Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia CISMA

 

CISMA
DicEc
 

En el Código de Derecho canónico se define el cisma como «el rechazo de la sujeción al sumo pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (CIC 751). Ya antes el Código afirma la obligación de permanecer en comunión (CIC 209 § 1). Esta claridad no se encuentra siempre en la historia anterior, en la que a veces se usan las palabras «>herejía» y «cisma» como sinónimos. Según el uso moderno, la herejía afecta a la fe, y el cisma a la >comunión y la caridad. El segundo surge usualmente por desacuerdos en torno al orden y la autoridad eclesiásticos.

La palabra misma (del griego schisma) significa desgarrón, fractura o división. En este sentido la usa Pablo refiriéndose a las divisiones de Corinto (1Cor 1,10; 11,18; cf 12,25). En el período patrístico el cisma se consideraba sobre todo la ruptura de la comunidad eucarística, «altar contra altar». Se consideraba también una ruptura en el amor, como en las palabras de Agustín: «El origen y la pertinacia del cisma no estriba sino en el odio a los hermanos». En el período escolástico se producen dos desarrollos: el cisma no se ve tanto en términos sacramentales en relación con las Iglesias locales cuanto más bien como un pecado contra la Iglesia universal; se trata de un pecado contra la caridad. Santo Tomás distingue la herejía del cisma, de modo que toda herejía es un cisma, pero no viceversa; sin embargo, el cisma conduce fácilmente a la herejía. A partir del siglo XVI se hizo común considerar el cisma como un rechazo de la unidad con el papa, una negativa a formar parte del conjunto total de la Iglesia.

El cisma puede producirse a través de una serie de disputas, que conducen a la ruptura de la comunión. La palabra «cisma» se usa también en relación con la época en que eran varios los que pretendían ser papas, durante el período de residencia en >Aviñón, en la expresión gran >Cisma de Occidente entre 1378-1417 (Concilio de >Constanza). A partir del siglo XVII ha habido un cisma en la Iglesia ortodoxa rusa (Viejos Creyentes: raskolniks) como consecuencia del rechazo de los cambios litúrgicos. En la Iglesia católica, el movimiento cismático del arzobispo /Lefebvre se produjo por el rechazo al Vaticano II y a los cambios que trajo consigo «sobre todo en el culto».

El cisma más serio de la historia de la Iglesia fue el que se produjo entre Oriente y Occidente, que se formalizó el año 1054, pero fue consecuencia de una separación que venía acentuándose durante los 200 años anteriores. Después del Vaticano II hubo un acercamiento cada vez mayor entre Pablo VI y los patriarcas ortodoxos Atenágoras y Dimitrios I, que llevó al levantamiento de los anatemas lanzados en el siglo XI (7 de diciembre de 1965).

El Vaticano II, aunque habló de las divisiones y separaciones (UR 3, 13), evitó tanto la palabra «cisma» como la palabra «herejía». Formalmente la Iglesia católica considera a la Iglesia ortodoxa como cismática, mientras que las Iglesias protestantes serían heréticas.

El Derecho canónico establece duras penas contra los cismáticos (CIC 1364); estas se aplican al cisma que es público (CIC 194 § 1, n. 2). En la actualidad la presunción es que casi todos los que se encuentran materialmente en una situación que se considera cismática, de acuerdo con los cánones, tendrían buena fe. No obstante, como se puso de manifiesto con ocasión de las ordenaciones episcopales del arzobispo Lefebvre, las penas canónicas pueden llegar a aplicarse: fue excomulgado. Sin llegar a romper de hecho con la Iglesia, pueden encontrarse en ciertos individuos y grupos una actitud cismática con respecto a determinadas cuestiones.