Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia CARIDAD


CARIDAD
DicEs


SUMARIO: I. Preámbulo - II. La caridad en el mundo precristiano y no cristiano: 1. Entre los egipcios y en el mundo grecorromano; 2. En las grandes religiones no cristianas - III. La caridad en el AT: 1. Amor de Dios al hombre; 2. Amor del hombre a Dios; 3. Amor del hombre al prójimo - IV. La caridad en el NT: 1. Los verbos usados en el griego prebiblico para expresar el concepto de amor; 2. La terminología bíblica; 3. Cristo Jesús, revelación histórica de la caridad de Dios; 4. La caridad en los evangelios sinópticos: 5. La caridad en los escritos de Juan; 6. La caridad en las epístolas neotestamentarias; 7. El himno de san Pablo a la caridad - V. Características cristianas de la caridad; 1. La caridad en relación con las otras virtudes teologales; 2. Carácter universal de la caridad; 3. La caridad, medio de conocimiento; 4. La caridad como realidad creadora - VI. La caridad, principio activo de vida espiritual: 1. Caridad y acción caritativa; 2. La caridad, superación de la antítesis fe-obras; 3. Caridad y acción del Espíritu Santo; 4. Caridad y perfección cristiana - VII. La caridad en la inculturación eclesial de hoy: 1. La caridad, signo de credibilidad del mensaje cristiano; 2. La caridad en el contexto sociológico de nuestro tiempo; 3. La caridad, elemento primario para el diálogo.

I. Preámbulo

El tema de la caridad es constante e insistente en la asamblea cristiana; se subraya su carácter esencial, afirmando que no es posible ser cristianos auténticos si no se vive la caridad, y que no se puede testimoniar ningún /apostolado eclesial sin una vida caritativa personal.

Sin embargo, parece que los fieles conocen muy poco la caridad en su índole especifica revelada y teológica, a pesar de que se la recuerde con insistencia; que tienen de ella una idea vaga y genérica; que la consideran las más de las veces concretamente como el gesto de dar limosna o de socorrer con misericordia al hermano necesitado. Tampoco como praxis aparece la caridad practicada de forma ejemplar. Quizá se hable mucho de ella, ya que todos ven su necesidad al comprobar su ausencia concreta. A menudo el cristiano se lamenta de que los demás no practiquen la caridad, o de que ésta se descuide en la misma comunidad eclesial, y luego él mismo no se preocupa de vivirla con el ejemplo. Todo esto sugiere la oportunidad de una reflexión teológica espiritual sobre la caridad con vistas a su mejor práctica eclesial.

II. La caridad en el mundo precristiano y no cristiano

Por lo menos es superficial el juicio de que las civilizaciones precristianas sólo conocen la violencia y la crueldad. También en ellas, aunque sea a ráfagas, brotan destellos de la exigencia de la caridad, los cuales dan testimonio de la ley interior suscitada por la acción divina en todos los hombres. El apóstol Pablo nos lo confirma al decir: "Cuando los gentiles, que no tienen Ley (mosaica), practican espontáneamente lo que ordena la Ley, vienen a convertirse en Ley para sí mismos, a pesar de no poseer la Ley. Y ellos dan prueba de que la realidad de la Ley está grabada en sus corazones, cuando su conciencia se convierte a su vez en testigo de un juicio interior, en el que las reflexiones se acusan y se defienden alternativamente en el tribunal en el que Dios juzga las interioridades de los hombres —según mi evangelio— por medio de Cristo Jesús" (Rom 2,14-16).

1. ENTRE LOS EGIPCIOS Y EN EL MUNDO GRECORROMANO - Entre las antiguas civilizaciones, la egipcia es sin duda la que tuvo una idea humanitaria más alta: Igualdad en la justicia, derechos de la mujer y los niños, derechos de los esclavos, ayuda debida a los miserables. Sobre todo el culto de la divinidad estaba ligado a la asistencia a los pobres, como preanuncio de la caridad de Cristo. En una inscripción de la V dinastía (2563-2422 a.C.) declara un funcionario: "He distribuido el pan a todos los hambrientos del monte Arato, he vestido al que estaba desnudo". Más de mil años después, es decir, en los tiempos en que reinaba David en Israel, bajo la dinastía XXI (1085-950 a.C.), en la inscripción del gran sacerdote de Anión, Bakenkhonsua, encontramos un lenguaje que refleja la revelación bíblica del Pentateuco: "Fui un padre para mis subordinados, porque instruí a sus jóvenes, tendí la mano a los infieles, aseguré la existencia de los necesitados. No engendré terror entre mis siervos, sino que fui un padre para ellos; aseguré los funerales a los que no tenían herederos y un féretro al que no poseía ninguno. Protegí al huérfano que me imploraba y tomé en mis manos los intereses de la viuda". Este espíritu de caridad se inspiraba en el pensamiento de la divinidad, que pone en el corazón de los hombres el conocimiento de su ley, y en la idea de una resurrección después de la muerte, en la cual quien haya obrado bien recibirá el premio.

Aunque en el mundo grecorromano no faltan ejemplos de caridad, debemos observar que se trata casi siempre de un intercambio de intereses; de una filantropía, en la cual el individuo o la comunidad buscan su propio interés. Jenofonte, exhortando a Heracles, pone en boca de la virtud estas afirmaciones: "El que desee la protección de los dioses debe ser piadoso con ellos; el que quiera ser amado por los amigos, debe hacerles bien; el que quiera ser honrado por la ciudad, debe servirla; el que quiera ser admirado por toda Grecia, debe ayudarla; el que quiera coger frutos abundantes de un terreno, debe cultivarlo" (Mem. II, 1-28). El mismo Jenofonte pone en labios de Iscómaco estas palabras a su joven esposa: "Si Dios nos da hijos, debemos educarlos lo mejor que sea posible. Nos interesa a los dos asegurarnos compañeros de trabajo, sostén de nuestra vejez, que sean los mejores posibles" (Ecom. 7-12). Pero en el mundo grecorromano está completamente ausente el significado cristiano de la caridad con los pobres. El pobre es considerado un daño para la ciudad y para la humanidad. Aristóteles afirmaba que la pobreza es "la fuente de las sediciones y de los crímenes". Si se socorre al pobre no es por amor, sino para neutralizar el peligro que constituye su vivir asociado. Escribe un erudito sobre la beneficencia y la asistencia a los pobres en la antigüedad precristiana: "En Grecia había muchas fundaciones antiguas que tenían por fin socorrer a algunos grupos de habitantes de una ciudad; pero los pobres, como tales, no son nunca objeto de esta beneficencia"1.

2. EN LAS GRANDES RELIGIONES NO CRISTIANAS - En las breves alusiones que siguen no tendremos en cuenta, naturalmente, al judaísmo, del que trataremos al hablar del AT. [No obstante, véase /Judía (espiritualidad)].

a) El /budismo. Por lo que se refiere al concepto de caridad, el budismo, con sus doctrinas del Gran Vehículo (Mahayana) y con su concepción activa de la benevolencia (maitri), ocupa un puesto muy particular entre las grandes religiones no cristianas. Baste esta sola cita: "No hay nada más poderoso que la maitri. Jamás el odio ha extinguido al odio. La benevolencia ha extinguido al odio. Esta es la ley eterna". Los motivos inspiradores del budismo se distinguen, sin embargo, de la caridad cristiana porque, si bien ambos afirman la exigencia de amar a los demás como a nosotros mismos, el "yo" budista es, en último análisis, un "yo" ilusorio, que intenta aniquilarse y liberarse de la propia individualidad: "La importancia nula del individuo es para el budismo un axioma fundamental, como lo es para el cristiano el valor infinito del alma humana". El valor positivo que el budismo vincula al amor se debe a que es una redención del corazón más que una fuente de acción. Los actos caritativos son una técnica que permite al hombre subyugar el propio "yo" individual. Lo cual no quita para que el concepto de amor alcance en la espiritualidad del budismo cimas muy altas, como en la poesía religiosa: "El me ha ultrajado y me ha herido,/me ha despojado de todo y me ha vencido:/en quien deseche de sí este pensamiento,/desaparecerá el espíritu del odio./Puesto que en el mundo nunca la enemistad/será vencida por la enemistad./Sólo el amor puede apagar el odio,/y esta ley vigirá eternamente" (Dhammapada, estr. 4,5). Es justo recordar también que las filosofias religiosas de Confucio y de Lao-Tse, aunque por motivaciones diversas, han proclamado el principio de la benevolencia universal y del completo desinterés.

b). /Hindutsmo. La ética, en el hinduismo, está estrechamente ligada a las nociones de dharma y de karman, de las cuales depende el destino del hombre: "La conducta buena y justa es el dharma. Todo lo que se comporta antidhármicamente se pierde en este mundo y en el otro; ni la ascesis ni el sacrificio pueden salvarle" (Vasistha 6,1). El dharma es el que suscita un karman positivo o negativo, bueno o malo, favorable o desfavorable. El que pone al hombre frente a su propia responsabilidad personal, aunque siempre en la soledad del propio esfuerzo: "El ser viene al mundo solo, solo desaparece, solo recibe el fruto de sus actos buenos o de sus actos malos. Cuando abandona en el suelo el cuerpo sin vida, como una partícula de madera o de tierra, sus parientes se van moviendo la cabeza; sólo el mérito le sigue" (Manu, IV, 239). Por eso, el "no-apego" es uno de los motivos fundamentales de la ética hinduista. La idea del mérito se deriva principalmente de evitar el "mal-impureza" y de la sanción legalista del acto pecaminoso realizado. No faltan, sin embargo, corrientes más modernas para las cuales el mérito nace de un compromiso del hombre con los demás hombres y con el mundo. La acción moralmente válida se abre así a una benevolencia activa (maitri), a una capacidad de tolerancia respecto a todo y a todos, a un impulso de altruismo y de compasión (karuna) que se inspira en ideas religiosas del budismo y muestra indicios de caridad.

c) /Islamismo. De los cinco pilares que sostienen la doctrina del islam, el segundo puesto lo ocupa la limosna (zakat). La zakat, etimológicamente "pureza", es la caridad entendida por el Corán como un acto que purifica las riquezas de la gloria mundana y propicia el premio eterno. La zakat, como los diezmos judeo-cristianos, es una contribución obligatoria; pero con fines diversos. Está destinada a ayudar a los pobres, a los esclavos que pretenden liberarse, a los viajeros carentes de medios, a los voluntarios de la guerra santa, así como a estimular la conversión de los pobres al islam. Sin embargo, esta contribución obligatoria no excluye las formas espontáneas de limosna y beneficencia. El texto coránico promete la "mansión final" a los que "otorgan de lo que Nuestra Providencia les provee, en secreto y manifiestamente" (XII, 22), a los "que de sus bienes han fijado la parte debida para el pobre y el mendigo" (LXX, 24) y a los que "alimentan por amor de él (Allah) al infeliz, al prisionero y al huérfano" (LXXVI, 8). El islamismo, aunque hunde sus raíces en el terreno religioso judío, no ha comprendido la predisposición a la historización de la relación del hombre con Dios, es decir, de las intervenciones de Dios en el tiempo. Por eso la relación hombre-Allah se concibe en términos de distancia infinita. La criatura ante Allah es como nada. Entre el hombre y Allah hay un abismo que ni siquiera la contemplación mística consigue llenar. La idea cristiana de Dios como fuente de amor está, pues, completamente ausente.

III. La caridad en el AT

El AT para expresar el concepto de "amor" se sirve sobre todo de la raíz 'hb y de su derivado 'ahabah. Este sustantivo, como el verbo, aheb, se utiliza para indicar en sentido positivo ya sea las relaciones familiares y de amistad, ya las relaciones entre el hombre y la mujer. Puede tener también un significado altamente religioso, como, por ejemplo, en la imagen del matrimonio entre Yahvé e Israel. Otra raíz usada es rhm, común a todas las lenguas semitas, de la cual se deriva el apelativo rahúm, que significa "misericordioso", reservado casi exclusivamente a Dios. El AT conoce la idea del amor de Dios al hombre, la del amor del hombre a Dios y la del amor del hombre al prójimo.

1. AMOR DE Dios AL HOMBRE - En el AT el amor de Dios no es un sentimiento ni un simple comportamiento, sino la acción de Yahvé, que se acuerda de su pueblo prisionero en tierra extraña y que interviene históricamente en su favor. Salva a Moisés para dar un caudillo a su pueblo, lo saca de Egipto, le defiende de los ataques del ejército egipcio, lo salva de las aguas del Mar Rojo, le conduce a través del Jordán a la tierra prometida a sus padres. La afirmación de que la acción de Yahvé respecto a Israel es la manifestación de su amor encuentra una clara explicitación en Oseas: "Cuando Israel era niño, yo le amaba y de Egipto llamé a mi hijo" (11,1). Es, pues, un amor activo dirigido a una colectividad (Jer 31,3; Dt 4,37; 10,15; Sal 41,12). También puede revestir el aspecto de un juicio severo; pero siempre se resuelve con una tonalidad positiva, de lo cual es ejemplo el sorprendente monólogo de Yahvé consigo mismo: "¿Es para mí Efraim un hijo tan querido, un niño tan predilecto? Pues cuantas veces le amenazo, me vuelvo a acordar de él. Sí, mis entrañas por él se conmueven y tendré compasión de él, dice Yahvé" (Jer 31,20). Este amor, que se renueva de generación en generación, tiene un plan y un designio eternos. Es, además, un amor efectivo y creador. Yahvé crea al pueblo que quiere amar y salvar libremente: "Yahvé, tu Dios, te ha elegido para ser pueblo suyo entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra... no por ser el pueblo más numeroso entre todos los pueblos..., sino porque Yahvé os amó" (Dt 7,6-8). Este concepto, reiterado en Dt (4,37; 8,13; 10,15; etc.), se encuentra a menudo también en los profetas (Is 41,8; 54,5-8; Os 11,1; Mal 1,2; etc.). Pero sobre todo se trata de un amor misericordioso, que salva, socorre y perdona: "Tú eres un Dios pronto a perdonar, clemente y misericordioso, tardo a la ira y lleno de bondad" (Neh 9,17; cf también: Dt 23,5; Sal 86,5; Is 43,25; 54,10; 63,9; Os 11,7-9; 14,4; etc.). Este amor dirigido ante todo al pueblo elegido, llega individualmente a cualquiera de sus miembros (Is 41,8; Mal 1,2; Sal 41,12; Prov 3,12; etc.), y se manifiesta con su carácter de universalidad a través de la acción de Dios en favor de su pueblo (Is 42,1; 49,7; etc.). Observemos, finalmente, que mientras que en Dt el amor de Dios es testimoniado sobre todo en relación con el pasado (4,37; 7,8; 10, 15, etc.), en los profetas se anuncia esencialmente en función del futuro y asume, por tanto, su dimensión mesiánica (Is 9,1-6; 11,1-9; Jer 33,10-11).

2. AMOR DEL HOMBRE A Dios - En todo el AT encontramos huellas de la respuesta del hombre al amor electivo y misericordioso de Dios. Dios es amado como libertador y socorredor (Sal 18,2-4), porque escucha la súplica de su servidor (Sal 116,1). Este amor se expresa en el servicio y en la obediencia (Dt 10,12ss), observando sus mandamientos (Ex 20,6; Dt 5,10; 7,9; 11,1; Dan 9,4; Neh 1,5) y siguiendo sus caminos (Dt 10,12; 11,22; 19,9; etc.). Se trata de un amor que implica una obediencia personal y total, que compromete todas las facultades del hombre en un servicio que constituye su felicidad y su gloria (Dt 6,5). Es, finalmente, un amor puesto continuamente a prueba: "Quiere Yahvé, vuestro Dios, probaros, para ver si realmente amáis a Yahvé, vuestro Dios, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma" (Dt 13,4), y que carecerá de defecto sólo gracias a la acción misma de Dios: "Yahvé, tu Dios, circuncidará tu corazón y el de tus descendientes de manera que ames a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma y vivas" (Dt 30,6). Sobre todo con Amós (hacia 750 a.C.) y con Oseas (hacia 730 a.C.), aparece claramente el precepto de amar a Dios, preparando así el clima de su formulación explícita en el mandamiento: "Ama a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,5; cf 10,12; 11,1.22; 19,8; etc.). Ellos, en efecto, predican a Israel que Dios le ama como "padre" y como "esposo", y que es injusto no responder a este amor (Os 2 y 11; Am 9,11-15).

3. AMOR DEL HOMBRE AL PRÓJIMO - El precepto del amor al prójimo aparece explícitamente en el AT en un periodo más bien tardío, a saber, en Levítico: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (19,18). Esta formulación, sin embargo, es resultado de una tradición que se había ido formando y ampliando desde los tiempos del éxodo. De todas formas, el AT contiene todos los matices del amor al prójimo. Ante todo, el amor a los pobres y menesterosos, que deben ser objeto de un tratamiento caritativo (Ex 23,6; Lev 19,10.15; 25,5-6.35; Dt 15,7-8; 24,10-13; etc.). Las prescripciones relativas a los años jubilares y sabáticos (Ex 23,10-11; Lev 25,23-34) ponen particularmente de relieve la posición de los pobres como sujetos de caridad, la cual alcanza también a los esclavos con derecho al rescate. El extranjero que había fijado su residencia en el país no sólo gozaba de igualdad ante la ley, sino que tenía derecho al amor fraterno del israelita (Ex 22,21; 23,9; Lev 19,33-34; Núm 19,29; etc.). La motivación de este amor era constante: "Ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto" (Dt 10,19; etc.). Este socorro debido al extranjero se une casi siempre al socorro caritativo debido a los huérfanos y a las viudas (Ex 22,21-27; Dt 10,18; 15,7; 16,11; etc.). A las personas ancianas se les debe honor y respeto (Lev 19,32), y con los disminuidos físicamente se pide una actitud de miramiento (Lev 19,14; Dt 27,18). La actitud para con los enemigos, si se exceptúa Ex 23,4-5, es, en cambio, de odio y venganza (Ex 15,6; Núm 23,11; Sal 7,6; 69,23-29; 109,6-16, etc.). Pero estas invectivas están dictadas a menudo para apelar a la liberación que viene de Dios (Sal 18,46-48; 22,19; etc.) y, en la mayor parte de los casos, brotan de la concepción judía según la cual el que ofende o desprecia al pueblo de Dios o al servidor del Eterno se hace enemigo de Dios mismo (Núm 10,35; Jue 5,31; Sal 92,9; etc.). El amor de los padres a los hijos (Gén 37,3) y de los hijos a los padres (Ex 20,12), aunque no se expresa, está implícito en toda la ética veterotestamentaria. El amor conyugal es contemplado a la luz de la concepción del Génesis (2,18-25), para la cual la pareja forma una unidad que se realiza en el ofrecimiento recíproco. Este vínculo, que abarca también la esfera de la sexualidad, es exaltado por el Cantar de los Cantares, el cual expresa alegóricamente asimismo el amor de Dios a su pueblo. Las expresiones de amor en este terreno están a menudo entrelazadas una con otra, sin distinguir entre lo profano y lo religioso.

1. VERBOS USADOS EN EL GRIEGO PREBÍBLICO PARA EXPRESAR EL CONCEPTO DE AMOR - Los griegos usaban tres verbos para expresar el concepto de amor: eran, philein y agapán.

a) Eran. De él se deriva el sustantivo "eros", e indicaba esencialmente el amor pasional, el amor deseo. No sólo deseo de la mujer por parte del hombre, sino deseo de todo cuanto era digno de ser poseído. Este amor posesivo fue en el mundo grecorromano el motor principal de la vida moral (amor de las virtudes), de la vida artística (amor de lo bello), de la vida filosófica (amor a la verdad), de la vida religiosa (amor de la divinidad, de la inmortalidad, etc.).

b) Philein. Su sustantivo "philia" ha dado lugar al término "filantrópico". Expresaba el concepto de amistad y designaba el amor desinteresado por el hombre, por un amigo, por la patria, etc. El pensamiento griego se servirá de él sobre todo para indicar hombres en los cuales la voluntad y la nobleza del corazón se había enseñoreado de las pasiones humanas (por ej., Antígona).

c) Agapán. Se usa con significados más bien vagos, entre los cuales, el máscaracterístico es el de predilección, preferir, tener a alguien en mayor consideración que a otros. Se lo puede traducir, pues, por "demostrar afecto". Plotino lo utilizó para indicar el amor que irradia de Dios, el amor que eleva al humilde o lo alza por encima de los otros (cf GLNT 1, 98). Este verbo es el que prefirieron los autores del AT para expresar el concepto contenido en el correspondiente 'aheb hebreo. Este verbo, con su correspondiente sustantivo "agape", pasó del AT al lenguaje neotestamentario, adquiriendo un significado nuevo e inmensamente rico, que expresa toda la plenitud de la relación entre Dios y el hombre, y de la nueva relación que el mensaje cristiano estableció entre hombre y hombre. El amor a Dios y el amor al prójimo son, en efecto, en el mensaje cristiano dos aspectos de la misma agape.

2. TERMINOLOGÍA BÍBLICA - En su versión latina del NT, denominada "Vulgata", san Jerónimo traduce el griego agape (amor) por los términos dilectio y charitas. Generalmente se usa dilectio cuando prevalece el sentido de una relación afectuosa y se indica la persona a la cual se refiere: amor a Dios (Jn 5,42), amor de Dios Padre al Hijo (Jn 17,26), amor entre Dios, Cristo y los discípulos (Jn 13,17), amor al prójimo (Rom 12,9; 13,10; etc.). El término chantas, en la mayor parte de los casos, se utiliza cuando agape no tiene un objeto determinado; adquiere en cierto modo un sentido técnico cristiano: "Dios es amor" (1 Jn 4,16), "el amor de Cristo nos urge" (2 Cor 5,14), etc.; lo mismo que en el "himno a la caridad" paulino (1 Cor 13). Cuando el amor fraterno se expresa en griego con el término philadelphia, los traductores usan el casi sinónimo agape traduciéndolo por "caridad".

El término griego eleos (compasión, piedad), en los LXX, es normalmente la traducción del hebreo hered, que indica una relación de reciprocidad, el comportamiento que uno puede esperar de otro, el gesto de socorro inspirado por la fidelidad. En el NT, en cambio, eleos indica por lo general la relación que Dios quiere que exista entre hombre y hombre: bondad, piedad, compasión. En la parábola del "buen samaritano" se utiliza para expresar un sentimiento de misericordia (Le 10,37; cf Le 6,36; Ef 4,32; Sant 2,13; etc.). Referido a Dios, el eleos expresa la fidelidad misericordiosa (Le 1,58.72.78; 1 Pe 1,13), la acción histórico-salvífica (Rom 11,30,32; Gál 6,15. etc.), así como la obra escatológica en Cristo, que tiene su formulación dogmática en Tit 3,5: "Nos salvó, no por las obras justas que hubiéremos practicado, sino por su misericordia".

Así pues, en el lenguaje bíblico el término "caridad" expresa en su más alto nivel el concepto de "amor" y abarca el de "misericordia", ya se trate de la relación entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios y de los hombres entre sí. El amor es la fuente de la caridad, y la misericordia, su manifestación. Conviene, además, subrayar que en la espiritualidad cristiana el término "caridad" no tiene el significado superficial con que corrientemente se emplea para indicar la práctica de la beneficencia, aunque ésta sea uno de sus frutos, sino que quiere expresar la forma cristiana de la misericordia y del amor.

3. CRISTO JESÚS. REVELACIÓN HISTÓRICA DE LA CARIDAD DE Dlos - Revelador de la caridad de Dios es Cristo Jesús: "En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él" (1 Jn 4,9). Este amor, iniciativa de Dios, se ha manifestado en el don de Cristo por nosotros pecadores y ha tenido su cumplimiento en la cruz: "En esto consiste su amor: No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino Dios el que nos ha amado a nosotros, y ha enviado a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados" (1 Jn 4,10). Escribe un exegeta: "La palabra amor requiere siempre un diccionario, y para los cristianos el diccionario es Cristo Jesús". Esta caridad de Dios se ha revelado en un acontecimiento histórico: el hecho de Jesucristo, que inaugura el tiempo de la misericordia divina. Este acontecimiento histórico, revelación única y suficiente del amor de Dios (Rom 5,8; 8,28.31ss; Jn 3,16; 1 Jn 4,9; etc.), manifiesta también que Dios no sólo ha amado (pasado) y ama (presente), sino que "es amor" (1 Jn 4,8), por lo cual su acción es en el tiempo. Este acontecimiento histórico tiene un carácter electivo, puesto que su Hijo unigénito fue escogido para una misión particular (Me 12,6) y se funda en una perfecta correspondencia de amor entre lo que Dios piensa y decide y lo que Jesús realiza al servicio de los hombres (Jn 3,35; 5,20; 10,17; 14,31; 17,23-36). La caridad de Cristo,en efecto, se resume en su persona y en su obra. Ella nos revela el secreto de su unión con Dios y de su unión con los hombres; es el instrumento de su iniciativa salvífica, que hace de él, incluso históricamente, el salvador del mundo.

4. LA CARIDAD EN LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS - En los sinópticos, los pasajes en los cuales se habla del amor de Dios y de la relación entre Dios y el hombre y entre hombre y hombre, culminan siempre en la exhortación a la misericordia y al espíritu de reconciliación. Esta misericordia de Dios se expresa en el perdón de los pecados, que debe suscitar por parte del hombre una actitud idéntica hacia el prójimo (Mt 6,12.14-15; 18,35; Le 6,37; etc.). El perdón de nuestros semejantes es, pues, un aspecto de la caridad activa como respuesta reconocida al perdón recibido: "Si es cierto que la vida cristiana es la continuación de la vida de Cristo en los cristianos, nuestra caridad no es solamente la imitación de su caridad, sino, más profundamente, la participación de esa caridad y su prolongación; no podemos amar cristianamente si no es por medio de Jesús y en Jesús''. Hay que destacar la parte preponderante que tienen en el evangelio de Lucas los pobres, los desheredados y los humildes. Ellos son el objeto principal de la preocupación amorosa de Jesús, el cual nació pobremente en un establo, en un círculo de israelitas de modesta condición. Su misión es "evangelizar" a los pobres (4,18; 7,22): la primera bienaventuranza es para los pobres (6,20), mientras que se pronuncia un juicio severo contra los ricos (6,24-25). Varias parábolas y enseñanzas ponen en guardia contra el peligro de las riquezas no condivididas, expresan el deber de favorecer a los pobres y los señalan como privilegiados en la vida futura (12,13-21; 16,19-31; 19,2-10). Además, es Lucas el que nos transmite la parábola del samaritano como modelo de amor al prójimo (10,30-37).

5. LA CARIDAD EN LOS ESCRITOS DE JUAN - En los escritos de Juan "el amor se concibe como una energía primordial de la vida, un modo de ser, una realización de Dios en este mundo". Presentan el amor en su sentido absoluto (1 Jn 3,14.18; 4,7-8.19) y en su aspecto de amor fraterno (1 Jn 2,10; 3,10; 4,20; etc.) como el cumplimiento y el sello de autenticidad de toda la vida cristiana. Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo, que se va realizando en la crisis del mundo (Jn 3,16). Pone el acento en el amor del Padre al Hijo (Jn 3,35; 10,17), el cual es en todo y por todo el mediador del amor divino (Jn 17,23ss; 14,21ss), y subraya el amor del Hijo a aquellos que el Padre le ha dado como "amigos" (Jn 15,14-15). Coronamiento y fuente de este amor es el sacrificio del Hijo, por medio del cual Dios lleva a cabo la salvación del mundo (Jn 13,1). Al subrayar el carácter activo, en Cristo, del amor de Dios, Juan insiste en el amor a los hermanos, que tiene en Cristo su modelo y su fuente (Jn 13,34; 14,15; 21,15ss). Exhorta, pues, a los hermanos al amor recíproco (2 Jn 5-6) y a la caridad con los extraños (3 Jn 5-6). Esta sublimación del amor a los propios hermanos, para la cual es indispensable la entrega al prójimo a fin de vivir en la caridad de Dios (1 Jn 4,20-21), la ha puesto de manifiesto el apóstol Juan como un eco de cuanto había expresado Jesús en su discurso sobre el "juicio final" (Mt 25,31-36). También está viva la preocupación por una vida comunitaria concreta expresada en un servicio fraterno (1 Jn 4,21). El Apocalipsis, abierto con un himno entonado por el fiel testigo de Cristo a aquel "que nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados", ve el amor sobre todo a la luz de la teología del martirio (12,11).

6. LA CARIDAD EN LAS EPÍSTOLAS NEOTESTAMENTARIAS - Para san Pablo la caridad es el fundamento de la realidad futura. Describe él la nueva situación creada por el acto de amor de Dios desarrollando el tema de la nueva era de la historia del mundo iniciada con Cristo (Rom 8,28.31ss). "El eterno amor de Dios, a través del amor y el sacrificio de Cristo se convierte en el hecho central de la historia del mundo'. Este amor, que mira a crear al hombre nuevo, es capaz de obrar según el querer divino (Flp 2,13), que es querer de amor a todos (Gál 6,10; 1 Tes 4,9; Col 1,4). Pablo, en efecto, resume lo esencial de la vida de caridad en un amor que se inspira en el de Cristo "muerto por el hermano" (1 Cor 8,11-12; 11,20-34; etc.). Este amor se extiende a los enemigos, porque tiene como supuesto el amor que Dios nos ha manifestado a nosotros, que éramos sus enemigos (Rom 5,10); manifestación que el mundo llama locura, y cuyo testimonio supremo es la cruz (1 Cor 1,18-21). El don amoroso de Dios Padre, en Cristo Jesús muerto y resucitado por nosotros, supera y consuma todos sus dones precedentes; constituye la salvación única, el camino único para una vida de comunión con Dios y, por tanto, para una vida auténticamente humana (Rom 5,12-21; Gál 3,25-29; Flp 3,2-11). Pablo evidencia también el aspecto de la caridad que consiste en "no hacer mal al prójimo" (Rom 13,10), e insiste en que el amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13,8-9). También Santiago pone de relieve que el amor es la ley del nuevo reino (2,8), deduciendo de ahí toda una serie de deberes prácticos: no despreciar al pobre (2,5-6), vestir a los desnudos y dar de comer a los que no tienen (2,15-16), dar al obrero su justo salario (5,1ss, etc.). En las cartas de Pedro la exhortación a la caridad fraterna encuentra aplicación sobre todo en relación con los ultrajes a que puede verse sometido el creyente por su fidelidad a Cristo (1 Pe 3,8-9).

7. EL HIMNO DE SAN PABLO A LA CARIDAD - La dinámica de la caridad, que asume aspectos diversos según las circunstancias en que actúa y las situaciones en que somos llamados a vivir, la expresa con fuerza Pablo en 1 Cor 13. En este himno se afirma que, sin la caridad, incluso los más altos valores de la vida cristiana pierden su mordiente y están privados de autenticidad (vv. 1-3). Al abordar el aspecto de la caridad en sus aplicaciones concretas, subraya que no es sólo un modo activo de ser (vv. 4-7), sino también un modo activo de no ser (vv. 5-6). Al proclamar su carácter permanente y su triunfo incluso frente a aquellos dones carismáticos que constituyen tantas veces el orgullo de la Iglesia y de los creyentes (vv. 8-10), opone a nuestra visión imperfecta de Dios justamente el conocimiento de amor (vv. 11-13). Barth ha escrito que el mejor modo de comprender la noción de caridad expresada en este himno paulino es sustituir el término "caridad" por el nombre de Jesucristo'. Debemos observar, sin embargo, que el Apóstol, al anteponer a su himno las palabras: "Yo os voy a mostrar un camino muy superior" (12,31), ha querido indicarnos un camino que es necesario recorrer precisamente a imitación de Cristo.

V. Características cristianas de la caridad

Si quisiéramos expresar en una sola idea lo que distingue profundamente ala caridad cristiana de la filantropía del humanismo pagano o de la benevolencia de las grandes religiones no cristianas, sobre todo del budismo, el cual destaca entre ellas por sus elevadas enseñanzas sobre el amor, podríamos decir que su característica distintiva es Cristo. Es él su fuente, su centro y su fin: "A través de su fe en Cristo y de su comunión viviente con él, el cristiano está en condiciones de amar a los hombres como Cristo mismo los amó y sigue amándolos aún"'. Ahora bien, precisamente de la riqueza de la caridad que es Cristo y que está en Cristo brotan peculiaridades propias de la caridad cristiana. Sólo expondremos algunas.

1. LA CARIDAD EN RELACIÓN CON LAS OTRAS VIRTUDES TEOLOGALES - Es propio del mensaje neotestamentario haber establecido la fe, la esperanza y la caridad en su indisoluble unidad como las realidades fundamentales de la vida cristiana. Si la esperanza es abrirse a Dios (1 Pe 1,3) y la fe apropiarse las cosas esperadas (Heb 11,1), la caridad es vivir las realidades de la esperanza lo mismo que las de la fe: "La caridad... lo cree todo, todo lo espera" (1 Cor 13,7). Si la vida cristiana forma un todo indisoluble y original, es porque cada una de estas virtudes se completa recíprocamente y la una no puede subsistir sin la otra. Podríamos decir que si la caridad es el punto culminante de la vida cristiana, la fe es su soporte indispensable, y la esperanza, su anticipación. Antes de las certezas de la fe y de las armonías del amor, la esperanza es la manifestación de la posibilidad de creer y de amar. Pero la esperanza cristiana, a diferencia de las esperanzas humanas, desemboca no en una conclusión, sino en un principio: es la aurora de una plenitud que se realizará. Si la fe "obra por medio de la caridad" (Gál 5,6), la esperanza en la esfera cristiana no puede ser nunca egoísta, porque se espera lo que se espera también para los otros (2 Cor 1,7). La esperanza obra por medio de la caridad, porque no es posible amar al prójimo sin esperar con él y por él. Y no podemos amar verdaderamente si no nos anima la fe. Pero la fe y la esperanza, estrechamente ligadas a nuestra vida terrena, entran en la eternidad asumiendo la forma de la caridad. El cumplimiento de todas las cosas es la caridad (1 Cor 13,13). "En Dios mismo... no hay fe ni esperanza, sino solamente amor. La fe y la esperanza son mayores que los otros dones espirituales...; pero por encima de ellas está el amor como expresión de la eterna y perfecta comunión de Dios".

2. CARÁCTER UNIVERSAL DE LA CARIDAD - La caridad se dirige a todos los hombres. Rechaza como una tentación de parcialidad la idea misma de una elección, de una preferencia y, mucho más, de una exclusión. Es para todos, como para todos es la luz del sol que Dios, a manera de reflejo de su amor, hace salir "sobre buenos y malos", lo mismo que hace "llover sobre justos e injustos" (Mt 5,45). La caridad es por su naturaleza universal, pues Dios ama a todos y, en su amor paterno, nos hace uno con él: "Todos vosotros sois hermanos" (Mt 23,8). Se distingue del amor humanamente entendido porque éste es por su naturaleza limitativo y posesivo, mientras que la caridad tiene como característica la universalidad: Jesús "suprime para siempre la restricción del amor al prójimo limitado a los connacionales y lo concentra en los humildes y los menesterosos; hace de una cuestión jurídica controvertida (¿quién es mi prójimo?) una cuestión de corazón; y de modo tan categórico, que excluye reservas y excepciones"". Esta universalidad, perfecta en Dios, puede convertirse para el hombre en astucia sutil, evasión y generalización, por las cuales, manifestando el deseo de amar a todos, no se ama concretamente a nadie. El criterio de la "projimidad" tiene, pues, un sentido práctico. En la sobreabundancia de su riqueza natural, la caridad dirigida a todos se dirige también a cada uno: familiares, conciudadanos, pertenecientes al mismo núcleo social o religioso: "Hagamos el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe" (Gál 6,10). Pues la caridad no es sentimiento vago, sino compromiso concreto.

3. LA CARIDAD, MEDIO DE CONOCIMIENTO - Siendo la caridad un camino que viene de Dios y que va a Dios, es el camino del verdadero conocimiento (1 Jn 4,7-14). Centro focal del conocimiento es la iniciativa divina de nuestra salvación, que no se funda ya en el criterio de la justicia, sino de la justificación, o sea, del amor y la misericordia (Ef 2,4-10). Nosotros no podemos alcanzar toda su plenitud y perfección; pero Dios nos hace capaces de "comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y además la profundidad, y conocer el amor de Cristo que sobrepuja todo conocimiento, a fin de que seáis llenos de toda plenitud de Dios" (Ef 3,18-19). Este conocimiento consiste ante todo en conseguir la verdad que está en Cristo Jesús: "Yo soy la verdad" (Jn 14,6) y en regocijarse con ella por medio de la caridad: "La caridad... se alegra de la verdad" (1 Cor 13,6). Seguir "la verdad en la caridad" significa no dejarse llevar "por ningún viento de doctrina", sino crecer "en el amor de todas las cosas hacia el que es la cabeza, Cristo" (Ef 4,14-15). La caridad "es el lazo de la perfección" (Col 3,14) no sólo en el aspecto ético, sino también en el cognoscitivo, puesto que la caridad orienta y juzga el verdadero conocimiento: "La ciencia hincha, mas la caridad edifica" (1 Cor 8,1). En efecto, el conocimiento sin amor llena de sí mismo y puede ser motivo también de escándalo (1 Cor 8,11-12), mientras que el conocimiento orientado por la caridad nos pone en condiciones de encontrar al prójimo en su efectiva realidad haciéndonos todo para todos (1 Cor 9,19-22). Un conocimiento sin amor, una doctrina sin caridad, una ortodoxia glacial no tienen valor alguno ante Dios (1 Cor 13,1-2). Puesto que en el lenguaje bíblico "conocer" no es sólo observar, saber, sino sobre todo encontrar, participar, es evidente que en el plano de las relaciones humanas amar supone conocer y que no es posible un verdadero conocimiento sin amar.

4. LA CARIDAD COMO REALIDAD CREADORA - La caridad, elemento fundamental de todos los aspectos de la vida cristiana, es también su realidad creadora y el principio fecundante de la misma. Donde ella está ausente, se vuelven estériles todos los aspectos de la vida cristiana; donde ella suscita nuestro obrar e inspira nuestro hablar, un soplo de autenticidad penetra cuanto decimos y hacemos. La caridad es potencia creadora porque dimana de Dios creador, el cual hizo buenas todas las cosas (Gén 1,4.12,18.21.25.31), expresando desde el momento creador un fin amoroso. Cuando "la creación fue sometida a la vanidad" (Rom 8,20) a causa del pecado, la intervención de Dios en Cristo Jesús se convirtió en el centro de una renovación total de todo el cosmos (Col 1,20) y en el punto de partida de una nueva creación (2 Cor 5,17). En él, a través de la cruz, se ha realizado para todo el mundo el plan reconciliador de Dios (2 Cor 5,19). La caridad es creadora en orden a la vida eterna (Mt 10,42; Mc 9,41), a la verdadera libertad (Gál 5,13-14); lo es de la alegría (He 20,35), porque es plenitud de armonía incluso en nosotros mismos (Jn 16,22); lo es respecto a la justicia, pero superando el concepto legalista de la misma: la justicia da a cada uno lo suyo, mientras que la caridad da también de lo propio (Mt 20,1-16). Si la caridad es poder creador de un orden nuevo en el entramado social, lo es de modo particular para la comunidad de los creyentes: "En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Jn 13,35). Lo recordaba Pablo VI en su alocución a una parroquia de la periferia romana: "¿Cómo se llama esta fuerza cohesiva apta para mantener unido el cuerpo parroquial, el cuerpo eclesiástico, la humanidad deseosa de estar unida? Todos lo saben: se llama la caridad. Es la gran ley constitutiva de la Iglesia" 12.

VI. La caridad, principio activo de vida espiritual

La caridad no es una sabia relación de equilibrio entre nosotros y los demás. Por inspirarse en la caridad de Cristo (Jn 13,34-35), es más exigente y más generosa. Arroja en nuestro corazón todo el sufrimiento del mundo y bajo el asalto de esta marea dolorosa rompe las resistencias de nuestro egoísmo, revelándonos que existimos para amar como el mundo existe para ser amado: "El amor está por encima de todo otro bien... Es generoso; hace emprender cosas grandes e incita a todo lo que hay de más perfecto y mejor en los cielos y en la tierra, porque el amor ha nacido de Dios y no puede aquietarse sino con el mismo Dios... El que ama corre, vuela y se alegra; es libre; nada le detiene, nada le pesa, nada le cuesta; intenta más de lo que puede; no considera nada imposible, porque todo lo cree posible y licito. Por eso lo puede todo y realiza muchas cosas en las cuales el que no ama desfallece y cae" (1mit. de Cristo, III, 5). Se trata. pues, de un principio activo de vida espiritual que tiene su origen en la acción preveniente de Dios (Jn 15,16; Rom 5,8).

1. CARIDAD Y ACCIÓN CARITATIVA - La caridad cristiana no se agota en la ascética, en la mística o en las devociones, sino que se realiza en la "caritas", que es la forma suprema de la actividad delcristiano, determinando su dinamismo, que ha de realizarse en el terreno concreto de la acción caritativa. Es una actitud del espíritu que expresa su realidad transformándose en acción: "Amémonos no de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad" (1 Jn 3,18). De esta acción caritativa se nos dan algunos ejemplos prácticos: "El que tenga dos túnicas reparta con el que no tiene ninguna, y el que tiene alimentos, que haga igual" (Lc 3,11); "Da a quien te pida; y no vuelvas la espalda al que desea que le prestes algo" (Mt 5,42); "Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos" (Lc 14,13); etc. En todo caso, hay formas caritativas que, en apariencia, son el equivalente del amor; pero, al no estar suscitadas por un genuino espíritu de caridad, le son extrañas (1 Cor 13,3). La caridad supone no sólo una victoria sobre nuestro egoísmo, sino también un ejercicio de humildad. La filantropía puede ocultar también un egoísmo refinado. Puede brotar no de la preocupación por el bien de la persona a que se dirige, sino del deseo, aunque sea inconsciente, de recibir alabanza por ello: "Cuando des limosna, no toques la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas... para que los hombres los alaben... Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (Mt 6,2-3). También puede ser que, como en el episodio de Ananías y Safira (He 5,1-11), esté dictada por una búsqueda del propio interés. El espíritu de caridad, al inspirarse en la caridad de Dios que nos ha amado como somos, debe expresarse en la capacidad de separar al hombre del mal que ha cometido o que sigue cometiendo (Rom 5,7-8). Nuestra caridad debe ser, pues, instrumento para devolver al hombre a sí mismo; para descubrirlo como Dios quiere que sea, ayudándole a serlo. Puesto que nuestra respuesta a la caridad de Cristo debe expresarse acogiendo la acción de su gracia, estamos llamados también a manifestar espíritu de caridad no sólo sabiendo dar, sino igualmente sabiendo recibir.

2. LA CARIDAD. SUPERACIÓN DE LA ANTÍTESIS FE-OBRAS - La antítesis fe-obras, objeto frecuente de controversias teológicas y de disputas entre las varias confesiones cristianas, no sólo queda superada, sino también disipada con una recta concepción de la caridad (Sant2,18). La fe no es sólo firme certeza de las promesas divinas, sino asentimiento a una vida nueva que tiene su fuente en Cristo, y asentimiento a la creación en nosotros de una vida que brota de la suya y que san Pablo define "la fe que obra por medio de la caridad" (Gál 5,6): Si la fe no depende de las obras, porque las precede, a través de ellas es como se manifiesta su autenticidad: "Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?" (Sant 2,14). No puede, porque "la fe, sin las obras, está muerta" (Sant 2,26). Y estas obras son las obras del amor (Sant 2,15-16). "Es Dios quien nos salva. Pero nuestras obras, el comportamiento de una vida renovada por Dios, indican que la salvación de Dios ha bajado a nosotros, que hemos entrado en un nuevo día, el día de Jesucristo. Sin este signo de las obras buenas, estaremos todavía sumidos en las tinieblas del pecados 13,

3. CARIDAD Y ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO - Siendo la caridad la manifestación más alta de Dios y el don más sublime otorgado al hombre, se la puede comprender y resultar operante donde obra el Espíritu Santo. El apóstol Pablo afirma que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5,5). Su fuerza no es, pues, la de los hombres, sino la potencia del Espíritu Santo, del cual es fruto: "El fruto del Espíritu es: caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gál 5,22-23). El singular indica que se trata de un fruto único, del cual todas las virtudes enumeradas no son más que su extensión o desarrollo: el fruto del amor. El Apóstol habla también de "amor del Espíritu" (Rom 15,30) y de "caridad en el Espíritu" (Col 1,8). Nuestra participación en la íntima relación entre el Padre y el Hijo está sellada y garantizada por el don del Espíritu (2 Cor 1,21-22), mediante el cual se difunde en nuestros corazones el amor de Dios (Rom 5,5). El Espíritu es el que atestigua, juntamente con nuestro espíritu, que somos hijos de Dios (Rom 8,17), haciéndonos comprender la realidad del amor de Dios y permitiéndonos asimilar los mandamientos de amor para vivirlos y vivir de ellos.

4. CARIDAD Y PERFECCIÓN CRISTIANA - El mandamiento de Jesús: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48), se nos aparece también, con la luminosidad de horizontes que abre ante el creyente, entre los más desconcertantes, poniéndonos delante nada menos que el ejemplo de Dios. ¿Qué perfección es, pues, ésta? Ciertamente no se trata de imitar las perfecciones metafísicas de Dios, lo cual trasciende nuestra condición de criaturas. Se trata de imitar la perfección moral del amor de Dios, "que hace nacer el sol sobre buenos y malos" (Mt 5,45), o sea, aquella inmensa benevolencia hacia los hombres que encuentra eco en el mandamiento: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36). Se trata de imitar la perfección que se ha revelado en la encarnación y en la cruz, a saber, la perfección del amor que se da. Es obvio que el mandamiento no se dirige al hombre natural, sino a la nueva criatura, que en cuanto tal está llamada a recorrer "un camino muy superior" (1 Cor 12,31). En los tiempos apostólicos, la nueva fe encendida por Cristo entre los hombres era llamada "el camino" o el "nuevo camino" (He 9,2), lo cual sugiere la idea de un camino que recorrer y una meta que alcanzar. El camino es "vivir en el amor" (Ef 5,2), y la meta comprender "cuál es la anchura, la longitud, la altura y además la profundidad, y conocer el amor de Cristo" (Ef 3,18-19), a fin de que "el amor (de Dios) en nosotros sea perfecto" (1 Jn 4,12). La caridad, pues, no es sólo una virtud que realizar, sino un camino que recorrer; un itinerario espiritual por el cual, bajo la guía del Espíritu Santo, podemos acercarnos a Dios y a sus perfecciones morales. El apóstol Pedro, exhortando a practicar las virtudes cristianas, afirma: "(Mostrad) en la paciencia piedad, en la piedad amor fraterno, en el amor fraterno caridad" (2 Pe 1,6-7). Y el apóstol Pablo, después de haber hablado de algunos signos de la vida nueva que el creyente realiza en Cristo (benignidad, humildad, bondad, soportarse recíprocamente, perdón), concluye: "Pero ante todo revestíos de caridad, que es el lazo de la perfección" (Col 3,14). La escuela agustiniana, al poner en la caridad la base de la espiritualidad, la articula en "caridad deseosa", o sea, anhelante de adaptarse al Ser supremo; "caridad ascendente", que nos conduce gradualmente a las cimas de la perfección; "caridad combatiente", que contrasta las inclinaciones malas; y, finalmente, "caridad generante", que, partiendo de la premisa de la caridad con Dios alimentada por la oración, la humildad y el recogimiento, indica como signo de madurez espiritual la caridad con el prójimo. Se trata de la posibilidad de referirnos al Tú divino para transferir este Tú al tú de nuestro prójimo. Así la perfección cristiana en la caridad se convierte en imitación de Cristo (2 Cor 8,9) e identificación de Cristo con nuestro prójimo (Mt 25,35-40). Este es el camino grato a Dios como "ofrenda de suave olor"(Fip 4,18). Esta maduración espiritual en la caridad es indispensable no sólo para la vida del creyente, sino también para la de la Iglesia: "Si la fe y la caridad son los principios de su vida (de la Iglesia), está claro que no se debe descuidar nada para dar a la fe gozosa seguridad y alimento nuevo, a fin de hacer eficaz la iniciación y la pedagogía cristiana indispensable para este fin; un estudio más asiduo y el culto más devoto de la palabra de Dios serán ciertamente fundamento de esta renovación. Y la educación en la caridad tendrá sucesivamente el puesto de honor; habremos de anhelar la ecclesia caritatis, si queremos que esté en condiciones de renovarse profundamente y de renovar al mundo que la rodea; tarea inmensa, incluso porque, como es sabido, la caridad es la reina y la raíz de las otras virtudes cristianas: la humildad, la pobreza, la religiosidad, el coraje de la verdad y el amor de la justicia y de toda otra forma operativa del hombre nuevo" 14

VII. La caridad en la inculturaclón eclesial de hoy

El hombre moderno parece que desea cada vez más tener el mundo en sus manos: lo amplía, lo domina, lo plasma en el plano físico, psíquico y social. Sin embargo, es un mundo que da la impresión de querer prescindir de la soberanía redentora y liberadora de Cristo, sin la cual no puede realizarse nada permanentemente válido y sustancialmente beneficioso (Mt 28,20). Cometido de la Iglesia es fermentarlo con la caridad.

1. LA CARIDAD, SIGNO DE CREDIBILIDAD DEL MENSAJE CRISTIANO - No somos nosotros quienes podemos hacer creíble el mensaje cristiano; es Cristo, "poder y sabiduría de Dios" (1 Cor 1,24). Pero síestamos llamados a hacer creíble nuestra fe y el testimonio que de ella damos, viviéndola en la práctica del amor (Jn 13,35; He 4,3). En la oración sacerdotal de Jesús hay una referencia explícita a la necesidad de dar un signo bien preciso para que el mundo crea: ser "perfectos en la unidad" (Jn 17,23). Y ello tiene un supuesto: "Como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que también ellos sean una sola cosa en Nosotros, para que crea el mundo que Tú me enviaste" (Jn 17,21). Es un itinerario de amor bien preciso: del Padre al Hijo, del Hijo a nosotros y de nosotros a nuestro prójimo. Es una fácil deformación concebir el amor de Dios como dirigido exclusivamente a nosotros. La caridad es verdaderamente tal y signo para el mundo cuando provoca el descubrimiento de un "tú" que entra en nosotros para hacernos salir de nosotros mismos. Requiere, pues, una doble conversión: a Dios y al prójimo. En este sentido, la caridad hace creíble al mundo el mensaje cristiano, siendo en el mundo el signo del reino de Dios que viene: "La caridad es Dios entre nosotros; es la vida que él quiere de nosotros, el impulso ascensional que nos lleva a él y hace de nuestra experiencia en la sociedad la experiencia del amor a él. Y hasta donde ella se realiza, se actualiza en el mundo el reino de Dios. La sociedad dirigida por la caridad es el reino de Dios en la tierra'.

2. LA CARIDAD EN EL CONTEXTO SOCIOLÓGICO DE NUESTRO TIEMPO - El principio de la caridad es particularmente necesario en un tiempo en el que la humanidad se muestra sensible a los problemas sociales, tanto para inspirarlos como para evitar que se solucionen en una dirección única. La ética social moderna intenta resolver estos problemas no ya, o simplemente, en términos de filantropía o de transferencia de bienes materiales, sino en términos de mutación de estructuras que creen una justicia nueva y nuevas relaciones humanas. Se trata, incluso inconscientemente, de traducir a términos actuales el precepto evangélico "todos vosotros sois hermanos" (Mt 23,8). La Iglesia, que en el curso de los siglos ha sido suscitadora e inspiradora de obras caritativas que han aliviado sufrimientos y miserias de todo género, está descubriendo hoy su propia responsabilidad en un ámbito más vasto que el del socorro. Véanse, por ejemplo, las encíclicas Pacem in terris y Mater et magistra, la lucha mantenida por el Consejo Ecuménico de las Iglesias contra el racismo, la evocación de la "iglesia de los pobres", el problema de la "promoción humana", que, en Cristo vivificador, muestran la preocupación por permitirle al hombre acceder a una nueva dimensión, confiriéndole su verdadera dignidad. Las iglesias de América Latina hablan a este respecto de "espiritualidad del desarrollo", refiriéndose con esta expresión a una espiritualidad capaz de alimentar al cristianismo en su esfuerzo social y económico para el desarrollo de los recursos de este mundo. Y ello, a fin de permitir a todos los hombres tener no sólo pan suficiente, sino dignidad humana y despertar psicológico. Pero el evangelio no es un tratado de ética social; es un principio de vida fundado en el amor. Lo cual no quita que sea posible sacar de él algunas enseñanzas específicas para una ética social que sepa inspirarse en él. Hay, por ejemplo, referencias precisas sobre los derechos y los deberes del trabajador (1 Tes 4,11: 2 Tes 3,10.12; 2 Tim 2,16; Sant 5,4). No se nos dice nada sobre la manera de afrontar y conducir la lucha por la promoción humana; pero en el precepto de amar también al enemigo (Mt 5,44-47; Lc 6,27-35) se nos da al respecto una orientación precisa. En un régimen de odio, de avaricia, de despiadada competencia a todos los niveles, que empuja al hombre a vivir en una atmósfera de miedo: miedo al hambre, al desempleo, a los abusos, a la violencia, nos llega el mensaje del amor, que "desecha el temor" (1 Jn 4,18). En las justas aspiraciones a la libertad se nos recuerda que no se trata sólo de un derecho de nuestra parte, sino también de un deber ante los otros (1 Cor 8,9; 9,19; Gál 5,13; 1 Pe 2,16). En las luchas por la justicia se nos recuerda que la caridad no la sustituye, sino que la supera (Mt 20,15). La caridad, en efecto, no se vuelve estéril con cálculos de "dar" y "tener"; no se deja condicionar por las modas corrientes de pensamiento y de costumbres, sino que transforma la justicia legalista en justicia justificante, es decir, capaz de perdón (Lc 6,37; Ef 4,32). Saber perdonar es el acto de caridad que necesitan todas las luchas sociales, incluso las más justas, si no quieren desmentir su matriz cristiana.

3. LA CARIDAD, ELEMENTO PRIMARIO PARA EL DIÁLOGO - El diálogo, exigencia acentuada en una sociedad pluralista, lleva a una colisión, en vez de a un encuentro, si está ausente el espíritu de caridad. Jesús, encarnación del amor, representa el restablecimiento del diálogo entre Dios y el hombre. Su ministerio terreno es un testimonio de su pedagogía del diálogo (Mt 7,1-10; 15,21-28; 19,18-21; Mc 8,27-33; Lc 10,23-37; Jn 3,1-10; 4,7-26, etc.). El diálogo no es encuentro de personas que piensan del mismo modo. Incluso comienza necesariamente con el enfrentamiento de dos personalidades (individuales o colectivas), que tienen un pasado, prejuicios y tradiciones, formación cultural y espiritual diversas y una visión distinta de la sociedad y de la fe. Diálogo no es nivelación, sino enriquecimiento recíproco. No sólo tomar conciencia de lo que une, sino también de lo que divide, respetándolo. Renunciar a la instrumentalización de las posiciones ajenas para hacer triunfar las nuestras. Todo esto requiere espíritu de caridad; pues sólo la caridad permite superar las viejas barreras históricas, sociales, culturales, étnicas y religiosas (Gál 3,27-29; Rom 3,22-23; etc.). El diálogo entre creyentes y entre las iglesias es constructivo sólo cuando se atiene a la enseñanza paulina sobre la caridad, la cual "es paciente, es servicial, no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe, no ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal" (1 Cor 13,4-5). Con este espíritu, aprendamos a ser discípulos antes que maestros, a comprender antes de juzgar, a valorar antes de rechazar, a tener en cuenta el pasado antes de hacer hipótesis sobre el futuro. En el diálogo con el mundo, el Vat. II ha puesto de manifiesto el deber de la Iglesia de estar atenta no sólo a dar, sino también a recibir. El ecumenismo, que es una nueva dimensión de la vida de la Iglesia, se funda, respira, avanza en la atmósfera de la caridad, según la inspirada fórmula agustiniana; en las cosas esenciales la unidad, en las secundarias libertad, en todo la caridad.

Notas—(') H. Bolkestein, Wohitátigkeit und Armenpflege, Utrecht 1939, 231-235.—(') Majihima Nikaja, 1, 129; cf R. Grousset, Sur les traces de Bouddha.—(') H. De Lubac, Aspect du bouddhisrne, París 1951, 1, 49.—(') A. M. Hunter, The Gospel according to St. Paul, Londres 1966, 109.—(') AA. VV., Teología e storia della carita, Ed. Caritas, Roma 1965, 34.—(°) E. Staulfer en GLNT, 1, 141.—(') Ib,130.—(°) K. Barth, Dogmatique, Labor et Fides, Ginebra, 1, 2, 120.—(°) M. Riquet, La carita di Cristo in atto, Ed. Paoline, Catania 1962, 21.—(10) H. D. Wendland, Die Briefe an die Korinter, Gotinga 1948, 82.—(") E. Stauffer, o. c. (nota 6), 1, 121.—e') Del discurso de Pablo VI en la parroquia de Casalbertone (Roma), en "Osservatore Romano", 26-3-1964.-(") E. Thurneysen, La foi et les oeuvres, Delachaux-Niestlé, Neuchátel, 89.—(") Del dicurso de Pablo VI en la apertura de la 11 ses. del Vat. II, en "Osservatore Romano", 30/9-1/10-1963.—(") 1. Giordani, La carita e la vita sociale en o. c. (nota 5). 290.

BIBL.—AA. VV., Caridad y vida cristiana, Apostolado Prensa, Madrid 1973.—Ancel, A, Caridad auténtica y otras cuestiones, Desclée, Bilbao 1966.—Cabodevilla, J. M, Carta de la caridad. Fechada en liorna, Vaticano II, Ed. Católica, Madrid 1967.—Carretto, C, Lo que importa es amar, Paulinas. Madrid 1974.—Guardini, R, El servicio al prójimo en peligro, Guadarrama, Madrid 1960.—Heyer, G, Caridad, Argos-Vergara, Barcelona 1979.—Laurentin, R. El amor y sus disfraces, Paulinas, Madrid 1970.—Lebrel, L.-J, Dimensiones de la caridad, Herder. Barcelona 1961.—Ramírez, S, La esencia de la caridad, San Esteban, Salamanca 1978.—Spicq, C, Agape en el Nuevo Testamento: análisis de textos, Cares, Madrid 1977.—Vieujean, J, Para vivir en el amor, Desclée, Bilbao 1971.