Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia MISION «AD GENTES»

 

MISIÓN «AD GENTES»
DicEc
 

Aunque algunos autores hablan de Cristo como del primer misionero (Urmissionar), y la mayoría consideran la misión arraigada en la encarnación y en las misiones trinitarias (AG 2-4), el uso de la palabra «misión» para designar la proclamación de la fe no es antiguo; se encuentra por primera vez, según parece, en una carta del segundo general de los jesuitas, J. Laynez (1558).

El cambio en el vocabulario acerca de lo que en otro tiempo se llamaban «las misiones» es indicativo de un cambio profundo de mentalidad y probablemente también de un período de transición en la situación de la Iglesia: las misiones se han convertido ahora en «Iglesias jóvenes»; las misiones han pasado a ser «la misión», en singular, denominada también a menudo con la palabra «>evangelización»; la idea de «>desarrollo» ha dado paso a la de «>liberación»; la «adaptación» se ha convertido en «indigenización/aculturación/contextualización» y, finalmente, «>inculturación».

Pero el cambio moderno no es sino uno más de los muchos que han tenido lugar desde los tiempos del Nuevo Testamento. Un rasgo importante, pero ambiguo, de las misiones desde finales del siglo XV ha sido la asociación de la colonización con la difusión del evangelio en muchas partes del mundo; incluso en siglos anteriores la actividad misionera estuvo ligada a los poderes seculares. La alianza tuvo muchas consecuencias negativas, aunque tampoco faltaron elementos positivos, especialmente en el terreno de la educación y de la atención sanitaria. Esta primera expansión misionera mundial estuvo guiada frecuentemente por una teología inadecuada, especialmente por lo que respecta al modo en que está vinculada la salvación con la pertenencia efectiva a la Iglesia (>Extra Ecclesiam nulla salus).

La misionología, o teología de las misiones, se convirtió en una disciplina aparte a finales del siglo XIX. La primera cátedra protestante de misionología la ocupó G. Warnecken 1896; la primera cátedra católica la ocupó, en Münster en 1914, J. Schmidlin, que puede considerarse el fundador de la misionología católica, aunque algunos años antes se había iniciado ya la publicación de una revista de misionología. Durante el período de entreguerras P. Charles, entre otros, expuso la idea de la «implantación de la Iglesia», idea que está detrás del gran impulso misionero representado por cinco importantes encíclicas (1919-1959). Entretanto, durante la II Guerra mundial, el término «misión» empezó a aplicarse también, para su pesar, a las Iglesias establecidas. Pero la idea de misión se hizo tan amplia que corrió el riesgo de perder todo significado específico.

En el Vaticano II se habló mucho de misión, y se puede encontrar el tema en muchos de los textos aprobados. Fue criticado un primer esquema sobre las misiones, que quedó reducido al enunciado de unos cuantos puntos. A pesar de que Pablo VI recomendó personalmente su aceptación en el aula el 6 de noviembre de 1964, el borrador fue definitivamente rechazado por los obispos misioneros, en particular el carmelita irlandés Donal Lamont, de Rodesia (Zimbabue). Se presentó un nuevo decreto, obra en gran medida de J. Schütte; se discutió entre el 7 y el 12 de octubre de 1965 y fue aprobado el 7 de diciembre con el nombre de Ad gentes (AG)

El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia consta de seis capítulos: Principios doctrinales, La obra misionera, Las Iglesias particulares, Los misioneros, Ordenación de la actividad misionera y La cooperación. El primero es extremadamente rico y denso: AG 2-4, paralelo a LG 2-4 en cuanto que se establecen las misiones trinitarias como la base de la misión eclesial; es también un comentario amplio de LG 17; pone el fundamento de la misión en la Escritura y en la tradición. El artículo 5 trata la controvertida cuestión de la naturaleza de la misión. «La misión, pues, de la Iglesia se cumple por la operación con la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos, para llevarlos, con el ejemplo de su vida y la predicación, con los sacramentos y los demás medios de gracia, a la fe. la libertad y la paz de Cristo, de suerte que se les descubra el camino libre y seguro para participar plenamente en el misterio de Cristo» (AG 5). La misión está más caracterizada por los pueblos que por los lugares. El Decreto, no obstante, reconoce ciertos lugares designados por la Santa Sede. en los que «el fin propio (...) es la evangelización y la plantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arraigado todavía» (AG 6). El documento tiende a hablar de la «misión» de toda la Iglesia y de «las misiones y la actividad misionera» para referirse a la labor entre los que no son cristianos.

Antes de tratar de la labor misionera (c. 2), se añadieron en una fase avanzada de los trabajos dos artículos (AG 11-12) que hablan del testimonio de la vida, el diálogo y la presencia amorosa como un preámbulo a la misión más propiamente llamada «catecumenal»; se insertaron a petición de los obispos del norte de Africa, que, trabajando entre musulmanes, tenían pocos catecúmenos. Lejos de adoptar la visión del Código de Derecho canónico de 1917, en el que las misiones se consideran responsabilidad de la Santa Sede (canon 1350 § 2), el decreto afirmaba que la misión era responsabilidad de toda la Iglesia (AG 6), que la misión brota de la naturaleza misma de la Iglesia (intime ex ipsa natura ecclesiae profluere, AG 6) y que el colegio entero de los obispos es responsable de la misión de la Iglesia (AG 6; cf LG 22-23).

Los otros capítulos, a excepción quizá del pasaje sobre las Iglesias particulares (AG 19-22), se ocupaban de temas de interés inmediato en los tiempos del concilio; los acontecimientos acentuarían la importancia de algunos pasajes, disminuyendo la inmediatez de otros. Los acontecimientos que condujeron a nuevos planteamientos fueron numerosos: la descolonización; el >desarrollo; la llamada a la justicia lanzada por el sínodo de obispos de 1971; la liberación, especialmente en Medellín (1968) y en Puebla (1979, >teologías de la liberación); la enormemente influyente exhortación apostólica de Pablo Vl sobre la evangelización (EN); la tensión entre lo religioso y lo secular; la disminución de las vocaciones religiosas y clericales, con el consiguiente desarrollo de los misioneros laicos". Aunque los misioneros de principios de los tiempos modernos acompañaban la predicación del evangelio con la educación y la atención sanitaria y social, se hizo cada vez más fuerte la idea de que la Iglesia debía interesarse por el desarrollo humano, entendido especialmente como liberación de los oprimidos por la injusticia. De ahí que las >comunidades cristianas de base adquirieran en algunos lugares más importancia que los misioneros venidos de fuera, ya que estas brotaban de la experiencia misma del pueblo y al frente de ellas estaban agentes pastorales propios. Aunque el Vaticano II habló de adaptación, se fue tomando luego conciencia de que era necesaria una inserción más profunda, a la que se dio el nombre de «inculturación», neologismo creado hacia 1959 pero cuyo uso no se generalizó hasta la década de 1980. En realidad ya en 1959 Roma advertía a los misioneros que no pretendieran trasladar sus propios países (España, Italia o Francia) al lejano Oriente. Los misioneros católicos siempre se esforzaron por aprender las lenguas locales y las costumbres de los pueblos; pero solía tratarse de algo superficial y no siempre con un planteamiento positivo que permitiera detectar los valores ocultos. Todas las implicaciones de una declaración del Vaticano II no se harían manifiestas hasta la década de 1980: «Con su trabajo (el trabajo misionero de la Iglesia) consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre» (LG 17; cf EN 20).

Las afirmaciones de AG acerca del carácter misionero de la Iglesia se hicieron más manifiestas en documentos posteriores: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. (...) La evangelización esinherente a la misma naturaleza de la Iglesia» (EN 14-15); y en su encíclica sobre la misión, Juan Pablo II afirma: «La misión ad gentes incumbe a todo el pueblo de Dios». Una innovación del Código de Derecho canónico de 1983 fue el título «De la actividad misional de la Iglesia», en el que se recurre a estos documentos y se insiste en la responsabilidad misionera de toda la Iglesia (CIC 781-792)

En la Iglesia posconciliar se alzaron voces críticas en relación con la misión. Pueden resumirse en varias preguntas: ¿no puede salvarse la gente sin el mensaje cristiano?, ¿es necesario imponer una identidad cristiana a pueblos que tienen sus propias y ricas culturas?, ¿no estamos imponiendo innecesariamente nuestra religión a los demás? De algunas de estas cuestiones nos ocupamos en otros lugares (>No cristianos); algunas las trata la disciplina teológica más bien reciente de la misionología2. En última instancia, la justificación de la misión reside en el mandato de Cristo (Mt 20,18-20; He 1,8) y en el deseo de Dios de que todos tengan en él plenitud de vida (véase Jn 10,10).

El pluralismo patente en muchas de las áreas de la vida de la Iglesia se observa también en su misión, así como en la teología de la misión. Sería coñveniente no identificar ministerio y misión: la segunda pertenece a la esencia de la Iglesia; el primero es una de las actividades de la Iglesia, indispensable ciertamente de cara a la misión. También la evangelización es más amplia que la misión, aunque al mismo tiempo elemento constitutivo de ella.

Cada área tiene su propia historia misionera y sus propios intereses actuales: Africa, marcada especialmente por problemas de inculturación, no es sin embargo una unidad, sino que hay en ella multiplicidad de culturas; en Asia se mantiene un triple diálogo: con las culturas, las religiones y los pobres; América Latina está desarrollando las teologías de la liberación; Oceanía está ligada a los intereses asiáticos y a la liberación.

Al leer la encíclica misionera de Juan Pablo II (RMi), es preciso observar cómo se abordan las cuestiones planteadas por la misionología moderna. Es toda ella una confirmación de la validez permanente de la actividad misionera, que concierne a la Iglesia en su conjunto. Centra su atención en Cristo como redentor y en la salvación (RMi 4-11). Pero, siguiendo a muchos autores modernos, pone el acento no tanto en la Iglesia cuanto más bien en el Reino (RMi 12-19), al que la Iglesia sirve (RMi 20). Desarrolla especialmente AG 4 en un capítulo titulado «El Espíritu Santo, protagonista de la misión» (RMi 21-30). La encíclica reitera el valor y el papel de la misión ad gentes (RMi 31-40), aunque distinguiéndola de la atención pastoral a las comunidades cristianas maduras y de la necesidad de «nueva evangelización» o «reevangelización» de las comunidades que han perdido el sentido vivo de la fe (RMi 33). El testimonio, la evangelización, la inculturación, la formación de Iglesias locales, el diálogo y la caridad son los caminos de la misión (c. 5: RMi 41-60). El papa subraya el >diálogo (RMi 55-57) como parte de la misión evangelizadora de la Iglesia (RMi 55), no como una táctica (RMi 56) ni como un sustitutivo de la misión ad gentes: «Conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables» (RMi 55). Se trata luego de los agentes de la misión: son los de AG 23-27 y EN 59-73, pero hay una fuerte insistencia en los laicos, que son misioneros por el bautismo (RMi 71-73). Sigue luego un capítulo sobre la cooperación, ya que la Iglesia entera debe estar implicada en la actividad misionera (RMi 77-86). La encíclica acaba con un importante capítulo titulado «Espiritualidad misionera» (RMi 87-91); con la secularización de buena parte de la actividad misionera anterior, este capítulo puede ser un aliento especialmente para los que están más directamente implicados en la actividad misionera. La principal valoración de la encíclica será la que hagan los misioneros activos, que con su gente la recibirán o no (T Recepción). Sin embargo, la recepción es también cosa de toda la Iglesia ad infra y ad extra. La encíclica está escrita sin duda con mayor claridad que otras; desarrolla la doctrina del Vaticano II y de Pablo VI; es una vigorosa afirmación (así como una enseñanza clara al respecto) de la relevancia de la misión y las misiones de la Iglesia en nuestro tiempo; no obstante, a pesar de las manifestaciones en sentido contrario, se muestra algo temerosa o desconfiada de la inculturación (RMi 52), que es sin duda uno de los problemas más importantes con que se encuentra la misión en nuestros días, problema que afecta, por lo demás, a cada uno de los países en particular.

En el pasado, Occidente ha considerado que las Iglesias de Oriente no estaban muy comprometidas en la misión fuera del ámbito de las culturas griegas y eslavas. Este juicio no es del todo justo, y hay además en la actualidad una reflexión cada vez más importante sobre la misión dentro del mundo ortodoxo".

En las discusiones ecuménicas el término preferido generalmente por los protestantes es «evangelismo», aunque «misión» es cada vez más frecuente. Hay que recordar que el movimiento ecuménico moderno surgió precisamente a raíz del escándalo provocado por la división en los países misioneros (Conferencia de Edimburgo, 1910; >Movimiento ecuménico). Especialmente desde que la Conferencia Misionera Internacional entró a formar parte de él en 1961, el Consejo Mundial de las Iglesias (CMI) ha apoyado decididamente la misión o evangelismo, siendo especialmente importante la conferencia de Melbourne sobre misión y evangelismo (1980). El CMI ha cooperado con la iglesia católica condenando el >proselitismo, realizando estudios en común y elaborando documentos. Sería conveniente que los futuros documentos católicos sobre ecumenismo hablaran más de la misión, y los documentos sobre la misión se ocuparan más explícitamente del ecumenismo" y de las relaciones interconfesionales.