SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO

 

Es más tener a Dios en el alma que oro en el arca

Retened lo que poseéis, pero de forma que deis a los necesitados. Al hombre que no había robado lo ajeno, pero que miraba por lo suyo con diligencia inmoderada, nuestro Señor Jesucristo le dijo: Necio, esta noche se te quitará tu alma. ¿Para quién será lo que acumulaste? (Lc 12,20). Pero. luego añadió: Así es todo el que atesora para sí y no es rico en Dios. ¿Quieres ser rico en Dios? Da a Dios. Da no tanto en cantidad, como en buena voluntad. Pues no por dar poco, de lo poco que posees, se considerará como poco cuanto dieres. Dios no valora la cantidad sino la voluntad. Recordad, hermanos, aquella viuda. Oísteis decir a Zaqueo: Doy la mitad de mis bienes a los pobres. Dio mucho de lo mucho que tenía y compró la posesión del reino de los cielos a gran precio, según las apariencias. Pero si se considera cuán gran cosa es, todo lo que dio es cosa sin valor comparado con el reino de los cielos. Parece que dio mucho porque era muy rico.

Contemplad aquella pobre viuda que llevaba dos pequeñas monedas. Los presentes observaban lo mucho que echaban los ricos en el cepillo del templo y contemplaban sus grandes cantidades. Entró ella al templo y echó dos monedas. ¿Quién se preocupó ni siquiera de echarle una mirada? Pero el Señor la miró, y de tal manera que sólo la vio a ella y la recomendó a los que no la veían, es decir, les recomendó que mirasen a la que ni siquiera veían. «Estáis viendo -les dijo- a esta viuda, -y entonces se fijaron en ella-; ella echó mucho más en ofrenda a Dios que aquellos ricos que ofrecieron mucho de lo mucho que poseían». Ellos ponían sus miradas en las grandes ofertas de los ricos, alabándolos por ello. Aunque luego vieron a la viuda, ¿cuándo vieron aquellas dos monedas? Ella echó más en ofrenda a Dios -dijo el Señor- que aquellos ricos. Ellos echaron mucho de lo mucho que tenían; ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más tener a Dios en el alma que oro en el arca. ¿Quién echó más que la viuda que no se reservó nada para sí?

Sermón 107 A.


 

Nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí

Ignoro, hermanos, si puede encontrarse alguien a quien hayan aprovechado las riquezas. Quizá se diga: «¿No fueron de provecho para quienes usaron bien de ellas, alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, hospedando a los peregrinos, redimiendo a los cautivos?». Todo el que obra así, lo hace para que no le perjudiquen. ¿Qué sucedería, si no poseyese esas riquezas con las que hace misericordia, siendo tal que se hallase dispuesto a hacerla, si se hallase en posesión de ellas? El Señor no se fija en si las riquezas son grandes, sino en la piedad de la voluntad. ¿Acaso eran ricos los apóstoles? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela, y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien se despojó de la esperanza del siglo, como aquella viuda que depositó dos monedas en el cepillo del templo. Según el Señor, nadie dio más que ella.

A pesar de que muchos ofrecieron mayor cantidad, ninguno, sin embargo, dio tanto como ella en ofrenda a Dios, es decir, en el cepillo del templo (Lc 21,1-2). Muchos ricos echaban en abundancia, y él los contemplaba (Mc 12,41), pero no porque echaban mucho. Esta mujer entró con sólo dos monedillas. ¿Quién se dignó poner los ojos en ella? Sólo aquel que al verla no miró si la mano estaba llena o no, sino al corazón. La observó, pregonó su acción y al hacerlo proclamó que nadie había dado tanto como ella. Nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí. Das poco, porque tienes poco; pero si tuvieras más, darías más. Pero ¿acaso por dar poco a causa de tu pobreza, te encontrarás con menos, o recibirás menos porque diste menos?

Si se examinan las cosas que se dan, unas son grandes, otras son pequeñas; unas abundantes, otras escasas. Si, en cambio, se escudriñan los corazones de quienes dan, hallarás con frecuencia en quienes dan mucho un corazón tacaño, y en quienes dan poco uno generoso. Tú miras a lo mucho dado y no a cuánto se reservó para sí ese que tanto dio, cuánto fue lo que en definitiva otorgó, o cuánto robó quien de ello da algo a los pobres, como queriendo corromper con ello a Dios, el juez. Lo que consigues con tu donación es que no te perjudiquen tus riquezas, no que te aprovechen. Porque si fueres pobre y, desde tu pobreza, dieses, aunque fuera poco, se te imputaría tanto como al rico que da en abundancia, o quizá más, como a aquella mujer.

Sermón 105 A, 1.