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VERDAD/QUÉ-ES
REALEZA
DE CRISTO SOBRE EL UNIVERSO
-Tú lo dices: Soy Rey (Jn 18, 33-37)
La
escena transcurre en el interior del pretorio, donde Pilato interroga a Jesús.
Se percibe allí a Pilato interesado y de hecho turbado por la personalidad de
Jesús. Se pregunta sinceramente quién es. Lo manifiesta su pregunta, en la que
no habría que ver una ironía: "¿Eres tú el rey de los judíos?".
Jesús hace alusión a esa inquietud de un Pilato que se encubre: "¿Dices
eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mi?".
Pero
Jesús no quiere ya ocultar su verdadera cualidad: "Tú lo dices: Soy
Rey". Con todo, Pilato podría confundir las cosas. La realeza de Cristo es
de orden espiritual, no de orden nacional. En cuanto autoridad espiritual Jesús
es rey, y esta autoridad pertenece a Dios. Su realeza no viene de este mundo; le
ha sido confiada por el Padre. Jesús, por lo tanto, no es rey en el sentido
político de la palabra, tal como Pilato podría entenderlo. Sin embargo, Pilato
ha dicho que Cristo era rey, y ha dicho verdad, si por ello entiende una realeza
que escapa a toda consideración terrena. Porque la realeza de Cristo consiste
en dar testimonio de la verdad. Verdad no significa aquí una filosofía, sino
la realidad eterna en contraposición a lo que pasa, la realidad de Dios. Jesús
ha sido enviado y ha venido para transmitir a los hombres una realidad que
libera, la realidad eterna, objeto esencial de la revelación por la que el
Verbo se encarnó.
Esta
escena del proceso de Jesús es paradójica. Pilato es juez de Jesús; en
realidad, es Jesús quien juzga a Pilato; él es el Rey, el juez, porque es
quien libera o condena, según que se reciba el testimonio de la verdad divina o
que se rechace este testimonio.
-A
él se le dio poder, honor y reino (Dn 7, 13-14)
En
este pasaje se nos presenta al Señor en su función de juez de los últimos
tiempos. Para nosotros, el personaje simbólico, el Hijo del hombre que avanza
hacia el Anciano venerable, ese Hijo del hombre es el Mesías, Jesús, el
Cristo. Le vemos en su dominio y poder, en la gloria de su Realeza sobre todas
las naciones y pueblos. Es un reino eterno que no será destruido. El Señor
reina, vestido de majestad; el Señor, vestido y ceñido de poder (Sal 92).
-El
Príncipe de los reyes de la tierra (Apoc 1, 5 8)
Pasamos
del apocalipsis de Daniel al Apocalipsis cristiano. Si se nos presenta a Cristo
como Rey, nosotros somos en su reino los sacerdotes de Dios, su Padre.
Todo
este pasaje es una gran doxología, himno al Rey que nos ha liberado de nuestros
pecados con su sangre. Es el Rey que nos da la paz, el primogénito de entre los
muertos, asegurando así nuestra propia resurrección, sobre el soberano de los
reyes de la tierra. En ese momento, todos le reconocen como el Rey soberano,
también los que le atravesaron.
Toda
la actividad pascual de Cristo ha tenido éxito: ha reunido un reino de
sacerdotes al servicio del Padre, para gloria suya. Ha sido constituido un gran
Reino que canta al Señor como su alfa y omega. Toda la liturgia de hoy contiene
una visión triunfal. Podría, sin embargo, inducirnos a error y hacer que
renaciese en nosotros un cierto triunfalismo cristiano. Si Jesús dijo a Pilato:
"Soy Rey", fue para afirmar que lo era, pero de forma muy distinta a
la de los reyes de la tierra. No es un rey que libere a los pueblos, como haría
un líder político. La confusión no era posible sólo para Pilato... o para
nosotros; lo era para los apóstoles mismos, y el día de la Ascensión
escuchamos de boca de uno de ellos esta pregunta humana: "Señor, ¿es
ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?" (Hech 1, 6). ¿Cuántas
veces ha intentado la muchedumbre hacer rey a Jesús? (Jn 6, 15).
Si
Jesús es Rey, todos los cristianos pertenecen a un pueblo de raza real.
Resulta, pues, posible construir un silogismo carente de realidad: todo
cristiano es hermano de Cristo, todo cristiano es rey, la Iglesia es el pueblo
de Cristo, toda la Iglesia es real. ¿No supone esto para los cristianos y para
la Iglesia un régimen social de privilegios? De esta forma, podríamos
trasponer miserablemente la realeza perecedera. Se trata, en cambio, de una
realeza de servicio; todo cristiano y la Iglesia entera, como pertenecientes a
un Reino privilegiado, no tienen que gozar de privilegios pasajeros, porque no
tienen otra función que la de dar testimonio de la verdad, ellos cuya
situación no es real más que por ser mensajeros de una realeza que no pasa y
que libera a los hombres de la esclavitud en la que viven los reyes de la tierra
y todos los poderes públicos. Y sin embargo, el que esta realeza sea espiritual
y el que Jesús menosprecie el ejercicio de todo poder político, no significa
en modo alguno que la Iglesia deba vivir fuera del mundo y en una actitud
espiritualista desinteresada con respecto a la vida de los hombres de nuestro
tiempo. La realeza de Cristo obliga a toda actitud política de este mundo a ser
consciente del fin último al que debe servir toda política. Esa realeza de
Cristo no significa que la Iglesia de este mundo deba ejercer sobre él un poder
de dominio humano, sino que la realeza de su Cabeza es un constante llamamiento
a la auténtica concepción de un verdadero Reino. Determinadas épocas de la
Iglesia han confundido, sin duda, realeza y realeza; la Iglesia que ahora vive
en esta tierra no tiene que establecer un reino terrestre.
Queda
y quedará siempre por hacer una indagación sobre la forma en que la Iglesia
debe utilizar la realeza de Cristo, no dominando ella misma como un rey de la
tierra, sino alentando con todas sus fuerzas los caminos concretos para la
liberación de los oprimidos y marginados. Al celebrar a Cristo, Rey del
universo, la Iglesia no lo hace reivindicando una supremacía humana y terrena,
sino animando a los que tienen por encargo conducir en concreto al mundo en su
existir terrestre, a que confronten su política con el Rey único, eterno, y
cuyo Reino es definitivo para siempre.
ADRIEN
NOCENT
EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 7
TIEMPO ORDINARIO: DOMINGOS 22-34
SAL TERRAE SANTANDER 1982.Pág.
113 ss.

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