Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia HEROISMO

 

HEROÍSMO
DicEs
 

SUMARIO: I. Heroísmo cristiano: 1. El término: 2. Premisas teológicas; 3. Heroísmo y virtudes teologales; 4. Heroísmo y virtudes morales: 5. Ejemplificación; 8. Heroismo y vida cotidiana: 7. Heroísmo y madurez humana: 8. Diferenciaciones en la tendencia al heroísmo: a) La diversidad de las personas, b) La diversidad del ambiente, c) La diversidad de los dones sobrenaturales; 9. La relación entre la tendencia al heroísmo y el enfoque de la vida pasada: 10. La tendencia al heroísmo y los pecados anteriormente cometidos; 11. La llamada al heroísmo en cada instante de la vida; 12. ¿Se puede alcanzar el ideal del heroísmo? - II. Heroísmo humano: 1. Héroe como munífico; 2. Héroe como profeta; 3. Héroe como el fuerte.


I. Heroísmo cristiano

1. EL TÉRMINO - El término heroísmo (del griego heros, héroe), que designa un valor, un coraje excepcional, comenzó a formar parte de la terminología técnica teológica desde que Roberto Grossatesta (Greathead) usó la expresión virtus heroica en su traducción latina de la Etica a Nicómaco, de Aristóteles (realizada ca. 1243). Empleado por san Alberto Magno, por santo Tomás de Aquino y otros escolásticos, el término adquirió pronto una importancia particular para la teología ascética y mística y fue luego ampliamente elaborado por los teólogos y canonistas interesados en las causas de beatificación y de canonización. Siguen siendo clásicas todavía hoy las autorizadas disquisiciones de Próspero Lambertini (1675-1758), que había de ser luego el papa Benedicto XIV.

El heroísmo cristiano se encuentra por excelencia en el acto más sublime de caridad, es decir, el martirio, "en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma con él en la efusión de su sangre" (LG 42) (>Mártir].

Luego, se calificó también como heroico el comportamiento del cristiano inspirado en la caridad de modo tan profundo e intenso que se acerca a la perfección del martirio. Según se trate sólo de determinadas actividades del cristiano o del enfoque total de su vida, se habla de actos heroicos y del ejercicio heroico de una o más virtudes, o bien de la tendencia heroica a la perfección y de la santidad heroica.

2. PREMISAS TEOLÓGICAS - Como ya se ve por estas breves aclaraciones, la doctrina sobre el heroísmo cristiano queda encuadrada en la teología de la santidad y, de modo particular, en la de la caridad, y arranca del hecho de que la humanidad entera, y por tanto cada persona humana particular, es llamada en Cristo a una vida de íntima unión con la SS. Trinidad y, por lo mismo, a participar de su vida de amor. Esta unión de amor con Dios, que sólo se consumará plenamente en la otra vida, es ya ahora una realidad, porque en el bautismo el hombre es incorporado a Cristo y, en consecuencia, por obra del Espíritu Santo, ha comenzado a vivir su vida. Esto significa, a su vez, que se ha puesto en marcha el proceso de la radical transformación del hombre bautizado, que, según la dinámica del amor divino, debe llevarle a una conformación e identificación cada vez mayor y más íntima con la persona del Verbo encarnado y redentor. Precisamente este proceso de progresiva asimilación a Cristo es el que exige y postula el heroísmo cristiano.

Es verdad que la mencionada transformación es radical y esencialmente obra del amor divino. Trasciende absolutamente la capacidad natural del hombre, por lo cual no es ni puede ser fruto de un voluntarismo humano (pelagianismo). Por otra parte, precisamente porque se trata de una unión interpersonal entre Dios y el hombre y justamente porque Dios quiere comunicar su amor, el hombre no puede experimentar esta transformación en pura pasividad (quietismo).

A la invitación amorosa de Dios ha de responder el hombre --precedido y sostenido por la ayuda divina— con un amor incondicional y total que, lejos de agotarse en veleidades estériles o en fatuos sentimentalismos, debe ser activo en sumo grado.

A quien considere las cosas en un orden puramente teórico ideal, pudiera parecerle que semejante respuesta de amor eficaz no es otra cosa que la reacción espontánea y evidente de una persona humana tocada y movida por el amor divino y que, justamente en virtud de este amor que entusiasma y arrastra, la transformación de su ser en un "alter Christus" puede efectuarse rápidamente y con gran facilidad. Pero la verdad es que, dadas las condiciones concretas y existenciales en que vive la humanidad. esta transformación de todo el ser humano es un proceso que está lejos de ser rápido y fácil, ya que a él se oponen numerosas y graves dificultades, y antes que nada la actual estructuración del hombre caído y pecador. Este, en efecto, se halla profundamente afectado por tendencias egoístas y egocéntricas, que le impulsan constantemente a cerrarse en sí mismo, a ver a todos y a todo en la angustiosa perspectiva del propio "yo" y a colocarse a sí mismo y sus propias ventajas en el centro de toda actividad. Es evidente que estas actitudes son diametralmente opuestas a la invitación de abrirse a Dios, de trascender los límites de la propia pequeñez y de abandonarse generosamente a la actividad divina transformadora, que debería llevar al hombre a verlo todo con los ojos de Dios, a amar como ama Dios y a obrar siempre y únicamente según los criterios de este amor. Precisamente porque, por un lado, la exigencia del amor de Dios es total y absoluta y no admite ni la más mínima reserva y excepción, y, por otro, el conjunto de las tendencias egoístas y egocéntricas está fuertemente arraigado en todo el ser del hombre caído y pecador, además de estar continuamente bajo la influencia de lo que la Sagrada Escritura llama el pecado del mundo (cf Jn 1,2a) y expuesto a las asechanzas del príncipe de las tinieblas, la vida del cristiano que verdaderamente quiere vivir como tal es una lucha constante y durísima que le exige un auténtico heroísmo (cf Heb 6,11ss; 1 Pe 5,8ss; etc.).

3. HEROÍSMO Y VIRTUDES TEOLOGALES - Este heroísmo debe ser ante todo el heroísmo de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, la lucha contra el propio yo, el mundo del pecado y el príncipe de las tinieblas [>Diablo-Exorcismo; >Tentación] sólo puede ser emprendida y mantenida por un hombre que, con una fe firme e inquebrantable, cree en la realidad del Dios personal, acepta el misterio de sus caminos y está íntimamente convencido de su sabiduría y bondad infinitas; que se fía enteramente de él y, en todas las vicisitudes de la vida, pone en él toda su esperanza; que se abandona a su misericordia, sabe que es amado con un amor más fuerte que la muerte y, lleno de admiración y conmovido, desea y quiere amar a Dios y todo lo que es suyo con un amor igualmente genuino.

En este plano de la fe, la esperanza y la caridad es donde se inicia y lleva a cabo la transformación radical del hombre pecador en hombre de Dios [>Conversión; >enitente]; y justamente estas relaciones personales del hombre con Dios son las que, exigiéndole un verdadero heroísmo, le hacen al mismo tiempo capaz de vivirlo e intensificarlo progresivamente. Es evidente que estas relaciones de intimidad con el Señor esencialmente tienen necesidad de una adecuada medida de silencio, de soledad, de oración privada y litúrgica y, sobre todo, del frecuente encuentro sacramental con Dios, que es la fuente de toda santidad.

4. HEROÍSMO Y VIRTUDES MORALES - Sin embargo, aun siendo la fe, la esperanza y la caridad el soporte y la profunda inspiración de toda actividad cristiana, no quiere esto decir que se agote en actos formales de las tres virtudes teologales. También en este campo hay que tener debidamente en cuenta la constitución metafísica del hombre viador y su situación existencial. Como persona, es cierto que el hombre terreno posee una unidad espiritual fundamental; pero hay que apropiársela, vivirla y profundizarla en las condiciones típicas desu materialidad, o sea en las condiciones del tiempo y del espacio. Esto significa en concreto, no sólo que el hombre debe obrar en continuidad, sino también en los campos más variados, para actuar y vivir sus relaciones esenciales e indispensables con la humanidad a que pertenece y con el mundo material en que se halla inserto [>Ecología]. La invitación que Dios dirige al hombre a dejarse plasmar y transformar por él de modo tan profundo y radical que sea Cristo quien viva y obre en él, se refiere a todo el complejo existencial de su vida humana y, por tanto, a su actividad humana total en sus innumerables y variadas ramificaciones. Con esto queda dicho que la transformación radical del hombre pecador en un "alter Christus", a la cual debe llegar bajo la moción del Espíritu Santo a través del heroísmo de su fe, esperanza y caridad, asegura a toda su existencia una unidad y una armonía maravillosas y le confiere al mismo tiempo una simplicidad y una belleza incomparables. Pero con esto queda igualmente dicho que la consecución de este fin requiere en el hombre viador un esfuerzo continuo y no común en todo tipo y género de actividades, a fin de que sea realmente Cristo el que viva y obre en él, y no el propio "yo", que solamente busca su ventaja y comodidades propias. Más aún: si se tienen en cuenta de manera realista las condiciones existenciales del hombre, que le empujan sin cesar a la dispersión y a los particularismos de todo tipo, fácilmente se comprende que una vida vivida con fidelidad constante y leal según el ideal cristiano postula y exige el ejercicio heroico de todas las virtudes [y también la superación de >antinomias espirituales].

5. EJEMPLIFICACIÓN - El propósito del presente artículo no es tratar detalladamente de los varios aspectos del comportamiento humano, a los cuales corresponden otras tantas virtudes, ni mostrar su unidad intrínseca. No obstante, parece oportuno ejemplificar, por lo menos en un caso, los principios arriba expuestos acerca de la naturaleza y la necesidad del heroísmo cristiano. Escojamos para ello el campo de las relaciones humanas, que evidentemente revisten una importancia muy particular en la vida del cristiano.

Pues bien, si el cristiano vive verdaderamente según su vocación y, en consecuencia, se deja transformar por la gracia de tal modo que no sea ya el "hombre viejo" el que viva y obre, sino más bien que viva y obre en él Cristo, sus relaciones con el prójimo reflejarán fielmente las actitudes del mismo Señor. Por consiguiente, todo su comportamiento con el prójimo llevará la impronta de la caridad de Jesús y reflejará el esplendor de su bondad. Semejante cristiano verá en todo hombre al hijo de Dios [>Hijos de Dios] y, por lo mismo, un hermano [>Fraternidad]; se interesará por él y le saldrá al encuentro con serenidad, delicadeza y afabilidad; participará sinceramente de sus alegrías y compartirá también sus dolores, prodigándose para consolarle y ayudarle; soportará con tacto, paciencia y comprensión las limitaciones de los demás y estará siempre pronto a perdonar sus culpas, aunque lo corrija con fuerza y severidad cuando lo requiera su bien; será sincero con todos y opuesto a toda forma de engaño; se mostrará reconocido por el más pequeño servicio que se le haga y, en su humildad, no dejará nunca sentir su superioridad; no buscará la propia comodidad a expensas de los otros, sino que dará la preferencia a los pobres y a los abandonados, aunque sin desinteresarse nunca por los demás; no se dejará dominar por las simpatías o antipatías, ni arrastrar por la euforia del optimismo o la tristeza del pesimismo; su corazón será constante y se hará todo para todos, porque ama a todos en Dios y a Dios en ellos.

Esta sucinta y harto incompleta descripción de cuanto conlleva la sola virtud de la caridad fraterna ilustra lo exigente que es el ideal cristiano y, al mismo tiempo, demuestra de manera concreta y convincente que tal ideal no puede alcanzarse sin un auténtico heroísmo.

6. HEROÍSMO Y VIDA COTIDIANA - El mismo ejemplo ayuda también a comprender más profundamente algunos aspectos de la doctrina sobre el heroísmo cristiano, que no raras veces se descuidan o entienden mal. En contra de ciertas creencias populares, el heroísmo cristiano no se identifica en absoluto con el cumplimiento de determinados actos que por su misma naturaleza son excepcionalmente difíciles o incluso espectacularmente sensacionales. Es cierto que todo cristiano en el curso de su vida debe hacer frente a situaciones que exigen opciones fundamentales, que comprometen hasta el fondo su caridad para con Dios y con los hombres, ofreciéndole así la posibilidad de practicar la virtud de modo heroico. Sin embargo, dadas las condiciones de nuestra existencia, estas decisiones privilegiadas son más bien raras, y en todo caso se deben realizar en las circunstancias de la vida de cada día. Más aún: precisamente en el desgaste, en la rutina y en el tedio de la vida cotidiana es donde el verdadero heroísmo con que el hombre acepta en determinados momentos la voluntad del Señor es puesto a prueba y refrendado, diferenciándose de un heroísmo meramente aparente. El heroísmo cristiano es, pues, por lo regular y en la gran mayoría de los casos, el heroísmo de quien vive la vida ordinaria de modo perfectamente cristiforme.

7. HEROÍSMO Y MADUREZ HUMANA - Es obvio que, excepto quizá algún caso del todo excepcional (que, por lo demás, supondría un milagro de la gracia divina), este heroísmo en la vida común y cotidiana es fruto de un proceso gradual de maduración. El hombre no nace cristiano perfecto, sino que llega a serlo a través de un largo y laborioso progreso, que llegará a su fin solamente cuando sea liberado en la muerte de los vínculos terrestres y plenamente transformado por la gloria de Cristo resucitado. Luego, mientras el cristiano es viador, ni es infalible ni está exento de todas las debilidades humanas. El que quiera vivir su vida de cristiano de modo heroico deberá, por amor de Dios y con su ayuda, realizar esfuerzos continuos para evitar errores e incluso las más pequeñas imperfecciones semideliberadas, aunque, por lo demás, sin lograrlo perfectamente. Precisamente es ésta una de las expresiones más maduras y esenciales del heroísmo cristiano: saber aceptar este hecho con aquel sano realismo que no se abandona al desaliento, a la autolesión y a la conmiseración de sí mismo, sino que sólo conoce la voluntad de corregirse prestamente y de proseguir con fortaleza. humildad y serenidad por el camino del Señor.

El hecho de que el cristiano deba crecer constantemente en la caridad y en las otras virtudes implica, además, otra consecuencia de la máxima importancia para la adecuada comprensión de la doctrina teológica acerca del heroísmo cristiano. En efecto, este crecimiento, según las disposiciones de la providencia ordinaria de Dios, sigue las leyes generales de la vida, la cual no crece asaltos, sino siguiendo la dinámica interna de un desarrollo orgánico y armonioso. Esto significa que todo progreso en la virtud no es sólo una invitación a seguir progresando, sino también la premisa de un ulterior desarrollo. Por con.. siguiente, la heroicidad del comportamiento del hombre no se mide por un ideal abstracto, sino según las condiciones actuales de su desarrollo concreto y existencial.

8. DIFERENCIACIONES EN LA TENDENCIA AL HEROÍSMO - a) La diversidad de las personas. Al valorar la intensidad de la tendencia al heroísmo, es absolutamente necesario tener en cuenta ya sea las condiciones concretas de la vida de cada uno, ya las diversas fases del desarrollo del hombre; con mayor razón aún se deben tener en cuenta las numerosas y netas diferencias que distinguen a cada miembro del género humano de' sus semejantes. Como persona, cada hombre, en efecto, posee cualidades típicas, únicas e irrepetibles, que, lejos de coincidir con las características individuales derivadas de su materialidad, constituyen el núcleo más íntimo de su ser espiritual. Es evidente que la diversidad de las diferentes personas en lo que es el fundamento último de toda su existencia, diferencia también su capacidad de recibir el amor y de amar y. por tanto, igualmente su capacidad de dejarse transformar por el amor de Dios y de vivir su vida cristiana de modo heroico.

En este contexto hay que tener en cuenta de modo particular aquellas diferencias que se desprenden de la diversidad de sexo. El modo de obrar y de reaccionar es, en efecto, constitucionalmente diverso según se trate de una persona de sexo masculino o femenino [>Sexualidad IV]. Las consecuencias de esta realidad, que se reflejan en toda manifestación de la vida humana, se dejan obviamente sentir tanto más profundamente cuanto más íntimamente están en juego los valores fundamentales, a saber: el amor de Dios y de los hombres, que son justamente lás fuerzas inspiradoras del heroísmo cristiano.

b) La diversidad del ambiente. Es, además, obligado valorar debidamente ese complejo de factores que, juntos. constituyen el ambiente en que se desarrolla y discurre la vida del hombre y por el que su comportamiento, aun sin estar determinado, se ve fuertemente condicionado. Como lo subraya con razón la psicología moderna, toda la vida afectiva del hombre depende grandemente, por ejemplo, del hecho de que en los primeros años de la infancia haya vivido en condiciones que hayan favorecido u obstaculizado, si no ya impedido, el desarrollo espontáneo de su tendencia innata a amar [>Madurez espiritual]. El amor y la comprensión encontrados o no en el seno de la familia; el contacto con compañeros buenos o malos en el turbulento período de la adolescencia [>Jlóvenes]; conseguir introducirse en un ambiente de trabajo en consonancia con la capacidad y las aspiraciones de una persona o no conseguirlo [>Trabajador]; las condiciones favorables o desfavorables para la justa elección de estado de vida —y, si se trata de matrimonio, de un compañero de vida realmente apropiado—, así como las consecuencias que se derivan de tal elección [>Vocación]; encontrar o no un verdadero amigo (Eclo 6,14-17) [>Amistad]; las posibilidades concretas de encontrar una dirección espiritual segura o de quedar privado de ella [>Padre espiritual]; estos y otros numerosos elementos son otros tantos factores que influyen profundamente en la vida del hombre e inciden, por tanto, de modo nada indiferente no sólo en las condiciones en que debe vivir su heroísmo cristiano, sino también en su misma prontitud para vivirlo.

Por lo demás, las observaciones que preceden únicamente pretenden subraye r la extensión y la importancia de estas diversificaciones; no quieren en modo alguno sugerir que exista una proporción matemática entre las condiciones en que se desarrolla la vida de un hombre y sus posibilidades de vivirla de modo heroico. En efecto, así como las circunstancias que, humanamente hablando, parecen las más propicias para una vida cristiana perfecta pueden verse frustradas por la indolencia y la presunción de quien se contenta con la mediocridad, lo mismo es muy posible que justamente las condiciones adversas y punto menos que desesperadas constituyan la ocasión y un poderoso estímulo para una vida auténticamente heroica. Si esto es cierto ya por el solo hecho de que, como persona, el hombre es libre y, en consecuencia, por lo que respecta a su vida interior, no está nunca predeterminado a una reacción específica, mucho más lo es aún cuando se considera la presencia de la gracia, que jamás le faltaal que con buena voluntad se deja guiar y modelar por el amor de su Dios omnipotente.

e) La diversidad de los dones sobrenaturales. Con esta última consideración hemos comenzado ya a tocar otro aspecto de la compleja realidad del heroísmo cristiano, a saber: el de la diversidad de los dones sobrenaturales que el Espíritu Santo "reparte á cada uno particularmente según quiere" (1 Cor 12,11) y que cada uno recibe "conforme a la fe que Dios repartió a cada uno" (Rom 12,3). Además de las diferencias constitucionales que existen entre las distintas personas, además también de las diferencias del ambiente en el que, cada uno a su modo, ha de vivir y desarrollarse, se considera igualmente la diversidad de las llamadas divinas que, en el sentido más pleno y profundo de la palabra, son personales y, por tanto, singulares, únicas e irrepetibles, precisamente porque se trata de una invitación al amor que Dios profesa a cada persona como tal y al que ésta debe responder con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (Mt 22,37).

Obviamente, la diversidad de las llamadas divinas y de la distribución de la gracia que se sigue están íntimamente relacionadas con las diferencias constitucionales y ambientales que tipifican y contradistinguen la existencia de cada persona, pero sin coincidir con ellas. La identificación del orden de la naturaleza con el de la gracia es un error teológico, que tiene consecuencias gravísimas incluso para la adecuada concepción del heroísmo cristiano y para la realización del mismo. No está de más hacer referencia a esta verdad e insistir en que ni la psicología, ni la . sociología, ni las demás ciencias puramente humanas, aunque necesarias y útiles, pueden jamás conseguir iluminar plenamente el misterio del hombre y de su gracia ni brindarle los medios eficaces para vivirla con la debida profundidad, ya que son esencialmente incapaces de verificar y medir su dimensión sobrenatural o de trabajar en el plano de la gracia, que constantemente impulsa al hombre hacia un ideal que está más allá de sus posibilidades naturales y le confiere la fuerza para conseguirlo.

9. LA RELACIÓN ENTRE LA TENDENCIA AL HEROÍSMO Y EL ENFOQUE DE LA VIDA PASADA - La verdad de esta afirmación queda, por lo demás, ampliamente confirmada e ilustrada por la consideración de otra serie de factores que son también de importancia capital para una justa estimación del heroísmo cristiano. Nos referimos ahora no ya a aquellos elementos que preceden y, cada uno a su modo, condicionan la libre decisión del hombre, sino al uso que hace éste de su libertad. Mientras que la persona que con constancia y valor obra libremente según los dictámenes del amor de Dios puede ser conducida por él a una perfección que trasciende a toda comprensión natural y puramente humana, el pecador inveterado y el hombre encallecido en una vida de indiferentismo y de mediocridad pueden, en contra de toda posible previsión humana, convertirse de un momento a otro bajo el influjo de la gracia divina y comenzar a vivir de un modo verdaderamente cristiano.

Estas gracias especialísimas, que demuestran de manera evidente que Dios es soberanamente libre en su trato con los hombres, constituyen, sin embargo, excepciones y no se pueden dar por supuestas. Normalmente, las posibilidades concretas de conseguir el ideal del heroísmo cristiano y las modalidades con que se produce dependen del modo como el hombre ha hecho uso de su libertad en todas las circunstancias de su vida anterior; es decir, de si y cómo se ha abierto voluntariamente o se ha cerrado a las invitaciones de la gracia que Dios le ha dirigido.

El problema del uso de la libertad no se refiere, además, únicamente a la cuestión de si el hombre ha hecho todo lo posible para observar los mandamientos de Dios y para evitar el pecado; en el contexto del heroísmo cristiano, se refiere también a la importante cuestión de si una persona se ha dado por satisfecha con este "mínimo indispensable" o bien si se ha abierto a las exigencias cada vez mayores del amor de Dios.

En efecto, si bien la fiel observancia de los mandamientos y la voluntad decidida de no cometer ningún pecado requieren y suponen un gran amor a Dios, que puede ser y a menudo es, en realidad, verdaderamente heroico, con todo, la dinámica interna del amor es tal que no puede limitarse a esto. Por eso Dios pide continuamente al hombre que quiere ser suyo otras manifestaciones de amor que no caen bajo ningún precepto ni obligan bajo pena de pecado. Esta ley interior de la caridad revela la esencia misma del cristianismo, y con ello también la esencia de aquel heroísmo quetoma su nombre de Cristo, quien, movído por el Espíritu, se prodigó por nuestra salvación con una caridad sin límites y quiere seguir viviendo esta vida suya de amor en todo cristiano, transformando su corazón y todos sus sentimientos e induciéndole a una donación de sí que no conoce límites. El cristiano que no comprende esta verdad o que se cierra a las exigencias inexorables de la caridad, la cual no dice nunca basta y anhela siempre ir más allá, aunque no peque y haga algunos actos heroicos, llevará, en definitiva, una vida mediocre y, por lo mismo, una vida que, en conjunto, está muy lejos de ser heroica. Aunque siempre es posible superar con la gracia tal mediocridad, es evidente, sin embargo, que ello resultará tanto más difícil, y humanamente tanto menos probable, cuanto más arraigado esté el hábito de ser sordo e insensible a las llamadas del Señor.

Si se tiene debidamente en cuenta la primera función de la libertad en la vida del hombre, y si al mismo tiempo se tiene presente también que Dios, en su Infinita bondad, ofrece a cada uno la ayuda no sólo suficiente, sino abundante de la gracia, fácilmente se comprende qué, entre todos los factores que entran en juego en el heroísmo cristiano, el más importante es precisamente el del uso de la libertad, en virtud de la cual el hombre es capaz de amar y de amar hasta el fondo, o bien de negarse a tal amor.

10. L.A TENDENCIA AL HEROÍSMO Y LOS PECADOS ANTERIORMENTE COMETIDOS - El hombre no sólo puede cerrarse a las invitaciones de Dios y hacerse sordo a ellas; es también capaz de pecar. Surge así el problema de si el pecado cometido por una persona, y con mayor razón el hábito de pecado contraído por ella, excluyen la posibilidad de que alcance el ideal del heroísmo cristiano y, en caso contrario, cuáles son las consecuencias para el logro de este ideal.

Sin desestimar los efectos del pecado venial deliberado, en especial el habitual, hablamos aquí ante todo del pecado mortal, o sea del acto por el cual el hombre, con pleno conocimiento de causa y perfecta libertad, viola en materia grave la voluntad de Dios, con lo cual corrompe y traiciona las relaciones de amor existentes entre él y el Señor. El que quiera comprobar cuáles son las consecuencias de tal acto para la futura capacidad del pecador respecto al heroísmo cristiano, habrá de evitar dos posiciones extremas, que, por lo demás, son de inspiración diametralmente opuesta.

Obviamente, es un craso error desestimar en este campo los efectos incluso de un solo pecado mortal, ya que éste produce una herida profunda, ataca todo el equilibrio psíquico y moral del pecador y, precisamente a causa de ello, le dispone a cometer otros pecados no sólo en el mismo campo de su actividad, sino también en otros. Estas consecuencias del pecado mortal no se eliminan simplemente con un acto de contrición ni tampoco por el perdón que Dios concede en la absolución sacramental; y es tanto más necesario hacerlo saber cuanto que hoy no raras veces se las disminuye o descuida en nombre de una llamada teología del amor que, en último análisis, procede de premisas psicológicas erróneas, y, lo que es peor, de una pálida concepción teológica de Dios y del hombre, de la naturaleza de su amor recíproco y de las consecuencias que de ahí se derivan.

En este contexto es donde habría que elaborar el verdadero significado de la "penitencia", con la cual el pecador arrepentido y perdonado intenta recorrer un camino que va en dirección opuesta al que le ha llevado a pecar. Mas, por otra parte, es igualmente erróneo insistir de tal modo en las consecuencias de cada pecado mortal particular, que prácticamente se llegue a la conclusión de que cierran no sólo la posibilidad de realizar en el futuro algunas actos heroicos, sino incluso la de vivir una vida enteramente inspirada en el heroísmo. Esta concepción que, por lo que sabemos, no es defendida hoy por ningún teólogo católico, pero que, no obstante, se encuentra con bastante frecuencia en forma de actitudes prácticas más o menos espontáneas, no valora adecuadamente el hecho de que la decisión del hombre no es, por su misma naturaleza, irreformable, y que, por tanto, tampoco le es imposible al hombre rectificar los efectos que su decisión ha producido en todo su ser.

En su misericordia, Dios ha querido que esto valga para las mismas relaciones de intimidad que, según su plan salvífico, deben existir entre él y todo hombre; y por ello ofrece también al Pecador (con tal que no se haya manchado con el pecado contra el Espíritu Santo) su invitación de amor y la ayuda de la gracia que le capacita para responder a ella. Por otra parte, esta invitación al amor es, según se ha dicho ya, por su misma naturaleza, y por tanto siempre y en todas partes, una invitación a una vida heroica. Con esto queda dicho que también el que ha cometido un pecado mortal es capaz, con la ayuda de la gracia, de alcanzar el ideal del heroísmo cristiano; aunque, naturalmente, su vida será más difícil, y tanto más difícil cuanto más grave haya sido el pecado y con más frecuencia lo haya cometido. A causa de la gran diversidad existente entre las personas, de sus condiciones existenciales y del modo como antes de cometer el pecado mortal habían hecho uso de su libertad, pero también a causa de la imposibilidad de determinar los dones de la gracia dados por Dios y de escrutar sus corazones, está evidentemente fuera de lugar pretender entrar en ulteriores precisiones. Deseamos, no obstante, aludir a las consecuencias pastorales de la verdad que acabamos de exponer; en efecto, está llena de consuelo y de aliento para el que quiere reconciliarse con Dios, pues le hace comprender que también para él está abierto el camino a un cristianismo vivido en toda su plenitud y le hace entender al mismo tiempo que, precisamente siguiendo ese camino para él ahora más difícil que antes, puede demostrar todo su reconocimiento al Señor, el cual le ha perdonado porque le ama. La historia de la santidad cristiana demuestra que la conversión sincera de quien ha vivido lejos de Dios constituye a menudo el fundamento de una vida heroica de valor excepcional.

11. LA LLAMADA AL HEROÍSMO EN CADA INSTANTE DE LA VIDA - En base a estas aclaraciones, se comprende fácilmente la doctrina de la Iglesia, según la cual todos los hombres en cada instante de su vida están llamados al heroísmo, cualquiera que sea su edad, índole y raza y cualquiera que sea la profesión y la condición en que vivan. Todos, cada uno a su modo, están llamados al heroísmo y son capaces de vivirlo: los niños que, al llegar a la edad de la razón, se hacen poco a poco capaces de ordenar su vida según la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones; los adolescentes que, con conocimiento de causa siempre mayor, descubren la belleza de la existencia, pero también sus dificultades; los hombres y las mujeres que sienten el peso de la jornada, pero saben también que están llamados a vivirla serenamente y con gran sentido de responsabilidad; los ancianos, a los cuales el mundo no tiene ya nada que ofrecer, pero que deben afrontar aún el encuentro con el Señor en el momento de la muerte, cuando cada uno sienta en el fondo que ha sido un servidor inútil y que sus manos están vacías.

Está fuera de duda que el ideal del heroísmo cristiano es de una profunda belleza; pero es asimismo evidente que su logro compromete hasta el fondo y constantemente toda la capacidad de amor que el hombre posee. Incluso el que está, con razón, convencido de que Dios no pide nunca imposibles, se pregunta cuántos son los hombres cuya vida está efectivamente inspirada o enteramente regida por semejante amor.

12. ¿SE PUEDE ALCANZAR EL IDEAL DEL HEROÍSMO? - Mientras estemos en esta tierra, nunca podremos naturalmente conocer la respuesta a esta pregunta de modo preciso y exhaustivo. Sabemos, sin embargo, que el número de aquellos a quienes la Iglesia ha beatificado o canonizado a lo largo de los siglos, o cuya heroicidad de virtudes ha proclamado de algún modo, es bastante elevado, y que entre ellos se encuentran personas que representan las más variadas formas de vida y que reflejan de modo sorprendentemente rico la inagotable gama de las posibilidades humanas. A pesar de ello, la Iglesia no pretende en modo alguno, ni puede pretender, proponer públicamente al ejemplo de los fieles a todos los que han llevado una vida heroica; incluso no es aventurada la hipótesis de que los santos declarados oficialmente tales no son más que una fracción infinitesimal de cuantos lo son de hecho. Por tanto, el heroísmo cristiano no es sólo un ideal, sino también una realidad y una prueba inconcusa de que Dios sigue viviendo en medio de su pueblo.

Por lo demás, el que contempla la humanidad con los ojos de la fe y posee un corazón sensible para las cosas de Dios puede advertir que este heroísmo lo viven no pocos incluso en nuestros días, y no raras veces en circunstancias de una vida completamente común y ordinaria en su aspecto exterior. Nos referimos a los que saben amar como Cristo amó, porque Cristo es el centro de su vida, más aún, su vida misma. Semejante amor no puede permanecer oculto, ni puede pasar inobservada la belleza de la armonía que confiere a toda la existencia del que ama de este modo. Así se pone de manifiesto no sólo que es posible alcanzar el ideal del heroísmo cristiano, sino también que está lleno de fascinación y es sumamente atrayente.

P. Molinari-P. Gumpel

II. Heroísmo humano

Los antiguos tuvieron y honraron a, grandes héroes, como Héctor, Eneasi Alejandro Magno, Escipión el Africano, Sócrates y otros. Honrar a los héroes era un modo de proponer a los ciudadanos una catequesis espiritual; se indicaban ejemplos concretos de hombres capaces de incitar y mover a la práctica de virtudes excelsas. Los espiritualistas cristianos no están de acuerdo en admitir que realmente existieran o pudieran existir héroes fuera del cristianismo. Según algunos de ellos, los infieles pueden mostrar alguna actitud noblemente virtuosa, pero siempre afeada por deficiencias. El heroísmo virtuoso es propia y únicamente el de los cristianos; es un don que Dios les da en Cristo para una vida caritativa sobrenatural. Santo Tomás enseñaba: "La virtud ordinaria perfecciona al hombre según el modo humano; la virtud heroica añade la perfección sobrehumana" (Comm. ad Mar. V, 1). Las virtudes heroicas eran consideradas patrimonio solamente posible entre nosotros los cristianos: "El género divino y teológico de la virtud heroica se refiere a aquellas únicas virtudes que Dios, por encima de toda exigencia de la naturaleza, infunde en nuestras almas en orden al objeto, o sea al fin sobrenatural".

La reflexión cristiana actual parte de la consideración de la misericordia universal de Dios en Cristo más que de un privilegio singular del pueblo eclesial. "Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22). Por esta difusión de la gracia, posible en todos los hombres, se estima que incluso entre los no creyentes existen verdaderos héroes en el aspecto espiritual, personas dedicadas a una vida íntegramente generosa según un estado virtuoso excepcional. Entre los mismos no-cristianos es concebible una vida virtuosa realizada en sus mismos comportamientos humanos. Donde el Espíritu está presente, despierta a las grandezas de la donación de amor.

1. HÉROE COMO MUNIFICO - El heroísmo humano se ha vivido en experiencias espirituales y culturales diversas. Para confirmarlo bastaría recordar el diferente significado que históricamente ha asumido la virtud de la magnanimidad. Entre los griegos, la megalopsychia es la virtud de la grandeza, testimoniada por personas de acción, ávidas de gloria; es la virtud que indica la iniciativa combativa del héroe hasta poner en peligro la propia existencia, a fin de demostrar la propia prestancia espiritual. En la espiritualidad griega, el héroe es el que sabe dar muestras de la propia excelencia, situándose por encima de los otros, aunque en semejante actitud personal persiste una finalidad de bien común. Magnificencia y magnanimidad inducen a realizar acciones espléndidas y grandiosas, que todos pueden contemplar y gozar.

En la visión espiritual bíblica, el héroe es el testigo de la grandeza divina, porque Dios es la fuente de toda fortaleza personal (Ex 15,2: Sal 59,18; 118,14). El héroe no tiene motivo para ufanarse de sí mismo por el hecho de haber sido elegido por Dios. La elección no es un reconocimiento divino de la bondad de la persona elegida, sino un servicio que se le confía para provecho de la comunidad. El héroe cristiano es consciente de la propia debilidad y confía sólo en la ayuda del Señor. "Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios, lo débil para confundir a los fuertes, lo vil, lo despreciable, lo que es nada, para anular lo que es; para que nadie se gloríe delante de Dios" (1 Cor 1,27-28). Esta perspectiva cristiana en el tiempo antiguo inspiró todo el heroísmo, incluso el humano; por el lado social, se vivía la virtud heroica humana como un don divino recibido en beneficio de los hermanos. Lo que anima al héroe es una esperanza teologal implicada en las situaciones terrenas; es una traducción profana del concepto de martirio. Pero mientras que en el martirio [ Mártiri se daba el abandono de toda realidad terrena para introducirse en la elección exclusiva del reino de Dios, en el heroísmo profano de inspiración cristiana nos ponemos al servicio de los hermanos necesitados por un sentimiento de nobleza. Así se expresaba el ideal de la caballería en la nobleza feudal.

Ya en la época medieval comienza a despuntar la civilización industrial, fundada en las actividades de las artes y los oficios. El hombre se reconoce grande por sus actividades profesionales y comerciales, por su presencia cívica activa, por las suntuosas realizaciones artísticas, por las donaciones voluntarias de asistencia pública. Nace lentamente la burguesía, ocupada plenamente en construirse un bienestar en la vida presente y preocupada por hacer que se reconozcan socialmente sus propios derechos personales. La actuación ética de los laicos se inspira no ya en el reino futuro, sino en el presente; se piensa que desarrollando bien el trabajo en el mundo se asegura por lo mismo el futuro en todos sus aspectos. A la naciente burguesía le ofrece santo Tomás el contexto espiritual: vuelve a proponer la virtud aristotélica de la magnanimidad, en cuanto vida heroicamente empeñada en hacer grandioso el mundo. La heroicidad espiritual del hombre está en realizarse como adulto, en perfeccionarse en las facultades y en las energías de un cuerpo vigoroso en un mundo dominado y humanizado. Munífico y magnánimo es el que sabe potenciar el bienestar en favor del mayor número posible de personas; el que sabe suscitar un ambiente confortable y espléndido para uso de todos.

El hombre moderno no considera ya su grandeza dentro de la estructura virtuosa de la magnanimidad. Admira al artista, al científico y al comerciante sagaz; los considera posiblemente personas excepcionales y admirables; sabe apreciar y gozar de sus obras y actividades. Sin embargo, no los considera héroes. Héroe es considerado el que dedica su persona y existencia a acciones socio-políticas, el que intenta cambiar las estructuras públicas injustas, el que se esfuerza porque florezca una experiencia de libertad autónoma entre los pueblos (cf LG 58; AG 21, 41). En todas las demás acciones, que, sin embargo, pueden poner en peligro la propia vida (como en carreras automovilísticas, en escaladas arriesgadas, en acrobacias mortales) se habla de valor, no de heroísmo. El héroe es personalizado en el liberador de una comunidad o de un pueblo, quizá porque el valor más ambicionado hoy y menos poseído en forma integral es una experiencia personal-comunitaria efectiva. He aquí por qué los jóvenes fácilmente se sienten fascinados y arrastrados por movimientos subversivos; respiran el heroísmo revolucionario de los tiempos presentes.

2. HÉROE COMO PROFETA - Lo creado, en su acepción humana más amplia, está en un estado de perenne autocumplimiento. Dios va completando la creación acompasando su don con la colaboración responsable del hombre. La misión humana co-creadora requiere intuir a través de los signos de los tiempos cómo se van presentando el plan de Dios y su obra creadora sobre el universo existente. El hombre está empeñado en armonizarse con ese plan mediante una acción propia admirablemente originaria.

Existen pareceres discordes sobre el modo de realizar el cometido humano co-creador. Unos estiman que la única obra humana posible, verdaderamente obligatoria, es la de conservar el orden constituido, situarse en las certezas espirituales ya practicadas, mostrar fidelidad a las prácticas consagradas. Son personas que muestran una incapacidad radical para separarse de lo habitual; no admiten como posible la búsqueda de lo nuevo; no se dejan instruir por lo imprevisto; viven una reacción ansiosa y violenta contra los innovadores; muestran una dependencia total frente al sistema tradicional de los valores espirituales. En la práctica, son incapaces de aceptar la realidad en su plenitud mistérica, en su irrenunciable conflictividad, en su devenir histórico.

Cuando una persona pone en discusión la validez de la práctica espiritual reinante, cuando pide la instauración de un orden humano nuevo, cuando denuncia la injusticia difundida en las instituciones existentes, cuando pretende demostrar que el hábito moral adquirido es un dominio enmascarado de clases más débiles, a tal persona, por lo general se le aísla lentamente en la comunidad; pierde las relaciones amistosas y los favores de estima de que gozaba. Las personas conservadoras, que generalmente forman el ambiente oficioso, marginan al innovador porque ataca cuanto constituye su seguridad; no admiten tener que adoptar posiciones espirituales nuevas. Prefieren cerrarse, mostrando rencor hacia cuantos turban su tranquilidad.

¿Cómo debe comportarse un profeta en una comunidad conservadora? Está llamado a establecerse en un equilibrio de múltiples valores, tarea compleja que sólo puede realizarse a través de una vida personal heroica. Ante el hecho de sentirse marginado socialmente, ante la experiencia de verse escarnecido por los conservadores, el profeta no debe cerrarse en una esfera de intimismo ni agazaparse en sí mismo, sino seguir desarrollando una misión de dimensión política. Si el profeta se sabe rechazado por el contexto social, no debe mostrarse frustrado ni desalentado. Su misión profética es beneficiosa no tanto poniéndose por encima de la sociedad cuanto insertándose en ella y ayudándola a evolucionar. Una verdad enunciada por el profeta sólo es benéfica si madura como experiencia comunitaria. Su misión no consiste en imponer su visión, sino en esperar con paciencia y constancia en su obra, de manera que haga florecer el orden nuevo desde el interior de la asamblea de los hermanos. En caso contrario, se buscaría a sí mismo y su propia gloria más que el bien común. El profeta puede inspirarse en la experiencia de Jesucristo, que ha sido el gran profeta, que se realizó en el sacrificio heroico de sí mismo. No existe profecía auténtica que no se integre en la oferta del sacrificio personal.

El heroísmo es constitutivo irrenunciable de una vida profética auténtica. Puede ser verdadero profeta el que está adornado de múltiples virtudes de una forma elevadamente difícil. Debe ser tan espiritual, que intuya el plan de Dios que aflora en los signos de los tiempos; debe integrar la obra sabia de Dios con una misión propia; debe saber examinar con crítica inteligente cuanto tiene lugar entre los hombres; debe dejarse discutir e instruir por cuantos tienen conceptos y actividades contrarias a los suyos; debe ofrecerse en don, incluso cuando es marginado con desprecio; debe amar la colaboración y la comunión con cuantos caminan por senderos contrarios al suyo; no debe nunca ambicionar ser un espectáculo, sino que sus propuestas innovadoras deben aflorar como espontánea maduración de la vida comunitaria.

3. HÉROE COMO EL FUERTE - El heroísmo no está reservado a algunas personas privilegiadas por sus dotes o por situaciones muy singulares; es un estado ofrecido a todo hombre, aunque ese heroísmo debe desarrollarse en grados diferentes y según como se configure la propia existencia cotidiana. Son las situaciones concretas las que sugieren el modo de conducirse con espíritu heroico. No existen normas genéricas o abstractas de heroísmo. Podemos dar un ejemplo.

Nuestra comunidad de ayer se calificaba como compuesta principalmente de familias pobres y necesitadas; faltaba con frecuencia la asistencia médica; en algunas regiones escaseaba el agua; se ejercían profesiones duras y pesadas sin asistencia social; lo conseguido por el trabajo no raras veces dependía de la marcha incierta de las estaciones. La fortaleza de ánimo consistía en atenerse a la propia situación, en asumirla con serenidad, en mantenerse combativo y confiado frente a las dificultades renacientes. La vida, en su misma realidad concreta cotidiana, se teñía de un aspecto general de heroísmo; hacía que se respirara un clima generalizado de generosidad excepcional. Se vivían las pequeñas virtudes ordinarias dentro de la virtud heroica general de la fortaleza. "Permanecer firme e inmóvil en medio de estas dificultades ordinarias y no consentir en apartarse del recto sentir no es una virtud especial, pero es una virtud que compete a todas las virtudes". El heroísmo era la virtud de la gente pobre, de los socialmente marginados, porque aceptaban con amor el duro deber cotidiano, aunque fuera intentando constantemente salir de aquella indigencia dolorosa. "El amor lo espera todo, todo lo tolera" (1 Cor 13,7).

La sociedad de hoy en su mayoría lleva la impronta del capitalismo burgués. Difunde en los ánimos el ideal del consumismo. Hoy no resulta en absoluto heroico uniformarse con la situación social generalizada; se reduciría a introducirse en un cierto bienestar, en una indolencia perezosa y agradable. Se ha introducido un estilo de vida en el que goza de prestigio el que demuestra haber adquirido un cúmulo de agradables comodidades. Héroe es la persona que sabe permanecer inmune de esta atmósfera de consumismo; el que sabe situarse en una experiencia en contraste con la ambicionada y practicada por la comunidad de las personas socialmente apreciables. Héroe es el que acepta vivir una vida pobre por solidaridad o como ayuda a los hermanos marginados; el que va a tierras subdesarrolladas, no atacadas por el progreso industrial, para despertar a aquellos pueblos a una vida más humana; el que se propone realizarse de acuerdo con un espíritu de trabajo honesto y continuo; el que no se alista en el partido dominante, sino que se compromete socialmente y se sacrifica a favor de las clases menesterosas; el que no intenta obtener provecho de su propia posición social o de las amistades, sino que vive al margen de los privilegios; el que desarrolla una misión evangélica sin el consuelo del prestigio de lo sagrado, participando de la vida misma de los pobres marginados o de los obreros explotados.

El heroísmo ha cambiado, pues, sustancialmente su configuración. Ayer se proclamaba héroe al que cumplía con amor y precisión todos los deberes ordinarios propios, incluso mínimos, sin ostentación. Se recalcaba la máxima espiritual: "Mi mayor penitencia es mi vida ordinaria, vivida dentro de las reglas existentes". "La santidad propiamente consiste sólo en la conformidad con el querer divino, expresada por un exacto y continuo cumplimiento de los deberes del propio estado". En cambio, el heroísmo actual es contestación del conformismo; es vivir la fortaleza como austeridad; es sentirse en estado de reprobación mientras exista un hermano miserable que sufre; es no restringirse a los deberes catalogados como ordinarios por los reglamentos; es sentirse peregrino en una tierra no armonizada con el querer divino; es buscar cómo se puede instaurar una auténtica ciudad humana de amor en la justicia común [>Antinomias espirituales VI].

En conclusión, en cada época y en cada cultura espiritual es necesario distinguir el modo apropiado de una posible vida heroica. Y, una vez precisado, es conveniente inculcarlo sobre todo a los jóvenes. Junto al heroísmo cristiano para los creyentes se debe ofrecer un heroísmo humano para cuantos viven en la comunidad laica secularizada, al margen de la fe cristiana. De lo contrario, tendremos una juventud desviada e inquietamente revoltosa.

T. Goffi

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