SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Amad a Cristo; desead la luz que es Cristo
Amad a Dios, puesto que nada encontraréis mejor que él. Amáis la plata porque es mejor que el hierro y el bronce; amáis el oro más todavía, porque es mejor que la plata; amáis aún más las piedras preciosas, porque superan incluso el precio del oro; amáis, por último esta luz que teme perder todo hombre que teme la muerte; amáis, repito, esta luz igual que la deseaba con gran amor quien gritaba detrás de Jesús: Ten compasión de mí, hijo de David. Gritaba el ciego cuando pasaba Jesús. Temía que pasara y no lo curara. ¿Cómo gritaba? Hasta el punto de no callar, aunque se lo ordenaba la muchedumbre. Venció, oponiéndose a ella, y obtuvo al Salvador. Al vocear la muchedumbre y prohibirle gritar, se paró Jesús, lo llamó y le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Señor -le dijo- que vea. Mira, tu fe te ha salvado (Lc 18,38-42).
Amad a Cristo, desead la luz que es Cristo. Si aquél deseó la luz corporal, ¡cuánto más debéis desear vosotros la del corazón! Gritemos ante él, no con la voz, sino con las costumbres. Vivamos santamente, despreciemos el mundo; consideremos como nulo todo lo que pasa. Si vivimos así nos reprenderán, como si lo hicieran por amor nuestro, los hombres mundanos, amantes de la tierra, saboreadores del polvo, que nada traen del cielo, que no tienen más aliento vital que el que respiran por la nariz, sin otro en el corazón. Sin duda, cuando nos vean despreciar estas cosas humanas y terrenas, nos han de recriminar y decir: «¿Por qué sufres? ¿Te has vuelto loco?». Es la muchedumbre que trata de impedir que el ciego grite. Y hasta son cristianos algunos de los que impiden vivir cristianamente; en efecto, también aquella turba caminaba al lado de Cristo y ponía obstáculos al hombre que vociferaba junto a Cristo y deseaba su luz como regalo del mismo Cristo. Hay cristianos así; pero venzámoslos, vivamos santamente; sea nuestra vida nuestro grito a Cristo. Él se parará, puesto que ya está parado.
También aquí se encierra un gran misterio. Pasaba él cuando el ciego gritaba; para sanarlo se paró. El pasar de Cristo ha de mantenernos atentos para gritar. ¿Cuál es el pasar de Cristo? Todo lo que sufrió por nosotros es su pasar. Nació: pasó; ¿acaso nace todavía? Creció: pasó; ¿acaso crece todavía? Tomó el pecho: ¿acaso lo toma todavía? Cansado se durmió, ¿acaso duerme todavía? Comió y bebió: ¿lo hace todavía? Finalmente fue apresado, encadenado, azotado, coronado de espinas, abofeteado, cubierto de esputos, colgado del madero, muerto, herido con la lanza y, sepultado, resucitó: todavía pasa. Subió al cielo, está sentado a la derecha del Padre: se paró. Grita cuanto puedas, que ahora te otorga la visión. En efecto, cuando era la Palabra junto a Dios estaba parado ciertamente, porque no sufría mutación alguna. Y la Palabra era Dios y la Palabra se hizo carne (Jn 1,1.14). La Palabra hizo muchas cosas al pasar y también las sufrió, mas la Palabra se mantuvo parada. La misma Palabra es la que ilumina el corazón, puesto que la carne que recibió recibe su honor de la Palabra. Elimina la Palabra, ¿qué es su carne? Lo mismo que la tuya. Para que la carne de Cristo fuese honrada, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Gritemos, pues, y vivamos santamente.
Sermón 349,5-6.
Todo nuestro esfuerzo ha de tender a sanar el ojo del corazón con que ver a Dios
Todo nuestro esfuerzo, hermanos, en esta vida ha de consistir en sanar el ojo del corazón con que ver a Dios. Con esta finalidad se celebran los sacrosantos misterios; con esta finalidad se predica la palabra de Dios; a esto van dirigidas las exhortaciones morales de la Iglesia, es decir, las que miran a corregir las costumbres, a enmendar las apetencias de la carne, a renunciar a este mundo, no sólo de palabra, sino también con un cambio de vida; a esta finalidad va encaminado todo el actuar de las Escrituras divinas y santas, para que se purifique nuestro interior de lo que impide la contemplación de Dios. Este ojo ha sido hecho para ver esta luz temporal y, aunque celeste, corporal y visible no sólo al hombre, sino también a los animales más viles -para eso fue, hecho: para ver esta luz-,sin embargo, si le cayera o le fuese arrojado algo que le estorbe, se aparta de la luz, y aunque ella lo invada con su presencia, él se retira y se hace ausente. No sólo se hace ausente con su perturbación a la luz presente, sino que hasta le resulta penosa la luz misma, para ver la cual ha sido hecho. De idéntica manera, el ojo del corazón perturbado y dañado se aparta de la luz de la justicia y ni se atreve ni es capaz de contemplarla.
¿Qué es lo que perturba al ojo del corazón? La codicia, la avaricia, la iniquidad, la concupiscencia del mundo es lo que turba, cierra y ciega el ojo del corazón. ¡Y como se busca el médico cuando el ojo de la carne está dañado; cómo no se difiere el abrir y purgar, para que sane lo que hace que veamos esta luz! Se corre, nadie descansa, nadie se retarda, aunque solo una pajita caiga en el ojo. Sin duda, fue Dios quien hizo el sol que queremos ver cuando los ojos están sanos. Ciertamente es mucho más brillante quien lo hizo, pero no es siquiera de este género de luz que corresponde al ojo de la mente. Aquella luz es la Sabiduría eterna. Dios te hizo a ti, oh hombre, a su imagen. Dándote con qué ver el sol que él hizo, ¿no te iba a dar con qué ver a quien te hizo, habiéndote hecho a su imagen? También te dio esto; te dio lo uno y lo otro. Porque si mucho es lo que amas estos ojos exteriores, mucho también lo que descuidas aquel interior; lo llevas cansado y herido. Si quien te fabricó quisiera mostrársete, te causaría dolor; es un tormento para tu ojo, antes de ser sanado y curado. Pues hasta en el paraíso pecó Adán y se escondió de la presencia de Dios. Mientras tenía el corazón sano por la pureza de conciencia, se gozaba en la presencia de Dios; después que, por el pecado, su ojo quedó dañado, comenzó a temer la luz divina, se refugió en las tinieblas y en la densidad del bosque, huyendo de la verdad y ansiando la oscuridad.
Sermón 88,5-6
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