, y los hombres de iglesia, separados del pueblo, defendían las sociedades aristocráticas; nacían las sociedades nacionales y democráticas, y los hombres de iglesia, separados del pueblo, defendían a los monarcas y el concierto europeo salido del Congreso de Viena (1815): nacía la sociedad industrial, y los hombres de iglesia, separados del pueblo, elogiaban y defendían la sociedad agrícola; nacía la sociedad científica, y los hombres de iglesia, separados del pueblo, veían sólo los riesgos de las ciencias para la fe y la vida cristiana; intenta nacer la sociedad en que la mujer sea verdaderamente igual al hombre [<Feminismoj, y los hombres de iglesia, separados del pueblo, parecen cortejar todavía a una ciudad en la que el primer puesto corresponda al hombre varón. Todo esto porque, separados del pueblo, cerrados en una atmósfera sacral o burocráticamente mundana a pesar de las apariencias espirituales y víctimas de un eficientismo eclesiástico que no por ser tecnológicamente moderno está más cercano del Evangelio, carecemos de los medios de comprensión, de discernimiento, de simpatía real para comprender, es decir, para discernir y después interpretar los acontecimientos.

El resultado puede ser el desconcierto, la inseguridad agresiva, no comprender simple y llanamente el sentido de lo que nos rodea, perdernos en diatribas carentes ya de significado alguno para el hombre (que si latín o lengua vulgar en la liturgia; si sotana, o clergyman, o traje de paisano; si comunión en la mano o en la lengua, etc.); un lenguaje de repetición automática, que no advierte siquiera que no es escuchado porque resulta objetivamente incomprensible, dada la insuperable distancia cultural entre los interlocutores. Todo esto puede llevar, y de hecho lleva frecuentemente, a la irritación victimista de los hombres de iglesia, que se sienten perseguidos, intencionadamente rechazados, hostigados, y se asimilan de buena fe a Cristo perseguido. En realidad, las cosas están todavía peor, porque la persecución, la hostilidad, etc., presuponen una relación que, por el contrario, no es muchas veces ni siquiera posible, ya que la realidad de la distancia cultural sólo permite la indiferencia. Hemos creado con nuestros retrasos no una Iglesia hostil al mundo —lo cual ya seria algo y correspondería a un aspecto del Evangelio—, sino una Iglesia indiferente, siempre y sólo por lo que depende de nosotros los hombres; y esto es infinitamente más triste. En cambio, cuando se da este estar en medio, este entrar en profundidad en el acontecimiento-signo, este comprometerse con quien hace la historia y con la historia que se hace, entonces se abre el camino posible para la interpretación crítica de los signos de los tiempos en la historia.

Interpretar, en ese contexto, quiere decir precisamente poner en relación con la propia realidad de la vida el hecho-signo que se ha comprendido, lo cual no se ha de dar por descontado o como algo obvio, ya que los hechos-signos no se sitúan automática o fácilmente en relación espontánea con la vida de quien los crea y los lee. Será preciso entonces tener en cuenta lo que aparece en la superficie del hecho-signo y lo que, por el contrario, constituye el mensaje profundo del mismo. Será preciso considerar la relatividad coesencial, ya que lo que es signo de los tiempos aquí y ahora puede no serlo en otro lugar o en otros momentos. Será preciso ejercer un análisis crítico para percibir posibles ambigüedades de sentido y seleccionar el significado descollante que supere tales ambigüedades, que de otra forma podrían resultar paralizantes. Será preciso, si no se ha hecho todavía plenamente en la escucha atenta del acontecimiento, purificar nuestra interpretación de todo residuo de ideología y de moralismo falaz o inmovilizante, respectivamente. Será preciso ser capaces de distinguir en los hechos y movimientos históricos la sustancia humana sustentadora y las circunstancias de ideología, historia y eficacia contingente que, de pasar inadvertidas, podrían comprometer la verdad de la interpretación. Será preciso tener siempre presente el mundo vital de la fe, de la presencia de Dios en Cristo yen la Iglesia, de la vida concreta de las comunidades de fe, para no correr el riesgo de engañarnos en la interpretación misma de lo que debería ser estímulo posible para aquella presencia y para esta vida. Mas en este mundo vital de la fe y de la presencia de Dios en Cristo y en la Iglesia, etc., jugará siempre un papel decisivo la libertad absoluta del don de Dios, por una parte, y la libertad humana de la respuesta histórica, por otra; hasta el punto de que será imposible, incluso en la interpretación más correcta y alerta de los signos de los tiempos, adelantar cualquier pretensión de marcar mecánicamente las futuras evoluciones y prever con exactitud las líneas de conducta de Dios y de los hombres en la historia. Esto no es secundario, ya que condena a la inutilidad cualquier pretensión de hacer inventarios de signos de los tiempos relativos al futuro, precisamente porque ni Dios ni el hombre son máquinas necesitadas, sino libertades realmente autodeterminantes, aunque en grado distinto. La única posibilidad de unidad radica entonces no en una programación a priori de los signos de los tiempos, sino en el horizonte de una fe única, vivida en la única palabra viva, en la única comunidad que es la Iglesia. Y, sin embargo, esta unidad no exime para nada del constante esfuerzo de atención actual a lo que sucede.

3. JUZGAR - He aquí por qué, después de escuchar, comprender (es decir, participar vitalmente) e interpretar los hechos, será necesario "juzgarlos a la luz de la palabra de Dios", según dice explícitamente la GS, con el fin de captar verdadera y completamente su naturaleza de signos de los tiempos, es decir, la profunda pregnancia que los hace emerger de la simple ocasionalidad, casual o fatalista, y también de la natural intencionalidad, en el horizonte de la lógica de la necesidad, para hacerlos vivir dentro de la lógica del don, o sea de la presencia viva y gratuita del reino en la historia, que precisamente en esta presencia es historia de salvación ya presente, pero todavía no manifestada o realizada totalmente. Porque los signos de los tiempos son siempre ambiguos de por sí y sólo revelan plenamente su fecundidad de salvación en la historia mediante el discernimiento completo y vital si aparecen iluminados y vivificados por la luz de la fe, no de manera integralista o con pretensiones monopolistas, sino mediante la docilidad real al Espíritu que habla en la fe de la Iglesia. Eso es lo que expresan explícitamente las palabras de Pablo VI: "Para nosotros los cristianos, este acto reflexivo es necesario si queremos descubrir `los signos de los tiempos', porque, como enseña el concilio (GS 4), la interpretación de los `tiempos', es decir, de la realidad empírica e histórica que nos circunda y nos impresiona, debe hacerse `a la luz del Evangelio'. El descubrimiento de los `signos de los tiempos' es un hecho de conciencia cristiana; resulta de una confrontación de la fe con la vida... Esta es la antigua y siempre viva palabra del Señor que resuena en nuestros espíritus; Vigilad' (Lc 21,36). La vigilancia cristiana sea para nosotros el arte en el discernimiento de los signos de los tiempos'. Esta vigilancia debe hacer que seamos capaces de distinguir, precisamente mediante el juicio emitido a la luz de la fe, los signos verdaderos de la presencia y del plan de Dios, como dice explícitamente el concilio (GS 11), porque pueden existir también falsos signos de los tiempos: "Es verdad que en el mundo obra el Espíritu creador; pero también es verdad que en él obra igualmente el misterio de la iniquidad, por lo que sin un examen a la luz de la palabra de Dios no se puede saber si una determinada corriente de ideas ha sido suscitada por el Espíritu Santo o por el espíritu maligno. Es verdad que el cristiano ha de ser solidario de los demás hombres, mas sólo en cuanto éstos no pertenecen al `mundo', el cual se opone a Cristo..."". Esta obra de discernimiento, es decir, de juicio, tendrá criterios; y, evidentemente, no pueden ser otros que la luz de la palabra, como se ha dicho, y la adhesión vital a la realidad global de la fe, subrayada expresamente en GS 11 y atribuida de forma explícita a la presencia y a la acción del Espíritu Santo (GS 44). Por lo demás, son palabras llenas de toda la enseñanza moral bíblica, la cual continúa subrayando el deber de juzgar en la presencia vital de Cristo y del Espíritu lo que contribuye a la edificación del reino y lo que obstaculiza esta misma edificación".

Como es obvio, esto se realiza teniendo en cuenta el hecho de que existe una relación íntima y connatural entre el orden y la comprensión racional de la realidad, por una parte —y entiendo por "racional" todo el ámbito de la investigación humana, tanto fisiológica como científica—, y el orden y la comprensión de la gracia misma, que no está en contradicción con aquéllos, sino que los anima y los vivifica desde dentro por exclusiva iniciativa de Dios, que se entrega sin humillar ni destruir a la criatura. Por esta razón, entre los criterios de discernimiento contamos también con las reglas elementales de la experiencia común de los hombres, con todas las riquezas del sentido común, de la razón, de las ciencias empíricas y humanas. Así, es sobradamente cierto que los criterios de fe jamás oscurecen ni excluyen los criterios propios de la experiencia humana; de suerte que todos los hombres tienen de alguna forma la posibilidad proporcionada a su grado de humanidad y gracia, explícita o implícitamente vivida, de reconocer la realidad verdadera de los signos de los tiempos: "Es un derecho y un deber de cada hombre y de todos los hombres actuar y ejercer este discernimiento entre los acontecimientos y el bien moral conocido por su conciencia; según las palabras de san Pablo, `para aquellos que no tienen ley, ellos mismos son su propia ley' (Rom 2,14). Por ello la teoría de los signos de los tiempos afecta a todos los hombres de buena voluntad y no es monopolio de los cristianos.

Con esta última indicación y con las alusiones explícitas de los textos del concilio, podemos responder, aunque sólo sea brevísimamente, al segundo interrogante planteado anteriormente [>'V, al final]: el que concierne al sujeto adecuado de la lectura-discernimiento de los signos de los tiempos. Es evidente que de algún modo este cometido atañe a todos los hombres; pero también está claro que atañe plenamente al pueblo de Dios entero (GS 4,11,14), y en él y mediante él tiene sentido que se realicen los diversos modos de concretización de este cometido, que el concilio subraya expresamente. Todo el pueblo de Dios, sacerdotes y laicos —con reconocimiento formal de lo precioso que es el cometido de estos últimos—, y subrayando especialmente el deber de los "pastores y de los teólogos" (GS 44), es sujeto adecuado de la lectura-interpretación-discernimiento de los signos de los tiempos en la historia, que es historia de salvación. Cierto que, precisamente por este énfasis simultáneo y por esta múltiple concurrencia, surgirán problemas de divergencias y convergencias, de interpretaciones diferentes y de juicios discordantes; pero creo que, con el respeto recíproco y escrupuloso del papel de cada uno y la oportuna autodelimitación del propio cometido, frente a toda tentación de monopolio (y esto vale sobre todo para los pastores y los teólogos) o de puro y simple prurito contestativo (y esto se aplica a los teólogos y a los laicos), estará siempre abierto el camino a una lectura al tanto de la historia en la línea del reino, condición necesaria y suficiente del camino común que han de recorrer todos los hombres y toda la Iglesia hacia los "nuevos cielos" y "nueva tierra" (2 Pe 3.13), donde el único signo será el de la eternidad, porque los tiempos no existirán ya y Dios habrá "hecho nuevas todas las cosas" (Ap 21,5). Entonces, "cara a cara y ya no como en un espejo" (1 Cor 13,12), el signo será la realidad misma, y no tendremos necesidad de preguntar a nadie (Jn 16,23), porque todo y todos seremos al mismo tiempo palabra y presencia y "Dios será todo en todas las cosas" (1 Cor 15,28).

VII. Conclusión: los signos de los tiempos en la actualidad

Llegados a este punto de nuestro itinerario, es evidente que pretender analizar detalladamente e interpretar y juzgar aquí los signos de los tiempos hoy equivaldría a pensar, rayando en la locura, que somos capaces de sintetizar todas las posibles investigaciones, análisis, interpretaciones y valoraciones sobre la vida entera de la Iglesia y del mundo actual. Por eso bastará declarar una sola vez que lo que a continuación exponemos es meramente una lista sin pretensiones de lo que hoy día le parece al autor un posible signo de los tiempos, útil en su significatividad y en su provocatividad, para seguir adelante en la línea del reino de Dios y de los hombres purificados en Cristo. Cuando nos limitamos a la enumeración de los signos de los tiempos es evidente el riesgo de malentendidos y de generalizaciones; pero los doy por supuestos anticipadamente y remito a las correspondientes voces de este género y de otros diccionarios a quien quiera buscar cada uno de los "signos de los tiempos".

Si, volviendo a la definición aducida al principio, aunque excesivamente sociológica y poco explícita desde el punto de vista teológico, entendemos por signos de los tiempos "los fenómenos que por su generalización y su frecuencia caracterizan a una época y a través de los cuales se expresan las necesidades y las aspiraciones de la humanidad presente", es evidente que algunos fenómenos de nuestro tiempo, a pesar de su posible ambivalencia, deben ser reconocidos entre los signos de los tiempos presentes. Quedará por valorar críticamente, tanto en el plano del simple conocimiento de los hechos y de los instrumentos de investigación como en el de la interpretación y más aún en el del juicio de fe, su alcance teológico; pero su naturaleza de signos de los tiempos, como posible ocasión de revelación y de presencia de la salvación, no puede negarse.

He aquí, pues, una simple lista de posibles signos de los tiempos para el hoy del mundo y de la Iglesia: la socialización, la secularización, la promoción de la mujer, la civilización del trabajo, la liberación de las minorías, la promoción de la clase obrera, la descolonización, la aparición de los pueblos jóvenes, la cultura de la sexualidad humana, la crisis de la autoridad que no está justificada siempre por el servicio real, la exigencia de que las palabras correspondan a los hechos, la aparición del psicoanálisis, el análisis continuo de las causas verdaderas de los fenómenos contemporáneos por encima del moralismo y de las rigideces ideológicas, la necesidad de autenticidad y de sinceridad en todo sentido, el rechazo de una religión que aísla de los hermanos, la revaloración del laicado en la Iglesia, la continua afirmación de ciertos análisis marxianos o marxistas de los fenómenos sociales, la conciencia aguda de los fallos históricos de Occidente, el reconocimiento de la originalidad cultural de los pueblos jóvenes, incluso en relación con el posible modo de encarnar la fe, la tercera Iglesia a las puertas, el diálogo entre cristianos y marxistas y la superación del diálogo mediante la experiencia común críticamente atenta y responsablemente eclesial de una posible compenetración entre fe cristiana y cultura marxista, los problemas de la organización ministerial de la Iglesia local, el peligro de la polución ecológica, la violencia como mal en sí mismo, los rebrotes de lo "religioso" en su ambigüedad y en su apertura a lo "nuevo", la creatividad social, lúdica, litúrgica y pedagógica, la aparición de la crítica de la intolerancia y de la tiranía de cualquier signo y de cualquier color ideológico y político, la exigencia de mayor transparencia evangélica de cuanto lleva el nombre cristiano, el retorno a la contemplación y al interés por la vida "mística" en el sentido renovado de las grandes tradiciones espirituales de Oriente y Occidente, la crítica del centralismo laico o eclesiástico, el surgir de las culturas alternativas, el movimiento ecuménico y sus aventuras entusiastas, la exigencia de nuevos lenguajes y de creatividades renovadas en todo ámbito humano, la crisis numérica de vocaciones sacerdotales y religiosas y las nuevas posibilidades para el ministerio sacerdotal y para el ejercicio significativo de los votos religiosos, etc., etc., etc.

Toda esta riqueza de estímulos y de sugerencias procedentes de los hechos pueden hacernos comprender la importancia que tiene un exacto planteamiento no sólo en el plano sociológico y estadístico, sino en el totalmente humano y explícitamente teológico y eclesial del problema del significado real —a la luz de la palabra escuchada y vivida en la comunidad— del presente que se despliega ante nuestros ojos y entre nuestras manos. Los signos de los tiempos manifiestan entonces toda su centralidad, y se comprende por qué los acontecimientos históricos, desde que el concilio los ha consagrado definitivamente a la atención de la Iglesia entera, no terminan ya de maravillarnos y de provocarnos hacia el reino.

G. Gennari

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