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H O M I L Í A S |
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DOMINGO XXXIV CICLO C |
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Los reyes del mundo van rodeados de grandes séquitos, de armas, de delegados, de fasto y pompa, de terciopelos, de valiosas joyas, de lujosos tronos, esplendorosos salones. Copiando este modelo, nuestras imágenes de Cristo Rey lo colocan más cerca de cualquier rey humano que de ninguna otra cosa; hemos olvidado las diferencias entre Cristo Rey y cualquier otro rey de los que nos habla el Evangelio. Los Evangelios nos presentan un Rey cuyo trono es la cruz y cuyo cetro es un clavo que atraviesa su mano. Demasiado fuerte, demasiado escandaloso, demasiado insoportable para el hombre. Si hay algo enormemente lejano de lo que es ser rey, según la razón y el sentir humano, es este Jesús de la cruz. Si hay algo aparentemente imposible de juntar es que Jesús sea Dios y Rey en la Cruz. A los primeros cristianos les costó no poco asimilar este Dios, este Rey que presentaba su máximo esplendor clavado en una cruz. San Pablo tendrá que recordar que «predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura» (1Co/01/23). De todos es conocido el dibujo burlón que, en las catacumbas, presentaba un crucificado con cabeza de asno; o la acusación tan frecuentemente lanzada contra aquellos primeros cristianos de «ateos»; todo ello era consecuencia de una misma causa: no era lógico, no tenía sentido que se presentase a uno que había muerto crucificado, como a Dios. Reconocer la realeza de Jesús es un gesto humanamente imposible ante este Jesús que se presenta como un hombre humillado, abatido, crucificado y muerto. ¿Es posible que los hombres acepten a este Jesús tratado de esa manera infamante como el único capaz de llevarles a la felicidad, a la vida...? Porque esta es la fe cristiana: ante un hombre que está siendo ejecutado como un malhechor entre malhechores, el cristiano proclama que ese y no otro es nuestro Salvador, que ese y no otro es nuestro Dios. Ahí está el problema: la inscripción puesta sobre la cruz de Jesús agonizante -«Este es el Rey de los judíos»- expresa la enorme paradoja que hay en el corazón de la fe cristiana. Nadie puede extrañarse, por tanto, de las diversas reacciones de todos aquellos que contemplan a Jesús y que tan maravillosamente relata el evangelio de hoy. Jesús en la cruz, visto desde el pueblo, las autoridades judías, los soldados romanos, y los dos malhechores crucificados con él. Aquí están todas las reacciones de todos los hombres de todos los tiempos. Aquí está también la nuestra. Debiéramos saber descubrirla. 1ª. «Estaba el pueblo mirando». El pueblo presencia la escena probablemente esperando a ver en qué quedaba todo aquello. La gente siempre lo reduce todo a espectáculo. Y así elude todo compromiso. Nunca quiere pensar ni decidirse. O mejor dicho: se decide siempre por lo que dicen y hacen los demás, sin tener nunca una opinión propia. ¿Dónde vas, Vicente?... «Hosanna al Hijo de David». «¡Crucifícale!». 2ª. La autoridades hacen sarcásticos comentarios sobre Jesús: «A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios». Hay que reconocer que saben «poner el dedo en la llaga»; que lo que dicen está lleno de lógica; y precisamente por eso, porque están convencidos de que Dios tiene que ser como su lógica les dicta, son incapaces de reconocer a Dios tal y como él se presenta. 3ª. Los soldados romanos, encargados de la ejecución, se burlan de aquel hombre que moría bajo el título de «Rey de los judíos». Ellos sirven a un rey de este mundo y por tanto saben estupendamente bien lo que era un rey. Pensar que aquel hombre fuese rey era un disparate descomunal en el que ellos, lógicamente, no iban a caer. ¿Quiénes son los soldados romanos de hoy? Aquel que está convencido de que una ideología humana es realmente salvadora y se entrega a ella con alma y vida. Es el militante de un partido al que entrega su conciencia. 4ª. «Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Representa a todos aquellos que condicionan la aceptación de Jesús a la solución de su problema. Familiares de enfermos... personas en circunstancias desgraciadas... 5ª. Sólo la última intervención es favorable a Jesús. Uno de los ajusticiados hace justicia al ajusticiado Jesús y descubre quién es. Cuatro contra uno. Un balance desalentador para el único verdadero Reino. «Pero el otro lo increpaba: -¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». De los dos ladrones, solamente uno reconoce a Jesús. A pesar de que las situaciones sean idénticas, las actitudes son completamente distintas. Esto demuestra que la situación de pobreza o de sufrimiento no es suficiente para explicar la acogida o el rechazo al evangelio. Hay dos enfermos de cáncer en la misma habitación: uno blasfema y dice que Dios es injusto permitiendo esas cosas; el otro descubre a Cristo crucificado en su mismo sufrimiento. ¿Qué cosa es aquella que vuelve capaz al ojo humano para contemplar la vida y especialmente los dramas que contiene, como él supo mirarlos? Esta es la fe, la luz de Dios que debemos desear por encima de todas las cosas y debiéramos pedir en primer lugar. -«Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Paraíso significa «jardín delicioso». Eso sería el mundo si tuviéramos la fe de este hombre. Nuestra falta de fe es la que desplaza el «jardín delicioso» para más allá de la muerte.
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