Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia COMENTARIOS AL SALMO


COMENTARIOS AL SALMO 130

 

1. 

Como un niño en brazos de su madre

El salmo 130 parece haber encontrado una perfecta integración del mundo de los deseos aunque, a juzgar por los primeros versos, podríamos pensar que su paz le viene de que los ha ido reduciendo y disminuyendo hasta hacerlos inoperantes. ¿Consistirá en eso la solución? ¿En "acallarlos" y "moderarlos"?

Los tres últimos versos nos hacen ver que no es así: ese creyente que es Israel, se define a sí mismo como un niño que acaba de mamar y que descansa satisfecho sobre el hombro de su madre. (La preposición hebrea empleada, "sobre", nos sugiere un dato precioso que cualquier madre sabe: cuando un niño ha terminado de mamar no se le tiene "en brazos" sino apoyado sobre el hombro para que expulse el aire). Si su deseo ha desaparecido, es porque el alimento que ha recibido le ha saciado de tal manera que ha acallado su necesidad.

La exclamación final: "Espera Israel en el Señor, ahora y por siempre!" tiene tal fuerza de convicción rotunda, que aleja cualquier tentación de hacer del salmo una lectura espiritualista.

Dicen los psicólogos que la madurez de un adulto está en relación estrecha con la experiencia de "confianza básica" que haya tenido en su niñez, es decir, de la vivencia de sentirse acogido y querido incondicionalmente por alguien.

El creyente del salmo expresa esta experiencia a través de la imagen de un niño a quien el alimento que le ha dado su madre ha dejado saciado y no quiere ya nada más. Cuando los discípulos dicen a Jesús: "Maestro, come", él contesta: "Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis..." (Jn 4,32) y nos revela el secreto de un corazón apasionado por el Padre y el Reino y desinteresado ("indiferente", diría Ignacio de Loyola) de sus propios asuntos.

CUADERNOS DE ORACION
NARCEA,S.A. DE EDICIONES MADRID Núm. 110


2.

PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

* Este es un salmo de Peregrinación, o salmo Gradual. Se cantaba este salmo, para expresar esta especie de hartura que se apoderaba del peregrino cuando, después de las ceremonias bulliciosas, se encuentra sólo ante Dios, en el silencio. Al subir a Jerusalén, los judíos no podían menos de experimentar la nostalgia y el pesar de los fastos reales de antaño: el prestigioso pasado de tiempos de David y Salomón. Pidiendo la "paz para Jerusalén", alimentaban en su corazón, los sueños de dominación temporal ¿No se veía acaso al Mesías, como una restauración de la monarquía Davídica?

Aquí escuchamos a un Israel tranquilo, que renuncia a toda esperanza de grandeza política y se contenta con ser el pueblo "amado" de Dios. Llega a renunciar hasta las "maravillas" del tiempo del Éxodo hechas en su favor. Está feliz únicamente con ser un "niño" amado.

SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS

** El misterio de Navidad nos ha familiarizado con el "icono" de la madre y el niño. Nunca contemplaremos bastante esta imagen. Por más que sea familiar, cotidiana, universal, nunca es banal, bajo cualquier cielo, en todas las razas, entre ricos y entre pobres. Un niño en brazos de su madre puede parecer muy natural, ordinario, quizá profano. Ahora bien, desde que el Hijo de Dios en persona se abandonó en brazos de María, esta humilde realidad tomó un carácter sagrado: una revelación de Dios se oculta en este icono.

Más tarde, Jesús explicó esta revelación, presentándonos a Dios como un "Padre", como una "madre": "no os inquietéis... buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura... Vuestro Padre se ha complacido en daros el Reino..." (Lucas 12,22-32).

Recordemos que Jesús recomendó a los adultos como nosotros, entregarse al amor de Dios como niños: "Si no os hacéis como este niño, no entraréis en el Reino de los cielos" (Mateo 18,3).

TERCERA LECTURA: CON NUESTRO TIEMPO

*** La paz, la calma, el silencio. Nuestro mundo actual es un mundo de violencia, de ruido, de velocidad acelerada. Y por contraste quizá, muchos hombres aspiran a la tranquilidad.

La primera estrofa de este salmo, que expresa la paz deseada, nos invita a ser realistas. La paz es una especie de conquista. La tranquilidad del alma se construye por el rechazo de la agitación. Hay que renunciar al "corazón soberbio", a la "mirada ambiciosa", a las "grandes proezas". Hay que renunciar a las preocupaciones excesivas, a los deseos perturbadores. Pero la "paz de Dios" no nace de una vida sin preocupaciones ni dificultades. Nace sobre todo de situaciones destructoras. He tenido una gran decepción. Un fracaso, una pérdida, una enfermedad, un duelo. La amargura nos invade en ciertos momentos. Todo esto nos puede rebelar internamente y destruir nuestra paz. Del fondo mismo de estas situaciones debe surgir la paz que viene de lo alto.

La oración en "silencio". La tercera carta del Concilio de jóvenes de Taizé nos dirige este mensaje: "Quienes han optado por Cristo, saben que la fuente en que se abrevan los hará vivir peligrosamente: "Quien quiere salvar su vida la perderá" (Marcos 8,34). Para Cristo es todo o nada.

"La oración nunca es asunto de la sola inteligencia. En ella debe participar el hombre total. Orar con la frente contra el suelo, es unirse a la postración milenaria del hombre, para expresar la intención de ofrecerse en cuerpo y alma, totalmente.

"En cada casa, un "rincón" reservado, muy pequeño, lleva a la oración. Igualmente, es importante reservar en las iglesias un espacio a manera de oasis de oración. "Dios no se convence con abundancia de palabras. Permaneciendo largos ratos en "silencio", en los que aparentemente no pasa nada, pero en los cuales el ser se construye interiormente, realizamos las últimas oraciones de Jesús..." (Mateo 27, 45-54- Lucas 23,33-49).

Lo que estos jóvenes descubrieron y recomiendan es justamente lo que el salmo 130 ya cantó: "Controlar y silenciar el alma".

¿Tenemos en casa un "rincón de oración"? ¿Tomamos una "postura de oración" y permanecemos, en paz, ante Dios?

INFANCIA-ESPIRITUAL: La infancia. Tema privilegiado de la literatura de todos los tiempos y especialmente del nuestro. Sencillez, ingenuidad, inocencia del niño. Pero sobre todo esta actitud tan característica, instintiva, del niño que se acurruca contra la madre, cuando un peligro real o imaginario se insinúa en el horizonte. Sabe que allí estará defendido, protegido, seguro.

El sicoanálisis ha analizado maravillosamente esta "vuelta al seno materno", lugar cálido, vital, nutricio. Chouraqui repite gustoso que para Israel, Dios es como una inmensa matriz que da origen a toda forma de vida. ¿Por qué no recitamos este salmo, tomándolo a la letra, imaginándonos, un niño, un bebé acurrucado contra su madre..."? Realmente, estamos siempre "en el regazo de Dios".

Una mamá que mece a su hijito en brazos. Las obligaciones familiares nos hablan de Dios. Aun los gestos maternales de los animales nos hablan de Dios. Toda madre, que en cualquier parte del mundo se esfuerza por brindar felicidad a los suyos, que se entrega a sus seres queridos, que no puede ver un dolor sin sentir deseo de consolar, que realiza las jornadas diarias de servicio a los demás... está haciendo lo que Dios no cesa de hacer. Estas tareas cotidianas pueden convertirse en lugar privilegiado de comunión con Dios.

No desear nada, fuera de Dios. La lección que nos da un niño en brazos de su madre, es justamente la de no desear "nada": ¡él está bien!

El oriental budista nos enseña a controlar nuestros deseos. A veces se tiene en menos esta actitud, que permite vivir a millones de seres humanos hambrientos, que sin embargo muestran su superioridad sobre nosotros los occidentales, como hombres de paz y serenidad. Muchos de nuestros sufrimientos provienen de deseos insatisfechos. Lograríamos quizá la paz del corazón mediante el dominio y restricción de deseos inútiles.

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo II
PAULINAS, 2ª Edición
BOGOTA-COLOMBIA-1988.Págs. 216-219


3. CONFIANZA/ABANDONO  SI NO OS HICIEREIS COMO NIÑOS...

"Señor, mi corazón no es ambicioso...".

De este breve salmo ha dicho A. Gelin que es el más hermoso salmo de la Biblia. Ciertamente muchos conocedores del salterio y de la experiencia cristiana suscribirían esta afirmación.

En su sencillez tiene el encanto de presentarnos una de las virtudes más fundamentales y definitorias de la vida cristiana: la confianza en Dios, el abandono en sus manos, la paz experimentada cuando Dios lo es todo y lo dirige todo en la propia vida.

Este salmo del Antiguo Testamento es como el anticipo de aquella virtud que Jesus practicará toda su vida: confiar siempre y totalmente en la bondad de Dios, del Padre que está en los cielos. Cristo se sintió profundamente amado por su Padre, protegido, acompañado. Para sí mismo rebajó los niveles de seguridad y comodidad humana para hacer resaltar más la acción directa de Dios: escogió una cueva para nacer, una aldea desconocida para vivir, un patíbulo para morir. Pero tenía con él al Padre, aquel Dios que él describiría como el que alimenta las aves del cielo y viste los lirios del campo.

Y él mismo nos enseñaría un día su actitud y su felicidad: "Si no os hiciereis como niños no entraréis en el Reino de los cielos" (/Mt/18/03).

María, igual. Ella que se consideraba la esclava del Señor, afirmó un día que el Señor había mirado su humillación, y se declaró la más dichosa entre las mujeres a quien todas las generaciones ensalzarían.

TEREN: No es extraño que este salmo ejerza una fascinación particular en aquellos que han sentido en su vida la bondad providente de Dios. No es extraño que los santos lo hayan preferido entre muchos y se hayan sentido atraídos e identificados con su doctrina. El mismo Juan XXIII escribía: "He dejado hacer al Señor. Dios ha pensado en todo para mí".

Y santa Teresita de Lisieux, la que vivió y enseñó el camino de la "infancia-espiritual', escribía también: "Nunca se tiene suficiente confianza en el buen Dios, tan poderoso y misericordioso. Se obtiene de él cuanto se espera. El me ha concedido todo cuando yo he deseado, o mejor, me ha hecho desear todo lo que él me quería conceder".

Estos pensamientos y vivencias de almas extraordinarias por su santidad no parecen sino explicaciones y comentarios a este pequeño salmo de la Biblia, uno de los más cortos y sencillos del salterio.

Su doctrina es llana, límpida como una fuente. Nada tiene de abstracto ni de retórico. Va enseñando su camino partiendo de circunstancias de la vida, de mociones del corazón.

División del salmo

Este salmo, que la tradición atribuye a David, pertenece al grupo de salmos llamados "graduales" o de las subidas, que cantaban los peregrinos cuando se acercaban a Jerusalén.

Su estructura es muy sencilla. Tan sólo tres versículos:

a) "Señor, mi corazón no es ambicioso
ni mis ojos altaneros,
no pretendo grandezas
que superen mi capacidad".

Hermosa confesión del corazón del salmista: no es ambicioso, no le devora el afán, no se ve dominado por el orgullo ni esclavizado por la envidia. El hombre que enmienda la página de Adán a quien sedujo aquello de "seréis como dioses". No, el salmista ha seguido el camino de la paz que no es otro que el camino de la sencillez y de la humildad. Ya nos lo dijo Jesús: "Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis la paz para vuestras almas" (/Mt/11/29-30).

Sus ojos no son altivos ni altaneros, nadie se siente humillado ni despreciado a su lado. Nadie se ve marginado de su presencia. Acoge, comprende, ama. Tiene un corazón entero, no deshecho por inquietudes ni remordimientos. No desea nada que le supere o que pueda ser simplemente como una fachada de sola apariencia. Es el hombre que Jesús nos describirá en el sermón de la montaña: el hombre de corazón humilde, sencillo, recto, puro, confiado. Que sabe esperarlo todo de Dios, que confía en él. Y que todo lo recibe de él, mucho más aún de lo que podría esperar o imaginar. Así es el trato de Dios con aquellos que se fían de él.

b) "Sino que acallo y modero mis deseos
como un niño en brazos de su madre."

Aquí tenemos una confesión semejante, pero en la que junto a la confianza hemos de ver también la parte que el salmista aporta: la colaboración, el esfuerzo. Este acallar y moderar los propios deseos expresa un dominio, una voluntad, una cooperación. No es un alma floja, temerosa y cómoda. Ella también tiene deseos y aspiraciones. Siente también el amor propio y la vanidad. Pero sabe refrenar, sabe acallar todo aquello que considera orgullo, superioridad, aquello que sus fuerzas no pueden alcanzar. Lucha para mantenerse en un nivel de serenidad y de paz. Rara prudencia y conocimiento del propio corazón que le permite una vida de equilibrio, que le permite habitar en un remanso tranquilo, lejos de los vaivenes de las ambiciones y de los afanes.

La comparación no puede ser más bella: como el niño en brazos de su madre. El niño que está seguro con su madre, nada teme. El niño que se siente protegido, porque sabe que alguien vela por él, que nada le faltará. Y el niño que se siente feliz: porque percibe el amor de su madre. Su pequeño horizonte es luminoso, sereno. Ni en su interior hay divisiones ni amarguras, ni en su exterior peligros ni temores.

Es un corazón que conoce el corazón de Dios. Que sabe por experiencia lo que dice Isaías: "Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré" (/Is/66/13). Es una persona que sabe decir con Thomas Merton: "Aquello estaba en manos de uno que me amaba más de lo que yo mismo me pudiese amar: y mi corazón estaba lleno de paz". "Estaba en manos de Dios. Y no había nada que yo pudiese hacer mejor que dejarme a mí mismo a su beneplácito. El es mucho más solícito en tener cuidado de nosotros que nosotros mismos... Solamente cuando rehusamos su ayuda, resistimos su voluntad, encontramos conflicto, turbación, desorden, infelicidad, ruina...".

Jesús nos lo repetirá en el sermón de la montaña: "No os preocupéis... si Dios alimenta las aves del cielo y viste los lirios del campo como jamás Salomón se vistió, ¿no lo hará mucho más con vosotros? (/Mt/06/25-34). Saber fiarse de Dios. Ahí está todo.

c) "Espere Israel en el Señor ahora y por siempre".

La mente del salmista, buen israelita, está siempre unida a su pueblo. Y el bien que él experimenta y enseña lo proyecta sobre su pueblo. Así debiera ser Israel. Israel, que es el pueblo amado y escogido, que ha recibido pruebas innumerables de la providencia y de la bondad de Dios debería vivir de esta forma. El Dios que empezó la buena obra la llevará a cabo: y el Dios que de un poco de polvo hizo la maravilla del hombre, así también del pequeño pueblo de Abraham podría hacer una auténtica maravilla. Por esto, Israel, que no se desvirtúe, que no sueñe en grandezas ni en dominios, que no piense en avasallar a otros pueblos: que se fíe de Dios, que conserve su corazón en la paz y en la libertad. Así cumplirá su misión. Solamente si sabe confiar en su Dios, el Dios de la salvación y de la vida.

Reflexión

El salmo 130 tiene un lenguaje claro, convincente. Es una estupenda reflexión para nuestra vida, a veces tan agitada en mil preocupaciones y temores. A veces nos falta confianza, seguridad, protección. Tenemos necesidad de paz, de silencio, de serenidad interior y exterior.

Y este salmo es una lección y una invitación, y en cierta manera una consecución de lo que pedimos. Es un regalo precioso del salterio bíblico a nuestra vida moderna a la que tanto puede ayudar.

Y si volvemos nuestros ojos a la Iglesia, ¿no será para ella también una magnífica lección de cómo comportarse? ¿No hubiera tenido la Iglesia más paz y más santidad si hubiera dejado toda ambición de grandeza y de dominio? ¿no hubiera evitado tantos momentos de amargura, división y escándalo si hubiera sabido renunciar a tantos honores y privilegios, si hubiera seguido más fielmente los pasos de su Maestro que vino a servir y no a ser servido?

Para todos nuestro pequeño salmo es una lección que nos marca el camino. A lo mejor será para nosotros un camino de conversión. Pero es el camino de la paz. Es el camino que Jesús nos trazó, el de los verdaderos hijos de Dios. Los que le aman. Los que confían siempre en él.

J. M. VERNET
DOSSIERS-CPL/22


4. 

PLEGARIA DEL INTELECTUAL 

Demasiadas palabras, Señor, demasiadas ideas. Hasta la oración he traído el peso de mis razonamientos, la carga irracional de la razón. Tengo el vicio del silogismo, soy esclavo de la razón y víctima del intelectualismo. Enturbio mis oraciones con mis cálculos y emboto el filo de mis peticiones con la verborrea de mis discursos. Reconozco mi defecto y quiero volver a la sencillez y a la inocencia del niño que todavía vive en mí. Eso me da alegría.

«Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre».

Acallo mis deseos, Señor. Acallo mi mente, mis conceptos, mis conocimientos, mis teorías, mis elucubraciones. He pensado tanto, tantísimo, en mi vida que del entendimiento que me diste para encontrarte he hecho un obstáculo que no me deja verte. Me doy por vencido, Señor. Doma mi razón y refrena mi pensamiento. Acalla mi entendimiento y pacifica mi mente. Acaba con el ruido de mi alma que no me deja oír tu voz dentro de mí.

Déjame descansar en tus brazos, Señor, como un niño en brazos de su madre. ¡Cuánto me dice esa imagen! Cierro los ojos, desato los nervios, siento el cálido tacto, el cariño, la protección, y me quedo dormido en plena sencillez y confianza. Esa es la oración que mayor bien me hace, Señor.

Carlos G. Vallés
Busco tu rostro
Orar los Salmos
Sal Terrae, Santander-1989, pág. 244


5. 

No se ensoberbece, Señor, mi corazón.

Yo no quiero ser millonario
ni ser el líder
ni ser Primer Ministro.

Ni aspiro a puestos públicos
ni corro detrás de las condecoraciones,
yo no tengo propiedades ni libreta de cheques,
y sin Seguro de Vida
estoy seguro,
como un niño dormido en los brazos de su madre...

Confíe Israel en el Señor
(y no en los líderes)

ERNESTO CARDENAL