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H O M I L Í A S 

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DOMINGO XXVIII

CICLO C

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Curiosamente, los dos hombres que se encuentran con Dios en las páginas de las lecturas de hoy son «extranjeros» un sirio y un samaritano. Ninguno de los dos pertenecía al pueblo elegido, ninguno estaba, al parecer, en las mejores condiciones para tener el encuentro con Dios. Sin embargo, ambos hombres, el sirio y el samaritano, supieron ver más allá de la «primera lectura» (como se diría ahora) de su propio acontecimiento para llegar a una segunda lectura donde se encontraron nada más y nada menos con el hecho, más sorprendente todavía que el de su curación, de que habían descubierto a Dios.

Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado, ni mucho menos. Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo barruntado.

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Nadie pudo exigir para sí, en exclusiva, la salvación de Dios. Pero nueve de aquellos diez leprosos sí creían que Dios les debía aquel favor. Por eso son incapaces de volver agradecidos. Uno sólo, el extranjero -el samaritano, el rechazado de los judíos, el de inferior categoría, el indeseable-, es capaz de descubrir que el Señor ha obrado en él, le ha salvado. Y obrar en consecuencia: retornar agradecido hasta Jesús.

Una vuelta que no podemos verla como simple desplazamiento geográfico. Una vuelta mucho más profunda, mucho más radical, mucho más personal. Volver a Jesús y darle las gracias no es simple gesto de buena educación. Volver agradecido a Jesús es reconocer que la propia vida, en su totalidad, ha dado un giro porque en ella se ha producido un encuentro con Jesús y ese encuentro siempre transforma radicalmente a la persona (o no ha sido tal encuentro).

Volver agradecido a Jesús es, por otra parte, y como postura positiva, optar por Él y por su causa. Quien ha reconocido a Jesús como el Señor, como el Salvador, ya no puede construir su vida sin contar con Él. Más aún: no puede construir su vida sin darle a Él el papel principal, el papel protagonista. No puede construir su vida sin contar con Él como la clave de interpretación de toda la existencia.

Pero está claro que, para ser capaces de volver agradecidos a Jesús, hace falta reconocer, en primer lugar, que Él no nos debe nada, que su acción para con nosotros es totalmente gratuita. Y sólo quien es capaz de descubrir este amor generoso y gratuito de Dios, puede volver a Él agradecido, puede convertirse en discípulo suyo, puede posponerlo todo, absolutamente todo, -familia, amigos, bienes, incluso a sí mismo-, para seguirle. De éstos es realmente de quienes Jesús dice «tu fe te ha salvado» (...) Vivir la experiencia del leproso -o del pecador, o del angustiado, o del falto de esperanza, o del pobre...: vivir la experiencia de nuestro ser incompleto, deficiente y necesitado de plenitud- es entrar por el camino de la salvación. Reconocernos tal cual somos, en nuestra real -y pobre- realidad, saber que necesitamos de un salvador y descubrirlo en Jesús es vivir la experiencia más profunda de que el hombre es capaz. Y es, por lo mismo, las experiencia más auténticamente humana que pueda tener el hombre.

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Y sin esta actitud y este sentimiento que nos haga fácil decir «gracias» a Dios, tampoco comprenderemos el sentido de la Misa. De la Misa, que por algo llamamos «Eucaristía» que -como sabéis- significa en griego «acción de gracias». La parte central de la Misa, lo que llamamos la «plegaria eucarística», es fundamentalmente un decir «gracias» al Padre, gracias por su amor que nos ha manifestado en el amor de J.C., gracias por su Espíritu Santo que nos da para que también nosotros vivamos de y en el amor. Por eso el sacerdote inicia esta gran plegaria diciendo a toda la asamblea: «Demos gracias al Señor, nuestro Dios». E inmediatamente, viene el prefacio, que es siempre un cántico de gratitud que culmina con el canto del «Santo» porque la gratitud desemboca en la alabanza.

Y después, la plegaria eucarística -las diversas plegarias eucarísticas- son sobre todo un «memorial», es decir, un recuerdo de los grandes motivos que tenemos para que nos brote del corazón y de la boca la palabra «gracias». Y por eso, el centro de la plegaria eucarística, es la renovación de lo que dijo e hizo Jesús en la Ultima Cena, al dejarnos el memorial -el recuerdo vivo- de aquel amor suyo. De aquel amor por el Padre y por nosotros, que le llevó a asumir la muerte en la cruz y le ganó la batalla a la muerte con su resurrección, que es puerta y esperanza de nuestra resurrección ya ahora y para siempre. Recordad una cosa muy importante: cuando venís, aunque a veces os cueste, a Misa, recordad que lo más importante aquí no es -aunque también lo sea- escuchar o pedir esto o aquello. Recordad que lo más importante aquí es saber decir a Dios, nuestro Padre del cielo: gracias, gracias por todo, pero sobre todo gracias porque nos ha hecho conocer, querer y seguir a Jesús. Gracias porque nos has dado a tu Hijo Jesús.

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