Pobres, Jesús y los
Mt 25, 31-46
DJN
 

SUMARIO: 1. Pobreza y riqueza en el evangelio de Mí. -2. Tuve hambre y me disteis de comer. - 3. Las grandes pobrezas (Mt 25, 31-46). a) La primera pobreza es el hambre y sed física. b) La segunda pobreza es la desnudez y el exilio. c) La tercera pobreza es la enfermedad de alma y cuerpo. d) La cuarta y ultima pobreza es la opresión y expulsión social. - 3. Los pobres, hermanos de Jesús. La opción evangélica.


He estudiado extensamente el tema en un libro titulado Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños. Mt 25, 31-45, Sígueme, Salamanca 1984. Allí he fijado los diversos tipos de pobres en la tradición del evangelio, identificándolos como pequeños y hermanos de Jesús. Aquí supongo lo allí dicho y ofrezco una visión general de la pobreza cristiana: comienzo analizando los términos, para fijarme después en el texto central (Mt 25, 31-36) y ofrecer, finalmente, algunas conclusiones.

Pobreza y riqueza en el evangelio de Mt

La aportación de los evangelios sobre los pobres es muy extensa. Por eso he querido limitarme a Mateo, comenzando con un breve vocabulario sobre el tema. El lector menos interesado en cuestión de terminología puede pasar directamente al estudio de los textos.

-Ptojos: es el pobre material, aquel que debe trabajar con dureza para vivir, corriendo el riesgo de pasar hambre. Su tipo de pobreza puede espiritualizarse, como suponen las bienaventuranzas (pobres de espíritu: Mt 5, 3), pero en el fondo se alude siempre a la pobreza humana integral. Por un lado, Jesús ofrece su promesa de evangelio a los pobres (Mt 11, 5); por otro lado, quiere que sus seguidores lo dejen todo y, desde su nueva pobreza activa, se pongan al servicio de los pobres (Mt 19, 21).

-Paidion-niño. Especialmente pobres son los niños, que están en manos de los demás, pudiendo así ser objeto de dominio. Pues bien, Mt 18, 2-4 sabe que los niños, en cuanto necesitados (los más pobres) son los más importantes para el reino, dentro de la iglesia. En esa misma línea sigue Mt 19, 13-14: los apóstoles quieren impedir que los niños se acerquen y estorben, pero Jesús les reprende, pues ellos, los niños, son los herederos y dueños del reino de los cielos.

-Mikros-pequeño. Son los menores en sentido social, es decir, los despreciados y humillados, los expulsados y esclavizados por la sociedad. Pues bien, Jesús les declara los más importantes dentro de la iglesia. Por eso, la obra suprema del cristiano es "dar de beber aunque sólo sea un vaso de agua fría a uno de estos pequeños" (Mt 10, 42). De manera consiguiente, el pecado supremo de la iglesia será escandalizar o despreciar a los pequeños, pues ellos están especialmente protegidos por Dios. El sistema social del mundo tiende a edificarse sobre el poder e influjo de los grandes; la iglesia, en cambio, es comunión de encuentro personal, que debe estar siempre abierta a los más pequeños (cf. Mt 18, 6. 10. 14).

-Nepios-humilde. Significa también pequeño, pero en un sentido más espiritual: es el despreciado y pobre que puede confiar en Dios, allí donde los grandes de este mundo quedan presos en su soberbia y su sabiduría egoísta. Por eso, Jesús da gracias al Padre "porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los humildes" (cf. Mt 11, 25).

-Elajistoi-los más pequeños. Desde el fondo anterior se entiende esta palabra que significa los más pequeños, es decir, los últimos del mundo. Ellos serán precisamente, como veremos en Mt 25, 31-46, los hermanos de Jesús, el signo fundamental de su presencia en el mundo.

Este pequeño vocabulario nos muestra que el evangelio de Jesús no puede entenderse como un camino de realización y triunfo para los sabios de este mundo, no es manual para el establecimiento de un sistema social bien organizado, dirigido por sabios, ricos, poderosos e influyente, sino un camino de amor y salvación que abierto a todos los humanos, pero desde los últimos del mundo, que son los verdaderos herederos del Reino de Dios. Pero, dando un paso más, debemos añadir que lo opuesto a sabio-grande no es el ser pequeño sin más, sino el hacerse servidor de los más pequeños, como indicará Mt 25, 31-46 y como aparece ya en otros textos clave del evangelio:

Sabéis que los gobernantes del mundo gentiles dominan a los demás y que los grandes se imponen sobre los otros; no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo, como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,25-28).

Desde este fondo podemos entender mejor el tema. Empezamos recordando que al principio de Mt hay una referencia al valor de la riqueza: al oro de los magos (Mt 2, 11), que llevaron a Jesús los donesmás preciados de la tierra: «abrieron sus tesoros y le ofrecieron oro (riqueza), incienso (honor), mirra (perfume)». Estos son dones simbólicos, más en la línea del honor y la gloria personal que de la economía. El oro de que se habla aquí no es dinero (no puede emplearse para comprar y vender en el mercado), pero es un signo de la riqueza y gozo de la vida: la plenitud de la existencia humana no es la austeridad en sí, sino el despliegue gozoso y bello de los grandes valores de tierra. Pues bien, en contra de ese oro bueno de los magos se eleva el dinero malo del Diablo, que quiere convertir las piedras del desierto en alimento, para así dominar mejor a los demás (cf. Mt 4, 1-8). La comida que debía ser regalo gozoso y compartido viene a convertirse en principio de imposición: frente a Jesús que entrega la vida y transforma los bienes del mundo en un don (regalo gratuito) se eleva el Diablo, que quiere dominar a los demás a través de su dinero.

Desde ese fondo ha de entender el pan nuestro de cada día, es decir, la riqueza del mundo para compartir y regalar. El dinero en sí no es malo y puede recibir un uso bueno, al convertirse en limosna (cf. Mt 6, 1-4), es decir, en signo de caridad. La limosna no consiste en dar ostentosamente lo que nos sobra, sino en abrir los bienes propios hacia los demás. De esa manera se entiende el Padre nuestro: frente al Pan de Diablo, que es la riqueza egoísta, posesiva, aparece el Pan Nuestro, pan de todos, que Dios Padre ofrece a sus hijos y que estos han de trabajar y compartir de un modo fraterno. En ese fondo se sitúa la palabra económica más importante de la tradición sinóptica: perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (6, 12). Éramos deudores ante Dios, pero El nos ha perdonado todo lo que le debemos, ofreciéndonos gratuitamente amistad y salvación; pues bien, nosotros podemos y debemos perdonarnos unos a los otros, no solo los pecados sino todas las deudas, como dice el texto original del evangelio y señalaba la fórmula antigua del Padre nuestro (que sigue siendo la mejor, la más cercana al lenguaje original de Jesús).

Desde aquí podemos pasar a la gran oposición: no podéis servir a Dios y a la Mamona (Mt 6, 24-33). El ídolo primero, opuesto a Dios, no es el orgullo interior, ni la envidia o mentira intimistas, ni algún tipo de placer sexual desordenado, ni siquiera el mismo Diablo, tomado en su forma separada. Lo opuesto a Dios, en su entidad visible (objetivada) es la Mamona, es decir, la riqueza que se absolutiza: el capital hecho sentido de la vida, el sistema monetario convertido en fin de la existencia. La Mamona no es el dinero en cuanto realidad objetiva, sino el sistema destructor (de violencia y muerte) que desvela y despliega sobre el mundo ese dinero absolutizado, que no se pone ya al servicio de la vida, sino de la opresión y de esa forma se opone a lo divino. Dios es gratuidad, la Mamona interés; Dios libera, la Mamona esclaviza a sus devotos y destruye (oprime) a los demás humanos. Dios es comunión, gozo de vida compartida, la Mamona vuelve egoísta a quien la sirve. Así lo dice la parábola de los talentos (Mt 25, 1-46), que destaca la responsabilidad del humano ante el juicio de Dios. La vida es como un capital (un dinero) que se nos ha sido confiado y debemos ponerlo en rendimiento. En ese aspecto, como signo de una responsabilidad al servicio del Reino de Dios o del bien de los demás, la riqueza tiene para Jesús un sentido positivo. Eso significa que el ideal de la vida no está en la pobreza plena, en la carencia de bienes, sino en la abundancia responsable, es decir, en los bienes convertidos en signo de responsabilidad y medio de comunión fraterna. Este es el tema, esta la dificultad: hacer que el dinero no sea Mamona del Diablo sino Riqueza de Dios, para bien de los hermanos.

2. Tuve hambre y me disteis de comer... Las grandes pobrezas (Mt 25, 31-46)

Las reflexiones anteriores culminan y se expresan en Mt 25, 46, donde el mismo Cristo aparece vinculado a los diversos tipos de pobreza de la tierra, poniendo al mismo tiempo en marcha un proyecto y camino de servicio mutuo, es decir, de ayuda a los más necesitados. La sociedad humana tiende a centrarse en los que tienen más poder, sabiduría o dinero, elevándose el línea piramidal, de manera que los miembros inferiores del conjunto resultan dirigidos (y a veces controlados) desde arriba, en gesto de imposición; más aún, ella tiende a sacralizar a sus dirigentes, presentándolos como signo de Dios (o de la ley, o de la patria). En contra de eso, la comunidad de seguidores de Jesús ha de ser un lugar donde los privilegiados sean los más pobres del conjunto, de manera que en ella se rompe el esquema piramidal del poder. Jesús invierte de esa forma los esquemas normales de funcionamiento social. Su comunidad no se centra o apoya en los importantes o grandes (no hay en ella jerarquía o poder sacral), sino precisamente en los más pobres y pequeños, como sabe Mt 25, 31-46. El texto es conocido y hace falta citarlo por entero. Bastará con recordar sus palabras centrales de Jesús, que dirá en el momento de su juicio: Entonces, el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre..., porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, fue un exilado y me acogisteis, estuve enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a mí. me servisteis... Después hablará a los de la izquierda diciéndoles: Apartáos de mí..., porque tuve hambre y sed, estuve desnudo y exilado, estuve enfermo y encarcelado... y no me servisteis... Entonces le preguntarán ¿Señor, cuándo...? Y el Rey les responderá: cada vez que lo hicisteis (o no hicisteis) con uno de éstos, mis hermanos, los más pequeños, lo hicisteis (o no hicisteis) conmigo (cf. Mt 25, 31-46).

Esta parábola recoge el sentido de la vida humana. Es palabra de gracia, pues proclama la presencia de Cristo, Hijo de Hombre y Gran Rey, en los pequeños de la tierra, que son sus hermanos, sus representantes sobre el mundo. Por otra parte, es palabra de responsabilidad, pues sitúa a los humano ante la exigencia de confesar su fe cristiana, ayudando (o no ayudando) a los necesitados. Aquí no se puede hablar de una ortodoxia separa de la vida, sino del sentido mismo de la vida humana, que aparece desde Cristo como revelación del misterio de Dios (presente en los pequeños) y como fuente de comunión interhumana. Desde ese fondo queremos destacar los cuatro tipos básicos de pobreza que ha destacado el texto.

a) La primera pobreza es el hambre y sed física. Ciertamente, hay otras carencias que también son dolorosas (falta de cariño, de cultura, de verdad, como supone Jesús en Mt 4, 4). Pero la más urgente, la primera de todas, es la falta de comida. Allí donde un mundo rico condena al hambre y a muerte a millones de personas (poniéndolas en situación de inseguridad permanente) aparece en toda su dureza y se vuelve insoportable la pobreza. En medio de ese mundo necesitado, lleno de personas sin comida o bebida suficiente, se ha elevado y ha desarrollado Jesús su ministerio mesiánico, asumiendo la miseria y angustia de todos los humanos. Sabe que ellos buscan sobre todo la palabra, que les lleve a compartir la vida, pues un pan sin palabra puede ser obra del Diablo (comida de imposición, capital para explotar a los demás: cf. Mt 4, 4). Por eso, él ha sembrado ante todo la palabra (cf. Mc 4), que nos vincula en amor mutuo y que nos hace capaces de compartir el pan.

Modernamente, los humanos hemos aprendido a producir (no necesitamos ya que el Diablo convierta las piedras en panes), pero no hemos aprendido a compartir; así lo muestran los pasajes centrales de las multiplicaciones de los panes y los peces, que Jesús comparte con los necesitados (cf. Mc 6, 32-44; 8, 1-9 par). En el mundo puede haber (y hay) comida para todos; pero no hemos aprendido a compartirla y por eso muchos pasan hambre. Esta pobreza del hambre tiene múltiplesexplicaciones: la relativa escasez de recursos materiales (en algunos lugares), la falta de desarrollo de determinados colectivos nacionales o sociales... Pero en sentido más profundo, ella proviene de dos causas principales: 1.a El egoísmo de aquellos que no quieren compartir lo que producen y poseen. 2.a La separación y lucha entre los diversos grupos sociales, de manera que a unos les sobra mucho, mientras otros pasan gran necesidad. Ciertamente, el hambre es un problema físico (material), pero está vinculada a toda la problemática jurídica y social, espiritual y religiosa de los humanos. Por eso, frente a lo que piensan algunos «tecnócratas», el problema (misterio de iniquidad) del hambre humana no se puede resolver con medios puramente técnicos, sino que requiere un cambio más profundo en el corazón del ser humano y en las estructuras de la sociedad: hay que descubrir que Jesús mismo está presenten en quienes padecen esta forma de pobreza: "tuve hambre, tuve sed".

b) La segunda pobreza es la desnudez y el exilio. El hambre material era la primera, pero no es la única de las necesidades, pues no sólo de pan (material) vive el humano (cf. Mt 4, 4; Dt 8, 3), sino también y sobre todo de la palabra que viene de Dios y de otros humanos, es decir, de la comunicación afectiva. No es suficiente alimentar al hambriento como se alimenta (ceba o sacia) a un animal (cerdo, gallina, ovino o bovino) para el engorde y sacrificio posterior. El ser humano se alimenta y crece sobre todo de cariño: necesita la mirada y caricia, la confianza y seguridad más alta que le ofrecen familiares y amigos: necesita vestido (dignidad humana, cultura) y patria (espacio de acogida social y familiar). Por eso, aunque puedan alimentarse en sentido material, son pobres en sentido más profundo aquellos que carecen de vestido y patria, de entorno cultural, de justicia y cariño, de acogida de los otros. En esta línea ha citado el evangelio a los exilados (que carecen de patria o grupo humano que les garantice un lugar de crecimiento personal y de confianza) y los desnudos (que carecen de dignidad, conocimientos, cultura etc.) dentro de una determinada sociedad.

Exilados son aquellos que han tenido que dejar su tierra, casi siempre por razones económicas, para así vivir bajo condiciones culturales y sociales de opresión, en medio de un ambiente adverso. Son pobres porque carecen no sólo de bienes económicos sino también (y sobre todo) sociales, culturales, afectivos: están doblemente desposeídos y humillados, en un entorno adverso, con riesgo de ser manipulados.

Desnudos son para la Biblia (y para la cultura del entorno) no sencillamente aquellos que carecen de ropa material, sino los que teniendo ropa externa visten humanamente de manera distinta o indigna: los que en razón de su «hábito» o apariencia externa (material, social, cultural) se encuentran como extraños bajo un grupo dominante, siendo generalmente humillados, despreciados y oprimidos.

En el fondo, ambos grupos (exilados y desnudos) se identifican: son marginales, personas sin protección social, minorías étnico-religiosas no integradas por (en) el grupo dominante. Ellos forman el material humano más propenso, por un lado, a la violencia y a la cárcel y, por otro, a la opresión y muerte. Vivimos en una sociedad dura donde los grupos dominantes tienden a cerrarse en sí, expulsando a grandes minorías que parecen condenadas a vivir de un modo «asocial», en contra de las leyes que dictan los "ricos" o dueños del sistema. Por eso es normal que muchos consideren peligrosos a los miembros de esa minorías, de tal forma que ellas acaban en un tipo de cárcel, amenazadas de expulsión y muerte. Nuestra sociedad capitalista podría ofrecer pan y agua a todos los habitantes del planeta, si quisiera: pero no lo hace (los hambrientos van creciendo). Mucho más difícil es acoger y ofrecer dignidad (conversación, casa humana) a los exilados y desnudos, a los miembros de otros grupos sociales, pues ello implica una transformación de la persona y del conjunto social. Las ricas naciones de occidente y las minorías dominantes del mundo van colocando a su alrededor unos gruesos cordones de seguridad, para que no entren los "exilados y desnudos" del entorno. Así crean, de forma casi inevitable (por su tipo de estructura competitiva y clasista), grupos cada vez mayores de marginados, no sólo en las naciones más pobres de la tierra, sino en de los mismos países ricos. De esa forma crecen los «cuartos mundos», formados por exilados externos (personas que quieren entrar al mundo capitalista desde otros países) e internos (capas marginadas y marginales de la población).

Ese tipo de exilados y desnudos crece: son aquellos que no tienen «hábitos» de vida (de lenguaje, de cultura) que les capacitan para integrarse en el conjunto dominante de los triunfadores. La misma política capitalista de occidente parece abandonar sus antiguos ideales de justicia e integración social, de igualdad de todos los humanos. Se dice que han fracasado los socialismos, que las utopías de igualdad humana han muerto. Lo cierto es que crecen los expulsados en el nuevo consorcio nacional e internacional de las naciones, donde tiene primacía la dura ley de posesión y consumo de bienes. Pues bien, conforme a Mt 25, 31-46, dentro de este mundo lleno de injusticia, los exilados y desnudos siguen siendo el signo privilegiado de Dios sobre la tierra. Jesús salió a su encuentro antaño: conversó con los leprosos, ofreció dignidad a los dislocados y locos, compartió el pan con los pobres... Ellos, exilados y desnudos, siguen siendo los más pobres, signo supremo de Jesús sobre la tierra. La patria del cristiano es el diálogo universal, abierto por Jesús y con Jesús hacia los más necesitados. Sobre los derechos estatales, por encima de las imposiciones de tipo nacional o militar, los cristianos creemos en la «palabra», habitamos (nos hacemos humanos) a través de un diálogo que cree en la posibilidad de suscitar una iglesia universal, es decir, una casa o comunidad en la que todos los humanos encuentren un lugar. Hogar de los que no tienen hogar, eso debe seria iglesia de Jesús. No es campo de batalla o violencia donde que se esclaviza a los demás, obligándoles a cumplir un determinado código de conducta, al servicio del sistema, sino casa de acogida universal, hogar donde los desnudos y exilados pueden encontrar diálogo, comunicación gratuita.

c) La tercera pobreza es la enfermedad de alma y cuerpo. Entre los exilados y desnudos más sangrantes de nuestra sociedad se encuentran los enfermos, aquellos que parecen dominados por el dolor, sin capacidad para actuar de una manera libre, sin fuerza para imponer su derecho sobre los demás. Ciertamente, la sociedad dominante acoge y ayuda a «sus» enfermos, para bien del sistema. Pero ella expulsa a la mayoría; no resultan rentables para el sistema, no reciben asistencia sanitaria, humana. En los casos anteriores (hambre-sed, exilio-desnudez), la causa básica de la pobreza era de tipo social: la amenaza contra la vida de los marginados o pobres surgía de la injusticia interhumana. Lo mismo pasa ahora. Ciertamente, hay enfermedades que pueden llamarse naturales y provienen del mal funcionamiento genético y orgánico del ser humano y, de un modo especial, de su mismo desgaste y vejez: la enfermedad es un signo de la finitud de nuestra vida humana. Pero gran parte de las enfermedades derivan de (o están muy unidas con) los problemas sociales: hambre, injusticia y violencia. Sea de origen natural o social, la enfermedad pone al humano en situación de fuerte debilidad (de muerte) y le hace dependiente de la ayuda o asistencia de otros seres humanos.

Las enfermedades que derivan del hambre y mal desarrollo dominan en los países del tercer mundo; pero también pueden encontrarse en nuestra sociedad capitalista (en sus bolsas de pobreza). Hay enfermedad es más relacionada con el exilio, entendido en sentido extenso:con la pérdida del sentido de la vida, con la falta de cariño, la violencia social, etc. Muchos exilados y desnudos acaban «enfermos»: son personas con dificultad de adaptación y derrumbamiento interior; seres que han perdido su espacio vital, carecen de raíces, no se adaptan, sufren... y a veces reaccionan de forma violenta. Hay enfermedades propias de las culturas del bienestar, ligadas casi siempre al hastío de la vida: es la dolencia de aquellos que no saben encontrar un sentido a la existencia, han perdido el aliciente del amor, la búsqueda fecunda de felicidad, y se derrumban, víctimas de su propia inconsistencia, en el abismo de la angustia, la depresión, la droga. La «buena» y rica sociedad de occidente ha conseguido cotas altas de bienestar sanitario, pero sus enfermedades, sobre todo psíquicas, también han crecido. Nuestra cultura ha resuelto grandes tema económicos de producción de riquezas, pero no ha logrado encontrar una forma de vida que ofrezca sentido (=salud) a la mayoría de sus miembros. Se han multiplicado los medios técnicos, pero falta la verdadera comunicación.

Vivimos inmersos en un sistema que nos permite relacionarnos con todo el mundo, en plano técnico, pero nos cuesta comunicarnos en verdad, en los niveles de familia y amistad. La misma sociedad se ha vuelto dura, una jungla donde todos combaten contra todos. Por eso, es normal que muchos se derrumben o viven inmersos en una enfermedad crónica de estrés, nerviosismo, búsqueda de emociones rápidas. Sigue influyendo la enfermedad normal, aquella que se encuentra más vinculada a la naturaleza (al menos en su forma actual): somos mortales, limitados; la vida se consume con rapidez y nosotros nos consumimos, en debilidad, ancianidad y muerte. Pero crece la enfermedad más estrictamente humana, de tipo social, psicológico. Pues bien, ante ambas, sin distinción de etiologías o causas morales, se sitúa la revelación del Dios de Jesucristo, como han mostrado las reflexiones anteriores.

Por un lado, podemos y debemos afirmar que el enfermo es signo de Dios, la expresión de un Cristo que se ha encarnado en la fragilidad y muerte de la historia. Así debemos verlo, en línea religiosa. Pero esto no nos puede llevar a ninguna mística de utilización religiosa de la enfermedad, no conducir a ninguna especie de antiguo o nuevo victimismo. No tenemos derecho a consolar a los enfermos diciéndoles que Dios habita en su propio sufrimiento y animándoles a sufrir en actitud de entrega pasiva.

Por otro lado, debemos ayudar (=visitar) a los enfermos, como hizo Jesús. Precisamente porque Dios se encuentra en los enfermos, debemos acompañarles y curarles, ofreciéndoles un germen de salud (salvación y ánimo) con nuestra misma presencia humana (reconocimiento personal) y con nuestro servicio sanitario. Los enfermos se hacen signo de Dios para nosotros en la medida en que les acogemos y asistimos, dejándonos interpelar por ellos y acompañándoles en un camino de solidaridad gratuita y esperanzada.

A partir de aquí podemos distinguir las dos actitudes mesiánicas de Jesús respecto a los enfermos. Una es de sanación, conforme a la palabra profética de Lc 4, 18ss: «El Espíritu de Dios me ha enviado... a curar a los enfermos». Otra es de visita, conforme a la palabra central de nuestro texto: «Estuve enfermo y vinisteis a verme» (Mt 25, 36). Ambos aspectos, curación y visita, se encuentran al servicio de la vida y de la comunión interhumana. Ellos definen los momentos fundamentales de la experiencia de Jesús, el sentido de su iglesia.

Dios me ha enviado a sanar a los enfermos: ¡los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios! (cf. Lc 4, 18; Mt 11, 5 par): este es el primer servicio mesiánico del Cristo: no viene a juzgar, sino a curar; no viene a condenar, sino a perdonar; por eso, su signo preferido es la sanación: acompañar al ser humano, ayudándole a que viva. El ideal de curación y libertad final está en el fondo del evangelio, como muestra de manera impresionante el final del Apocalipsis (Ap 21-22).

Estuve enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a mi (cf. Mt 25, 31-46). Aquí nos se trata ya de curar y liberar en plano externo, sino de visitar y acompañar, es decir, de crear unos espacios de comunión humana con aquellos que se encuentras expulsados y marginados, fuera de los círculos de poder del mundo. La salvación de Dios se expresa a través de la palabra, de la comunicación afectiva, de amor abierto y generoso. La pobreza suprema es el abandono y soledad, la riqueza más alta es la compañía: que nos quieran, que nos queramos, que así podamos crear espacios de comunión gratuita, superando la opresión de los poderes del sistema, que se impone sobre todo, y de un modo especial sobre los más pequeños.

En la primera mitad del evangelio (tanto en la versión de Mc como en la Mt) domina el tema de las curaciones, es decir, de la liberación final. Pero en la segunda, desde Mc 8, 22 y Mt 16, 21, resulta dominante el motivo de la entrega de la vida y de la comunión interhumana: la verdadera liberación se identifica con el gesto del amor que acompaña y acoge a los demás. Jesús mismo aparece en esta segunda línea como «enfermo», como ser débil que pide la ayuda y compañía que no le ofrecen los discípulos (a no ser la mujer de la unción, de Mc 14, 3-9 par). La suprema señal de Jesús ya no es curar, sino dar la vida: acompañar a los que sufren, muriendo por ellos. Lógicamente, pide a sus discípulos «que visiten a los enfermos», que les ofrezcan su solidaridad vital, su ayuda humana.

c) La cuarta y ultima pobreza de Mt 25, 31-46 es la opresión y expulsión social, que se concreta en los encarcelados: "estuve preso y vinisteis a verme". En un sentido personal, la necesidad suprema del humano es su enfermedad, vejez y muerte (como sabe la historia ejemplar de la vocación de Buda); pero, en sentido social, miradas las cosas desde el mundo, la necesidad y dolor supremo es la que ofrece la marginación de los encarcelados, es decir, de aquellos a quienes la misma violencia del sistema ha de expulsar y encerrar, para que el resto de la sociedad pueda sentirse asegurada, sin derrumbarse. Así lo presupone nuestro texto (Mt 25, 31-46). El evangelio no defiende ni condena la moralidad de los encarcelados; no entra en la dinámica del juicio, para saber si son o no culpables (cosa que iría en contra de Mt 7, 1), sino que se limita a presentarlos como signo sufriente de Jesús sobre la tierra. Ellos, los últimos del mundo, expulsados del conjunto social, tratados como desecho, escoria peligrosa para el estado y la seguridad del sistema, aparecen aquí como señal de Dios sobre la tierra.

Los encarcelados suelen ser personas socialmente «no integradas», por dificultades psicológicas (individuales) y problemas de tipo social. La mayoría provienen de contextos económicamente deprimidos, de minorías marginadas y grupos que no pueden participar creadoramente en el conjunto de la sociedad: vienen del hambre y exilio, de la enfermedad grupal y la opresión social, de eso que podemos llamar «falta de justicia» del sistema

En un sentido, los encarcelados pueden ser «culpables» de algún delito: han roto las normas de vida que define y defiende la estructura dominante (el estado legal), ponen en riesgo la estabilidad del buen sistema, la vida y propiedad de los demás. Por eso han sido juzgados y condenados... Pero es evidente que ellos son también (y sobre todo) víctimas de una determinada situación social, de un tipo de injusticia de conjunto. Sea como fuere, ellos son signo de la pobreza y dolor de Jesús que se ha encarnado en el mundo.

Ciertamente, en un determinado sentido, Jesús está presente en todos los humanos. Pero, mirando las cosas a mayor profundidad, él no sostiene a los encarceladores en su función represiva (que está en la línea del poder que condena Mc 10, 35-45 par), sino a los encarcelados, es decir, a los reprimidos, expulsados, condenados por la sociedad. Es claro que el evangelio no condena a jueces y políticos, no sataniza a policías y soldados, que intervienen en el encarcelamiento de los presuntos reos, porque el Hijo de Dios ha venido a salvar a todos; pero toma partido en favor de los oprimidos (necesitados), poniéndonos en guardia frente a un conjunto o sistema social que se mantiene expulsando con violencia y encerrando en la cárcel a quienes parecen peligrosos. Posiblemente son necesarios por ahora los jueces y soldados para que este mundo funcione sin romperse. Pero ellos, jueces y soldados en cuanto tales, no expresan la verdad más honda de la vida, ni son signo del Dios de Jesús sobre la tierra. Por eso pide Jesús a sus oyentes que visiten a los encarcelados, que les ofrezcan la solidaridad humana. No les dice que les liberen a la fuerza, rompiendo así el sistema con violencia, sino que les visiten.

Pues bien, sobre ese sistema de violencia (donde resultan necesarios jueces y soldados o policías para controlarla en clave de talión), el evangelio ha introducido un signo de inversión gratificante, un principio de esperanza más alta: superando los estratos y niveles de ley (de talión, es decir, de juicio y justicia de este mundo), Jesús ha revelado el misterio de la gracia de un Dios que se encarna precisamente en los condenados (encarcelados) de la vieja sociedad impositiva y triunfadora de este mundo. Ciertamente, el sistema carcelario que ha ido surgiendo en los últimos siglos y que se ha impuesto de algún modo en todo el mundo tiene sus aspectos positivos (pues ha permitido superar la pena de muerte generalizada, las mutilaciones corporales, la venganza irreprimible y la misma esclavitud). Quizá pudiéramos decir que ese sistema (al menos de manera general) pertenece a la naturaleza de este mundo viejo, a eso que San Pablo llamaba la ley que mantiene sometido al ser humano y le impide destruirse en gesto de violencia generalizada; pero no es expresión de evangelio. Por eso, frente a un sistema estatal y judicial, económico o burocrático que se siente obligado a seguir encarcelando a los que parecen más peligrosos dentro de la sociedad, Jesús eleva el principio del amor: él mismo se encarna en la suprema pobreza de la cárcel y quiere que sus seguidores visiten y ayuden a los encarcelados, para iniciar a partir de ellos un camino de liberación y amor universal. Eso significa que su proyecto de amor (su iglesia) desborda el plano del sistema, que es plano de ley y de talión del mundo.

3. Los pobres, hermanos de Jesús. La opción evangélica

Mt 25, 31-46 es para nosotros el texto clave en favor de la vida donde Jesús mismo aparece como el pobre universal y como aquel que nos invita a socorrer de un modo afectivo y efectivo a los pobres, pues ellos son sus "hermanos", es decir, el centro del reino, el principio de la iglesia. Por eso hemos analizado con cierta detención, los gestos básicos que el texto desarrolla (dar de comer-beber, acoger al exilado-desnudo, visitar al enfermo-encarcelado). Quedan fuera de este esquema algunas obras de servicio social que la tradición anterior o posterior ha considerado importantes (como obras de justicia o de misericordia en favor de la vida), aunque nuestro texto no las cite:

Enterrar a los muertos, en el amplio sentido de acompañarles en la vejez y de ofrecerles los ritos funerarios. Esta es una «obra» esencial para el judaísmo, como ha destacado el libro de Tobías y así lo ha sentido la tradición cristiana que la añade a las seis de Mt 25, para elaborar así el catálogo de las siete obras de misericordia corporal. Sin embargo, su inclusión no parece necesaria, pues no es obra en favor de alguien que vive, sino rito por un muerto. Lo cristiano sería acompañar a los familiares tristes, ayudarles a vivir en el momento del duelo. Del difunto en sí se ocupa Dios.

Dotar a doncellas casaderas pobres, que en razón de su misma pobreza se veían muchas veces inclinadas (=obligadas) a dedicarse a la prostitución. Muchos rabinos judíos han destacado esta obra «feminista», al servicio de la vida y dignidad de las mujeres. Pues bien, Mt 25, 31-46 no ha sentido la necesidad de incluirla en catálogo, pues en un sentido extenso ella quedaría ya incluida en la exigencia de «vestir al desnudo o acoger al exilado», porque esos dos gestos incluyen todas las obras que pueden y deben hacerse por la comunión (solidaridad) entre los humanos. No es que sea malo dotar a las doncellas para que se casen, pero es mucho mejor que cambie el orden social de manera que ella no aparezcan ya como necesitadas de un cuidado especial por parte de los "buenos" varones.

Estas y otras obras al servicio de la vida (de la humanidad) podrían añadirse, pero las seis citadas por Mt 25, 31-46 son fundamentales. Ellas han vinculado para siempre los dos aspectos fundamentales del evangelio: la pobreza de Jesús, que ha dado su vida en favor de los humanos, encarnándose en un mundo de necesidad y muerte, de opresión y exilio; la fraternidad de Jesús, que ha querido vincular y ha vinculado en amor a todos los humano. En sentido estricto, sólo pueden ser plenamente cristianos los pobres (como hermanos de Jesús) y los que ayudan a los pobres (es decir, los que extienden hacia ellos su fraternidad). Ciertas filosofías de este mundo han sido resentidas: han condenado sin más a los ricos. Mt 25, 31-46 no les condena, pero les pide que pongan su riqueza (pan y agua, casa y roma, salud y libertad) al servicio de los pobres (hambrientos, encarcelados). La pobreza en sí no mérito ni don, pues Jesús no ha querido pobreza sino amor. Pero en las condiciones actuales del mundo, por gracia de Dios, los pobres han venido a convertirse en vicarios de Cristo; ellos son sus representantes, sus hermanos verdaderos. Los demás, los ricos de este mundo sólo pueden alcanzar la plenitud y salvarse si ponen su riqueza al servicio de los pobres.

No se trata, por tanto, de quemar la riqueza (de destruir los bienes), sino de emplearla, como buenos administradores del Reino de Dios, al servicio de sus privilegiados: de los pobres y enfermos, de los expulsados y cautivos. En un primer momento podría pensarse que los grupos se separan: están por un lado los pobres y por otro los ricos que les ayudan (o no ayudan). Pero si vemos el tema con más profundidad descubrimos que unos y otros se encuentran implicados: la mayoría de nosotros somos pobres (estamos muy necesitados: enfermos, aislados...) y podemos ayudar a otros pobres que están a nuestro lado. Desde ese fondo quiero acabar este trabajo presentando los tres niveles de fraternidad de la iglesia, fundada en el don de Jesús.

La iglesia es fraternidad misionera. En el principio del evangelio de Jesús sigue estando la Palabra que se ofrece de forma gozosa, como anuncio de salvación y como recuerdo del misterio de Jesús. Esta es la misión, este el sentido del envío: que pueda escucharse y entenderse la Palabra de Jesús, que todos los humanos puedan escuchar y descubrir con gozo nuevo el gran anuncio de esperanza, la Buena Nueva del amor de Dios; que puedan recordar y recrear el camino de Jesús... Esta es la tarea fundante de una iglesia: hacer que todos los hombres y mujeres de la tierra puedan escuchar el mensaje de salvación y ser hermanos.

La iglesia es una comunidad celebrativa. Por eso se centra y culmina en el gozo y fiesta de Jesús. Los cristianos se reúnen para celebrar juntos, unos y otros, los que tenían hambre y los que les han dado de comer, encarcelados y libres, sanos y enfermos. Por eso, no puede haber en la iglesia nacionales y extranjeros, pues todos son hermanos en la fiesta de la eucaristía. Cada iglesia es una fraternidad celebrativa donde compartiendo el pan (el agua de la vida, la esperanza que supera toda muerte) los creyentes pueden acoger y compartir el don del Reino. Por eso, los representantes de la iglesia (en especial el obispo y los presbíteros) son hombres que se especializan en la celebración. Puedenignorar otras cosas; tienen que saber cómo se instaura y se celebra la gran fiesta del pan que resucita.

Cada iglesia es una fraternidad diaconal. De manera lógica, la Palabra hecha fiesta (celebración del reino) se convierte en principio de transformación social. Por eso, en el centro de la iglesia están los pobres y los que ayudan a los pobres, los necesitados (que son hermanos de Jesús) y aquellos que les ayudan y acompañan, con el servicio de su propia vida, haciendo así posible la comunión universal, abierta a todos los humanos. De esa forma, la pobreza (que empieza siendo un mal) puede acabar convirtiéndose en bendición, si sirve para vincular en amor a todos los humanos.

Se ha solido hablar del carácter universal de la pobreza, que vincula a todos los humanos, desde abajo, en eso que K. Marx llamaba la internacional del proletariado. Pues bien, en contra de eso, hemos querido presentar aquí el camino universal y católico de la iglesia, que descubre la presencia de Jesús en los pobres, pero inicia un camino de servicio y fraternidad, en favor de ellos, incluyendo a todos los humanos. Ese camino de transformación humana y superación de la pobreza no es una pura revolución material, ni el triunfo de un sistema económico, sino el despliegue de un amor activo, que se abre a todos, en gesto creador, incluyendo en la misma comunidad a los pobres y a los que ayudan a los pobres, en comunión de fe y de vida. Siendo comunión interna de creyentes, cada iglesia es una expresión de la comunión universal cristiana, que descubre a Cristo en los más pobres y que abre, a partir de ellos, para todos los humanos, un camino de comunión en plano de palabra y pan, de fiesta y vida. Así podemos decir que la iglesia está fundada en los pobres, los hermanos de Cristo, pero, al mismo tiempo, está expresada en aquellos que ayudan y animan a los pobres, creando comunión a partir de ellos. La limosna que han de ofrecer los "ricos del mundo" no es un pan separado de la vida, sino que ellos mismos han de volverse limosna, don integral y comunicación, en favor de los demás, como ha mostrado San Pablo en su colecta o programa de comunicación de bienes en la iglesia (Gal 2, 10; 1 Cor 16, 1-4; 2Cor 8, 9; Rom 15, 25-26 etc.).

BIBL. - He desarrollado este tema partiendo de un libro antiguo, que titulé Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños. Mt 25, 31-46, Sígueme, Salamanca 1984. En esa línea se mantienen algunos de mis libros posteriores, como Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 1993 y Este es el Hombre. Manual de Cristología, Secretariado Trinitario, Salamanca 1997, donde podrá encontrarse bibliografía más extensa sobre el tema.

X. Pikaza