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H O M I L Í A S |
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DOMINGO XXXIII CICLO C |
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Quizá no podamos ni imaginar la impresión que, entre los que seguían a Jesús, produjeron las palabras del Maestro cuando anunció la destrucción del Templo de Jerusalén. Para un judío, el Templo era el compendio de su fe, quizá la razón más clara de su existencia como pueblo, la materialización de la alianza entre ese pueblo y el Dios que lo había elegido, entre todos los pueblos, para ser el depositario de su voluntad. El Templo de Jerusalén era para un judío la seguridad. Mientras el Templo estuviera allí, el judío sabría cómo tenía que vivir. Si el Templo faltaba, ¿cómo y por dónde caminaría hacia Dios? El sentimiento de seguridad es uno de los más estimados por el hombre. Y concretamente en sus relaciones con Dios. Queremos, en todo momento, saber cómo y por dónde llegaremos hasta Dios. Por eso nos encanta una religión formalista que diga puntualmente cuánto tenemos que dar y cuánto tenemos que rezar, por ejemplo, para conseguir lo que los cristianos llamamos la vida eterna, es decir, ese final feliz que durará para siempre. No nos gusta, sin embargo, la inseguridad y el riesgo. Nos parece insensato que la relación con Dios sea una aventura personal, renovada diariamente, en la que se compromete, no unas oraciones, e incluso unos dineros, sino una actitud vital asumida con plena responsabilidad y que nos ocupa por entero. Por eso, también, cuando a nuestro alrededor se destruye, por ejemplo, el «templo» de un cristianismo sociológico, tantos cristianos se quedan perplejos y con la sensación angustiosa de que todo se está derrumbando. Porque, ¡es tan fácil que la propia sociedad acompañe y proteja lo que nosotros creemos y deseamos hacer! Y no es así. Si desaparece un cristianismo sociológico, si desaparece la feliz seguridad de ese templo en el que con tanto interés nos hemos apoyado en épocas pasadas, es sólo para quedarnos personalmente relacionados con Dios y ser capaces de asumir, sin respaldos, el compromiso vital de nuestra fe. Y entonces, cuando es posible -por ejemplo- divorciarse, el cristiano puede mostrar al mundo, aquí y ahora, el espectáculo maravilloso de un amor lleno de abnegación, de ternura y de entrega, que aspira con plena consciencia a la fidelidad y a la permanencia hasta la muerte, porque es un amor que tiene su base en un Dios que le ha prometido su ayuda si es capaz de vivir de acuerdo con la esencia de la religión que profesa. Y por eso, el cristiano no tiene necesidad de imponer su creencia a quienes no participan en ella ni sentirse inquieto porque, a su alrededor, otros vivan su amor de manera distinta. Y por eso, también cuando las costumbres sean tales que resulte natural el derecho a disfrutar del propio cuerpo como y donde le plazca a cada uno, eliminando las consecuencias lógicas de una relación que ha perdido su dimensión humana, el cristiano podrá decir al mundo que estima, por encima de todo, la vida desde su principio. Y cuando sea ya un axioma que «cada uno resuelva sus propios problemas» y convirtamos el mundo en una selva en donde sólo gane el fuerte, con desprecio olímpico de los débiles en todos los aspectos, el cristiano podrá gritarle al mundo, sin paredes sólidas que lo apoyen, que un axioma de su religión es que ha nacido para servir y no para ser servido. Pero podrá gritarlo si lo practica, no si -en este aspecto en el que suele ser menos puritano que en otros- sigue cómodamente la senda general y pisa a su alrededor sin importarle quién cae en la refriega. Estamos terminando el año litúrgico. Buen momento el final de cualquier época para hacer balance más o menos rápido de lo pasado, para anotar los fallos y para intensificar los éxitos, que también los habrá. Quizá en este domingo podríamos pensar seriamente con cuánta inquietud vemos desaparecer los «templos» que en otras épocas nos protegían y si no estará esta inquietud fundamentada en una falta de vitalidad cristiana que no considera seriamente la promesa de Cristo: cuando sufráis o no os entiendan, Yo estaré con vosotros. Quizá si algún hombre no debiera agobiarse por nada, nunca, debería ser el cristiano. Vivimos, sin embargo, en una época de cristianos agobiados y agoreros. A mi juicio, mal síntoma, porque para el cristiano siempre es posible la esperanza. .................................... Esta victoria de Jesús no se confunde con el fin feliz de una novela. Desde una perspectiva de la tierra, el fin será un fracaso; supondrá probablemente soledad respecto a los antiguos amigos y a los miembros del grupo familiar que busca el éxito o progreso en esta vida; supondrá dificultades con respecto a los poderes de este mundo, que siempre desconfían del que anuncia otras verdades y exigencias; parecerá que las leyes de la naturaleza y de la historia se ríen de la ilusión y de la utopía del cristiano. Pues bien, cuando todo se haya unido para señalar la vanidad de la vida del cristiano, Jesús se ha permitido añadir una palabra: «No se perderá un cabello de vuestra cabeza» (21.18). Nada de Jesús está perdido con la Pascua; nada del cristiano puede perderse en el camino de su cruz y su fracaso, pues la vida de la Pascua lo devuelve todo victorioso y transformado. ....................................... Las luchas entre los pueblos, las epidemias, el hambre y las catástrofes cósmicas pueden verse como presagios del fin de los tiempos, pero este fin no tiene por qué venir inmediatamente después de estos hechos. Más bien se subraya y se prepara a los oyentes de Jesús para los tiempos de «antes de todo eso», es decir, para los tiempos en que los cristianos deben dar testimonio. Seguramente es Lucas quien más subraya este testimonio que los cristianos deben dar y que consiste, en definitiva, en seguir el mismo camino de Jesús: también ellos serán perseguidos de diversos modos por el hecho de pertenecer al grupo de sus discípulos («os echarán mano, os perseguirán... os harán comparecer ante reyes... os traicionarán»), aunque aquí no se insiste demasiado en la muerte violenta como coronación del testimonio («matarán a algunos de vosotros»), puesto que no es éste el testimonio normal para la mayoría de creyentes. El optimismo y la confianza empapan las palabras de Jesús: «yo os daré palabras y sabiduría...», «ni un cabello de vuestra cabeza perecerá», «salvaréis vuestras almas». Al tiempo que Lc escribe su evangelio es testigo de que esta Buena Nueva está llegando «a los confines de la tierra» (Hch 1.9) entre odios y cárceles, pero sobre todo, con la fuerza de la presencia del Señor, que hace mantener constantes a los discípulos. Testimonio, fe en la asistencia del Señor a sus testigos y perseverancia en la lucha y los sufrimientos son algunos de los puntos a subrayar en estas últimas palabras que Jesús dirige a todo el pueblo. Por tanto, hay que tener muy en cuenta que nuestro texto no es ninguna descripción del fin del mundo. El centro del relato se encuentra en una frase a mitad del texto: «Pero antes de todo eso...» Lucas quiere explicar que no se sabe cuando ocurrirá el fin del mundo, y al preguntar los discípulos a JC cuando vendrá el día, la respuesta consiste en decir que deben suceder muchas cosas que parecerán el fin sin serlo. Lo que importa, pues, no es conocer la fecha de la parusía, sino tener claro que «antes de todo eso» los discípulos serán perseguidos. No serán unas persecuciones reservadas al tiempo final, sino que la persecución se convertirá en característica fundamental de la vida del cristiano mientras dure la historia del mundo. Dice San Agustín: «Se nos ha ocultado esa hora, para que seamos fieles durante todos los días». Y los discípulos, es decir, nosotros, los cristianos, tenemos que afrontar este tiempo intermedio, con fidelidad a la palabra de Dios, dando pruebas de lucidez contra las sugestiones de los falsos mesías-salvadores y estando siempre dispuestos a dar testimonio de nuestra fe frente a cualquiera y a cualquier precio. ............................................ Pero hay algo más peligroso para la fe que la persecución cruenta. La opinión de ·Ambrosio-SAN ha quedado ampliamente demostrada por los hechos: «Los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían que ahora que nos protegen» . ....................................... Paciencia consigo y con los demás. Abandonaron los que tenía prisa por convertirse y convertir a los demás. Al impaciente la espera se le hace larga. Por eso se crispa y se vuelve tan intolerante. Aunque aparece violento, agresivo y fuerte, en realidad es un hombre débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra nada; condena, pero no libera. El impaciente puede terminar en el desaliento, el cansancio o la resignación amarga. Ya no espera nada. Ya no espera en nadie. El hombre paciente, por el contrario, no se irrita ni se deja deprimir por la tristeza. Contempla la vida con respeto y hasta con simpatía. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera. No por eso cae en la apatía, el escepticismo o la dejación. El hombre paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado por una esperanza. «Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4, 10). ........................................ En todo caso hay que recordar que el final del mundo ocurre para cada uno de nosotros en nuestra propia muerte. Es ese día cuando ocurre la caída de todas las estrellas que nos pudieron seducir anteriormente. El pensamiento de la posibilidad de nuestra muerte nos ayuda a vivir con más corrección y seriedad. Charles de Foucauld decía: «vivid cada día como si hoy fueseis a ser mártires»; recomendaba en el fondo vivir con la intensidad de que quien sabe que está midiéndose los pasos con la muerte, con su fin del mundo, a la espera del Día del Señor. ................ Cada vez que celebramos la Eucaristía recordamos el pasado -»proclamáis la muerte del Señor», como decía san Pablo-, pero con una mirada profética al futuro: «hasta que venga». Cada Eucaristía nos hace vivir una cierta tensión entre el pasado y el futuro, concentrados ambos en el presente. En una de las aclamaciones que más veces repetimos se condensa esta situación: «anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ven, Señor Jesús». Y se nos hacen también familiares otras expresiones de esta mirada al mañana: «mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo»... Nuestro destino y el del mundo está en el futuro, y se llama Dios. Pero el futuro ya está en el hoy de cada día. Y la Eucaristía es nuestro alimento para el camino. ................................ No sé si os habéis fijado en la oración que hemos dicho hoy al empezar la misa. A veces, al empezar la misa, venimos con prisas de la calle (e incluso llegamos tarde) y no nos enteramos. Como sea que es un buen resumen del mensaje de las lecturas de hoy, fijémonos ahora en esta oración. Dice así: Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero.
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