SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO

 

  Lc 18,9-14: Mostraba al médico los miembros sanos ,y ocultaba las heridas

Prestad atención, hermanos. El mismo evangelista indicó cuál fue el punto de partida para que el Señor propusiera esta parábola. Cristo había dicho: ¿Piensas que hallará fe en la tierra cuando venga el Hijo del hombre? Y para que ciertos herejes que consideran y piensan que casi todo el mundo ha sucumbido -pues los herejes son siempre pocos y limitados a una región- no se jactasen de que en ellos había quedado el resto, después de haber perecido todo el mundo, después de haber dicho el Señor: ¿Piensas que hallará fe en la tierra cuando venga el Hijo del hombre?, añadió el evangelista a continuación: por algunos que se consideraban justos y despreciaban a los demás, les pronunció esta parábola: Subieron al templo a orar dos hombres, uno fariseo y otro publicano, y el resto que ya conocéis.

El fariseo decía: Te doy gracias. ¿Dónde se manifiesta su soberbia? En que despreciaba a los demás. ¿Cómo lo demuestras? Por sus mismas palabras. ¿De qué manera? Aquel fariseo -según la parábola- despreció al que se hallaba lejos, aunque por su confesión tenía a Dios cercano. El publicano -prosigue- se mantenía de pie a lo lejos, pero Dios no estaba lejos de él. ¿Por qué? Por lo que dice la Escritura en otro lugar: El Señor está cerca de los hombres de corazón contrito (Sal 33,19). Considerad si este publicano tenía contrito su corazón y veréis que el Señor está cerca de los hombres de corazón contrito. En cambio, el publicano se mantenía de pie a lo lejos, y ni siquiera quería levantar sus ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho. El golpearse el pecho es la contrición de corazón. ¿Qué decía mientras golpeaba su pecho? ¡Oh Dios! Apiádate de mí, que soy pecador. ¿Y cuál fue la sentencia del Señor? En verdad os digo que este publicano bajó del templo justificado y no el fariseo. ¿Por qué? Tal es el juicio de Dios. No soy como ese publicano; no soy como los demás hombres que son injustos, ladrones, adúlteros, ayuno dos veces a la semana y pago el décimo de cuanto poseo.

El otro, el publicano, no se atreve a levantar sus ojos al cielo, examina su conciencia, se queda de pie a lo lejos, y sale justificado; no así el fariseo. ¿Por qué? Te suplico, Señor; expónnos tu justicia, expónnos la equidad de tu derecho. Dios expone la regla de su ley. ¿Queréis oír cuál es? Pues todo el que se exalta será humillado y todo el que se humilla será exaltado (Lc 18,8-14).

Preste atención vuestra caridad. Dijimos que el publicano no se había atrevido a levantar los ojos al cielo. ¿Por qué no miraba al cielo? Porque se miraba a sí mismo. Se miraba a sí mismo para comenzar desagradándose a sí mismo y de esta manera agradar a Dios. Tú, por el contrario, te envaneces, tienes la cerviz erguida. Dice el Señor al soberbio: ¿No quieres mirarte a ti mismo? Yo te examinaré. ¿Quieres que no te examine yo? Examínate tú. Por eso el publicano no se atrevía a levantar sus ojos al cielo: porque se miraba a sí mismo y hería su conciencia. Él era juez de sí mismo, para que intercediese el Señor; se acusaba a sí mismo, para que le defendiese el Señor. Y en verdad le defendió, pues pronunció sentencia a su favor: El publicano bajó justificado del templo, y no el fariseo, porque todo el que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado. Como él se examinó a sí mismo -dice-, no quise examinarlo yo. Le oí decir: Aparta tus ojos de mis pecados. Quien dijo esto había dicho también: Pues yo reconozco mi pecado (Sal 50,5.11).

Por tanto, hermanos, también aquel fariseo era pecador. El decir: No soy como los demás hombres que son injustos, ladrones, adúlteros, el ayunar dos veces por semana y pagar el décimo de cuanto poseía, no le excluía de entre los pecadores. Aunque se hallase sin otros pecados, la misma soberbia era un gran crimen. Ved que decía todo lo indicado. ¿Quién, entonces, está sin pecado? ¿Quién se gloriará de tener un corazón casto, o de estar libre de pecados? (Prov 20,9). También él tenía pecados; habiendo extraviado el camino y sin saber a dónde se dirigía, se hallaba en la casa del médico donde podía ser curado; pero él mostraba los miembros sanos y ocultaba las heridas. Vende Dios las heridas, no tú; pues si, por vergüenza, quisieras vendarlas tú, no te curará el médico. Véndelas y cúrelas el médico, tras aplicarles el medicamento. La herida sana bajo la venda del médico; si, en cambio, venda el herido, la oculta. ¿A quién la oculta? A quien conoce todo.

 Comentario al salmo 31 11, 11-12