Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia EXORCISMO

 

EXORCISMO
DicEc
 

Es común en nuestros días negar o minimizar la existencia de poderes espirituales hostiles. Se trata claramente de una reacción frente a un interés mítico, exagerado y morboso en Satanás y los exorcismos. Pero la existencia de espíritus malos forma parte de la tradición católica, y así lo confirmó un estudio encargado por la Congregación para el culto divino y publicado en 1975.

La expulsión de malos espíritus, o exorcismo (ex = fuera, horkos = juramento), desempeñó un papel muy importante en el ministerio de Jesús, aunque hoy no consideraríamos exorcismos todas las acciones descritas como tales en los evangelios. No obstante, el ministerio y enseñanza de Jesús apunta hacia una lucha que no va simplemente en contra de la sangre y la carne (cf Ef 6,10-16), sino también contra poderes espirituales invisibles y hostiles. Sus exorcismos son una proclamación de la victoria del Reino sobre todos los poderes del mal (cf Jn 12,31). Los judíos practicaban exorcismos en tiempos de Jesús (cf Lc 11,19; He 19,13-14), y también lo hacían los apóstoles (cf Mt 10,1; Lc 10,17-20). Jesús confirió a su Iglesia poder para expulsar espíritus malos en su nombre (cf Mc 16,17; cf He 16,18), y la Iglesia usó este poder. Pero, como cualquier >carisma, tampoco este garantizaba la santidad del que lo poseía (cf Mt 7,22).

La >Tradición apostólica recoge una complicada serie de exorcismos para catecúmenos. Incluso para el futuro catecúmeno se establece: «Pero si hay alguien que tiene un demonio (daemonium habet), no le dejes escuchar la palabra del maestro hasta que haya sido purificado» (15/16,8). Desde el momento en que han sido escogidos (separati sunt), han de ser exorcizados (exorkizein) diariamente; al acercarse el momento del bautismo, han de ser exorcizados por el obispo «para garantizar que todos están puros» (20/20,3). La razón que se da para no admitir a una persona al bautismo es significativa: «Pero si hay alguien que no es bueno o puro, ha de ser enviado fuera, ya que este no ha escuchado la palabra con fe, porque es imposible que el Adversario (ho antikeimenos) esté siempre oculto» (20/20,4). El viernes o sábado anterior al bautismo el obispo vuelve a realizar un exorcismo: «El obispo pondrá una mano sobre ellos y conjurará a todo espíritu extraño a marcharse para no volver nunca. Al acabar el exorcismo, exhalará el aliento en su cara y, después de haber hecho la señal de la cruz en su frente, sus oídos y su nariz, los pondrá de pie» (20/20,7-8). En el momento del bautismo se hace un exorcismo con un segundo aceite (exorkismos) además del aceite de acción de gracias (eucharistia 21/21,9-10). Después de la renuncia a Satanás, el sacerdote lo unge con el óleo del exorcismo, diciendo: «Que todo espíritu salga de ti» (omnis spiritus abscedat a te: sic, el adjetivo «malo» no aparece en latín, 21/21,9-10).

Los catecúmenos no dan el beso de la paz, porque su beso no es todavía puro (18/18,3). En el >agapé, al catecúmeno hay que darle pan exorcizado (panis exorcismi/exorkismos, 26/26,4). La señal de la cruz es una defensa para los fieles: «Si eres tentado, haz reverentemente la señal de la cruz (consignare/sphragizein) en tu frente; porque este es el signo de la pasión, conocido y probado contra el demonio, siempre que lo hagas con fe (...). Porque el Adversario, cuando se asoma al corazón (...) es puesto en fuga por el Espíritu que está en ti» (42/37,1-2).

En las >Constituciones apostólicas hay un intento de limitar la importancia de los exorcistas: se deja claro que la suya es una función carismática, no un ministerio ordenado. En la Edad media y en Trento el oficio de exorcista era simplemente un paso en el camino hacia el presbiterado. En cuanto tal fue abolido por Pablo VI en 1972.

El exorcismo adopta dos formas: la imprecación y la reprobación. La primera va dirigida a los poderes del mal, ordenándoles salir de la persona poseída. Esta forma de exorcismo es relativamente rara, y el hecho de la posesión ha de ser cuidadosamente establecido antes de que un sacerdote, debidamente autorizado por el obispo local, proceda al exorcismo en cada caso. Determinados lugares que han estado asociados con prácticas malvadas pueden necesitar tratamiento; por lo general, la celebración de la misa en la casa o lugar en cuestión expulsa las malas influencias. En otras situaciones específicas, como la participación en ritos de vudú o de brujería, u otras prácticas que puedan colocar a las personas en situaciones particularmente propicias para la incursión de malos espíritus, la conferencia episcopal puede establecer una abjuración solemne del mal durante los ritos del catecumenado. Por lo demás, los exorcismos del Ritual de la iniciación cristiana de adultos (RICA) son de reprobación, en forma de oraciones al Padre o a Jesús para que el catecúmeno o elegido se vea libre de todo tipo de mal. El autor principal del RICA, B. Fischer, escribe: «No le hablamos ya al demonio (considerado como alguien que está presente); hablamos con Dios sobre el Demonio (todavía considerado como un ser personal)». Durante los ritos del catecumenado los exorcismos del tipo de reprobación son continuos; el ministro puede ser un catequista hasta el momento de los escrutinios. Durante los escrutinios el pecado es considerado como estrechamente ligado al corazón humano (primer escrutinio), como social (segundo escrutinio), como muerto (tercer escrutinio). Hay exorcismos en cada uno de los escrutinios, correspondiendo con cada uno de estos aspectos del pecado y reflejando los grandes textos evangélicos de los capítulos 4, 9 y 11 de Juan respectivamente.

En las Iglesias pentecostales clásicas hay a veces un interés y preocupación excesivos por los malos espíritus, lo que lleva a un uso demasiado frecuente del ministerio del exorcismo. Se tiende a atribuir a Satanás enfermedades y desgracias ordinarias. La renovación carismática católica ha aprendido mucho de las Iglesias pentecostales, pero trata al mismo tiempo de integrarlo en la tradición católica. Así, en uno de sus primeros libros, F. MacNutt habla de «obsesión» más que de «posesión», y observaba con razón que esta «obsesión», y otros trastornos menores que la posesión, podía tratarlos cualquiera que creyera en el poder del nombre de Jesús. A este ministerio se le denomina «liberación». Pero el estilo de las oraciones usadas apenas se distingue del usado por el ritual romano en el exorcismo formal. Siguieron a este otros libros más discretos, en particular uno quizás excesivamente cauto del cardenal Suenens. La Congregación para la doctrina de la fe elaboró unas instrucciones para los obispos en relación con el exorcismo en un documento fechado el 29 de septiembre de 1985: se reiteraba lo dicho en el derecho canónico (CIC 1172); se prohibía el uso de una oración de exorcismo de la época de León XIII; se limitaban ciertas formas de imprecación; se recordaban los medios tradicionales de la Iglesia para luchar contra el mal: los sacramentos, el padrenuestro (Mt 6,13) y las oraciones a la Virgen María, los ángeles y los santos invocando protección.

La importancia de los exorcismos en el RICA reside en que alertan a los catecúmenos y a la comunidad cristiana sobre la naturaleza de la lucha espiritual en la vida cristiana: aunque no podemos eludir la responsabilidad del pecado achacándolo todo a Satanás, hemos de saber que tenemos enemigos poderosos que sólo pueden ser derrotados con el poder de Cristo resucitado. El embolismo, u oración «Líbranos, Señor...», que viene después del padrenuestro en la misa, es una oración de reprobación que protege diariamente a los cristianos que participan en ella de los poderes del mal. [En definitiva, «el rito de exorcismo, que, en cuanto sacramental forma parte de los ritos que "según las decisiones pastorales de los obispos pueden... responder a las necesidades, a la cultura y a la historia, propias del pueblo cristiano de una región o de una época" (CCE 1668), plantea de forma particularmente urgente la cuestión de la naturaleza de la salvación y de su realización eficaz para los hombres en lo concreto de su vida». La nueva actualidad de los exorcismos, celebrados en un contexto más claro y expresivo de oración y de súplica, que visualice mejor qué significa «exorcizar» el mal, es puesta de relieve en el reciente ritual, De exorcismis et supplicationibus quibusdam publicado en 1999.]