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1.
Lo único «bueno»...
La
narración evangélica de hoy es bastante conocida y nos sitúa
nuevamente ante el controvertido problema de cuál es la actitud
del cristiano ante las riquezas. Hay frases en el texto que, a
primera vista, aparecen como bastante problemáticas, por ejemplo:
«Vende todo lo que tienes; después, ven y sígueme», o bien: "Es
más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un
rico entre en el Reino de Dios". Si tuviéramos que tomar las
palabras de Jesús en su sentido más literal, entonces resultaría
que...
--los
cristianos estamos condenados a ser eternamente pobres y, por lo tanto,
sometidos a quienes más poseen. ¿Dónde queda, pues, nuestra
libertad?
--poco
sentido tendrían las encíclicas papales y la doctrina social de
la Iglesia que hablan del desarrollo de los países menos
evolucionados, lo que implica, entre otras cosas, luchar contra la
pobreza material; lo cual, a su vez, es garantía de dignidad
personal.
--los
verdaderos discípulos de Jesús no estarían en los países cristianos
sino en otras regiones de Asia y África que, si bien no profesan
el cristianismo, están en un grado casi absoluto de pobreza. Si
la falta de bienes es la característica del discípulo de Jesús,
¿cuántos cristianos hay en la Iglesia? Estos interrogantes tienen su
lógica y su razón de ser.
En
efecto, o tomamos las palabras de Jesús en su sentido más estricto y
las llevamos hasta las últimas consecuencias, o dichas palabras
hay que entenderlas como una exageración literaria, o bien tienen
un sentido oculto que a primera vista no aparece y que conviene
descubrir. Por otra parte, no creo que ninguno de nosotros tenga como
ideal el vivir como pobre.
Todos,
quien más quien menos, tratamos de progresar no sólo culturalmente
sino también económicamente. Y estamos convencidos de que
debemos ganar el dinero suficiente no sólo para no morirnos de
hambre, sino también para llevar una vida holgada y cómoda. Esto
sucede aun en las congregaciones religiosas que viven bajo el voto de
pobreza. Así se prefiere una lavadora a tener que lavar a mano;
la nevera, un coche cómodo, una casa amplia, etc., a prescindir
de ellos. ¿Tiene, entonces, vigencia este evangelio tan opuesto a la
mentalidad occidental moderna? Para responder a estos
interrogantes, nada mejor que seguir el texto evangélico para
descubrir su mensaje salvador, ya que si es «evangelio», es buena
noticia de liberación...
Un
hombre que ha cumplido durante toda su vida los mandamientos, se
presenta ante Jesús con la gran pregunta: «Maestro bueno, ¿qué
haré para heredar la vida eterna?» Se trata de un hombre
sincero, honesto, a tal punto que Jesús se sintió profundamente
conmovido y lo amó. Su misma sinceridad lo llevó a llamar
"bueno" a Jesús. Entonces Jesús lo interpela a su vez:
«¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.»
Esta pregunta de Jesús y la afirmación de que sólo Dios es bueno,
nos preparan para comprender todo el sentido de este evangelio.
Aquel hombre se entusiasmó con Jesús, se volcó enteramente a él con
un gran afecto. Mas Jesús le quiere indicar que lo único
realmente bueno en la vida de un hombre es Dios mismo y todo lo
que sea asumido como venido de Dios. Para el hombre de fe, «lo
bueno» por excelencia, el bien supremo, es Dios.
Jesús
no niega que él también pueda ser bueno, pero quiere que su
entusiasta interlocutor se prepare para recibir algo realmente
bueno que él le va a entregar de parte de Dios: la palabra buena
que le hará un hombre nuevo. Para el creyente es bueno aquello que es
visto desde la óptica de Dios; las cosas no son buenas ni malas
en sí mismas. Mas si las vemos como las ve Dios, si las asumimos
según su voluntad, también ellas se hacen buenas.
La
frase «sólo Dios es bueno» pretende preparar al joven rico para que
no se apegue a las riquezas si la única riqueza buena es Dios
mismo. En efecto, luego que aquel joven expuso que siempre había
cumplido los diez mandamientos -y su palabra era sincera-, Jesús
lo miró fijamente como quien selecciona a alguien y lo amó; es
decir: quiso para él el mayor bien posible, esa vida nueva que
precisamente estaba buscando. Y porque Jesús lo amó -esto es muy
importante- y como señal de que lo amaba, le dijo: «Una cosa te
falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así
tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.» Entonces el
joven comprendió por qué Jesús le había prohibido que lo
llamara bueno antes de tiempo. Si Jesús es «lo bueno», bien vale
abandonarlo todo por seguirlo. Si él ahora es capaz de quedarse
con Jesús aun dejando sus riquezas para bien de los pobres, entonces
sí reconocía a Jesús como bueno, como el bien de Dios, como
valor absoluto.
El
joven bajó la vista y se marchó entristecido. Por primera vez en su
vida, a pesar de que siempre se había creído fiel cumplidor de
la ley divina, comprendió que para él «lo bueno» eran sus
riquezas. Allí estaba su corazón y no se sintió con fuerzas para
desprenderse de lo menos bueno por lo más bueno. Como judío
piadoso que era, seguramente que alguna vez había escuchado el texto
del libro de la Sabiduría que hoy hemos recordado en la primera
lectura: «La preferí [la sabiduría] a los cetros y a los
tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No le
equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un
poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro. La
preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.» Y como judío que era, también
creía que las riquezas eran el signo de que Dios amaba a una
persona; en cambio, la pobreza era la señal del abandono de Dios.
Ahora,
frente a Jesús, comprendió en toda su dimensión el texto sagrado: Si
nuestro único bien, si nuestra riqueza suprema es Dios y su
palabra, ¿cómo no estar dispuestos a perder todo lo demás si es
un obstáculo para conservar lo único realmente bueno? No hay
duda de que la frase que le dirigió Jesús era para ser interpretada en
sentido literal. Jesús le pidió -al igual que a los demás
apóstoles- que se desprendiera de todo, que diera el dinero a los
pobres y que después lo siguiera. ¿Por qué Jesús tuvo esta
exigencia? La primera respuesta es: porque lo amaba. Si los
judíos pensaban que el signo del amor de Dios eran las riquezas, ahora
la buena noticia revelaba que el signo de ese amor es Jesús, el
Hijo de Dios, dado a los hombres como salvador. Y Jesús nos trae
la total liberación interior, aun la liberación del corazón frente
a las cosas y sus preocupaciones. Sabemos por los escritos del
Nuevo Testamento que los apóstoles siempre conservarán ciertos
bienes e incluso -como enseña Pablo- que tendrán derecho a recibir
algo de la comunidad como recompensa por su dedicación exclusiva,
pero a partir de su elección por Cristo, han adquirido la
libertad del corazón que los volverá libres para tener o para
desprenderse de las riquezas.
Han
aprendido que el bien supremo es este evangelio, esta sabiduría de Dios
revelada en Cristo; esto es «lo bueno» en la vida del creyente.
En adelante, tener o no tener es relativo. Si se tiene, es lo
mismo que si no se tuviera, pues se está dispuesto a compartirlo con
los demás; si no se tiene, no se lo toma como una preocupación
angustiante...
Los
bienes materiales, de por sí, no son buenos ni malos. Pero se hacen
malos cuando los transformamos en el objetivo de la vida, en lo
único bueno. Toda la historia humana muestra hasta la saciedad
cómo las riquezas endurecen el corazón del hombre y lo hacen
insensible ante el dolor del prójimo, incluso de los propios padres,
familiares y amigos. El mismo evangelio nos trae el caso de Judas,
quien, por amor al dinero, entregó a su amigo y maestro. ¿Y
quién no conoce algún ejemplo de este endurecimiento del
corazón por amor al dinero? Por dinero se venden armas y se hacen
la mayoría de las guerras, a pesar de su costo de millones de
víctimas inocentes; por amor al dinero, pueblos enteros son
sumidos en la más espantosa miseria, mientras otros son esclavizados;
por amor al dinero surge a menudo la infidelidad matrimonial, el
abandono de los hijos, y se rompen viejas amistades.
No
es extraño, pues, que cuando Jesús quiere poner a prueba al discípulo
para ver si realmente es un hombre nuevo, le pregunte: ¿Eres
capaz de dejar tus riquezas por algo que crees mejor? Alguien
podrá preguntar: ¿Y a todos se nos exige esta total renuncia? La
respuesta no puede ser sino positiva, mas, para entenderla, antes es
necesario comprender lo que significa la libertad interior del
corazón.
A
la mayoría absoluta de nosotros no se nos exige que vivamos en la total
pobreza. Al contrario, entendemos que es nuestro deber disponer
del trabajo que nos permita ganar el dinero suficiente para
sostener a nuestra familia y prever un futuro prometedor. Si todos
vendiéramos mañana nuestros bienes y diéramos el dinero recaudado a
los pobres, al cabo de muy poco tiempo el país acabaría sumido
en la más espantosa miseria.
En
efecto, lo que Jesús propone no es un programa económico-social, sino
una actitud del corazón; es decir, que tengamos nuestros bienes y
dinero, pero haciéndonos la cuenta con toda lealtad de que ese
bien pertenece a toda la comunidad, particularmente a los pobres. De
más está decir que los primeros pobres o necesitados son nuestros
hijos; pero sucede a menudo que nuestros bienes exceden largamente
la necesidad familiar, y entonces la libertad frente a los bienes
y nuestro ideal evangélico nos deben impulsar a compartirlos con
los que tienen menos o nada tienen.
Es
decir: el auténtico cristiano debe vivir este evangelio como una
realidad. No lo hará ciertamente «vendiendo sus bienes y
repartiendo el dinero», pues hoy ese método no serviría ni
siquiera para resolver el problema de los pobres. Todos entendemos,
por ejemplo, que quien tenga una fábrica con doscientos obreros,
cumpliría pésimamente el evangelio si vendiera su fábrica y
repartiera el dinero entre los pobres que, al cabo de un tiempo,
sin dinero y sin trabajo, estarían peor que antes.
El
amor a los pobres tiene hoy una forma de realizarse distinta a la de los
tiempos de Jesús. Pero el espíritu del evangelio es el mismo: el
cristiano, desde el momento en que hace su opción por Jesucristo
y por el Reino de Dios, demuestra la sinceridad de esa elección
compartiendo sus bienes con los más necesitados. Lo podrá hacer con un
método o con otro; pero su corazón debe estar desprendido de sus
bienes, ya que no son bienes... y en ese desprendimiento sigue a
Jesús como bien supremo.
2.
La libertad ante las riquezas
Al
escuchar todo esto, también nosotros -como los apóstoles- nos
quedamos sorprendidos y -ante la frase de Jesús de que «es
difícil que los ricos entren en el Reino de Dios»- también
podemos preguntar: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Es la
pregunta que se hacen los hombres que aún no han descubierto al
hombre-nuevo que debe nacer en ellos; todavía no sienten la
alegría de vivir interiormente libres frente a esto o lo otro; no
sienten la libertad de amar ilimitada y totalmente. Pero Jesús -que
vivió esta libertad y que por amor a los hombres pecadores se
hizo pecado por ellos- pudo responder sin mayor angustia: "Es
imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo".
Ahora
alguno dirá: Si esto sólo es posible para Dios y no para los hombres,
entonces será muy difícil cumplir este evangelio. Si seguimos
aferrados a las riquezas como bien supremo, entonces es cierto. Pero si
comenzamos a aferrarnos a Dios como «lo bueno de la vida», como
nuestra riqueza esencial, entonces también para nosotros es
posible.
En
otras palabras: hay dos criterios en relación con las riquezas y los
bienes materiales. El criterio humano corriente es que las
riquezas son el valor por excelencia y la fuente de la felicidad:
«Dime cuánto tienes y te diré quién eres.» El dinero es el dios al
que se adora día y noche. Para quien viva de acuerdo con este
criterio, es lógico que este evangelio le resulte absurdo y
ridículo. Y está el criterio de Dios: el bien por el que debemos
luchar día y noche es el Reino de Dios, reino de justicia, de
amor y de paz; reino de libertad, en el que la persona humana vale
por sí misma y no por lo que tiene.
Es
el reino del hombre nuevo que sabe que la felicidad no está en las
cosas sino en uno mismo. Para quien viva con este criterio, el
evangelio de hoy es fuente de gozo y paz. Debe luchar por su
subsistencia al igual que todo el mundo; pero no se esclaviza al trabajo
ni al dinero. No adora a la riqueza y tampoco adora a la pobreza.
No es un fanático del tener, como del no-tener. Sencillamente es
libre, y con libertad dispone de sus cosas. Con libertad ama y siente la
felicidad del amor; y por ese amor, puede tener o no tener... Por todo
lo dicho, parece deducirse que alguien no es rico por el solo hecho de
tener bienes, sino por apegarse a ellos como objetivo supremo; ni
tampoco alguien es pobre por el solo hecho de no tener nada, pues
aun en esta situación se puede seguir considerando que las
riquezas son un bien por sí mismas y la fuente de la felicidad. Pero
también es cierto que muchos cristianos, partiendo del hecho de que se
puede ser pobre de espíritu aun teniendo grandes riquezas, se
quedan en esta sola reflexión y se olvidan de que la señal de
que somos pobres de espíritu es el desprendimiento de las propias
riquezas para compartirlas con toda la comunidad. Es muy difícil que
alguien pueda considerarse libre ante las riquezas si jamás en su
vida logró desprenderse de nada por amor a los demás... De ahí
la invitación de Jesús y la prueba a que nos somete: Si queremos
ser discípulos auténticos, probémoslo con algo concreto. Si decimos
que hemos optado por Jesús y el Reino de Dios, renunciemos a algo
por esto nuevo que hemos elegido.
También
descubrimos que este evangelio, no solamente no se opone a la doctrina
social de la Iglesia, sino que es su fundamento. Pues, ¿cómo
podrá darse una justa y mejor distribución de los bienes, si
aquellos que los poseen en su casi totalidad no son capaces de
desprenderse de ellos por amor a los necesitados? El cristiano no es un
fanático de la pobreza, y menos de la miseria; pero sí debe
serlo de la justa distribución de los bienes, considerados como
un bien común antes que privado. No deseamos ser pobres, pero sí
que haya menos pobres, y para eso hace falta que los ricos sean menos
ricos. Si optáramos por el evangelio del Reino de Dios, no estaríamos
tan angustiados porque tenemos mucho o porque tenemos poco, pues
el evangelio sustituye al verbo "tener" por el verbo
«compartir». Quien mucho tiene, puede compartir lo mucho; y quien
tiene poco, lo poco. Ojalá pudiéramos tener más para compartir
más... Lo cierto es que el tener más suele endurecer el corazón y
anestesiar nuestra memoria y nuestros buenos deseos. En cuanto
tenemos mucho, nos olvidamos del evangelio, de los pobres y de
tantas hermosas reflexiones...
Estuvo
muy oportuno, pues, Jesús al habernos puesto sobre aviso. El
cumplimiento de la ley que no va acompañado por un real
desprendimiento de nuestros bienes corre el riesgo de ser una
trampa: se puede adorar el dinero cumpliendo los diez mandamientos... Y
una Iglesia que anuncia este evangelio y que no comparte realmente sus
bienes materiales con la comunidad, también corre el peligro de
convertirse en una caricatura de la Iglesia de Jesucristo. El
Señor nos llama a la libertad interior. Que ningún bien material nos
impida amar o amar más. Si realmente vivimos con esa libertad del
corazón que otorga la fe, aun los bienes materiales y las
riquezas serán la ocasión de manifestar a los hombres pobres que
los amamos.
SANTOS
BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B, 3º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978Págs. 315 ss.

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