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H O M I L Í A S 

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DOMINGO XXXII

CICLO C

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Noviembre es un mes serio, aunque esperanzador. El día primero recordamos a los Santos, los que ya están gozando de Dios. El día 2, tuvimos un recuerdo especial por los Difuntos. Hoy las lecturas nos hablan otra vez de la vida futura a la que todos estamos destinados.

Jesús ya está en Jerusalén. Después de su largo "camino de subida" que nos ha presentado Lucas, y que hemos ido siguiendo durante muchos domingos, las últimas escenas suceden junto al Templo y nos ayudan a reflexionar sobre el más allá, nuestro destino final.

NUESTRO DESTINO ES LA VIDA

En la la lectura tenemos un hermoso ejemplo, tomado del AT, sobre la fe en la vida futura. En la persecución de Antíoco IV, que, con una mezcla de halagos y amenazas, intenta seducir a los israelitas y conducirles a la religión oficial pagana, olvidando la Alianza, una buena mujer, madre de siete hijos, da un ejemplo admirable de entereza y fidelidad. Lo de comer o no carne prohibida era un detalle: se trataba de mantenerse fieles al conjunto de la fe en Dios.

De la "catequesis" que la madre había dado a sus hijos, estos han asimilado sobre todo el argumento de la vida futura: "el rey del universo nos resucitará para una vida eterna", "Dios mismo nos resucitará: tú, en cambio, no resucitarás para la vida". Y de esa convicción sacan fuerzas para perseverar en su fidelidad.

Es la actitud que nos invita a expresar el salmo responsorial: "al despertar me saciaré de tu semblante, Señor". Al final de la vida, al "despertar" a la realidad última, nos espera el rostro del Padre y sus brazos abiertos, si hemos sido fieles.

NO ES DIOS DE MUERTOS, SINO DE VIVOS 

También el evangelio, con la respuesta de Jesús a los saduceos, nos presenta la fe en el más allá.

Los saduceos, de los que el evangelio habla pocas veces, pertenecían a las clases altas de la sociedad. No creían en la otra vida y en la resurrección, y le plantearon a Jesús una pregunta capciosa que parece ridiculizar toda la perspectiva, basándose en la famosa "ley de levirato", por la que el hermano del esposo debe casarse con la viuda si esta no ha tenido descendencia: ¿de quién será esposa en el cielo una mujer que se ha casado sucesivamente con siete hermanos?

La pregunta no es importante. La respuesta de Jesús, sí. Les dice, ante todo, que en la otra vida el matrimonio no tendrá como finalidad la procreación, porque allí la humanidad no necesita renovarse, porque todo es vida y no hay muerte. Y, sobre todo, les asegura que los que "han sido juzgados dignos de la vida futura son hijos de Dios y participan en la resurrección, porque Dios es Dios de vivos". No explica cómo es la otra vida (ciertamente, resucitar no significará volver a la vida de antes, sino entrar en una nueva realidad). Lo que sí nos dice es que nuestro destino es la vida, no la muerte. Un destino de hijos, llamados a vivir de la misma vida de Dios, y para siempre, en la fiesta plena de la comunión con él.

MIRAR HACIA ADELANTE

No somos muy dados a mirar al futuro, preocupados como estamos por el presente y sus problemas. Según en qué círculos, hablar de "la otra vida" produce reacciones parecidas a las de los saduceos: se intenta olvidar o ridiculizar esa perspectiva. Y, sin embargo, es de sabios recordar en todo momento de dónde venimos y a dónde vamos. Las lecturas de hoy nos invitan a tener despierta esta mirada profética hacia el final del viaje, que, pronto o tarde, llegará para cada uno de nosotros.

En medio de una sociedad que parece a veces bloqueada en la perspectiva terrena de acá abajo, hoy se nos urge a que sepamos alzar la mirada y recordemos cuál es la meta de nuestro camino. La fe en la vida a la que Dios nos destina, tal como nos ha asegurado Jesús, es la que ha dado luz y fuerza a tantos millones de personas a lo largo de la historia, y la que también a nosotros nos ayuda en nuestra vida de fidelidad humana y cristiana, abiertos al Absoluto de Dios, que es el destino de nuestra historia personal y comunitaria. Sigue siendo un misterio. No pretendemos imaginar cómo es el más allá. Pero creemos a Cristo Jesús, el Maestro que Dios nos ha enviado, que nos asegura que los que se incorporan a él, vivirán para siempre.

Cuando Jesús anunció la Eucaristía, nos dijo que este sacramento iba a ser una garantía y un anticipo de la vida definitiva: "Si uno come de este pan, vivirá para siempre, yo le resucitaré el último día... el que me come, vivirá por mí, como yo vivo por el Padre". Vamos bien encaminados, si somos fieles a la convocatoria eucarística dominical, con lo que significa de actitud también fuera del templo: Jesús mismo, Palabra y Alimento, nos va dando fuerzas y nos prepara para el encuentro definitivo con él, o sea, con la vida plena.

J. ALDAZÁBAL
MISA DOMINICAL 1998/14 41-42
 

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