EVANGELIO

Jesús, aunque era el liberador universal, no dejaba de ser judío y sentirse como tal. Por eso, se entristece al observar que sus paisanos son peores que el extranjero. Nuestra universalidad cristiana -catolicidad- no ha de matar nuestros sentimientos amistosos, familiares o nacionales.

Con más frecuencia nos dirigimos a Dios para pedirle favores que para agradecerle. No salimos de nosotros mismos. Nos cuesta dar gloria a Dios en la reunión de los hermanos porque la reservamos para nosotros mismos. Nos falla la fe y la memoria de Jesús.

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 17,11-19.

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

-Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

Al verlos, les dijo:

-Id a presentaros a los sacerdotes.

Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Este era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:

-¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria Dios?

Y le dijo:

-Levántate, vete: tu fe te ha salvado.