EVANGELIO

El Reino de Dios no está vinculado a ninguna nacionalidad, a ninguna raza, a ninguna cultura. Por eso, muchas quejas sobre las crisis de fe deberían dar paso a reflexiones sinceras sobre la propia culpabilidad en el supuesto derrumbamiento de la fe de un pueblo o de una civilización determinados.

El vino nuevo, fruto de la viña de Dios, es la sangre de Jesucristo. En la medida que comulgamos de la Eucaristía, somos sarmientos vivos injertados en la cepa, que es el Señor.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 21,33-43.

En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo:

—Escuchad otra parábola:

Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.»

Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.»

Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo ataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?

Le contestaron:

—Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Y Jesús les dice:
—¿No habéis leído nunca en la Escritura:

«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»?

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.