Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia HEREJIA

 

HEREJÍA
DicEc
 

Por «herejía» se han entendido distintas cosas a lo largo de la historia. En el Código de derecho canónico se describe la herejía como «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC 751). Sin embargo, esta definición canónica moderna no puede aplicarse al complejo conjunto de realidades a las que se ha designado con la palabra «herejía» (del griego hairesis = elección/cosa elegida) a lo largo de la historia del cristianismo. Aplicada originariamente a los miembros de una determinada escuela filosófica, tenía en los Hechos (por ejemplo, en 5,17) la idea de «grupo» o «partido»; los judíos consideran la comunidad cristiana como un grupo o secta especial (He 24,5.14). Tenía también el sentido negativo de «facciones» en Gál 5,20 y en el texto clave de ICor 11,18-19: «He oído decir que (...) hay divisiones (schisrnata) entre vosotros (...); y hasta debe (dei) haber facciones (haireseis) entre vosotros, porque sólo así se verá claro quiénes son auténticos». El sentido es un tanto oscuro, pero indudablemente supone un juicio negativo de los que forman las facciones.

Desde tiempos de >Ignacio la palabra «herejía» se aplicó para designar los errores doctrinales, realidad que ya encontramos en la Iglesia del Nuevo Testamento, la cual prescribe la ortodoxia en la fe y en la práctica y rehúye las desviaciones en la doctrina y en la ética (Ap 2-3; 1Jn 2,22.27). En una de sus primeras cartas, Pablo insiste tanto en la ortodoxia de su evangelio que llega a afirmar que incluso un ángel que enseñara de otro modo debería ser maldito (Gál 1,8: anathema estó). Esta fórmula de maldición se encuentra en otros lugares del Nuevo Testamento y supone que la persona que incurre en ella ha de quedar abandonada a la cólera divina a causa de su pecado. Aparecerá también regularmente en las condenas conciliares, pero con distintas significaciones.

Desde comienzos del siglo II encontramos tratados contra los herejes y las herejías, así como listas de ellos; son los más famosos los de >Tertuliano, >Ireneo, Epifanio de Constanza y >Agustín.

Los escritores primitivos se ocupan principalmente de las herejías docetistas, que niegan la autenticidad de la encarnación; de las tendencias judaizantes; de Marción, que en nombre de un Dios sólo amor rechaza la mayoría de las Escrituras a excepción de san Pablo y de algunas parte de Lucas, y de las herejías gnósticas (>Gnosticismo). La respuesta de estos consiste en aferrarse a la doctrina de las Iglesias apostólicas. En la >Tradición apostólica se dice que muchas herejías han surgido porque los responsables de las Iglesias no han enseñado la intención (sententiam de proaipesis) de los apóstoles; ningún hereje puede inducir a error a quien sigue la tradición apostólica. El error de hecho procede de la ignorancia y del ignorante. En la Iglesia primitiva se considera que las causas de la herejía son intelectuales y sus raíces son el orgullo y otros vicios; se supone que todos los herejes lo son de mala fe.

En los escritos de los Padres no siempre se distinguen claramente la herejía y el cisma. >Basilio Magno establece una clara diferencia entre ellos: los herejes están fuera del depósito de la fe; los cismáticos son grupos disidentes por razones eclesiásticas. El bautismo de los primeros es inválido, pero no el de los segundos. Añade una tercera categoría, la parasynagoga, celebraciones litúrgicas de obispos o sacerdotes rebeldes o mal instruidos. Pero esta tercera clase, que parece tener su origen en él, no tuvo mucha influencia y se incluyó por lo general en el cisma.

El proceso de reconciliación de los herejes no fue uniforme. Entre los años 253 y 257 hubo una controversia entre el papa Esteban y la Iglesia africana, a cuyo frente estaba >Cipriano. Este último pretendía la aprobación de su práctica de rebautizar a los herejes que buscaban la reconciliación. Esteban rechazaba esta innovación e insistía en que recibieran sólo una >imposición de manos como penitencia. El concilio de >Nicea no estableció ninguna norma general, sino que trató cada herejía por separado. Los herejes que tenían una fe ortodoxa tenían también un bautismo verdadero; estos recibían la imposición de manos. Aquellos cuya fe trinitaria o cristológica no era firme tenían que ser rebautizados. Hay ciertas dudas acerca de la autenticidad del canon 7 del 1 concilio de >Constantinopla, que prescribe para algunos herejes la unción con crisma para recibir el Espíritu Santo, mientras que para otros que se desviaban de la fe trinitaria y cristológica se prevé el rebautismo. Los Cánones apostólicos (>Colecciones apostólicas pseudoepigrapha)), concretamente los cánones 46 y 47, no reconocen el bautismo de los herejes. De los dos modos de procedimiento, la akribeia (el rigor) y la oikonomia o synkatabasis (condescendencia/misericordia; >Economía), los Cánones preferían este último, mientras que los dos concilios citados adoptaban la primera actitud. El sínodo de Laodicea (segunda mitad del siglo IV) siguió la orientación de Nicea y Constantinopla. Basilio no reconoció generalmente la validez del bautismo de los herejes en razón del predominio de la fe trinitaria no ortodoxa (especialmente en relación con el Espíritu Santo) en su tiempo.

No siempre es fácil conocer las opiniones exactas de los herejes o las razones por las que adoptaban tales posturas en los tiempos patrísticos. El conocimiento que tenemos de sus escritos procede generalmente de las obras de sus adversarios; los copistas de los monasterios no se tomaban la molestia de transcribir las obras de los herejes.

Tras las herejías arriana y pelagiana y sus secuelas hubo pocas herejías en Occidente hasta los siglos XI-XII. En esta época la palabra herejía tenía un significado muy equívoco: se aplicaba a desviaciones doctrinales como la de Berengario sobre la eucaristía o a cualquier nueva manifestación de maniqueísmo; a veces indicaba aberraciones disciplinares como la simonía o el nicolaísmo, palabra esta última con la que se indicaba comúnmente el matrimonio de los clérigos o el concubinato; se usaba también para referirse a la predicación ilícita, especialmente la de los laicos. Buena parte de las herejías de la Edad media fueron una reacción contra el laxismo de los clérigos, o una reacción de movimientos «espirituales» o de los que subrayaban la pobreza evangélica contra la Iglesia institucional. Fueron importantes en la Edad media los >cátaros y los >valdenses.

Santo Tomás es representativo de la visión de su tiempo: distingue la infidelidad de la herejía: la primera es el rechazo de Cristo, la segunda el rechazo de su doctrina; la herejía se refiere propiamente a la fe y a las cosas que pertenecen a la fe; los herejes no han de ser tolerados, ya que si no se retractan, han se de ser entregados a las autoridades civiles para que estas les impongan la pena de muerte. Esto nos parece evidentemente intolerable, pero conviene recordar que en aquella época de cristiandad los herejes no sólo eran considerados enemigos de la Iglesia, sino también una amenaza contra la sociedad civil, así como un peligro para la paz y el orden social. En este contexto hay que entender también la >Inquisición, la forma más brutal de supresión de los herejes (y de muchos inocentes) jamás imaginada.

Comúnmente en la Edad media las herejías eran más movimientos que creencias de individuos díscolos, por lo menos hasta la época de John >Wycliffe. Este pasó del desencanto por la corrupción de la Iglesia a la herejía manifiesta. Sus ideas se extendieron por Bohemia (Checoslovaquia), donde las adoptó John >Hus, que fue condenado por el concilio de Constanza y quemado en 1415.

La Reforma, como su mismo nombre indica, fue un intento por parte de >Lutero y de otros de reformar la Iglesia, que se encontraba en un estado de cierta corrupción. La reforma dentro de la Iglesia católica fue el concilio de >Trento, que condenó los que consideraba (no siempre con exactitud) errores de los reformadores. En su condena de las herejías usó la fórmula tradicional anathema sit («sea anatema»). Se puso el mayor empeño en no condenar cuestiones abiertamente disputadas por los teólogos. Si se consideraba que un determinado error no era mantenido por ningún protestante, el concilio evitaba el anathema sit y remitía el asunto a los decretos de reforma que se preparaban al mismo tiempo que los cánones. Pero la herejía incluía no sólo las afirmaciones en contra de la fe divina; abarcaba también las negativas obstinadas a aceptar las posiciones de la Iglesia en materia de disciplina. La fórmula anathema sit se aplicó también a manifestaciones de este tipo. Después de Trento el uso del término «herejía» tendió a hacerse cada vez más restringido, refiriéndose a lo que era contrario a la verdad divina; al mismo tiempo la expresión anathema sit se reservó para las manifestaciones de herejía (>Notas teológicas).

La teología católica tradicional ha distinguido entre herejía material y formal. La primera es la adopción de una postura herética de buena fe. La segunda incluye el elemento de la pertinacia, como en la definición de herejía del CIC 751 antes citada: es la negativa deliberada a creer lo que ha sido revelado por Dios y es propuesto como tal por la Iglesia. Aunque esta pertinacia puede determinarse de acuerdo con actos externos, es psicológicamente improbable que uno acepte la revelación de Dios en muchos ámbitos y rechace deliberadamente su autoridad en determinados casos. La herejía formal puede verse en este sentido como algo poco realista. Puede considerarse que incluso dentro de la Iglesia, y hoy en día no menos que en otras épocas, hay continuamente presentes herejías implícitas u ocultas. Los herejes se ven a sí mismos como los verdaderos detentadores de la verdad, incluso hasta el punto de dar la vida por lo que creen. El caso extremo de herejía es la apostasía, que es el abandono completo de la fe.

El Código de derecho canónico establece una serie de disposiciones en relación con los herejes: la herejía conlleva automáticamente la >excomunión (CIC 1364 § 1); a los herejes notorios se les niegan los ritos funerarios eclesiásticos (CIC 1184 § 1); el haber sido hereje es un impedimento para las órdenes (CIC 1041 § 2) y para su ejercicio (CIC 1044 § 2), estando reservada la dispensa a la Santa Sede (CIC 1047); un clérigo que se encuentre en herejía es susceptible de perder el estado clerical (CIC 290 § 2), y un religioso de ser expulsado (CIC 694). W. Bauer afirmó que la ortodoxia no era más que una de las diversas corrientes del cristianismo primitivo; al sobrevivir, las demás fueron consideradas heréticas. Aunque se trate de una idea útil para corregir análisis simplistas che las fuentes primitivas, su famosa tesis no ha tenido amplia aceptación. Existe también la sensación de que la historia de la ortodoxia y la herejía se cuenta como una historia de vencedores y vencidos, sin reconocer por lo general la aportación positiva de las herejías al desarrollo dogmático y a la renovación de la Iglesia". Puede comprobarse sin embargo que la herejía ha desempeñado un papel importante en el desarrollo del dogma. El ejemplo clásico de herejía que estimula el desarrollo dogmático es el del arrianismo; sólo cuando Arrio se hizo la pregunta adecuada (¿es el Hijo una criatura?) y respondió equivocadamente pudo ]levarse a cabo el desarrollo de Nicea.

Las herejías contienen siempre alguna verdad, por lo general poco subrayada u olvidada. El hereje suele buscar este aspecto de la verdad, a menudo de un modo exagerado y exclusivo. Cuando finalmente vence la ortodoxia, la concepción del hereje suele olvidarse a expensas de la plenitud de la fe católica.