Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PROFETAS

 

PROFETAS
DicEc
 

Los profetas son conocidos en muchas religiones. La idea fundamental no es tanto «predecir» el futuro cuanto «decir ante», es decir, ser mediador e intérprete de la voluntad de Dios. En Israel hubo profetas extáticos (de ex-stasis, «desplazamiento») desde los primeros tiempos (cf Núm 11,24-30; lSam 10,6-13). Están también los profetas clásicos, muy distintos a sus contemporáneos del Oriente Próximo; son en su mayoría los que dan nombre a los libros proféticos del Antiguo Testamento. Eran llamados por Dios, quien los enviaba a transmitir su palabra, su juicio sobre los acontecimientos o los comportamientos morales —a menudo en forma poética—. Crucial durante toda la historia profética de Israel fue el discernimiento entre los verdaderos y los falsos profetas (cf Jer 23,9-40; 28,1-17). No había en teoría conflicto entre los profetas y los sacerdotes en el Antiguo Testamento, aunque sin duda existieron tensiones entre la religión institucionalizada y la palabra profética (cf Am 5,4-7.21-27).

Para el Nuevo Testamento, la profecía anterior culmina en la misión de Jesús (Mt 25,56; He 3,17-24). Los profetas (hoi prophétai, con artículo) son los profetas del Antiguo Testamento, que profetizaron hasta Juan (Mt 11,13). En el Nuevo Testamento se habla también de profetas vivos, que constituyen junto a los apóstoles el fundamento de la Iglesia (cf Ef 2,20) y aparecen inmediatamente después de los apóstoles en las listas carismáticas (lCor 12,28-29; Ef 4,11). La actitud de Pablo ante la profecía es extremadamente positiva: «Aspirad a los carismas espirituales, especialmente el de profecía» (lCor 14,1; cf 3-5.39). El capítulo 14 de lCor está dedicado en gran medida a problemas relativos a la profecía: los profetas tienen una función pública en la comunidad, que Pablo regula; no se trata de profecía extática, sino inteligible —a diferencia de la glosolalia, que necesita interpretación—; la tarea del discernimiento, que ha aparecido ya hacia el año 50 (cf ITes 5,19-21), es importante y es función de los otros profetas. En Mateo encontramos una referencia a los falsos profetas; en este caso el discernimiento se basa en hacer la voluntad del Padre y en los frutos (cf Mt 7,15-21).

La profecía acabará en los tiempos escatológicos (to teleion, 1Cor 13,10). Entre tanto vemos cómo la Iglesia del Nuevo Testamento es enriquecida por el >carisma de los profetas y guiada por él (cf He 11,27-28; 13,1; 21,9-11; Ap 1,10-11; 2-3; 19,10). En las cartas pastorales la palabra profética es también un criterio de actuación y reclama una respuesta (1Tim 1,18; 4,14).

Los profetas siguen representando un papel en las Iglesias de los años inmediatamente posteriores a los escritos del Nuevo Testamento. En la >Didaché se considera la posibilidad de que haya profetas en la comunidad: el discernimiento de los mismos ha de hacerse por su comportamiento, y no ya por su doctrina o por su discernimiento carismático como en lCor (11,3-12); no han de sujetarse a las mismas normas que los demás en la celebración de la eucaristía o en la oración durante el banquete comunitario (10,7); es preciso mantenerlos (13,1-7). Pero hay también indicios de que los episkopoi y los diakonoi están empezando a desempeñar su papel (15,1-2), proceso que se muestra más avanzado en >Ignacio de Antioquía. La única referencia que hace este a la profecía es el relato de una profecía que él mismo recibió. >Hermas también habla de los profetas, afirmando que el discernimiento entre los verdaderos y los falsos ha de hacerse a través del comportamiento: los falsos profetas buscan dinero, realizan prácticas adivinatorias y rehúyen el encuentro con las personas santas. >Policarpo de Esmirna es llamado maestro y obispo «profético». Aunque los primeros Padres, a excepción de Orígenes, suponen que el don profético permanecerá en la Iglesia, el papel de la profecía fue quedando asumido poco a poco dentro del oficio episcopal, transición casi completa ya en los tiempos del >montanismo. No obstante, las >Constituciones apostólicas, de finales del siglo IV, se ocupan de los profetas, si bien con una tendencia a minusvalorarlos: no deben considerarse por encima de sus hermanos; los que son profetas no por ello necesariamente son santos; los verdaderos profetas, tanto hombres como mujeres, tienen que ser humildes.

Como en el caso de otros carismas, la visión dispensacionalista prevaleció en gran medida sobre la profecía: esta era algo provisional, que aparecía quizá en la vida de los grandes santos, pero que no era una nota común en la vida de la Iglesia. En la Edad Media santo Tomás se esfuerza por relacionar lo que lee en las Escrituras con su experiencia de la Iglesia contemporánea. Se ocupa ampliamente de la profecía, agrupando dentro de ella todos los carismas relativos al conocimiento. La profecía consiste en la comunicación de lo que sólo es conocido por Dios. La revelación de actos futuros contingentes es lo más característico de la profecía (ad prophetiam propriisime pertinet). La profecía perdura en la Iglesia, pero no para producir nuevas doctrinas, sino para dirigir los actos humanos. Santo Tomás deja claro también que nadie puede estar absolutamente seguro de que ha sido iluminado por Dios y que la profecía no es algo que el receptor pueda ejercitar a voluntad, sino que es una iluminación transitoria de Dios.

Antes del Vaticano II se renovó el interés por la dimensión profética de la Iglesia y por el >triple «oficio»: sacerdote, profeta y rey, especialmente en Y. Congar y en K. Rahner. Esta teología estaba pues madura y pudo así entrar en el concilio. Por las Actas sabemos que LG 12 trata del oficio profético de la Iglesia: «El pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre». El resto del párrafo habla del >sensus fidei, el instinto sobrenatural de la fe, por el que el pueblo «se adhiere indefectiblemente a la fe»..., «penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida». Puede decirse que el segundo párrafo de LG 12, que trata del carisma, se refiere todavía al oficio profético de todo el pueblo. Estas ideas vuelven a tratarse y se desarrollan en LG 35, que se ocupa del oficio profético de los laicos', aspecto clave del cual es la evangelización. Todos los miembros de la Iglesia están obligados a dar testimonio de Jesús «por el espíritu de profecía» (PO 2). Los laicos participan del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo (AA 2). Después del concilio hubo un renacimiento de la profecía en la >Renovación carismática'". En ella la profecía aparece con la mayor parte de las características que encontramos en los textos de san Pablo relativos al carisma.

La profecía, de manera explícita o inconsciente, pertenece a la naturaleza de la Iglesia: todas las épocas necesitan profetas que sean «examinadores del pueblo» (Jer 6,27) y «centinelas» (Ez 3,17) para dar a conocer la voluntad de Dios por medio de sus palabras y sus obras; toda comunidad eclesial tiene que orar también para que surjan profetas que sean para ella «edificación, estímulo y consuelo» (ICor 14,3). Como en los tiempos bíblicos, el discernimiento de la auténtica profecía será siempre una difícil tarea de la Iglesia.