MISIÓN DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA EN LA IGLESIA DE HOY

 

En la actualidad habida cuenta los grandes cambios sociales a que nos vemos sometidos, el matrimonio y la familia no quedan al margen de los mismos. Lo que hace tanto o más interesante y necesario que analicemos:

   1) El sentido de la misión que tienen los esposos cristianos, destinados a vivir la unión conyugal como expresión del amor santificador de Cristo y a construir una comunidad de vida en el seno de la Iglesia.

   2) La pastoral cristiana matrimonial y familiar.

 

1) La santidad del sacramento del matrimonio se ha de manisfestar en el testimonio que los esposos cristianos dan con su conducta matrimonial y familiar, siendo así, la sacramentalidad del matrimonio, la fuente de la que emergen las energías morales y espirituales que ayudan a los esposos cristianos a ser con su vida verdadero signo del amor de Cristo a la Iglesia. Si bien hemos de reconocer que los cristianos casados por la Iglesia no están exentos de los engaños, tropiezos, dificultades, conflictos y fracasos que amenazan a la vida matrimonial y familiar y que forman parte de la condición de la humana naturaleza.

La fe de los cristianos en la santidad del matrimonio y de la familia es la mejor garantía para que su vida de matrimonio y de familia responda en la práctica al modelo cristiano de matrimonio y de familia deseado y bendecido por Dios. La mediación de la fe no consiste en imponer con normas exteriores dicho modelo, sino en introducirlo en el corazón de los esposos creyentes, en hacer que se encarne en los sentimientos y en las actitudes de quienes desean encontrar en la unión matrimonial y en la tarea familiar el medio para realizar y poner en práctica sus anhelos de perfección humana y cristiana. La fe, una fe madura y consciente de la grandeza y de la exigencia del estado matrimonial, es el mejor instrumento para descubrir en los afanes y en las ilusiones de cada día la gracia que santifica, perfecciona y hace felices a los esposos.

A la luz de la fe cristiana, la unión matrimonial no ha de verse simplemente como la consecuencia de una decisión que toma la pareja, llevada por unas simpatías o preferencias humanas, por unos sentimientos superficiales, poco dispuestos a hacer frente a las dificultades que puedan surgir en la convivencia familiar, sino que es ante todo entrega a una llamada interior, que se presenta como decisiva y trascendental en la vida de los contrayentes. Esta entrega implica de forma irreversible la unión de dos vidas, llamadas a formar juntas una misma existencia, enlaza con un impulso universal de la especie humana, cuyo origen está en el autor del amor y de la vida y responde a un proyecto de Dios sobre la entera humanidad, la edificación de la gran familia humana. Esta entrega lleva en sí misma el germen de una comunidad de amor y de vida, de una nueva célula, que se añade al cuerpo vivo de la humanidad, destinado a ser el cuerpo mismo de Cristo.

La grandeza de la unión conyugal y de la solidaridad familiar, tal como se manifiesta en lo hondo del corazón humano y en la misma experiencia de la vidad conyugal y familiar, contrasta de tal manera con la mísera realidad del amor engañado o fracasado, del matrimonio desunido o roto, de los hijos rechazados, maltratados o abandonados, que, cuando se produce esta desgracia, nos sentimos tentados a pensar que el amor de los esposos y la unión familiar son meras utopías, sostenidas por idealismos religiosos o romanticismos culturales, muy alejados de las conductas reales y aun de los verdaderos sentimientos humanos. En una sociedad pragmática como la nuestra, amiga de las estadísticas y pendiente de las opiniones públicas, se hace necesario determinar con nitidez qué es lo que debe considerarse una conducta coherente y correcta en la convivencia de la pareja y de la familia.

Al margen de las costumbres y de los criterios sobre el comportamiento humano, sexual y social de la pareja y de la familia, que dependen en gran medida del ambiente cultural y social en el que el hombre vive, es importante contar con unas referencias básicas que sirvan de pauta para determinar la normalidad y coherencia de los sentimientos y de las relaciones que existen entre los esposos. Teniendo en cuenta el modelo cristiano de matrimonio y lo que dicho modelo comporta en el orden moral, un primer punto de referencia para la conducta de la pareja es el de la fidelidad conyugal, entendida fundamentalmente como conducta que no es ni pretende ser engañosa para la pareja. Bajo esta condición, los problemas que normalmente surgen en el entendimiento y la convivencia de la pareja no debería considerarse como datos que pongan en crisis o en duda la estabilidad de la unión conyugal, sino como situaciones que forman parte de las dificultades habituales de toda convivencia y que los esposos pueden superar apelando a los múltiples resortes del amor conyugal.

Por lo que afecta a la vida familiar, el primer punto de referencia en orden a conocer la coherencia de la pareja puede ser el de su actitud en relación con el compromiso de tener un hogar común, de compartir los mismos intereses y proyectos y de atender debidamente a los hijos. Cuando se mantiene con sinceridad este compromiso, las dificultades que pueda encontrar la pareja para resolver los problemas de la vida familiar no deben considerarse un obstáculo insalvable para el mantenimiento de la unidad familiar. Teniendo en cuenta esta doble pauta, puede decirse en términos generales que los matrimonios cumplen hoy dignamente en un alto porcentaje con las funciones inherentes a la vida matrimonial y familiar y se muestran capaces de superar los muchos obstáculos que encuentran en la actual sociedad para una convivencia estable y armónica.

2) La preocupación de la Iglesia por los problemas matrimoniales y familiares se funda en la idea que la Iglesia tiene acerca de la dignidad del matrimonio y de la familia. Según la enseñanza del magisterio eclesiástico, el matrimonio y la familia son instituciones naturales de las que dependen las primeras y más necesarias funciones de la existencia y de la convivencia humana. El Concilio Vaticano II incluye el tema del matrimonio y la familia entre “las necesidades más urgentes de este tiempo”.

El juicio que se hace en la constitución Gaudium et spes sobre la situación del matrimonio y de la familia en la sociedad de hoy, está animado por la confianza en las ventajas que la actual civilización ofrece para el desarrollo de la persona y de la sociedad, pero señala con precisión algunas de las lacras que se descubren en ella en relación con las instituciones del matrimonio y de la familia. La exhortación apostólica Familiaris consortio, que recoge los frutos del Sínodo celebrado enRoma en el año 1980 sobre la familia cristiana, analiza también los aspectos positivos y negativos de la situación en qjue se halla hoy la familia.

Si el Concilio Vaticano II señala los puntos oscuros del matrimonio y de la familia, su principal propósito es el de exponer la doctrina de la Iglesia, para iluminar no sólo a los cristianos, sino a cuantos se esfuerzan por proteger y promover la dignidad natural  del estado matrimonial y su eximio valor. Según el Concilio, la dignidad natural del matrimonio proviene de la propia condición del matrimonio “íntima comunidad de vida y amor conyugal”, de su origen divino, de los bienes y fines con que Dios le ha dotado y del carácter de la unión matrimonial que es “donación mutua de dos personas”.

El Concilio explica la sacramentalidad del matrimonio partiendo de la realidad natural del amor humano. “Cristo, el Señor, ha bendecido abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y construido a semejanza de su unión con la Iglesia”, y “sale al encuentro de los esposos cristianos”. “El auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la fuerza redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia, para conducir eficazmente a los esposos a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime tarea de padre y madre”.

Los aspectos de la vida matrimonial que reclaman especialmente la atención de la constitución Gaudium et spes son el amor conyugal y la paternidad responsable. Se trata de dos temas que estaban candentes en los tiempos conciliares y que son objeto de constante atención en el magisterio posterior al Concilio. La doctrina que se expone en la GS sobre el primero de los temas trata de dar una visión cristiana del amor conyugal que integre debidamente los valores que son expresión de la condición sexual del ser humano y pertenecen a las costumbres honestas de lso pueblos, y aquellos que se derivan de las exigencias del amor conyugal, visto a la luz del Evangelio y del amor de Cristo.

La paternidad va estrechamente relacionada con el amor conyugal. El Concilio se plantea el problema creado por la dificultad de conciliar el deber de la paternidad responsable con la necesidad de cultivar “el amor fiel y la plena comunidad de vida”. Los padres conciliares afirman que “no puede existir contradicción verdadera entre las leyes divinas de transmisión de la vida y de fomento del auténtico amor conyugal”, y que la decisión de los esposos en este punto debe responder a “criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos”.

La familia cristiana tiene una elevada misión dentro de la Iglesia y dentro del mundo en el que la Iglesia ha de anunciar de palabra y con el ejemplo vivo de sus miembros la presencia de Cristo y de su gracia. La familia cristiana vive el misterio del amor de Cristo a la Iglesia cuando sus miembros se expresan mutuamente el amor, la misericordia, el servicio, la donación mutua, cuando comparten su fe y se esfuerzan en vivir de acuerdo con la voluntad de Dios y con las exigencias de la caridad. Al tiempo que percibe en sí misma la acción de la gracia de Cristo y da gloria al Padre con sus obras, la familia cristiana se convierte en testigo de la dignidad y santidad de la familia dentro de la sociedad.

A semejanza de la Iglesia, la familia cristiana es una comunidad de amor, en la que los padres ejercen en nombre de Dios Padre y como instrumentos suyos el ministerio de engendrar, alimentar, cuidar, guiar y servir amorosamente a sus hijos, y éstos están llamados a descubrir, desarrollar y poner al servicio de los demás sus cualidades, dones y carismas. Es una comunidad profética, diaconal y cultual, en la que sus miembros se educan unos a otros en la fe, se reúnen en la oración y se mantienen unidos por los lazos del amor fraterno. Es una comunidad martirial, misionera y apostólica, destinada a confesar y anunciar el amor de Dios, que se encarna en el amor conyugal de los esposos, en el amor fraternal que los hijos se manifiestan entre sí, en el amor familiar que existe entre padres e hijos y que se extiende a la gran familia humana.

Las mayores dificultades que encuentra hoy la Iglesia para que la conducta de los fieles corresponda a las exigencias del modelo cristiano de matrimonio provienen de las condiciones socio-culturales en que vive actualmente la comunidad eclesial.  Habiendo tenido que hacer frente a los problemas matrimoniales originados por cuestiones particulares de los fieles y en especial por cuestiones de separación conyugal, divorcio, etc. Esto crea en la mentalidad y en la conciencia misma de los católicos un clima de debilitamiento ético y de inseguridad moral respecto a la importancia de los valores que son inherentes al modelo cristiano del matrimonio. El problema es más preocupante si consideramos que la formación cristiana es en la generalidad de los fieles adultos muy escasa y que la fe en la mayoría de los creyentes no se apoya en convicciones firmes. Ante este panorama, la primera de las tareas pastorales en relación con el proyecto cristiano de matrimonio y de familia es la de educar y formar en la fe a aquellos que un día han de contraer el sacramento del matrimonio.

La comunidad cristiana pude dar a estas parejas una ayuda muy provechosa, por medio del contacto discreto, delicado y valiente con matrimonios más experimentados y a través de la acción pastoral de la Iglesia en el orden educativo, de cercanía y de servicio.

Hoy día, junto a la realidad matrimonial cristiana, pueden darse otras realidades tales como:

a) uniones provisionales (matrimonios a prueba o uniones libre de hecho).

b) matrimonios meramente civiles de católicos.

c) católicos separados o divorciados no casados de nuevo.

d) divorciados que contraen nuevo matrimonio.

La pastoral matrimonial y familiar no puede reducirse a la solución de problemas particulares, a la preparación de los novios al matrimonio o a atender las necesidades inmediatas de determinados grupos de matrimonios y de familias cristianas una solidaridad espiritual y social que ayude a los esposos cristianos y a sus hijos a descubrir la gracia que Dios deposita en el “santuario doméstico” y a desarrollar las virtudes teológicas y morales a través del amor conyugal y de las relaciones entre padres e hijos. Muchos matrimonios han sentido en los últimos años la necesidad de formar parte de grupos matrimoniales con los que poder compartir la gracia del sacramento del matrimonio, profundizar en la espiritualidad matrimonial, compartir ideas, problemas y soluciones, ayudarse recíprocamente y colaborar en el bien de otros matrimonios.

En algunas diócesis se han implantado los CENTROS DE ORIENTACION FAMILIAR, que tienen el cometido de ofrecer a los matrimonios y familias una ayuda técnica y especializada, de forma estable y con criterios cristianos. Cuentan con la colaboración de especialistas o personas preparadas para el tratamiento de los problemas matrimoniales (psicólogos, pedagógos, abogados, orientadores familiares, terapeutas de familia, y mediadores familiares).

A nivel superior se van creando Escuelas Universitarias de Ciencias de la Familia, destinadas a preparar personal especializado y titulado para tratar los problemas matrimoniales y familiares, etc.

Con todo hemos de concluir por tanto, que la familia cristiana ha de entender que está puesta por Dios en el mundo y en la Iglesia para revelar y comunicar el amor de Cristo que se hace visible en la unión fiel de los esposos; el amor del Padre que se manifiesta a través del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad humanas, y el amor del Espíritu, que se revela a través de la comunión de fida de todos los miembros de la familia. En el cumplimiento de esta misión, la familia cristiana cuenta con la luz de la fe, con la fuerza de la esperanza cristiana y con el vínculo del amor divino.

La familia cristiana ha de encontrar su mayor motivo de gloria en el cumplimiento de la misión que Dios le ha confiado, al servicio del hombre, de la sociedad y de la comunidad cristiana. La familia ha de ser ante todo la gran educadora del hombre y de la sociedad, partiendo de lo que solamente ella puede dar y puede dar en abundancia: el ejemplo vivo de un amor fiel, gozoso y esforzado, la prueba diaria de una dedicación generosa, amorosa y sacrificada, la muestra palpable de que el mal no tiene asiento cuando la voluntad de bien no tiene límites, el signo real de que el amor y la gracia de Dios se sobreponen siempre sobre las fuerzas del mal.

Gonzalo Flórez
Matrimonio y familia”
BAC

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