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H O M I L Í AS |
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DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO CICLO B |
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Jesús y el futuro: ésta es la cuestión del evangelio de hoy. Pero ¿qué tiene que ver Jesús con el futuro?; ¿qué podemos esperar nosotros de Jesús en el futuro?; ¿no fue Jesús un fracasado...? En cualquier caso Jesús fue, murió. Y, si murió como todos los hombres, sólo podemos esperar lo que se puede esperar de los muertos: nada. Sin embargo -y éste es el "sin-embargo" de la fe- los cristianos esperan que Jesús venga y, con él, venga a nosotros el reinado de Dios. Porque Dios, cuando todo había terminado para Jesús, cuando Jesús era un hombre acabado, se puso de su parte y "revisó" su proceso, dando validez a su persona y a su causa para siempre: lo resucitó. Y así, habiendo llegado Jesús al límite de su abatimiento y no teniendo ningún futuro, recibió de parte de Dios un futuro sin límites. Este es el futuro que el hombre Jesús no podía darse a sí mismo, el Adviento. Y es el adviento también para nosotros que creemos en la promesa de Jesús: "Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad". Jesús, el que fue, es hoy para los creyentes el Cristo y el Señor, el que será. Adviento y futuro no son propiamente lo mismo. Llamamos futuro a lo que llega a ser como desarrollo del presente, como realización y manifestación de aquellas posibilidades que el hombre tiene ya en sus manos. Porque el hombre es, en principio, dueño de su futuro, y éste responde a sus expectativas. Pero el adviento no es lo que el hombre hace, sino lo que le viene como don, como algo verdaderamente nuevo para el hombre que lo recibe sin tener nada de donde él pueda sacarlo. Y así el adviento es como el amor para el amado, un acontecimiento que llega fuera de programa. El adviento no es previsible, ni planificable, ni realizable..., no responde, pues, a las expectativas, sino a la esperanza. Ante el adviento sólo cabe esperar. En este sentido afirmamos que la resurrección del hombre Jesús es para él y para nosotros adviento, el Adviento del enteramente Otro. ¿Qué es lo que nosotros, los hombres y la humanidad, esperamos al fin y al cabo? ¿Un futuro o un adviento? ¿Aspiramos sólo al desarrollo de nuestras facultades y a la explotación exhaustiva de los recursos naturales? ¿Se mueve la humanidad hacia la realización de todas las previsiones humanas, a la victoria de todas las revoluciones humanas y a la satisfacción de todas las expectativas humanas, para conseguir al fin una vida sin riesgos, tranquila, segura, pacífica, en una sociedad acabada? Porque todo esto sigue siendo futuro. ¿Pero es el futuro que nosotros podemos hacer con el avance de nuestra tecnología lo que ha de satisfacer toda nuestra esperanza? La experiencia nos enseña que hasta el presente no se ha dado un progreso verdadero en el amor, en la libertad, en la justicia... y en los auténticos valores humanos. ¿No será que dichos valores no son consecuencia de la técnica y de la ciencia? Se puede responder que otros harán lo que nosotros no hemos podido hacer todavía; pero, si esto no es un optimismo ingenuo, resulta de un cinismo redomado: ¿Qué será de las víctimas de todas las revoluciones, de los pueblos atropellados, del inmenso dolor de generaciones pasadas, de los muertos que ya fueron, de nosotros mismos...? El progreso indefinido es el nuevo ídolo en cuyo altar sacrifican sus sacerdotes, una tras otra, las generaciones humanas. Por eso, los cristianos ponemos nuestra esperanza en el Dios que resucita a nuestro Señor Jesucristo, como primicia de entre los muertos. No esperamos un futuro, esperamos el adviento de Dios en Jesucristo. Esperamos, más allá de todas las expectativas humanas, ser sorprendidos por el Dios que viene y participar en la gloria del Señor que vive. Y así confesamos que el hombre que queremos ser, sólo es en el encuentro con Dios, porque Dios es la plenificación del hombre. EP/COMPROMISO: Pero esto no significa que los cristianos deban aguardar con los brazos cruzados al que ha de venir. Más bien significa que sólo pueden vivir la esperanza del reino de Dios cuando se afanan por la justicia, por la libertad, por la fraternidad y por la felicidad de todos los hombres. Sólo si los cristianos estamos empeñados en lo penúltimo, podemos estar atentos y vigilantes para lo último; sólo si nos preocupamos del futuro, estaremos abiertos para el Adviento. Debemos creer también que lo que nosotros hagamos en el mundo y por el mundo será transformado y perfeccionado sorprendentemente, cuando el Señor venga. Por lo tanto, la esperanza cristiana no nos saca de la historia humana. Lo que sí hace esta esperanza es librarnos de la pretensión de hacerlo "todo" y de la tentación de no hacer "nada"; si no podemos fabricar lo que esperamos, tampoco necesitamos hacerlo; pero hay que hacer todo lo que esté en nuestras manos. He aquí como el realismo cristiano se sitúa a igual distancia del optimismo ingenuo, cuando no cínico, y del pesimismo cobarde, cuando no cómodo y egoísta. Y he aquí cómo este realismo nos pone a salvo de todos los totalitarismos de izquierdas y de derechas, e impide que el hombre sea utilizado como medio para conservar a toda costa lo que ya es, o para realizar a toda costa lo que debe ser. EUCARISTÍA 1976, 61
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