33 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XXX
CICLO C
28-33

28. 2004

  • Fuente: Catholic.net
    Autor: P. Antonio Izquierdo

    Nexo entre las lecturas

    Los términos "justicia y oración" resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del oprimido. Finalmente, san Pablo se confidencia con Timoteo manifestándole sus sentimientos y deseos más íntimos: "Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez" (segunda lectura).


    Mensaje doctrinal

    1. Actitudes del orante ante Dios. En la oración, que es una relación entre personas que se aman, interesa tanto el orante cuanto la persona a la que se dirige el temblor de la plegaria. Fijemos la atención en el orante ante Dios. ¿Cuáles son las actitudes del orante que en la liturgia de hoy hallamos como dibujadas?

    1) Se agradece a Dios el no ser como los demás. Quien así ora no puede ser sino un sectario, alguien para quien los demás son todos menos los de su grupo. Alguien para quien los que no son como él son malos, dignos de reprobación y de condena. Quien ora así muestra que no le domina el Espíritu de Dios, sino el espíritu de partido. ¡Cuánto desprecio en esa individuación de "los demás": "éste publicano"! ¿Cómo es posible agradecer a Dios algo que va contra el mismo designio de Dios? El hombre que así ora, cualquiera que sea, no puede ser escuchado por Dios. Dios no toma partido por unos cuantos, para Él todos son sus hijos.

    2) Se agradece a Dios los propios "méritos". Primeramente, lo que él no es y que los demás son. Como si dijese: "Los demás son ladrones, yo no; los demás son injustos, yo no; los demás son adúlteros, yo no". Bajo esos tres nombres, que tienen que ver con el quinto, sexto y séptimo mandamiento, se resumen todos los preceptos negativos que un judío considerado piadoso había de cumplir. Los demás podrían pecar, podrían inclumplir alguno de esos preceptos, pero un fariseo, jamás. ¡Esa es la gloria del fariseo: cumplidor de la Ley hasta el último detalle! Agradecer a Dios la propia gloria, ¿no es como una especie de contradicción? Pero además el fariseo cumple también con todos los preceptos así llamados "positivos" sea que estén tomados de la Torah, sea que provengan de la tradición de la secta de los fariseos. Así el ayunar forma parte de los preceptos de la Torah, pero hacerlo dos veces por semana (lunes y jueves), es propio de los fariseos. Igualmente, pagar el diezmo es una exigencia de la Ley, pero pagarlo sobre todo lo que se compra en el mercado, es una norma adicional de la propia secta farisaica. En su conciencia, el fariseo orante no tiene pecados, sólo "méritos". No agradece beneficios recibidos, sino méritos adquiridos. Pero entonces, ¿qué tipo de oración es esa?

    3) Se reconoce uno a sí mismo pecador. ¿Quién puede, por muy fariseo que sea, reconocerse justo ante Dios? Esta es la actitud del publicano, y debería ser la del fariseo, y tiene que ser la de todos. Hay un detalle en el texto griego, que pasa desapercibido en las traducciones, y que me ha conmovido: "Ten piedad de mí, EL pecador". Por un lado, acepta la equiparación que los judíos del tiempo de Jesús hacían entre publicano y pecador. Y por otro lado parece reconocer que él, como publicano, es el pecador par excelence. Con ese grado de humildad y de arrepentimiento, se asegura que Dios oiga su oración.


    2. Dios, juez del orante. Hay algo que impresiona en los textos litúrgicos del día de hoy. Al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien ora con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al orante que le suplica en su opresión. Su oración "penetra hasta las nubes" (primera lectura), es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada. Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la "equidad", la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, cuanto justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio (segunda lectura).


    Sugerencias pastorales

    1. Sólo a Dios la gloria. Este domingo es una buena ocasión para examinar nuestra actitud cuando oramos. Porque puede suceder que, sin saberlo y sin quererlo, estemos orando "al estilo del fariseo". Rezo porque me lleva a la iglesia la esposa o la novia, pero estoy ante el Santísimo o ante una imagen de la Virgen más que orando, rumiando en mi interior mis preocupaciones o mis proyectos. O hablo con Dios, no tanto porque sienta necesidad de Él, sino porque necesito de todas a todas desahogarme. O voy a una casa de ejercicios espirituales o de retiro, o hago "turismo religioso", que a cuanto parece se está poniendo de moda, no tanto para orar, sino para lograr una cierta armonía interior, para arrancar del alma el estrés. O muchas veces voy a la Iglesia, más que para encontrarme con Dios, para encontrarme con mis amistades; más que para alabar y dar gloria a Dios, para mantener mi reputación de buen católico, de persona que cumple con Dios. Recordemos: orar es conectar con Dios. Y con Dios sólo se conecta, si se es humilde. Si en mi humildad bendigo a Dios, le agradezco su perdón y misericordia, le suplico por las necesidades espirituales y materiales propias y de los hombres, entonces Dios prestará oídos a mi oración. Nuestra oración será del agrado de Dios, si buscamos su gloria y sólo su gloria. "A Él el honor y la gloria por los siglos de los siglos".

    2. La oración del corazón. En la oración interviene todo el ser humano: su cuerpo y su espíritu, su inteligencia y su voluntad, sus gestos y posturas como sus actitudes profundas. Con todo, se ora sobre todo con el corazón. De los labios del orante tienen que brotar las palabras que han nacido primero en su corazón. La postura de su cuerpo ha de ser un reflejo de la postura con que está delante de Dios en la intimidad de su alma. Los pensamientos, los afectos, las mociones interiores, las decisiones, para que verdaderamente sean de un hombre o una mujer orante, han de tener su manantial más puro en el espíritu humano, habitado por el Espíritu Santo, maestro de la oración auténtica. Con el corazón no se señala la afectividad humana, sino todo el mundo interior, ese sagrario intocable en el que se encuentra uno consigo mismo, se expone a la verdad de Dios, y le declara con humildad su indigencia, su pecado, su arrepentimiento, su amor. Hemos de cuidar la oración del corazón en las oraciones vocales, para lograr que no se conviertan en algo rutinario, en un sonsonete tantas veces oído que nos deja igual. Hemos de cuidar la oración del corazón cuando meditamos, para conseguir que nuestra meditación no sea una mera especulación, por muy elevada que ésta sea; o una reflexión interesante y bella sobre la vida o sobre el mundo, sin que llegue a "mi vida" y "mi mundo"; o un monólogo en el que yo me hablo y me respondo, sin dejar lugar a la escucha silenciosa y atenta de la voz de Dios. Oremos a corazón abierto, para que Dios nos escuche igualmente con su corazón de misericordia y de amor.


    29. DOMINICOS 2004

     Llama la atención, una vez más, la capacidad de Jesús para la comunicación. Con un relato extraordinariamente sencillo y breve consigue transmitir toda una lección de psicología, de teología y de espiritualidad; es decir, de imagen de nosotros mismos y de los demás, de visión de Dios y de relación con Él.

    En el día consagrado a la dimensión misionera de la vida de la Iglesia, quienes tomamos frecuentemente la palabra en nuestras asambleas litúrgicas, en otras reuniones comunitarias o en cualquier tipo de actividad evangelizadora, deberíamos asumir el compromiso de tratar de imitar ese genio comunicativo de Jesús: saber decir lo esencial de forma asequible a todo el mundo. Difícil -¿qué duda cabe?-, sobre todo cuando está por medio un cambio de cultura. Pero imprescindible.

    Comentario Bíblico

    El perdón es una acción de la misericordia de DIos
    Iª Lectura: Eclesiástico (35,12-14.16-18): El culto que agrada a Dios

    El texto del Eclesiástico, o Sirácida, se enmarca originariamente en la descripción de la verdadera religión. Se pretende poner de manifiesto la relación estrecha que debe haber entre el culto y la vida moral. Por ello aparece, por una parte, la relación entre justicia y plegaria; de ahí que en primer lugar se hable de la rectitud y la justicia del Señor que se preocupa de los pobres y los débiles, de los humildes e indefensos. Y es después cuando se ensalza la plegaria perseverante de quien se siente pobre delante de Dios, de quien necesita de Él por encima de todas las cosas. Pero ¿hay alguien que no necesita de su misericordia y bondad? Dios no tiene preferencias de personas, aunque se preocupe especialmente de los indefensos, y el culto que le agrada debe estar en sintonía con la voluntad sincera de conversión.


    IIª Lectura: IIª Timoteo (4,6-8.16-18): La victoria del evangelio
    II.1. Leemos el texto de la IIª Timoteo en que el autor, como si fuera el mismo Pablo, se nos presenta en los últimos días de su vida, antes del martirio, sintiéndose abandonado de casi todos, pero no está solo: el Señor le acompaña. Es uno de los textos más elocuentes y bellos del epistolario paulino. La tradición es segura en cuanto al martirio del Apóstol de los gentiles, y aquí es descrita como una experiencia martirial. Es como un examen de conciencia evangélico lo que podemos escuchar y meditar en este domingo, que se proyecta elocuentemente en una dimensión sacramental de la vida cristiana, que debe ser una vida verdaderamente apostólica.

    II.2. Con metáforas e imágenes desbordantes se habla de la muerte como la victoria del evangelio. Se percibe claramente que la muerte del Apóstol no es el final; como tampoco es para nosotros nuestra muerte. Su vida ha sido como una carrera larga, competitiva, por una corona, la de la justicia, que Dios otorga a los que se mantienen fieles. Por otra parte, los elementos autobiográficos de que se encuentra abandonado y en disposición de ser juzgado, son también parte de esa lucha hasta el final de quien ha hecho una opción por el evangelio con todas sus consecuencias. No le preocupa su autodefensa, sino que el evangelio sea conocido en todas partes.


    Evangelio: Lucas (18,9-14): La verdadera religión según Jesús
    III.1. El texto del evangelio es una de esas piezas maestras que Lucas nos ofrece en su obra. Es bien conocida por todos esta narración ejemplar (no es propiamente una parábola) del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. No olvidemos el v. 9, muy probablemente obra del redactor, Lucas, para poder entender esta narración: “aquellos que se consideran justos y desprecian a los demás”. Los dos polos de la narración son muy opuestos: un fariseo y un publicano. Es un ejemplo típico de estas narraciones ejemplares en las que se usan dos personajes: el modelo y el anti-modelo. Uno es un ejemplo de religiosidad judía y el otro un ejemplo de perversión para la tradiciones religiosas de su pueblo, sencillamente porque ejerce una de las profesiones malditas de la religión de Israel (colector de impuestos) y se “veía obligado” a tratar con paganos. Es verdad que era un oficio voluntario, pero no por ello perverso. Las actitudes de esta narración “intencionada” saltan a la vista: el fariseo está “de pie” orando; el publicano, alejado, humillado hasta el punto de no atreverse a levantar sus ojos. El fariseo invoca a Dios y da gracias de cómo es; el publicano invoca a Dios y pide misericordia y piedad. El escenario, pues, y la semiótica de los signos y actitudes están a la vista de todos.

    III.2. Lo que para Lucas proclama Jesús delante de los que le escuchan es tan revolucionario que necesariamente debía llevarle a la muerte y, sin embargo, hasta un niño estaría de parte de Jesús, porque no es razonable que el fariseo “excomulgue” a su compañero de plegaria. Pero la ceguera religiosa es a veces tan dura, que lo bueno es siempre malo para algunos y lo malo es siempre bueno. Lo bueno es lo que ellos hacen; lo malo lo que hacen los otros. ¿Por qué? Porque la religión del fariseo se fundamenta en una seguridad viciada y se hace monólogo de uno mismo. Es una patología subjetiva envuelta en el celofán de lo religioso desde donde ve a Dios y a los otros como uno quiere verlos y no como son en verdad. En realidad solamente se está viendo a sí mismo. Esto es más frecuente de lo que pensamos. Por el contrario, el publicano tendrá un verdadero diálogo con Dios, un diálogo personal donde descubre su “necesidad” perentoria y donde Dios se deja descubrir desde lo mejor que ofrece al hombre. El fariseo, claramente, le está pasando factura a Dios. Esto es patente y esa es la razón de su religiosidad. El publicano, por el contrario, pide humildemente a Dios su factura para pagarla. El fariseo no quiere pagar factura porque considera que ya lo ha hecho con los “diezmos y primicias” y ayunos, precisamente lo que Dios no tiene en cuenta o no necesita. Eso se ha inventado como sucedáneo de la verdadera religiosidad del corazón.

    III.3. El fariseo, en vez de confrontarse con Dios y con él mismo, se confronta con el pecador; aquí hay un su vicio religioso radical. El pecador que está al fondo y no se atreve a levantar sus ojos, se confronta con Dios y consigo mismo y ahí está la explicación de por qué Jesús está más cerca de él que del fariseo. El pecador ha sabido entender a Dios como misericordia y como bondad. El fariseo, por el contrario, nunca ha entendido a Dios humana y rectamente. Éste extrae de su propia justicia la razón de su salvación y de su felicidad; el publicano solamente se fía del amor y de la misericordia de Dios. El fariseo, que no sabe encontrar a Dios, tampoco sabe encontrar a su prójimo porque nunca cambiará en sus juicios negativos sobre él. El publicano, por el contrario, no tiene nada contra el que se considera justo, porque ha encontrado en Dios muchas razones para pensar bien de todos. El fariseo ha hecho del vicio virtud; el publicano ha hecho de la religión una necesidad de curación verdadera. Solamente dice una oración, en muy pocas palabras: “ten piedad de mí porque soy un pecador”. La retahíla de cosas que el fariseo pronuncia en su plegaria han dejado su oración en un vacío y son el reflejo de una religión que no une con Dios.

    Fray Miguel de Burgos, O.P.
    mdburgos.an@dominicos.org


    Pautas para la homilía

    El relato del fariseo y el publicano es directo, profundo y claro. Posee toda la fuerza incisiva de las parábolas. Conviene, por lo tanto, cuidarse mucho de cualquier refinamiento que venga a oscurecerlo y debilitarlo. Hay que permitir que interpele nuestras vidas de la forma más directa posible.

    El propio evangelista Lucas nos brinda desde el comienzo la clave de comprensión. Nos dice que Jesús narró esta parábola "por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás". Éste y no otro es el problema.

    Yo no sé por qué se ha extendido entre nosotros una imagen eminentemente negativa de los fariseos. Lo cierto es que, en general, los fariseos eran judíos piadosos, observantes de la ley, de sus ayunos, de sus oraciones rituales, de sus diezmos. )Dónde reside, pues, el problema? El problema reside en que eso les inspiraba una relación de autocomplacencia consigo mismos, una relación de desprecio con los demás y una relación de intercambio comercial con Dios. Máster en narcisismo, altanería y mercadeo religioso.

    Eso es precisamente lo que encontramos en la parábola. En el fondo, el fariseo -estirado- no ha subido al templo para encontrarse con Dios, sino para pasarle factura por sus muchos méritos. No ha buscado encontrarse con Dios, sino mirarse en un espejo, repitiendo aquella escena del cuento: "Díme espejito mágico, ¿hay alguien más guapo que yo?".

    He aquí, pues, una importante lección de la parábola: (cuidado con la oración! Estamos acostumbrados a cantar las excelencias de la oración, y ciertamente las tiene. Pero también tiene sus peligros. La oración cristiana no puede consistir en un ejercicio de autocomplacencia. No podemos llegar a la oración buscando que Dios se pliegue a nuestros planes y a la imagen que tenemos de nosotros mismos. Hemos de llegar a ella preguntando: "¿Señor, qué quieres de mí?"

    ¿Y qué pasa con el publicano? Pues tampoco acierto yo a saber por qué nuestra imagen del publicano es la de un malo, a fin de cuentas no tan malo, la de un pobrecito. Nada de pobrecito: el publicano es un cabrito redomado, y no lo digo yo, sino que lo dice él mismo. En la época de Jesús, la imagen social de los publicanos era la de hombres comprometidos con el dinero y el poder en perjuicio de los más indefensos. Y seguramente eso era cierto. Ahí se fundamenta la fuerza escandalosa de la parábola. ¿Dónde radica, pues, el valor de ejemplaridad de este hombre? En ser consciente de su pecado y en querer acogerse a la misericordia de Dios.

    El desenlace de la parábola es que Dios no duda un instante: se hace compañero del publicano y deja al fariseo bañado en su virtud (¿ahogado en las aguas de sí mismo, como el mítico Narciso?).

    Ojalá que acertemos a encajar en nuestra vida esta clave de la espiritualidad cristiana: saber que a Dios no nos los ganamos, por la sencilla razón de que no está en venta; saber que su amor no nace de nuestro merecimiento, sino que nos precede; saber, como dice San Juan, que el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero. Ojalá que, conscientes de nuestras limitaciones, nos dejemos alcanzar por ese amor de Dios que transforme nuestras vidas en un servicio a su voluntad.

    Francisco Javier Martínez Real
    jmartinezreal@dominicos.org

     


    30.

  • SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO 2004

    Esta parábola va dirigida a los discípulos, algunos de los cuales, como los fariseos, “estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios y despreciaban a los demás”, rara mezcla religiosa, -bastante actual por cierto-. La parábola quiere dar respuesta a esta pregunta: ¿Qué actitud hay que adoptar ante Dios? ¿Se puede separar ésta de nuestra actitud para con los demás?

    La mayor parte de las parábolas de Jesús tiene como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén: en el recinto del templo, el lugar propicio para obtener la purificación y redención de los pecados.

    La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

    En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

    En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

    El fariseo además ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador.

    El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

    El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro y está fuera, y hay quien se cree excluido y está dentro.

    En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un “ese” despectivo, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

    Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

    Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como amigo de recaudadores y de pecadores y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

    En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

    Para la revisión de vida
    - Analicemos : ¿cómo es mi manera de tratar con Dios?
    - ¿Cómo hago oración?
    - ¿Me creo mejor que los demás?
    - ¿Tengo conciencia de mi ser pecador? ¿Soy humilde ante Dios y ante los hermanos?
    - ¿Abro mi corazón al amor gratuito de Dios?

    Para la reunión de grupo
    - - ¿Qué actitudes "farisaicas" conocemos: en el mundo, en la Iglesia, en nuestro país, en nuestro ambiente...?
    - - ¿Qué es lo esencial del "fariseísmo"? ¿Por qué es contrario al Evangelio?
    - - ¿Tenemos algo también nosotros de ello? ¿Cómo podríamos evitarlo?
    - - ¿Qué podemos hacer para comprometernos en la superación del fariseísmo en la sociedad y en la Iglesia?

    Para la oración de los fieles
    - -Para que el Señor nos dé a todos el conocimiento íntimo de nuestras limitaciones y de nuestros pecados, de forma que que nunca despreciemos a los demás, roguemos al Señor.
    - -Para que seamos humildes, "andando en la verdad", sin enorgullecernos ni infravalorarnos,
    - -Para que nuestras comunidades sean ejemplo de relaciones fraternas maduras, donde cada uno ponga todos sus dones al servicio de los demás y todos valoren los dones -pequeños o grandes- que Dios dio incluso al más pequeño de los hermanos...
    - -Para que la Iglesia dé al el mundo el ejemplo de ser una comunidad en cuyo seno sus miembros no buscan el poder ni el arribismo, sino el servicio desinteresado y humilde...

    Oración comunitaria
    Dios Padre Nuestro, cuyo Hijo se encarnó en nuestro linaje humano despojándose de sus títulos de gloria y pasando por "uno de tantos": enséñanos a caminar tras sus huellas, poniendo nuestro corazón sinceramente en la verdadera gloria: el dar nuestra vida humildemente en el amor y el servicio. Así te lo pedimos gracias al ejemplo que nos dio Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, y lucha y camina con nosotros, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
     


    31.  24 de Octubre 2004

    395. La oración verdadera

    Trigésimo Domingo Del Tiempo Ordinario
    Ciclo C

    I. La oración es, de nuevo, en este domingo el tema del Evangelio de la Misa (Lucas 18, 9-14). En sus enseñanzas, de lo que tal vez más nos habla el Señor –junto a la fe y a la caridad- es de la oración. De muchas maneras nos dice que la oración nos es absolutamente necesaria para seguirle y para cualquier obra que permanezca más allá de esta vida pasajera. Sin oración no podríamos seguir a Cristo en medio del mundo. “Sabemos bien que la fidelidad a la oración o su abandono son la prueba de la vitalidad o de la decadencia de la vida religiosa, del apostolado y de la fidelidad cristiana” (JUAN PABLO II, Alocución). Nada vale la pena, ni siquiera el apostolado más extraordinario que se pudiera imaginar, si se hiciera a costa de nuestro trato con el Señor, pues al final todo resultaría estéril porque habríamos llevado una obra puramente humana, en la que, quizá inconscientemente, nos habríamos buscado a nosotros mismos, y no al Señor.

    II. En el Evangelio de la Misa distinguimos la piedad auténtica de la falsa. El Señor nos habla de dos personajes bien conocidos por los oyentes: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo no habla con Dios, sino consigo mismo. No hay amor ni humildad en su oración. Se compara con los demás, está satisfecho porque se considera más justo y es mejor cumplidor de la Ley. En cambio, el publicano se queda lejos, no se atreve a levantar la mirada, su oración es humilde, confiada, atenta –con la mente fija en la Persona a quien habla. Huyamos en la oración de autosuficiencia, de la complacencia en los aparentes o posibles frutos en el apostolado, en la propia lucha ascética... y también de las actitudes pesimistas y negativas, que reflejan falta de confianza en Dios. La oración es siempre tiempo de alegría, de confianza y de paz.

    III. Preparemos con especial esmero el rato que dedicamos a la oración, “estando a solas con quien sabemos que nos ama” (SANTA TERESA, Vida), pues de ahí hemos de sacar fuerzas para santificar nuestro quehacer diario, para convertir en gracia las contrariedades diarias y vencer todas las dificultades. Comenzamos con un acto de presencia de Dios, en el que nos recogemos interiormente y nos ponemos ante su mirada. Le miramos y nos mira. Él nos entiende y nosotros le entendemos. Le pedimos y Él nos pide. No existe tiempo mejor ganado que aquel que hemos “perdido” junto al Señor. Pidamos ayuda a Nuestra Señora para que nos enseñe a tratar a su Hijo como Ella lo trató.

    Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones Palabra. Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
     


    32. ¿Fariseo o publicano?

    Fuente: Catholic.net
    Autor: P. Sergio A. Córdova

    Reflexión

    Continuamos con el tema de la oración. Pero esta vez nuestro Señor nos enseña otra actitud que debemos tener cuando oramos. En el evangelio del domingo pasado nos exhortaba a orar con perseverancia y sin desfallecer. Hoy nos dice que nuestra oración debe estar permeada de una profunda humildad y sencillez de corazón. Y, para ello, nos presenta la parábola del fariseo y el publicano.

    También en esta ocasión, como en otras anteriores, san Lucas nos explica el porqué de esta historia: Jesús quiere hacer escarmentar a “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Ésta es la postura típica del hombre altanero y orgulloso, autosuficiente y pagado de sí mismo, que se considera superior a los demás y con derechos adquiridos. En los tiempos de Jesús éste era, por desgracia, el comportamiento de muchos de los fariseos.

    Fijémonos ahora en uno de los personajes centrales de la parábola de hoy: el fariseo subió al templo a orar y, “erguido, oraba para sí en su interior”. Es un monumento al orgullo. Ni siquiera se digna ponerse de rodillas para orar. No. Se queda en pie, “erguido”, encopetado en su soberbia, mirando por encima de los hombros a los demás con una autocomplacencia que indigna. Es un tipo antipático y chocante no sólo por el hecho de alabarse a sí mismo con tanta desfachatez, sino, sobre todo, por compararse con sus semejantes y despreciarlos en el fondo de su corazón. Al igual que otros fariseos, se sentía santo y “perfecto” porque observaba escrupulosamente las prescripciones externas de la Ley. Sin embargo, aparece como un ser egoísta, soberbio e injusto con sus semejantes.

    Este hombre no habla con Dios, sino que se habla a sí mismo, se alaba y se autojustifica de un modo ridículo y pedante, presentando ante Dios sus “condecoraciones”, sus muchos “méritos” y títulos de gloria: “¡Oh Dios! –le dice— te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. Ésta era su “oración”: una autoexaltación y un total desprecio de los demás. Y lo más triste del caso es que este pobre hombre creía que así agradaba al Señor.

    Como contrapunto, nos presenta Jesús al publicano: “se quedó atrás –en la última banca del templo— y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡oh Dios!, ten compasión de este pecador”. ¡Qué tremendo contraste! Este hombre sabía delante de quién estaba y reconocía todas sus limitaciones personales. Experimentaba ese religioso y santo temor de presentarse ante Dios porque sentía todo el peso de sus muchos pecados; era profundamente consciente de su indignidad y sólo se humillaba, pidiendo perdón por sus maldades. Y en su humildad, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho pidiendo perdón y compasión al Señor que todo lo puede.

    ¡Qué diferencia de actitudes! Si nosotros tuviéramos que juzgar en el lugar de Dios, seguro que escogeríamos a este segundo hombre. Su humildad tan sincera nos conmueve y nos conquista el corazón. Enseguida sentimos simpatía por este último personaje. Los publicanos no gozaban precisamente de buena fama en Israel. Eran considerados pecadores públicos, enemigos del pueblo escogido, amigos del dinero y de la buena mesa. Y, a pesar de todo, creo que con mucho gusto perdonaríamos al publicano sus muchos errores y pecados. Nos sentimos movidos a piedad ante un comportamiento tan sincero y tan hermoso.

    ¿Y acaso Dios iba a obrar de un modo diferente? “Yo os digo –concluye nuestro Señor— que el publicano bajó a su casa justificado –o sea, perdonado y salvado— y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

    La postura del fariseo nos produce rechazo y una cierta repugnancia interior. Nos molesta su petulancia y orgullo; y, con tristeza, condenamos en el fondo su actitud. Con estas comparaciones nuestro Señor nos exhorta vivamente a adoptar siempre una postura de humildad profunda en nuestras relaciones con Dios y con los demás. Así comprendemos más fácilmente, por experiencia personal, las hermosas palabras de la Santísima Virgen María en su Magníficat: “Dios derribó a los soberbios de sus tronos y enalteció a los humildes” (Lc 1, 52).

    Cuando oremos, pues, hagámoslo con una grandísima humildad, sabiendo que no tenemos ningún motivo de gloria, ningún mérito personal, ninguna razón para “exhibirnos” y presumir ante Él, como hizo el fariseo. Al contrario. Estamos llenos de miserias, y sin Él nada somos ni nada podemos en el orden de la gracia. Al margen de Dios o prescindiendo de Él, somos unos pobres desgraciados, condenados a la ruina temporal y eterna.

    Acordémonos de las palabras del Eclesiástico: “los gritos del pobre atraviesan las nubes y sus penas consiguen su favor”. Sólo si oramos con el corazón contrito y humillado, obtendremos la misericordia del Señor porque la humildad conquista el corazón de Dios. María Santísima, la creatura más amada y predilecta a los ojos de Dios, vivió siempre como la “humilde esclava del Señor”. Pidámosle que nos enseñe a ser como ella para que también nosotros seamos objeto de las complacencias de Dios nuestro Señor.
     


    33. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

    Comentarios Generales

     

    Eclesiástico 35, 15-17. 20-22:

    El Autor de este libro Sapiencial nos da la Teología del Dios Justo:

    - “El Señor es Juez y en Él no hay acepción de personas” (12). Es imposible sobornarle ni con ritos de ofrendas ni con prácticas de religión hipócrita (11).

    - Y porque es justo está siempre oído atento a la oración de los desvalidos y oprimidos. Es frecuente la opresión de los débiles por los fuertes. El clamor de cuantos sufren sube de inmediato a Dios. Las expresiones felices con que el Eclesiástico expone esta consoladora doctrina se han hecho proverbiales: “La oración del humilde traspasa las nubes. Dios escucha la oración del oprimido y no menosprecia la súplica del huérfano” (17).

    - San Pablo hace un magnífico comentario a esta doctrina de la Justicia de Dios: “Dios no es aceptador de personas. ¿Osarás  despreciar las riquezas de su benignidad, bondad y longanimidad? ¿Desconoces que la benignidad de Dios te invita a arrepentimiento? Él retribuirá a cada uno según sus obras: Vida eterna a los que perseveraron en el bien obrar. Empero, castigo e indignación a los ambiciosos, rebeldes a la verdad, seguidores de la injusticia. Tribulación y angustia sobre todo el que obra el mal. Gloria, honra y paz sobre todo el que obra el bien” (Rom 2, 4-10). La Justicia de Dios, recta e insobornable, no tolera desviación. Sólo si nuestra mente y corazón, nuestras ideas y nuestra conducta están en armonía con ella, podemos ser gratos a Dios.

    2 Timoteo 4, 6-8. 16-18:

    Por ser esta Carta la última que escribió Pablo, y por ir dirigida al más querido de sus hijos, bien podemos llamarla: Testamento Espiritual del Apóstol. No puede ser leída sin emoción:

    - Pablo sabe que llega la hora final. Le espera sentencia capital. Acepta la muerte y le da un valor sacrificial. El martirio va a dar el último toque, el más hermoso, a su configuración mística con Cristo: “El momento de mi partida ha llegado. Presto voy a ser ofrecido en libación” (6). Si toda la vida de Pablo misionero tuvo valor redentor, mucho más lo tiene la muerte martirial, con la que cumple en su carne, lo que falta a la Pasión de Cristo (Col 1, 24).

    - Y para que no le falte en este solemne momento ningún rasgo de parecido con Cristo, debe Pablo saborear, como Jesús en Getsemaní y en el Calvario, el desamparo universal. “En el tribunal todos me abandonaron y nadie me asistió. Que Dios no se lo tome en cuenta” (16). Tras este desahogo tan humano reacciona con fe iluminada: “Pero el Señor me asistió y me vigorizó” (17). Todos le han desamparado. Los amigos que debían comparecer como testigos de descargo no se han atrevido a comparecer. Pero Cristo, el Amigo fiel, le asiste y le vigoriza.

    - Desde esta cima serena que es la antesala de la muerte. Pablo repasa el largo camino de su vida (nadie lo anduvo ni tan largo ni tan enmarañado). ¡Quién pudiera decir con la verdad y la plenitud que puede decirlo él: “Misión Cumplida!: He luchado un doble certamen. He finalizado la carrera. He guardado fidelidad. Llego a la meta; a recibir la corona de justicia que me tiene reservada el justo Juez” (6-8). Las imágenes tan familiares en sus cartas de los certámenes deportivos, de carreras y pugilato, le sirven para describir su gran combate y su hermosa carera. ¡Cuántas coronas tiene ganadas el bravo y fiel Apóstol de Cristo! Démosle nuestra enhorabuena y tomémosle como modelo: Modelo de cristianos y modelo de Apóstoles.

    Lucas 18, 9-14:

    La parábola del fariseo y del publicano es celebérrima. Y su lección, clara e inolvidable:

    - El motivo o finalidad de la parábola nos la dice en su introducción el Evangelista: “A algunos que fiaban de sí mismos y blasonaban de justos mientras despreciaban a los demás, les propuso esta parábola” (9). Jesús quiere fustigar tres actitudes que cierran a cal y canto el Reino: fiar de sí mismo, blasonar de la propia justicia, despreciar a los otros.

    - Donde mejor se muestra la actitud o disposición de cada uno es en la oración. En la oración, el alma traduce sus sentimientos con más exactitud y verdad que en otras situaciones, en que nos vemos inducidos por influencias ajenas. Jesús dibuja magistralmente los dos tipos de oración: el de la soberbia (fariseo) y el de la humildad (publicano). El fariseo no hace sino complacerse en sí  mismo, alabar sus virtudes, anteponerse a los otros y despreciarlos. El publicano se siente y se declara pecador ante Dios. Sabe que necesita su perdón.

    - El fariseo no entra en el Reino. Tiene “su” justicia: la justicia de la ley. Jamás querrá reconocer que necesita Redentor y Salvador. Para él la salvación no es dádiva; es derecho. El publicano sabe que necesita Redentor y Salvador. Se abre con toda sencillez y humildad para recibir la dádiva del perdón y de la salvación. Pablo, fariseo convertido, entiende ahora esta verdad y nos la recuerda a todos: “Pues por la gracia somos salvados, mediante la fe. Y esto es dádiva de Dios, no cosa nuestra. No en virtud de obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2, 5). Todos somos pecadores. Todos somos justificados gratuitamente por Dios. Todos entramos en la salvación no por la puerta de nuestra justicia, sino por la puerta de su misericordia. Todos glorificaremos eternamente su gracia y su bondad.

     (José Ma. Solé Roma O.M.F., "Ministros de la Palabra", ciclo "C", Herder, Barcelona, 1979)


    San Agustín

     

    Sermón 115

    (…)

    2. Dado que la fe no es propia de los soberbios, sino de los humildes, a algunos que se creían justos y despreciaban a los demás, propuso esta parábola: Subieron al templo a orar dos hombres. Uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo decía: Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. ¡Si al menos hubiese dicho «como algunos hombres»! ¿Qué significa como los demás hombres, sino todos a excepción de él? «Yo, dijo, soy justo; los demás, pecadores». No soy como los demás hombres, que son injustos, ladrones, adúlteros. La cercana presencia del publicano te fue ocasión de mayor hinchazón. Como este publicano, dijo. «Yo, dijo, soy único; ése es de los demás». «Por mis acciones justas no soy como ése. Gracias a ellas no soy malvado». Ayuno dos veces en semana y doy la décima parte de cuanto poseo. ¿Qué pidió a Dios? Examina sus palabras y encontrarás que nada. Subió a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo; más aún, subió a insultar al que rogaba. El publicano, en cambio, se mantenía en pie a lo lejos, pero el Señor le prestaba su atención de cerca. El Señor es excelso y dirige su mirada a las cosas humildes. A los que se exaltan, como aquel fariseo, los conoce, en cambio, desde lejos. Las cosas elevadas las conoce desde lejos, pero en ningún modo las desconoce. Escucha aun la humildad del publicano. Es poco decir que se mantenía en pie a lo lejos. Ni siquiera alzaba sus ojos al cielo. Para ser mirado rehuía el mirar él. No se atrevía a levantar la vista hacia arriba; le oprimía la conciencia y la esperanza lo levantaba. Escucha aún más: Golpeaba su pecho. El mismo se aplicaba los castigos. Por eso el Señor le perdonaba al confesar su pecado: Golpeaba su pecho diciendo: Señor, séme propicio a mí que soy un pecador. Pon atención a quien ruega. ¿De qué te admiras de que Dios perdone cuando el pecador se reconoce como tal? Has oído la controversia sobre el fariseo y el publicano; escucha la sentencia. Escuchaste al acusador soberbio y al reo humilde; escucha ahora al juez: En verdad os digo. Dice la Verdad, dice Dios, dice el juez: En verdad os digo que aquel publicano descendió del templo justificado, más que aquel fariseo. Dinos, Señor, la causa. Veo que el publicano desciende del templo más justificado; pregunto por qué. ¿Preguntas el porqué? Escúchalo: Porque todo el que se exalta será humillado, y todo el que se humilla será exaltado. Escuchaste la sentencia. Guárdate de que tu causa sea mala. Digo otra cosa: Escuchaste la sentencia, guárdate de la soberbia.

    3. Abran, pues, los ojos; escuchen estas cosas no sé qué charlatanes y óiganlas quienes, presumiendo de sus fuerzas, dicen: «Dios me hizo hombre, pero soy yo quien me hago justo»  ¡Oh hombre, peor y más detestable que el fariseo! Aquel fariseo, con soberbia, es cierto, se declaraba justo, pero daba gracias a Dios por ello. Se declaraba justo, pero, con todo, daba gracias a Dios. Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. Te doy gracias, ¡oh Dios! Da gracias porque no es como los demás hombres y, sin embargo, es reprendido por soberbio y orgulloso. No porque daba gracias a Dios, sino porque daba la impresión de que no quería que le añadiese nada. Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son injustos. Luego tú eres justo; luego nada pides; luego ya estás lleno; luego ya vives en la abundancia, luego ya no tienes motivo para decir: Perdónanos nuestras deudas. ¿Qué decir, pues, de quien impíamente ataca a la gracia, si es reprendido quien soberbiamente da gracias?

    (…)

    (San Agustín, Obras Completas, X-2º, Sermones, BAC, Madrid, 1983, Pág. 870-872)


     

    Cardenal Gomá

     

    La humildad: parábola del fariseo y el publicano

    Explicación

    Esta parábola no es más que un desarrollo de la anterior: se precisa la oración, pero debe acompañarla la humildad; Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (1 Petr. 5, 5; Iac. 4, 6). El fariseo, tipo de los primeros, y el publicano, que lo es de los segundos, están admirablemente descritos. La introducción deja entrever que la parábola va dirigida contra los fariseos: Y dijo también esta parábola a unos que presumían de justos, tenían la convicción de que eran justos, y despreciaban a los demás, como impuros y pecadores.

    La parábola

    El templo de Jerusalén estaba emplazado en el monte Mona, y de toda la ciudad debía subirse para ir a él, cosa que hacían con frecuencia los judíos: Dos hombres subieron al templo a orar: el uno fariseo, selecto, incontaminado, y el otro publicano, pecador; son dos tipos antitéticos: el primero es el representante de la pureza legal; el otro, de la injusticia y de la depravación. El fariseo, estando en pie, así lo hacían los judíos con frecuencia (3 Reg. 8, 14; Mt. 6, 5; Mc. 11, 25), aunque en este caso se indica afectación y petulancia en la actitud del orante, oraba en su interior, mentalmente, de esta manera: ¡Oh, Dios!, gracias te doy, porque no soy como los demás hombres, robadores, injustos, adúlteros: empieza por orar y sigue calumniando soberbiamente a todos los hombres: él solo es justo; los demás pecadores. Continúa tratando con desdén al publicano que tiene delante y que no hace más que acrecer su orgullo: así como este publicano; hay aquí juicio temerario, desprecio de una acción buena, falta absoluta de caridad. Y termina su supuesta plegaria con una grosera alabanza de sí mismo: Ayuno dos veces en la semana, los lunes y jueves, como solían los «piadosos», obra de pura devoción, ya que la ley no obligaba al ayuno más que una vez al año, el día de la Expiación; doy diezmos de todo lo que poseo, en lo que iba también más allá de lo que exigía la ley. Empieza el fariseo la oración con una acción de gracias fastuosa, sigue con una reprensión de los demás presuntuosa, acaba con una alabanza de sí mismo vanagloriosa.
    Mas el publicano, estando lejos, también en pie, lejos del altar de los holocaustos, por reputarse indigno de acercarse al lugar santo, o lejos del fariseo, a quien reputaba como santo personaje, no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, con lo que manifestaba su confusión ante la majestad de Dios; sino que hería su pecho, señal de dolor y penitencia, diciendo: ¡ Oh, Dios!, muéstrate propicio a mí, pecador, «el pecador» dice el griego: es total y profunda la antítesis con el incontaminado y orgulloso fariseo.

    Tal es el fariseo, soberbio acusador; tal el publicano, humilde reo. He aquí la sentencia de Jesús: Os digo que éste, el publicano, y no aquél, descendió justificado a su casa: porque todo hombre que se ensalza, será humillado: y el que se humilla, será ensalzado (cf. 14, 11, núm. 130); no es en nosotros, sino en Dios, donde debemos colocar los cimientos de nuestra grandeza.

    Lecciones morales

    A) —A unos que presumían de juntos... — Porque el espíritu del hombre sufre de la soberbia más vejamen que de toda otra pasión, dice Teofilacto, por ello insiste especialmente Jesús en este punto. La soberbia es el desprecio de Dios: porque ¿qué es sino una negación de Dios atribuirnos a nosotros mismos las obras que hacemos? Demuestra el Señor con esta parábola que aun cuando la justicia aproxima al hombre a Dios, si se alía con la soberbia le hunde en el abismo.

    B) — No soy como los demás hombres. — Dijese al menos, dice San Agustín, «como muchos hombres»; pero, al decir «como los demás hombres, ¿qué otra cosa hace sino colocarse en una categoría única y superior a todos? Cuatro son las maneras de manifestarse la hinchada soberbia, dice San Gregorio: cuando creemos que el bien que tenemos lo tenemos de nosotros mismos; cuando, aun creyendo que nos viene de Dios, lo adjudicamos a nuestros méritos: cuando nos gloriamos de bienes que no tenemos; cuando, despreciando a los demás, pensamos ser los únicos que tenemos el bien de que nos envanecemos. En todo ello faltó el fariseo.

    C) — Ayuno dos veces en la semana... — En las palabras del fariseo, dice San Agustín, nada hallarás que pidiere a Dios: sube, es verdad, a orar; pero no quiere pedir a Dios, sino alabarse a sí mismo, e insultar a otro que oraba. ¿Podemos en nuestras oraciones presentar a Dios nuestras buena’ obras como fundamento en que apoyarlas para hacer fuerza a Dios? Sin duda podemos hacerlo a condición de que no las refiramos a nosotros mismos, sino como título de las bondades que reconocemos recibidas de Dios. Los Salmos de David están llenos de lo que podríamos llamar «memorandums». En los que la gratitud y la humildad se juntan para alcanzar del cielo nuevos dones.

    D) —Mas el publicano no osaba ni aun alzar los ojos... — Aunque estaba en pie, dice Teofilacto. Distaba del fariseo en las palabras, en las actitudes. En el corazón. No levantaba los ojos al cielo, juzgando indignos de mirar a lo alto los ojos que se habían complacido en las cosas bajas de la tierra. Hería su pecho, castigándole como fuente de malos pensamientos, y excitándose como dormido en el servicio de Dios. Confesaba sus pecados, pidiendo misericordia a Dios. Todo en él era humildad y reverencia, como todo en el fariseo era soberbia y petulancia.

    E) — Os digo que éste, y no aquél, descendió justificado a su casa...— Como la humildad, por su eminencia, supera el peso del pecado, y se levanta hasta tocar a Dios; así el pecado, por su peso y propia gravedad, fácilmente disminuye la justicia, dice el Crisóstomo. Por lo mismo, aunque hagas muchas y grandes cosas, si te atreves a presumir de ellas, te privaste de todo el fruto de tu oración. Pero, aunque lleves cargada la conciencia con el peso de mil culpas, si te crees el ínfimo de todos, podrás confiar mucho ante Dios. Porque Dios no desprecia al corazón contrito y humillado (Ps. 50, 19), es decir, acepta su humilde plegaria, y echa sobre el alma arrepentida el velo del misericordioso olvido de sus culpas.

    (Cardenal Gomá, El Evangelio Explicado, Ed.Acervo, Tomo II, Barcelona 1967;  p.293-295)


     

    Manuel de Tuya

     

    Parábola del fariseo y el publicano

    El auditorio de esta parábola es distinto del auditorio de la anterior (V. 1-9). Por eso, su unión con ella tiene por razón el tema de la oración. Es un contexto lógico, sea de Lc o de la catequesis.

    La finalidad de ella es enseñar el valor de la oración, pero con una condición esencial de la misma: la humildad. Es condición esencial, pues todo el que pide ha de reconocer lo que no tiene. Cristo, según Lc, dijo esta parábola «a algunos que confiaban mucho en sí mismos, teniéndose por justos, y despreciaban a los demás». En la oración, pues, la actitud humilde es lo que hace a Dios acogerla, mientras que la actitud soberbia del que pide con exigencia, más o menos camuflada, Dios no la escucha. Así termina la parábola con una sentencia, citada varias veces, pero que insertada aquí comenta el sentido del intento: «El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».

    (V.9.) Dos hombres suben al templo a orar. La escena presenta más bien una oración privada. Uno fariseo: soberbio, engreído por la práctica material de la Ley; despreciador de los demás, por considerarlos pecadores. El fariseo se consideraba siempre «el justo». El publicano, alcabalero al servicio de Roma y predispuesto a negocios ilícitos, era considerado como gente pecadora, odiada y despreciable.

    (V.2-12) La oración de pie era normal. No ora: relata sus necedades, porque sólo lo que refiere, aunque fuese verdad, no evitaba el orgullo ni el ser «sepulcro blanqueado». Además alega obras de supererogación. Ayuna «dos veces» por semana. No había más obligación que el ayuno anual del día de Kippur, el 9 del mes de abril. Pero los fariseos ayunaban la feria segunda y quinta.

    Strack-Billerbeck escribe: «La oración puesta en boca del fariseo no es una invención tendenciosa, sino que expresa perfectamente la realidad». Como confirmación citan lo siguiente: «Dijo rabí Simeón ben Yokai: Nada vale todo el mundo ante treinta justos que sean como nuestro padre Abraham. Si no hubiese más que treinta, sin embargo, yo y mi hijo somos de ese número. Y si fuesen veinte, yo y mi hijo somos de ese número... Y si fuesen sólo dos justos en el mundo, yo y mi hijo lo somos. Y si no hubiese más que uno, yo lo soy».

    La oración del publicano, por su humildad, por reconocer lo que era ante Dios, pecador, y pedirle misericordia, le trajo la justificación. En cambio, la exhibición del fariseo, que alegaba ante Dios sus obras, como si fuesen suyas, engriéndose en su complacencia, no le trajo la justificación, que es el único término que aquí se compara. No le justifican sus obras.

    (Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 884-885)


     

    P. Leonardo Castellani

     

    Parábola del Fariseo y el Publicano

    Este domingo décimo después de Pentecostés se lee la conocida parábola del Fariseo y el Publicano, conocida incluso por los poetas, que la han glosado en diversas formas —recuerdo ahora una novela amarga y heterodoxa de John Galsworthy llamada El primero y el último, de la que sacaron un film los yanquis—.

    Lejos del tabernáculo, que ceñían de un velo
    de humo espeso, diez lámparas de cobre desde el suelo
    lejos del tabernáculo que ceñían de un velo;
    estaba el paralítico y estaba el Publicano
    el hidrópico estaba y el buen samaritano
    el paralítico y estaba el Publicano...

    Más allá, sobre un lecho de mullidas alfombras
    entre un brillo de sedas y lejos de las sombras más allá,
    un lecho de mullidas alfombras,
    el Fariseo que ante el Señor se exalta
    los versículos de David en voz alta
    el Fariseo, que ante el Señor se exalta...

    etcétera. Esto es de un poeta argentino, Horacio Caillet-Bois.

    Como está colocada después de la parábola de la Viuda Molesta, San Agustín y otros muchos dicen que versa sobre la oración, y que recomienda la humildad al orar.

    Es eso; hay eso desde luego; pero hay otra cosa: hay un retrato de la soberbia religiosa, que había de ser, y ya era, el principal enemigo de Cristo; retrato breve pero enérgicamente incisivo, como un medallón o un aguafuerte. Jesucristo no vaciló en contraponer entre sí a la clase social más respetada con la más repelida, ni en nombrar por su nombre a esa clase social eminente, al denunciarla como infatuada religiosamente: Fariseo y Publicano. Si nos preguntaran cómo habría que traducir hoy día esas palabras para que sonaran parecido a aquellos tiempos, habría que decir la parábola del Sacerdote y el Ciruja, o algo por el estilo: o, hablando con perdón, la parábola del Sacristán y la Prostituta.

    La palabra fariseo no significaba entonces lo que significó después de Cristo, así como la palabra sofista no significaba en el siglo de Platón lo mismo que significó después —y por obra— de Platón. Los fariseos eran los separados —eso significa la palabra en arameo—, los puros, los distinguidos. No existe hoy un grupo social enteramente idéntico a los fariseos —aunque existe mucho fariseísmo desde luego—, por lo cual no se pueden definir con una sola palabra. Si digo que los fariseos eran el alto clero, los clericales, los jesuitas, los nazis, los oligarcas, los devotos, los puritanos, los ultramontanos, miento: aunque tenían algo de todo eso. Algunos los han comparado con los Sinn-feiners de Irlanda; otros con los Puritanos de Oliver Cromwell. Eran a la vez una especie de cofradía religiosa, de grupo social y de poder político; es todo lo que se puede decir brevemente; pero lo formal y esencial en ellos era lo religioso: el culto, el estudio y el celo de la Torah, de la Ley de Moisés, que había proliferado entre sus manos, como un pedazo de gorgonzola. Preguntado un ham-haréss (hombre del pueblo) israelita, hubiera dicho: “Son unos hombres muy religiosos, muy sabios y muy poderosos”, más o menos lo que cree el pueblo hoy día de los frailes. El Evangelista al principio de la parábola los define: “Unos hombres que se tenían a sí mismos por santos y despreciaban a los demás”; es decir, soberbia religiosa. Queda entendido que no siempre fueron así los fariseos: fue un ceto social que se corrompió. En tiempo de Jesucristo eran así. Antes de Jesucristo habían sido la fracción política que mantuvo la tradición nacionalista y antihelenística de los Macabeos. Después de Cristo fueron el espíritu que inspiró el Talmud y organizó la religión judaica actual: puesto que la destrucción, y la Diáspora, que acabó con los Saduceos, no acabó con los fariseos. Estos son indestructibles.

    Los Publicanos eran receptores de rentas o cobradores de impuestos, pero no como los nuestros. Los romanos ponían a subasta pública los impuestos de una Provincia; y el “financiero” que ganaba el remate quedaba facultado para cobrar a la gente como pudiera —y, bajo mano, lo más que pudiera—; lo cual hacía por medio de cobradores terribles, los publicanos, cordialmente odiados, como todo cobrador: y mucho más por servir en definitiva a los romanos, los odiosos extranjeros. En suma, decir publicano era peor que decir ladrón; prácticamente era decir traidor o vendepatria...

    “Palabra de honor os digo —dijo Cristo— que el Publicano volvió a su casa justificado, y el otro no”... El que se llamó a sí mismo pecador, volvió a su casa justo; el que se llamó santo volvió con un pecado más. El fariseo se tenía a sí por santo y al otro por miserable; y Dios no fue de la misma opinión.

    La oración del fariseo, proferida en voz alta, de pie, cerca del santuario, es una obra maestra. Cristo no exagera ni se queda corto: la oración parece no contener nada malo; pero está penetrada del peor mal que existe, que es el orgullo religioso: “Gracias te doy, oh Dios, de que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros —ni como este publicano...—; ayuno dos veces cada Sábado, pago los diezmos de todo lo que poseo...”. ¿Acaso es un pecado conocer que uno no hace crímenes y dar gracias a Dios por ello?, dice el reverendo George Herbert Box M. A., profesor de Estudios Bíblicos y Rector del Templo de Southton Bede, en el artículo “Pharisee» de la Enciclopedia Británica, donde se halla una curiosa defensa de los fariseos que prueba que su raza no ha desaparecido del mundo. ¡Dichoso el que tiene un hijo que lo defienda después de muerto!

    Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: fue el Mesías y luchó contra  el fariseísmo; o quizá más brevemente todavía: luchó con los fariseos. Ese fue el trabajo que personalmente se asignó Cristo como hombre: su Empresa.

    Todas las biografías de Cristo que recuerdo (Luis Veuillot, Grandmaison, Ricciotti, Lebreton, Papini) construyen su vida sobre otra fórmula:

    Fue el Hijo de Dios, predicó el Reino de Dios, y confirmó su prédica con milagros y profecías. Sí, pero ¿y su muerte? Esta fórmula amputa su muerte, que fue el acto ms importante de su vida.

    El drama de Cristo queda así escamoteado. La vida de Cristo no fue un idilio ni un cuento de hadas ni una elegía, sino un drama. No hay drama sin antagonista. El antagonista de Cristo fue el fariseísmo, vencedor en apariencia, derrotado en realidad.

    Sin el fariseísmo, toda la historia de Cristo fuera cambiada; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiera sido como es ahora; y el mundo todo hubiese seguido otro derrotero, con Israel a la cabeza: triunfante y no deicida y errante; derrotero enteramente inimaginable para nosotros.

    Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; y la Humanidad no sería esta Humanidad; ni la Religión, esta Religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, decae. El fariseísmo es el decay de la religión, míster George Box... perdone usted, profesor de religión.

    Es la soberbia religiosa, es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca. No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo. El publicano decía: “Oh Dios, apiádate de mí, pecador.” El fariseo pensaba: “Estoy rezando: conviene que rece bien porque yo soy yo; y hay que dar buen ejemplo a toda esta canalla.” “No oréis a gritos, como los fariseos, ni digáis a Dios muchas cosas, como los paganos; vosotros cerrad la puerta y orad en lo escondido; y vuestro Padre, que esta en lo escondido, os escuchará.”

    Decía don Benjamín Benavídes que el fariseísmo, tal como está escrito en los Evangelios, tiene como siete grados: 1) La religión se vuelve exterior y ostentatoria; 2) la religión se vuelve rutina y oficio; 3) la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4) la religión se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo; 5) aversión a los que son auténticamente religiosos; 6) persecución a los que son religiosos de veras; 7) sacrilegio y homicidio. Esto me fue dicho, ahora recuerdo, en San Juan, la noche de Navidad de 1940, tres o cuatro años antes del terremoto, cuando yo sabía teóricamente que existía el fariseísmo, pero todavía no me había topado con él en cuerpo y alma. De modo que en suma, el fariseísmo abarca desde la simple exterioridad (añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia) hasta la crueldad (es necesario que Este muera, porque está haciendo muchos prodigios y la gente lo sigue; y que muera del modo más ignominioso y atroz, condenado por la justicia romana), pasando por todos los escalones del fanatismo y la hipocresía. Este es el pecado contra el Espíritu Santo, el cual de suyo no tiene remedio. Aquel que no vea la extrema maldad del fariseísmo —que realmente es fácil de ver—, que considere solamente esto: la religión suprimiendo la misericordia y la justicia. ¿Puede darse algo más monstruo?

    Yo le envidio a Jesucristo el coraje que tuvo para luchar contra los fariseos. Yo, excepto en un solo caso, cada vez que me topé con un fariseo grande, me he quedado alelado y yerto, como un estúpido; es decir, estupefacto.

    Sin embargo, siento simpatía por el fariseo Simón, Simón el Leproso, aquel a quien Cristo le reprochó: «No me besaste”, el que invitó a comer a Cristo y al final de la comida se le colaron sin billete ¡la Magdalena y Judas! No todos los fariseos eran malos: algunos eran santulones, pero no hipócritas. De entre ellos salieron algunos buenos cristianos: San Pablo, por ejemplo.

    La parábola termina con esta frase: “Todo el que se exalta será humillado y todo el que se humilla será exaltado”, cuyo sentido es obvio.

    Pero ella comienza con otra frase, que es misteriosa: “Cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿creéis que encontrará fe sobre la tierra?”. Cristo conecta proféticamente su Primera y Segunda Venida, indicando que el estado de la religión será parecido en ambos momentos, el Primero y el Último.

    Aquí hay que corregir otra vez con todo respeto a San Agustín; el cual, viendo en el siglo IV “las iglesias llenas” (sermón 115) y la fe creciendo día a día, no se podía imaginar una crisis de la fe como, por ejemplo, la nuestra; y en consecuencia dice: “¿De qué fe habla el Salvador? Habla de la fe plena, de la fe que hace milagros, de la fe que mueve las montañas, de la fe perfecta, de la fe que es siempre muy rara y de muy pocos”... No. Cristo habla de la fe en seco. Viendo el estado de la religión en su tiempo en que por causa del fariseísmo, en los campos la gente andaba “como ovejas que no tienen pastor”; y en las ciudades “con pastores que eran lobos con piel de oveja” —los cuales iban a derramar la sangre del buen Pastor—, se acordó repentinamente del otro período agónico de la religión, en que la situación religiosa habría de ser parecida o peor; y exhaló ese tremendo gemido.

    Con razón anota monseñor Juan Straubinger comentando este versículo: “Obliga a una detenida meditación este impresionante anuncio que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación del siglo. Es el gran «Misterio de Iniquidad» y la «gran apostasía» que dice San Pablo en II Tesalonicenses 2, y que el mismo Señor describe varias veces, sobre todo en su discurso escatológico.”

    Hay pues dos profecías en el Evangelio que parecen inconciliables: una es que “las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”; otra es que cuando vuelva Cristo “apenas encontrará fe sobre la tierra”. Y la conciliación debe de estar en el principio o norma que dio Cristo a los suyos respecto a la Sinagoga ya desolada y contaminada: “En la cátedra de Moisés se sentaron y enseñaron los Escribas y Fariseos: vosotros haced todo lo que os dijeren, pero no hagáis conforme a sus obra.” La Iglesia no fallará nunca porque nunca enseñará mentira; pero la Iglesia será un día desolada, porque los que enseñan en ella hablarán y no harán, mandaran y no servirán; y mezclando enseñanzas santas y sacras con ejemplos malos o nulos, harán a la Iglesia repugnante al mundo entero, excepto a los poquísimos heroicamente constantes.

    Los cuales tendrán, sí, oh Agustín, una fe más grande que las montañas.

    (P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Ed. Vórtice, Bs. As., 1957, Pág. 239-244)


     

    Mons. Lucien Cerfaux

     

    La oración del publicano

    Esta parábola va claramente dirigida contra los Fariseos. Sus rasgos pintorescos y realistas, tomados al vivo de las costumbres palestinenses, el sentido inimitable de la verdadera oración, en los antípodas del legalismo, nos garantizan su autenticidad. Lo mismo sucede con el estilo. No hay ninguna otra parábola en san Lucas en la que sea tan frecuente el asíndeton semítico (versículos 11.12.14); por otra parte, el lenguaje y el contenido demuestran que tenemos en ella una vieja tradición palestinense» (Jeremías).

    San Lucas empieza con esta introducción: "Propuso también esta parábola para algunos que presumían de sí mismos, apoyados en su pretendida justicia, y despreciaban a los demás" (Lc 18, 9).

    Reconocemos sin vacilar a los Fariseos, que multiplican las prácticas de devoción, las oraciones, los ayunos, las limosnas, la lectura de la Ley (sobre todo la lectura de la Ley, que perdona los pecados y forma a los santos; los monjes de Qumrán lo exageraban). No son estas devociones las que hacen a un hombre mejor. Dios no halla en ellas el Amor, y los hombres no encuentran en ellas la bondad.

    Desde la altura de su justicia, los Fariseos desprecian a "los demás". Estos otros son los Publicanos, Judíos de baja estofa. Sociológicamente, son los consumeros, los recaudadores de contribución, al servicio de los Romanos o de Herodes. En lo religioso, no se preocupan de esas reglas de piedad de los Fariseos, ni se lavan las manos cien veces cada día, ni lavan las legumbres que han comprado en el mercado. Son siempre impuros. Por lo demás, no son necesariamente unos incrédulos.

    Dos hombres subieron al templo a la hora de la oración, es decir, o a las nueve de la mañana, o a las tres de la tarde. De pie, con el tronco arqueado, empapado de sí mismo, el Fariseo rezaba así: « Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, y en particular como “este” publicano. Ayuno dos veces cada semana y doy el diezmo de cuanto poseo.»

    En cuanto al publicano, no había rebasado el umbral del patio exterior; ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, y golpeándose el pecho, decía: «Dios mío, ten compasión de este pecador». «Yo os aseguro que éste bajó a su casa justificado».

    Porque este publicano ha sabido rezar. «Cuando oréis, no seáis como los hipócritas: Les gusta orar puestos de pie en las sinagogas, o a la vista de la gente en los sitios públicos, para que los hombres los miren. En verdad, os digo que ya recibieron su recompensa. Vosotros retiraos a vuestro cuarto, con la puerta cerrada, y orad a vuestro Padre en secreto» (Mt 6, 5-6).

    El contraste entre las dos oraciones es el contraste de dos actitudes fundamentales en religión. Una actitud queda en el plano del orgullo, la otra es humildad. El orgullo y la humildad modelan a las almas.

    El fariseo toma posiciones frente a Dios. «Está de pie». Es cierto que es la postura prescrita. Así dice Maimónides, el gran teólogo judío:

    "Que nadie ore, si no puede tenerse de pie". Algunos rabinos precisaban: los pies rectos, porque en Ezequiel (1, 7), a propósito de los animales que llevan el trono, se dice: «Tienen los pies derechos.» Entonces se decía «ponerse de pie » (para rezar), como nosotros decimos hoy «arrodillarse».

    De pie o de rodillas, lo único que cuenta es el respeto. Los antiguos eran más formalistas que nosotros y daban más importancia a la etiqueta. El Fariseo de nuestra parábola, de pie, trata de igual a igual con Dios. Simón Mago se hacía llamar el "hestos", lo cual, en su pensamiento, significa Una afirmación de divinidad. Dios no es un camarada. Una creatura no es su igual.

    La religión griega tenía un sentido innato de la desigualdad entre los dioses y los hombres. Los inmortales son felices. Un hombre feliz les resulta sospechoso. La felicidad demasiado grande es un exceso, una petulancia para con ellos, mientras que la desgracia nos consagra en nuestra condición de hombres. El suplicante es ennoblecido. Así es el espectáculo delante del palacio de Edipo, en Tebas: el rey, que condena su felicidad petulante, se dirige al coro: «Niños, joven descendencia de la antigua Cadmos, ¿por qué estáis así de rodillas, con unos ramos suplicantes coronados de cintillas? Los suplicantes tienen el buen papel».

    Nosotros sabemos mejor qué es Dios, su infinita majestad - a la que hay que mirar, con todo, como cercana y paternal—, y sabemos que en el orgullo hay una usurpación infinita. No es que Dios quiera ensalzarse con nuestro abatimiento. Si él ama al que no es, es para poder hacer que sea. Si ama al que sabe que no es nada, es porque el saber que no se es nada es el único medio de llegar a ser algo con su ayuda. El P. Sertillanges traduce con exactitud el pensamiento de san Pablo: La fuerza de Dios en nosotros se hace precisamente con nuestra debilidad, y el ser de Dios en nosotros se hace con nuestra propia inexistencia.»

    La oración conoce únicamente dos polos: majestad de Dios y la nada de la creatura. El Fariseo conocía solamente otros dos: la estima de sí mismo y el desprecio de los demás. Su oración: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres», no es una plegaria inventada. Se conserva una oración talmúdica del año 70 aproximadamente, atribuida, si no me equivoco, a R. Reconías, y que Jeremías traduce de la siguiente manera: «Te doy gracias, Señor Dios mío, por haberme dado parte con los que se sientan en la casa de enseñanza y no con los que se sientan en las esquinas de las calles; porque yo me pongo en camino como ellos, pero yo voy en seguida hacia la Palabra de la Ley, y ellos van pronto hacia las cosas baladíes. Yo me tomo la molestia y ellos también se la toman: pero yo me molesto y recibo mi recompensa, mientras que ellos se molestan y no reciben recompensa alguna. Yo corro y ellos corren: yo corro hacia la vida del mundo futuro, y ellos corren hacia la sima de perdición.»

    Ciertamente, hay que agradecer a Dios sus beneficios. Porque Él los concede, pero no porque nosotros los «poseamos». Los beneficios «poseídos» se vuelven objeto de suficiencia y de orgullo.

    Tal vez el Fariseo no es ni ladrón, ni injusto, ni adúltero. Pero omite algunas taras de su vida; san Pablo, que había sido del gremio, no se hacía muchas ilusiones. En todo caso, si el Fariseo ha evitado esas faltas, se lo debe a Dios; y si Dios le abandonara, sería un criminal. Podemos convencemos de lo que valemos, cuando comprobamos nuestras cobardías y nuestras traiciones.

    Es verdad que el Fariseo ayuna y paga los diezmos. Pero ¿vale la pena hablar de ello? Ayunar, bonita cosa. También la gente que hace deporte, ayuna. Se ayuna para adelgazar. No es eso lo que hace grandes a los hombres delante de Dios.

     Entrega el diezmo de sus bienes. También los jugadores del casino dan toda su fortuna en una noche.

    A la estima, infantil o astuta, de sí mismo, corresponde el desprecio de los demás: ladrones, adúlteros, como ese publicano. ¿Qué sabemos nosotros del prójimo? Los publicanos no son muy observantes, eso es verdad, pero hay excepciones. Y después hay que contar con la intención, y con los planes de Dios. Dios se reserva algunas almas, y sus caídas son preparaciones. Saulo de Tarso ha sido pecador. San Agustín ha sido pecador. Y María Magdalena. Y tantos otros. Dios los perseguía con su amor. Los amaba por lo que iban a ser, por lo que iba a hacer de ellos, por los magníficos dones que iba a poner en ellos. El barro limpia los metales preciosos. Jesús ha condenado hasta tal punto las críticas, que nosotros nos las deberíamos prohibir de una vez para siempre. He aquí una buena regla práctica: no hablar de lo malo más que cuando ya no queda nada bueno que comentar. En realidad, todo esto no tiene nada que ver con la oración. La mezcla de la oración con la vanidad y la crítica es contra la naturaleza. La oración es la gloria de la unión con Dios; y no una máscara bajo la cual se sigue llevando una vida vulgar, insustancial, hueca.

    La Regla de san Benito calca su duodécimo grado de humildad en el retrato del publicano de esta parábola: "La cabeza siempre inclinada, los ojos fijos en la tierra..., repitiendo incesantemente en lo interior lo que dice el publicano del evangelio: "Señor, yo soy un pecador, no merezco levantar los ojos al cielo". Inclinado, como aparece en el mosaico de san Apolinar en Rávena, el publicano recuerda al sacerdote al pie del altar, en el -Yo pecador- de la Misa. El peso de nuestros pecados y de los del pueblo cristiano es una carga pesada de llevar. Es preferible esconder nuestro rostro, enrojecido de vergüenza. La actitud interior responde a la exterior: "Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador". San Francisco de Asís hace esta glosa: « ¿Qué eres tú, Dios mío, y qué soy yo, gusano miserable de la tierra ?» A la nada de la criatura, se añade la nada del pecado, lo cual dice bien con la criatura. Eso decían los santos ¡y lo pensaban! Lo pensaban y tenían razón para pensarlo, porque la luz de Dios los tornaba lúcidos para contemplar su miseria de verdad. Ellos no eran más que unos hombres miserables, portadores de una santidad que no llegaba a purificar el fondo de sí mismos. Para quien así piensa, la acción de gracias ha perdido su vertiente peligrosa.

    Una hermosa y auténtica acción de gracias es la de la Carta de san Clemente Romano:

    "Que el cuerpo que formamos en Cristo esté todo él en buen estado y que cada uno esté sometido a su prójimo siguiendo la gracia que le ha sido dada. Que el fuerte proteja al débil, que el débil respete al fuerte; que el rico socorra al pobre; que el pobre dé gracias a Dios, que le ha dado con qué suplir su insuficiencia; que el sabio muestre su sabiduría, no en palabras, sino en buenas obras; que el humilde no se califique a sí mismo, sino que espere la aprobación de los otros. Que el que es casto en su carne no se gloríe, sabedor de que es otro el que le ha concedido la gracia de la continencia. Reflexionemos, pues, hermanos queridos, sobre la materia de que estamos hechos, lo que somos y el estado en que hemos llegado al mundo. Pensemos de qué tumba y de qué tinieblas nos ha sacado el que nos ha creado para introducirnos en su mundo, después de habernos preparado sus beneficios antes de que naciéramos. Todas esas cosas las tenemos por Él; por eso debemos darle gracias por todo. A Él la gloria por los siglos de los siglos, amén".

    El publicano no concreta los detalles de su confesión. La confesión la ha hecho por él el fariseo. "Sin temor a equivocarse y si Dios dirige una vida espiritual por este camino, el hombre puede estar menos pendiente de los exámenes de conciencia que de la postración amorosa de todo su ser ante el Creador, gesto de amor que se pierde en el gozoso reconocimiento y alabanza de las perfecciones divinas" (Gauthier). Con la condición de que este método valga, y vaya consumiendo el "Yo". Al alma se le hace crecer con la mirada, como crece la planta cuando en ella se fija el sol. Pero no es a sí mismo a quien hay que dirigir esa mirada, sino a Dios en él (Sertillanges). Con la condición también de que la conciencia individual acepte la ley de la obediencia a Dios y a la Iglesia, y, en su actuación y en su pensamiento, el cristiano de nuestros días, en lugar de rendirse a los atractivos y al imperio del "mundo", siga siendo "el discípulo de Cristo decidido y austero", como no han dejado de definirle los Papas, desde san Clemente de Roma.

    «Os digo que éste bajó justificado a su casa, y no el otro.» La palabra es cruel. Lo que constituía su orgullo para los Fariseos, Jesús se lo aplica a los publicanos: «Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

    Algunos exegetas sostienen que el uso del verbo "justificar", en esta parábola, no se debe al influjo de san Pablo. Hemos de observar que la doctrina paulina de la justificación extrae su savia del pensamiento de Jesús. La verdadera "justificación" no es el resultado de un rito o de unas «obras, sino un don de Dios que responde a la actitud de humildad y total confianza de su creatura».

    (Mons. Lucien Cerfaux, Mensaje de las parábolas, Ediciones FAX, Madrid, España, 1969, pág. 141-151)


    EJEMPLO PREDICABLE

     

    El reclinatorio del párroco Vianney.

    El párroco de Ars en Francia, Vianney (+1859), que ha sido más tarde elevado a los altares, cierto día recibió la visita de otro párroco de la misma diócesis, llamado Anton, el cual venía para consultarle un caso muy difícil y embrollado que en el confesionario presentósele por aquel entonces. Se trataba de una delicadísima restitución de bienes. Una vez hubo expuesto el visitante los términos de la cuestión, recibió al punto del abate Vianney una respuesta clara, terminante, y, a todas luces, exactísima y justa. El visitante exclamó maravillado: “¿Dónde estudió usted Teología? ¡Y con qué aplicación debía usted entregarse a esta ciencia!“. Oyendo estas palabras, Vianney señaló a su reclinatorio, como queriendo decir, que era la oración incansable, la que resolvía las mayores dificultades teológicas. Y así es en verdad, que la gracia que Dios nos envía, si nos entregamos sin desmayo a la oración, puede aventajar al poder de todos los estudios humanos y de todas las ciencias, al fin creaciones de la inteligencia humana.

    (Spirago, Catecismo en ejemplos, Apéndice, Ed. Políglota, 6ª Ed., Barcelona, 1929, pp.245-246)