SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc 18,1-8: No puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua
La lectura del santo evangelio nos impulsa a orar y a creer, y a no presumir de nosotros, sino del Señor. ¿Qué mejor exhortación a la oración que esta parábola del juez inicuo que se nos ha propuesto? Un juez inicuo, que ni temía a Dios ni respetaba al hombre, escuchó, sin embargo, a una viuda que le importunaba, vencido por el hastío, no movido por la piedad. Si, pues, escuchó a quien no soportaba que le suplicase, ¿de qué manera nos escuchará quien nos exhorta a que pidamos? Después de habernos persuadido el Señor, mediante esta comparación, como argumento por contraste, de que conviene orar siempre y no desfallecer, añadió lo siguiente: Sin embargo, ¿crees que cuando venga el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra? (Lc 18,1-8). Si la fe flaquea, la oración perece. ¿Quién hay que ore, si no cree? Por esto, el bienaventurado Apóstol decía, exhortando a orar: Todo el que invocare el nombre del Señor será salvo.
Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añadió: ¿Cómo van a invocar a aquel en quien no creyeron? (Rom 10,13.14). Creamos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe, mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe. Para que la fe no decayese en medio de las tentaciones, dijo el Señor: Vigilad y orad, para no entrar en tentación. Vigilad -dijo- y orad, para no entrar en tentación. ¿Qué es entrar en tentación, sino salirse de la fe? En tanto avanza la tentación en cuanto decae la fe. En tanto decae la tentación en cuanto avanza la fe. Mas para que vuestra caridad vea más claramente que el Señor dijo: Vigilad y orad, para no entrar en tentación, refiriéndose a la fe, para que no decayese ni pereciese, dice el evangelio en el mismo lugar: Esta noche pidió Satanás ahecharos como trigo; yo he rogado por ti, Pedro, para que tu fe no decaiga (Lc 22,46.31.32). ¿Ruega quien defiende, y no ruega quien se halla en peligro?
Las palabras del Señor: ¿Creéis que cuando venga el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra? se refieren a la fe perfecta. Ésta apenas se encuentra en la tierra. La Iglesia de Dios está llena de fe; pues, si no existiese ninguna, ¿quién se acercaría a ella? ¿Quién no trasladaría los montes si esa fe fuese plena? Pon tu atención en los mismos apóstoles. No hubiesen seguido al Señor tras haber abandonado todo y pisoteado toda esperanza mundana, si no hubiesen poseído una gran fe. Por otra parte, si hubiesen tenido una fe plena, no hubiesen dicho al Señor: Auméntanos la fe (Lc 17,5). Pensad también en aquel otro que confesaba una y otra cosa refiriéndose a si mismo. Habiendo presentado a su hijo al Señor para que lo sanase, al ser interrogado si creía contestó afirmativamente: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad (Mc 9,23). Creo, -dijo-;creo, Señor: luego existe la fe. Pero ayuda mi incredulidad: luego no es plena la fe.
Sermón 115,1
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