Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PADRE ESPIRITUAL


PADRE ESPIRITUAL
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SUMARIO: I. El padre espiritual hoy - II. La dirección espiritual en la experiencia típicamente humana: 1. Hombres-guía en la sabiduría antigua; 2. El padre espiritual en el cristianismo oriental - lll. Nuevos aspectos del padre espiritual: 1. La dirección espiritual en el pensamiento de los Padres y de los santos; 2. La dirección espiritual en el pasado más reciente - IV. Fundamentación bíblica y del magisterio de la Iglesia: 1. Fundamentación bíblica de la dirección espiritual; 2. Los documentos del magisterio - V. Exigencias actuales de los creyentes y crisis de la dirección espiritual: 1. La evolución más importante de la persona del padre espiritual; 2. El hombre en crisis y la llamada a la seguridad - VI. El padre espiritual como nueva creación pastoral: 1. La dirección espiritual y la crisis de paternidad; 2. Nueva imagen del "padre" en la realidad humana actual; 3. Nueva imagen del "padre" en la nueva realidad eclesial; 4. Lo "específico" del padre espiritual - VII. El padre espiritual y las ciencias del hombre: 1. El padre espiritual y la no-directividad; 2. El padre espiritual y las técnicas psico-diagnósticas; 3. El padre espiritual y la psicoterapia; 4. El padre espiritual y la acción educativa - VIII. Formas y espacios de acción del padre espiritual: 1. El padre espiritual en el grupo; 2. El coloquio espiritual como forma eminente de dirección; 3. La propuesta de metas de perfección y de valores cristianos; 4. El padre espiritual laico para laicos; 5. El padre espiritual de las religiosas: 6. La dirección espiritual por correspondencia; 7. Extralimitaciones y defectos en la dirección espiritual; 8. Anomalías y situaciones especiales - IX. Conclusión.


I. El padre espiritual hoy

Hoy vuelve a hablarse de la dirección espiritual después de un período de desvalorización y de abandono debido a múltiples causas. Se habla de ella no sólo a nivel de operatividad, sino por los vínculos que tiene con la teología, y en especial con las ciencias humanas; por su posición en el nuevo florecimiento de la espiritualidad eclesial; por el papel que asume en las recientes fundaciones de la vida consagrada, incluso en la laicidad o secularidad [>Institutos seculares]: por un cierto reajuste que exige en la formación de la persona en cuanto hombre y cristiano. Por tanto, no se trata de exhumar una estructura espiritual que tuvo épocas espléndidas. sino más bien de redescubrir un servicio que la Iglesia ofreció durante siglos enteros al hombre en su camino de fe, en la consecución de su identidad cristiana, en su aspiración a todas las posibles formas de santidad permitidas a los diversos grupos de la comunidad eclesial.

La dirección espiritual, que recibió diversas denominaciones en su historia, hunde, efectivamente, sus raíces en el suelo de la experiencia humana, de forma que parece una exigencia para todos los hombres de buena voluntad que han comprendido la función y el servicio de una persona que sepa asociar a la competencia en los problemas espirituales la capacidad de comunicarse con otras personas, de intuir y leer las situaciones interiores, a veces oscuras para los mismos sujetos que se le confían. Como ejercicio de "leer" en el secreto de los corazones y como posibilidad de dar consejos adecuados a las peculiares condiciones del individuo, la dirección espiritual tiene en cierto sentido su origen en las "escuelas" de pensadores, en las primitivas comunidades ascéticas, en la vida de los primeros cristianos, en la enseñanza de los apóstoles, hasta nuestro tiempo en que destacó, junto con la práctica sacramental y con la oración, casi como una condición necesaria para seguir un camino determinado en la vida de perfección (o como hoy suele decirse, de santidad). Creo que es posible afirmar, apoyados en la historia y en la experiencia, pero sobre todo en el refrendo bíblico, que la dirección espiritual pertenece al hombre para el servicio de los hombres y al creyente en Cristo para el servicio de los creyentes. Existe todo un "iter" que puede demostrarlo.'

II. La dirección espiritual en la experiencia típicamente humana

1. HOMBRES-GUÍA EN LA SABIDURÍA ANTIGUA - En la historia del pensamiento nos encontramos con hombres que dirigieron una escuela no sólo de reflexión y de profundización, sino también de vida, de costumbres, de ascesis, de perfección humana, de paz interior, de dominio de sí mismo, de disciplina física y moral. La antigüedad clásica nos ha transmitido algunos nombres de estos maestros, buscados y deseados por innumerables discípulos, a los que dedicaban sus lecciones, y que han hecho llegar hasta nosotros algunas obras que enriquecen el patrimonio cultural de la humanidad. Podemos citar a Sócrates, Plutarco, Epicteto, Séneca, Marco Aurelio. Todos ellos fueron "guías" en la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes que acucian a los hombres de todas las épocas, que entrenaron a los discípulos con ejercicios ascéticos que facilitaban la visión interior de los problemas últimos y que, según la interpretación de las escuelas medievales, precedieron y prepararon en cierto sentido el mensaje de perfección de Cristo; en sus escritos se observan como ciertas huellas de la verdadera sabiduría divina y claras intuiciones del anhelo humano de Aquel que se definiría a sí mismo camino de la verdad y la verdad misma: Cristo.

De hecho, sus obras están cargadas de verdades morales, de preceptos y reflexiones, que no son simple resultado de un pensamiento solitario, sino la respuesta a los problemas de los demás hombres. Como maestros se los puede configurar con la imagen tradicional del director espiritual y hoy, según la nueva terminología, con la del padre espiritual, ya que ejercieron realmente una paternidad espiritual sobre los discípulos y una dirección moral sobre ellos, recompensada con la veneración por la rectitud de su vida y el prestigio cultural y experiencial con que sirvieron de ejemplo y de modelo. Pero no se trataba de un fenómeno de gran extensión que alcanza a las masas, sino más bien de un fenómeno solitario y selectivo, que atraía únicamente a unos cuantos hombres sedientos de prudencia humana y de sabiduría espiritual.

2. EL PADRE ESPIRITUAL EN EL CRISTIANISMO ORIENTAL - No se excluye que el cristianismo oriental se inspirara, al menos en parte, en este tipo de experiencia típicamente humana al concretar las relaciones individuales entre un maestro que se presenta como experto en los caminos del espíritu y un discípulo deseoso o necesitado de esta riqueza doctrinal y de experiencia espiritual. El léxico varía a veces en sus denominaciones: maestro y discípulo, padre espiritual, padre e hijo. Surge la cuestión de si es preciso que sea sacerdote o no, cuáles son las dotes o cualidades humanas y cristianas que ha de poseer, como, por ejemplo, la caridad, el discernimiento y la discreción, la paciencia y la mansedumbre, la austeridad y el don de la palabra; requisitos estos que ulteriormente darán origen, con mayor claridad y con detalle práctico, a toda una literatura ascética sobre el tema. Y, de rechazo, surge también la cuestión de la necesidad del padre espiritual, de la relación interpersonal entre el director y el discípulo, del deber del mismo discípulo de buscar un padre espiritual y de la fidelidad, la obediencia, el amor y el respeto a su persona y a sus consejos. Pero el Oriente cristiano ofrece un modelo de padre espiritual a la medida del desierto, entre los anacoretas y eremitas, en las primeras comunidades ascéticas, en donde la relación entre el sujeto y el padre espiritual afecta a temas que tocan la vida penitencial, al discernimiento de espíritus, al combate espiritual y a la aspiración a la paz interior hasta la unión con Dios. Podría afirmarse, teniendo en cuenta la literatura de aquella época, que la relación maestro/discípulo, padre/hijo, asume una tonalidad altamente humana, que intenta sacar del hombre todos sus recursos de perfección para la superación del hombre "inferior" en provecho del "espiritual". Se trata ordinariamente de monjes no sacerdotes, de simples laicos y de monjas

III. Nuevos aspectos del padre espiritual

1. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL EN EL PENSAMIENTO DE LOS PADRES Y DE LOS SANTOS - La experiencia del Oriente cristiano no tardó en influir también en Occidente, inspirando a ciertas personas que destacaron por su intenso trabajo pastoral y por su empeño en crear un tipo de vida religiosa que se adecuase al hombre latino: Ambrosio de Milán, Jerónimo el Dálmata, Agustín de Hipona, el propio Pelagio y Paulino de Nola, que establecen en los nuevos monasterios la dirección espiritual. En la institución benedictina, especificada más tarde por la reforma de Bernardo de Claraval, apareció la prestigiosa figura del abad, padre espiritual de los monjes y guía en su búsqueda de Dios como el Absoluto y el Bien supremo. No es posible silenciar la escuela franciscana; en ella, de forma original, que a veces se aparta de los modelos establecidos, como en Francisco de Asís y en Buenaventura de Bagnoregio, el padre espiritual se presenta como un hermano, aunque los hijos lo consideran y lo tratan como un padre Q. La evolución adopta sucesivamente nuevas configuraciones, más destacadas y con mayor incidencia en la vida espiritual y en su organización, durante el período de la reforma católica, en el que surgen maestros de enorme prestigio como Ignacio de Loyola, con la institución de los — "ejercicios espirituales" y la estructura de la misma Compañía de Jesús, como Juan de la Cruz y Teresa de Avila. Es la clásica edad de oro de la dirección espiritual, bien como ejercicio de relación interpersonal, bien como creación de una literatura en la que la terminología se precisa y la dirección espiritual se extiende incluso a la confesión, llegando a veces a confundirse la una con la otra.

El s. xvII cuenta con maestros de vida espiritual que ejercen una influencia raras veces conseguida posteriormente: Francisco de Sales, Pedro de Bérulle, J. Pedro Camus, J. J. Olier, Vicente de Paúl, Juan Eudes. También hay que señalar el impulso que reciben las antiguas órdenes monásticas y mendicantes y las congregaciones más recientes, las órdenes terceras laicales, el clero secular y muchos laicos hombres y mujeres. Siguen luego, en el s. xvm, Juan Bautista de La Salle y Alfonso de Ligorio, fundadores de institutos religiosos; en el s. xlx. el santo cura de Ars, Juan María Vianney; san Juan Bosco, que supo conocer magistralmente a los jóvenes, y Augusto lluvelin, padre espiritual de Carlos de Foucauld. En el s. xx tenemos un abanico de insignes maestros espirituales, como L. Guanella, C. Marmion, E. Poppe. L. Grandmaison, J. B. Chautard, F. Gibert, L. Orione, Leopoldo da Castelnuovo, G. Calabria, G. Alberione.

2. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL EN El. PASADO MÁS RECIENTE - En los últimos tiempos el padre espiritual, gracias a la fertilidad de estudios específicos de índole histórica y teológica, ascética y mística, afina su figura, su acción relacional, su cualificación para este ministerio, sus funciones en los seminarios e instituciones religiosas, su definición en los documentos del magisterio, las metas que se fija en la orientación de los fieles como instrumento de mediación entre el Espíritu Santo (auténtico director espiritual de los creyentes) y el sujeto que busca la consulta del experto. La afirmación de la Acción Católica en sus diversos sectores de edad y de categorías ha llevado la figura del padre espiritual a un nuevo nivel, más original en el sentido de respeto a la persona, de competencia de la vida laical, de participación en los nuevos movimientos que han surgido en la Iglesia (bíblico, litúrgico, pastoral, carismático).

Pero si nos detuviéramos en una reflexión sobre este último período —durante el cual el padre espiritual ha alcanzado en las comunidades religiosas y entre los laicos un poder de influencia excepcional, a menudo en perjuicio de las decisiones personales—, terminaríamos admitiendo que ha contribuido lo suyo a la difícil situación actual de indiferencia y a menudo de verdadera crisis en la misma dirección espiritual. El descrédito del sacerdote como ministro de la "potestad direccional", clásica en los tratados teológicos de la pastoral del clero, ha provocado en los sacerdotes un desinterés por este ministerio y en los cristianos cierto sentido de autosuficiencia en los propios recursos. De aquí nacen los problemas que hoy se discuten y debaten en la comunidad eclesial en todos sus niveles: los límites de la intervención del padre espiritual, pero también la exigencia de su consejo y de su presencia en la vida de los cristianos; el significado de su autoridad, pero también el de la libertad de las personas; la acción del Espíritu Santo y de sus dones, que instan a los fieles a responder de manera adecuada y libre. Dos agentes se enfrentan con el padre espiritual en el contexto del hombre de hoy: el Espíritu Santo y el hombre creyente.

IV. Fundamentación bíblica y del magisterio de la Iglesia

1. FUNDAMENTACIÓN BÍBLICA DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL. J - Podemos ver un fundamento bíblico de la dirección espiritual en todas las invitaciones dirigidas por medio de la palabra de Dios a varias categorías de personas, por ejemplo, los inexpertos (los jóvenes), los débiles (los que caen), los sencillos y necios (que carecen de sabiduría), los cuales necesitan ser educados por el padre, por los consejos del sabio o del hombre piadoso, por la instrucción de la Sabiduría, por la ayuda de Dios. "¡Ay del solo que cae y no tiene a nadie que lo levante!" (Ecl 4,10): "Aconséjate de persona sensata y no desprecies los consejos útiles" (Tob 4,18); "Sin consejo nada emprendas; así no tendrás que arrepentirte de lo hecho" (Eclo 32,19). En el Eclesiástico encontramos, además, la recomendación a utilizar el consejo, la comprensión y la ayuda de un hombre piadoso para observar más fácilmente los mandamientos (Eclo 37,12-15). Cristo ordena a Saulo, recién convertido. que se presente a Ananías para conocer lo que tiene que hacer (He 9,6-19). En las cartas de san Pablo la dirección espiritual encuentra una confirmación válida, sobre todo en la doctrina relativa al "discernimiento de espíritus", expresada especialmente mediante el verbo dokimazein (discernir, examinar) 3. San Pablo afirma que el Espíritu Santo "habita" en el cristiano (1 Cor 3,16): "El mismo Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios" (Rom 8,16), que los cristianos "son guiados por el Espíritu de Dios" (Rom 8,14), cada uno según su carisma (cf 1 Cor 12). Con ocasión de algunos desórdenes en la comunidad de Corinto, Pablo induce a los creyentes a entrar dentro de sí mismos y a valorar en su intimidad. en donde Cristo "habita y habla", si ese desorden en la comunidad está o no de acuerdo con su situación de fe (cf 2 Cor 13,5). Es ese Espíritu, tan presente en el acto de dirigirlos, el que los creyentes no deben jamás "apagar" (1 Tes 5,19). Aunque el hombre espiritual no deba ser juzgado por nadie (cf 1 Cor 2,15), el cristiano tendrá que verificar la autenticidad de la guía interior, comprobándola con el "fruto del Espíritu" que, a diferencia de las obras tan conocidas de la carne, es "caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gál 5.22); en una palabra, ese hombre interior que el Espíritu plasma a imagen del propio Cristo.

Concebida de este modo, la dirección espiritual se sitúa y se realiza en un clima de respeto ilimitado y de profunda discreción, convirtiéndose en ayuda, estímulo y colaboración para que el creyente se abra libremente a la gracia, haga suya la palabra de Dios que ha escuchado y pueda así crecer y madurar en él la sabiduría de Cristo. Pablo, recordando el intenso ministerio que había desarrollado en Tesalónica, subraya con expresiones muy significativas la atención que ha dedicado a cada uno de los cristianos. Ha sido bondadoso con ellos, lo mismo que una madre alimenta y cuida de sus propias criaturas; lo mismo que hace un padre con sus hijos. Pablo ha exhortado a "cada uno", animándolo o conjurándolo a portarse de manera digna de ese Dios que llama a su reino y a su gloria (cf 1 Tes 2,7.11-12). En este pasaje nos parece vislumbrar los fundamentos bíblicos de una auténtica dirección espiritual, dirigida a personalizar la palabra de Dios y a superar aquellos impedimentos que pueden ser obstáculo para una respuesta pronta y generosa. También a los ancianos de Efeso les dirá Pablo con acentos conmovedores: "Por lo cual, velad acordándoos de que durante tres años no he cesado noche y día de exhortar con lágrimas a cada uno de vosotros" (He 20,31).

2. Los DOCUMENTOS DEL MAGISTERIO - El magisterio eclesiástico ha tratado varias veces de este tema, aprobando y animando la práctica de la dirección espiritual y condenando algunas doctrinas no favorables o contrarias a la misma (cf Carta ap. Testem benevolentiae, 22 enero 1899). En los seminarios y en los institutos religiosos los documentos oficiales exigen la dirección espiritual.

Es muy oportuno recordar en este contexto algunas afirmaciones del Vaticano II que definen la conciencia como "el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla", "donde Dios habla, en los oídos del corazón" y le invita: "haz esto, evita aquello" (GS 18). Todo cristiano está individualmente, en su interior, "movido por el Espíritu de Dios" y bajo este impulso y esta guía debe "obedecer a la voz del Padre" (LG 41); es el propio hombre quien "decide su propio destino, bajo la mirada de Dios" (GS 14). En definitiva, sólo él puede percibir cuál es el carisma específico y único que ha recibido del Espíritu (cf LG 12) y cómo, en virtud de ese carisma, tiene que desarrollarse, madurar e insertarse, mediante el ejercicio de su propia misión, en la única vida y misión de la Iglesia (cf LG 31). A la luz de estas afirmaciones, que tienden a aclarar el concepto de autoridad en la Iglesia, a afirmar y subrayar la dignidad de la conciencia y la responsabilidad personal y la acción del Espíritu Santo en cada uno de los creyentes, las tareas de la dirección espiritual parecen ser las siguientes: ayudar al cristiano a descubrir sus propios "oídos del corazón", a desarrollar este oído interior por medio del cual entra en contacto con el Espíritu de Cristo, a mantener vivo este contacto y, en él, a dejarse mover y guiar, con prontitud total y sin condiciones, en la dirección que el Espíritu quiera. Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi del 8 de diciembre de 1975 (n. 46), estimula a descubrir y reinventar el servicio del padre espiritual y demuestra una especial atención a "aquellos sacerdotes que a través del sacramento de la penitencia o a través del diálogo pastoral se muestran dispuestos a guiar a las personas por los caminos del evangelio, a confirmarlas en sus esfuerzos, a levantarlas si están caídas, a atenderlas siempre con discernimiento y disponibilidad".

V. Exigencias actuales de los creyentes
y crisis de la dirección espiritual

1. LA EVOLUCIÓN MÁS IMPORTANTE DE LA PERSONA DEL PADRE ESPIRITUAL - El padre espiritual, como hemos podido vislumbrar en el perfil histórico que acabamos de trazar, es una figura poco aceptable y difícilmente creíble para los hombres, incluso religiosos, del mundo contemporáneo. El hombre ha tomado mayor conciencia de sí mismo, de sus suficiencias, de sus facultades creativas y de decisión, de la necesidad de una espiritualidad más encarnada en la realidad, más atenta y orientada a valorar los datos históricos y concretos, concibiendo la vida cristiana más como experiencia de fe que como conceptualización del dato revelado, más como atención a la palabra de Dios y respuesta del hombre que como reflexión sobre ella, más como oración que como fórmulas de oración. La dimensión experiencial y testimonial está hoy en la cima de las exigencias de los creyentes y de la misma vida de la comunidad eclesial. El padre espiritual está llamado a promover con viva sensibilidad pastoral una fe más personal y responsabilizada, más madura e influyente, como testimonio del evangelio entre los hermanos. La aproximación a los grandes contenidos del mensaje evangélico mediante la reflexión que ofrecen los documentos conciliares y la creciente maduración en el "sentido de Iglesia", señalan nuevos derroteros a la acción orientadora y directiva. La misma concepción de la autoridad como servicio en la Iglesia y para la Iglesia, sin debilitar en lo más mínimo la robustez del mensaje de Cristo, sino incluso confirmándola como connotación esencial del cuerpo eclesial, induce al padre espiritual a una actitud de acogida y de acción que responda mejor a su vocación de hermano con los hermanos, de creyente entre los creyentes, de "siervo" o de ministro de quienes lo requieren para un servicio que necesitan y del que no ven o no desean otras formas o modalidades sustitutivas.

2. EL HOMBRE EN CRISIS Y LA LLAMADA A LA SEGURIDAD - El padre espiritual ocupa ciertamente un puesto en la comunidad y en el corazón de los hombres que han optado por Cristo, pero no puede librarse de un replanteamiento tal como lo requiere la crisis en que se debate el mundo religioso y la misma estructura eclesial. Está en crisis, como se ha dicho, no sólo la concepción, sino incluso la presencia y la aceptación de todo tipo de autoridad, empezando por la familiar, escolar, social, política y, finalmente, también la religiosa; se la entiende, de ordinario, como una interferencia en el derecho del hombre a su libertad plena. Pero es lógico que se trata de una concepción del sentido de libertad viciada en su raíz, ya que, para ser auténtico, el individuo no puede rechazar la intervención de la razón, la correlación del hombre con los demás hombres, la diferencia y variación de funciones y de servicios en el cuerpo social y eclesial. Está en crisis el hombre como "tipo" y como "ser humano", maltrecho por el egoísmo y el parasitismo, por la pseudo-autosuficiencia de sus propias creaciones y por la emancipación de Dios. Está también en crisis el hombre social, aunque a veces se presenta como ansioso de formas comunitarias; pero la búsqueda de apoyos exteriores debilita su idoneidad de decisión y crea cierto sentimiento de inseguridad, de incertidumbre y de confusión, una especie de incapacidad para decidir, viéndose obligado a pedir a la comunidad la conciencia de su propia existencia y cierta forma de sustitución de sus reflexiones y determinaciones. Tampoco carece de tensiones la misma conciencia del hombre, que, más o menos advertidamente, teme verse oprimido y marginado por las estructuras y las instituciones, entre ellas la familia y la Iglesia, y anhela consiguientemente una liberación que se convierta en objeto y en tema no sólo de una sociología, sino también de una teología. Así es el hombre de hoy, que se interroga por los términos de su búsqueda religiosa de una dirección espiritual, pero que se pregunta igualmente por la medida y la naturaleza del ofrecimiento que puede presentarle un padre espiritual.

VI. El padre espiritual como nueva creación pastoral

1. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL Y LA CRISIS DE PATERNIDAD - La alergia al término "dirección espiritual", así como a las expresiones "director espiritual" o "padre espiritual", se debe, al menos en parte, a la crisis de las relaciones humanas padre/hijo, a la intolerancia de todo lo que indica dependencia filial, a la tendencia a sustraerse lo más posible a todo tipo de subordinación, incluso respetuosa, y de las mismas distribuciones jerárquicas; después de milenios de existencia y de veinte siglos de cristianismo, el hombre cree que ha descubierto al hombre y se encumbra hacia totalidades inesperadas, mitificándose, empeñándose en reemplazar incluso a lo esencial externo, que, sin embargo, pertenece a la problemática de la existencia. Parece como si se hubiera borrado la imagen del "padre" en las relaciones humanas; incluso donde existe realmente un padre y donde desarrolla su función paternal, no sólo se evita la terminología, sino que se paraliza o se limita su actividad. Pero sigue en pie la responsabilidad del que es padre para con sus hijos; la paternidad pertenece a las leyes de la vida, incancelable e indestructible, sin que exista posibilidad alguna válida de sustituirla. También la comunidad eclesial, que por decisión divina ha sido erigida sobre el fundamento de los apóstoles, auténticos padres en la fe, y ahora sobre sus sucesores reunidos en el colegio episcopal, se encuentra en un estado de tensión; aunque tiene la evidencia del plan divino, proclamado autorizadamente por Cristo, reacciona al mismo tiempo a veces con intolerancia ante la presencia y la acción de pastores de todo tipo y grado. [Sobre la crisis de la paternidad, >Hijos de Dios].

2. NUEVA IMAGEN DEL "PADRE" EN LA REALIDAD HUMANA ACTUAL - Es evidente que hoy se exige una nueva dimensión de la figura paterna, menos autoritaria, pero más autorizada, menos impuesta y más propuesta, más cerca del "modelo" que de la ley. La discusión se hace más general y candente si al término "padre" le añadimos la calificación "espiritual". Los intentos y las experiencias encaminados a corregir esta terminología con sustitutivos como "sacerdote consejero". "psicólogo", "amigo dialogante", etc.; si, por una parte, han servido para enriquecer el servicio de la dirección espiritual y de la imagen del director espiritual con nuevas explicaciones, por otra, le han empobrecido y le han quitado precisamente los valores más afectivos, que traducen su entrega y su participación en los problemas característicos de cada persona. No se trata de un problema retórico. En efecto, hay individuos del clero y del laicado que, por razones no sólo históricas, sino también vitales, se preguntan por qué la figura del padre espiritual ha sufrido alteraciones y se ve hoy sometida a un fenómeno de tolerancia y hasta de rechazo, mientras que siguen en pie muchas razones, más objetivas aún, que demuestran su necesidad para muchos de los que toman a pecho su realización personal en el contexto de la composición comunitaria de la familia, de la sociedad y de la misma Iglesia. El tiempo posconciliar ha perfilado una nueva imagen del sacerdote como ministro de la palabra de Dios, como concelebrante con su pueblo de la eucaristía y de los sacramentos, como guía en la lectura de los "signos de los tiempos", testigo de primer plano de un tipo de Iglesia donde se cruzan las llamadas líneas vertical y horizontal [>Horizontalismo/verticalismo], que acepta la jerarquía y su función y al mismo tiempo advierte la importancia de la comunidad que lleva el nombre de "pueblo de Dios" y de "asamblea de los creyentes".

3. NUEVA IMAGEN DEL "PADRE" EN LA NUEVA REALIDAD ECLESIAI, - En este cuadro surge la nueva figura del padre espiritual que aconseja, pero sobre la base de la realidad que ha sabido intuir y leer en las personas que se le confían; que orienta con su ciencia y su experiencia por los caminos auténticos de Dios; que utiliza la palabra como expresión y mensaje de su participación personal, afectuosa, respetuosa de las situaciones y de las exigencias de quien solicita "aquella" palabra. La paternidad espiritual en la actualidad, incluso a juicio de personas autorizadas, no parece ser alienante para la capacidad del hombre de optar libre y responsablemente; antes bien, parece que hay que aceptarla como relación humana, diálogo circunstancial, experiencia de verificación y confrontación del comportamiento cristiano. Se abre una nueva época y un nuevo terreno para el padre espiritual, tanto entre las personas consagradas como entre los laicos, en el sentido de que se presenta como "voz" de un nuevo tipo de Iglesia que busca su identidad en el mundo contemporáneo y se hace intérprete de un nuevo tipo de creyente que acepta el evangelio como opción personal renovada y reanudada en cada uno de los actos y momentos de la vida en la fe. Quizá esta renovación, fuertemente humanizante y pastoral, del servicio sacerdotal sugiere al padre espiritual un modo de ser y de hablar, de obrar y de ofrecerse más adecuado a la necesidad de conocer nuevas realidades espirituales, de ponerse al día sobre las nuevas experiencias de fe y de oración, de caminar junto a sus "dirigidos"; no a la cabeza como un jefe, ni a la cola como si hubiera que espolearlos, sino mezclado con ellos, como hombre de Dios con los hijos de Dios, como hombre de fe con los creyentes, como experto en ascética y en proyectos divinos con unas personas que desean ser iluminadas, darse cuenta de lo que Dios espera de ellas y valorar lo que realmente pueden llevar a cabo. Si hubiera que resumir en breves palabras los aspectos más expresivos de una dirección espiritual en sintonía con los tiempos y con los hombres de hoy, podría decirse que el padre espiritual es la persona que da y despierta confianza, que ha comprendido el valor de la participación, que advierte la necesidad de concretar y puntualizar lo esencial de los problemas. que estimula a la realización de los planes de Dios sin ignorar el proyecto individual y social del hombre, y que señala el camino que a través de Cristo lleva hacia el Padre. Es y quiere ser la imagen de este Padre, del que desciende y proviene toda paternidad en este mundo.

4. Lo "ESPECIFICO" DEL PADRE ESPIRITUAL - Lo "especifico" brota ya de lo que hemos dicho. Aquí queremos añadir solamente que su figura, más que como modelo universal y fijo con rasgos y cualidades ideales bien definidas, debe verse como modelo dinámico, atento y sensible a la singularidad de la persona, abierto al ambiente, a las expectativas propias y ajenas, a todos esos factores que podríamos llamar "variables contextuales". Por tanto, una personalidad esencialmente dinámica, pero siempre concienzudamente controlada y continuamente reorganizada. Suponiendo que "quiera" ser un buen padre espiritual y que sepa aceptar sin reservas su responsabilidad educativa, tendrá que unir a una buena formación teológica y espiritual una personalidad "madura" no sólo a nivel humano, sino también en la vida interior, y un conocimiento suficientemente adecuado de las leyes de la psicología y de las ciencias de la educación. Sólo entonces estará en disposición de cumplir su misión esencial: conformarse en cierto modo con la medida de su interlocutor, disponerlo a acoger y comprender las mociones del Espíritu sin prevenirlas intempestivamente, por ejemplo, exigiendo a la persona dirigida algo que Dios no le pide todavía y para lo que no le concede la gracia necesaria.

VII. El padre espiritual y las ciencias del hombre

1. El PADRE ESPIRITUAL Y LA NO-DIRECTIVIDAD - El respeto cada vez mayor al hombre como persona, la nueva sensibilidad frente al derecho a conocer las motivaciones de las propias acciones, la exigencia de crítica constructiva respecto a estructuras y condiciones de vida, han provocado una rápida transformación en el tipo de relaciones existentes entre el padre espiritual y sus dirigidos. Como ya hemos señalado y se deduce de recientes estudios, la escasa simpatía por el término de dirección y la preferencia por otros términos tomados de la psicología, como el de consejero espiritual, consultor, guía, hombre de consejo, se deben también entre otros motivos a la importancia que hoy se da en pedagogía al paso de la heteronomía a la autonomía, de la contribución e intervención de los demás a la consecución de la propia suficiencia. Como es sabido, la persona no está siempre en condiciones de autodisciplinarse plenamente, y el educador ejerce una función vicaria de la inteligencia en vías de maduración y de la voluntad no organizada todavía en la responsabilidad de sus actos. Pero la función de la heteronomía es provisional; tiene la finalidad de preparar al sujeto a la autonomía. El educador trabaja para hacer cada vez menos necesaria su presencia y más capaz al educando. Esta teoría pedagógica, a la que corresponde en la práctica la conocida praxis y doctrina de la no-directividad (C. Rogers) o adirectividad. que se ha difundido en la escuela y en las estructuras culturales. ha interesado también al ambiente de la dirección espiritual, sustituyendo al padre espiritual a lo más por la figura de un sacerdote dialogante de dimensiones simplemente de confrontación entre dos concepciones, sin intención alguna de sacar provecho de ella y de aclarar eventuales divergencias para converger en la verdad'.

2. El. PADRE ESPIRITUAL. Y LAS TÉCNICAS PSICODIAGNÓSTICAS - Promover el crecimiento de Cristo en los fieles quiere decir sobre todo educar en la madurez de la fe; en una fe segura, explícita, actuante. El padre espiritual puede favorecer este desarrollo con medios sobrenaturales y con medios humanos, dentro de su amplísima gama respectiva. Lo importante es utilizarlos para los dinamismos propios de la persona y de las situaciones particulares en que ésta se encuentra; y puesto que cada edad, cada generación y cada sociedad tienen sus propias exigencias, el padre espiritual tendrá que sentirse obligado a aplicar de formas siempre nuevas y adecuadas los medios de siempre y a concebir y experimentar incesantemente nuevos medios. Nos preguntamos si hoy el padre espiritual, suponiendo que tenga la preparación debida, puede recurrir a las técnicas psicodiagnósticas para el estudio de la personalidad y para la búsqueda de los factores que puedan dar razón del comportamiento de los individuos. Parece inoportuno que sea él mismo quien utilice los tests y los cuestionarios, los instrumentos de exploración que captan la expresión libre y espontánea de los sentimientos y de las convicciones personales. En cambio, puede resultar útil conocer el resultado de un examen médico general o especial, de un examen psicológico que el sujeto haya obtenido de terceras personas, espontáneamente o debidamente aconsejado. También parece útil el uso inteligente y serio de la observación, del coloquio personal para un conocimiento más completo y una comprensión objetiva y realista de la persona, que consienta una relación humana adecuada para la penetración interior y profunda de quienes se dirigen a él.

3. EL PADRE ESPIRITUAL Y LA PSICOTERAPIA - Creemos equivocada la actitud de quien se empeñase en asimilar el modo y el arte de aconsejar propios del padre espiritual a los del psicólogo o psicoanalista estricto. Todos están de acuerdo en el hecho de que el padre espiritual no puede prescindir absolutamente de lo que puede aportar la psicología a la comprensión de los individuos y de sus situaciones; pero no es necesario que sea un psicólogo o psicoterapeuta de profesión. El psicólogo, sacerdote o no, desea ayudar a unas personas que se dirigen a él en un plano distinto del espiritual, a través de aquellas técnicas que juzgue más oportunas, y su obra se dirige sobre todo a personas perturbadas, desorientadas o al menos con dificultades particulares. Si el sacerdote psicólogo hace "psicoterapia", no es oportuno que realice al mismo tiempo "dirección espiritual". Son diversos los métodos y son distintos, aunque convergentes, los objetivos. El papel de padre espiritual supone la fe en los medios sobrenaturales, una doctrina, una misión pastoral que no siempre puede estar prisionera de una "benévola neutralidad", y su función va dirigida, más que a personas que se encuentran en una situación especial de desorientación o de perturbación, a los que buscan ayuda para desarrollar plenamente su personalidad cristiana. La presencia de sacerdotes o de creyentes psicólogos en la acción pastoral debe ser acogida como presencia de especial valor y es de desear que aumente su número, así como su preparación específica, ya que parece cada vez más necesaria la presencia de especialistas en esta ciencia aplicada y en este arte de comprender y de curar a los hombres de sus problemas de vida concretos, que condicionan más de lo que ordinariamente se cree la vida espiritual y religiosa. Pero su presencia y su servicio no deben confundirse ni oponerse a la presencia y al servicio del padre espiritual, sino que ambos deben verse como convergentes y complementarios, ya que unos y otros trabajan con Cristo por la salvación del hombre.

4. EL PADRE ESPIRITUAL Y LA ACCIÓN EDUCATIVA - En la acción especifica del padre espiritual hay sin duda un intento de acompañar y sostener la acción de Dios en una persona, de verificarla y convalidarla junto con el propio interesado en un intento común de desarrollar una espiritualidad cristiana segura. Esa preocupación no puede separarse del esfuerzo por descubrir el proyecto divino respecto al sujeto; por poner de relieve la obra del Espíritu Santo que lo lleva a cumplimiento y su correspondencia fiel a la gracia santificante; por guiar el perfeccionamiento de la persona como imagen de Dios, su moralidad en la profesión y en el trabajo, el testimonio de una vida cristiana vivida con integridad; finalmente, por conducir a la superación de los defectos y debilidades y dar lugar a la adquisición de cualidades morales y espirituales. Entra ciertamente en el ámbito de la acción del padre espiritual el intento de guiar al sujeto a una visión límpida e iluminada de su interioridad y de las motivaciones que determinan su comportamiento, a fin de lograr una apertura de espíritu, una docilidad y una lealtad que permitan el encuentro con la iniciativa y la palabra de Dios sobre él. Todas las edades pueden recurrir a un padre espiritual, pero es quizá sobre todo en la adolescencia donde se revela particularmente la urgencia de un guía espiritual. En esta edad el padre espiritual procurará conseguir un desarrollo ordenado y una opción vocacional madura [>Vocación II, 2 d] con esa libertad que Cristo nos ha dado; ayudará a realizar una síntesis de las diversas experiencias y las orientará hacia el crecimiento humano y cristiano en la perspectiva de la vocación. Su intervención no es ajena, sobre todo durante este periodo de la vida, a una verdadera y propia acción pedagógica, con metas explícitamente educativas, a las que se refiere el texto paulino donde se dice que la obra del ministro se realiza "para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y al conocimiento completo del Hijo de Dios y a constituir el estado del hombre perfecto a la medida de la edad de la plenitud de Cristo, para que de ninguna manera seamos niños vacilantes ni nos dejemos arrastrar por ningún viento de doctrina al capricho de los hombres, por la astucia que nos induce a la maquinación del error; antes al contrario, aleccionados en la verdad, crezcamos en el amor de todas las cosas hacia el que es la cabeza, Cristo" (Ef 4,12-15).

VIII. Formas y espacios de acción del padre espiritual

Quizá nunca como ahora se advierten fermentos de todo tipo, debidos a las rápidas y profundas transformaciones sociales, ambientales, culturales y al dinamismo suscitado por el acontecimiento conciliar, que nos urge a una permanente confrontación con Cristo. Todos los que componen el pueblo de Dios están llamados a realizar esta conjunción de los valores tradicionales con los que brotan del progreso bajo el impulso del Espíritu. En este marco operativo se sitúa la actividad más variada del padre espiritual, que tendrá que estar presente en los grupos, promover el coloquio personal, valorar las peticiones de un laicado que se hace cada vez más exigente, identificarse con los mismos laicos en virtud de sus carismas y de los ministerios que la Iglesia les confía.

1. EL PADRE ESPIRITUAL EN EL GRUPO - La inclinación del hombre contemporáneo a las diversas formas comunitarias de vida [>Comunidad de vida] crea para el padre espiritual nuevas posibilidades de presencia y de aportación. Y surge entonces la pregunta: ¿Cómo se perfila su figura en el nuevo contexto de vida comunitaria en el que viene a encontrarse o está colocada la persona? La primera exigencia será la de distinguir un grupo de otro, la de captar la especificación clara del grupo interesado para entender mejor su finalidad. Podemos indicar lo siguiente:

a) la experiencia de grupo lleva a cada uno de sus componentes a un mejor conocimiento de sí mismos y de su relación con los demás, que desarrolla el sentido de cooperación y de responsabilidad;

b) el fenómeno asociativo-comunitario es un acontecimiento que no puede dejar indiferente a la pastoral, ya que hay grupos o comunidades donde laicos promueven como animadores una auténtica vida cristiana y donde cada uno, ayudado por el testimonio de los hermanos y por el modelo de vida que allí se lleva, puede sentirse ayudado y muchas veces estimulado al descubrimiento de su propia vocación y a la forma de vivirla en toda su plenitud;

c) el padre espiritual ve con objetividad lo que sucede y él mismo está en disposición de cuidar y de promover una expresión más comunitaria de la fe, para que la fe pensada se haga también experimentada; puede, además, realizar personalmente una experiencia de vida relacional y espiritual con aquellos a los que ofrece su servicio, sacando de ello gran ventaja no sólo para sí, sino para poder tratar de forma más adecuada con aquellos que, en el grupo, se dirijan a él en privado y para poder fijarse en los sujetos a los que podría resultar grato y providencial el ofrecimiento de un encuentro personal.

Este nuevo modelo de vida comunitaria, que se distingue de las comunidades religiosas tradicionales, no cambia la figura ni la acción del padre espiritual ni hace inútil su servicio, sino que caracteriza más bien y diversifica los espacios de sus intervenciones, estimula al propio padre espiritual a una obligada colaboración y aviva su conciencia de que el padre espiritual por excelencia es, de hecho, el Espíritu Santo. De todas formas, por tratarse de grupos que constituyen una nueva realidad comunitaria propia de nuestra época, estamos ante un fenómeno nuevo, todavía en evolución —baste pensar en las comunidades neocatecumenales, de base, espontáneas, etc.—, por lo que habrá que esperar, después de renovadas experiencias, una definición más segura del padre espiritual y de su acción.

2. EL COLOQUIO PERSONAL COMO FORMA EMINENTE DE DIRECCIÓN - El coloquio como encuentro personal entre el padre espiritual y su dirigido es no sólo un momento clásico, siempre subrayado en la tradición y en la experiencia, sino también un contacto que celebran las disciplinas interpersonales que gozan de merecido prestigio. Dentro de la gama típica de estos coloquios, en cuestión de dirección espiritual hay que preguntarse cuál es el más adecuado y apropiado. Una vez aceptado el carácter específico del padre espiritual y su nueva situación en la comunidad eclesial, parece evidente que el coloquio más adecuado para el hombre contemporáneo es el que se sitúa en la línea del mayor respeto a la persona, la cual es sujeto de deberes pero también de derechos, sobre todo del derecho a su propia libertad. En este sentido no es conveniente ni posible pensar en un modelo único de encuentro, sino en una pluralidad de modelos, según las condiciones de los sujetos, de las situaciones ambientales, de las exigencias que se vislumbran y, finalmente, de las problemáticas que se plantean como objeto del diálogo y de la conversación. Destaquemos algunos aspectos:

  1. hay un tipo de encuentro en el que se acentúa más el carácter central del padre espiritual, ya que hay casos o situaciones que requieren ser exigentes, incluso directivos, sin discutir por ello la actitud de fondo, que debe ser ante todo comprensiva y cordial;

  2. en otros casos o situaciones puede ser más oportuno un tipo de coloquio que destaque preferentemente el carácter central del problema, es decir, la situación expuesta por el sujeto; se requiere entonces en el padre espiritual un comportamiento más relacional, más democrático, en el que señale su opinión, proponga vías de solución, solicite la crítica y la toma de posición libre y personal por parte del sujeto;

  3. otras veces será preferible un tipo de coloquio que acentúe más la originalidad del sujeto, suponiendo que el individuo se encuentre en las condiciones precisas para llegar a la solución más apta, una vez que él se sienta seguro de poder entrar dentro de sí mismo para descubrirla. Para promover esta actitud en el interlocutor, el padre espiritual procurará ponerse en la perspectiva del otro, pondrá a su disposición la experiencia fundamental que él mismo vive en su intimidad, dirigirá su atención al centro existencial y al fondo personal y experiencial de la persona que está delante de él, en la confianza de que él sabrá reaccionar y responder. En este tipo de coloquio, sobre todo, el padre espiritual debe manifestar en toda su persona claridad en los motivos inspiradores, seguridad, madurez, competencia y plenitud en su personalidad de formador, de educador y de profeta del Espíritu de Dios.

3. L.A PROPUESTA DE METAS DE PERFECCIÓN Y DE VALORES CRISTIANOS - La elección del tipo de coloquio ha de tener en cuenta la formación del sujeto, su sensibilidad, su temperamento, su carácter y los problemas que se discuten, inspirándose siempre en los principios que sugiere la teología pastoral. Hay que recordar también que el diálogo no puede reducirse por entero a un diálogo humano; los interlocutores tendrán presentes los criterios de la aceptación y comprensión recíproca, de la clarificación de los problemas en discusión, de la búsqueda de una solución apoyada en la confianza concedida a la persona. Por descontado que el coloquio comprende un empleo serio y obligado de los recursos propios del hecho religioso, que no se limita a una escucha comprensiva y benévola ni adopta una simple actitud de "neutralidad"; tiene que ofrecer elementos positivos, aclaraciones, propuestas de valores morales y religiosos, para no dejar al sujeto en un estado de "desamparo moral" precisamente en el momento en que pide luz para conocer mejor las exigencias del ideal cristiano, solicita motivos de discernimiento y de decisión y busca la ayuda y el estímulo para perseverar en la decisión que ha tomado.

Proponer metas y valores cristianos no significa atentar contra la libertad de la persona; Cristo respetó la libertad de sus seguidores, aunque señaló con claridad absoluta las condiciones de su >seguimiento, se presentó como modelo que imitar y ofreció a todos consejos y enseñanzas. Su llamada se dirige continuamente al albedrío de sus discípulos y de las personas con las que se encuentra; la expresión que reaparece con frecuencia al dirigirse a sus interlocutores es: "Si quieres..., el que quiera...".

Las metas de perfección de la persona en la edad del desarrollo son: la orientación vocacional [>Vocación II,1 b]; la atención y el descubrimiento de un estilo de vida que signifique la opción definitiva; la búsqueda de un ideal-programa al que entregar totalmente la existencia, como puede ser la familia, el sacerdocio [>Ministerio pastoral], la vida consagrada en sus diversas formas [>Institutos seculares; >Vida consagrada; >Celibato y virginidad; >Consejos evangélicos], el laicado dedicado por completo a la promoción del reino de Dios entre los hombres [>Diácono; >Laico], la profesión misma [>Trabajador], los compromisos de >apostolado y de colaboración eclesial. Aunque la elección le corresponde al sujeto, todos sabemos muy bien cómo se desea la presencia y la palabra, fruto de experiencia y de clarividencia espiritual, de un "padre" que no actúe por ningún interés ni por motivos proselitistas, sino sólo por el futuro del sujeto que, en su propia elección, tiene que buscar la realización de su personalidad v una vida satisfactoria v serena.

4. EL PADRE ESPIRITUAL LAICO PARA LOS LAICOS - En la vida de la comunidad eclesial el laico que ejerce el servicio de la dirección espiritual no es ninguna novedad, sino una prueba de la riqueza con que el Señor dispensa el don del consejo, la capacidad de discernimiento, sus carismas y la vocación a los ministerios proféticos en sus diversos grados y modalidades. Este dato está suficientemente apoyado en la función que la dirección espiritual y el relativo discernimiento de espíritus asumieron en la práctica y en la vida de los padres del desierto. Nuestra época ha visto surgir en la Iglesia grupos eclesiales y nuevas formas de vida consagrada, a saber, los institutos seculares, compuestos de miembros laicos de uno y otro sexo. La dirección espiritual, bien de los grupos, bien de cada uno de sus miembros, puede ejercerla en estos institutos, como sucedió con los padres del desierto, una persona "laica", que introduzca a los sujetos en esa nueva forma de espiritualidad, los entrene en la inserción en la vida del grupo, los ilumine sobre la posibilidad de asociar a la secularidad los >consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, los familiarice con la peculiaridad del apostolado específico que esas nuevas formas de vida consagrada están llamadas a ejercer en la Iglesia. Este nuevo tipo de dirección espiritual asume hoy una función importante en la vida de los grupos, ya que los llamados a ejercerla no sólo ponen a disposición de los miembros su propia experiencia de camino por las nuevas sendas de santidad, sino que conocen también las dificultades que se encuentran en una condición de vida en la que están presentes y operantes la consagración total de uno mismo junto con la secularidad o laicidad como modo típico de vivir el sacerdocio común de los fieles mediante los diversos ministerios instituidos especialmente para los laicos. La dirección espiritual que desempeñan estas personas puede ser muy interesante, ya que contribuye a una formación integral desde el punto de vista humano y cristiano de todos los que comparten ese mismo ideal de vida.

El que tiene una responsabilidad jurídica en el grupo y recibe el encargo de atender a la dirección espiritual de los demás, no podrá nunca exigir la manifestación de dudas, ansiedades, confidencias íntimas que ofendan a la reserva natural, manifestaciones que son más oportunas en el sacramento de la penitencia que en la simple dirección espiritual. De hecho, la Iglesia en su legislación canónica prohíbe a los responsables de las comunidades o de los otros grupos que exijan la manifestación de conciencia, aunque deja a los miembros la libertad de abrirse a ellos.

5. EL PADRE ESPIRITUAL DE LAS RELIGIOSAS - El código de derecho canónico enumera las condiciones para que un sacerdote pueda ejercer la función de padre espiritual en las comunidades religiosas femeninas de clausura y de vida activa. No hay que ocultar que hoy las religiosas presentan exigencias y necesidades que quizá no se presentaban en el pasado, al menos con tanta intensidad. Por el hecho de tratarse de personas consagradas a Dios que han centrado su opción en los consejos evangélicos, el ejercicio de la obediencia no debe eclipsar el respeto a la dignidad de la persona, los derechos de libertad y el sentido de responsabilidad. El estado particular que han abrazado requiere incluso una sensibilidad más comprensiva y abierta, aunque más controlada y garantizada por la madurez humana y afectiva del padre espiritual. Se denuncia con frecuencia una ..--.-crisis profunda de la vida religiosa y de la vida consagrada vivida día a día; pero cabe preguntar si entre esas causas, y ciertamente entre las más graves, no estará también la de cierta superficialidad en acoger la exigencia de una obediencia más motivada, de una asignación de tareas más adecuadas a la idoneidad de la persona, de una participación común del superior y de las religiosas en el análisis de las situaciones y de los casos discutidos, de una posibilidad crítica constructiva, siempre que se verifiquen ciertas incongruencias para cuyo arreglo se necesite la aportación de todas y de cada una. Todos vemos que la función del padre espiritual es indispensable tanto para las que están al frente de la comunidad como para todas las que tienen en ella algún servicio. La delicadeza de ciertas intervenciones no debe impedir al padre espiritual, en el ámbito de su coloquio, la palabra y el consejo preciso, adecuado al caso en cuestión, prestado con moderación, sobriedad, concisión, dejando a las solicitantes la reflexión más indicada sobre el comportamiento oportuno. Corresponde siempre al padre espiritual sugerir los caminos para la conciliación razonada de las formas tradicionales de la vida consagrada (costumbres, prácticas piadosas, devociones, normas) con las nuevas formas que se derivan, por ejemplo, de la reforma litúrgica o del movimiento bíblico (que pone a la palabra de Dios como término de confrontación o verificación entre lo realizado, lo vivido y lo experimentado, por una parte, y las instancias que presentan los estatutos, las constituciones, los directorios, por no hablar incluso de las mismas reglas, por otra). Le toca a la prudencia y a la sagacidad del padre espiritual aplacar los ánimos irritados, las conciencias turbadas y perplejas, las situaciones tensas y poco edificantes.

6. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL POR CORRESPONDENCIA - El método más ordinario de dirección espiritual es, sin duda, el coloquio, en donde el sujeto tiene la posibilidad de expresarse y manifestarse por entero, de volver sobre un tema, de ser comprendido más a fondo, incluso en los detalles de un problema. Pero la experiencia, comprobada por personas insignes en ciencia y en discernimiento de espíritus, admite también la dirección espiritual por correspondencia cuando resulta difícil el encuentro personal o cuando el sujeto se siente más libre y más seguro poniendo por escrito su estado de ánimo o las dificultades especiales que surgen de su timidez o de su pudor para abrirse. Aunque este tipo de dirección espiritual requiere la aceptación por parte del padre espiritual, la posibilidad de dar respuestas oportunas, la capacidad de captar el sentido esencial de los problemas, etc., el sujeto tiene la ventaja de poder reflexionar y meditar más despacio en los consejos que le han dado, de volver sobre ellos y profundizar en lo que se le ha escrito. Es evidente que el estilo tiene que ser sobrio y discursivo; el contenido debe versar sobre lo esencial, con el sentido de moderación que se requiere para no incurrir en un verbalismo ineficaz. En la historia los epistolarios relativos a la dirección espiritual ofrecen una documentación positiva, aunque esta forma debe seguir considerándose como excepcional.

7. EXTRALIMITACIONES Y DEFECTOS EN LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL - No hemos de extrañarnos de que también en este sector del servicio pastoral se encuentren abusos por defecto y por exceso en el comportamiento y en la acción del padre espiritual; no vamos a repetir aquí las acusaciones y las denuncias que se han dirigido con una abundancia insólita en los últimos años tanto contra el padre espiritual como contra la dirección espiritual; señalaremos tan sólo algunas que pueden repetirse y que siguen siendo posibles, sobre todo respecto a ciertos sujetos débilmente socializados o ansiosos de una sustitución afectiva, frustrada quizá en el momento culminante de la formación. En pocas palabras:

a) los dirigidos rechazan terminantemente una actitud de autoritarismo, aunque a veces esté justificada subjetivamente por el hecho de que el padre espiritual ejerza un ministerio que considera exclusivamente reservado al sacerdote y al sacramento que lo ha convertido en tal; tampoco puede aceptarse el autoritarismo que abusa de la fragilidad psicológica de los sujetos, imponiendo el propio pensamiento y la propia norma como decisivos para una justa solución de los problemas;

b) los sujetos dirigidos rechazan también una actitud paternalista, más inclinada a proteger que a orientar y aconsejar, más adecuada para dar a la palabra el carácter de una concesión benévola que el de un parecer objetivo obtenido de una lectura "sabia" de la voluntad de Dios a través de los acontecimientos y de las circunstancias de la vida:

c) es desaconsejable la preocupación de marcar con la propia espiritualidad o la de la propia familia religiosa a los sujetos dirigidos, realizando una especie de transfert de valores espirituales sin el necesario proceso de adquisición, en el cual el dato personal consiente en convertir en experiencia religiosa una simple alocución que podría incluso reducirse en los dirigidos a una pura sugestión;

d) también está contraindicada una relación del padre espiritual con los dirigidos del tipo de "alumno dócil", que se abandona pasivamente en manos del maestro; aquí al sujeto no se le permite entender seriamente la naturaleza y el peso de sus problemas, y al mismo tiempo el padre espiritual no está en disposición de profundizar en el conocimiento del individuo y de indicar las líneas que ha de seguir;

e) está contraindicada una dirección preceptiva, que se limita a indicar lo que hay que hacer; que pide una ejecución puramente pasiva e irreflexiva, eliminando en el sujeto la deliberación, la exposición de sus puntos de vista, la conciencia de las motivaciones de fondo;

f) sigue existiendo en la dirección espiritual el peligro de favorecer el desarrollo de una relación demasiado humana y sensible entre el padre espiritual y la persona dirigida, que puede verse enredada en los vínculos de un afecto que nunca tuvo o que no logró superar en su adolescencia para llegar a una libertad adulta; mientras que el padre espiritual puede verse más o menos conscientemente afectado, sobre todo si él mismo no ha sabido solucionar suficientemente sus propias necesidades afectivas mediante otros "valores" y sobre todo en Cristo, razón última de la ayuda que ofrece y fin al que desea conducir a los que acuden a él. Habrá que evitar dos actitudes opuestas: la rigidez, que aparta a la persona y provoca en ella la frustración, y la extralimitación —basada quizá en un celo excesivo— más allá de los límites que impone el ministerio sacerdotal y que requiere la dignidad y la libertad del dirigido. Así pues, tendrá que mantener un vinculo afectivo válido y rico con Dios, con Cristo, con María, con todas las demás personas, con su trabajo y su ambiente, para no verse prisionero de una relación peligrosa que le apartaría del objetivo inicial ] Amistad IX]. Se trata del proceso dinámico de la "sublimación", entendida en sentido constructivo.

8. ANOMALÍAS Y SITUACIONES ESPECIALES - La civilización de los medios de comunicación [>Mass media], si, por una parte, ha favorecido las relaciones incluso en unas situaciones anteriormente difíciles e incluso imposibles, por otra, ha empobrecido al hombre en su integridad, en su iniciativa personal de búsqueda de valores, de conocimientos, de mensajes de vida. Las anomalías que el hombre conoce desde tiempos inmemoriales se han ido multiplicando poco a poco, aumentando los estados de sufrimiento y las dificultades de ambientación. El padre espiritual no puede, precisamente en virtud de su servicio, no ya cerrar los ojos a las anomalías que se crean en los individuos y las situaciones especiales que se advierten en las comunidades o en los grupos, ni eximirse de elaborar en sí mismo un tipo de comportamiento y de trato que valga, si no para resolver totalmente el caso, por lo menos para reconocerlo, para aliviarlo y, si es posible, para conducirlo a su normalización.

a) La anomalía o perturbación más frecuente que se nota en la dirección espiritual es el "escrúpulo", que altera de forma exagerada o de forma sustractiva los compromisos asumidos y que hace que el sujeto se convierta en víctima de estados de ansiedad, de indecisión, de angustia; se confía al padre espiritual como a un liberador, pero sin obtener de ordinario el efecto deseado.

b) El devocionismo espiritual, centrado más frecuentemente en el intimismo, lleva al sujeto a alejarse de la exigencia comunitaria de participación, de solidaridad fraterna, de los valores que unen, hasta reducir a veces y eliminar los vínculos con el grupo. En estos casos el padre espiritual está llamado a restablecer el equilibrio que garantice al sujeto su derecho a opciones preferenciales que no perturben la exigencia de intercambios mutuos y sepan respetar los compromisos asumidos a su tiempo.

c) La importación incontrolada de novedades, aunque acompañadas del éxito en otros ambientes, en el ámbito de una comunidad de vida y de fe, es con frecuencia origen de disturbios y de desorientaciones en el proceso en curso de la renovación posconciliar. Los sujetos que se dicen conservadores oponen rémoras y resistencias, a veces injustificadas y a menudo perturbadoras, mientras que los que se dicen renovadores pretenden que una novedad o una iniciativa, privada de la aprobación que se deriva de un examen comunitario y detallado, tiene que considerarse automáticamente como necesaria. En estas circunstancias particulares el padre espiritual tiene la función de moderador, que ni lanza acusaciones ni concede superficialmente aprobaciones, sino que sabe conciliar la exigencia de respeto a las convicciones personales con la exigencia de reconocimiento objetivo de las iniciativas, acompañadas de los signos indudables de la conveniencia y de la puesta al día.

Estos y otros casos, así como las anomalías que surgen con frecuencia en el análisis y en la valoración moral del padre espiritual, se tocan en estudios especializados, a los que es fácil recurrir para alcanzar un mayor conocimiento y encontrar los oportunos remedios.

IX. Conclusión

Si hubiera que condensar brevemente el sentido actual y permanente de la dirección espiritual, habría que repetir lo que desde hace siglos afirma la Iglesia: es el discernimiento de la voluntad de Dios respecto a los hombres. Y si hubiera que hacer lo mismo con el padre espiritual, hoy parece que resulta más significativa su denominación de hombre de consejo que sabe discernir junto con sus dirigidos la voluntad de Dios. Es evidente que la dirección espiritual puede tener diversas expresiones, ya que no se agota en el diálogo con el padre espiritual, sino que se apoya también en otros factores que concurren con la misma eficacia al discernimiento de la voluntad de Dios, como, por ejemplo, los encuentros con otra persona, con personas que comparten las mismas situaciones de vida, de compromiso eclesial, de trabajo, las lecturas, las reflexiones sobre la palabra de Dios, los sucesos particulares. No es que la persona del padre espiritual desaparezcacomo absorbida por la multiplicidad de elementos que pueden entrar en la dirección espiritual. Entre tantos otros medios que es posible utilizar para ver en cada caso la voluntad de Dios y la mejor respuesta a ella, él es la persona que ayuda a unificar los hilos de tantas voces diversas como llegan al umbral de la conciencia. El pasado y el presente de la dirección espiritual indican que hay que cambiar de estilo; pero no admiten la ausencia de la figura típica que hemos presentado, sea cual sea el nombre que se le dé; si ayer se prefería llamarla "director espiritual" y hoy "padre espiritual", y quizá mañana de otra manera distinta, sigue en pie el hecho de que la "dirección espiritual" no cambia su función esencial de servicio a los hermanos llamados en Cristo y en la Iglesia a realizar el proyecto de salvación del Padre.

A. Mercatali

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