Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia Homilía del Santo Padre durante la misa en el jubileo de los políticos


29 HOMILÍAS MÁS PARA EL DOMINGO XXXI
(21-29)

 

21.

Homilía del Santo Padre durante la misa en el jubileo de los políticos, domingo 5 de noviembre

1. "Escucha, Israel" (Dt 6, 3. 4).
La palabra de Dios, solemne y al mismo tiempo afectuosa, nos acaba de dirigir la invitación a "escuchar". A escuchar "hoy", "ahora"; y a hacerlo no de forma individual o privada, sino juntos:  "Escucha, Israel".

Esta invitación se dirige particularmente a vosotros, gobernantes, parlamentarios, políticos y administradores, que habéis venido a Roma para celebrar vuestro jubileo. Saludo cordialmente a todos y, en especial, a los jefes de Estado presentes entre nosotros.

En la celebración litúrgica se actualiza, aquí y ahora, el acontecimiento de la alianza con Dios. ¿Qué respuesta espera Dios de nosotros? La indicación que acabamos de recibir en la proclamación del texto bíblico es apremiante:  es preciso ante todo ponerse a la escucha. No una escucha pasiva e irresponsable. Los israelitas comprendieron bien que Dios esperaba de ellos una respuesta activa y responsable. Por eso prometieron a Moisés:  "Nos dirás todo lo que el Señor nuestro Dios te haya dicho y nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica" (Dt 5, 27).


Al asumir este compromiso, sabían que hacían una alianza con un Dios del cual podían fiarse. Dios amaba a su pueblo y quería su felicidad. Él pedía, en cambio, el amor. En el "Shema Israel", que hemos oído en la primera lectura, junto a la petición de fe en el único Dios, se manifiesta el mandamiento fundamental, el del amor a él:  "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6, 5).

2. La relación del hombre con Dios no es una relación de temor, de esclavitud o de opresión; al contrario, es una relación de serena confianza, que brota de una libre elección motivada por el amor. El amor que Dios espera de su pueblo es la respuesta a aquel amor fiel y solícito que él le ha manifestado antes a través de las distintas etapas de la historia de la salvación.

Precisamente por esto el pueblo elegido entendió los mandamientos, más que como un código legal y una regulación jurídica, como un acontecimiento de gracia, como signo de su privilegiada pertenencia al Señor. Es significativo que Israel no habla nunca de la ley como una carga, una imposición, sino como un don y un favor:  "Felices nosotros, Israel -exclama el profeta-, porque lo que agrada a Dios nos ha sido revelado" (Ba 4, 4).

El pueblo sabe que el Decálogo es un compromiso obligatorio, pero sabe también que es la condición para la vida:  Mira, dice el Señor, yo pongo ante ti la vida y la muerte, es decir el bien y el mal; te prescribo que cumplas mis mandamientos, para que tengas vida (cf. Dt 30, 15). Con su ley Dios no quiere coartar la voluntad del hombre, sino liberarlo de todo aquello que puede poner en peligro su auténtica dignidad y su plena realización.

3. Ilustres señores y señoras gobernantes, parlamentarios y políticos, he querido reflexionar sobre el sentido y sobre el valor de la ley divina, porque se trata de un tema que os afecta directamente. Vuestra tarea cotidiana consiste en elaborar leyes justas y promover su aprobación y aplicación. Estáis convencidos de que, al hacerlo, prestáis un importante servicio al hombre, a la sociedad y a la libertad misma. Y con razón. En efecto, la ley humana, si es justa, no va nunca contra la libertad, sino que está a su servicio. Esto lo había intuido ya el sabio pagano, cuando sentenciaba:  "Legum servi sumus, ut liberi esse possimus", es decir, "Somos siervos de las leyes, para poder ser libres" (Cicerón, De legibus, II, 13).

Sin embargo, la libertad a la que hace referencia Cicerón se sitúa principalmente al nivel de las relaciones externas entre los ciudadanos. Como tal, esa corre el peligro de reducirse a un equilibrio congruente de los intereses respectivos y, tal vez, de egoísmos contrapuestos. Por el contrario, la libertad a la que alude la palabra de Dios hunde sus raíces en el corazón del hombre, un corazón que Dios puede liberar del egoísmo, haciéndolo capaz de abrirse al amor desinteresado.

No en vano, en la página evangélica que acabamos de escuchar, al escriba que le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos, Jesús le responde citando el "Shema":  "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" (Mc 12, 30). El acento está puesto en el "todo":  el amor de Dios no puede por menos de ser "total". Pero sólo Dios puede purificar el corazón humano del egoísmo y "liberarlo" para dotarlo de plena capacidad de amar.

Un hombre con el corazón así "enriquecido" puede abrirse al hermano y hacerse cargo de él con la misma solicitud con la que se preocupa de sí mismo. Por esto Jesús añade:  "El segundo (mandamiento) es este:  Amarás al prójimo como a ti mismo" (Mc 12, 31). Quien ama a Dios con todo su corazón y lo reconoce como "único Dios", y por tanto como Padre de todos, debe ver como hermanos a cuantos se encuentran en su camino.

4. Amar al prójimo como a sí mismo. Estas palabras hallan seguramente eco en vuestras almas, queridos gobernantes, parlamentarios, políticos y administradores. Os plantean hoy a cada uno, con ocasión de vuestro jubileo, una cuestión central:  ¿de qué manera, en vuestro delicado y comprometido servicio al Estado y a los ciudadanos, podéis cumplir este mandamiento? La respuesta es clara:  viviendo el compromiso político como un servicio. ¡Una perspectiva luminosa y exigente! En efecto, no puede reducirse a una reafirmación genérica de principios o a la declaración de buenas intenciones. El servicio político supone un compromiso preciso y diario, que exige una gran competencia al cumplir el propio deber y una moralidad a toda prueba en la gestión desinteresada y transparente del poder.

Por otra parte, la coherencia personal del político ha de expresarse también en una correcta concepción de la vida social y política a la que está llamado a servir. Desde esta perspectiva, un político cristiano no puede dejar de hacer referencia constante a aquellos principios que la doctrina social de la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los tiempos. Como es sabido, esos principios no constituyen una "ideología" ni un "programa político", sino que ofrecen las líneas fundamentales para una comprensión del hombre y de la sociedad a la luz de la ley ética universal presente en el corazón de todo hombre e iluminada por la revelación evangélica (cf. Sollicitudo rei socialis, 41). A vosotros, queridos hermanos y hermanas comprometidos en política, os corresponde ser sus intérpretes convencidos y activos.

Ciertamente, en la aplicación de esos principios a la compleja realidad política, a menudo será inevitable encontrarse con ámbitos, problemas y circunstancias que pueden dar legítimamente lugar a diversas valoraciones concretas. Sin embargo, al mismo tiempo, no se puede justificar un pragmatismo que, también con respecto a los valores esenciales y básicos de la vida social, reduzca la política a pura mediación de los intereses o, peor aún, a una cuestión de demagogia o de cálculos electorales. Aunque el derecho no puede y no debe cubrir todo el ámbito de la ley moral, también se debe recordar que no puede ir "contra" la ley moral.

5. Esto adquiere particular relieve en esta fase de intensas transformaciones, en la que surge una nueva dimensión de la política. El declive de las ideologías va acompañado de una crisis de las formaciones partidistas, que impulsa a comprender de modo nuevo la representación política y el papel de las instituciones. Es necesario redescubrir el sentido de la participación, implicando en mayor medida a los ciudadanos en la búsqueda de vías oportunas para avanzar hacia una realización del bien común cada vez más satisfactoria.

En esta tarea el cristiano debe huir de la tentación de la oposición violenta, a menudo fuente de grandes sufrimientos para la comunidad. El diálogo se presenta siempre como instrumento insustituible de toda confrontación constructiva, tanto dentro de los Estados como en las relaciones internacionales. ¿Y quién podrá asumir esta "tarea" de diálogo mejor que el político cristiano, que cada día debe confrontarse con lo que Cristo llamó "el primer" mandamiento, es decir, el mandamiento del amor?

6. Amadísimos hermanos y hermanas, son numerosas y exigentes las tareas que esperan, al comienzo del nuevo siglo y del nuevo milenio, a los responsables de la vida pública. Como sabéis, precisamente pensando en esto, en el contexto del gran jubileo, he querido ofreceros la protección de un patrono especial:  el santo mártir Tomás Moro.

Su figura es verdaderamente ejemplar para quienquiera que esté llamado a servir al hombre y a la sociedad en el ámbito civil y político. Su elocuente testimonio es más actual que nunca en un momento histórico que plantea retos cruciales para la conciencia de quien tiene la responsabilidad directa en la gestión pública. Como estadista, se puso siempre al servicio de la persona, especialmente del débil y del pobre; los honores y las riquezas no hicieron mella en él, pues lo guiaba un notable sentido de la equidad. Sobre todo, no aceptó nunca ir contra su conciencia, llegando hasta el sacrificio supremo con tal de no desoír su voz. Invocadlo, seguidlo e imitadlo. Su intercesión os ayudará a obtener, incluso en las situaciones más arduas, fortaleza, buen humor, paciencia y perseverancia.


Es el deseo que queremos corroborar con la fuerza del sacrificio eucarístico, en el cual una vez más Cristo se hace alimento y orientación para nuestra vida. Que el Señor os conceda ser políticos según su Corazón, imitadores de santo Tomás Moro, testigo valiente de Cristo e integérrimo servidor del Estado.


22.

El domingo pasado se nos hablaba de las fuerzas o virtudes teologales, que recibimos en germen en el sacramento del Bautismo. Las tenemos que desarrollar y hacer crecer durante toda nuestra vida. Estas fuerzas o virtudes son los medios privilegiados para escuchar a Dios y hablar con Dios y conseguir así, realizar y dar cumplimiento a nuestras tres opciones fundamentales en la vida. Y recordar, que la primera opción fundamental para llegar a Dios, al triunfo, a la felicidad es el matrimonio.

Las tres virtudes teologales, pues, son la fe, la caridad y la esperanza. Las hemos aprendido, diciendo: fe, esperanza y caridad. Pero el orden lógico es el que os he dicho anteriormente , que corresponde a la enseñanza que se nos está haciendo estos tres domingos. Domingo 30: la FE – Domingo 31: La CARIDAD – Domingo 32: La ESPERANZA

El domingo pasado se presentaba a Jesús un pobre ciego, que por ciego y pobre salió al camino. Y le buscó, y le preguntó, y le pidió a gritos: "¡Que vea, Señor, que vea !" Y vio por fuera y vio por dentro, y siguió a Jesús, camino adelante, camino de la Pascua. Se encontraban en Jericó, a 20 km. cuesta arriba hacia Jerusalén. Y a mil metros de altura. Bartimeo se llamaba y caminaba junto a Jesús con un nuevo modo de ver y una nueva manera de vivir. Todo había cambiado en su vida. Su Fe, su confianza en Jesús le cambió por completo.

Hoy Jesús, vemos que ya ha llegado a Jerusalén y un escriba, pobre en ideas, desorientado en su vida ante los 600 y más preceptos de la ley judía, le sale al encuentro, como le salió Bartimeo le busca, hacia él se dirige, se le acerca para interrogarle, haciéndole una pregunta fundamental.

¿A quién busco yo en mi vida? Esto es lo importante para ti y para mí en este relato, que me interpela. ¿Hacia quién me dirijo, a quién me acerco, a quién pregunto y qué pregunto?.

El Evangelio es un detector de actitudes. El evangelio escudriña tu vida. Está lleno de detalles significativos, como éste que acabamos de escuchar: un escriba que se acerca Jesús y lleno de interés e inquietud le pregunta: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?"

¿Cuáles son mis apetencias, en qué mundo de intereses me desenvuelvo, cuáles son mis inquietudes? Un buen programa para bucear dentro de nosotros mismos esta semana. Una imagen y un episodio fáciles de recordar: el escriba que se acerca y pregunta a Jesús. Este debe ser mi trabajo, algo difícil y comprometido al realizarlo, pues debo: examinar mi mundo, mis intereses, mis preocupaciones, mis relaciones, mis preguntas, quizás de curiosidades malsanas, de murmuraciones o calumnias o de chismes por la superficialidad de mi vida.

¿Qué le pregunta?: ¡qué mandamiento es el primero de todos!. Búsqueda, pues, de las cosas de Dios, búsqueda de lo esencial, de lo primero. ¿Qué interés tengo yo por las cosas de Dios, si es que tengo algún interés? ¿Busco lo esencial, lo primero, o me entretengo en bagatelas, fruslerías, en superficialidades y en chismes?

¿Qué libros leo, si leo alguno? ¿Qué revistas ojeo? ¿Están en la línea de los valores divinos o en la línea de las pasiones humanas: noveluchas, revistas de cotilleos, pero nada serio?

El escriba del evangelio  de hoy se interesaba por la búsqueda de lo divino, porque, a pesar de ser escriba, conocedor y especialista de la ley, no cree saber todas las cosas de Dios, se siente pobre de espíritu y alarga su mano, como Bartimeo, con un interrogante, con una pregunta.

La respuesta de Jesús: ¿El primer mandamiento, me preguntas? Hele aquí: Amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. La acumulación de términos: corazón, alma, mente, ser, quieren significar una plenitud de amor, que compromete todas nuestras facultades para amar.

Es necesario, pues, que el amor nos queme de la cabeza a los pies, de la mente al cuerpo, de la mañana a la tarde, y de la tarde a la mañana, de la infancia a la vejez. ¿Amo yo así a Dios, con la totalidad de mi vida, con la totalidad de mi ser? Cuántas preguntas me hace Dios en este relato del Evangelio que hoy hemos proclamado. De mis respuestas sinceras y valientes, depende mi progreso como cristiano, para no quedarme atrapado por simples costumbres, que son una mortaja en mi vida.

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Tu eres la medida del amor a tu prójimo. No tienes que buscarla lejos de ti, que en ti está: como tú te amas a ti mismo, que buena medida es.

Ni una espiritualidad, pues, de huida del mundo para refugiarse egoisticamente sólo en Dios, ni querer remplazar el primer mandamiento: Amor a Dios, por sólo una sociología barata de amor filantrópico, al simple hombre.

No es suficiente amar al prójimo. Es necesario en primer lugar amar, reverenciar, alabar y darle gracias a Dios.

Ahora cumplamos lo primero en nuestra Eucaristía: amar a Dios, darle gracias, alabarle y glorificarle para que no sea hueco, vano, superficial y sin consistencia el amor a nuestros hermanos.

En la conjugación de esos dos amores está el verdadero amor. Amar, primer mandamiento y amar, segundo mandamiento. El denominador común es: amar.

La respuesta de Jesús no tiene originalidad, pues El repite y recuerda lo que ya estaba en la Ley judía, en el libro del Deuteronomio y lo encontramos en todas las religiones, que ninguna manda odiar y matar al prójimo.

La originalidad está en la aproximación que hace de esos dos mandamientos, que, en el pensamiento de Jesús, se apoyan el uno en el otro, tienen la misma importancia de mandamiento mayor.

Le preguntaron por el mayor o el primer mandamiento y Jesús dio dos respuestas en una. Porque no se puede practicar el primero sin en el segundo, ni el segundo sin el primero. Por eso nos dirá San Juan en una de sus cartas: "quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso". Amar a Dios sin amar al prójimo es una mentira.

Pero, atención, dar tan solo trabajo, comida, medicamentos, vivienda, diversiones al prójimo, hacerle en fin, un paraíso en este mundo, sin Dios, es esclavizarle a la larga y a la corta; es dejar sin sentido su vida, por eso las gentes huyen de esos paraísos comunistas o capitalistas: les falta Dios, que da peso, contenido y sentido al misterio de la vida del hombre. Y si no, preguntarles a las gentes en los velatorios o en las puertas de los cementerios, cuando han dejado allí y para siempre a un ser muy, muy querido, aun no siendo creyentes os dirán como Adolfo Becquer, incrédulo, pero dudando y creyendo ante la realidad de la muerte:

"Vuelve el polvo al polvo?  -¿Vuela el alma al Cielo?  -¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno?  -No sé, pero hay algo que explicar no puedo,  -que a la par produce inquietud y miedo,  -al dejar tan sólos, tan tristes, los muertos.

Que en esta Eucaristía le digamos a Dios todo lo que le queremos porque mucho queremos a nuestros prójimos.

 P. Eduardo Martínez Abad, escolapio


23. Fuente: Catholic.net - Autor: P. Antonio Izquierdo

Nexo entre las lecturas

"Amarás al Señor tu Dios..."; "amarás al prójimo...". Éste es el mensaje de la liturgia hodierna y la esencia del amor cristiano. Éste es el mandamiento más grande de todos (primero amor a Dios y segundo amor al prójimo), nos dice Jesús en el Evangelio. En la primera lectura, el pueblo de Israel confiesa su fe en el Dios único y, a partir de ella, profesa su amor total y exclusivo a Yahvéh. Jesucristo, nuestro sumo sacerdote, manifiesta lo que enseña ofreciéndose a sí mismo al Padre para salvación de los hombres e intercediendo en el cielo a nuestro favor.


Mensaje doctrinal

1. Un amor "nuevo". La respuesta de Jesús al escriba que le ha preguntado sobre cuál de entre los 613 mandamientos que existían en su tiempo era el primero y más importante está tomada del Antiguo Testamento. La primera parte la toma del Deuteronomio, correspondiente a la primera lectura de este domingo; la segunda, del libro del Levítico, referida al amor al prójimo (19,18). La novedad del amor cristiano no está en el contenido, ya conocido y revelado por Dios. La novedad se funda en la unión indisoluble entre ambos mandamientos, haciendo de ellos uno solo: "No existe otro mandamiento (obsérvese el singular) mayor que éstos". El amor a Dios y el amor al prójimo no son dos corceles que cada uno corre por su cuenta en el estadio de la vida. Más bien, están uncidos a un mismo carro sobre el cual el hombre corre por la historia y la atraviesa en marcha hacia su destino y su fin en la eternidad. Para que sean cristianos, estos dos amores deben llegar a constituir un único amor inseparable. Este amor cristiano es "nuevo" además porque en él se resumen y estructuran todos los otros preceptos existentes en el mundo judío, como también todos los mandamientos, leyes y preceptos de la existencia cristiana en cada momento de la historia. El lazo del amor es el lazo de la perfección. Y desde el amor todos los preceptos se revisten de la hermosura y de la perfección misma del amor. El texto evangélico termina diciendo: "Y ninguno se atrevía a hacerle preguntas", para indicar que la respuesta ha dado en el clavo, y por tanto cualquier otra pregunta sale sobrando. Nosotros, los cristianos, ese amor "nuevo" lo descubrimos en la cruz de Cristo, donde nuestro sumo sacerdote se ofrece como víctima de amor al Padre por amor a los hombres pecadores (segunda lectura).

2. Un culto "nuevo". El escriba, haciéndose eco de las palabras de Jesús, replica: "El amor a Dios y el amor al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios" (Evangelio). Un culto "nuevo" parece insinuarse en estas palabras; un culto, donde los holocaustos y sacrificios no valen por sí, sino sólo en cuanto expresión de amor y en cuanto predisposición para el amor sea a Dios sea al prójimo, o mejor quizá, a Dios en el prójimo y al prójimo en Dios. En este sentido, no importa que el templo de Jerusalén desaparezca, sea destruido, porque donde exista el amor verdadero, el amor "nuevo", podrá continuar el culto "nuevo", en el que las víctimas no serán los animales (toros y machos cabríos) sino el hombre en la profundidad interior de su ser y de su persona. Ese culto "nuevo" no necesita de muchos sacerdotes (en el templo de Jerusalén había diariamente cientos de sacerdotes ejerciendo su oficio), sino de uno solo, Jesucristo, sumo y eterno sacerdote ante el Padre para redimir a los hombres. Los sacerdotes de la nueva alianza no aumentan el número, sino que prolongan en el tiempo el único sacerdocio de Jesucristo. Parafraseando a san Agustín, el templo "nuevo" en espíritu y en verdad, exige un culto "nuevo" también en espíritu y en verdad; el culto "nuevo" reclama un corazón "nuevo", que cante con un cántico "nuevo" con los labios, pero sobre todo con la vida.


Sugerencias pastorales

1. Dos maderos para una cruz. En la cruz de Cristo se unen para siempre el madero vertical, amor a Dios, y el madero horizontal, amor al prójimo. No existe la cruz sin la unión de ambos maderos. No existe el amor cristiano sin la unión de ambos amores en el único misterio de la cruz. Es importante esta afirmación porque no es pequeña la tentación de separar lo que Jesucristo ha unido para siempre. La tentación de amar tan exclusivamente a Dios que nos olvidemos de los hombres; o la tentación de amar tan exclusivamente a los hombres que nos olvidemos de Dios. Esta tentación, si no es vencida, trae consigo consecuencias bastante dañinas. Por ejemplo, se deja la oración porque "la entrega a los demás y las actividades en favor de los demás son ya oración". O se ha llegado a tal "perfección" en el amor a Dios que se puede con libertad murmurar y hablar mal del prójimo con la conciencia tranquila. Puesto que es mucho más difícil mantener uncidos estos dos amores que separarlos, hemos de estar muy atentos sobre nuestras actitudes y nuestros comportamientos para con Dios y para con nuestros hermanos. Si al final de cada día, cada cristiano examinara su conciencia sobre este amor "nuevo" y se propusiese ir progresando día tras día en el amor, la vivencia del cristianismo mejoraría en muchos de nosotros. Lo más significativo de estos dos amores, vertical y horizontal, es que constituyan una cruz y no una cómoda butaca. La experiencia y la vida de Jesucristo nos dicen elocuentemente que el amor cristiano, llevado a sus últimas consecuencias, termina en una cruz. Desde esa cruz el amor se abre a los cuatro puntos cardinales, se hace universal.

2. Amor y Eucaristía. El amor de Jesucristo al Padre y a los hombres hasta la cruz y la resurrección se renueva hora tras hora en cada altar donde se celebra la Eucaristía. El amor vertical y horizontal de Jesús, su amor universal, no ha pasado a la historia, sino que la cruza hora tras hora y día tras día hasta el fin de los tiempos. La Eucaristía es el amor redentor de Jesús eternizado, más allá de las condiciones históricas de su pasión y muerte. En la Eucaristía se repite, bajo el velo del sacramento, su pasión de amor en el corazón de la historia. A esta luz se comprenden dos urgencias pastorales:

1) Una catequesis generalizada y permanente, desde los niños hasta los adultos, sobre la riqueza de significado y sobre los frutos estupendos de la Eucaristía. Quien logre descubrir la profundidad del amor de Jesucristo en la Eucaristía, se enamorará de ella seguramente.

2) El despertar en la conciencia de los cristianos que la eucaristía de Jesús es inseparable de la eucaristía de los cristianos. Es decir, que el amor de Jesucristo a Dios y a los hombres en la Eucaristía es un imperativo ineludible para que el cristiano se juegue su vida a la única carta del amor a Dios y al prójimo. El hacer la Eucaristía lleva consigo, en fuerza del dinamismo de la gracia, el hacerse Eucaristía.


24. Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR. - Fuente: www.scalando.com


Segunda Ley

Egipto, el Mar Rojo, el éxodo, el Sinaí, el desierto, Moab, siempre serán puntos de referencia para el pueblo. Cuando se escribió el libro del Deuteronomio, históricamente ya todo eso había pasado. Pero esas experiencias habían dejado de ser datos históricos para convertirse en realidades existenciales para la vida del pueblo y en general para toda la humanidad.

Deuteronomio es segunda ley (deuteros - segunda y nomos - ley). Se le llamó así porque, según la tradición, fue dada en las llanuras de Moab, posterior a la Ley del monte Horeb (Sinaí), considerada la primera ley. Allí encontramos homilías atribuidas a Moisés desde que el pueblo abandonó el Sinaí, hasta que llegaron a la tierra de Moab. Más que una segunda ley, es una interpretación y reformulación de las leyes anteriores, con una urgente exhortación a cumplirlas.

El pasaje que hoy leemos hace referencia simbólica a la época de la conquista y posesión de la tierra; pero en realidad corresponde a la época postexílica (después del exilio de Babilonia), cuando Israel había probado el sufrimiento, la persecución, la esclavitud y otros males, por no seguir el camino correcto. Para utilizar palabras de aquella época: por no escuchar ni poner en práctica los mandatos y preceptos del Señor.

Éste es el famoso Shemá (Escucha Israel), que los judíos recitan tres veces al día y cuando van a morir. Según la enseñanza de los profetas, todas las desgracias sucedieron por no escuchar la voz de Dios e ir tras otros dioses. Por seguir los proyectos engañadores de pueblos vecinos, presentados como la gran novedad y con la promesa de prosperidad para todos, que terminó hundiéndolos en la más amarga frustración: injusticia, dolor, muerte…

También gente del mismo pueblo quería parecerse a los demás pueblos, pues le parecía atractiva su forma de vida, su música, sus dioses, su organización política y social. Le hacían ver la fastuosidad de los palacios, de los ejércitos, de la monarquía y sus ministros, y la gran categoría que ese sistema le daba a una nación. Dentro de ellos mismos se dieron manifestaciones de ambición, de codicia y deseos de poder.

Entonces, aún con la resistencia de muchos radicales que defendían el tribalismo, sistema que garantizaba una vida digna para todos, implantaron la monarquía; un sistema del cual habían huido cuando estaban en Egipto. Por los deseos de poder los hijos de Salomón se repartieron el reino heredado de su padre, de tal manera que el pueblo quedó dividido en dos: el reino del norte y el reino del sur. Los profetas consideraron todo eso como idolatría, desobediencia a los preceptos de Dios y una afrenta a la memoria de sus padres, quienes habían logrado un sistema justo con tanto sudor y lágrimas.

El pueblo se había olvidado de su historia, de sus conquistas y de la mano de Dios que siempre lo acompañaba. Había sufrido, no por castigo de Dios sino como consecuencia de sus propios errores. Era preciso escuchar de nuevo, recordar y guardar en la memoria todos los mandatos y preceptos para tener vida.

Dios había escuchado sus gritos cuando era esclavo en Egipto y lo había liberado con el liderazgo de Moisés. Al pueblo le correspondía escuchar a Dios y poner en práctica sus preceptos para no perder esa libertad. Dios guardaba al pueblo en su memoria y lo acompañaba siempre, el pueblo debía guardar memoria de sus leyes sagradas.

Escuchar no es sólo la facultad de percibir sonidos. Es poner todo el interés, la atención y el aprecio para recibir el mensaje y guardarlo en la memoria. La memoria no es sólo la facultad psíquica por medio de la cual se retienen y recuerdan algunos datos; es tener siempre presente, durante toda la vida, de día y de noche, en la alegría y en la tristeza, en la cumbre de la gloria o en lo profundo del abismo, el mensaje vital. “A la memoria de Dios que no olvida a nadie, corresponde la memoria del creyente que se sabe amado” (Gustavo Gutiérrez).

Ante la continua amenaza a la identidad cultural y religiosa, a la libertad que les había costado tanto conseguir, la reacción de los rabinos fue una enérgica radicalización de la fe en Yahvé: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, sólo el Señor. Por eso amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Los mandamientos que hoy te doy se grabarán en tu memoria.”


Ley fundamental

Podemos pensar que el escriba del evangelio era un fariseo, porque el texto viene después de la discusión de Jesús con los saduceos, sobre el tema de la resurrección de los muertos, en el cual Jesús los dejó sin argumentos. Ahora le tocaba el turno a los fariseos quienes seguramente también querrían probarlo. Además porque las discusiones sobre cuál de los mandamientos era el más importante, eran muy típicas de los coloquios farisaicos.

A los ya conocidos mandamientos de la ley de Dios, los fariseos habían añadido más de 600 preceptos y prohibiciones, según ellos, para poder cumplir mejor los mandamientos. Con el tiempo estos preceptos y prohibiciones se convirtieron en normas incuestionables y equiparables al decálogo.

Dentro de los mismos fariseos había tendencias más radicales que otras. En tiempo de Jesús los fariseos estaban divididos en dos grupos: los de Hillel y los de Shamay, estos últimos más radicales que los primeros. Posiblemente este escriba era un fariseo de la línea de Hillel ya que no tuvo inconveniente en aceptar, por lo menos de palabra, la interpretación de Jesús acerca de los mandamientos.

Jesús fue un judío y como tal profesó la fe judía. En su tiempo no había una sóla manera de ser judío. Había saduceos, fariseos, esenios, celotes, bautistas y gente que no estaba inscrita en ningún grupo particular. Cada grupo y cada rabino interpretaba la ley según su parecer y muchas veces entre ellos se daban verdaderos enfrentamientos.

Él conoció de cerca estos grupos, pero no se quedó en ninguno, aunque militó en el grupo de Juan el Bautista. Aprendió lo mejor de toda la experiencia de fe y tomó distancia de algunas tradiciones, costumbres, mandatos, prohibiciones, tabúes, etc., que se habían adherido. En medio de todo descubrió lo fundamental: el amor a Dios, a sí mismo y al prójimo.

La propuesta de Jesús está basada en la vasta experiencia bíblica y en su propia experiencia de fe, que le permitió actualizar, continuar y darle plenitud al proyecto salvífico de Dios. Para su respuesta al escriba, tomó el Shemá que leímos en la primera lectura y le añadió un segundo mandamiento sin el cual no se puede dar el primero y viceversa.

Contrario a lo que proclamaban algunos místicos medievales: la fuga del mundo para encontrarse con Dios, el desprecio por las cosas terrenales e incluso por las personas, para hacerse santos en las celdas conventuales, Jesús no permite fisura entre amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo. Porque, como dice la primera carta de Juan: “Si uno dice: `Yo amo a Dios´ y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” (1Jn 4,20). “Debemos entender que `el otro´ no existe; `el otro´ somos nosotros mismos.” (Orhan Pamuk – premio nóbel de literatura 2006)

“No estás lejos del Reino de Dios”, le dijo Jesús al escriba. Hemos leído, escuchado, meditado y orado con este mensaje. Ya lo sabemos, lo tenemos en la memoria. Pero es más fácil hablar del amor, la solidaridad y el perdón, que ponerlos en práctica. No estamos lejos del Reino de Dios, pero aún no estamos en él. Falta una segunda parte: hacerlo vida. Sin eso todo esto no será más que una burla a Dios, a nosotros mismos y a los demás seres humanos. Si lo vivimos encontraremos vida. “Respeta al Señor tu Dios, guardando, mientras vivas, todos sus mandatos y preceptos como yo te los doy; y que hagan lo mismo tus hijos y tus nietos, para que tengan larga vida”

Tener vida. Otro tema en el que hay mucha tela para cortar. Es distinto tener vida a sobrevivir…


25. Instituto del Verbo Encarnado

San Juan Crisóstomo

HOMILÍA 71

EL MÁS GRANDE MANDAMIENTO

Nuevamente pone el evangelista la causa por que debieran los émulos de Jesús guardar silencio, y por ese solo hecho nos hace ver su atrevimiento. ¿Cómo y de qué manera? Porque en el momento en que los saduceos habían sido reducidos a silencio, le atacan otra vez los fariseos. Porque cuando, siquiera por eso, debieran haberse callado, ellos vuelven a sus ataques anteriores, y le echan ahora por delante a un doctor de la ley, no porque tengan ganas de aprender nada, sino con intención de ponerle en apuro. Y así le preguntan cuál es el primer mandamiento. Como el primer mandamiento era: Amarás al Señor, Dios tuyo, esperando que les diera algún asidero si acaso intentaba corregirlo, puesto que Él mismo declaraba ser Dios, de ahí la pregunta que le dirigen. ¿Qué contesta, pues, Cristo? Para hacerles ver la causa por que habían venido a preguntarle, que no era otra que su falta absoluta de caridad, estar consumidos por la envidia y ser presa de los celos, les contesta: Amarás al Señor Dios tuyo; Éste es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¿Por qué es el segundo semejante al primero? Porque le prepara el camino y por él a su vez es confirmado. Porque: Todo el que obra mal, aborrece la luz y no viene a la luz. Y otra vez: Dijo el insensato en su corazón: No hay Dios. ¿Y qué se sigue de ahí? Se corrompieron y se hicieron abominables en sus ocupaciones. Y otra vez: La raíz de todos los males es el amor al dinero, y por buscarlo, algunos se han extraviado de la fe. Y: El que me ama, guarda mis mandamientos. Ahora bien, todos sus mandamientos y como la suma de ellos es: Amarás al Señor, Dios tuyo, y a tu prójimo como a ti mismo. Si, pues, amar a Dios es amar al prójimo—porque, Si me amas, le dice a Pedro, apacienta mis ovejas-el amar al prójimo hace guardar los mandamientos, con razón añade el Señor: En estos mandamientos está colgada toda la ley y los profetas. De ahí justamente que haga aquí lo que había hecho anteriormente. Por que, preguntado allí sobre el modo de la resurrección y qué cosa fuera la resurrección, para dar una lección a los saduceos, respondió más de lo que se le había preguntado; y aquí, preguntado por el primer mandamiento, responde también sobre el segundo, que no es muy diferente del primero. Porque: El segundo es semejante al primero, dándoles a entender de dónde procedía su pregunta, es decir, de pura enemistad. Porque la caridad no es envidiosa. Por aquí demuestra que Él obedece a la ley y a los profetas. Mas ¿por qué razón Mateo dice que este doctor le preguntó para tentarle, y Marcos lo contrario: Porque, viendo Jesús—dice——que había respondido discretamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. No hay contradicción entre los evangelistas, sino perfecta concordia. Porque el doctor de la ley le preguntó sin duda tentándole al principio; luego, por haber sacado provecho de la respuesta del Señor, es alabado. Y tampoco le alabó al principio. Sólo cuando dijo que amar al prójimo era mejor que todos los holocaustos, le replicó el Señor: No está lejos del reino de Dios. El doctor había sabido desdeñar lo bajo de la religión y había comprendido el principio de la virtud. A la verdad, a este amor del prójimo tendía todo lo otro, los sábados y lo demás. Y ni aun así le tributó el Señor alabanza completa, sino con alguna reserva. Decirle, en efecto, que no estaba lejos, era afirmar que algo distaba, y era a par invitarle a buscar lo que le faltaba. Por lo demás, no hay que sorprenderse de que el Señor alabe al doctor de la ley por haber dicho: Uno solo es Dios, y fuera de Él no hay otro; por este pasaje debemos más bien darnos cuenta de cómo el Señor se acomoda en sus respuestas a las ideas de quienes le preguntan. Porque si bien los judíos dicen mil cosas indignas de la gloria de Cristo, una cosa, sin embargo, no se atreverán a decir: que no sea Dios en absoluto. — ¿Cómo pues, alaba al doctor de la ley, cuando dice que no hay otro Dios fuera del Padre? —No es, ni mucho menos, que se excluya a sí mismo de ser Dios; sino que, como no había aún llegado el momento de revelar su propia divinidad, le deja al doctor permanecer en el dogma primero y le alaba de conocer tan bien lo antiguo. Era un modo de prepararle para la enseñanza del Nuevo Testamento, cuando fuera momento de introducirla, Por lo demás, las palabras: Uno solo es Dios, y fuera de Él no hay otro, ni, en el Antiguo Testamento ni en otra parte se dicen para rechazar al Hijo, sino por contraposición a los ídolos. De suerte que, al alabar al doctor por haber dicho eso, en este sentido le alaba el Señor.

LOS FARISEOS SE CALLAN

Mas considerad, os ruego, la oportunidad del momento. Cuando Cristo mismo había dicho: Uno solo es el Señor, entonces es cuando afirma que también Él es Señor, y lo prueba ya no sólo por sus obras, sino también por la profecía, y juntamente les muestra que su Padre le vengará de ellos: Hasta que ponga—dice—a tus enemigos por escabel de tus pies. Lo cual era afirmar una vez más la perfecta concordia con su Padre y el honor que le tributaba. De este modo puso el Señor fin a sus discusiones con los fariseos; un alto y magnífico fin, capaz de coserles definitivamente las bocas. Y fue así que desde aquel momento se callaron, no de buena gana, sino porque nada tenían que replicarle. Tan mortal golpe les había asestado el Señor, que no se atrevieron a volver más a las andadas, Porque: Nadie—dice el evangelista—se atrevió desde aquel día a preguntarle nada más. Y no fue ello de poco provecho para la muchedumbre, pues a éstas se dirige en adelante el Señor, ahuyentando de ella los lobos y deshaciendo sus asechanzas. Los fariseos, en cambio, ningún provecho sacaron, víctimas que eran de la vanagloria y de antiguo hundidos en esta terrible pasión. Pasión, digo, terrible y de mil cabezas, pues por ella unos ambicionan el mando, otros codician las riquezas, otros aman la fuerza corporal. Y, avanzando en su camino, la vanagloria se infiltra en la limosna, en el ayuno, en la oración, en la enseñanza. Bestia, en fin, de muchas cabezas. Pero que se tenga vanagloria de otras cosas, no hay por qué maravillarse; mas que pueda también cebarse en la oración y en el ayuno, eso sí que es sorprendente y digno de llorarse. Mas no nos contentemos sólo con reprender. Digamos también el modo de huir de la vanagloria. ¿Contra quiénes, pues, bajaremos primero a la palestra? ¿Contra los que se engríen de sus riquezas, o de sus vestidos, o de sus magistraturas, o de sus doctrinas, o de sus cuerpos, o de sus profesiones, o de su belleza, o de sus adornos, o de su crueldad, o de su misericordia y limosnas, o de su maldad, o contra los vanidosos en su muerte, o los después de su muerte? Porque, como ya he dicho, muchos recovecos tiene esta pasión, que es capaz de pasar los umbrales mismos de nuestra vida, Así, Fulano—dicen-—ha muerto, y para llamar la atención mandó que se hiciera esto o lo otro. Y por llamar la atención es uno pobre y otro rico. Porque lo terrible de esta pasión es que consta de contrarios.

(San Juan Crisóstomo, Obras de San Juan Crisóstomo, tomo II, B.A.C., Madrid, 1956, 437-444)

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Santo Tomás de Aquino I

Del Amor de Dios y del prójimo

Interrogado Cristo antes de su Pasión, por legisperitos, sobre cuál fuese el mayor y primer mandamiento, dijo —Mt 22, 37—: "amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente: este es el mayor y primer mandamiento". Y en verdad este es, muy claramente, el mayor y el más noble y el más útil entre todos los mandamientos; en éste se encierran todos los demás. Pero para poder cumplir perfectamente con este precepto del amor, cuatro cosas se requieren:
La primera es la recordación de los divinos beneficios; porque cuanto tenemos, el alma, el cuerpo, los bienes exteriores, de Dios los tenemos. Y por eso es forzoso servirle con todas las cosas y que lo amemos con perfecto corazón. En efecto, demasiado ingrato es el que pensando en los beneficios de alguien no lo ama. Recapacitando en estas cosas, decía David, I Paralip 29, 14: "Tuyas son todas las cosas: las que de tu mano hemos recibido son las que te damos". Y por eso en alabanza de David dice el Eclesiástico, 47, 10: "Con todo su corazón alabó al Señor, y amó al Señor que lo creó".
La segunda es el considerar la divina excelencia. En efecto, Dios es más grande que nuestro corazón —I Juan 3—; así es que si le servimos con todo el corazón y todas las fuerzas, aún así no es lo suficiente. Eclesiástico 43, 32-33: "Alabando al Señor cuanto podáis, aún así El estará muy por encima. Al bendecir al Señor, exaltadlo cuanto podáis, pues El es más grande que toda alabanza". La tercera es el renunciación de lo mundano y terreno. En efecto, gran injuria le infiere a Dios el que lo iguala con algo. Isaías 40, 18: "¿Con qué compararéis a Dios?". Pues bien, a Dios lo igualamos con otras cosas cuando al mismo tiempo que a Dios amamos cosas temporales y corruptibles. Pero esto es del todo imposible. Por lo cual se dice en Isaías 28, 20: "Tan estrecho es el lecho, que uno más se caería; y tan chica la cobija, que no podría cubrir a otro más". Aquí el corazón del hombre es asimilado a un lecho estrecho y a una cobija chica. En efecto, el corazón humano es estrecho con relación a Dios. Por lo cual cuando en tu corazón recibes algo que no sea El, a El lo arrojas, porque El no tolera copartícipe en el alma, como tampoco el varón lo acepta en su esposa. Por lo cual dice El mismo en Exod 20, 5: "Yo soy tu Dios celoso". En efecto, El no quiere que amemos nada tanto como a El o fuera de EL. La cuarta es el evitar totalmente el pecado. En efecto, nadie que viva en pecado puede amar a Dios. Mt 6, 24: "No podéis servir a Dios y a las riquezas". Así es que si vivís en pecado, no amáis a Dios. En cambio, le amaba el que le decía —Isaías 38, 3—: "Acuérdate de que he andado fielmente delante de Ti y con perfecto corazón". Y Elias decía —3 Reyes 18, 21—: "¿Hasta cuándo claudicaréis de un lado y de otro?". Así como el que cojea, se inclina ya de un lado, ya del otro; así el pecador, ora peca, ora se esfuerza por buscar a Dios. Por lo cual Dios le dice —Joel, 2, 12—: "Convertíos a Mí con todo vuestro corazón". Pero contra este precepto [de la Caridad] pecan dos categorías de hombres:
Aquellos, es claro, que evitan un pecado, por ejemplo el de lujuria, pero cometen otro, como el de usura. Pero no obstante se dañan, porque quien "peca en un punto, se hace reo de todos", como dice el Apóstol Santiago, 2, 10. También hay algunos que confiesan unos pecados y otros no, o dividen la confesión [en varias], según los diversos pecados. Pero éstos no ganan mérito; por el contrario, pecan en todas, porque intentan engañar a Dios y cometen una división en el sacramento.
En cuanto a los primeros, alguien ha dicho: "Es impío esperar de Dios la mitad del perdón". En cuanto a los segundos, dice el Salmo 61,9: "Derramad ante El vuestros corazones", porque es claro que en la confesión se debe revelar todo. Ya se demostró que el hombre debe darse a Dios. Ahora es menester considerar qué es lo que el hombre debe dar de sí a Dios. Pues bien, cuatro cosas, debe darle el hombre a Dios: esto es, el corazón, el alma, la mente y la fuerza. Por lo cual dice San Mateo —22, 37—: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con toda tu capacidad", esto es, con todas tus fuerzas. Pero es de saberse que por corazón se entiende aquí la intención. Ahora bien, la intención es de tal fuerza que todas las obras las domina. Por lo cual las buenas acciones hechas con mala intención se convierten en malas. Luc 11, 34: "Si tu ojo (esto es, la intención) fuere perverso, todo el cuerpo estará en tinieblas", esto es, toda la masa de tus buenas obras será negra. Por eso en todas nuestras obras, la intención se debe poner en Dios. Dice el Apóstol en I Cor 10, 31: "Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios". Pero no basta la buena intención; antes bien es necesario que haya también recta voluntad, significada por el alma. En efecto, frecuentemente se obra con buena intención, pero inútilmente porque falta la recta voluntad, de modo que si alguien roba para alimentar a un pobre, hay cierta buena intención, pero falta la debida rectitud de la voluntad. Por lo cual no se justifica ningún mal hecho con buena intención. Rom 3, 8: "Los que dicen: hagamos el mal para que venga el bien serán justamente condenados". Ahora bien, hay buena voluntad con [recta] intención cuando esa misma voluntad concuerda con la voluntad divina; lo cual pedimos diariamente diciendo: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo"; y el Salmo 39, 9 dice: "En hacer tu voluntad me complazco, Dios mío". Por lo cual se dice: "[amarás al Señor] con toda tu alma". En efecto, en la Sagrada Escritura frecuentemente el alma designa la voluntad, como en Hebr 10, 38: "Si [el justo] defecciona, no complacerá a
mi alma", esto es, a mi voluntad. Pero a veces ocurre que hay buena intención y buena voluntad habiendo un pecado en el pensamiento. Por lo cual debemos darle a Dios el entendimiento entero. Dice el Apóstol en 2 Cor 10, 5: "Doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo". En efecto, muchos no pecan de obra, pero frecuentemente quieren pensar en los pecados mismos. Y contra ellos dice Isaías I, l6: "Disipad la maldad de vuestros pensamientos". Muchos hay igualmente que, confiando en su propia sabiduría, no quieren dar su asentimiento a la fe, y ésíos no entregan la mente a Dios. Contra ellos se dice en Prov 3, 5: "No te apoyes en tu propia prudencia". Pero todo esto no basta: es menester también darle a Dios toda nuestra pujanza y todos nuestros ímpetus. Salmo 58, 10: "Para ti guardaré mi pujanza". En efecto, hay algunos que emplean sus ímpetus en pecar, y en esto muestran su fortaleza. Contra ellos dice Isaías 5, 22: "¡Ay de vosotros los valientes para beber vino, los varones fuertes para provocar la ebriedad!". Otros manifiestan su poder o valor en dañar al prójimo, y deberían demostrarlos socorriéndolo. Prov 24, II: "Libra a los que son llevados a la muerte; y no ceses de librar a los que son arrastrados a la ruina". Así es que para amar a Dios debemos darle: la intención, la voluntad, la mente, los ímpetus. Habiendo sido interrogado Cristo sobre cuál fuese el mayor mandamiento, a esta única pregunta dio dos respuestas. Y la primera fue: "Amarás al Señor tu Dios", de lo cual ya hablamos. Y la segunda fue: "Y a tu prójimo como a ti mismo". Aquí hay que considerar que quien esto observa, cumple con toda la ley. Dice el Apóstol en Rom 13, 10: "La caridad es la plenitud de la ley". Debemos saber que cuatro motivos nos llevan a amar al prójimo.
Primero el amor divino; porque como dice I Juan 4,20: "Si alguno dice "yo amo a Dios", y odia a su hermano, es un mentiroso". En efecto, quien dice que ama a alguien, pero a un hijo suyo o un miembro suyo lo odia, miente. Ahora bien, todos los fieles somos hijos y miembros de Cristo. Dice el Apóstol en I Cor 12, 27: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros los unos de los otros". Por lo cual quien odia a su prójimo no ama a Dios. El segundo motivo es el precepto divino. En efecto, Cristo, al retirarse, entre todos los demás preceptos, este precepto principalmente les prescribió a los discípulos, diciendo —Juan 15, 12—: "Este es mi precepto: que os améis los unos a los otros tal como Yo os he amado". En efecto, ninguno que odie al prójimo guarda los preceptos divinos. Luego esta es la señal de la observancia de la ley divina: el amor al prójimo. Por lo cual dice el Señor en Juan 13, 35: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros". No dice que en la resurrección de los muertos, ni en algún otro milagro manifiesto; sino que esta es la señal: "si os amáis los unos a los otros". Y esto lo comprendía muy bien San Juan, pues decía —I Juan 3, 14—: "Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida". ¿Y por qué? "Por que amamos a los hermanos. El que no ama, permanece en la muerte". El tercer motivo es la participación de la naturaleza. En efecto, como dice el Eclesiástico 13, 19: "Todo animal ama a su semejante". Por lo cual, como todos los hombres son semejantes por la naturaleza, deben amarse mutuamente. Por lo mismo, odiar al prójimo no sólo es contra la ley divina sino también contra la ley de la naturaleza.
El cuarto motivo es la consecución de una utilidad. En efecto, todo lo de uno les es útil a los demás por la caridad. Esta es, en efecto, lo que une a la Iglesia y hace comunes todas las cosas. Salmo 118, 63: "Yo participo con todos los que te temen y guardan tus mandamientos". "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Este es el segundo precepto de la ley, y trata del amor al prójimo. Ya dijimos cuánto debemos amar al prójimo. Ahora falta hablar del modo del amor. Lo cual se nos indica al decírsenos: "Como a ti mismo". A propósito de estas palabras podemos considerar cinco cosas, que debemos observar en el amor al prójimo. 1) Lo primero es que debemos amarlo verdaderamente como a nosotros mismos: así lo hacemos si lo amamos por él mismo, no por nosotros. Por lo cual es de observar que hay tres amores, de los cuales dos no son verdaderos, y el tercero sí lo es. El primero es por motivo de utilidad. Eclesiástico 6,10: 'Es tu amigo por participar de tu mesa, y no permanecerá en el día de la pobreza". Y ciertamente este amor no es verdadero. En efecto, desaparece al desaparecer el provecho. Y así no queremos el bien para el prójimo, sino que más bien queremos un bien que sea de utilidad para nosotros. Y hay otro amor que procede de lo deleitable. Y tampoco este es verdadero, porque falta al faltar lo deleitable. Y así, con este amor, no queremos principalmente el bien para el prójimo, sino que más bien queremos su bien para nosotros. El tercero es amor porque su motivo es la virtud. Y sólo éste es verdadero. En efecto, de esa manera no amamos al prójimo por nuestro propio bien, sino por el suyo. 2) Lo segundo es que debemos amar ordenadamente, o sea, que no lo amemos más que a Dios o tanto como a Dios, sino que debes amarlo como a ti mismo. Cant 2, 4: "El ha ordenado en mí la caridad". Este orden lo enseñó el Señor en Mateo 10, 37, diciendo: "El que ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí". 3) Lo tercero es que debemos amarlo de manera eficaz. En efecto, no sólo te amas, sino que también te procuras bienes empeñosamente, y evitas los males. Así también debes hacer con el prójimo. I Juan 3, 18:"No amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de Verdad". Pero ciertamente son malvados los que aman con la boca y dañan con el corazón. De ellos dice el Salmo 27, 3: "Hablan de paz con su prójimo, mientras la maldad está en su corazón". Dice el Apóstol en Rom 12, 9: "Que vuestra caridad sea sin doblez".4) Lo cuarto es que debemos amarlo con perseverancia, como te amas a ti perseverantemente. Prov.17, 17: "En todo tiempo ama el que es amigo, y en la desventura se conoce bien al hermano", esto es, tanto en la adversidad como en la prosperidad; y más bien entonces, o sea, en el tiempo de la adversidad, es cuando mejor se reconoce al amigo, como dice la Escritura. Pero es de saberse que son dos las cosas que ayudan a conservar la amistad. En primer lugar la paciencia: "pues el varón iracundo suscita riñas", como se dice en Prov 26, 21. En segundo lugar la humildad, que produce lo primero, o sea la paciencia: Prov 13, 10: "Entre soberbios siempre hay contiendas". En efecto, el que se magnifica a sí mismo y desprecia a otro, no puede soportar sus defectos. 5) Lo quinto es que debemos amarlo justa y santamente, de suerte que no lo amemos para pecar, porque ni a ti has de amarte así, porque así perderías a Dios. Por lo cual dice Juan 15, 9: "Permaneced en mi caridad", caridad de la que dice el Eclesiástico, 24,24: "Yo soy la madre del amor hermoso". "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Malentendían este precepto judíos y fariseos, creyendo que Dios preceptuaba amar a los amigos y odiar a los enemigos; y por eso por prójimos entendían únicamente a los amigos. Pues bien, Cristo se propuso reprobar tal interpretación, diciendo en Mt 5, 44: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian". Porque es de saberse que cualquiera que odia a su hermano no está en estado de salvación. I Juan 2, 9: "El que... odia a su hermano está en las tinieblas". Pero es necesario notar que aun en esto se halla cierta contrariedad. En efecto, los santos odiaron a algunos. Dice el Salmo 138, 22: "Los odio con el más perfecto odio"; y el Evangelio en Lc 14, 26: "Si alguno no aborrece a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo". Y por eso es de saberse que en todos nuestros actos los hechos de Cristo deben ser nuestro modelo. En efecto, Dios ama y odia. Porque en todo hombre se deben considerar dos cosas: a saber, la naturaleza y el pecado. Indudablemente, se debe amar en los hombres su naturaleza, pero odiar el pecado. Por lo cual sí alguien quiere que el hombre esté en el infierno, odiará su naturaleza; pero si alguien quiere que el hombre sea bueno, odiará el pecado, que siempre debe ser odiado. Salmo 5, 7: "Odiaste a todos los operadores de iniquidad". Sab I 1, 25: "Amas (Señor) todo cuanto existe y nada aborreces de cuanto has hecho". He aquí, pues, que Dios ama y odia: ama la naturaleza y odia el pecado.
Es de saberse también que a veces el hombre puede sin pecado hacer un mal: a saber, cuando hace un mal queriendo un bien; porque aun Dios obra así, como cuando se enferma y se convierte al bien un hombre que en salud era malo. Igualmente en la adversidad se convierte y es bueno el que en la prosperidad era malo, según aquello de Isaías, 28, 19: "El castigo os hará entender lo que oísteis". Igualmente si deseas el mal al tirano que destruye a la Iglesia en cuanto deseas el bien de la Iglesia por la destrucción del tirano. Por lo cual dice II Mac 1,17: "Por todo esto bendito sea Dios, que ha entregado a los impíos al castigo". Y esto todos deben quererlo no sólo con la voluntad sino de obra. En efecto, no es pecado colgar justamente a los malos; porque como escribe el Apóstol en Rom 13, los que obran así son ministros de Dios y guardan la caridad, porque la finalidad de la pena es a veces el castigo, a veces es un bien superior y más divino. En efecto, el bien de una ciudad es mayor que la vida de un solo hombre. P ero es de saberse que no basta no querer el mal, sino que es forzoso querer el bien, a saber, su enmienda [del culpable] y la vida eterna. En efecto, hay dos maneras de querer el bien de otro. Primero, de un modo general, en cuanto es criatura de Dios y que puede participar de la vida eterna; y de otro modo, especial, en cuanto es amigo o compañero. Ahora bien, del amor general nadie está excluido. En efecto, cada quien debe orar por todos y en necesidad extrema auxiliar a quien sea. Pero no estás obligado a tener familiaridad con cualquiera, salvo si pide perdón, porque entonces sería un amigo; y si lo rechazares, tendrías odio a un amigo. Por lo cual dice San Mateo, 6, 14: "Si perdonáis a otros sus faltas, también os perdonará vuestros delitos vuestro Padre Celestial; pero si no perdonáis a los demás, tampoco os perdonará vuestros pecados vuestro Padre". Y en la oración dominical que trae San Mateo 6, 9, se dice: "Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Ya dijimos que pecas si no concedes el perdón al que te lo pida; y que es de perfección si lo llamas a ti, aunque no estés obligado a ello. Pero son muchas las razones que te inducen a atraerlo hacia ti.
La primera es la conservación de la propia dignidad. En efecto, a diversas dignidades corresponden signos diversos. Ahora bien, nadie debe abandonar los signos de la propia dignidad. Por otra parte, entre todas las dignidades la mayor es la de ser hijo de Dios. Pues bien, el signo de tal dignidad es que ames al enemigo: Mt 5,44-45: "Amad a vuestros enemigos, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos". En efecto, el amor al amigo no es señal de la filiación divina, pues eso lo hacen los publícanos y los gentiles, como dice Mt 5, 46.La segunda es la obtención de una victoria, cosa que todos desean naturalmente. Es necesario, pues, que o atraigas al amor con tu bondad al que te ofendió, y entonces vences; o que otro te lleve al odio, y entonces eres vencido. Rom 12, 21: "No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien". La tercera es la obtención de múltiples ventajas. En efecto, así te procuras amigos. Rom 12, 20: "Sí tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonas carbones encendidos sobre su cabeza". Y San Agustín dice: "No hay mejor manera de suscitar el amor que adelantarse en amar. Pues nadie es tan duro que aunque no quiera regalar su amor, no quiera al menos corresponder"; porque, como dice el Eclesiástico, 6, 15: "Nada es comparable a un amigo fiel". Y Prov 16, 7: "Cuando los caminos del hombre son gratos a Yahvé, aun a los enemigos se concilia". La cuarta es que así tus preces más fácilmente serán oídas. Por lo que sobre aquello de Jer (5, I, "Aunque se me pusieran delante Moisés y Samuel", dice San Gregorio que Jeremías prefirió mencionar a éstos, por que rogaron por sus enemigos. Del mismo modo Cristo dijo —Lc 23, 34—: "Padre, perdónales". Igualmente San Esteban, orando por sus enemigos, le hizo un gran bien a la Iglesia, porque convirtió a San Pablo.
La quinta es el escapar del pecado, lo cual debemos desear por encima de todo. En efecto, a veces pecamos, ni buscamos a Dios; y Dios nos atrae a Sí o por la enfermedad o de alguna otra manera. Oseas 2, 6:"Cerraré tu camino con zarzas". Así fue atraído San Pablo. Salmo 118, 176: "Erré como oveja perdida. Busca a tu siervo, Señor". Cant 1, 4: "Llévame tras de ti". Pues bien, esto lo obtenemos si atraemos a nosotros al enemigo, ante todo perdonándolo; porque, como dice Lc 6, 38: "Indudablemente, con la misma medida con que midiereis seréis medidos"; y Lc 6, 37: "perdonad, y seréis perdonados"; y Mt 5, 7: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". En efecto, no hay mayor misericordia que perdonar al ofensor.

(Santo Tomás de Aquino, De los dos Preceptos de la Caridad, Trad. de S. Abascal, Ed. Tradición, nnº 33-65)

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Santo Tomás de Aquino II

Comentario a la Epístola a los Hebreos 7, 23-28

—“Además, aquellos sacerdotes fueron muchos. . .” Se vale de la otra cláusula que viene en el texto: “Tú eres sacerdote para siempre”, e indica por qué se pone esta cláusula “para siempre”, que le da pie para de mostrar que el sacerdocio de Cristo es de mayor eficacia que el sacerdocio del Antiguo Testamento. Y demuestra la verdad de su sacerdocio en que la muerte les impedía que durasen siempre, ya que por fuerza tenían que morir. De aquí que muerto Aarón le sucedió Eleazar —como se ve en Números 20— y así en adelante. Y así como vemos en las cosas naturales, en que se significan las espirituales, que las incorruptibles—como ya se dijo— no se multiplican dentro de la misma especie —de ahí que no haya sino sólo un sol; del mismo modo, por lo que hace al Antiguo Testamento que fue imperfecto, en las cosas espirituales, multiplicáronse los sacerdotes; señal de que aquel sacerdocio era corruptible, porque las cosas incorruptibles —como queda dicho— no se multiplican dentro de la misma especie; pero este sacerdote, es a saber, Cristo es in mortal pues permanece para siempre, como el Verbo del Padre, eterno, de cuya eternidad redunda también la eternidad en su cuerpo, porque Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir. Por consiguiente, “como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio”; por cuya razón sólo Cristo es verdadero sacerdote; los demás, ministros o servidores suyos (1 Co. IV).


—“De aquí es que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios”. Demuestra su eficacia y el modo en que es eficaz. La eficacia estriba en que la causa es siempre de más poder que su efecto; por tanto, una causa temporal no puede producir un efecto eterno. Ahora bien, el sacerdocio de Cristo es eterno; no así el levítico, como queda probado. Luego Cristo “puede perpetuamente salvar”; cosa que no pudiera hacer, si no tuviera un poder divino (Is. 45).
El modo está en “presentarse”; modo que describe por a excelencia del poder, de la naturaleza y de la piedad. Del poder, porque “se presenta por Sí mismo”. Mas contra esto se objeta que el que se acerca a uno está a distancia de él, mas Cristo no está distante de Dios. Respondo: lo que el Apóstol quiere darnos a entender es la doble naturaleza de Cristo, es a saber, la humana —según la cual bien le cuadra acercarse, porque en ella está distante de Dios; pero ese acercamiento no es del estado de culpa al estado de gracia, sino por contemplación intelectual y afectiva y por consecución de la gloria—; y la divina, al decir que se acerca por Sí mismo a Dios; que, en caso de ser puro hombre, no pudiera por sí mismo acercarse (Jn. 6). Por tanto al decir el Apóstol que por Sí mismo se acerca, está demostrando el poder que tiene (Is. 63). Luego se acerca en cuanto hombre, mas por Sí mismo en cuanto Dios.
La excelencia de su naturaleza la demuestra diciendo: “siempre vivo”; pues de otra suerte su sacerdocio tuviera fin (Ap. 1).La excelencia de su piedad, al decir: “para interceder por nosotros”; que, aunque tan encumbrado y con poder tan grande, es junto con eso de entrañas piadosas, porque intercede en favor nuestro (1. Co. II): a) mostrándole al Padre la humanidad que por nosotros tomó. b) haciendo patente el deseo que su alma santísima tuvo de nuestra salud, con que intercede por nosotros.
Otra letra dice: “a los que por medio suyo se presentan a Dios”, y entonces se refiere a los que salva, porque, en virtud de la fe que en El tienen, se acercan a Dios (Ro. V.).

—“A la verdad, tal como Este nos convenía que fue se nuestro pontífice...“ De la excelencia de Cristo toma pie para demostrar la excelencia de su sacerdocio, haciendo ver: a) que la perfección de las condiciones que se requerían para el sacerdocio de la antigua ley, le ajusta cabalmente; b) sin tener sus imperfecciones. 4 son esas condiciones que debían hallarse en el sacerdote de la antigua ley:
1º ser santo; “pues ofrecen el incienso del Señor y los panes de su Dios, y por tanto deben ser santos” (Lv. 21,6). Cristo tuvo perfecta esta santidad, que consiste en una pureza consagrada a Dios, desde el principio de su concepción (Lc. 1; Mt. 1).

2º inocente. “Guarden mis preceptos, a fin de que no caigan en pecado” (Lv. 22, 9). Propiamente dícese inocencia la pureza respecto del prójimo (Salmo XV); y Cristo fue la misma inocencia puesto que no hizo pecado (Salmo 25).

3º inmaculado, y esto por lo que mira a Sí. “Ninguno en las familias de tu prosapia que tuviere algún defecto en el cuerpo ofrecerá los panes a su Dios” (Lv. 211 17); mas de Cristo se dice en figura que “será un cordero sin tacha” (Ex. I’2).
4º “segregado de los pecadores”. “No mezclará la sangre de su linaje con gente plebeya” (Lv. 21, 1

5); y Cristo estuvo de todo punto segregado de los pecadores lo cual es cierto en cuanto a llevar una vida como la levan ellos (Sb. 2); no así en el trato y conversación, porque “se ha dejado ver sobre la tierra y ha conversado con los hombres” (Br. 3, 38); y esto en atención a ellos. “¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt. 9, II). Y a tal grado llegó esa segregación que aun “traspuso los cielos”, esto es, que la humana naturaleza fue sublimada en El sobre toda celeste criatura (He. 3). Luego este sacerdote tiene harto y obrado para llenar la medida.
Por consiguiente, al decir: “el cual no tiene necesidad, como los demás sacerdotes, de ofrecer cada día sacrificios, primeramente por sus pecados y después por los del pueblo”, aparte de El lo que tenía de imperfección el sacerdote legal, es a saber, la necesidad de un sacrificio de expiación, como se ve en Lv. 16: “inmolará un becerro por si y un macho cabrío por el pueblo”. Luego oraba por sí, y no una, sino muchas veces; cuya razón es “porque la Ley constituyó sacerdotes a hombres flacos” (Sb. 9); pero “la palabra divina, confirmada con el juramento que ha hecho posteriormente a la Ley, constituyó al Hijo, que no tiene ninguna de estas imperfecciones, sino que es de todo punto perfecto y para siempre”, es a saber, durará en su sacerdocio; pues no se ofreció por pecados suyos, sino por los nuestros solamente (Is. 53). Ni muchas veces tampoco, sino una vez sola (1 P. 4); que para borrar los pecados de todo el género humano es sobrado y bastante un solo ofrecimiento suyo.

(Santo Tomás de Aquino, Comentario de San Pablo a la Epístola de San Pablo a los Hebreos, c. 7, l. 4)

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San Alfonso María de Ligorio

Sermón 46: Del Amor de Dios

Una sola cosa es necesaria, como dice san Lucas, para conseguir la vida eterna: Porro unum est necessarium (Luc. 10, 42) Y esta no es atesorar riquezas, ni obtener dignidades, ni adquirir grande nombradía, sino solamente amar á Dios. Todo lo demás es perder el tiempo. Este es el precepto mayor y principal de la ley divina. Y esto es lo que respondió Jesucristo al Fariseo, que quería saber de su boca, cuál era el primero y principal Precepto de su ley, para obtener la vida eterna: Amarás á tu Señor Dios con todo tu corazón. Pero este precepto que es el principal de la ley, es también el más despreciado de los hombres, y pocos son los que le observan. La mayor parte de ellos aman a sus padres, a sus amigos, y hasta a las bestias que les sirven; pero no aman á Dios. De estos tales san Juan que no tienen vida, y que están en la muerte, es decir, en el pecado: (1. Joan. 3, 14).

Porque dice san Bernardo, que el valor de un alma se mide por el amor que ella tiene a Dios. Por tanto examinaremos hoy en el presente sermón: En cuanto aprecio debemos tener este precepto del amor de Dios. Punto 1°.

Qué es lo que debemos hacer para amarle con todo nuestro corazón. Punto 2°.

PUNTO 1: En cuánto debemos tener este precepto del amor de Dios.

¿Qué objeto podía Dios proponernos para que le amemos más noble, más grande, más poderoso, más rico, más bello, más perfecto, más agradecido, más amable, ni más amante, que así mismo? Algunos se jactan de la nobleza de su familia, porque cuenta quinientos o mil años de antigüedad; Empero la de Dios es una nobleza eterna. Es decir que es más noble que todas. ¿Y quién será más poderoso que él, que es Señor de todo lo criado? Todos los ángeles del cielo y los grandes de la tierra ¿qué vienen á ser delante del Señor, sino una gota de agua comparada con el mar, un átomo de polvo comparado con el firmamento? (Is. 40, 15). ¿Quién más poderoso que él? Dios puede todo lo que quiere: con su voluntad crió el universo, y del mismo modo puede destruirle cuando le plazca. ¿Quién mas rico que él, que posee todas las riquezas del cielo y de la tierra, y las reparte como le place? ¿Quién más bello que Dios? Todas las bellezas de las criaturas desaparecen, si se comparan con la de Dios.

¿Quién mejor que Dios? San Agustín dice, que es mayor el deseo que tiene Dios de hacernos bien, que el que tenemos nosotros de recibirle. ¿Quién más piadoso que Dios? Basta que un pecador, por mas impío y duro que sea, se arrepienta de haberle ofendido, para perdonarle y un Padre amoroso. ¿Quién más agradecido que Dios? Jamás deja sin premio ninguna obra buena, por pequeña que sea, hecha por su amor. Y es también tan amable, que los santos gozan en el cielo tanto amándole, que los hace eternamente felices, y los embriaga con las delicias de su gloria. La mayor pena que sufren los condenados en el infierno, es conocer que Dios es tan amable, y no poder amarle.

Finalmente, ¿quién más amante que Dios? En la ley antigua podía el hombre dudar si Dios le amaba con tierno amor. Pero después que le hemos visto morir sobre una cruz por nosotros, ¿cómo podremos dudar ya de que nos ama con la mayor ternura y cariño? Alzamos los ojos y vemos a Jesús, Hijo verdadero de Dios, clavado en aquel patíbulo, y consideramos que en aquel leño se ve el amor que no tuvo. Aquella cruz, aquellas heridas están gritando, como dice san Bernardo, y nos hacen ver que nos ama verdaderamente.¿Y qué más podía hacer para manifestarnos sus grande amor, que llevar una vida afligida durante treinta y tres años que vivió, y morir después entre agonías en un leño infame para lavar con su sangre nuestros pecados? Nos amó, dice san Pablo, y se entregó él mismo por nosotros (Ef. 5,2). Y san Juan en el Apocalipsis (1,5): Nos amó y lavó nuestros pecados con su sangre. San Felipe Neri decía: ¿Cómo es posible que ame otro que a Dios el que cree en Dios? Y santa María Magdalena de Pazis, considerando el amor que Dios tuvo a los hombres, se puso un día a tocar la campana, diciendo que quería llamar a todas la gentes de la tierra a amar a un Dios tan amante. Esto hacía llorar a san Francisco de Sales, cuando decía: Necesitaríamos tener un amor infinito para amar a nuestro Dios; y empleamos el que tenemos en amar cosas vanas y despreciables.

¡Cuánto vale el amor que nos enriquece con Dios mismo y nos le granjea! Este es aquel tesoro con el cual conseguimos su amistad, como dice el libro de la Sabiduría :(Sap. 7, 44). San Gregorio Niceno dice lo único que debemos temer es, el ser privados de l amistad de Dios. Y lo único que debemos desear, es obtenerla. Esta amistad, pues, solamente se consigue con el amor. Por esto escribe san Lorenzo Justiniani, que con el amor el pobre se vuelve rico, y sin el amor el rico es pobre. ¡Cuánto se alegra un hombre al saber que es amado de un gran señor! ¡Y cuánto mas debe consolarle el saber que es amado del mismo Dios! Este Señor, pues, sabemos que ama a los que le aman, sean ricos, o sean pobres, como dicen los Proverbios (8, 17), por, estas palabras : Ego diligentes me diligo. Y, el bien que resulta al hombre que es amado de Dios, es infinito; porque en una alma amada de Dios habita el mismo Dios, que es una persona infinita, o, por mejor decir, habitan tres personas infinitas que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como asegura san Juan: El que me ama guardará mi preceptos, mi Padre le amará, y vendremos a él, y habitaremos en él. San Bernardo escribe, que la virtud que nos une a Dios es la caridad. Y santa Catalina de Bolonia decía, que el amor es un lazo de oro, que tiene atadas las almas con Dios; y lo mismo había dicho el padre y doctor de la Iglesia san Agustín: Amor est junctura copulans amantem cum amato. Por tanto, si Dios no fuese inmenso, no podría estar con tantas criaturas como le aman; pero como lo es, habita con todas y en todas sin dividirse, como dice san Juan (4,16): Qui mante in charitate, in Deo manet, et Deus in eo. Muchos pobres aman las riquezas; pero no porque las amen las poseen. Muchos aman el ser reyes; pero no por eso poseen el reino. Mas para poseer a Dios, basta amarle; porque sabemos de su boca, que Dios ama a los que le aman, y que permanece en el que está unido a él por el amor: In Deo manet, et Deus in eo.

Además, santo Tomás dice, que el amor arrastra consigo a todas las demás virtudes, y de todas se vale para unirse más íntimamente con Dios. Por esto san Lorenzo Justiniani llama a la caridad madre de las virtudes, puesto que de ella nacen todas las otras. Por lo que decía san Agustín: Ama y haz lo que quieras. Porque el que ama a Dios no puede obrar sino lo que manda Dios y lo que agrada a Dios; y desde el punto mismo que obra mal, manifiesta que ha dejado de amarle. Y cuando el honre deja de amar a Dios, en nada le complace, en todo le ofende, es un caminante que anda perdido, una oveja descarriada del rebaño. Por eso dice san Pablo, que si el hombre distribuyere todas sus riquezas en alimentar a los pobres y expusiere su cuerpo a los mayores suplicios, de nada le aprovecharía esto, si no tuviere caridad (1Cor. 43, 3).

El amor, además, no deja sentir las penas de esta vida, porque como el alma está mas en el objeto amado que donde ella reside, siendo Dios un objeto tan noble y tan grande como ya hemos dicho, ¿cómo es posible que sienta las penas de esta vida el alma que se halla embriagada de las delicias de aquel mar inmenso de virtud y de gloria, por medio del amor? San Buenaventura confirma esto mismo cuando dice que el amor de Dios es como la miel que hace dulces las cosas mas amargas. ¿Y qué cosa puede haber más dulce para un alma amante de Dios, que padecer por Dios, cuando sabe sufriendo con resignación las penas, complacemos a Dios, y que estas mismas penas han de ser después las joyas y florones más hermosos de nuestra corona en el paraíso? ¿Y quién no sufrirá y morirá con gusto, siguiendo a Jesucristo, que va delante con la cruz a cuestas para sacrificarse por su amor, y le invita a seguirle, diciéndole Si alguno quiere venir tras de mi, tome su cruz y sígame (Mat. 16, 24). Por esto quiso humillarse por nuestro amor hasta la muerte, y morir con la muerte ignominiosa de cruz: Humiliavit semetipsum, factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis ( Filp. 2,8).

PUNTO II: Qué debemos hacer para amar a Dios con todo el corazón.

Es un favor demasiado grande, decía santa Teresa, el que hace Dios a una alma cuando la llama a su amor. Puesto, pues, que Dios nos llama para que le amemos, démosle gracias por ello, oyentes míos, y amémosle con todo nuestro corazón. Come él nos ama mucho, quiere también que le amemos mucho, como dice san Bernardo: Cúm amat Deus, non aliud vult quam amari; quippenon ad aliud amat, nisi ut ametur( Serm. 63 in Cant.).

El Verbo eterno bajó a este mundo para inflamarnos en su divino amor, como dijo él mismo; y añadió, que no deseaba otra cosa, que ver encendido en nosotros su divino amor: Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?(Lc.12,49)Veamos ahora qué es lo que debemos hacer, y qué medios debemos adoptar para amar a Dios.

En primer lugar, debemos guardarnos de toda culpa grave y aun leve, en cuanto nos sea posible: porque dice el Señor, que el que le ama guardará sus mandamientos (Jn. 14, 23). Y Dios nos manda que evitemos el pecado. La primera señal del amor es cuidar de no causar el menor disgusto a la persona amada. ¿Y cómo se puede decir que ama a Dios con todo el corazón el que no teme causarle disgustos por leves que sean? Por eso decía santa Teresa: “Dios os libre del pecado cometido con advertencia, por pequeño que sea.” Dirá alguno: pero el pecado venial es un mal ligero. ¿Con que es mal ligero dar disgusto a un Dios tan bueno y que tanto nos ama?

Yo os digo que es señal de un amor ligero hacia Dios el mirar como ligeras las culpas leves que se cometen contra él.

En segundo: lugar, para amar a Dios con todo el corazón, es necesario tener un gran deseo de amarle. Los santos deseos son alas que nos hacen volar hacia Dios, porque, como dice san Lorenzo Justiniani, el buen deseo nos da fuerzas para caminar hacia adelante y nos hace mas llevadera la fatiga en el camino de Dios, en el cual el no caminar adelante, es ir hacia atrás, como enseñan todos los maestros espirituales. Dios por su parte se comunica al que le busca, y llena de sus bienes espirituales al alma que los desea, como dice san Lucas Esurientes implevit bonis (Luc 1, 53).

Es necesario, en tercer lugar, resolverse a unir su alma a Dios con un perfecto amor. Hay algunos que desean unirse enteramente a Dios, pero no se resuelven a valerse de los medios necesarios. Estos son aquellos de quienes habla el Sabio en los Proverbios, donde dice: Los deseos matan al perezoso (Prov. 2l, 25). Yo quisiera hacerme santo, dicen, quisiera entregarme enteramente a Dios; y jamás dan un paso para poner esto en práctica. Por eso decía santa Teresa, que el demonio no teme perder estas almas; porque no resolviéndose verdaderamente a dedicarse al servicio de Dios, serán siempre tan imperfectas como son. Y la misma Santa decía, que Dios no exige de nosotros, sino una verdadera resolución de hacernos santos, para hacer después él todo lo demás por su parte. Si queremos, pues, amar á Dios con todo el corazón, debemos determinarnos a hacer todo aquello que es del mayor gusto de Dios; comenzando inmediatamente a poner mano a la obra, según las palabras del Eclesiástico (9, 10) donde nos dice: Pon en obra inmediatamente todo aquello que puedes hacer por tu parte. Que quiere decir, lo que puedes hacer hoy, no esperes a hacerlo mañana, sino hazlo lo más presto que puedas. Cierta monja que vivía en Roma en el monasterio de Torre de los Espejos, llamada sor Buenaventura, llevaba al principio una vida tibia; pero mientras hacia ejercicios espirituales, le inspiró Dios un amor perfecto hacia sí, y se resolvió a corresponder inmediatamente a la divina inspiración. Dijo, pues, a su director con verdadera resolución: « Padre, quiero hacerme santa, » y hacerlo presto. » Y así lo hizo; porque auxiliándola Dios con su gracia, vivió en adelante como santa, y murió como tal. Por consiguiente debemos resolvemos y valernos inmediatamente de los medios necesarios para hacer nos santos.

El primer medio debe ser, perder el apego que naturalmente tenemos a todas las cosas criadas, desterrando del separarnos de Dios. Por eso los antiguos Padres del Yermo, lo primero que preguntaban a los que acudían a vivir en su compañía, era lo siguiente:¿Traes el corazón vacío de los afectos terrenos, de modo que pueda llenarle el Espíritu Santo? Y en efecto; si no se destierran del corazón las cosas terrenas, no puede entrar Dios en él. Por lo mismo decía santa Teresa: «Aparta tu corazón de las criaturas, y busca a Dios y le encontrarás.» San Agustín escribe, que los Romanos adoraban treinta mil dioses, y que el senado romano no quiso admitir entre ellos a Jesucristo, porque según decían, era un Dios soberbio, que quería ser el solo adorado. Y en esto tenían razón, porque nuestro Dios quiere poseer todo nuestro corazón, y realmente es celoso de poseerle, como dice san Jerónimo por estas palabras: Jesucristo es celoso. Que viene a significar, que en el amor que se le tiene, no quiere tener rivales. De aquí el alma o la esposa de los Cantares se llama Huerto cerrado: Hortus conclusus soror mea sponsa (Cant 4,12). El alma pues que quiere entregarse enteramente a Dios, debe estar cerrada a todo otro amor distinto del divino.

Por esto se dice que el Esposo divino fue herido de una mirada de la Esposa (Cant. 7, 9). Y esta mirada significa el único fin que se propone el alma de agradar a Dios en todas sus acciones y pensamientos, bien distintamente de los mundanos, que tal vez hasta en los ejercicios de devoción o proponen fines diversos, o de interés propio, o de placer, o de agradar a los hombres. Pero los santos no atienden a otra cosa que agradar a Dios; y por eso vueltos a él, le dicen: ¿Qué tengo yo en el cielo, o qué pretendo de ti sobre la tierra? Que seas mi Dios y habites en mi corazón eternamente. Y lo mismo debemos hacer nosotros, si queremos ser santos. Y si hacemos la voluntad de Dios ¿qué más queremos? como dice el Crisóstomo: ¿Qué recompensa mayor puede obtener la criatura, que complacer a su Criador? Así que no debemos proponernos otro fin en nuestros deseos y acciones, que hacer la voluntad de Dios. Andando por el desierto absorto en Dios, cierto solitario, llamado Zenor, se encontró con el emperador Macedonio que iba de caza: preguntóle el emperador en qué se ocupaba, y le respondió: Tú vas buscando animales; yo no busco más que a Dios. Y el que le ama, difícilmente puede ocuparse en cosas frívolas o malas; porque, como decía san Francisco de Sales, “el puro amor de Dios destierra y consume todo lo que no es de Dios”.

También es necesario para amara a Dios con todo el corazón, amarle con preferencia; es decir, preferirle a todas la s cosas criadas o amarle más que a todas las cosas del mundo; y estar dispuestos a perderlas todas, y a la vida misma, antes que perder la Gracia Divina, diciendo con san Pablo: Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni ninguna criatura me podrá separar del amor de Dios (Rom. 8,38). Es menester amarle además con benevolencia, deseando que todos le amen; y por esto el que ama a Dios, debe procurar, por cuantos modos pueda, mover a los demás a que le amen; al menos debe rogar al Señor por la conversión de todos aquellos que no le aman. También debe estar este amor acompañado del dolor; es decir, que debe sentir toda injuria hecha contra Dios mas que todos los males que le sobrevengan; y también con amor que se conforme con la divina voluntad; porque el principal oficio del amor e unir las voluntades de los amantes; y así debemos decirle: Señor ¿qué quieres que yo haga? Por esto debemos ofrecernos sin reserva alguna a Dios a menudo, para que haga de nosotros y de nuestras cosas aquello que más le agrade. También debe ser sufrido nuestro amor; y este es aquel amor fuerte que da a conocer a los verdaderos amantes de Dios: Fortis est ut mors dilectio (Cant. 8,6) San Agustín escribe: Nihil tam durum quod non amoris igne vincatur (Lib. de Mor. Eccl. c. 22). Ninguna cosa hay tan dura, que no la ablande el amor constante, porque no cuesta trabajo el hacer aquello que se ama, y nos es agradable el mismo trabajo que nos cuesta hacerlo. San Vicente de Paul decía, que el amor se mide por el deseo que tiene el alma de sufrir y de humillarse por agradar a Dios. Dése gusto a Dios, aunque muramos. Piérdase todo cuanto tenemos, y no le disgustemos en nada; porque es necesario abandonarlo todo para ganarlo todo, como dice Tomás de Kempis: Totum pro toto. Y el motivo de no hacernos santos es, que no sabemos abandonar todas las cosas por Dios. Santa Teresa decía, que no nos comunica Dios todo su amor, porque nosotros no damos a Dios todo nuestro afecto. Debemos decir con la esposa de lo Cantares: Mi amado es para mi y yo soy para él: Dilectus meus mihi, et ego illi (Cant.2, 16). Así dice san Juan Crisóstomo, que cuando un alma se entrega enteramente a Dios, ya no le dan cuidado, ni las ignominias, ni los padecimientos, y pierde el apego a todas las cosas terrenas. Y no hallando reposo en ninguna cosa humana, va siempre detrás de su amado, y todo su deseo es encontrarle.

Para obtener, pues, y conservar en nosotros el divino amor, son necesarias tres cosas, a saber: la meditación, la comunión, y la oración. Es necesaria la meditación en primer lugar, porque es señal de que ama pico a Dios el que piensa poco en él. Y por eso decía el real Profeta: In meditatione mea exardescet ignis Con la meditación se aumentará mi amor (Psal. 38, 4). Y en efecto, la meditación es aquel horno espiritual en el que se enciende y crece el amor de Dios, especialmente la meditación de la Pasión de nuestro divino Redentor: In iroduxit me rex in cellam vinariam. ordinavit in me charitatem (Cant.2,4). Esta es aquella bodega celestial en la que introducidas las almas por medio de la meditación, quedan heridas y embriagadas del divino amor con un solo mirar de ojos, o con una breve reflexión sobre la Pasión. Por esto dice san Pablo, que Jesucristo quiso morir por nosotros, con el fin de que nosotros vivamos únicamente: Et pro onmnibus mortuus et Christus,ut qui vivunt, jam non sibi vivant, sed ei qui pro ipsis mortuus est (IICor.5,15). El otro horno espiritual en que los cristianos quedan abrasados del divino amor, es la sagrada Comunión, como dice san Juan Crisóstomo por estas palabras: Carbo est Eucharistia quae nos inflammat, ut tanquam leones ignem spirantes, ab illa mensa recedamus, facti diabolo, terribiles: La Eucaristía es un fuego que nos inflama, para que cuando nos apartamos de aquella divina mesa, respiremos fuego, fuertes como leones, e inspiremos terror al demonio (Hom. 61 ad Pop.). También la oración nos es muy necesaria, pues por medio de ella dispensa Dios todos sus dones especialmente el don supremo de su amor, y para conseguir este amor nos ayuda mucho la meditación, puesto que sin ella en vano intentaremos conseguirle. Conviene, pues, que todos los días y a todas horas pidamos á Dios que nos ayude con su gracia a amarle con todo el corazón y con toda el alma. Y san Gregorio escribe, que Dios quiere que le obliguemos e importunemos con nuestras súplicas a concedernos estas gracias: Vult Deus orari, vult cogi, vult, quodammodo importunitate vinci. Pidamos pues continuamente a Jesucristo que nos comunique su santo amor, y pidámosle también a su divina Madre María; porque siendo ella la tesorera de todas las gracias: Thesauraria gratiarum, y la dispensadora de ellas, como dice san Bernardino: Omnes gratiae per ipsius manus dispensantur; podamos recibir por su mediación el don supremo del amor divino, que abrase nuestra alma y nos haga despreciar todas las cosas de este mundo, a fin de que podamos conseguir después de esta vida la paz eterna del paraíso.

(San Alfonso María de Ligorio, Sermón 46, Sermones abreviados, t. II, Garnier, París, 1856, 109-122)

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Dr. D. Isidro Gomá


EL MANDATO MAXIMO. JESUS, HIJO Y SEÑOR DE DAVID: MT. 22, 34-46

(Mc. 12, 28-37; Lc. 20, 41-44)

Explicación . — Fariseos y herodianos se habían confabulado Para plantear a Jesús la difícil cuestión del tributo; siguen después los saduceos con la no menos delicada de la resurrección de los muertos; ahora se juntan en consejo los fariseos y mandan uno de su gremio, escriba él, para proponerle otra cuestión, que resolverá Jesús con la misma sabiduría de siempre (34-40). A su vez, Jesús propone a los fariseos la gran cuestión de la filiación del Cristo (41-46).

EL MANDATO MÁXIMO O PRINCIPAL (34-40). — Mas los fariseos, cuan do oyeron que había hecho callar a los saduceos, cerrándoles el camino a toda réplica, no sin íntima satisfacción de aquéllos, que tenían en los saduceos sus más formidables adversarios doctrinales, se mancomunaron: la envidia y la malevolencia son madres de la audacia impudente; la derrota de los contrarios debía haberlos hecho más cautos. Y uno de ellos, doctor de la Ley, del partido de los fariseos, que los había oído disputar, y visto lo bien que les había respondido, y por ellos deputado en aquel conventículo para pro poner a Jesús la cuestión en que habían convenido, acercóse y le preguntó, tentándole, con intención aviesa, aunque la respuesta de Jesús le impresionó, alabando a Jesús y llegando a su vez a merecer la alabanza del Señor.

La pregunta que el escriba hace a Jesús es capital, y capciosa al mismo tiempo. Para quienes admitían 613 preceptos, 248 positivos, tantos, decían, como huesos tiene el cuerpo humano, 365 negativos, tantos como días tiene el año; y para quienes había establecidas una serie complicada de reglas para determinar la categoría, grave o leve, mayor o menor, de dichos preceptos, no era fácil una respuesta sencilla y categórica; y menos aún lo era no chocar con algunas de las preocupaciones rabínicas sobre precedencia y categoría de los preceptos. Maestro, le dice el escriba abordando la cuestión: ¿cuál es el gran mandamiento de la Ley, el primero de todos los mandamientos?

Jesús le dijo: El primero de todos los mandamientos es: ¡Oye, Israel! El Señor tu Dios es el solo Dios (Deut. 6, 4): Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todo tu entendimiento, y con todas tus fuerzas (Deut. 6, 5): el amor del israelita a su Dios debe ser sobre todos los amores, y debe invadir toda su actividad consciente. Este es el mayor y el primer mandamiento, el principal y el primero por la dignidad y amplitud con que comprende todos los deberes del hombre con Dios. Y el segundo es semejante a éste, por su dignidad y por la gravedad de los deberes que impone; Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev. 19,18). Son semejantes los dos mandamientos, porque una misma es caridad con que amamos a Dios y al prójimo; porque amamos al prójimo en cuanto es imagen de Dios, como nosotros; porque ambos amores tienen un mismo objeto, que es Dios. Y debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, con el mismo afecto, por esta misma razón de semejanza y por ser todos de Dios.

Sentada las primeras categorías de la ley, Jesús, para redondear su pensamiento, sistematiza todo el orden moral con estas frases: No hay otro mandamiento mayor que éstos, por su ámbito y por su excelencia, a pesar de todas las argucias y disquisiciones e los escribas. De estos dos mandamientos depende toda la Ley, y los profetas: todo el orden moral encerrado en la revelación tiene su consistencia y fundamento en estos dos preceptos, cada uno de los cuales comprende todos los preceptos de su tabla respectiva; la plenitud de la ley es el amor (Rom. 13, 10), como es el fin de a misma ley (1 Tim. 1, 5).

Satisfecho y admirado quedó el escriba de la respuesta de Jesús: Y díjole el escriba: Bien, Maestro; has dicho con verdad que Dios es uno solo, y no hay otro fuera de él: y que el amarle de todo corazón, y con todo el entendimiento, y con toda el alma, y con todas las fuerzas, y el amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Difiere el sentir de este escriba del de los demás de su secta, que hacían consistir la observancia de la ley en las minucias del ritualismo. Por esto, viendo Jesús, a su vez, que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios: has rectificado los prejuicios de tu secta; tiene sólidos fundamentos religiosos; sólo le falta la fe en Jesús. Con esto redujo también a silencio a los fariseos, y ya nadie osaba preguntarle.

EL CRISTO, HIJO Y SEÑOR DE DAVID (4 1-46). — Los fariseos que han enviado al escriba para tentar a Jesús, se acercan curiosamente al grupo para presenciar los incidentes de la discusión. Entonces es cuando Jesús tienta recíprocamente a sus tentadores, no con su malignidad, sino para enseñarles la verdad: Y estando reunidos los fariseos, Jesús, que enseñaba en el Templo, les preguntó, diciendo: ¿Qué os parece del Cristo? Es una pregunta general, para Concentrar la atención de sus oyentes en ésta, más concreta: ¿De quién es hijo? Dícenle: De David. Era fácil la respuesta, porque eran copiosos en la Escritura los testimonios sobre la filiación davídica del Mesías, y era éste el común sentir de los contemporáneos (Ioh. 7, 42).

Pero Jesús trata de arrancar un prejuicio del espíritu de sus oyentes: creen ellos que será un simple descendiente de aquel rey, que restaurará el trono de su progenitor y arrojará a los romanos, injustos dominadores; Jesús quiere levantar su consideración a una más alta filiación: Díceles: Pues, ¿cómo David mismo lo llama Señor, en el libro de los Salmos, inspirado por el Espíritu Santo, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo haga de tus enemigos escabel de tus pies? Demuestran las palabras de Jesús que el Salmo (109) es divinamente inspirado, que su autor es David, y que era tenido como mesiánico. En estas palabras del Salmo (v. 1) funda Jesús su argumento irrebatible: Sí, pues, el mismo David lo llama Señor, al Mesías, ¿cómo es su hijo? Si aquel gran rey, divinamente inspirado, levantado por ello sobre toda dignidad humana, reconoce como Señor suyo a su hijo, como tal inferior a él, ¿cómo no reconocer que este hijo suyo debía tener una filiación superior a la suya por otro concepto? ¿Cómo no decir que le reconocía Dios, y no un simple dominador temporal, por glorioso que se le suponga?

No tiene réplica el argumento. Y, por esto, nadie podía responderle palabra: ni se atrevió alguno, desde aquel día, a preguntarle jamás. Vencidos los adversarios en toda la línea, y ante el pueblo, cuando creían triunfar de Jesús, lejos de confesarle y admitir su doctrina, se retiran, miedosos de su poder, dejando el campo de las disputas doctrinales para perderle en el de la intriga política y religiosa, en que eran maestros. Y, en cambio, la numerosa turba del pueblo oyóle con gusto, por la fuerza y verdad y gracia de su elocuencia, y por los brillantes triunfos que lograba sobre sus adversarios.

Lecciones morales. — A) v. 34. — Mas los fariseos.., se mancomunaron. — ¿Qué le importa a Jesús que se mancomunen todos sus enemigos, si con su mirada de Dios escudriña el pensamiento de todos; si conoce, mejor que ellos, la resultancia que pueda dar la malicia concentrada de todos; si El, Autor del pensamiento y Verdad esencial, conoce todas las facetas que pueda presentar el error ante la verdad o contra ella, y la manera de resolver todas las cuestiones que puedan sentarse en cualquier campo del saber humano? La inteligencia de Jesús, en cuanto es el Verbo de Dios, es infinita; en cuanto es hombre, está directamente iluminada por los rayos de la sabiduría de Dios, que la inunda de verdad. Como callaron los saduceos, así deben callar avergonzados los fatuos fariseos, que no han sabido medir las fuerzas de su presunto adversario. ¡Si ante Jesús han debido callar todos los sabios de todos los tiempos, aunque se mancomunen acumulando errores Sobre errores, siglo tras siglo!

B) y. 36. — ¿Cuál es el gran mandamiento de la Ley...? — Pregunta por el mayor de los mandamientos, dice el Crisóstomo, quien cumplía los menores; no deben preguntar o aspirar a mayor justicia sino los que han obrado ya la justicia en lo que es menor importancia. Aunque, tratándose de preceptos que urgen gravemente todos, no debemos ser cicateros, buscando de cuál podamos excusarnos, o inventando subterfugios con que substraemos a su fuerza. La lealtad para con Dios y con nuestra conciencia que miremos en un mismo nivel todo mandato que con claridad se imponga a nuestra voluntad, porque todos ellos son la manifestación y promulgación de la voluntad de Dios hecha nuestro espíritu por nuestra propia conciencia.

c) y. 40. — De estos dos mandamientos depende toda la Ley, y los profetas. — Todos los preceptos del Decálogo se reducen a estos dos, decimos en el Catecismo: Amar a Dios sobre todas las cosas, al prójimo como a nosotros mismos: en el primero se encierran los mandamientos de la primera tabla; los de la segunda, en el segundo. Y de tal manera están trabados estos dos mandamientos capitales, que es solidaria su observancia, en el sentido de que, quien ama debidamente a Dios, ama asimismo al prójimo, y viceversa; y que aquel que dice amar a Dios y no ama al prójimo, miente. Hasta el punto de que San Juan dijese en su vejez a sus discípulos que el amor al prójimo era mandato de Jesús, y que si se observa, basta él solo para el cumplimiento de toda la ley.

D) vv. 41.42. —Jesús... les preguntó, diciendo: ¿Qué os parece del Cristo? — Pensaban ellos que Jesús era puro hombre, y por esto le tentaban; si hubiesen creído que era Dios, no le hubiesen tentado. Por ello, queriendo indicarles Jesús que conocía el engaño de su corazón y manifestarles que era Dios, ni quiso enseñarles la verdad en forma manifiesta, para que, tomando pie de la blasfemia, no se enfureciesen más; pero tampoco quiso callarla, porque había venido para anunciar la verdad. En lo que debemos ver la traza de Dios que da la iluminación a las inteligencias, acomodándose a sus necesidades y exigencias.

E) y. 44 — Dijo el Señor a mi Señor... — La cuestión que pro pone aquí Jesús a sus adversarios es la cuestión formidable de su propia divinidad. Porque David, dice San Jerónimo, llama aquí al Mesías « su Señor», no en cuanto es hijo de él, sino en cuanto es Hijo del Padre; y no le llama así por error, sino inspirado por el Espíritu Santo. ¡Cómo Jesús fijaría sus ojos en los ojos falaces de sus adversarios al hacerles la trascendental pregunta, El, que se había presentado ante ellos como Mesías y que de ellos había re querido tantas veces el reconocimiento de su divinidad! Vencidos, quedarán mudos ante Jesús; pero, orgullosos, no querrán caer a sus pies para adorarle. Es la posición mental de muchos millares que vendrán, después de los fariseos, a tentar a Jesús.

F) y. 46. — Y nadie podía responderle palabra... — Porque la verdad se impone con tal fuerza al espíritu del hombre, hecho para la verdad, que por una natural exigencia debe el hombre enmudecer cuando la razón se ve abrumada de razón, si puede hablarse así. Esta es la gran fuerza de la verdad cristiana: los prejuicios, los errores, las invenciones, los mismos hechos de la historia, dan a veces pie a los espíritus menos rectos, o impacientes, o menos sabios para impugnar verdades de la fe; pero éstas definitivamente triunfan: mil veces, en el decurso de la historia, han tenido que enmudecer sus enemigos ante la fuerza abrumadora que llevan consigo.

(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. I I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p.389 -394)

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Manuel de Tuya

El primer mandamiento. 12,28-34 (Mt 22,34-40; Lc 10,25-28)

Cf. Comentario a Mt 22,34-40.

En Mc la pregunta se la hace en un tono de respeto. En Mt, y más en Lc, en un sentido hostil. Es cuestión redaccional. El tema del primer mandamiento era muy discutido en las escuelas rabínicas. Pero Mc es el que destaca la argumentación basándose en que Dios es «único»; luego exige la plenitud de amor y servicio. La repetición de «corazón», «alma» y «mente» es el procedimiento semita de repetición y de prueba por «acumulación».

Pero en el amor a Dios va incluido el amor al «prójimo», a todo hombre, que es lo que destaca especialmente Lc en este pasaje (Lc 10,29ss). Para el judío, el prójimo era sólo el judío.

Los v.32-34 son propios de Mc. En ellos se hace ver que el amor al prójimo es mejor que todos los «holocaustos y sacrificios». En esto Mc se entronca con la línea de los profetas sobre la autenticidad del culto y la misericordia (i Re 15,22; Os 6,6). A esta valoración del «escriba» que le preguntó, Cristo le responde que su rectitud moral le está aproximando al reino de Dios.

(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 708-709)

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Leonardo Castellani

DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS [22, 34-46] Mt 22, 34-40

Los sabihondos europeos que hoy día no quieren aceptar a Cristo y desean cortar a la Europa las propias raíces, han inventado como pretextos diversas historias; una de lo más risueña es que “en el Evangelio al fin final no hay nada nuevo”. Todo lo que Cristo predicó se hallaba ya en el Oriente; lo que hizo el “genial Nazareno” fue constituir una especie de mezcla (sincretismo la llaman) de los resultados últimos de la “evolución religiosa” de la Humanidad. Curiosamente, esa mezcla cuajó en un cemento más fuerte y más pulido que el mármol. Hay incluso un santón hindú llamado Ramakhrishna —fundador de una secta teosófica muy activa hoy día que esa sí es una mezcla de hinduismo y cristianismo averiado— el cual se atrevió a afirmar que Cristo estuvo en la India de los 19 a los 29 años y allí aprendió Su doctrina: sin ninguna prueba y a retropelo de las pruebas históricas en contrario. Netamente imposible.

El evangelio de hoy (Mt XXII, 34) versa sobre el Mandamiento Máximo y Mejor, promulgado categóricamente por Cristo y seguido de una afirmación implícita y polémica de que El era más-que-hombre. El Mandamiento Máximo y Mejor es el Precepto del Amor Cristiano, que es un “estreno absoluto” —como dicen ahora— en la humanidad. Examinando con serenidad la historia de las religiones, se ve que siempre fueron los Hebreos los que en lo religioso llegaron más lejos; y que ellos, como se ve en este evangelio, habían llegado, en tiempos de Cristo, a una aproximación del Amor Cristiano, vaga, pálida y dudosa. Los demás “mandatos o consejos de amor”, incluso los de Budha Sidyarta Gautama y su escuela, no son más que una asonancia y como lejana semejanza de palabras. El sentido es del todo diverso.

La discusión acerca del Mandato Máximo y Mejor estaba candente en Israel; porque era entonces necesaria. La Ley Mosaica, por obra de los Talmudistas y los Intérpretes y los Casuistas, se había complicado y ramificado de una manera imposible: en definitiva no se sabía lo que había que hacer, porque la polvareda de preceptos pequeños y opiniones divergentes lo oscurecía todo. Había que encontrar un resumen de la Ley había que encontrar el espíritu, el centro y el hilo conductor. Un hebreo que hiciera caso a los casuistas no podía ni moverse en día Sábado, por ejemplo: si se me cae el escritorio con todo lo que hay encima en día Sábado ¿puedo levantarlo sin incurrir en las iras de Jehová?

En la parábola del Buen Samaritano, que hemos visto y también en este evangelio, vemos adónde había llegado la discusión teológica. Los mejores entre los fariseos habían llegado a la conclusión de dos mandatos fundamentales: amar a Dios y amar al prójimo: sólo había que ver todavía qué cosa se entendía por amor y qué cosa por prójimo; por lo demás, esa conclusión era contestada acremente por los literalistas de la Ley y con mucho fundamento: estaba fuera del “espíritu general” de la ley mosaica, y se apoyaba en textos sueltos... Jesucristo definió los dos términos dudosos y fundió los dos mandatos en uno; y así lo sublimó, todo, a una altura moral antes inconcebible. Esa es la esencia del cristianismo. Adolph Harnack escribió un libro célebre “La Esencia del Cristianismo”; y después Karl Adam otro y Loisy otro... La esencia del cristianismo es el Padre Celestial, la esencia es la interioridad, la esencia es la Parusía..., etcétera. Cuentos. La esencia del cristianismo está en este evangelio. Cristo se proclama Dios y da a la Humanidad un mandato que sólo Dios podría inventar... Es sobrenatural; está más allá de las facultades del hombre tal como las conocemos; para poder cumplirlo hay que recurrir a Dios.

Hay una diferencia entre los dos Doctores de la Ley que van a pedir a Cristo la solución de esta Cuestión Suprema. El uno parece menos bien dispuesto: Cristo lo interroga a su vez, le narra una parábola y al final le dice: “Ya que lo sabes, ahora vete y haz misericordia.” A estotro Cristo le responde lisa y llanamente, y él se dispara en una glosa —esto está en San Marcos, XII— que lo pinta como entusiasmado por la respuesta: “Efectivamente. Verdad. Así es. Estos dos son. No hay otros. Esto vale más que los holocaustos y los sacrificios...”, etcétera. Cristo lo aprueba amorosamente: “No estás lejos tú del Reino de Dios.” Había venido porque había oído decir que “responde a todo y nadie lo da vuelta.” Al final del episodio anota Marcos que “Nadie se atrevió a preguntarle más.” Empezó Jesús a preguntar a su vez, terminado ya exitosamente su propio “examen”.

Los pueblos orientales —todos los pueblos de estilo oral— aman esta especie de contrapuntos: lo mismo que nuestros pasados paisanos a los payadores, que son reliquias del estilo oral. Recordemos el contrapunto de Martín Fierro y el Moreno. Pero ésta nuestra payada doble, ya literaria, versa sobre preguntas abstractas y lejanas; y los contrapuntos que nos reporta el Evangelio —y que se hacían con solemnidad religiosa y en una especie de cantinela, escuchando y fallando la corona de oyentes— se refieren a cuestiones concretas y candentes, incluso cuestiones personales como el problema de Cristo. Aquí Cristo les arroja el versículo del profeta David que dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra

- Mientras pongo a tus enemigos como escaño de tus pies.” La pregunta: “ eres tú pues?” tantas veces hecha, surgía naturalmente después de oír a Cristo haciendo ley y abriendo nada menos que a un Doctor, nada menos que la puerta del Reino.

“— ¿De quién habla aquí el Profeta?

—Del Rey Mesías, evidente.

—Yo soy el Mesías. Ahora decidme, ¿puede un hijo ser señor de su padre?

—No.

— ¿No es el Mesías hijo de David?

—Sí.

— ¿Cómo es pues que David lo llama «Señor»?

—No sabemos. No sabemos nada. No sabemos ni una palabra.”

“Y desde aquel día, nadie osaba cuestionarlo”, es decir desafiarlo a contrapuntos. La confesión de ignorancia dolía. Y era ignorancia fingida. La conclusión aquí era clara: el Mesías será más-que-hombre, puesto que será Señor del Rey David su padre. No sólo David lo llama “Señor”, sino que Dios “lo sienta a su derecha”. Eso significa en Oriente participación pareja en la Reyecía: la Reina se sentaba en un trono a la derecha del Rey. Aquí estaba indicada, pues, una participación en la Divinidad. Cristo la afirma y se la adjudica audazmente. Los Doctores callan.

Ésta es la promulgación solemne del Cristianismo, la esencia de su Dogmática y de su Moral: dos misterios inmensos. A los que dicen “no hay nada nuevo en el Evangelio” podría preguntárseles si espigar lo más excelso de la moral universal, cifrarlo en un solo punto, hacerlo practicable y practicarlo, y morir crucificado en su defensa, si eso les parece nada. Pero hay más, infinitamente más que eso. El Amor Cristiano es una novedad absoluta.

Hoy día lo encontramos sólo en islotes aislados; la generalidad del mundo ha rechazado de hecho el Mensaje; y aun en el seno de la Iglesia flaquea. Parecería que no es así, se habla de “amor” por todas partes, se pondera el amor del prójimo, se multiplican las obras oficiales de beneficencia, se defiende —con las armas y en guerras terribles— la “Civilización Cristiana”. Pero son palabras y no obras, sentimentalismos, “el dulce Nazareno”, “el amable Rabbí de Galilea”, el “mensaje del amor a todos” que propala inclusive el obsceno Ramakrishna: una inundación de jarabe y moralina.

Hay caridad en la Iglesia y la habrá siempre, gracias a Dios; pero ¡cuán oprimida y rala está! La convivencia está atacada, la amistad está adulterada, la misericordia está falseada, y el odio y la aversión paganos se han desatado en el mundo. No soy pesimista: “experto crede Ruperto», lo conozco en carne propia. El amor cristiano se ha aguado y se parece al amor al prójimo que había antes de Cristo, y que nos echan en cara estos “orientalistas”, como un “precedente oriental”.

Distinguir estos dos amores al prójimo es posible y fácil. El gran escritor C. S. Lewis, en tres conferencias hechas en la Universidad de Durham sobre el tao (o sea la ley moral universal, como la designan en China) y sobre la Abolition of Man (o sea la gran apostasía actual) recogió una antología de los preceptos morales de todos los libros sagrados del mundo, para probar que la moral hebrea continuada por la cristiana está enraizada en la misma natura moral del hombre, y en su tradición milenaria. Leyéndola salta a los ojos la diferencia entre el amor al prójimo de las religiones antiguas y la caridad enseñada con obras y con palabras por Cristo y sus discípulos.

Brevemente: los estoicos proclamaron sí que no había extranjeros y que la patria del hombre era todo el mundo, como Mario Bravo; pero era una manera de rechazar o despreocuparse de la propia patria más bien que amor al foráneo, al extraño, al enemigo: a lo socialista actual. Lao-Tsé y Confticio predican el perdón y la gentileza; pero no es el amor, es una benevolencia general y más bien una táctica de defensa y prudencia: es un amor-timidez, sin arrojo y sin fortaleza. El Bhuda Gautama, su antecesor, es el que más claramente predica el amor a todos los hombres, aun a los más bajos y despreciados. Pero hay que saber lo que es el amor budista: él se extiende a los animales y a las plantas, está fundado en el desprecio de todo lo visible. El Budismo quiere suprimir el dolor por la supresión del deseo, por el ahogamiento de todo lo terrenal en el Nirvana; su amor al prójimo es una especie de gimnasia para la supresión del amor a sí mismo. ¿Qué me importa que me ames como a ti mismo, si no te amas nada a ti mismo? Budha me ama a mí como a su gato; y ama a su gato como a un fantasma: lo sensible para el budista no tiene realidad, es una apariencia, la Maia o Gran Ilusión. Un budista japonés convertido decía a Paul Claudel: “Lo que me asombró en el cristianismo es que no sólo ama al hombre, sino que «lo respeta».” Profunda palabra. El amor universal del Budha es gélido, interesado, egoísta; como en los estoicos, es una indiferencia cansada y despreciativa. No respeta al hombre. ¿Y qué es un amor sin respeto?

Pero ¿y los hebreos? Los hebreos como hemos visto no se atrevían a extender el concepto de prójimo hasta a los enemigos; ni la amistad hasta dar la vida por el amigo. Los salmos de David están llenos de tremendas imprecaciones vengadoras contra el enemigo. “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión”..., así habla el Exodo. “Tú has de devorar todos los pueblos que el Señor tuyo te dará en tu poder. No se enternezca sobre ellos el ojo tuyo”, así habla el Deuteronomio... “Amarás a «tu amigo» como a ti mismo”, era lo más a que llegaron los Deútero Profetas. Eso era todo. Todo alrededor se extendía —Asiria, Egipto, Roma— la inconmensurable crueldad pagana.

El amor que enseñó Cristo “es paciente y es benigno, no es celoso, no es sacudido, no se hincha, no es codicioso, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa torcido, no se alegra del daño y se conalegra en el gozo: todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta... El nos reúne todos en un cuerpo, con la vida común de los miembros de un cuerpo, en la Cabeza, que es Cristo”, dice San Pablo (1 Cor XIII, 4-7; 12).

(P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Ed. Vórtice, Bs. As., 1997, Pág. 275-279)

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EJEMPLOS PREDICABLES

Dios quiere que le amemos

El Niño Jesús se aparece a San Antonio como un pobre mendicante.

Cuando San Antonio de Papua tenía sólo cinco años, y por lo tanto vivía aún en la casa de sus padres, una mañana muy fría de invierno alguien llamó a la puerta. El pequeño Antonio oyó los golpes y abrió la puerta, descalzo, en pobres vestidos, encima de la espalda un saquito como el que suelen usar los pordioseros; pero en el saquito no llevaba pan, sino corazones rojos y brillantes como rubíes. Antonio preguntóle: “¿Quién eres? ¿Qué deseas?” el niño contestó: “Soy el hijo de Reyes, y voy pidiendo la limosna de algún corazón de hombre. Y quiero también el tuyo”. Antonio le dijo: “¿Cómo te llamas?” Y el niño contestóle: “no precisas que te diga mi nombre; pues tu piadosa madre te lo ha dicho ya: Soy Jesús”. Después de estas palabras el niñito desapareció. (El niño Jesús apareciese a San Antonio de Padua varias veces durante el resto de la vida del santo; por eso suele representársele casi siempre acompañado del Niño Jesús). El buen Dios anhela el corazón del hombre, lo cual significa que quiere ser amado por nosotros. Por esto Jesucristo nos ordenó el amor a Dios.


Quien quiera a Dios, no ponga sus deseos en cosas de este mundo

La Turmalina

La turmalina, una piedra preciosa negra, roja o verde, tiene la propiedad que, cuando está fría atrae la ceniza y otras sustancias poco nobles, pero si se calienta, repele las impurezas que se le habían adherido. (Este mineral tiene en un extremo, electricidad positiva, y en el otro negativa; pero si se calienta, se invierte el signo de su electricidad.) Como esta piedra se convierte el corazón humano: si está frío para con Dios, atrae todas las cosas bajas y de poco precio (se entrega a los placeres y concupiscencias de este mundo), pero si el amor de Dios lo caldea y enciende, poco aprecia los placeres bajos de este mundo, y pronto se libera de los apetitos materiales.

Estar dispuestos a sacrificar lo que más queremos en este mundo, cuando El nos pida

Una piadosa madre reunió algunos días antes de Navidad a sus pequeños y les habló del amor de nuestro Padre que está en el cielo, que mandó a su Hijo al mundo para salvarnos, y les contó la mucha pobreza del Niño Jesús. Pidiéndoles que trajesen vestidos, juguetes, golosinas de que ellos se quisieren privar para ofrecerlos, como acto de amor al Niño Jesús, a niños menesterosos. Cada niño trajo su limosna; hasta el más pequeño de todos: un niñito de cuatro años. Pero éste dijo a su madre: “traigo todos mis juguetes; aquel gatito de goma me lo guardo porque ¡me gusta tanto!...” su madre le contestó: “El Padre Celestial es, a quienes saben sacrificarle las cosas que más quieren, a los que mira con más amor. Su tu sacrificas tu gatito de goma, te llenarás de gozo”. En el pecho del niño empezó una dura batalla; todo el día anduvo el pobrecito pensativo. Bien habría procurado a Dios tan grande gozo; pero separarse del juguete predilecto le era muy duro. Finalmente vino el niño tímido y temeroso, a la madre y le dijo: “También le daré el gatito de goma al Niño Jesús”. Lágrimas corrían por las mejillas del niño, tanta tristeza le daba separarse de su gatito. Y la madre lloraba también viendo el gran sacrificio del pequeño. ¡Feliz quien aprende de niño a practicar la renuncia de lo que más quiere! Porque en el curso de la vida, Dios pide de nosotros sacrificios harto más pesados que la renuncia a un juguete. Y si de un principio estamos ejercitados a tales sacrificios, por amor a Dios, soportaremos mejor los golpes de la adversidad.

(Spirago, Francisco, Catecismo en ejemplos, tomo II, Ed. Políglota, Barcelona, 7.10-11)


26.LO DECISIVO - JOSÉ ANTONIO PAGOLA - SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 01/11/06.- A Jesús le hicieron muchas preguntas. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a vivir de manera sabía. Pero la pregunta que esta vez le hace un «letrado» no es una más. Lo que le plantea aquel hombre preocupaba a muchos: ¿qué mandamiento es el primero de todos?, ¿qué es lo primero que hay que hacer en la vida para acertar?

Jesús le responde con unas palabras que, tanto el letrado como él mismo, han pronunciado esa misma mañana al recitar la oración «Shemá»: «Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». A Jesús le ayudaban a vivir a lo largo del día amando a Dios con todo su corazón y todas sus fuerzas. Esto es lo primero y decisivo.

A continuación, Jesús añade algo que nadie le ha preguntado: «El segundo mandamiento es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Ésta es la síntesis de la vida. De estos dos mandatos depende todo: la religión, la moral, el acierto en la existencia.

El amor no está en el mismo plano que otros deberes. No es una «norma» más, perdida entre otras más o menos importantes. «Amar» es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Si en la política o en la religión, en la vida social o en el comportamiento individual, hay algo que no se deduce del amor o va contra él, no sirve para construir una vida humana. Sin amor no hay progreso.

Se puede vaciar de «Dios» la política y decir que basta pensar en el «prójimo». Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que lo decisivo es servir a «Dios». Para Jesús «Dios» y «prójimo» son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.

El riesgo de distorsionar la vida desde una religión «egoísta» es siempre grande. Por eso es tan necesario recordar este mensaje esencial de Jesús. No hay un ámbito sagrado en el que nos podamos ver a solas con Dios, ignorando a los demás. No es posible adorar a un Dios en el fondo del alma y vivir olvidado de los que sufren. El amor a Dios, Padre de todos, que excluye al prójimo se reduce a mentira. Lo que va contra el amor, va contra Dios.

5 de noviembre de 2006


27.El predicador del Papa presenta un método para descubrir lo esencial en la vida. Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., a la liturgia del próximo domingo

ROMA, viernes, 3 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia del próximo domingo, XXXI del tiempo ordinario.

* * *

Amarás al Señor tu Dios

Un día se acercó a Jesús uno de los escribas, preguntándole cuál era el primer mandamiento de la Ley y Jesús respondió citando las palabras de ésta: «Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, uno sólo es el Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», que hemos oído, e hizo de ellas el «primero de los mandamientos». Pero Jesús añadió de inmediato que hay un segundo mandamiento semejante a éste, y es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Para comprender el sentido de la pregunta del escriba y de la respuesta de Jesús, es necesario tener en cuenta algo. En el judaísmo del tiempo de Jesús había dos tendencias opuestas. Por un lado estaba la tendencia a multiplicar sin fin los mandamientos y preceptos de la Ley, previendo normas y obligaciones para cada mínimo detalle de la vida. Por otro se advertía la necesidad opuesta de descubrir, por debajo de este cúmulo asfixiante de normas, las cosas que verdaderamente cuentan para Dios, el alma de todos los mandamientos.

El interrogante del escriba y la respuesta de Jesús se introducen en esta línea de búsqueda de lo esencial de la ley, para no dispersarse entre miles preceptos secundarios. Y es justamente esta lección de método la que deberíamos aprender sobre todo del Evangelio de este día. Hay cosas en la vida que son importantes, pero no urgentes (en el sentido de que si no las haces, aparentemente no pasa nada); y viceversa, hay cosas que son urgentes pero no importantes. Nuestro riesgo es sacrificar sistemáticamente las cosas importantes para correr detrás de las urgentes, frecuentemente del todo secundarias.

¿Cómo prevenirnos de este peligro? Una historia nos ayuda a entenderlo. Un día, un anciano profesor fue llamado como experto para hablar sobre la planificación más eficaz del tiempo a los mandos superiores de algunas importantes empresas norteamericanas. Entonces decidió probar un experimento. De pie, frente al grupo listo para tomar apuntes, sacó de debajo de la mesa un gran vaso de cristal vacío. A la vez tomó también una docena de grandes piedras, del tamaño de pelotas de tenis, que colocó con delicadeza, una por una, en el vaso hasta llenarlo. Cuanto ya no se podían meter más, preguntó a los alumnos: «¿Os parece que el vaso está lleno?», y todos respondieron: «¡Sí!». Esperó un instante e insistió: «¿Estáis seguros?».

Se inclinó de nuevo y sacó de debajo de la mesa una caja llena de gravilla que echó con precisión encima de las grandes piedras, moviendo levemente el vaso para que se colara entre ellas hasta el fondo. «¿Está lleno esta vez el vaso?», preguntó. Más prudentes, los alumnos comenzaron a comprender y respondieron: «Tal vez aún no». «¡Bien!», contestó el anciano profesor. Se inclinó de nuevo y sacó esta vez un saquito de arena que, con cuidado, echó en el vaso. La arena rellenó todos los espacios que había entre las piedras y la gravilla. Así que dijo de nuevo: «¿Está lleno ahora el vaso?». Y todos, sin dudar, respondieron: «¡No!». En efecto, respondió el anciano, y, tal como esperaban, tomó la jarra que estaba en la mesa y echó agua en el vaso hasta el borde.

En ese momento, alzó la vista hacia el auditorio y preguntó: «¿Cuál es la gran verdad que nos muestra ese experimento?». El más audaz, pensando en el tema del curso (la planificación del tiempo), respondió: «Demuestra que también cuando nuestra agenda está completamente llena, con un poco de buena voluntad, siempre se puede añadir algún compromiso más, alguna otra cosa por hacer». «No --respondió el profesor--; no es eso. Lo que el experimento demuestra es otra cosa: si no se introducen primero las piedras grandes en el vaso, jamás se conseguirá que quepan después». Tras un instante de silencio, todos se percataron de la evidencia de la afirmación. Así que prosiguió: «¿Cuáles son las piedras grandes, las prioridades, en vuestra vida? ¿La salud? ¿La familia? ¿Los amigos? ¿Defender una causa? ¿Llevar a cabo algo que os importa mucho? Lo importante es meter estas piedras grandes en primer lugar en vuestra agenda. Si se da prioridad a miles de otras cosas pequeñas (la gravilla, la arena), se llenará la vida de nimiedades y nunca se hallará tiempo para dedicarse a lo verdaderamente importante. Así que no olvidéis plantearos frecuentemente la pregunta: “¿Cuáles son las piedras grandes en mi vida?” y situarlas en el primer lugar de vuestra agenda». A continuación, con un gesto amistoso, el anciano profesor se despidió del auditorio y abandonó la sala.

A las «piedras grandes» mencionadas por el profesor --la salud, la familia, los amigos...-- hay que añadir dos más, que son las mayores de todas: los dos mandamientos mayores: amar a Dios y amar al prójimo. Verdaderamente, amar a Dios, más que un mandamiento es un privilegio, una concesión. Si un día lo descubriéramos, no dejaríamos de dar gracias a Dios por el hecho de que nos mande amarle, y no querríamos hacer otra cosa más que cultivar este amor.

[Traducción del italiano realizada por Zenit]


28.
Temas de las lecturas: Escucha Israel: Amarás al Señor con todo el corazón * Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. * No estás lejos del reino de Dios.

1. Amar y Amar
1.1 Hay ocasiones en que los estudiosos de la Biblia o quienes predican el mensaje de la Biblia hacen fuertes contrastes entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sobre todo porque es en el Nuevo Testamento donde hemos encontrado la plena revelación de la gracia y la misericordia de Dios que nos redimen. Sin embargo, las lecturas de este domingo nos muestran que en realidad el tema entero de la Biblia es el amor. El mensaje que Dios ha querido darnos, desde la primera hasta la última página, es AMOR, aprender a amar.

1.2 Uno cree que el amor es algo espontáneo y por consiguiente algo que no necesita ser enseñado y que no puede ser aprendido. Al fin y al cabo, nadie nos enseñó que nos tenían que gustar los helados, ni nadie nos explicó que era delicioso tomar agua fresca cuando se tiene mucha sed. ¿por qué, en cambio, el amor debe ser enseñado? ¿Por qué sucede que lo que nace espontáneamente de nosotros al amar no es siempre genuino amor?

1.3 Hay varias respuestas. Una, es que el amor necesita encontrar su objeto o centro propio. Uno puede centrar toda su capacidad de amor en algo que finalmente va a resultar engañoso o perjudicial. Alguien perdidamente enamorado del alcohol va camino de autodestruirse, por ejemplo. Antes de que algo así suceda es preciso que alguien nos abra los ojos y que nos haga ver que hemos sido creados para otros amores, para mejores amores.

1.4 Y el mejor de los amores es Dios mismo. ¿Cómo no recordar aquí las palabras de san Agustín? "Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descansa en ti," enseña este santo Doctor de la Iglesia, y son verdaderas sus palabras. Encontrar a Dios es encontrar el centro propio y proporcionado a los infinitos anhelos de nuestro corazón.

2. Nos han ordenado que amemos
2.1 Precisamente porque el amor necesita ser aprendido también necesita ser ordenado, es decir, también ha de ser objeto de un mandamiento expreso de parte de Dios. No es una mandato que "caiga" sobre nosotros como uan imposición sino es la ruta que nos lleva a desplegar lo más profundo y mejor de nosotros mismos. Quien no ama hasta el fondo, quien no ama con todo el ser, no sólo pierde contacto con el amor sino que pierde contacto con lo profundo de su propia alma. Lo profunda del alma sólo puede hablar el lenguaje de un amor sin condiciones y si uno no llega a ese lenguaje termina viviendo como en traición a sí mismo.

2.2 Así pues, Dios nos ordena que lo amemos no por bien suyo sino por bien nuestro. No es nuestro amor el que puede hacerle falta a Él sino su mandato de amar el que puede desarrollar lo más íntimo y mejor de nosotros mismos. Al ordenarnos que amemos, Dios está en realidad prolongando la misma voz con que nos ordenó que exitiéramos. Su amorosa voz nos trajo a la existencia y, ahora que existimos, esa misma voz nos ordena que amemos. Así como siguiendo esa voz pasamos de la nada al ser, obedeciéndola ahora pasamos de la muerte a la vida, y de las tinieblas a la luz.


29.

1."Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas" Deuteronomio 6,2. Este es el "Shema", la oración judía principal de todos los tiempos, que es proclamación y profesión de fe en Dios único, y confesión del mandato de amarlo en el presente y en el futuro: "Las palabras que hoy te digo quedarán grabadas en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado". El Deuteronomio, para exhortar a cumplir los deberes con Dios que se ha revelado y le ha escogido como pueblo suyo, usa otros verbos: temer, obedecer, confiarse a él, apegarse y adherirse a él, pero el más intenso y que mejor expresa lo que Dios se merece, como padre que les ha dado el ser, que educa a sus hijos y que "te ha dado esta tierra, que tú no cultivaste, y que hoy mana para tí leche y miel", que hace referencia y es profecía de la patria eterna, es el de amarle. Al Creador y Salvador hay que recordarle siempre y en todo momento, como expresión auténtica de la genuinidad del amor que expresa la total entrega de la persona creada por El.

2. El amor filial debido al Creador y al libertador del Deuteronomio, es para Oseas y para Jeremías el amor conyugal: "Te desposaré conmigo para siempre" (Os 2,21): "Como una mujer que traiciona a su amante, así me ha traicionado a mí la casa de Israel" (Jr 5,20). Para ambos profetas, el amor conyugal es la mejor analogía de la relación del hombre con Dios. Deberíamos todos leer con frecuencia el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y su Llama de mor viva para entender lo que nos dice un hombre que ha experimentado la dulzura y las exigencias del amor del cual ya escribía San Agustín: "Me amenazáis, Señor, con graves miserias si no os amo, ¿tan poca miseria os parece no amaros?". Y terminaba: "Meminerim Tui; intelligam Te; Amem Te. Auge in me ista, donec me reformes ad integrum". Lo quiero citar en latín, tal como lo escribió el Aguila de Hipona, por su exquisitez y sonoridad, aunque lo traduzco: "Que me acuerde de Ti; que te comprenda; que te ame. Auméntame estas gracias, hasta que me reformes íntegramente".

3. Pero ¿qué nos ocurre a los hombres? Tengo un vecino de dos meses y medio, y no sabe él lo que me hace meditar. Como todos los bebés, está acolchado de cariño, ternura y amor. Pero él no lo entiende, no se da cuenta. Así somos los hombres: rodeados de amor por todas partes, sin merecerlo, como niños pequeños a veces, restringido el campo de nuestra conciencia en nuestro pequeño "estado del Yo", que limita al Norte con el "Yo", al Sur con el "Yo", al Este con el "Yo" y al Oeste con el "Yo", no tenemos perspicacia para verlo y agradecerlo.

4. Iba una vez Aflicción de camino y en cuantos lugarejos encontraba detenía sus pasos, como presa de locura: -Me sabríais decir cuál es la cosa más pequeña? Y preguntó a un niño que perseguía un pájaro. Y el niño respondió: -El pájaro. Y a una dama que se estaba peinando y contestó: -Este cabello pequeñísimo. Y a un sabio, que dijo: - El átomo. Y Aflicción ya no podía andar de tanto desconsuelo. Se sentó y lloró. Pasó Consolación y le dijo: -Aflicción, ¿por qué ese llanto tan amargo, que tus lágrimas parecen trocitos de tu roto corazón? Y Aflicción, sin cesar en su llanto, dijo: - Porque ni el pajarillo, ni el cabello dorado más fino, ni el átomo me dan idea de lo más pequeño. Y preguntó Consolación: ¿Qué es pues, lo más pequeño? Y contestó Aflicción con sollozos de profunda pena: -¡El amor de los hombres al Amado! "El Amor no es amado" se lamentaba a gritos en el monte Auvernia, San Francisco.

5. Tal como en general se vive al margen del evangelio hoy, la vida social, política, eclesial y familiar queda reducida a los propios intereses, con preocupación y cavilación creciente y absorbente de las propias cosas, en un incesante vivir para sí mismos, centrados en la propia persona, su salud, su trabajo, sus estudios, sus planes, su familia y aislados, distantes y sólo interesados en su tema, como si fuera el único del cosmos. Frente a las palabras de Jesús: "Padre, que sean uno como tú y yo somos uno", se repite la parábola del Oriente: A la puerta de su amigo llama un amigo: -¿Quién eres? - Soy tu amigo, el que te ha hecho tantos favores, tu confidente, el que guarda todos tus secretos. - En esta casa no hay sitio para los dos. El amigo ha comprendido. Vuelve a llamar: ¿Quién eres? - Yo soy tú. Y se abrió la puerta de par en par. No se puede entrar en el Reino mientras el hombre no se haya adherido a Dios. Sólo cuando se identifique con Dios, de ahí la necesidad de la purificación en esta vida, o la del Purgatorio, en cuya maceración el hombre se funde con Dios y se hace igual a El, puede entrar en el Reino de Dios: Por eso el evangelio de Jesús nos dirá: "Sabéis que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos" (Mt 5, 44).

6. La coincidencia de Marcos con el Deuteronomio hoy es total: A la pregunta del letrado, conocedor y maestro de la Ley, por el primer mandamiento de todos, Jesús responde con el Shemá: "El primero es: "Escucha, Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a tí mismo" Marcos 12,28. "No hay mandamiento mayor que éstos". Algunos enseñaban que la Ley judía contaba 613 mandamientos y otros aún añadían más, y el problema era seleccionar el más importante y primero, por esa razón detallista y esclavizante, que a Jesús le llevará a decir que su yugo es suave y su carga ligera, le da pie al escriba a la pregunta del evangelio sobre el mandamiento principal. En el judaísmo del tiempo de Jesús había dos tendencias opuestas. Por un lado estaba la tendencia a multiplicar sin fin los mandamientos y preceptos de la Ley, previendo normas y obligaciones para cada mínimo detalle de la vida. Por otro se advertía la necesidad opuesta de descubrir, por debajo de este cúmulo asfixiante de normas, las cosas que verdaderamente cuentan para Dios, el alma de todos los mandamientos.

7. Hay cosas en la vida que son importantes, y otras secundarias. Un profesor hablaba a jefes de empresa y sacó un gran vaso de cristal vacío. Colocó doce piedras, como pelotas de tenis con suavidad hasta llenar el gran vaso. ¿Les parece que el vaso está lleno?- Echó gravilla con precisión encima. « ¿Está lleno el vaso?», preguntó. Sacó arena y la echó en el vaso. La arena rellenó todos los espacios que había entre las piedras y la gravilla. Así que dijo de nuevo: « ¿Está lleno ahora el vaso?». Tomó una jarra y echó agua en el vaso hasta el borde. En ese momento, alzó la vista hacia el auditorio y preguntó: si no se introducen primero las piedras grandes en el vaso, jamás se conseguirá que quepan después». Tras un instante de silencio, todos se percataron de la evidencia de la afirmación. Las piedras grandes son las prioridades en vuestra vida. Lo importante es meter las piedras grandes en primer lugar porque si se da prioridad a miles de otras cosas pequeñas, se llenará la vida de nimiedades y nunca se hallará tiempo para dedicarse a lo verdaderamente importante. Las «piedras grandes» son los dos mandamientos mayores: amar a Dios y amar al prójimo. Amar a Dios, más que un mandamiento es un privilegio. Jesús con su originalidad nueva, ha situado juntos y unificados los tres amores, que son más que uno: a Dios, a tí mismo y al prójimo. Un río y dos afluentes. El letrado, que había preguntado con curiosidad y quizá con inquietud a Jesús porque su enseñanza le intrigaba, refrendó su doctrina, como buena y segura. Jesús, a su vez, calificó al letrado de que no estaba lejos del Reino de Dios.

8. La novedad de Jesús sobre Moisés está en la unión que establece entre el amor a Dios y el amor al prójimo, es decir, une el texto del Deuteronomio y el del Levítico. Dios y el hombre no son una misma cosa, pero son inseparables, porque Dios ama al hombre. El judaísmo quiso desentenderse del prójimo para amar a Dios, como se desprende de la parábola del samaritano en Lucas (Lc 10,33). El humanismo "puro" "impuro" pretende desentenderse de Dios para amar al prójimo. Pero la experiencia nos dice que donde se niega a Dios, queda el hombre sin dignidad y sin destino, mutilado y desprotegido, porque sin Dios ¿quién puede mandarme amar al prójimo? "Nuestro amor tiene una raíz muy dañada" dice Santa Teresa. Igualmente donde se niega al hombre, Dios es la disculpa para el egoísmo y para el odio. Se desencadenan guerras y se mata en nombre de los distintos nombres de Dios, cuando en Dios no hay ni guerra santa ni hay odio, y sólo amor infinito.

9. El prójimo es el próximo, el cercano, el doméstico, pero el prójimo no termina en el clan, en la raza, en los que profesan el mismo credo, como terminaba en la casuística del literal Antiguo Testamento, tal como los judíos lo interpretaban, siempre tan amigos de la letra y poco del espíritu. Eso es lo que intuye el escriba. En Cristo y para Cristo no hay ningún hombre lejano. Todos son amados por él y todos son llamados a integrarse en su cuerpo místico para conseguir la felicidad eterna.

10. El himno de la caridad de 1 Cor 13 resume los deberes con los hermanos, que completan el cumplimiento del mandamiento del amor: "La caridad es paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; no ofende, no busca su propio interés, no se irrita, no piensa en el mal que le han hecho (¡yo creía que lo habías olvidado! -¡No, si lo que pretendo es que no lo olvides tú!); no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad: "la verdad, no tu verdad - y ven conmigo a buscarla; la tuya, guárdatela" cantó Machado. La caridad todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera".

11. "Como a tí mismo". En cada situación, cuestionarse: ¿cómo quisiera yo que me trataran, si estuviera en esa situación? ¿De pobreza, de ignorancia, de enfermedad, de humillación, de desconsuelo, de noche oscura, de cansancio, de fracaso, discusión, abandono, depresión, tristeza..., o de éxito y de bienestar? "Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros" (Lc 6,31). Jesús ha convertido el mandato negativo del Antiguo Testamento: "Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie" (Tb 4,15) en positivo. "Amar a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios", apostilló el escriba. "¿Se complace tanto el Señor en los holocaustos y los sacrificios, como en la obediencia a sus palabras?" (1 Sm 15,22). "Porque yo quiero amor, no sacrificios" (Os 6,6). "No estás lejos del Reino de Dios", dijo Jesús al letrado. Porque había comprendido el corazón de la Revelación, que Jesús enseñará y practicará toda su vida y su muerte de cruz, para que "por medio de él nos acerquemos a Dios, porque vive siempre para interceder por nosotros" Hebreos 7,23.

12. Para compensar esa falta de amor, completemos hoy el Salmo 17: "Yo te amo, Señor", con el segundo mandamiento en la práctica de la caridad fraterna, para lo que en la eucaristía encontraremos la fuerza de la roca, que nos libera de nuestros prejuicios y de nuestro propio carácter personal.

JESUS MARTI BALLESTER