31 HOMILÍAS MÁS PARA EL DOMINGO XXXIII
(22-31)

 

22.

Nexo entre las lecturas

Al terminar el ciclo litúrgico B la liturgia de la Iglesia no puede ofrecernos un mejor tema que el de la esperanza. Daniel, mirando esperanzadamente hacia el futuro, profetizará: "Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro". En el discurso escatológico Jesús ve el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: "El Hijo del hombre... reunirá de los cuatro vientos a los elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo" (Evangelio). El autor de la carta a los Hebreos contempla a Cristo sentado a la derecha de Dios, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (segunda lectura).


Mensaje doctrinal

1. No un reportaje, sino un misterio. Ni los profetas ni los evangelistas fueron reporteros de su tiempo, mucho menos del fin de los tiempos, que a la vez que desconocen no dejan empero de anunciar. Mediante un lenguaje misterioso, marcadamente simbólico, intentan meternos a los lectores u oyentes en el misterio del fin del tiempo y de la historia. Es necesario por tanto estar atentos para no confundir lenguaje y mensaje. El lenguaje no puede no ser antropomórfico: el fin del mundo visto como una conflagración universal aterradora, una especie de terremoto cósmico que conmueve el universo entero y lo destruye por completo, un cataclismo imponente cuyo fuego incandescente devora abrasador toda la materia. Oculto tras esta representación escénica de impresionante viveza, hay un mensaje divino: "El mundo no es eterno. La historia tendrá un fin". El ropaje literario, propio de la apocalíptica judía, muy apropiado para los tiempos que corrían de persecución (en el caso de Daniel la persecución de Antíoco IV Epifanes, en tiempos de Marcos posiblemente la de Nerón), no debe distraernos, mucho menos angustiarnos, y menos todavía ocultarnos y hacernos perder el mensaje de revelación de Dios. El mensaje es revelación de Dios, y por tanto cierto, irrevocable, verdadero, válido. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". En cuanto misterio, sin embargo, no está al alcance de nuestro humano conocimiento ni es manipulable para satisfacción de nuestra curiosidad o de nuestro orgullo. Como misterio es irrupción imprevisible, aparición repentina e inasible, desvelamiento inesperado y deslumbrante. Como misterio se espera de Dios, el Señor del misterio, en actitud vigilante y confiada.

2. El fin de la vida y el fin del tiempo. Para el evangelista Marcos la destrucción de Jerusalén y del templo sirve de símbolo de los tiempos finales del mundo y de la historia. Igualmente, la imagen de la higuera desde que florece en primavera hasta que maduran los higos sirve para señalar el tiempo intermedio entre la historia concreta de su época y el final de la historia. Hay pues una relación entre el tiempo y la eternidad, entre el fin de una época y el fin de la historia, entre el fin de la vida y el fin del tiempo. Entre ambos fines hay ciertas semejanzas: en primer lugar, la certeza del fin, evidente respecto al fin de la vida, objeto de fe respecto al del tiempo; luego, su carácter imprevisible, totalmente en cuanto al fin del tiempo, parcialmente en cuanto al fin de la vida; además, su valor decisivo: en un caso se decide sobre la suerte del individuo, en el otro sobre la suerte de la humanidad entera. Finalmente, ambos revelan la condición del hombre y de su mundo, una condición limitada, imperfecta, precaria, que remite necesariamente a otra realidad superior donde esa condición recibe perfección y completamiento. De esta manera el final de la vida equivale en cierto modo al final del tiempo para cada ser humano; y el final del tiempo en alguna manera está prefigurado en el final de la vida. Con la muerte, podemos decir, llega a cada hombre el final de su tiempo en espera del final de todos los tiempos. Ambos finales se viven a la luz resplandeciente de la esperanza cristiana.


Sugerencias pastorales

1. Esperanza y esperanzas. Es un tópico decir que el hombre vive de esperanza. Y es verdad. El niño espera hacerse grande o tener una motocicleta. El estudiante espera aprobar los exámenes. Los recién casados esperan tener un hijo. El desocupado espera encontrar un trabajo. El encarcelado espera dejar cuanto antes la cárcel. El comerciante que acaba de montar un negocio espera que le vaya bien... Esperanzas, esperanzas, esperanzas. Todas buenas, legítimas, incluso necesarias. Pero al fin y al cabo esperanzas pequeñas, esperanzas de calderilla. Esperanzas unidas a un bien que no tenemos y que deseamos poseer. Esperanzas que nos remiten a la Esperanza, con mayúscula, en singular, que nos remonta desde las circunstancias mismas de la vida diaria y corriente hasta Dios Nuestro Señor. Esperanzas que no siempre son satisfechas, que nos pueden engañar y desilusionar, que en su poquedad y labilidad nos hacen pensar en aquella Esperanza que no engaña, que mantiene despierta siempre la ilusión y que goza de inamovible firmeza y de absoluta garantía. La Esperanza con mayúscula no es fruto de nuestro esfuerzo ni de nuestros ardientes deseos, sino gracia y carisma del Espíritu, virtud teologal que tiene por anhelo al mismo Dios y la unión definitiva y perfecta con Él. Es ésta la esperanza que nos da acceso a la plenitud y a la realización de nuestro ser personal desde Dios, en Dios y con Dios. Es la Esperanza que todos debemos tener, que a todos deseo.

2. Un "happy end" para el cristiano. Jesucristo al hablar de la hora final, según el evangelio de Marcos, menciona sólo a los elegidos; de los condenados, si es que hubiere, cosa que nos es desconocida, no se nos dice nada en Marcos. El último día se cerrará con un happy end. ¡Que lo sepan y tengan presente todos los profetas de calamidades! La suerte final de cada hombre está envuelta en el misterio más absoluto (sabemos solamente que están en el cielo los santos canonizados), pero un final como el del evangelio de hoy infunde un gran consuelo y una extraordinaria confianza en el poder y en la misericordia de Dios. Porque hemos de saber que no sólo estamos en espera en este mundo, sino que somos esperados en el otro primeramente por Dios, pero luego por la santísima Virgen María, por los santos, por nuestros familiares, por todos nuestros seres queridos. Todos los que nos esperan están interesados en que nuestra vida termine bien, en que la historia de la humanidad y del universo culmine con un happy end solemne y general. Para eso Cristo, nuestro sumo Sacerdote, murió en una cruz y ahora, entronizado junto a su Padre, nos espera para darnos el abrazo de la comunión definitiva y perfecta. Nos lo dará si nos dejamos santificar por él, es decir, si permitimos que haga fructificar los frutos de su redención en nosotros.

P. Antonio Izquierdo


23.

Último domingo del año litúrgico de la Iglesia católica. El próximo domingo, la Iglesia y nosotros con ella, celebraremos la apoteosis, el triunfo glorioso de Cristo, Rey del universo y de la vida. Celebraremos la gloria esplendorosa de esta creación y de la humanidad, transformada y glorificada por la divinidad de un Dios Trinidad, de un Dios Familia: Padre, Hijo y Santo Espíritu, que es Todopoderoso, que no puede fracasar, que es bueno y nos quiere muchísimo, en expresión de la misma Biblia, al decirnos que nos quiere: "como a las niñas de sus ojos". Llenaros, pues, de alegría y de paz, hermanos.

Este es, pues, el último domingo de este año cristiano. Un año más y un año menos. Un año más, de minutos, días y semanas, tenemos todos en nuestra edad. Los niños y jóvenes se ponen contentos de tener un año más. Con cuanta ilusión queremos cumplir 10 años, cuando tenemos aun 9; o 15, cuando tenemos 14; o 21, cuando tenemos 20, porque nos consideran, entonces, mayores de edad.

Todos tenemos un año más!. También todos tenemos un año menos. Un año menos nos falta para llegar al final. Para los que no creen, es un año menos para llegar al desastre total de la vida con la maldita muerte inevitable, según ellos. Para los que creen, un año menos para llegar a la meta cual buenos atletas, y contentos de llegar a la meta por el premio que allí nos aguarda. Como dice San Pablo, escribiendo a su amigo Timoteo en su segunda carta (4, 6-8) "Yo estoy a punto de que me llegue la muerte y se acerca el momento de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, siempre he sido fiel a la fe. Desde ya, me está preparada la corona de los santos, con que me premiará aquel día el Señor, justo juez; y conmigo la recibirán todos aquellos, que han esperado su venida gloriosa"

A ti ¿te asusta, te ilusiona o te deja indiferente haberte aproximado 365 días de  tu final? Sabes los días de tu vida, que han pasado, que has vivido. Lo malo, es que no sabes los que te quedan para llegar al final, porque "el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo". Y lo peor y lo mejor es que según el profeta Daniel: "Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para ignominia perpetua". Y esto, tener en cuenta, que no lo digo yo, sino el mismo Dios por boca del profeta Daniel.

Y es normal esta sentencia de Dios, pues, ya que en este mundo no se hace justicia perfecta, como todos deseamos y queremos y hasta lo gritamos en múltiples manifestaciones, al menos, que podamos vivir con la esperanza, que al final, justicia perfecta se hará, porque no es posible, que criminales a sueldo  o violadores salvajes, que si Dios los perdona y los salva del desastre eterno, porque Dios es todo bondad y misericordia, tengan la misma recompensa y la misma gloria que la Virgen María, dolorosa y afligida como nadie al pie de la cruz, o que los apóstoles, o los mártires o nuestra abuela, que fue una santa y ya va de camino, estando de arribada.

En este domingo se trata de profundizar e interiorizar la idea esperanzadora de que nuestro final, a pesar de todos los pesares, va a ser una apoteosis, que va a glorificar a Dios. Dios se va a experimentar Dios por su triunfo, por su éxito irrecusable en esta creación esplendorosa, que habrá alcanzado la perfección total y absoluta. Habrá llegado al punto Omega, que dice Teihlard de Chardin

En forma o estilo apocalíptico, y de revelación sobrecogedora, "porque serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora", el profeta Daniel nos abre la puerta a la esperanza de un más allá. Que la muerte no es el final desastroso, no es el fracaso total.

En su tiempo, el pueblo de Israel, con los hermanos Macabeos a la cabeza, sufre acoso, muerte y derrota por la persecución sangrienta de los Antioco, reyes de Persia. Hoy, nosotros, sufrimos también descalabros y desesperanzas en esta sociedad moderna, donde a veces perdemos las ilusiones y hasta las mismas esperanzas, y nos dan ganas de echarlo todo a rodar, cuando vemos cómo la inmoralidad y procacidad nos las imponen en los mismos hogares, a través de la pequeña pantalla, jugando con nuestros instintos y pasiones y  destruyendo la moral de nuestros hijos, niños y jóvenes; cuando vemos que grupos fuertes de narcotraficantes imponen su ley de muerte con la venta de drogas, enfrentándose y amordazando a los mismos gobiernos, que nosotros hemos elegido para que nos administren con honestidad y justicia y para que nos defiendan; cuando vemos también y sufrimos tantas injusticias, sintiéndonos impotentes y derrotados, como aquel pueblo de Israel ante la persecución a muerte del rey Antioco Epifanes. Hoy ese pueblo de Israel, se llama Congo, Sudán, Afganistán, Irak y así hasta más de cuarenta países en guerra, hoy.

Pero de la misma manera que a los israelitas el profeta Daniel les abrió a la esperanza del triunfo, con la promesa de una nueva vida, de la resurrección, que la vida, pues, no termina con el desastre de la persecución y de la muerte, nosotros también, hoy, al acabarse el año litúrgico, como se acabará nuestra vida terrenal, nos sentimos invadidos por la esperanza alegre de la venida triunfal del Hijo del Hombre: "Cristo Jesús, sobre las nubes, con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos del extremo de la tierra al extremo del cielo".

¿Quiénes son los elegidos? Los que están inscritos en el libro, nos ha dicho el profeta Daniel. Y ¿quiénes están inscritos en el libro? Los que dan, no lo que les sobra de su tiempo, de su vida, de su dinero, sino los que dan su vida, su tiempo y su dinero, como la viuda del domingo pasado, que echó en el arca de las ofrendas del templo todo lo que tenía para vivir. Se quedó sin nada. Solo le quedó la esperanza de que Dios llenaría su corazón y quedaría así inscrita en el libro de los elegidos para la vida eterna, porque en su corazón, llevaba toda su esperanza: el mismo Dios

¿Quiénes están inscritos en el libro de la resurrección? Los que gritan a Cristo con confianza y amor para ver el verdadero sentido de la vida, como el ciego de Jericó, Bartimeo y siguen después a Cristo, como él lo siguió hasta Jerusalén, hasta el Calvario, a diferencia de aquel muchacho rico, que no lo pudo seguir, porque prefirió sus riquezas y se quedó triste con ellas, pues había perdido lo mejor, a Cristo

¿Quiénes están inscritos en el libro de la nueva vida? Los que sirven a todos y ocupan siempre el último lugar. ¿Quiénes están inscritos en el libro del juicio final? Los que no cometen adulterio y son fieles a su cónyuge, a la vida y al trabajo de cada día de manera responsable.

¿Estoy inscrito en este libro? Porque sería un desastre despertar de la muerte para ignominia perpetua, nos ha dicho Daniel, el profeta. "Que la ciencia consumada es que el hombre bien acabe, porque al fin de la jornada, aquel que se salve sabe y el que no, no sabe nada".

Hay, pues resurrección, hay vida eterna, hay esperanza, porque hasta los que dudan haya algo y no acaban de creer, no conciben y no aceptan en cambio, que los mismos muertos queden para siempre tristes, para siempre solos, para siempre muertos, como nos lo expresa y con profunda tristeza e inquietud, Gustavo Adolfo Becquer, chapoteando en el barro oscuro de su ateismo, al decirse e interrogarse y al decirnos, a su vez a nosotros: "Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno?. No sé, no sé, pero hay algo que explicar no puedo, que a la par nos infunde repugnancia y miedo, al dejar tan tristes, tan solos, los muertos". No puede ser, tiene que haber vida eterna, tiene que haber resurrección.

Necesitamos hoy, celebrar la Eucaristía para dar gracias a Dios por la puerta que se nos ha abierto a la esperanza con la resurrección. Su vida, su ser que es alimento eucarístico, fortalecerá nuestro corazón para servir, para gritar y ser fieles a nuestros compromisos sacramentales a partir de nuestro bautismo y lograr así estar inscritos en el libro de la vida, en el libro de los elegidos.   

AMEN.

                           P. Eduardo MTNZ. ABAD, escolapio

                            Correo-e:   edumartabad@escolapios.es


24. DOMINICOS 2003

Jesús en el evangelio a veces utiliza un lenguaje que puede asustar o desconcertar. Por ejemplo, en el evangelio de hoy. Nos habla del final de los tiempos. Dice que el sol se oscurecerá y las estrellas caerán del cielo.

Con estas palabras Jesús no pretende crear miedo o angustia. Solamente quiere que actuemos; que reaccionemos a tiempo. Estos textos del evangelio cumplen su función si nos ayudan a reflexionar. Si nos empujan a cambiar. Si nos motivan a actuar y a vivir de otro modo. Pero no cumplen su función si se utilizan para transmitir miedo y angustia.

Comentario bíblico:

El final del mundo será el triunfo del bien sobre el mal

Iª Lectura: Daniel (12,1-3): Dios triunfa salvando

I.1. La lectura del libro de Daniel nos introduce en un contexto que habla del final de los tiempos, de los tiempos escatológicos. Es la expresión de un mundo apocalíptico, que fue una corriente que aparece en el s. II a. C. con objeto de responder a tiempos difíciles y de angustia para el pueblo elegido. El libro de Daniel no es propiamente el libro de un profeta, sino de un apocalíptico, cuya sintonía con la historia es a veces difícil de descifrar. En esta literatura se habla de una gran conmoción de la historia y se recurre a unos signos extraordinarios para animar a los que sufren y guardan su fidelidad a Dios. Su visión de la historia está sombreada por una visión dualista de la misma que puede llamar a engaño. Este mundo solamente, parece, tiene solución si Dios interviene y termina con todo en beneficio de los buenos, o del pueblo elegido o de los que han impuesto su criterio. Es una solución que tiene ciertos esquemas poco adecuados, aunque, por otra parte, palpita un deseo ardiente de ver a Dios intervenir en la historia que ha creado; y esto es positivo. Pero esa intervención no será según quieren los hombres, sino en la libertad soberana de Dios.

I.2. En nuestra lectura de hoy, Miguel “¿quién como Dios?”, el protector del pueblo según aquella mentalidad, vendrá para proclamar salvación y resurrección para los elegidos. Es en este libro donde aparece por primera vez la resurrección y la vida más allá de la muerte en la fe de Israel. Es esto lo más importante a señalar. Porque en esta lectura apocalíptica hay un mensaje de esperanza y salvación. Es verdad que en aquél momento la teología no daba más de sí, y solamente se proclamaba para los elegidos; pero desde una lectura del Nuevo Testamento, la resurrección y salvación de Dios está abierta a todos los hombres que confían en El.

I.3. Efectivamente, a Israel le costó mucho llegar a una solución de la vida humana después de la muerte. Y eso que tenemos salmos y oraciones que podrían conducir a ver que estaba implicado un mensaje de esperanza más certero en la misma antropología bíblica. Por tanto, si hay resurrección, una vida después de la muerte, una vida en las manos de Dios, entonces los textos e imágenes apocalípticas deben leerse como el resultado de una conquista humana y religiosa, por la cuál se responde al anhelo que todos llevamos en nuestro corazón. Estamos hablando de “experiencias” religiosas de una época y de una cultura. Lo importante es la verdad que en ello hay, no las imágenes míticas con las que se reviste el lenguaje apocalíptico. El oprobio, la condenación, el juicio… es el ropaje de la época para hablar del triunfo de Dios. Pero, como creemos por el mensaje del NT, el triunfo de Dios no tiene que ser necesariamente así; el juicio de Dios sobre los hombres y la historia ha de ser salvando y humanizando.

II ª Lectura: Hebreos (10,11-14.18): Sacrificio nuevo: vida entregada a Dios y a los hombres

II.1. La segunda lectura nos ofrece el último texto de la carta a los Hebreos en este ciclo que está a punto de terminar. Se vuelve a insistir en la diferencia entre el sacerdocio y los sacrificios de la antigua Alianza y el sacerdocio y el sacrificio de Cristo. Lo que el autor de la carta a los Hebreos nos quiere señalar es que los ritos, las ceremonias, los sacrificios de animales, están vacíos porque no consagran nuestra vida al Dios vivo y verdadero. El autor de la carta quiere apoyar su tesis de la fuerza del sacrificio de Cristo que une verdaderamente a Dios y a los hombres, en el Sal 110. Por eso, a diferencia de los sacrificios de la antigua ley, el de Cristo lleva a la perfección (téléioun) lo que deben ser las ofrendas a Dios. No deben ser de animales que nada comprometen ni al que las ofrecía ni a los mismos oferentes (aunque muchos lo hacían muy de corazón). La ofrenda de la vida es lo que vale, como decía Oseas 6,6: “misericordia quiero y no sacrificio; conocimiento de Dios…”.

II.2. Se habla que Cristo está junto al Padre, en el santuario celeste, para interceder por nosotros, porque su sacrificio de amor en la cruz permanece eternamente. Ese es el sacrificio que ha perdonado de antemano los pecados de todos los hombres. Saber que seremos perdonados, pues, es todo un impulso de confianza en el que se muestra que el valor no está en el sacrificio o el rito que se haga, sino en poder estar en comunión con Aquél que ha dado su vida por nosotros. Es muy importante en todo sacrificio lo que uno siente, ¡es verdad! Pero no basta con “sustituir” la comunión con Dios y con los hermanos con cosas externas. Lo externo puede llevarnos a la decadencia o a la inmutabilidad; ofrecemos cosas, pero nuestra mente y nuestro corazón siguen imperturbables a la acción divina y santificadora.

Evangelio: Marcos (13,24-32): La historia se transforma, no se aniquila

III.1. El evangelio de hoy forma parte del discurso apocalíptico de Marcos con que se cierra la actividad de Jesús, antes de entrar en la pasión. Es propio de la liturgia con la que culmina el año litúrgico usar esos textos apocalípticos que plantean las cuestiones finales, escatológicas, del mundo y de la historia. Jesús no fue muy dado a hablar de esta forma, pero en la cultura de la época se planteaban estos asuntos. Por ello le preguntan sobre el día y la hora en que ha de terminar este mundo. Jesús –según Marcos-, no lo sabe, no lo dice, simplemente se recurre al lenguaje simbólico de los apocalípticos para hablar de la vigilancia, de estar alertas, y de mirar “los signos de los tiempos”. No podemos negar que aquí hay “palabras” de Jesús, pero hoy se reconoce que la comunidad primitiva, algunos círculos de profetas-apocalípticos, cultivaron estos dichos de Jesús y los acomodaron a su modo de vivir en una itinerancia constante y en la adversidad y el rechazo de su mensaje de Dios.

III.2. Tenemos que reconocer que Mc 13, lo que se llama el apocalipsis sinóptico, se presta a muchas interpretaciones de distinto perfil histórico, literario y teológico. Se reconoce que no es propiamente de Jesús, sino de los cristianos que, ante una crisis, de guerra, de persecución, escribieron este texto. Pusieron palabras de Jesús que se mantenían en la tradición para tratar de afrontar los problemas que se presentaban para judíos y cristianos. Es posible que la base del mismo pueda explicarse en la crisis de Calígula el 40 d. C., en tiempos de Petronio, legado de Siria, para llevar a cabo la orden de poner una estatua del emperador en el templo para ser adorado como dios. Esta es una hipótesis entre otras, pero razonable. No obstante no todo el texto se explica en este momento. Posteriormente y separados ya judíos y cristianos, se vuelve sobre este texto ante nuevas dificultades. Las opiniones son muy diversas y, a veces, extravagantes. El cristianismo primitivo estuvo muy influenciado por la corriente apocalíptica. Esto no se niega. Pero la solución de la historia y de la vida de los hombres no debería tomarse al pie de la letra todo esto. Pero una cosa sí es cierta: ante la tiranía todo los hombres de cualquier clase y religión estamos llamados a resistir en nombre de Dios.

III.3. Los signos de los tiempos siempre han sido un criterio profético de discernimiento de cómo vivir y de qué esperar. ¿Por qué? Porque los profetas pensaban que Dios no había abandonado la historia a una suerte dualista donde la maldad podría imponerse sobre su proyecto de creación, de salvación o liberación. Pero los signos de los tiempos hay que saberlos interpretar. Es decir, hay que saber ver la mano de Dios en medio del mundo, en nuestra vida personal y en la de los demás. La historia se “transforma” así, no acaba ni tiene por qué acabar de buenas a primeras con una catástrofe mundial. Y Dios interviene en la historia “por nosotros” y nunca “contra nosotros”. De la misma manera que el anuncio del “reino de Dios” por parte de Jesús -su mensaje fundamental-, es una convicción de su providencia y de su fidelidad a los hombres que hacen la historia.

III.4. Cierto tipo de mentalidades siempre han creído y propagado que el final del mundo vendrá con una gran catástrofe en la que todo quedará aniquilado. Pero eso no nos obliga necesariamente a creer que eso será así. Dios tiene sus propios caminos y sus propias maneras de llevar hacia su consumación esta historia y nuestra vida. El discurso está construido sobre palabras de Daniel 7,13-14 en lo que se refiere a venida del Hijo del Hombre. Sin embargo, en los términos más auténticos de Jesús se nos invita a mirar los signos de los tiempos, como cuando la higuera echa sus brotes porque el verano se acerca; a descubrir un signo de lo que Dios pide en la historia. Dios tiene sus propios caminos para poner de manifiesto que en esta historia nada pasa desapercibido a su acción y de que debemos vivir con la espera y la esperanza del triunfo del bien sobre el mal; que no podemos divinizar a los tiranos ni deshumanizar a los hijos de Dios. Los tiranos no pueden ser dioses, porque todos los hombres son “divinos” como imagen de Dios. Así es como se transformará esta historia a imagen del “reinado de Dios” que Jesús predicó y a lo que dedicó su vida.

Miguel de Burgos, OP
mdburgos.an@dominicos.org

Pautas para la homilía

Fr. Ricardo de Luis Carballada, OP
ricardodeluis@dominicos.org


25. 2003

REUNIRÁ A SUS ELEGIDOS DE LOS CUATRO VIENTOS.

Comentando la Palabra de Dios

Dn. 12, 1-3. Por aquel tiempo se salvará tu pueblo. Dios nos creó para que vivamos con Él eternamente, hechos hijos suyos por nuestra unión con su Hijo único. Efectivamente Dios envió a su Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La Iglesia de Cristo, participando de las tribulaciones y persecuciones de su Señor, se encamina, junto con Él, a la participación de la Gloria del Padre. Pues Dios no se olvida de nosotros, sino que vela por nosotros para librarnos de la muerte y de la mano de todos los que nos odian. Dios nos quiere como luz que brille por toda la eternidad porque su justicia esté en nosotros. Por eso permitamos que Dios lleve a buen término su obra de salvación en nosotros.

Sal. 15. Nuestra vida está en manos del Señor y Él vela por los que son suyos. Él no nos creó para la muerte sino para la vida. Por eso, aun cuando hayamos muerto, tenemos la certeza de que nos resucitará para que vivamos con Él eternamente. Por medio de Cristo, que dio su vida por nosotros, y que resucitó de entre los muertos por su filial obediencia, Dios nos enseña cuál es el camino que hemos de seguir para que, al final, nos saciemos de gozo en su presencia y de alegría perpetua a su derecha. Muchos han recibido como herencia tierras y bienes materiales. Nuestra herencia, en cambio, es el Señor. Él es nuestro y nosotros somos de Él. Ojalá y no perdamos esa nuestra herencia a causa de rechazar al Señor queriendo seguir nuestros pensamientos y deseos equivocados.

Heb. 10, 11-14. 18. Cristo, con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Así, quienes hemos aceptado esa salvación y permanecemos firmes en nuestra fe en Cristo podemos, ya desde ahora, contarnos entre los elegidos de Dios. Por medio de la muerte redentora de Cristo hemos sido liberados del pecado y sus consecuencias. A nosotros corresponde no volver a esclavizar nuestra vida al autor del pecado y de la muerte, la serpiente antigua o Satanás, pues ya no somos hijos de la ira, sino de la Gracia, que Jesús nos adquirió con su Sangre. Por eso aguardemos alegres el glorioso advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, cuando reúna a los suyos para llevarlos, junto con Él, a la Gloria del Padre. Procuremos, pues, manifestarnos ya desde ahora, como criaturas renovadas en Cristo Jesús, libres de la corrupción del pecado y llenos del amor de Dios y del amor fraterno.

Mc. 13, 24-32. El Señor reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo. Entonces los impíos sabrán que los justos no habían muerto, sino que están en paz y que no les alcanzará tormento alguno. Entonces conoceremos que la Palabra de Dios, manifestada en la fragilidad de nuestra carne mortal, realmente es una Palabra salvadora, santificadora y eficaz; pues si el cumplimiento de la Palabra de Dios, manifestada en la Ley , conduce al encuentro del Señor como Salvador, quien acepte a Cristo Jesús, Palabra enviada a nosotros por el Padre Dios, y lo escuche dejándose conducir por Él, tiene ya en sí la salvación que Dios ofrece al mundo, pues no hay otro Camino, ni otro Nombre en el que el hombre pueda salvarse. El que es fiel a Cristo, a su Palabra y al Camino de Salvación que nos manifestó con su propia Vida, ha alcanzado ya la salvación, pues para eso vino Cristo: para que cuantos lo reciban tengan la potestad de llegar a ser hijos de Dios.
Vivamos con la mirada puesta en Dios; vigilantes pero sin miedos, sino llenos de amor para cuando el Señor venga. No nos dejemos embaucar por charlatanes, ni por falsas revelaciones, ni por falsos profetas que hablen sobre la inminencia de la segunda venida del Señor, pues nadie conoce ni el día ni la hora. Más bien procuremos que la Palabra de Dios llegue a su cumplimiento entre nosotros haciéndonos santos como Dios es Santo, y llevándonos a la madurez del Hijo de Dios para poder gozar, junto con Él, de la Gloria de su Padre y Padre nuestro.

La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.

En la Eucaristía manifestamos nuestra fe en Jesús, y nos comprometemos a trabajar por construir constantemente su Reino entre nosotros hasta que Él vuelva. Mediante la ofrenda de Cristo, que celebramos en este Memorial de su Pascua, somos santificados por el Señor y ofrecidos al Padre como ofrenda de suave aroma. Por eso no venimos a la Eucaristía como espectadores, sino como quien haciendo suya la ofrenda del Señor, se ofrece, junto con Él, al Padre en favor de la redención de todos los hombres, sabiendo que nuestros sacrificios y nuestra entrega llena de amor por los demás, han sido asumidos por Cristo en la hora suprema de su Cruz. Ofrezcamos, pues, nuestra vida junto con Cristo al Padre. Estemos dispuestos a ofrecer nuestro cuerpo y a derramar nuestra sangre para que la Salvación llegue a todos. Así, unidos al Señor de la Iglesia, estamos seguros de que no seremos juzgados ni condenados, sino que, junto con Él, seremos herederos de la Vida que Él ha recibido de su Padre Dios.

La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.

La Iglesia de Cristo debe cumplir la Misión que se le ha confiado de proclamar el Evangelio del Señor. Nosotros somos aquellos que han sido enviados a convocar a todos los hombres de los cuatro puntos cardinales para conducirlos a Cristo y para que, así, puedan aceptarlo en su vida y Él los convierta en elegidos de Dios para la Vida eterna. No defraudemos la confianza que Dios ha depositado en la Iglesia de su Hijo, al enviarla a proclamar el Evangelio a toda criatura. El Señor nos pide que, como Él, vayamos y liberemos a su Pueblo de sus angustias y tribulaciones, manifestándole, con nuestras obras, el amor que Dios le tiene. Si por cumplir con esa Misión hemos de renunciar incluso a nuestra propia vida, a nosotros mismos y tengamos que derramar nuestra sangre por Cristo, no nos hemos de acobardar ni dar marcha atrás sabiendo que nada, ni nadie podrá, finalmente, separarnos del amor que Dios nos tiene. Si proclamamos el Nombre de Dios y construimos su Reino entre nosotros, debemos vivir amándonos como hermanos. No queramos profesar nuestra fe en el Señor y esperar gozar de Él mientras asesinemos a los inocentes, o le hagamos más pesada la vida a los pobres y necesitados. Si tenemos a Cristo en nosotros, si su amor está en nosotros, caminemos, no guiados por nuestras malas inclinaciones, sino por su Espíritu Santo hasta llegar a gozar, juntos, de la alegría eterna en el Señor.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de estar preparados para la venida del Señor. Que cuando Él vuelva nos encuentre fraternalmente unidos y trabajando incansablemente para que su Reino se haga realidad entre nosotros. Amén.

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26. CLARETIANOS 2003

¿Quién salvará al Pueblo de Dios?

¿A quién se refiere el Señor cuando habla de "su Pueblo"? ¿Quiénes son hoy "pueblo de Dios"? Llamamos "pueblo" a todos aquellos que renuncian al individualismo, al sectarismo, a formar grupos de interés o mafias, o grupos de presión. "Pueblo" es el resultado de un acontecimiento de sucesivos encuentros, de puestas en común, de diálogo de ideas, de sentimientos, de vida. Hay pueblo allí donde todos se aglutinan y renuncian a vivir desparramados o enfrentados. Si a esta palabra "pueblo" añadimos "de Dios", ya podemos suponer que este "pueblo" está más allá de las naturales divisiones culturales y geográficas. Llamamos "pueblo de Dios" a la reunión -desde los cuatro puntos cardinales- de todos aquellos que están separados, dispersos. El "pueblo de Dios" es el sueño de una humanidad reconciliada, encontrada y no perdida, de un mundo unido y no dividido en varios mundos.

No tenemos fácil "hoy" la unión de los dispersos. Da la impresión de que el "sueño de Dios", su pueblo está sometido a las fuerzas más dispares que lo des-centran, lo dividen, lo desparraman. Los "intereses particulares", la defensa e imposición de las propias ideas, los propios proyectos, la propia visión de las cosas, el propio ritmo, destruyen el pueblo de Dios. Hay quienes desean un "pueblo de Dios" de sometidos, un ejército de servidores y ejecutores, un grupo de humildes siervos y siervas que, en nombre de una supuesta espiritualidad, acatan las órdenes superiores -las impuestas por pequeñas aristocracias u oligarquías-. Sin embargo, el pueblo de Dios es definido como "Pueblo de Reyes, Asamblea Santa, Pueblo Sacerdotal". Ese pueblo es un Cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Cada miembro tiene su función. A los miembros más débiles se les reviste de más esplendor y cuidado, se los honra más. Los miembros más aparentes ¡no lo necesitan! (1 Cor 12). Un pueblo así, en el que cada miembro siente reconocida y apoyada su dignidad bautismal, su filiación divina, su consagración por el Espíritu, no puede ser dirigido como un ejército, sino como un Parlamento de Parlamentarios de Dios. "A nadie llaméis Jefe... Maestro... ¡Uno solo es vuestro Jefe, vuestro Maestro. ¡Todos vosotros sois hermanos!"

Los tiempos que vivimos no son fáciles. No pocos ven cómo se pasa el tiempo y el pueblo de Dios no crece hacia adentro. No se favorece la cultura del diálogo, del mutuo aprecio y encuentro, sino de la exclusión. Tarea de los Pastores es reunir a las ovejas, como los Ángeles del Hijo del Hombre. No que todas las ovejas se reúnan en torno a ellos y a sus mandatos para evitarles el trabajo de buscarlas. No están los miembros del pueblo de Dios al servicio de sus dirigentes, sino los dirigentes al servicio del Pueblo de Dios. Tarea pastoral es buscar las ovejas dispersas y regenerar el tejido de la comunión y no pedirle a las ovejas dispersas que se reúnan en torno a quienes ejercen esa función. Nos dice el Evangelio que un día vendrá el Hijo del Hombre en las nubes y nos reunirá y salvará el fantástico proyecto del Pueblo de Dios, tan amenazado.

Pensamos, no pocas veces, que las amenazas contra el pueblo de Dios vienen "de afuera", de "los malos" de nuestro mundo. Sin embargo, quizá ese mundo malo lo llevamos interiorizado. La envidia es un demonio que enfrenta a los hermanos. Los celos pueden tornar violentos y homicidas a los amantes. La avaricia puede llevar al desprecio más absoluto del otro. La ira quiere destruir las pretensiones del otro. La lujuria vuelve violentos y despreciativos, insaciables y repetitivos a los cuerpos en celo. La ambición es ciega y no tiene ojos para discernir lo que Dios quiere de su pueblo, ni para potenciar los carismas de los otros. Estos "demonios" destruyen al Pueblo de Dios y no están afuera, sino dentro de nosotros mismos. ¿Quién salvará al pueblo de Dios? Jesús nos dice: ¡Aprended la parábola de la higuera! Hay señales indicadoras del acabamiento de un mundo que no tiene futuro y la llegada de lo nuevo.

El Hijo del hombre, Jesús, es el único Juez. Èl nos pedirá cuentas. Ante Èl quedará la mentira y la maldad al descubierto. Él nos juzgará a partir del criterio del amor, de la comunión auténtica y no la exclusión, a partir del criterio de la compasión y no de la discriminación. Ante Él todos somos dignos del mayor aprecio. Para Él los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. No juzgará por apariencias. De poco servirán en su presencia los signos externos de poder, ni el haber pronunciado muchas veces su nombre (¡Señor, Señor!), ni el haber comido muchas veces a su Mesa. El Juicio del Hijo del Hombre reunirá a quienes han sido marginados, pondrá al Pobre Lázaro en su verdadero lugar, al Niño en el centro del Reino. A los otros, a los que han sido malos Pastores, a quienes no han sabido vigilar y esperar, los excluirá. Unos resucitarán para la Vida, otros para la Ruina.

Este Domingo nos invita a ser Pueblo de Dios, antes que cualquier otro adjetivo, a encontrarnos más allá de cualquier diferencia, a sellar la paz entre todos, a renunciar al favoritismo y cualquier tipo de violencia, a reconocer los dones de los demás y amarlos más que los propios, a dar la vida unos por otros, a intercambiar nuestros dones... a ser como niños... a reunirnos.

P. JOSÉ CRISTO REY GARCÍA PAREDES


27. 2003

LECTURAS: DN 12, 1-3; SAL 15; HEB 10, 11-14. 18; MC 13, 24-32

REUNIRÁ A SUS ELEGIDOS DE LOS CUATRO VIENTOS.

Comentando la Palabra de Dios

Dn. 12, 1-3. Por aquel tiempo se salvará tu pueblo. Dios nos creó para que vivamos con Él eternamente, hechos hijos suyos por nuestra unión con su Hijo único. Efectivamente Dios envió a su Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La Iglesia de Cristo, participando de las tribulaciones y persecuciones de su Señor, se encamina, junto con Él, a la participación de la Gloria del Padre. Pues Dios no se olvida de nosotros, sino que vela por nosotros para librarnos de la muerte y de la mano de todos los que nos odian. Dios nos quiere como luz que brille por toda la eternidad porque su justicia esté en nosotros. Por eso permitamos que Dios lleve a buen término su obra de salvación en nosotros.

Sal. 15. Nuestra vida está en manos del Señor y Él vela por los que son suyos. Él no nos creó para la muerte sino para la vida. Por eso, aun cuando hayamos muerto, tenemos la certeza de que nos resucitará para que vivamos con Él eternamente. Por medio de Cristo, que dio su vida por nosotros, y que resucitó de entre los muertos por su filial obediencia, Dios nos enseña cuál es el camino que hemos de seguir para que, al final, nos saciemos de gozo en su presencia y de alegría perpetua a su derecha. Muchos han recibido como herencia tierras y bienes materiales. Nuestra herencia, en cambio, es el Señor. Él es nuestro y nosotros somos de Él. Ojalá y no perdamos esa nuestra herencia a causa de rechazar al Señor queriendo seguir nuestros pensamientos y deseos equivocados.

Heb. 10, 11-14. 18. Cristo, con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Así, quienes hemos aceptado esa salvación y permanecemos firmes en nuestra fe en Cristo podemos, ya desde ahora, contarnos entre los elegidos de Dios. Por medio de la muerte redentora de Cristo hemos sido liberados del pecado y sus consecuencias. A nosotros corresponde no volver a esclavizar nuestra vida al autor del pecado y de la muerte, la serpiente antigua o Satanás, pues ya no somos hijos de la ira, sino de la Gracia, que Jesús nos adquirió con su Sangre. Por eso aguardemos alegres el glorioso advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, cuando reúna a los suyos para llevarlos, junto con Él, a la Gloria del Padre. Procuremos, pues, manifestarnos ya desde ahora, como criaturas renovadas en Cristo Jesús, libres de la corrupción del pecado y llenos del amor de Dios y del amor fraterno.

Mc. 13, 24-32. El Señor reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo. Entonces los impíos sabrán que los justos no habían muerto, sino que están en paz y que no les alcanzará tormento alguno. Entonces conoceremos que la Palabra de Dios, manifestada en la fragilidad de nuestra carne mortal, realmente es una Palabra salvadora, santificadora y eficaz; pues si el cumplimiento de la Palabra de Dios, manifestada en la Ley , conduce al encuentro del Señor como Salvador, quien acepte a Cristo Jesús, Palabra enviada a nosotros por el Padre Dios, y lo escuche dejándose conducir por Él, tiene ya en sí la salvación que Dios ofrece al mundo, pues no hay otro Camino, ni otro Nombre en el que el hombre pueda salvarse. El que es fiel a Cristo, a su Palabra y al Camino de Salvación que nos manifestó con su propia Vida, ha alcanzado ya la salvación, pues para eso vino Cristo: para que cuantos lo reciban tengan la potestad de llegar a ser hijos de Dios.
Vivamos con la mirada puesta en Dios; vigilantes pero sin miedos, sino llenos de amor para cuando el Señor venga. No nos dejemos embaucar por charlatanes, ni por falsas revelaciones, ni por falsos profetas que hablen sobre la inminencia de la segunda venida del Señor, pues nadie conoce ni el día ni la hora. Más bien procuremos que la Palabra de Dios llegue a su cumplimiento entre nosotros haciéndonos santos como Dios es Santo, y llevándonos a la madurez del Hijo de Dios para poder gozar, junto con Él, de la Gloria de su Padre y Padre nuestro.

La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.

En la Eucaristía manifestamos nuestra fe en Jesús, y nos comprometemos a trabajar por construir constantemente su Reino entre nosotros hasta que Él vuelva. Mediante la ofrenda de Cristo, que celebramos en este Memorial de su Pascua, somos santificados por el Señor y ofrecidos al Padre como ofrenda de suave aroma. Por eso no venimos a la Eucaristía como espectadores, sino como quien haciendo suya la ofrenda del Señor, se ofrece, junto con Él, al Padre en favor de la redención de todos los hombres, sabiendo que nuestros sacrificios y nuestra entrega llena de amor por los demás, han sido asumidos por Cristo en la hora suprema de su Cruz. Ofrezcamos, pues, nuestra vida junto con Cristo al Padre. Estemos dispuestos a ofrecer nuestro cuerpo y a derramar nuestra sangre para que la Salvación llegue a todos. Así, unidos al Señor de la Iglesia, estamos seguros de que no seremos juzgados ni condenados, sino que, junto con Él, seremos herederos de la Vida que Él ha recibido de su Padre Dios.

La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.

La Iglesia de Cristo debe cumplir la Misión que se le ha confiado de proclamar el Evangelio del Señor. Nosotros somos aquellos que han sido enviados a convocar a todos los hombres de los cuatro puntos cardinales para conducirlos a Cristo y para que, así, puedan aceptarlo en su vida y Él los convierta en elegidos de Dios para la Vida eterna. No defraudemos la confianza que Dios ha depositado en la Iglesia de su Hijo, al enviarla a proclamar el Evangelio a toda criatura. El Señor nos pide que, como Él, vayamos y liberemos a su Pueblo de sus angustias y tribulaciones, manifestándole, con nuestras obras, el amor que Dios le tiene. Si por cumplir con esa Misión hemos de renunciar incluso a nuestra propia vida, a nosotros mismos y tengamos que derramar nuestra sangre por Cristo, no nos hemos de acobardar ni dar marcha atrás sabiendo que nada, ni nadie podrá, finalmente, separarnos del amor que Dios nos tiene. Si proclamamos el Nombre de Dios y construimos su Reino entre nosotros, debemos vivir amándonos como hermanos. No queramos profesar nuestra fe en el Señor y esperar gozar de Él mientras asesinemos a los inocentes, o le hagamos más pesada la vida a los pobres y necesitados. Si tenemos a Cristo en nosotros, si su amor está en nosotros, caminemos, no guiados por nuestras malas inclinaciones, sino por su Espíritu Santo hasta llegar a gozar, juntos, de la alegría eterna en el Señor.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de estar preparados para la venida del Señor. Que cuando Él vuelva nos encuentre fraternalmente unidos y trabajando incansablemente para que su Reino se haga realidad entre nosotros. Amén.

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28. INSTITUTO DEL vERBO ENCARNADO

San Agustín 

SERMÓN 97: EL PENSAMIENTO DE LA MUERTE

Sobre las palabras del Evangelio de San Marcos (13,32): Mas acerca de aquel día u hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.

1. PREPARACIÓN PARA EL ULTIMO DÍA.—Este aviso, hermanos, que la Escritura nos acaba de hacer sobre la necesidad de vivir en guardia respecto al último día, debe cada cual entenderlo del suyo, no sea que, viendo aún lejano el último día del mundo, vuestro día final os tome a vosotros dormidos. Sobre el día último del mundo, ya veis qué dice el Señor: Que no le conocen ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Gran cuestión ciertamente; fuera, empero, juzgar muy a lo carnal figurarse que sabe alguna cosa el Padre y la ignora su Hijo. Es indudable, Pues que al decir: El Padre lo sabe, quiso darnos a entender que también el Hijo lo sabe en su Padre. ¿Puede haber o suceder en día alguno cosa no hecha por el Hijo, que hizo el día? Nadie por ende, trate de saber cuándo vendrá el último día; más bien velemos todos los días, viviendo bien para que nuestro último día nos tome apercibidos; pues como salga uno de aquí en su día último, tal se hallará el día final del mundo. A cada cual sus obras, o le sacarán a flote, o le hundirán hasta el fondo.

2. LA MORTALIDAD, MOTIVO DE HUMILDAD. — ¿Cómo pues, hemos podido cantar en el salmo: Tened piedad de mí, ¡oh Señor!, porque me ha pisoteado el hombre? Hombre aquí se dice quien vive a lo humano; quienes viven a lo divino son llamados dioses: Dioses sois e hijos todos del Altísimo; en tanto que a los réprobos, que, llamados a ser hijos de Dios, prefirieron ser hombres, o digamos, vivir a lo humano, les dice: Pero vosotros moriréis como hombres y caeréis como uno de los príncipes. Si, en efecto, es mortal el hombre, ¿no debe ser ello motivo de ordenar bien su vida, más que de jactarse? ¿De qué se ufana este gusano que mañana morirá? Digo a vuestra caridad, hermanos míos, que aun del diablo tienen los hombres orgullosos que aprender a ruborizarse. El, aunque soberbio, es inmortal; espíritu, aunque maligno, y para el último día le aguarda un fallo condenatorio; pero esta muerte que a nosotros nos aflige, él no la padece; al hombre fue a quien se le dijo: Morirás de muerte. Use, pues, bien el hombre de este castigo. ¿Qué significa “use bien de este castigo”? Que no haga razón de orgullo lo mismo que mereció el castigo; que su condición de mortal le sirva para quebrar su altivez, y vea se dirigen a él estas palabras: ¿De qué te ensoberbeces, polvo y ceniza? El diablo, aunque soberbio, no es tierra y ceniza. Para prevenir al hombre contra la soberbia se le dijo: Pero vosotros moriréis como hombres y caeréis corno uno de los príncipes. No reflexionáis que, soberbios como el diablo, sois, sin embargo, mortales. Use, pues, bien el hombre de su castigo, hermanos; use bien de su mal, y le será de provecho. ¿Quién ignora que la necesidad de morir no es sino un castigo, que agrava la incertidumbre del cuándo? Muerte cierta y hora incierta; no hay entre todas las cosas humanas una más cierta que la incertidumbre de la muerte.

3. SÓLO LA MUERTE ES CIERTA. —Lo demás, bienes y males, incierto es; sólo es cierta la muerte. Voy a explicarme. Es concebido un niño: tal vez nace, tal vez es abortado. Sigue la incertidumbre: tal vez crece, tal vez no crece; tal vez llegue a viejo, tal vez no llegue a viejo; tal vez será rico, tal vez será pobre; tal vez honrado, tal vez humillado; tal vez tendrá hijos, tal vez no los tendrá; tal vez tomará mujer, tal vez no la tomará, y por ahí cuantos bienes nombres. Vuelve los ojos a los males: tal vez enferme, tal vez no enferme; tal vez le muerda una serpiente, tal vez no le muerda; tal vez sea devorado por una fiera, tal vez no sea devorado. En todos los males, a donde mires hay también un quizá sí y un quizá no. ¿Puedes, en cambio, decir: “Quizá morirá, quizá no”? Cuando los médicos examinan a un enfermo y hallan ser enfermedad de muerte, dicen: “Muere; de ésta no sale.” Así el hombre; desde su nacimiento hay que decir: “No escapa.” Empieza a enfermar cuando nace; al morir cesa, es cierto, la dolencia; pero ignora si no le aguarda otra peor. Había concluido el rico su vida deliciosa y empezó la tormentosa. En cambio, al pobre se le acabó la enfermedad y le empezó la sanidad. Mas lo que había de tener después aquí lo escogió; allí cosechó lo que aquí plantó. Por eso, mientras vivimos, debemos estar alerta; es aquí donde habemos de escoger lo que allá hemos de tener.

4. NUESTRA VICTORIA SOBRE EL MUNDO. —No amemos, pues, el mundo. El mundo, lejos de hacernos felices, es tirano para sus amigos. Trabajemos, más que para evitar su derrumbamiento, para evitar nos coja debajo. Si el mundo se derrumba, el cristiano sigue en pie; Cristo no se viene abajo. ¿Cuál es, en efecto, la razón de haber dicho Cristo: Alegraos, porque yo vencí al mundo? Nosotros pudiéramos responderle: “Alégrate tú, porque tú eres el vencedor y tuyo debe ser el gozo; mas nosotros, ¿por qué? ¿Por qué nos dice: Alegraos, sino porque venció para nos otros y por nosotros luchó?” “¿Cuándo luchó?” “Cuando asumió al hombre.” Imagínate que no nació de la Virgen, ni se anonadó a sí mismo, tomando naturaleza de siervo, haciéndose en lo exterior, semejante a los hombres; ¿cómo hubiera luchado? ¿Cómo hubiera combatido? ¿Cómo pudiera ser tentado y alcanzar la victoria sin dar la batalla? En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Al principio estaba en Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él no se hizo nada. ¿Hubiera este Verbo podido ser crucificado por los judíos? ¿Hubiéranle podido insultar los impíos? ¿Hubiera sido azotado? ¿Hubiera sido coronado de espinas? Para sufrir todo esto, se hizo carne el Verbo, y, después de sufrirlo, la resurrección coronó su victoria. Y, asegurándonos la gracia de resucitar nosotros, su victoria se hizo nuestra. Dile, pues; dile aún a Dios: Tened misericordia de mí, Señor, porque me ha pisoteado el hombre. No te pisotees tú a ti mismo, que ningún hombre te vencerá. Supón, en efecto, que un hombre poderoso te amenaza. ¿De qué? “Voy a despojarte, voy a condenarte, voy a darte tormento, voy a matarte...” Supón que tú gritas: Tened piedad de mí, Señor, porque el hombre me ha pisoteado. La verdad es que nadie te pisotea, sino tú a ti mismo; temer las amenazas de un hombre es dejarse pisotear de un muerto; te pisotea el hombre, mas no te pisoteara si tú no fueras tan hombre. ¿Qué remedio hay, pues? Asirte a Dios, por quien fue creado el hombre; asirte a él, apoyarte en él, pedirle sea tu fortaleza. Dile: “En ti, Señor, está mi fortaleza.” Y entonces te reirás de las amenazas de los hombres y cantarás lo que Dios mismo dice has de cantar: En Dios esperaré; no temeré a lo que haga conmigo el hombre.

(San Agustín, Sermón 97, Obras de San Agustín, tomo VII, B.A.C., Madrid, 1965, 649-653)

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San Juan Crisóstomo
 

HOMILÍA 77

De la higuera debéis aprender la parábola; cuando ya sus ramas se tornan blandas y echa la hoja, conocéis que la primavera está cerca. Así vosotros: Cuando veáis cumplirse todo esto, sabed que el Hijo del hombre está llamando a la puerta (Mt 24, 32ss).

La parábola de la higuera

1. Como quiera que el Señor había dicho a sus discípulos: Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días..., y ellos justamente buscaban saber después de cuánto tiempo y aun deseaban propiamente saber el día en que había de venir, de ahí que les pone el ejemplo de la higuera, para darles a en tender que el intervalo no había de ser largo, sino que seguidamente llegaría su venida. Lo cual no se lo dio a entender sólo por la parábola, sino por la misma explicación que les hizo de ella diciendo: Sabed que está ya llamando a la puerta. Por ella profetiza también otra espiritual primavera y calma que en aquel día ha de venir para los justos después del invierno de la presente vida; todo lo contrario a los pecadores, para quienes vendrá el invierno después de la primavera. Así lo pone seguida mente de manifiesto cuando dice que el día del juicio los sorprenderá entre deleites. Mas no fue manifestarles el plazo de su venida la sola razón de ponerles la parábola de la higuera, pues pudo muy bien haberles representado eso de otro modo, sino que quiso también darles la certeza de que su palabra se cumpliría absolutamente. Tan forzoso como que llegue la primavera, será también la venida del Hijo del hombre. En realidad, siempre que el Señor nos habla de algo que forzosamente ha de cumplirse, suele aducir los fenómenos de la naturaleza, que rige la necesidad, y lo mismo, a su imitación, el bienaventurado Pablo. Así, hablando de su resurrección dice: El grano de trigo, si no cae a tierra y muere, él se queda solo: pero si muere, produce mucho fruto. E instruido por el Señor, el bien aventurado Pablo usa de ese mismo ejemplo cuando habla de la resurrección a los corintios: Insensato lo que tú siembras no se vivifica si antes no muere.

Esta generación no pasará

Seguidamente, por que no vinieran corriendo a preguntarle otra vez: ¿Cuándo?, Él les recuerda lo que ya les había antes dicho, y afirma: En verdad os digo que no ha de pasar esta generación sin que todo esto se cumpla. ¿Qué todo esto, dime? La ruina de Jerusalén, la guerra, el hambre, la peste, los terremotos, los seudocristos y seudoprofetas la propagación por doquier del Evangelio, las disensiones, las turbaciones y todo lo demás que hemos dicho ha de suceder hasta el momento de su advenimiento. Entonces me dirás — ¿Cómo dijo esta generación? — Porque no hablaba de la generación que a la sazón vivía, sino de la generación de los cristianos, porque el Señor sabe que una generación no se caracteriza sólo por el tiempo, sino también por la manera de su culto y de su vida. Así cuando dice el salmista: Ésta es la generación de los que buscan al Señor. Ahora bien, lo que antes había dicho: Es menester que todo esto se cumpla; y luego: Se predicará este evangelio, eso mismo pone aquí de manifiesto diciendo que todo esto sucederá infaliblemente y que permanecerá la generación de los creyentes, sin que nada de lo dicho pueda destruirlos, mientras Jerusalén perecerá y la mayor parte de los judíos desaparecerán. La generación, empero, de los fieles, nada será capaz de vencerla: ni el hambre, ni la peste, ni los terremotos, ni las perturbaciones de las guerras, ni los seudocristos y seudoprofetas, ni los impostores, ni los traidores, ni los escandalosos, ni los falsos hermanos, ni otra prueba semejante.

El Cielo y la tierra pasarán

Luego, para afianzar más y más su fe, les dice: El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán. Es decir, más fácil es que elementos tan firmes e inconmovibles desaparezcan, que no que se pierda una sola de mis palabras. El que quiera contradecirlo, examine las palabras del Señor, y, si las encuentra verdaderas —y las encontrará absolutamente—, por lo pasado crea también en lo porvenir. Examínelo todo minuciosamente y verá cómo los hechos dan testimonio de la verdad de la profecía. Ahora bien, si el Señor aduce los elementos, lo hace para poner, por una parte, de manifiesto cómo la Iglesia es más preciosa que el cielo y la tierra y para mostrarnos, por otra, que Él es el creador del universo. Y es que, como hablaba del fin del mundo, cosa que muchos se negaban a creer, El aduce el cielo y la tierra, a fin de demostrar su poder inefable y manifestar con absoluta autoridad que es Señor del Universo, y hacer así creíble sus palabras aun para los más vacilantes.

La ignorancia del día del juicio

Ahora bien, acerca de aquel día y de aquella hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Decir el Señor que ni los ángeles saben el día del juicio y fin del mundo, era cerrar la boca a sus discípulos para que no le fueran a preguntar lo que ni los ángeles sabían; mas al decirles que ni el Hijo lo sabe, les prohíbe no sólo saberlo ellos, mas también el querer saberlo. Que ésta es la razón por que se lo dijo, se ve por lo que hace después de la resurrección, pues viéndolos aún más curiosos, les tapa más enérgicamente la boca. Por que aquí les adujo muchas e infinitas pruebas, pero allí les replicó simplemente; No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos... Luego, por que no dijesen: Nos ha rechazado, porque hemos dudado y no somos dignos de esta revelación, prosiguió Jesús: Que el Padre se reservó para su propio poder. A la verdad, nada interesaba tanto al Señor como honrar a sus discípulos y no ocultarles cosa alguna. De ahí que ese conocimiento se lo reserva al Padre, significando, por un lado, lo terrible de la cosa y cerrándoles a par el paso a toda pregunta sobre ella. Porque de no ser así, de admitir que realmente ignora Cristo el día, ¿cuándo lo sabrá? ¿Acaso a la vez que nosotros? ¿Y quién se atreverá a decir eso? ¿Él, que conoce claramente al Padre, con la misma claridad que el Padre al Hijo, ¿ha de ignorar el día? Por otra parte: el Espíritu indaga hasta las profundidades de Dios, ¿y Él no había de saber no el momento del juicio? El sabe como ha de juzgar, el conoce los íntimos secretos de cada uno, ¿y había de ignorar lo que es de menos valor que eso? Y si todo fue hecho por Él y sin Él nada fue hecho, ¿Habría Él de desconocer el día? Porque el que hizo los siglos, evidentemente hizo los también os tiempos, y si hizo los tiempos, también el día. ¿Cómo, pues desconoce, lo que Él hizo?

Contra los anomeos

2. Vosotros, por cierto, afirmáis conocer la sustancia misma de Dios, ¿y al Hijo no le concedéis conocer ni el día del juicio? ¡Al Hijo, que está eternamente en el seno del Padre! Y a fe que más, infinitamente más, es la sustancia que los días. ¿Cómo, pues, atribuyéndoos lo más a vosotros, no le concedéis ni lo menos al Hijo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia? Pero no, ni vosotros sabéis, por más locuras que digáis, la sustancia de Dios, ni el Hijo ignora el día, sino que lo sabe perfectamente. Por eso, habiéndolo dicho todo, los tiempos y los momentos, habiéndolos llevado hasta las puertas mismas de los acontecimientos (porque: Cerca está ya —dice— y llamando a la puerta), en ese punto se calló y no dijo el día. Si buscáis —dice— saber de mí el día y la hora, no los oiréis; mas si los tiempos y los preludios, todo lo revelare puntualmente, sin ocultaros nada. Porque, que no los ignoro —día y hora—, con muchas pruebas os lo he demostrado, pues os he dicho los intervalos y todo lo que en ellos ha de suceder y lo que va desde este tiempo hasta aquel día. Eso, en efecto declaró la parábola de la higuera, y por ella te puse en los pórticos mismos de aquel día; y si no te abrí las puertas, por tu conveniencia no lo hice.

El ejemplo del Diluvio

Y por que más cumplidamente advirtáis, por otro lado, cómo el callar el día no nació de ignorancia, considerad juntamente con lo dicho la otra señal que les pone: Como en los días de Noé las gentes comían y bebían, los hombres tomaban mujer y las mujeres marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no cayeron en la cuenta hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos; así será el advenimiento del Hijo del hombre. Al decir esto, puso de manifiesto que vendrá repentinamente y sin que se le espere y cuando la mayor parte de las gentes se entregarán a sus placeres. Lo mismo dice Pablo cuando escribe: Cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos la ruina Y para expresar lo inesperado, dice: Como sobreviene el dolor de parto a la mujer encinta. ¿Cómo, pues, dice el Señor: Después de la tribulación de aquellos días? Porque si entonces ha de haber placer, y paz, y seguridad, como Pablo dice, ¿cómo dice el Señor: Después de la tribulación de aquellos días? Si hay placer, ¿cómo tribulación? — Habrá placer y paz para los estúpidos. Por eso no dijo: “Cuando haya paz”, sino: Cuando digan: Paz y seguridad. Lo que demuestra su estupidez, como la de quienes, en tiempo de Noé, se entregaban a sus placeres entre tamaños males. No así los justos, que vivían en tribulación y tristeza. Por aquí da el Señor a entender que, a la venida del anticristo los inicuos y desesperados de su salvación se entregarán con más furor a sus torpes placeres. Allí será de la gula, de las francachelas y borracheras. De ahí lo maravillosamente que el ejemplo conviene a la situación, Porque así como, al construirse el arca, no creían en el diluvio —dice—, sino que allí estaba ella a la vista de todos, pregonando anticipadamente los males por venir, y la gente, no obstante estarla viendo, se entregaban a sus placeres, como si nada hubiera de pasar, así ahora aparecerá, sí, el anticristo, tras el cual vendrá la consumación y los castigos que la habrán de acompañar y los tormentos insoportables; mas ellos, poseídos de la borrachera de su maldad, ni temor sentirán de lo que ha de suceder. De ahí que diga también Pablo: Como el dolor a la mujer en cinta, así sobrevendrán sobre ellos aquellos terribles e irremediables males. ¿Y por qué no habló de los males de Sodoma? — Es que quería el Señor poner un ejemplo universal, y que, después de ser predicho, no fue creído. De ahí justamente que, como el vulgo no suele dar fe a lo porvenir, el Señor confirma por lo pasado sus palabras, a fin de sacudir el espíritu de sus discípulos. Juntamente con esto, por ahí se demuestra también haber sido Él también quien envió los anteriores castigos. Seguidamente pone otra señal, y por ella y por todas las otras queda absolutamente patente que no desconoce el día del juicio. — ¿Qué señal es ésa? — Entonces estarán dos hombres en el campo. Y uno será tomado y otro será dejado; y dos mujeres darán vueltas a la piedra de moler y una será tomada y otra será dejada. Vigilad pues porque no sabéis el momento en que vendrá vuestro Señor. Todo esto son pruebas de que el Señor sabia perfectamente el día, pero no quería que sus discípulos le preguntaran sobre él. Por eso citó los días de Noé; por eso habló de los dos que están en el campo, dando a entender que así de improvisamente, así de despreocupados, cogerá aquel día a los hombres. Lo mismo indica el otro ejemplo de las dos mujeres que están moliendo bien ajenas a lo que va a suceder. Y juntamente nos declara que así se toman o se dejan los que son señores como los esclavos, los que descansan como los que trabajan, los de una dignidad como los de otra. Como se dice también en el Antiguo Testamento: Desde el que está sentado en el trono hasta la esclava que da vueltas a la muela. Corno había dicho antes que los ricos se salvan con dificultad, ahora nos hace ver que ni todos los ricos se pierden absolutamente, ni todos los pobres absolutamente se salvan, sino que, de entre pobres y ricos, unos se salvan y otros se pierden. Y a mi parecer, también nos indica que su venida será por la noche. Esto lo dice expresamente Lucas Mirad cuán puntualmente lo sabe todo. Luego, otra vez, por que no le preguntaran, añadió: Vigilad, pues, porque no sabéis en qué momento ha de llegar vuestro Señor. No dijo: “Porque no sé”, sino: Porque no sabéis. Cuando ya casi los había llevado a la hora misma y puesto tocando a ella, nueva mente los aparta de toda pregunta, pues quiere que estén en todo momento alerta. De ahí que les diga: Vigilad, dándoles a entender que por eso no les había dicho el día. Por eso les dice: Comprended que, si el amo de casa hubiera sabido a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera dejado que le perforaran la casa. Por eso, estad también vosotros preparados, pues en el momento que no pensáis vendrá el Hijo del hombre. Si les dice, pues, que vigilen y estén preparados es porque, a la hora que menos lo piensen, se presentará Él. Así quiere que estén siempre dispuestos al combate y que en todo momento practiquen la virtud. Es como si dijera: Si el vulgo de las gentes supieran cuándo habían de morir, para aquel día absolutamente reservarían su fervor.

La ignorancia del día nos ha de hacer más vigilantes

3. Así, pues, por que no limitaran su fervor a ese día, el Señor no revela ni el común ni el propio de cada uno, pues quiere que lo estén siempre esperando y sean siempre fervorosos. De ahí que también dejó en la incertidumbre el fin de cada uno. Luego, sin velo alguno, se llama a sí mismo Señor, cosa que nunca dijo con tanta claridad. Mas aquí paréceme a mí que intenta también confundir a los perezosos, pues no ponen por su propia alma tanto empeño como ponen por sus riquezas los que temen el asalto de los ladrones. Porque, cuando éstos se esperan, la gente está despierta y no consiente que se lleven nada de lo que hay en casa. Vosotros, empero, les dice, no obstante saber que vuestro Señor ha de venir infaliblemente, no vigiláis ni estáis preparados, a fin de que no se os lleven desapercibidos de este mundo. Por eso aquel día vendrá para ruina de los que duermen. Porque así como el amo, de haber sabido la venida del ladrón, lo hubiera evitado, así vosotros, si estáis preparados, lo evitaréis igualmente.

(San Juan Crisóstomo, Homilía 77, Obras de San Juan Crisóstomo, tomo II, B.A.C., Madrid, 1956, 529-537)


 

Santo Tomás de Aquino

 

Comentario a Hebreos 10, 11-14.18

“Y así, en lugar de que todo sacerdote se presente cada día”. Muestra, por comparación, la diferencia entre el sacerdote del Antiguo y el del Nuevo Testamento. Es de saber que en la Ley había dos sacrificios solemnes: uno perpetuo y otro el día de la expiación, que ofrecía sólo el Sumo Pontífice, como ya se dijo sobradamente. En el perpetuo —de que hablan los Números— se ofrecía un cordero por la mañana y otro por la tarde. A éste también se refiere el Apóstol y para tratar de él pone lo que toca al sacerdote de uno y otro testamentos, y lo confirma por autoridad.

— Dice, pues: “todo sacerdote”: todo, a diferencia del sacrificio expiatorio, que sólo lo hacía el Sumo Sacerdote; mas, por lo que mira a éste, “todo sacerdote se presenta cada día, mañana y tarde, a ejercer su ministerio, y a ofrecer muchas veces las mismas víctimas”, pues siempre ofrecían un cordero, “las cuales no podían jamás quitar los pecados”, porque se repetían (Jn. XI). Por este sacrificio perpetuo figúrase Cristo y la eternidad del que es el Cordero inmaculado.

“Mas este nuestro pontífice, después de ofrecida una sola Hostia”. Muestra lo que pertenece al sacerdocio de Cristo y da razón de su intento. Dice, pues: “pero éste, es a saber, Cristo, después de ofrecida una sola Hostia por los pecados”, esto es, que los quita; la Ley vieja, en cambio, ofrecía muchas que no expiaban los pecados. Este, pues, conviene a saber, Cristo, después de ofrecida una sola Hostia, ya que por nuestros pecados ofrecióse no más de una vez, está sentado, no como servidor, al modo de los sacerdotes legales, que siempre estaban a punto, mas como Señor (Salmo 109; Mt. 28).

“a la diestra de Dios” Padre, cuanto a la igualdad de poder, según la divinidad; en cuanto hombre, heredero de todos sus bienes (He. 1); y esto para siempre, pues no tornará a morir (Ro. 6; Dn. 7).

“aguardando, entretanto, lo que resta, es a saber, a que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies”. Esta expectación no nos da pie a suponer alguna ansiedad en Cristo, como en los hombres, pues, como dicen los Proverbios, la esperanza que se dilata aflige el alma, sino indica la voluntad de apiadarse que para con nosotros tiene Dios (Is. 30). Así pues, sujétansele a sus pies esto es, a la humanidad de Cristo, unos de su voluntad y en esto consiste su salvación, es a saber, en hacer su voluntad (Ex. X); pero los malos sujétansele contra su voluntad, porque, aunque no cumplen su voluntad como tal cúmplese en ellos por lo que mira a su obra justiciera; y así, de un modo o de otro, todo le está sujeto (Salmo 8).

“Porque con una sola ofrenda”. Da la razón, es a saber, de por qué está sentado como Señor, no como servidor, como el sacerdote de a Ley, ya que éste con una víctima no quitaba los pecados y, por consiguiente, era necesario la ofreciese varias y muchas veces (He. Y); pero la Hostia que Cristo ofrece, ésa sí quita todos los pecados (He. 9). Por eso dice que “con una sola oblación consumó, esto es, hizo perfectos, reconciliando y uniéndonos con Dios como principio, para siempre a los que ha santificado”, porque la Hostia de Cristo, que es Dios y hombre, tiene poder para santificar eternamente (He. 13); pues por Cristo llegamos a la perfección y nos unimos con Dios (Ro. V).

“Eso mismo nos testifica el Espíritu Santo”. Confirma lo que había dicho por la autoridad de Jeremías que, como ya está explicada, al presente no se explica; con todo, puede dividirse en dos partes: la pone primero y en ella se apoya para formar su argumento, que es el siguiente: en el Nuevo Testamento perdónanse los pecados por la oblación de Cristo, que para eso derramó su sangre, para el perdón de los pecados. Luego en el Nuevo Testamento en que se perdonan, como está dicho, iniquidades y pecados, “ya no es menester reiterar la oblación por el pecado” (Mt. IX); pues lo contrario fuera injurioso a la Hostia de Cristo.

(Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola de los Hebreos, c. 10, Ed. Tradición, México, 1979, 326-329)


 

San Alfonso M. de Ligorio

 

SERMON XXIII

JUICIO UNIVERSAL

Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con grande poderío y majestad.

EXORDIO. —Al presente, Dios no es conocido y por eso lo desprecian tanto los pecadores, cual si no pudiera vengar de las injurias que se le hacen. Se imaginan al Altísimo reducido a impotencia, como dice Job. Pero el Señor se ha señalado un día, llamado en las Sagradas Escrituras día del Señor, en el cual el eterno juez se dará a conocer Como Señor que es: Conocióse al Señor; hizo justicia’. San Bernardo comenta este versículo de David.

PROPOSICIÓN. —Ahora se desprecia al Señor cuando trata de ejercer misericordia, pero se le conocerá cuando aparezca para hacer justicia. De aquí que este día se llame, como dice Sofonías, día de ira el día aquel, día de angustia y de aprieto, día de desolación y devastación, día de tinieblas y de oscuridad, día de nubes y densos nubarrones. Tres puntos abarcará este sermón:

1. Preparativos del juicio.

2. Audiencia en el tribunal de Jesucristo.

3. Las dos sentencias.

PUNTO 1: Preparativos del juicio

I. COMIENZO DEL POSTRER DIA:

1. º Incendio universal. —Este día extraordinario comenzará con el fuego que bajará del cielo para abrasar la tierra con cuantos hombres vivan a la sazón y todas las cosas del mundo. La tierra, dice San Pedro, con cuantas obras hay en ella, será alcanzada por el fuego, y todo se resolverá en un montón de cenizas.

2. ° Resurrección de los muertos. No bien hayan muerto todos los hombres, sonará la trompeta y todos los hombres resucitarán, como escribe el Apóstol: Sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles. «Siempre que pienso en el día del juicio, decía San Jerónimo, tiemblo de terror, porque, haga lo que haga, comer o beber, me parece estar oyendo continuamente la terrible trompeta que anunciará: ¡Levantaos, muertos, y venid al juicio!» y San Agustín confesaba que nada le apartaba tanto de los pensamientos mundanos como el temor del juicio.

Al sonido de la trompeta descenderán del cielo las almas hermosísimas de los bienaventurados para reunirse con los propios cuerpos con que sirvieron a Dios en la tierra; y subirán del infierno las almas desgraciadas de los condenados a tomar nuevamente los cuerpos malditos con que ofendieron a Dios.

3. º Diverso estado de los resucitados. Mas ¡qué diferencia entre los unos y los otros! Los condenados aparecerán deformes, negros cual tizones del infierno, en tanto que los bienaventurados resplandecerán como otros tantos soles: Entonces los justos brillarán como el sol. ¡Qué alegría experimentarán entonces los que hayan mortificado su cuerpo con penitencias! Deduzcámoslo de lo que San Pedro de Alcántara dijo luego de morir a Santa Teresa: « ¡Feliz penitencia, que me ha valido tanta gloria!»

II. LO QUE SIGUE A LA RESURRECCIÓN

1. º Camino del valle de Josafat. Verificada ya la resurrección universal, los hombres recibirán la orden de ir a reunirse al valle de Josafat para ser allí juzgados ¡Multitudes y más multitudes en el valle del Fallo!; porque está próximo el día de Yahveh en el valle del Fallo.

2. º La separación. De pronto los ángeles harán la separación, de réprobos y de los elegidos, colocando a estos a la derecha y a la izquierda a aquéllos: Saldrán los ángeles y separarán los malos de en medio de los justos.

3. º Diverso estado de los resucitados. ¡Qué gran confusión padecerán entonces los miserables condenados! Escribe el autor de la Obra imperfecta: « ¿Os dais cuenta de la vergüenza que se apoderará de los pecadores cuando, separados de los justos, se vean abandonados?» Esta sola pena, dice el Crisóstomo, bastaría para constituir un infierno. El hermano será separado del hermano; el marido de la mujer; el hijo, del padre, etc.

III. APARICIÓN DEL JUEZ:

1. º Llegada de los ángel llevando los instrumentos de la pasión. Mas he aquí que se abren los cielos, vienen los ángeles a asistir al juicio trayendo la cruz y demás instrumentos de la pasión del Redentor, como escribe Santo Tomás: «Cuando el Señor venga a juzgar el mundo se expondrán a la vista de todos la cruz y demás instrumentos de la pasión» San Mateo lo señala taxativamente: Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre, en el cielo y se herirán entonces los Pechos todas las tribus de la tierra. Derramarán amargas lágrimas los pecadores al divisar la cruz, porque, como escribe San Juan Crisóstomo, «los clavos se quejarán de ti, las llagas y la cruz de Jesucristo hablarán en contra de ti»

2. ° Llegada de la Santísima Virgen. Acudirá también para asistir al juicio la Reina de los ángeles y de los santos, María Santísima.

3. º Llegada de Jesucristo. Y, finalmente, llegará sobre las nubes, resplandeciente de gloria y de majestad, el eterno juez: Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con grande poderío y majestad. ¡Qué suplicio supondrá para los condenados estar a la vista de su juez! A su presencia se empavorecen los pueblos. Escribe San Jerónimo que la presencia de Jesucristo les causará más pena a los condenados que el mismo infierno. De aquí que en aquel día, como predijo San Juan, pedirán los pecadores a los montes que caigan sobre ellos y les quiten de la vista de su airado juez: Y dicen a los montes y a las peñas: «caed sobre nosotros y escondednos de la faz del que está sentado sobre el trono y de la cólera del Cordero»

 

PUNTO II: Audiencia en el tribunal de Jesucristo

I EXAMEN Y EFECTO QUE PRODUCE:

1. º Rigor de este examen. El tribunal tomó asiento, y los libros fueron abiertos. Abrense los libros de las conciencias, empieza el juicio y nada quedará entonces escondido. Pondrá al descubierto los designios de los corazones. Dios mismo dice por Sofonías: “Escudriñará a Jerusalén con linternas”. A la luz de la linterna se descubren las cosas ocultas.

2. ° Alegría de los justos; ahora hasta los mundanos los aprueban. « Terrible será el juicio, dice San Juan Crisóstomo; pero sólo para los pecadores, ya que los justos lo desearán y se regocijarán con él» El juicio atemorizará a los pecadores, pero regocijará y endulzará a los justos, ya que a la sazón Dios colmará sus deseos: Entonces le vendrá a cada uno la alabanza de Parte de Dios. Dice el Apóstol que los elegidos en aquel día serán elevados por los aires sobre las nubes para ir con los ángeles a aumentar el cortejo del Señor: Juntamente con ellos seremos arrebatados sobre nubes al aire hacia el encuentro del Señor.

Los mundanos, que ahora tachan de locos a los santos que viven vida mortificada y humilde, entonces confesarán la propia locura y dirán: Necios de nosotros, calificamos su vida de locura y de ignominia su remate: ¿Cómo fue contado entre los hombres de Dios y entre los santos se halla su herencia? En este mundo se llaman afortunados -los ricos y los colmados de honores, pero la verdadera fortuna consiste en santificarse. ¡Animo, pues, almas cristianas que ahora vivís vida atribulada en la tierra: Vosotros os acongojaréis pero vuestra congoja se tornará en gozo. En el valle de Josafat ocuparéis tronos de gloria.

3. ° Desesperación de los réprobos y su vergüenza. Los réprobos, por el contrario, serán colocados a la izquierda, cual cabritos destinados al matadero, y aguardarán su última condenación. «En el juicio general, dice el autor de la Obra imperfecta, no habrá lugar a misericordia», lo que en vano la podrían esperar los pecadores. «Perder el temor y hasta el pensamiento del juicio venidero, dice San Agustín, es el mayor castigo que el pecado ocasiona a quienes viven en desgracia de Dios». Pecador que te obstinas en vivir empecatado, continúa empecatado, dice el Apóstol, que día vendrá, y será el del juicio, en el que verás los tesoros de cólera que habrá ido almacenando tu obstinación en el corazón divino.

No tan sólo los pecadores no se podrán esconder, sino que tendrán que padecer el horroroso suplicio de ver que todas las miradas se fijan en ellos. «Ocultarse, dice San Anselmo, es imposible, y tener que ser visto es suplicio in tolerable»

II. LOS DEMONIOS ACUSADORES. Los demonios acusadores desempeñarán su oficio y dirán al juez, según expone San Agustín: «Declara que eres mío, ya que El no quiso ser tuyo».

III. TESTIGOS QUE COMPARECERÁN:

1. º La conciencia. La propia conciencia de los pecadores da juntamente testimonio (contra ellos).

2. ° Las criaturas. Las criaturas y hasta las mismas paredes de las casas en que pecaron clamarán contra ellos: La piedra clamará desde el muro

3. º El mismo juez. El mismo juez dirá: Yo lo sé y soy de ello testigo. Eso le indujo a San Agustín a escribir: «El qué fue testigo de tu vida será juez de tu causa». Y se mostrará de modo particular terrible contra los cristianos condenados, como escribió San Mateo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los prodigios obrados en vosotros, tiempo habría que en cilicio y ceniza hicieran penitencia. Cristianos, si las gracias que os dispensé a vosotros se las hubiera dispensado a los turcos o a los idólatras, se habrían arrepentido de sus culpas, vosotros no habéis cesado de pecar sino forzados por la muerte. Entonces descubrirá ante la vista de todos los hombres los más recónditos escándalos: Mostraré a las gentes tu desnudez, y para mayor vergüenza de los pecadores publicará sus infamias, sus injusticias y sus ocultas crueldades. Cargaré sobre ti todas tus abominaciones dice el Señor. Cada condenado llevará escrito en su frente todos sus pecados.

¿Qué excusas podrán entonces alegar para escapar de la sentencia? Mas ¿qué digo excusas, si toda iniquidad cierra su boca? Los mismos pecados taparán la boca de los pecadores, de modo que ni siquiera se atreverán a excusarse y se condenarán a sí mismos.

 

PUNTO III: Las dos sentencias

I. SENTENCIA DE LOS ELEGIDOS:

1. º Motivo de su Prioridad. Dice San Bernardo que la primera sentencia que se pronunciará será la de los justos y que Jesucristo la pronunciará primero para que los réprobos, al verlos llamar a la gloria, experimenten mayor sentimiento al ver lo que perdieron.

2. ° Explicación de la sentencia. Así pues, Jesucristo se volverá primero a los elegidos y con sereno rostro les dirá: Venid vosotros los benditos de mi Padre; entrad en posesión del reino que os está Preparado desde la creación del mundo. Bendecirá luego todas las lágrimas que derramaron en expiación de sus pecados y todas las obras buenas, oraciones, mortificaciones y comuniones; sobre todo se felicitará de haber sufrido por ellos los tormentos de su Pasión y de haber derramado su sangre por su salvación.

3. ° Efecto sobre los elegidos. Los elegidos entonarán el Aleluya y, haciendo resonar los aires con alegres canciones, entrarán en el paraíso para amar y alabar a Dios por toda la eternidad.

II. SENTENCIA DE LOS REPROBOS. Luego el divino juez se volverá a los réprobos para pronunciar sentencia con estas palabras: Apartaos de mí vosotros los malditos; al fuego eterno.

1. º Explicación de esta sentencia. Serán pues, malditos y, por tanto, separados de Dios y serán enviados a arder por siempre al fuego del infierno: E irán éstos al tormento eterno; mas los justos, a la vida eterna.

2. ° Despedida de los condenados. No bien pronunciada la sentencia, dice San Efrén que estos desgraciados, forzados a separarse de sus padres, del cielo, de los santos y de la Madre de Dios, les dirán : «Adiós, justos; adiós, cruz; adiós, paraíso; adiós, padres e hijos, pues a ninguno de vosotros os volveremos a ver más; adiós también vos, Madre de Dios !»

3. º Su caída en el infierno. En medio del valle se abre el vasto abismo en que se hundirán los infelices pecadores condenados: después oirán cerrarse sobre ellos las puertas que ya nunca se volverán a abrir. Maldito pecado, he aquí a qué desgraciado fin conduces a tantas almas redimidas con la sangre de Jesucristo! ¡Desgraciadas las almas a quienes se tenga reservado tan lamentable fin!

PERORACIÓN: Llamamiento a la conversión; aun hay tiempo. Pero vosotros, cristianos, hermanos míos, alegraos, que ahora Jesucristo es padre y no juez y está pronto a perdonar a quien se arrepiente. Pidámosle, pues, perdón inmediatamente.

NOTA. Al fin de este sermón añade San Alfonso esta nota: Hágase con el pueblo el acto de contrición, sin olvidar el propósito de no volver a pecar, y la oración a Jesús y a María, Pidiendo la santa perseverancia. Esto se debe hacer, al fin de todo sermón.

(San Alfonso M. de Ligorio, Sermón XXIII, Obras ascéticas de San Alfonso, tomo II, B.A.C., Madrid, 1954, 651-658)


 

Leonardo Castellani

 

PARÁBOLAS DE LAS SEÑALES

“Se acercaron los Fariseos y Saduceos para tentarlo, y le pedían que mostrase una señal en el cielo. Mas Él les replicó: Vosotros al atardecer decís: Mañana buen tiempo, el cielo está rosa; y al amanecer: tormenta hoy, el cielo está cárdeno y pesado. ¿El rostro del cielo sabéis interpretar, y los signos del tiempo no podéis discernir? La generación mala y bastarda pide un signo; y ningún otro se le dará sino el de Jonás Profeta... Y dejándolos allí, se fue (Mt. XII, 39). De la higuera, aprended una parábola: cuando la rama se enyema y brotan las hojitas, sabéis que viene el verano; así cuando veáis estas cosas cumplirse, sabed que ya está a la puerta... (La Parusía)” (Mt. XXIV, 32).

La de “los signos del Tiempo” (o sea las señales del Reino Mesiánico) era cuestión batallona en aquellos días, como lo es en los nuestros; y las dos situaciones parecen análogas. “Reino Mesiánico” vale aquí por la Primera y la Segunda Venida de Cristo; pues en efecto, la Segunda es la compleción y consecuencia de la Primera, que sin eso quedaría incompleta y frustra. Cristo rechaza con reproche y aun condena la pretensión de sus enemigos de que hiciese meteoros o pirotecnias en el firmamento; mas después en la pequeña parábola de la Higuera Reverdeciente encarga a sus amigos que estén atentos a los signos y los conozcan; y que no digan con el Siervo Infiel: “Ya no vuelve más el Patrón”, y comiencen a maltratar a los otros siervos: los Signos estarán allí, pero hay que “vigilar” para distinguirlos. Los Fariseos pretendían que Cristo hiciese llover fuego del cielo como Samuel (sobre los Romanos, naturalmente) y aun los Apóstoles se tentaron una vez de requerírselo; o hiciese parar el sol, como Josué; o viniese volando sobre las nubes, como del Hijo del Hombre había escrito Daniel. Los signos de las curaciones y aun resurrecciones no los aceptaban, y menos la Consiguiente resurrección de los corazones; y la razón que daban para ese patente cenar los ojos no fue que eran falsas (que eran “trucos”, o simplemente no existieron, como dicen los judíos actuales, véase Sholem Asch... y sus discípulos los racionalistas); la cual fácil excusa no aparece una sola vez en el Evangelio, sino la muy rebuscada de que los hacía “con el poder de Beetzebul”, o sea, por arte de magia negra: prueba de que eran tan patentes e irrefragables que era inútil intentar negarlos. Mas esos eran justamente los “signos” que Isaías Profeta había adjudicado al Mesías; y si a ellos cerraban los ojos, eran realmente una generación “mala” (de torcidos ánimos) y “bastarda”... -ya no hijos legítimos de la Ley y los Profetas. Y así “no se les dará más signo que el de Jonás Profeta”, o sea, su propia Resurrección; que tampoco aceptaron.

Cristo dijo después a los Apóstoles: “Tened cuidado con el fermento fariseo”: en efecto, el espíritu farisaico contagiaba a los ingenuos discípulos; como a todo el pueblo. Los Apóstoles se azoraron creyendo lo decía porque no habían embarcado pan. (Ver Evangelio de Jesucristo, pág. 215). Cristo los corrige, recordándoles las dos multipanificaciones; y les aclara lo del Fermento, que son las ideas, el espíritu avieso. La exégesis protestante tomó ocasión de este lugar para decir que el “fermento” significa en labios de Cristo algo malo ( de hecho, los judíos tenían el fermento del pan por una cierta pudrición) y por tanto, la parábola de la Levadura (Evang. de Jes., pág. 308) significaría la futura corrupción de la Iglesia Católica; que por una pequeñísima desviación en el siglo IV (Constantino) o bien en el siglo VI (Justiniano) iba a hacerse toda esa masa podrida... que veían los ojos de Lutero. Mas Cristo usó la semejanza del Fermento en su simple propiedad natural de levantar enormemente un amasijo, sea en bien sea en mal. Y como sabía que el “fermento farisaico” iba a durar hasta el fin del mundo, incluso dentro de la masa cristiana, por eso previno a los Apóstoles.

El fermento farisaico de entonces (es decir, las ideas que sobre el Reino Mesiánico se habían forjado) les impidió verlo venir, y los llevó a la ruina. ¿Qué nos importa a nosotros ya? Debemos compadecerlos, pero... nosotros lo hemos reconocido y estamos seguros... ¿Es tan seguro eso? Atención, las “Señales” valen también para nosotros, para la Segunda Venida; y si no ‘vigilamos” nos puede pasar exactamente lo que a ellos. Se puede hacer un paralelo entre las dos situaciones; y hay que hacerlo: para mi oficio, eso es “vigilar”; no me salvaré si no hago de vigía.

Vamos a ver: ¿Cómo discurría un Sanedrita en tiempos de Caifás? “Excelsos hermanos, los tiempos del Mesías están todavía lejos; no se ve señal alguna de su venida. ¿Las Semanas de Daniel? Esas se pueden interpretar alegóricamente. ¿El cetro ha caído de las manos de Judá? Bueno, Herodes se puede Considerar como sucesor de Judá. ¿Las profecías de Isaías? Son muy oscuras. Israel, ya lo veis, está enteramente postrado, y no se ve posible que una sublevación general pueda tener éxito: el ejército romano es prácticamente invencible. Bien veis cuan temerarios son los del partido del alzamiento armado. Mas la Sinagoga tiene las promesas de Jawé, que no pueden fallar: ¡dominaremos el mundo de un cabo al otro! Podemos quedar tranquilos. Pero ahora aparece este maldito Rabí de Nazareth que, con sus imprudencias y locuras, es capaz de hacer caer sobre nosotros a los “Romines”: hay que eliminarlo por la seguridad común. Evidentemente no puede ser el Mesías, pues lo primero que hace es desobedecernos y despreciarnos a nosotros: dejarnos tranquilamente a un lado, por lo menos...” Este discursito no es fantasía: estoy seguro que, punto más, punto menos, se pronunció.

¿Qué se dice hoy día acerca de la Segunda Venida?

“Amados fieles, es mejor no preocuparse de eso. Todo el Apocalipsi se puede interpretar alegóricamente. El Discurso Esjcatológico de Nuestro Señor, que está en Mateo XXIV se refiere a la ruina de Jerusalén, y sólo brevemente (unos 20 versículos del final) y muy vagamente a la Parusía; y las discusiones acerca de él no tienen fin. Naturalmente, yo creo en la Parusía; pero deben de faltar todavía millones de años. Primero tiene que venir un gran triunfo de la Iglesia: la Iglesia tiene las promesas divinas, que no pueden fallar: “un solo rebaño y un solo Pastor”. A pesar de que parece ahora que la fe flaquea en todo el mundo, ¡ánimo, valor y miedo! La Iglesia nunca ha estado tan bien como ahora. ¡Y la Iglesia es Santa, bien lo sabéis, y habéis de venerarla, lo mismo que a nosotros, sus representantes reconocidos! Además, hay una profecía actual de una monja de un convento de Coimbra... etcétera”.

¿Es esto fantasía? Lean a Swete, al P. Allo o al P. Bonsirvern, que están por el momento en el candelero como “peritos” en Apocalipsi... Han Conseguido evacuar del Apocalipsi su carácter profético, y convertirlo en una mediocre “filosofía de la historia”. Conceden claro que su autor “es profeta”, ya que desde el título al cabo, Juan Evangelista lo afirma y reitera; pero es una profecía muy oscura, que hay que interpretar, alegorizar, idealizar, universalizar, racionalizar, especulativizar, hegelianizar... ¡cuidado con entenderla literalmente como esos condenados “milenaristas”!

El fermento fariseo obra en nuestros días como fermento racionalista. No pocos, quizás muchísimos, exégetas católicos están tocados de racionalismo, ya lo advertí antes. Es un fenómeno quizás único en la historia de la Iglesia. Es también quizás uno de los “signos del Tiempo”.

Me es odioso, y me ha costado decidirme, pero voy a copiar aquí una recensión crítica del último de los libros nombrados; porque anda en muchas manos, pertenece a una colección reputada, ha sido traducido, influye en la exégesis común y por ende en la predicación; como dije antes, para mí esto significa “vigilar”, mandato de Cristo. Dice así la recensión:

“El P. Bonsirven ha compuesto, para la colección VERBUM SALUTIS, una exégesis del Apocalipsi. Es el n° 16 de VERBUM SALUTIS.

Parece más bien n° 1 de VERBUM PERDITIONIS, hablando en broma y mal.

“El P. Allo O.P., tocado de racionalismo, evacuó el Apocalipsi en su enorme tratado (Gabalda, París, 1921) de su carácter profético, y lo transformó en una especie de gran poema alegórico sobre la filosofía de la Historia, y nominalmente sobre la Persecución a la Iglesia, así en general. Mas este su pedísecuo lo convierte ahora en un centón de enigmas, sin más contenido que este: “la Iglesia es perseguida, los buenos serán premiados, los malos serán castigados... algún día”. ¡Valiente revelación! Y el título del libro inspirado es: REVELACIÓN DE JESUCRISTO. Ambos autores, maestro y discípulo, están influenciados por Renán.

“Y esos enigmas estrafalarios del libro inspirado para mejor son, incoherentes, son inconsistentes, son contradictorios entre sí. El exégeta parece atacado de fiebre, y su exégesis es un “aegri somnium”. Realmente hace buena la blasfemia de Renán de que Juan el de Patmos fue un “delirante”. Reconfigurado por Bonsirven, el Apocalipsi realmente parece el producto de un demente mitomaníaco. Y sin embargo Bonsirven estatuye al comienzo que Juan fue un Profeta, un profeta cristiano, un gran profeta, un varón de Dios, un Apóstol, uno que tiene “curas de almas” (pág. 18) ¿Qué idea puede tener de los Profetas y de los Apóstoles?

“La lógica brutal del error lo ha arrastrado. Los “alegoristas” interpretan, al principio, tan sólo el capítulo XX del Apocalipsi alegóricamente; y lo demás, literalmente, a piacere. Esta inconsecuencia no podía sostenerse: o todos o ninguno. Entonces Bonsirven interpreta TODO alegóricamente -o “simbólicamente”, como él dice; es decir, arbitrariamente y a su paladar; puesto que ¿a la fantasía quién le pondrá puertas?

“Si este método (o ausencia de método) fuese lícito ¿qué deviene la Sagrada Escritura? Deviene un libro cerrado ininteligible, al cual se le puede hacer decir lo que se quiera; donde no se puede conseguir ninguna certidumbre; un libro de literatura fantástica e incluso amente... (“el profeta Ezequiel fue un demente”, dice Karios Jaspers) -en suma, una colección de fábulas que ni para los niños sirven, como dijo Voltaire, y no ha cesado de repetir la impiedad desde entonces.

Si el todo de este libro sacro son “símbolos” en el sentido Bonsirven (es decir, alegorías vagas), el cap. XX, que es el que más los empavorece, es naturalmente el símbolo de los símbolos. La temeridad del “exégeta” Bonsirven al llegar a él pasa todos los límites: ¡ni el lenguaje humano, ni la gramática, ni el sentido común, ni la aritmética rigen ya! Por ejemplo, la expresión “mil años” repetida allí seis veces, significaría primero “todo el espacio desde la Ascensión de Cristo hasta el fin del mundo” -o sea más de 1900 años- “según TODOS los expositores” -afirma mendazmente. Es decir, que cuando Juan dice “mil años” eso significa según Bonsirven dos mil años por lo menos. Pero luego cambia de idea, y hace la afirmación más exorbitante que he leído en mi vida, a saber:

“Los mil años, significan el tiempo indeterminado de la duración de la Iglesia, “tanto en la tierra como en el cielo” -es decir, significa la Eternidad:

“y los tres años y medio del Profeta significa el tiempo en que la Iglesia será perseguida; es decir “desde la Ascensión de Cristo hasta el fin del mundo”; que antes eran los mil años.

Luego 3, y medio años = 1.000 años = 2.000 años = la Eternidad.

¿Y la Aritmética?