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HOMILÍAS MÁS
PARA EL DOMINGO XXVI
(12-22)
1. El pluralismo
En nuestra sociedad y en la iglesia se habla hoy mucho de pluralismo, de respeto a todas las ideologías y formas de interpretar la realidad. Sin embargo, este naciente pluralismo está creando fuertes tensiones en la sociedad y en las comunidades cristianas, tanto más fuertes cuando más rígidos han sido el centralismo o el unitarismo padecidos.
Admitir el pluralismo supone tener conciencia de la relatividad de la verdad, de la laboriosidad de la unidad, de la transitoriedad de las situaciones, aunque ello provoque ansiedad, angustia e inseguridad en el ser humano. La uniformidad es el fruto de la comodidad y de la alienación de los que obedecen y de la manipulación de los que mandan.
La fuerza del Espíritu de Dios está más allá de los monopolios, de las instituciones y de las iglesias. Dios es siempre "más". A pesar de hablar mucho de pluralismo, es la intolerancia, el exclusivismo, la pretensión de monopolizar a Dios... los que predominan en la sociedad y en la iglesia. La tentación de pensar que Dios y Jesús son una propiedad nuestra, de identificar a Dios y el bien de la iglesia con el propio grupo, con la propia forma de hacer las cosas, con las propias ideas de un modo exclusivista, que el Espíritu sopla sólo en quienes piensan como nosotros..., es constante.
No podemos dejar de reconocer que los cristianos hemos caído a menudo en este pecado. Fácilmente desconfiamos -y condenamos- del pensamiento, de las iniciativas o de la acción de los no cristianos. La causa más superficial de las tensiones en la iglesia es la diversa manera de pensar, fruto de la formación religiosa recibida, lo que se manifiesta fundamentalmente en las distintas edades de los cristianos: es muy diferente en los mayores y en los jóvenes, por ejemplo. Cuando la causa es únicamente la formación recibida, podemos creer en la buena voluntad.
Las cosas se complican cuando entran otros intereses: cuando los jóvenes hacen "su" religión, "su" vida, "su" conveniencia.... quitando todo lo que les molesta y les complica y criticando a los adultos porque hacen otro tanto; cuando los adultos pretenden, ante todo, defender sus privilegios, sus negocios, sus conveniencias, sus posiciones, sus egoísmos, sus seguridades... y lo enmascaran con la defensa de la verdad, de la que pretenden tener el monopolio y la única expresión posible. Otra causa de la intransigencia es el celo desmedido por guardar la pureza de la fe, como si para conservarla tuviéramos que expresarla siempre con las palabras intocables del pasado. También la envidia a que otros posean lo mismo o más que nosotros. Pero la causa mayor de la intransigencia quizá sea la lucha que han desatado los que se sienten perjudicados y atacados contra los que pretenden desmontar el cristianismo burgués sobre el que está edificada nuestra iglesia de Occidente; lo mismo que en el campo social tratan de impedir el logro de una sociedad justa y fraterna todos los que se verían perjudicados en el cambio.
La comunión entre las iglesias, entre las naciones, entre los pueblos y comunidades no está en la uniformidad, sino en el amor, fruto de la justicia y de la libertad. Es necesario admitir un pluralismo en todos los ámbitos: por la complejidad de la verdad, de la que cada uno tenemos una parte; por el respeto a las libertades legítimas de los individuos y de los grupos; por la independencia del Espíritu en su manifestación en todo esfuerzo humano que lleve como marca la solidaridad universal.
Todo lo dicho no quiere decir que todos los pluralismos sean verdaderos, aunque no seamos cada uno de nosotros los que podamos decir cuáles no lo son. Son inviables los que no busquen como fin último el bien de todo el hombre y de todos los hombres; que para un cristiano significa todo lo que no tenga como norma el camino que marca el evangelio, aunque no se sepa, pero teniendo cuidado, porque se han presentado -y siguen presentándose- muchas exigencias como evangélicas que no tienen nada que ver con los planteamientos de Jesús.
El pluralismo no puede llevarnos a pensar que todo es igual, a relativizar la fe, a hacer de la religión lo que nos venga en gana. Sí a verlo todo y quedarnos con lo bueno (/1Ts/05/21). Todo lo bueno que existe en el mundo lleva la misma dirección: el bien, que para un creyente se llama también Dios. Un bien que no es verdadero mientras no abarque a toda la humanidad por igual. Lo mismo lo que sea justo... Todo tiene su plenitud en Dios, que es la verdad, la justicia...
2. No podemos monopolizar a Dios ni a su enviado
Este pasaje evangélico descalifica todo intento de monopolizar a Dios, a Jesús o al Espíritu. Y consagra todo pluralismo legítimo. El suceso a que Juan se refiere no es impensable en tiempos de Jesús, pues sabemos por otras fuentes (Flavio Josefo) la existencia de exorcistas judíos que empleaban ciertas oraciones y prácticas mágicas para expulsar demonios -curar enfermedades-. El libro de los Hechos de los Apóstoles (8,18-19) nos dice que un tal Simón el Mago quiso comprar a Pedro la facultad de hacer milagros, ofreciéndole dinero. Juan, uno de los discípulos más allegados a Jesús, se dirige al Maestro para contarle el encuentro que han tenido con un exorcista que utilizaba su nombre para expulsar demonios. Personifica la actitud natural del hombre preocupado exclusivamente de reclutar adeptos para el propio grupo y que, por ello, no tiene en consideración a los que quedan al margen o no quieren enrolarse.
No se dice nada de quién era el exorcista. A los evangelistas les interesa solamente poner de relieve la apertura que la comunidad cristiana debe tener con los que, no perteneciendo expresamente a la iglesia, demuestran hacia Jesús una actitud de simpatía y acercamiento. Ya había surgido en el seno de las primeras comunidades cristianas la tentación de monopolizar y fijar las características y condiciones que debían tener los verdaderos seguidores de Jesús.
Como los discípulos tenían éxito expulsando demonios en nombre de Jesús -aunque no siempre (Mt 17,19-20; Mc 9,28-29; Lc 9,40)-, uno de aquellos exorcistas intentó expulsar demonios también en nombre de Jesús, aunque no pertenecía al grupo de sus discípulos. La invocación del nombre del joven galileo era eficaz también en los que estaban fuera de la comunidad. Se lo quieren impedir, pero sin éxito. Y quedan inquietos, consideran su posición al lado de Jesús como un privilegio que los coloca por encima de los demás. Lo que hace el extraño merma su grandeza. Quieren dominar, no servir. ¡Qué frecuente es ponernos en contra de alguien y considerarlo enemigo sencillamente porque hace cosas que nosotros no sabemos o no queremos hacer! La envidia, muchas veces enmascarada bajo la bandera de pretender defender la ortodoxia, manifiesta la propia impotencia. ¡Cuántas condenas no son más que la demostración de nuestra propia incapacidad, el camuflaje de nuestros fallos y de nuestra pereza!
"No es de los nuestros". El orgullo de los discípulos se expresa en la pretensión de tener, en cuanto grupo, el monopolio absoluto de Jesús. Grave peligro de todo grupo: juzgar a una persona o una actuación según sea o no del propio grupo, sentir la necesidad de afirmar el propio grupo por oposición, distinción o separación de los demás. Este es "de los nuestros" y aquél no. Los nuestros son los buenos; los demás, los malos. Las faltas de los nuestros son justificables, las de los demás son de una extrema malicia. Las cosas buenas de los demás tampoco son tan buenas y se llegan a negar... Nos cuesta aceptar que las organizaciones de "los otros" tengan resultados positivos. ¿Será mucho pedir que el nombre de Jesús lo usemos "para" y no "contra", que su evangelio lo utilicemos, más que para defender posiciones, para dilatar los espacios del reino?
Detrás de la protesta de Juan se ve con claridad ese egoísmo de grupo, tan frecuente; ese mezquino miedo a la competencia que suele enmascararse de fe, pero que es en realidad uno de sus más profundos desmentidos. El discípulo mezquino e inseguro soporta mal que el Espíritu sople donde quiere. ¿No debe estar sólo en nuestras manos, de tal forma que aparezca con claridad que únicamente nosotros somos sus legítimos transmisores? Es un problema de siempre (Núm 11,25-29).
Los auténticos seguidores y amigos de Dios se gozan en la libertad del Espíritu. No se sienten desairados porque buscan en todo los intereses de Dios, al que aman, y no los propios. Y esto es lo importante: que el bien se abra camino. El orgullo es algo muy sutil. Es fácil verlo en los demás, pero no en uno mismo.
3. "No se lo impidáis" Jesús, después de haberles explicado (capítulo anterior) quién es el más grande en el reino de los cielos en el plano individual, con la respuesta que les da a continuación invita a sus discípulos a no atribuirse importancia ni siquiera como grupo seguidor suyo. Les llama -y nos llama- a la sinceridad, a dejarse criticar constantemente por las opciones distintas a las suyas, a darse cuenta de que él es más que sus interesadas interpretaciones, a aprender a vivir respetuosamente con todas las opciones, alentando y apoyando todo lo que en ellas haya de bueno.
"No se lo impidáis..." Pobres discípulos: no dan una. Es la enésima demostración de lo lejos que están del Maestro. Les corrige su celo imprudente y les pide que toleren todo lo bueno que se haga en su nombre fuera del círculo reducido de los que le siguen a todas partes. Quienquiera que trabaje por Jesús y por su obra no debe ser impedido, aunque no pertenezca al grupo.
Y les dice el porqué: "Uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí". Les exhorta a reflexionar: si uno expulsa los demonios -hace el bien, implanta la justicia, cura las enfermedades- en su nombre, únicamente puede hacerlo a través de la fuerza del Espíritu, nunca por una especie de fórmula mágica que funcione automáticamente. Por lo que es absurdo suponer que pueda después hablar mal de él. De otra forma, el Espíritu actuaría contra sí mismo. Así Jesús establece una unión entre la acción ejercida en su nombre y las palabras sobre él. Les indica que hay otras formas de estar a su favor, de ser de los suyos, que deben ser respetadas. Todo hombre que hace el bien vive según el Espíritu, esté donde esté.
Pero también es verdad que no todos los intentos de liberación pertenecen a Cristo; sólo le pertenecen los que se hacen "en su nombre", es decir, los que se hacen de acuerdo con sus planteamientos, sin olvidar que el "nombre" no indica el recinto -el grupo, la comunidad o la iglesia-, sino la lógica -el trabajo hecho en bien de los demás-. Al exorcista no deben considerarlo como un extraño o un enemigo, puesto que invoca su "nombre", sino como un aliado.
Lo importante es lo que se haga y se viva, se realice consciente o inconscientemente, en nombre de Jesús. Nombre tan universal que no puede confundirse con ningún tipo de institución ni con ninguna formulación. La iglesia no puede pretender el monopolio de Cristo. Jesús es más que la iglesia, desborda las fronteras de ésta. Por eso, sin renunciar a pertenecer a la iglesia, debemos evitar descalificar a la buena gente que a su manera se inspira en el Mesías, reconocer todo lo bueno que hay en los demás, alegrarnos por ese bien y ser vínculos de paz y de unión.
Ser fieles seguidores de un Dios inmensamente misericordioso y universal. Abramos los ojos: en muchos de "fuera" está actuando hoy eficazmente el Espíritu que inspira el reino de Dios, el Espíritu de Cristo. También lo contrario es una desgraciada evidencia. "El que no está contra nosotros, está a favor nuestro". Lucas no habla de "nosotros", sino de "vosotros", excluyendo a Jesús del proverbio. Prefiere dejar más clara la diferencia entre él y los cristianos, evitar las identificaciones.
El origen de esta frase parece que está en un proverbio que se había hecho popular desde la guerra civil de los romanos: "Te hemos oído decir que nosotros (los hombres de Pompeyo) tenemos por adversarios nuestros a todos los que no están con nosotros, y que tú (César) tienes por tuyos a todos los que no están contra ti". Aquí Jesús da la razón al dicho del César, para indicarnos la actitud que debe tener la iglesia ante los valores de los hombres que permanecen fuera de ella. Esta frase está en aparente contradicción con otra de Jesús que dice: "El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama" (/Lc/11/23; /Mt/12/30). Son las diferentes situaciones las que explican la diferencia de las afirmaciones. Cuando Jesús pronuncia esta segunda fórmula, mucho más rigurosa, está enfrentado a una total incredulidad y mala fe: algunos dirigentes religiosos lo han llegado a comparar con "Belcebú, el príncipe de los demonios" (Mt 12,24; Lc 11,15). Aquí Jesús se refiere expresamente a sus seguidores para subrayar la radicalidad del compromiso: o estáis totalmente conmigo o estáis en contra; no se puede hacer trampa. Ambos textos tienen algo común: en ningún caso es admisible la neutralidad. Nadie puede permanecer neutral ante el anuncio del reino.
Ante la realidad socio-económica de unas masas populares oprimidas y de unos pueblos sometidos no caben actitudes neutras, no hay "tierra de nadie". Y de entre los que luchan junto al pueblo nadie puede pretender la exclusiva de la revolución que vaya haciendo posible la llegada del reino de Dios.
Una comunidad cristiana debería siempre tratar de descubrir, con gozo, quiénes están "con nosotros" entre los muchos que "no son de los nuestros"; y, con tristeza, quiénes "no están con nosotros" entre los que se dicen "de los nuestros". El Espíritu es amor, libertad, justicia... Espíritu que está llamando a todas las puertas, sin exclusivismos de ninguna clase.
4. Habrá recompensa "El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa". Mateo incluye estas palabras al final de su segundo discurso: Misión de los Doce (Mt 10,42). Nos habla de recompensa, pero no como algo que podamos reivindicar como un derecho, sino como un fruto de la benevolencia de Dios. El que obrara por ella mostraría no actuar por Dios, sino por sí mismo. El hecho de seguir a Cristo puede autorizar a exigir "un vaso de agua" -lo indispensable para vivir, al no poderse dedicar a otros asuntos por tener el tiempo totalmente ocupado en ese seguimiento-, nunca a aprovecharlo para acumular bienes y prestigio en este mundo de la vanagloria. Es tan importante esto, que posiblemente tendrá también su recompensa el que, habiendo ofrecido el "vaso de agua", haya negado al discípulo una reverencia, una distinción, un primer puesto en el "teatro" del mundo. Un "vaso de agua" porque se va de camino y hace falta para seguir adelante. Lo demás hay que negarlo: es un estorbo, un impedimento a la fidelidad del seguimiento.
FRANCISCO
BARTOLOMÉ GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 3
PAULINAS/MADRID 1985.Págs.
136-142
13.
1. Escandalizar a los "pequeñuelos"
Los tres sinópticos recogen la misma doctrina sobre el escándalo, aunque en momentos distintos. En el mundo habrá escándalos, dada la condición humana, pero desgraciado del que escandalice a un "pequeñuelo".
El escándalo nace de la idea humana de un mesías triunfador y autoritario (Mt 16,23; Mc 8,33). Idea que justifica la pretensión de imponerse sobre los demás. Según Mateo y Lucas, Jesús agrega: "Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca!" Contempla la situación del mundo de un modo realista; pero advierte a los seductores que el Padre está decidido a proteger a los que creen en él.
La fe de la gente sencilla, de "los pequeños", es un bien que ningún hombre puede robar impunemente. La imagen de un hombre que se ahoga en el mar con una piedra de molino encajada en el cuello resultaba de un particular dramatismo para los hebreos, dada su mentalidad de considerar la muerte por ahogamiento como la más abominable y el mar como morada de lo diabólico.
El amor al prójimo exige desearle el bien. Por el escándalo se le empuja al mal moral, que es el pecado; por lo que es preferible ser sepultado en el mar. El bien moral del prójimo vale más que la vida física propia. No se trata de sentencias condenatorias inapelables, pero son palabras que pintan a la perfección la terrible realidad de un hecho. Será siempre de una extrema gravedad poner en peligro y destruir la fe en el corazón de los hombres sencillos. ¿Quiénes son los pequeños? Es el discípulo continuamente perturbado en su fe, no sólo por la sociedad, sino también por su misma comunidad, incluso por aquellos que pretenden ser sus maestros. Son todos aquellos a los que los rabinos trataban con desprecio por ser "inmaduros"; los simples fieles, incapaces de soportar los manejos de los "maduros". ¿Quién puede decir que tiene una fe adulta? ¿No serán "pequeños" todos los hombres de buena voluntad, los destinatarios de las bienaventuranzas? Toda comunidad debe crear un ambiente que facilite el crecimiento en la fe de los "pequeños".
2. Los irreprochables
Según lo dicho hasta ahora, ¿quiénes no pueden ser considerados "pequeños", qué no puede ser computado como "escándalo"? No son "pequeños" los individuos y los grupos que se consideran a sí mismos como únicos verdaderos creyentes y pretenden imponerse a todos los demás. Más que seguir a Jesús, están atados a su propia mentalidad, a sus propias costumbres, seguridades e inercias. En su boca, la defensa de la fe es sólo un chantaje para imponer a todos su inmovilismo, su aburrimiento y sus intereses. Son modelo de cumplimiento externo, de respeto a la autoridad que ellos mismos representan. Irreprochables, inatacables, irreprensibles. Siempre están "a punto". No hay nada que les ponga en crisis, que les haga dudar de sus ideas, que les remuerda con fuerza. Se dedican a la conversión... de los demás. No saben decir: "No sé", "no estoy seguro"... Tienen siempre la respuesta "exacta" a todas las preguntas que podamos formularles. Son tan "fieles", que obligan a buscar por otra parte. En tiempos de Jesús eran los dirigentes religiosos los que engrosaban en gran medida las filas de estos prohombres.
3. Cada hombre es escándalo para sí mismo
Jesús considera a continuación -según Marcos y Mateo- otro tipo de escándalo: el que nace dentro de nosotros mismos. Cada hombre es escándalo para sí mismo, lleno como está de vacilaciones, compromisos y excusas demasiado fáciles. Y alude a la mano, al pie y al ojo como ocasiones de escándalo. Nos indica que la posibilidad de caída del hombre en lo malo no está provocada únicamente por los otros, sino también por la propia naturaleza corpórea. La mano y el pie son los instrumentos de la actividad y del movimiento; el peligro nace, pues, de la mala actividad o de un camino errado; el ojo en la comparación representa el mal deseo.
Las palabras de Jesús son durísimas: si es necesario, hay que cortarse la mano o el pie o sacarse el ojo. Y hemos de tener en cuenta que cuando se escribió esto las persecuciones de Nerón hacían estragos o iban a hacerlos pronto. En esas condiciones, estas palabras resonarían como fortísima llamada a la fidelidad, pasase lo que pasase, aunque fuera al precio del martirio. Ante el valor máximo de entrar en la vida, cada uno tiene que ser capaz de tomar una decisión personal y radical, debe romper con cualquier obstáculo que se oponga a la entrada en el reino, el único valor absoluto para el hombre. La plena realización humana -que llamamos salvación en lenguaje religioso- o seguimiento de Jesús plantea exigencias tan totales, que hay que estar dispuestos a cualquier sacrificio, a cualquier despego. No entrar en el reino futuro equivale para el hombre a fallar el objetivo trascendente que se le ha señalado, lo que supone la pérdida más espantosa que le puede suceder al ser humano.
Los miembros del cuerpo no son mencionados como algo despreciable, sino como las cosas más preciosas que posee el hombre. Si uno está dispuesto a perder una mano, o un pie, o un ojo... por la salvación de todo el cuerpo -operaciones quirúrgicas-, mucho más por la salvación-liberación, por ser hombre verdadero. Siempre debe ser sacrificada la parte por el todo. Es evidente que no se trata de cortarnos la mano o el pie o de sacarnos un ojo. Se trata de la necesidad de seguir de cerca a Jesús, aunque para ello tengamos que asumir decisiones muy dolorosas, aunque seguirle nos lleve a perder la vida en el empeño.
4. La "gehenna"
"Gehenna" se traduce habitualmente por "infierno". Se encontraba al sur de Jerusalén. En este lugar antiguamente, bajo los reinados de Acaz y Manasés (siglos VIII y VII antes de Cristo), se habían ofrecido sacrificios a las divinidades paganas, incluso de niños y niñas. Por esa razón los profetas habían lanzado terribles amenazas. Posteriormente se extendió la creencia de que aquel valle sería teatro del juicio universal. Después, poco a poco, la "gehenna" se había convertido en lugar de castigo para los condenados. En tiempos de Jesús, los hebreos, por desprecio, la habían convertido en vertedero público, en el que eran quemados los desechos hasta destruirlos. La cita de Jesús -en Marcos- está tomada del profeta Isaías (Is 66,24): "Echado al abismo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga".
El lenguaje de Jesús es metafórico, se sirve de una imagen familiar a los que le escuchaban. No debemos sacar de aquí pistas relativas a las penas infernales o sobre la vida del más allá. Según la creencia judía, sólo podían contemplar el rostro de Dios los llamados siete ángeles del servicio divino. Más tarde, para subrayar la trascendencia divina, se pensó que ni siquiera éstos podían verlo. "Tened cuidado con despreciar a uno de esos pequeños, pues os digo que sus ángeles contemplan sin cesar la cara de mi Padre que está en los cielos" (Mateo). Con estas palabras Jesús quiere decirnos que los pequeños son los más importantes de los hombres, que lo que les ocurre a ellos tiene resonancia inmediata ante el Padre del cielo.
FRANCISCO
BARTOLOMÉ GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 3
PAULINAS/MADRID 1985.Págs.
143-146)
14.
1. «El que no está contra nosotros está a favor nuestro».
El evangelio tiene dos partes (Mc 9,38-42 y 43-48). La primera habla de lo que es admisible, tolerable; la segunda de lo que es intolerable. Tolerable es que alguien que no pertenece a la comunidad de Cristo haga algo saludable en nombre de Jesús. El que apela a este nombre no es fácil que haga algo contra él. La comunidad tiene que saber esto: el pensar y el obrar cristianos se dan no solamente en ella.
Dios es lo suficientemente poderoso como para suscitar una cierta actitud cristiana -el vaso de agua ofrecido- también fuera de la Iglesia, y para recompensar al bienhechor por ello. Intolerable es, por el contrario, que alguien, desde dentro o desde fuera de la Iglesia, se convierta en seductor de personas espiritual o moralmente inseguras («uno de estos pequeñuelos»). Su «superioridad» espiritual, con la que trata de seducir al creyente sencillo, es satánica y merece la aniquilación inmisericorde. Pero el hombre puede también seducirse a sí mismo: en la mano, en el pie y en el ojo se encuentran los malos deseos; en este caso hay que ser tan inmisericorde consigo mismo como con el seductor mencionado anteriormente. Hay que destruir lo que seduce; dicho simbólicamente: el miembro que hace caer hay que cortarlo. Un hombre espiritualmente dividido no puede llegar a Dios, lo antidivino en él pertenece al infierno.
2. «Habían quedado en el campamento dos del grupo».
Las dos lecturas pueden entenderse como aclaraciones de la primera y de la segunda parte del evangelio. Primera lectura: dos de los setenta ancianos designados por Dios, sobre los que debía descender el Espíritu, no habían salido del campamento con Moisés, sino que habían permanecido en él. Entonces el Espíritu se posó también sobre ellos y se pusieron a profetizar. Josué quiere impedírselo, pero Moisés deja hacer al Espíritu; lo mejor para él sería que todo el pueblo recibiera el Espíritu. Al Espíritu, que «sopla donde quiere», no se le pueden imponer barreras desde fuera. Su orden no siempre coincide con el orden eclesial, aunque sea el mismo Espíritu el que prescribe el orden eclesial y la Iglesia tenga que atenerse a él. Pero la Iglesia tampoco puede hacerse de las libertades del Espíritu una regla para sus propias licencias y tolerancias. Los pensamientos de Dios están muy por encima de los humanos, que deben atenerse a los mandamientos de Dios.
3. «Vuestra riqueza está corrompida».
La segunda lectura desenmascara algo que es cristianamente intolerable: la riqueza que engorda con el jornal defraudado a los obreros y que no renuncia a su avidez aunque el día del juicio esté cerca (aquí llamado «día de la matanza»), la riqueza «corrompida», el oro y la plata «herrumbrados». El justo, a costa del cual se enriquecen los poderosos, es, en términos veterotestamentarios, el «pobre de Yahvé», y en términos neotestamentarios es Jesús y el que sigue a Jesús, el que no ofrece resistencia, el que, como cordero llevado al matadero, no abre la boca.
HANS URS von
BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales
A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág.
195 s.
15.
1. La mirada generosa del Espíritu
Muchas son las ideas que hoy pueden ser reflexionadas, por lo que seleccionaremos algunas que creemos más oportunas. Si hemos estado atentos, habremos visto que hay una gran similitud entre la primera lectura y el evangelio: en ambos casos, en efecto, Dios obra al margen del pequeño círculo de los elegidos, con los consiguientes celos de éstos. Así, Moisés se reunió con un grupo de ancianos para que recibieran el espíritu del Señor y se pusieran todos a hablar en éxtasis. Mas he aquí que otros dos que no estaban en el grupo también lo hicieron, lo que provocó los celos de Josué.
La respuesta de Moisés es magnífica: "¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!" En el relato evangélico sucede algo semejante: un desconocido expulsa demonios en nombre de Jesús y con muy buen resultado. Los apóstoles se sienten heridos en su amor propio de grupo privilegiado, pero se encuentran con el espíritu amplio de Jesús: Que no se lo impidan, pues nadie puede hacer tal cosa y estar contra Cristo y su gente; ya que quien no está contra ellos, está con ellos.
Dos cosas nos llaman la atención en ambos relatos: Primero: el pequeño grupo de los que creen, de los religiosos, de los dedicados al apostolado, se sienten los dueños del Espíritu de Dios y sus únicos depositarios. Creen que lo recibido gratuitamente de Dios les pertenece de forma exclusiva como si fuese su propiedad privada. Todos sabemos por experiencia que esto es algo muy real y de todos los días.
Permanentemente nos comparamos con los otros -a los que suponemos fuera del Reino de Dios porque no están visiblemente con nosotros- y nos creemos superiores, los únicos buenos y virtuosos. Como lo comprobábamos en domingos anteriores, también la fe puede ser la ocasión para elevar nuestro orgullo y nuestra ambición. Pensamos que la fe nos da derechos y privilegios, y la asumimos de forma exclusivista, es decir: con la pretensión de dejar afuera al resto de la humanidad. De esta forma, nuestro modo de pensar y de obrar contradice radicalmente el pensamiento y la obra de Dios.
Moisés le pregunta a Josué si acaso se ha vuelto celoso... Son los celos enfermizos que nos acosan cuando nos acercamos a alguien importante y queremos usar con exclusividad los beneficios de su amistad o de su protección. El hecho mismo de tener estos celos indica que tenemos una fe con segundas intenciones, y nos movemos más por los beneficios que nos pueda aportar la religión que por su sentido de entrega a los demás.
Supongo que no hace falta ejemplificar demasiado cuando los ejemplos están a la orden del día, y todos sabemos muy bien cómo estos celos perjudican la vida comunitaria, crean resentimientos e impiden la expansión del Reino de Dios; sabemos cómo nos importa más nuestro amor propio que el Evangelio y cómo olvidamos al segundo en beneficio del primero.
Así, por ejemplo, suele suceder que en una comunidad un pequeño grupo de personas acaparen las principales tareas o responsabilidades, sin compartirlas con los demás, que así se van sintiendo marginados. Otros pretenden retener ciertos cargos considerados socialmente importantes; otros pasan por alto lo que hace otro grupo sin ser capaces de alentarlos, o sólo ven las deficiencias y los errores. Y, en general, constatamos que solemos ser bastante cerrados en nuestro pequeño grupo, considerando un gran honor el pertenecer a él y poniendo trabas para el ingreso de otros candidatos.
Como conclusión de este tipo de conducta: anteponemos nuestros intereses al bien común, nuestro grupito a la comunidad, nuestra comunidad a los intereses generales del país o de la Iglesia, etc. Esta fe -una mala fe- se pone al servicio de variadas formas de egoísmo, nos cierra al diálogo, nos vuelve engreídos y, como conclusión final, nos impide crecer con el aporte de los demás.
Lo más lamentable es cuando los cristianos nos dirigimos con ese mismo espíritu a los no cristianos, a los de otros credos o confesiones religiosas, o sencillamente a los que no creen. El orgullo religioso es tan peligroso como el orgullo social o político. Nos encierra en un pensamiento rígido y nos transforma en jueces implacables de los demás. Nos ciega para no ver el bien de los demás, impidiéndonos enriquecernos con el aporte de verdad y de bien que hay a nuestro alrededor. Hoy como nunca debemos tener en cuenta esta denuncia que nos hace tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: en nombre de Dios, de la fe, de la religión, de la piedad o de la Iglesia, podemos ser injustos con los demás, podemos herirlos, atacarlos y pretender destruirlos.
Todo esto ha sucedido y sucede. Detrás de muchas guerras de religión o de ciertas discusiones teológicas o de conflictos entre Iglesia y Estado, se suele esconder una posición personal de prestigio y de poder. Siempre es más fácil defender nuestro orgullo detrás de la aureola de santos o de mártires. Segundo: la respuesta que da Moisés («Es el mismo Señor quien les infunde su Espíritu») está relacionada con lo dicho por Jesús a Nicodemo: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes ni adónde va ni de dónde viene. Así es todo aquel que nace del Espíritu» (/Jn/03/08). El Espíritu de Dios no solamente tiene la libertad del viento, sino también la generosidad del viento, que sopla para todos por igual sin dejarse aferrar por nadie.
Así, dice Moisés, ojalá todos fueran profetas, escucharan la Palabra y la anunciaran. Y el profeta Joel anuncia la era mesiánica como el momento en que el Espíritu es derramado sobre todos, adultos y jóvenes, para que proclamen las maravillas de Dios (Joel 3), texto al que aludirá Pedro para explicar lo sucedido en Pentecostés (He 2,17-21). La conclusión de todo esto es clara: la obra de Dios no es egoísta; muy al contrario: respeta, descubre y valora cuanto de bueno hay en el mundo, porque todo proviene del mismo Espíritu. Los cristianos podemos estar seguros de que tenemos con nosotros el Espíritu y la Palabra de Dios, cuando somos capaces de descubrir la obra de ese mismo Espíritu más allá de las estrechas paredes de nuestro yo, de nuestro grupo, de nuestra Iglesia.
El auténtico hombre de Dios es abierto, generoso, de ideas amplias. No se empecina solamente en lo suyo -si bien lo considera auténtico-, sino que es capaz de valorar cuanto hay de auténtico en los demás; no se ahoga en nombres y etiquetas -católico, cristiano, ortodoxo-, sino que trata de descubrir el espíritu que está por dentro de la cosa. Si el Espíritu de Dios tiene tal generosidad, no pretendamos encerrarlo en un esquema determinado. Nosotros, por ejemplo, tenemos una forma occidental de comprender a Dios y a Jesucristo; pero reconozcamos que puede haber formas asiáticas, africanas o americanas. De la misma manera, otras filosofías y religiones pueden aportarnos mucho para comprender no sólo el sentido de la vida, sino hasta el mismo espíritu del Evangelio. Dios no es propiedad privada de los cristianos; El está por encima de nuestras categorías y divisiones. Su amor rebasa nuestros estrechos límites y conceptos. Su manera de obrar es más eficaz que nuestros calculados métodos; ni siquiera necesita de este sacramento, de esta Biblia o de este sacerdote para salvar a tanta gente sincera que jamás oirá hablar de Jesucristo o de la Iglesia. Es así como Jesús aplica para este caso particular cierto refrán en boga en aquella época y aplicable sobre todo en la política: "El que no está contra nosotros, está a favor nuestro"; y también afirma: «Uno que hace milagros en mi nombre (con mi poder) no puede luego hablar mal de mí.» El mismo Jesús reconoce, entonces, que su fuerza puede obrar fuera del círculo de los discípulos, quienes han de considerar a todos los hombres como amigos, salvo que hechos concretos hagan pensar lo contrario. Mientras exista en los demás recta intención y autenticidad de vida, no hay motivos para que pensemos que Cristo no obra en ellos.
Este punto de vista generoso de Jesús también se aplica al siguiente caso: "El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa". Lo importante es el vaso de agua dado generosamente a un hermano, con el cual Cristo se identifica. Ese tal también tiene la recompensa del Espíritu.
2. Jesucristo: todo o nada
La segunda parte del evangelio parece ser la otra cara de la moneda: si hemos de ser amplios en nuestro punto de vista hacia los demás, debemos ser muy estrictos con nosotros mismos, ya que el Reino de Dios es exigente. Jesús expresa su idea a través de una comparación que exagera las notas para poner de relieve mejor el significado de su pensamiento: si nuestra mano o el pie o el ojo es motivo para que pequemos, es mejor que los cortemos para entrar sin ellos al Reino, que conservarlos para perderlo todo por nuestro mal proceder.
Es evidente que cuando una persona peca -aunque materialmente lo haga con determinado miembro del cuerpo-, en realidad el pecado radica en su interior, como vimos en el domingo vigesimosegundo. Por tanto, lo que pone de relieve la expresión del Señor no es la relación entre el pecado y determinado miembro del cuerpo, sino la necesidad de saber renunciar a cosas muy queridas -como puede ser un pie, una mano o el ojo- cuando estas cosas nos impiden el acceso al Reino. Jesús emplea el verbo "acortar", para que entendamos que el Reino es nuestro valor absoluto y que no podemos entregarnos a él a medias o jugando con dos cartas en la mano...
Alguien podrá preguntar ahora qué significa ese pie y mano u ojo que deben ser cortados para entrar en el Reino de Dios. Si nos examinamos con un poco de detención, no nos llevará mucho tiempo el descubrirlo. Podemos hacernos la pregunta de otra manera: ¿Qué es eso que nos impide crecer en la libertad y en el amor? ¿En qué circunstancias dejamos a un lado el Evangelio y tantos buenos ideales para seguir cierto camino que sabemos es torcido? ¿No sucede que en algunos aspectos de nuestra vida tratamos de hacer una componenda entre el bien y el mal, entre las convicciones interiores y los imperativos sociales, entre las exigencias de la fe y los criterios del mundo? Dicho lo mismo en forma positiva: Jesús vale más para un auténtico creyente que toda la riqueza del mundo o que toda la sabiduría humana. Jesús, como Reino de Dios vivo y presente en medio de nosotros, es nuestro valor supremo y vale más que la integridad física y hasta que la vida misma.
Posiblemente pensemos que el Evangelio exagera un poco al valorizar así a Jesucristo. Mas no exagera, sino que expresa una profunda convicción: si hay fe, hay opción total y definitiva por lo absoluto de la vida. Todo lo demás se vuelve relativo y, en consecuencia, se puede prescindir de ello. Para el cristiano, Jesucristo no es una cosa más. Es aquel elemento a partir del cual o desde cuyo punto de vista, algo es bueno o malo, verdadero o falso. Jesucristo nos da la verdadera dimensión de las cosas y nos permite discernir aquello que en verdad sacia la sed de vida de aquello que la apaga sólo por momentos. Como vemos, estos párrafos de Marcos son una llamada para que asumamos con seriedad y responsabilidad los compromisos de la fe. Si la auténtica fe apunta a la vida plena, por ella debemos renunciar a todo lo demás. Y todo aquello que la pueda disminuir, reducir o eliminar, es escándalo; es decir, es motivo para que caigamos en la trampa. Hay cosas que tienen las apariencias de la vida, pero no lo son. Y la fe puede a veces tener las apariencias de la muerte -por la renuncia que implica- aunque en realidad conduce a la vida. Que estemos prevenidos para no caer en la trampa... Si nos decimos cristianos, al menos comprendamos la opción que nos exige todo. Y ese «todo» no es una simple metáfora ni una exageración. Es el todo que no tiene atenuante ni paliativo alguno. Jugar a la vida, es jugar al todo. Y ésta es la síntesis del evangelio de hoy.
SANTOS
BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B, 3º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 287 ss.
16. EL PRÍNCIPE DESTRONADO
¿Leísteis «El príncipe destronado», aquella preciosa novela que en cine se llamó «La guerra de papá»? Describe M. Delibes allá la reacción del niño pequeño de una familia burguesa que, ante el nacimiento de un nuevo hermanito, se rebela, hace pataletas increíbles, ya que se siente desplazado, «príncipe destronado». Intuye que, en adelante, los mimos han cambiado de heredero.
Me he acordado de esa historia, porque en el evangelio de hoy, vemos que Juan tuvo una reacción parecida: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir porque no es uno de los nuestros». Se sentía, por lo visto «príncipe destronado». Sorprende esta actitud de Juan, cuando toda la doctrina de Jesús iba proclamando que «su padre dejaba caer el sol y la lluvia sobre los buenos y sobre los malos». Y sorprende más, porque Jesús advirtió: «Mirad que vendrán gentes de Oriente y Occidente que se sentarán a la mesa, mientras que vosotros... ». ¿Qué le pasaba a Juan? ¿Qué nos pasa a todos? Porque resulta que no se trata de un caso aislado. Es una constante en el hombre y en el cristiano. Por una parte, soñamos todos en un mundo en el que «instauremos todas las cosas en Cristo». Y luego, intoxicados por un virus -mitad de la familia de los «celos», mitad de la familia de la «envidia»- ponemos peros y dificultades a quienes se disponen a trabajar en la viña del Señor.
La primera lectura de hoy eso cuenta también. Josué, ayudante de Moisés, hombre importante de Israel, quiso prohibir a Eldad y Medad que profetizasen, aunque «el Espíritu había bajado sobre ellos». En el N.T. son múltiples los ejemplos. El hermano del pródigo se molestó, ya recordáis, cuando aquel hijo «volvió a casa del padre» y «se negaba a participar» en la alegría. Los comensales del banquete de Simón criticaban igualmente a aquella pecadora que lloraba sus pecados a los pies de Jesús. Los jornaleros de la primera hora, ídem: se quejaban al dueño de la viña porque les había dado un denario como a los últimos. Y, aunque resulte duro escribirlo, más de una vez, en nuestro caminar cristiano, nos sorprendemos a nosotros mismos viviendo una tristeza mala, motivada por algún éxito de los demás, por sus aciertos pastorales. ¿De dónde proceden estas actitudes tan mezquinas? ¿Se trata de un individualismo absorbente? ¿De un incorregible afán de mando? ¿Acaso envidia, vicio universal, más que nacional? San Pablo tuvo que vérselas con algunos fieles de Corinto que ambicionaban algunos carismas con un sentido desenfocado de puro lucimiento personal, ocasionando divisiones y banderías. Tuvo que recordarles que «hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de funciones, pero un mismo Señor... ». Es preciso desarraigar de nosotros todas esas cizañas. Y, a la inversa, esforzarnos en aunar esfuerzos en la tarea común del Reino. En épocas pasadas se cultivó una teología estrecha que proclamaba duramente que «fuera de la Iglesia no hay salvación». Hoy sabemos muy bien que, además del bautismo de agua, hay en el hombre tantos anhelos de «verdad», de «inmortalidad» y de «Absoluto», que pueden ser, sin duda, verdaderos bautismos de deseo. El Vaticano II, en la declaración Nostra aetate, dice cosas bellas y refrescantes: «La Iglesia Católica ve con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas (de otras religiones). Reflejan un destello de la Verdad que ilumina a todos los hombres».
ELVIRA.Págs. 182 s.
17.
Frase evangélica: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro»
Tema de predicación: EL ESCÁNDALO DE LOS PEQUEÑOS
1. Los discípulos, en actitud sectaria, pretenden tener el monopolio de Jesús. Se consideran los dueños de la causa de Jesús y condenan a los que actúan fuera del grupo, especialmente si triunfan. Es la tentación del exclusivismo o del «capillismo». Precisamente esta actitud pone en peligro la fe de los sencillos. El cristiano que se considera fuerte debe ayudar al débil; por el contrario, el débil no debe condenar al fuerte, ya que el primer criterio cristiano es el de la caridad. Las metáforas del fuego y de la escisión de una parte del cuerpo sugieren la idea de la purificación mediante la persecución y el sufrimiento.
2. La causa de Jesús no coincide exclusivamente con la del grupo estricto de los suyos, y el reino de Dios excede con mucho los límites de la Iglesia. Ni los discípulos ni los apóstoles tienen la exclusiva del proyecto de Jesús en la sociedad. No sólo hay en el ancho mundo personas capaces de realizar signos liberadores, sino que deben ser reconocidas y agradecidas por sus compromisos de justicia y de caridad. El Espíritu de Dios no se encierra en grupos o instituciones, sino que es soberanamente libre. La intolerancia (religiosa o nacionalista) ha creado multitud de funestas consecuencias.
3. Por el contexto en que está situado, se deducen de este pasaje evangélico algunos criterios básicos acerca del modo de ser discípulo de Jesús: ver lo positivo de la vida, colaborar con todas las fuerzas emancipadoras, agradecer toda ayuda, servir a los demás gratuitamente y no escandalizar a los que buenamente se inspiran en Cristo para realizar su vida. En definitiva, magnanimidad frente a mezquindad; generosidad frente a envidia; tolerancia frente a sectarismo...
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Hay en nosotros alguna huella de fanatismo?
¿Qué es lo que hoy nos produce escándalo?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITÚRGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 228 s.
18.
El poder de hacer milagros
Jesús anunciaba el Reino de Dios y, como signo de que éste ya llegaba, perdonaba pecados, curaba enfermos y expulsaba demonios. Y he aquí que un hombre, sin ser de los discípulos de Jesús, también expulsaba demonios invocando su nombre, y los demonios le obedecían. Los apóstoles le increparon, indignados, diciéndole que no tenía derecho a invocar el nombre de su Maestro. Pero Jesús les contestó: "No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí".
Obrar milagros en el nombre de Jesús no significa simplemente pronunciar su santo nombre como si fuera una fórmula mágica, que mecánicamente produce su efecto. Cuenta Lanza del Vasto que en un monasterio de la India había un joven discípulo al que todos, empezando por el superior o maestro, tenían por muy poca cosa. Pensaban de él que nunca llegaría a descubrir la ciencia suprema ni a alcanzar la perfección. Si no le expulsaban era por pura lástima, de tan inútil que les parecía. Pero un buen día aquel discípulo tan incapaz empezó a caminar sobre el agua del río Ganges. Corrieron a comunicarlo al maestro. Éste llamó al discípulo, y cuando llegó ante él le confesó: "Estaba muy equivocado contigo. Te creía un inepto y ahora resulta que has logrado dominar la materia y eres capaz de andar sobre las aguas del río, cosa que ningún otro discípulo, ni yo mismo, somos capaces de hacer". El discípulo, muy humilde, le replicó: "Maestro, no es mérito mío, sino tuyo. Si he sido capaz de andar sobre el agua es porque no paraba de repetir tu nombre". Ante esta respuesta, el maestro se dijo: "¡No sabía que mi nombre tuviera tanto poder!". Corrió entonces hacia el gran río, se adentró en él y gritaba: "¡Yo, yo, yo!", hasta que el agua lo cubrió del todo... y se ahogó.
Obrar milagros en el nombre de Jesús
Leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles un episodio del mismo estilo. Cuando Pablo anunciaba el Evangelio en Éfeso, Dios operaba por medio de él muchos prodigios. En esto, unos exorcistas judíos, al verlo, intentaron también expulsar demonios diciendo: "Os conjuramos por aquel Jesús a quien Pablo predica". Pero el demonio que tenía poseído a aquel infeliz replicó: "Yo conozco a Jesús y sé quién es Pablo, pero ¿quiénes sois vosotros?". Y se abalanzó sobre ellos con tanto furor que estos se vieron obligados a huir, medio desnudos y malheridos (Hc 19).
Totalmente distinto es este otro caso. Había en Jerusalén un hombre inválido de nacimiento que pedía limosna en la puerta del Templo. San Pedro le dijo: "¡En el nombre de Jesucristo, el Nazareno, anda!". Le tendió la mano, lo levantó y el hasta entonces inválido entró con ellos en el Templo, andando y saltando y alabando a Dios.
Después Pedro dijo a la gente que se admiraba de lo acontecido: "Jesús le ha restablecido del todo, gracias a la fe que él ha puesto en su nombre" (Hc 3). Por tanto, lo que nos salva no es repetir mecánicamente las letras die nombre del Señor, sino pronunciarlo con fe y amor, creyendo que tiene fuerza suficiente para librarnos del pecado y de todos los demás males, y que nos ama tanto que ha entregado su vida por todos y cada uno de nosotros.
Invocar el nombre de Jesús con fe
Un antiquísimo himno cristiano, que san Pablo citó al escribir a la comunidad de Filipos (un himno que es como un pregón pascual, y con el que la plegaria de la Iglesia inicia cada sábado por la tarde la celebración del domingo), recuerda este amor infinito con el que Jesucristo, aun siendo de condición divina, asumió la condición de esclavo y se hizo obediente al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz. Y el himno acaba así: "Por eso Dios lo ha enaltecido y le ha concedido aquel nombre que está por encima de cualquier otro nombre, para que todos, en el cielo, en la tierra y bajo la tierra, doblen sus rodillas ante el nombre de Jesús, y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (FI 2).
Invocar el nombre de Jesús con fe es creer en su obra de salvación y en el poder que el Padre le ha concedido para salvar a todos los que crean en él. Hacemos esta invocación de múltiples maneras, pero la principal es la plegaria eucarística, memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Pero, cuidado con despreciar a aquellos que con buena voluntad invocan con amor el nombre de Jesús, aunque no sean del todo de los nuestros y no vengan a misa. Porque también nosotros podríamos invocar el santo nombre llevados de la rutina, repitiendo "¡nosotros, nosotros, nosotros!" hasta ahogarnos en el río de nuestra vanidad colectiva.
Que esta Eucaristía nos ayude, superando toda rutina, a no pretender tener la exclusiva de los que trabajan en la construcción del Reino.
HILARI
RAGUER
Monje de Montserrat
MISA DOMINICAL 2000 12 40
19.
Nexo entre las lecturas
Los textos de hoy hacen todos referencia a la vida comunitaria, sea en el pueblo
en marcha hacia la tierra prometida, sea en la comunidad eclesial. La primera
lectura habla de la donación del Espíritu de Dios a los setenta jefes del pueblo
en camino por el desierto. En el Evangelio se reflejan ciertos aspectos de la
vida de los discípulos y de los primeros cristianos en sus relaciones internas y
en las relaciones con los que no pertenecen a la comunidad cristiana. Santiago
se dirige al final de su carta a los miembros ricos de la comunidad para
recriminar su conducta y hacerles reflexionar sobre ella a la luz del juicio
final.
Mensaje doctrinal
1. Una comunidad imperfecta. Lo primero que salta a los ojos, leyendo los
textos de hoy, es que la comunidad cristiana primitiva y ya antes la comunidad
judía del desierto están marcadas por la limitación e imperfección. Resulta
evidente la intolerancia exclusivista respecto a quienes no pertenecen al propio
grupo sea por parte de Josué : "Mi señor Moisés, prohíbeselo" (primera lectura)
sea por parte de Juan: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu
nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo" (Evangelio). Otro
punto es el escándalo que algunos miembros "fuertes" y "grandes" de la comunidad
dan a los "pequeños", poniendo en peligro su fe sencilla y su misma pertenencia
a Cristo (Evangelio). Entre quienes causan un escándalo imponente están los
ricos, que ponen la seguridad en sus riquezas. Y que además se aprovechan
abusivamente de los pobres, no pagando diariamente el salario a los obreros,
entregándose al lujo y a los placeres, pisoteando en perjuicio del pobre la ley
y la justicia (segunda lectura). Aprendamos una cosa: ninguna comunidad
cristiana concreta está exenta de imperfecciones, debilidades y miserias. El
Papa ante esta realidad nos invita, de cara al pasado a purificar la memoria, y
de cara al presente al arrepentimiento y a la renovación. Una comunidad
imperfecta nos hace vivir más conscientes de que el Espíritu de Dios, no el
hombre, es el alma que la vivifica y santifica con su presencia y sus dones.
2. Una comunidad, reflejo de Cristo. Ante todo, se ha de recalcar la gran
tolerancia, o mejor dicho, la enorme apertura de espíritu de Jesucristo frente a
quienes no pertenecen al grupo, a la comunidad creyente. "No se lo impidáis",
dice Jesús a Juan y a los discípulos. Este comportamiento de Jesús halla su
prefiguración en el de Moisés, al saber que su espíritu ha sido comunicado a
Eldad y Medad que no pertenecían al grupo de los setenta: "¿Es que estás tú
celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Yahvéh profetizara porque Yahvéh les
daba su espíritu!". Jesús motiva su postura con dos reflexiones:
1) Quien invoca mi nombre para hacer un milagro, no puede luego inmediatamente
hablar mal de mí. La persona de Jesús ejerce un influjo universal, no puede
quedar encerrada dentro de los límites institucionales.
2) Quien no está contra nosotros, está con nosotros. Y esto es verdad, incluso
cuando no se pertenece a la misma comunidad de fe. Por otra parte, dentro de la
comunidad las relaciones entre los diversos miembros han de regirse por el
mandamiento de la caridad. Esa caridad que podríamos llamar "pequeña", moneda
corriente para la convivencia diaria. Simplemente, por ejemplo, dar un vaso de
agua con la única intención de vivir la caridad cristiana. Otra forma de vivir
la caridad es evitando el escándalo. Por amor hacia el hermano uno debe estar
dispuesto a acabar con cualquier cosa que lo pueda dañar. En las relaciones
intraeclesiales debe reinar también la justicia entre los dueños de las tierras
y los asalariados. Los ricos, por su parte, han de ser muy conscientes de que
sus riquezas no son tanto para gozarlas y despilfarrarlas cuanto para ponerlas
al servicio de los necesitados.
Sugerencias Pastorales
1. La libertad del espíritu. En el catecismo de la Iglesia se nos enseña
que "todo lo bueno y verdadero de las diversas religiones lo aprecia la Iglesia
como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan
vida" (C.E.C. 843). El Espíritu es como el alma de la Iglesia, pero sin carácter
exclusivo ni excluyente. El Espíritu goza de autonomía para actuar más allá del
cuerpo eclesial. Los hijos de la Iglesia hemos de tratar de conocer y de
sentirnos llenos de gozo por las manifestaciones y la impronta del Espíritu en
otras religiones. Todo lo que nazca de la acción del Espíritu, donde quiera que
sea, será bueno, santo y verdadero. Es verdad que junto a la acción del Espíritu
y mezcladas con ella están las acciones humanas, con toda su imperfección e
incluso pecado. Por eso, es necesario el discernimiento, esa capacidad de saber
distinguir y separar la obra del Espíritu de la acción de los hombres.
Distinguir y separar, pero no eliminar. "No apaguéis el Espíritu", nos exhorta
san Pablo. En la coyuntura actual de la sociedad y de la Iglesia -y seguramente
esta situación se acentuará en el futuro- es importante que los cristianos
sepamos acoger la libertad del Espíritu. Es importante, además, que seamos
educados, ya desde pequeños, a la tolerancia y libertad de espíritu, pero sobre
todo a la prudencia y al discernimiento cristianos. ¿Has tenido alguna
oportunidad, en la escuela, en el trabajo, en las relaciones de amistad, de
ejercitarte en la tolerancia, el respeto, la prudencia y el discernimiento?
2. Autoridad y riqueza en la Iglesia. En la Iglesia sólo algunos han sido
llamados por Dios para ejercer la autoridad institucional, pero todos tenemos el
derecho y el deber de ejercer la autoridad de la santidad. Puesto que el
cristiano concibe la autoridad como servicio, la jerarquía practica su servicio
mirando por la buena marcha de la comunidad eclesial en la doctrina, en la vida
moral, en las acciones litúrgicas. Por su parte, las almas santas ejercen su
autoridad sobre la comunidad eclesial entregando con generosidad sus vidas a
Dios y a los hombres, atrayendo hacia Dios y hacia el Espíritu a muchos con su
comportamiento y testimonio de vida. Son dos modos diversos de ejercer la
autoridad, ambos al servicio de toda la Iglesia. Ni qué decir cabe que muchos
miembros de la jerarquía, además de la autoridad jurídica de que gozan,
sobresalen también por su autoridad moral, por su santidad.
En la Iglesia hay ricos de bienes, y muchos de ellos son a la vez ricos de amor
verdadero. En la Iglesia se dan también los pobres en bienes, pero que poseen
una riqueza extraordinaria de fe, de amor y de esperanza. Hay también,
desgraciadamente, los otros, los ricos de bienes y pobres de amor, los pobres de
bienes y ricos en ansias de lucro y de riquezas. No nos engañemos. Los
verdaderos ricos en la Iglesia son los santos. Si además de ser ricos en
santidad, son ricos en dólares, mucho mejor. Con tal de que los pongan al
servicio de todos.
P. ANTONIO IZQUIERDO
20.
EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS ESTÁ A FAVOR
NUESTRO.
Comentando la Palabra de Dios
Núm. 11, 25-29. Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera
sobre todos ellos el Espíritu del Señor. Y esta realidad se cumplió en los
tiempos mesiánicos, pues el Espíritu de Dios, comunicado a los Apóstoles en el
cenáculo, es derramado sobre todos los creyentes mediante la imposición de las
manos de los mismos Apóstoles y de sus Sucesores. Profetizar, hablar en Nombre
del Señor. Esta es la misión de la Iglesia. Quien explica la Escritura no puede
hacerlo armado sólo de recursos humanos. Antes que nada debe saber que es
instrumento del Espíritu Santo. Es Él quien construye la Iglesia edificándola
sobre la Palabra que nos santifica y nos salva. Por eso quien anuncia el Nombre
del Señor, después de estar en intimidad con Él y haber hecho suya su Palabra,
debe decir como los profetas: Esto dice el Señor; y no soltar un discurso
magistralmente preparado a la luz de las investigaciones y no a la luz del
Espíritu de Dios.
Sal. 18. Qué bueno que podamos conocer a profundidad la
Ley, los mandatos, las enseñanzas de Dios. Qué mejor que no sólo conozcamos la
voluntad de Dios sino que la vivamos con gran amor hacia Aquel que nos
manifiesta el Camino que nos conduce a Él. Todo esto ha de brotar, en nosotros,
de la presencia del Señor en nuestra vida, haciendo que nuestros caminos sean
rectos, pues de la abundancia del corazón habla la boca. Por muy santos que nos
llegue a formar el Señor, no por eso nos vamos a llenar de orgullo y a
despreciar a quienes, según nosotros, aún viven lejos de Él. Tratemos de
reconocer el bien que hay en los demás y, a través de esa pequeña luz, tratemos
de que el Señor encienda en ellos la fuerza del fuego de su Espíritu para que,
juntos, nos esforcemos en iluminar un poco más nuestro mundo tan necesitado de
que en él se disipen las tinieblas de la maldad que ha generado la esclavitud al
pecado.
Stgo. 5, 1-6. Acumular para asegurar el futuro, mientras a tu lado muchos se
mueren de hambre y de frío y viven sin un techo que los cobije. Acumular esos
bienes a costa de las injusticias cometidas contra los más desprotegidos. Tener
el descaro de llamar Padre a Dios después de haber cometido todos estos
atropellos indica que la fe se ha quedado en sólo palabras que son incapaces de
salvarnos. Hay Alguien que se despojó de todo por nosotros, que no retuvo para
sí el ser igual a Dios sino que, hecho uno de nosotros, nos enriqueció con su
pobreza. Si eres su discípulo, si por la fe has entrado en comunión de vida con
Él, si con Él no sólo te llamas sino que eres hijo de Dios, échate a caminar
tras sus huellas dejando atrás el corazón que se oxida y se pudre con bienes que
consumen tu carne y tu espíritu, y que son un tesoro, pero de castigos, para los
últimos días. No engordemos como las reses para el día de la matanza. Seamos
administradores de los bienes que le pertenecen a Dios, y que Él pone en
nuestras manos para que remediemos las necesidades de los más desprotegidos. El
Señor mismo nos dice: con los bienes, muchas veces tan injustamente adquiridos,
gánense amigos que al morir intercedan por ustedes para que se conviertan y se
salven.
Mc. 9, 38-43. 45. 47-48. Más que pelearnos por querer apoderarnos de Jesús como
única herencia nuestra, debemos vivir la unidad en torno a Él. No sólo hay otras
comunidades cristianas que trabajan por Cristo, sino también muchas
instituciones que luchan por erradicar la pobreza, la injusticia, la violencia,
las persecuciones causadas por el poder político o económico. Todos, algunos sin
saberlo, nos esforzamos por darle un nuevo rostro a la humanidad trabajando como
Cristo que fue enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar la liberación a
los cautivos, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y a
proclamar el año de gracia del Señor. Aquel que pasó haciendo el bien sigue
haciéndolo por medio de su Iglesia y por medio de todo hombre de buena voluntad.
Unamos nuestros esfuerzos y nuestras voces para que, sin celos infundados,
hagamos de nuestro mundo un mundo más justo, más humano, más fraterno; de tal
forma que expulsado todo aquello que nos divide y nos hace mordernos como perros
rabiosos, podamos alegrarnos de construir un mundo en que se viva la
civilización del amor fraterno. La Iglesia, Comunidad de Fieles en Cristo, ha de
esforzarse por ser un verdadero signo de unión entre los hombre y de solidaridad
con los pobres, dando, no sólo un vaso de agua, sino su vida misma para que
todos recobren su dignidad. No podemos hacer de nuestra fe algo sólo encerrado
en los templos, celebrando la Eucaristía con mucha piedad y con grandes signos
de impacto litúrgico; tenemos que vivir nuestra fe como cercanía al hombre, con
la misma cercanía del Dios-con-nosotros. Y esto nos ha de llevar a no ser
ocasión de escándalo sino de salvación para todos, teniendo, por eso, que cortar
con todo lo que nos esclaviza al pecado para poder convertir a la Iglesia en un
signo claro del Señor que, por salvarnos, se despojó de su propia vida para
darnos Vida eterna.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
Si el Espíritu de Dios se posa donde quiere y suscita buenas obras por medio,
incluso, de personas que pensamos están muy lejos de Dios, pues se preocupan de
que se viva con mayor lealtad la solidaridad entre todos, de que no nos quedemos
en vana palabrería sino que llevemos adelante nuestros proyectos de darle un
nuevo rumbo a nuestra sociedad, y un rostro más humano y fraterno a nuestro
mundo, cuánto más, quienes creemos en Cristo y entramos en comunión con Él
mediante la Eucaristía y participamos de su Espíritu Santo, hemos de
comprometernos en la realización del bien y en luchar porque sean expulsados del
corazón del hombre las injusticias, los egoísmos, los crímenes y tantos otros
males que nos aquejan, preocupándonos de que en verdad el amor y la salvación de
Dios llegue a todos como una Buena Noticia que se proclama no sólo con los
labios sino con las obras. No hemos de ser indiferentes al bien que otros hacen,
sino unirnos a ellos para que juntos nos preocupemos del bien de todos,
especialmente de los más desprotegidos.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.
¿Quién está de parte nuestra? Responder a esta pregunta, por desgracia, nos
lleva a despreciar a quienes no piensan como nosotros, a quienes no trabajan
como nosotros, a quienes consideramos enemigos en el trabajo, en la política, en
la religión y que son satanizados, perseguidos, asesinados para que no nos
causen ruido y que nos dejen llevar adelante aquello que nos hemos propuesto.
Ante esta pregunta podemos convertirnos en monopolio injusto, en la única voz
válida, en quienes impiden el desarrollo de los demás, en quienes alejan de sí
en el trabajo a los que consideran una amenaza para ellos, en quienes persiguen
hasta desaparecer o asesinar a quienes se consideran voz de los sin voz y que
pueden desestabilizar a quienes viven faltos de conciencia de los derechos que
conciernen a todos los hombres. Estar de parte de Cristo, esforzarnos porque
todos disfruten de su amor, de los bienes que ha puesto en manos no de unos
cuantos sino de todos, trabajar para que todos se vean libres de las
esclavitudes al pecado, especialmente de las nuevas esclavitudes a la droga, al
alcoholismo, a la explotación sexual que cosifica a las personas como simples
objetos de placer desde su más tierna edad. Todo esto puede llevar a que muchos
quieran impedir el desarrollo del Reino de Dios donde todos recuperemos nuestra
dignidad humana y de hijos de Dios y que, incluso, bajo amenazas o chantajes
quieran impedir que esa voz siga pronunciándose como la voz del Señor que nos
quiere libres de toda atadura al mal y con la frente levantada por sabernos que
por medio de alguien, que es su Iglesia, Él nos ha manifestado su amor y está de
nuestro lado como el Dios-con-nosotros. Por eso, cortemos de nosotros el
egoísmo, que nos impide tender la mano hacia el necesitado, que nos impide
caminar hacia él para ayudarle, que nos impide abrir los ojos y no pasar de
largo ante su dolor, ante su pobreza, ante su pecado; en fin, cortemos de
nosotros todo aquello que nos impide amar y que nos impide entrar en el Reino de
Dios. Vivamos nuestra fe y nuestro amor con mayor lealtad no sólo a Dios, sino
también al hombre a quien hemos sido enviados no para escandalizarlo y
condenarlo, sino para fortalecerlo y salvarlo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de María, nuestra Madre, la gracia de
vivir nuestra fe y nuestro amor con una verdadera lealtad y generosidad, a la
altura y estilo en que nosotros hemos sido amados por Dios a través de su Hijo
Jesús, nuestro Señor. Amén.
www.homiliacatolica.com
21. Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR. Fuente: www.scalando.com
¿Propiedad Privada?
En el ser humano está la tendencia de apropiarse de las cosas: tierras, playas, mares, ríos, minas, y todo lo que produce riqueza, inclusive de las mismas personas y sociedades. Al lado del apetito de apropiarse de las personas y de las cosas, surgen el deseo de aparecer como absolutos y el afán de reconocimiento.
Para lograr la satisfacción de este bajo instinto se ha utilizado la fuerza, muchas veces acompañada de armas. Para fundamentarlo ideológicamente se ha echado mano de de la filosofía, de la política, de la religión o de lo que esté de moda. Cuando en Occidente la religión era decisiva en la estructura de los estados, se utilizó para fundamentar la barbarie. Se decía que se debía someter a los infieles con el fin de salvarlos porque fuera de la Iglesia no había salvación; y como según los fundamentos religiosos, sin el bautismo no se era hijo de Dios, entonces muchos no veían problema en matarlos. Hasta se jugaba a matar indios para probar el tiro al blanco.
En nuestra época postmoderna no se habla en nombre de Dios, sino que se utilizan muchos sofismas de distracción. Hoy se despoja, se invade y se mata en nombre de la democracia, de la seguridad nacional, o con el cuento de combatir el terrorismo.
Josué y Juan son versiones antiguas de un fenómeno que se dio y se sigue dando en muchos contextos. Con muchos nombres y muchos argumentos pero, en últimas, con un mismo trasfondo: un fundamentalismo fanático animado por anhelos de apropiación.
Suelen decir que: “Sin ese personaje se vendría abajo el país”, “sin ese gerente la cooperativa entraría en quiebra”, “sin ese caudillo la revolución se acabaría”… En la parte religiosa no es raro escuchar el reclamo de quienes dicen ser “los legítimos pastores” que defienden el “derecho de Dios” sobre los seres humanos. Dicen vivir en este mundo sin ser del mundo, representar la voz de Dios para los mortales y ser un puente entre lo humano y lo divino. Quien quiera hacer parte de ese grupo selecto de preferidos de Dios y de la virgen María, deberá pasar por pruebas rigurosas en las cuales se evaluará de manera especial la aceptación incondicional de todos los dogmas habidos y por haber, y la obediencia a las sagradas reglas, inspiradas por el Espíritu Santo.
Vamos a los textos: En el caso de Josué se trata de un relato elaborado teniendo en cuenta la experiencia del Éxodo. Moisés es presentado como el prototipo del líder que no acapara para sí todos los cargos. Dios le pide que delegue el ministerio del liderazgo a otros setenta ancianos para que lo ayuden. Aquí no se trataba de tener mando sino de concientizar al pueblo para que continúe en camino hacia la tierra prometida, pues a esta altura (capitulo 11 de libro de los números), el pueblo añoraba la comida abundante de Egipto, sin importarle la esclavitud a la que fue sometido. En estos casos el estómago no es un buen consejero.
Estaban aburridos de comer ese insípido maná y querían volver a sentarse alrededor de las ollas de comida. Al frente solo veían un inmenso y amenazante desierto que no les prometía nada bueno. Moisés no podía sólo con ese pueblo. Necesitaba personas que profetizaran, es decir que denunciaran esos bajos instintos de cobardía, pereza, falta de fe y de confianza en Dios. Que anunciaran la gran posibilidad de cambiar la historia, que más allá del horizonte los esperaba una tierra que trabajada de manera organizada manaría leche y miel. Tarea difícil para una sola persona.
Convocaron a los setenta ancianos al tabernáculo para recibir el espíritu. Y recibieron todos el espíritu. Pero sucedió que a dos personajes, Eldad y Medad, que no habían acudido al sitio indicado para la fiesta del “reparto del espíritu”, se les posó igualmente el espíritu. Aquella vez fue Josué, quien le pidió a Moisés que no permitiera que estos dos personajes continuaran profetizando porque no habían acudido al tabernáculo.
Con Jesús sucedió algo parecido: Él no era un maestro legítimo. Los “legítimos pastores” del pueblo de Israel se opusieron totalmente a su ministerio. Muchas veces lo cuestionaron por su procedencia, porque era hijo de un carpintero o porque conocían a su mamá y a sus hermanos; porque no era egresado de una gran escuela o porque, según ellos, actuaba en nombre de Belcebú, el príncipe de los demonios. A cada momento buscaban su caída para desprestigiarlo. Finalmente, lo procesaron, lo condenaron a muerte y lo asesinaron en el madero de la cruz, para librarse de ese “pastor ilegítimo”, de ese “falso profeta” que contaminaba el mundo y amenazaba la sagrada estructura religiosa con su “falsa doctrina”.
En las comunidades cristianas no faltó quién quiso adueñarse del proyecto de Jesús y reclamar “derechos de autor” sobre algo que le pertenecía a toda la humanidad y a nadie en particular. El evangelio de hoy nos dice que fue Juan quien dijo: “Maestro, vimos a uno expulsando demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no es de nuestro grupo.”
Josué y Juan están en la misma posición fundamentalista, exclusivista y fanática. Para Josué, Eldad y Medad no debían ser profetas porque no habían acudido al tabernáculo. Para Juan, el hombre que expulsaba demonios en el nombre de Jesús no debía hacerlo porque no era de su grupo.
“Tienes demasiado celo por mí. ¡Ojalá les diera el Señor a todos su espíritu y todos en el pueblo del Señor fueran profetas!” le respondió Moisés a Josué. “¡No se lo prohíban! Porque uno que hace un milagro usando mi nombre no puede a continuación hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a favor nuestro”, les dijo Jesús a Juan y a sus discípulos.
Esos son los verdaderos líderes. No los que acaparan, sino los que saben delegar. No los que temen perder el poder, sino los que saben reconocer que llega la hora de ser relevados. No los que se ponen como el centro del pueblo, sino los que saben que son uno más dentro del proceso. No los que se creen absolutamente necesarios e indispensables, sino los que, comprendiendo su limitación, dan lo mejor de sí para realizar a cabalidad la historia de salvación.
Aquí los cristianos y más los católicos, tenemos que reconocer los errores en los que hemos caído debido a exclusivismos fanáticos. Aquellos tiempos penosos de las cruzadas, de la conquista, de la colonización y de la “santa” inquisición, justificadas ideológicamente con la religión. Hace unos años Juan Pablo II pidió perdón por todos esos pecados de la Iglesia. ¡Qué bueno! Estamos reconociendo que nos equivocamos muchas veces como institución. Que no somos infalibles.
Pero después del Concilio Vaticano II y del “me a culpa” de Juan Pablo II, se siguen viendo actitudes como las de Josué y de Juan, cuando se dice que la única Iglesia de Cristo es la nuestra y que las otras tienen tan sólo algunos elementos eclesiales, mas no son Iglesia. Que las demás religiones no tienen fe sino sólo algunas creencias, y que tienen participación de una verdad que es nuestra, de la única revelación válida, la nuestra, cuyos representantes auténticos somos nosotros.
Aunque tal vez con la buena intención de defender la fe y con un sentido de responsabilidad, seguimos viendo esas actitudes fanáticas cuando se persigue a los profetas que buscan la renovación teológica (G. Gutiérrez, L. Boff, I. Ellacuría, H. Küng, B. Häring, M. Vidal, E. Drewerman, J. Tamayo, entre otros). Aún después del Concilio (L.G.37) se sigue viendo esa separación tan marcada y exclusivista entre clérigos y laicos. La llamada Iglesia docente (que enseña) e Iglesia discente (que aprende). Y ni hablar de la participación de la mujer, mientras se siga pensando que darle participación es lavar los purificadores, vender la rifa y recoger la ofrenda, pero no se piensa en “permitirle” servir en el campo de la dirección, el magisterio y otros ministerios como el presbiterado, el diaconado y ¿por qué no?, el episcopado. Nunca cambiará ésto mientras sigamos viendo los ministerios en la Iglesia como poder y no como servicio. Nunca cambiará esto mientras sigamos creyéndonos poseedores de la verdad.
Este evangelio tiene que impulsarnos a dejar el miedo a perder el poder; a abandonar todo intento por adueñarnos del hermoso camino de Jesús. El Señor da su Espíritu a todo aquel que lo busca con sincero corazón. “Lo que en realidad importa no son tanto las Iglesias sino el fenómeno cristiano y su función benéfica en la espiritualidad de los seres humanos. Todas las Iglesias son de Cristo, pero Cristo es para los humanos y los humanos son para los otros humanos, hombres y mujeres, y todos somos para Dios” (L.B.).
Lo que tenemos que cortar y excluir no es a los seres humanos que piensan diferente y hacen el bien desde otro ángulo. Lo que tenemos que cortar es todo aquello que nos conduce a la muerte: el escándalo de una vida injusta y la acumulación de riquezas a expensas de la explotación del pobre. El lujo, la satisfacción desmedida de necesidades creadas, con el fruto de la trampa, la codicia, del no pago o del pago miserable a los empleados, la condena y el asesinato del inocente (2 lect.)
Que la gracia de Jesús nos ayude a encontrar caminos para una
integración verdadera como Iglesia, como Iglesias, como creyentes y como humanos
en general.
22. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO
COMENTARIOS GENERALES
Primera lectura: NÚMEROS 11, 25 29:
Moisés, Caudillo de Israel, es magnánimo cuando libera a su pueblo, cuando le da la Ley; y no lo es menos cuando, humilde, comparte con otros la autoridad:
Esta narración dignifica la institución de «Ancianos» que de tiempo inmemorial gobernó al pueblo de Israel. Moisés, él solo, ni puede, ni debe, ni quiere ejercer toda la autoridad y todo el gobierno. En Éxodo 18, 13-27 vemos cómo Moisés, dócil a lo que le recomienda su suegro, instituye los «Jueces». La centralización exagerada del poder ahogaría a Moisés y sería en perjuicio del pueblo (Ex 18, 14). En la presente narración el «Senado» que ayuda a Moisés en el régimen recibe también el «Espíritu». Moisés los reúne en la «Tienda» o morada de Yahvé. Inmediatamente los envuelve la «Nube» símbolo de la presencia divina. Y todos repletos del «Espíritu», profetizan. Es un Senado de 72 varones (24. 26). A lo largo de todas las vicisitudes de la historia de Israel sobrevive este Senado o Sanedrín; y lo vemos actuar todavía en el Nuevo Testamento.
Aquella profusión de Espíritu en tantos varones le parece al fiel amigo de Moisés, Josué, que puede traer merma de prestigio o autoridad a Moisés. La respuesta de Moisés es ejemplar y revela la magnanimidad de su alma: «Ojalá todo el pueblo de Yahvé fuera profeta. Ojalá sobre todo él se derramara el Espíritu de Yahvé» (28). Las almas generosas desconocen la envidia. Decía Pablo: «Mientras de cualquier modo que sea se predique a Cristo, yo me gozo y me gozaré» (Filp 1, 18).
En esta narración y en este anhelo de Moisés podemos ver un preanuncio de la profusión con que el Espíritu Santo derramará sus dones y carismas de gobierno, de profecía, de enseñanza, etc. El Concilio valoriza esta riqueza carismática del N. T.: «El pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo. El Espíritu Santo reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (L.G. 12).
Segunda
Lectura: SANTIAGO 5, 1 6:
Hoy el estilete de Santiago es diente o uña acerados: Desgarra, raspa, araña:
– Es una invectiva, de las más duras que pueden escribirse, contra los ricos. Evidentemente que no se recrimina al rico por serlo, sino por los abusos que suelen acompañar la adquisición y la posesión de las riquezas. Concretamente les echa en cara cuatro abusos criminales: «Avaricia» (2-3): El oro que el avaro atesora será el tormento que gravitará sobre el «Latrocinios» (4): Hay riquezas que son jornales defraudados al obrero. Y claman ante Dios. «Libertinaje» (5): Es el abuso más frecuente de la riqueza. Se la dilapida en vicios. «Atropellos y asesinatos» (6): Dado que con la riqueza va el poder, queda vía libre a todo atropello de la justicia.
–No pretende Santiago azuzar la lucha de clases sino convertir los corazones. De ahí que recuerde a ricos y poderosos: El oro y la plata se enmohecen, la gloria y poderío se apolillan (2). Los jornales defraudados a los obreros son un clamoreo que pide justicia a Dios (4). El castigo que el justo Juez os infligirá será a medida de vuestros egoísmos, de vuestras injusticias y de vuestra molicie criminal (5).
– La riqueza, el poder y cualquier otro talento natural o carisma sobrenatural que nos haya dado Dios, más que peligro de vanidad es, si se mira rectamente, una gran responsabilidad. Concretamente el rico lo es para que sea limosnero. Limosnero en el amplio sentido cristiano y social de esta palabra. El Crisóstomo le dice al rico: «Oye a Pablo que te dice: El que escasamente siembra, escasamente cosechará. ¿Por qué, pues, das tan escasa limosna? ¿Es una pérdida la limosna? No. Ganancia es y negocio. Donde hay siembra hay cosecha. ¿Cómo no comprendes que aquí ahorrar es perder y no ahorrar es ganar? Tira, pues, para no perder; no retengas, para que tengas; renuncia y atesoras; consume y ganas. No guardes. Entrégalo a Dios, de cuyas manos nadie te lo arrebatará. Lo que quiero es que en vez de oro recibas el cielo en interés» (in Mt 5, 5). Quien usa del dinero sin egoísmo, sino en provecho de sus hermanos, convierte el oro, que es polvo, en cielo. Oportunamente nos recuerda la Iglesia: « Deus, qui sacrae legis omnia constituta in tua et proximi dilectione posuisti » (Collecta).
Evangelio:
MARCOS 9, 37 44:
Da unidad al pasaje evangélico que hoy leemos, el tratarse de tres temas que podríamos llamar eclesiales:
– El reparo de Juan a Jesús parece adolecer, como el de Josué a Moisés, de cierto fondo de envidia, o cuando menos, de mezquindad y estrechez de corazón. Jesús nos orienta a la magnanimidad. El Espíritu de Dios es muy generoso y amplio. Ningún «grupo» en la Iglesia debe pretender monopolizarla. No va contra Cristo ninguno que de verdad posea el Espíritu de Cristo (38-40). La humildad y magnanimidad de corazón ahorrarían a la Iglesia recelos y guerras entre hermanos.
–Toda ayuda y todo servicio prestado por amor a Cristo, bien que sea al más humilde y pequeño de los hermanos, va a tener galardón cual si lo prestáramos a Cristo mismo (41).
– De ahí la gravedad del escándalo (42). Decía San Pablo: «Que no se pierda por escándalo tuyo aquel por quien murió Cristo» (Rom 14, 15). «Los que así pecáis contra los hermanos y herís la débil conciencia de los mismos, contra Cristo pecáis» (1 Cor 8, 12). Si ayudar a un hermano es prestar un servicio a Cristo, escandalizar a un hermano es pecar contra Cristo. El castigo de la «Gehenna» indica un castigo doloroso y eterno (cfr 2 Re 23, 10).
(José Ma. Solé Roma, O.M.F.,"Ministros de la Palabra", ciclo "B", Herder, Barcelona 1979.)
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SAN NILO DE ANCIRA
¡No seamos piedra de tropiezo!
Porque el Señor nos ha mandado curar a los débiles, no atormentarlos, y mirar al provecho del prójimo más que a nuestra propia complacencia, no sea que, dejándonos llevar de los impulsos irracionales, seamos piedra de tropiezo para mucha gente simple al dar les ocasión de ambicionar los bienes terrenos.
¿Por qué concedemos tanto valor a esta materia que nos enseñaron a despreciar? En la medida en que vivimos sometidos a las posesiones y riquezas, tenemos el corazón dividido por numerosas e inútiles solicitudes, cuya preocupación nos distrae de atender a las cosas más necesarias y nos dispone a mirar con indiferencia los bienes del alma. Pero tales solicitudes conducen a un profundo abismo a los que aspiran al esplendor de este mundo pensando que el más alto grado de felicidad se halla en el disfrute de las riquezas.
Al tiempo que hacen profesión de vida filosófica, alardean de haber superado los estímulos del placer, pero con los hechos muestran que tienden a estas cosas más que nosotros. No hay, sin embargo, nada que merezca tan gran castigo como hacer de los demás imitadores de los propios vicios, porque la perdición de los imitadores será un suplemento de pena, una condena no pequeña, para el maestro, es decir, para el que fue preceptor de los vicios de quienes no rehusaron imitar su mala conducta. En cambio, los que, razonando sabiamente, entendieron su enseñanza como infame, huyeron de ella.
Nadie se ofenda, por tanto, con lo dicho, sino corrija las irregularidades que, a causa de la negligencia de la mayoría, han provocado el desprestigio de este nombre, o renuncie al mismo nombre. Porque, si su propósito es filosofar, debe saber que, según la filosofía profesada, las posesiones son superfluas y que, en razón de la pureza del alma, hay que extrañarse hasta del propio cuerpo. Pero, si el mayor deseo de algunos es poseer bienes terrenos y gozar de los placeres de la vida, ¿por qué magnifican con palabras esta filosofía a la vez que profesan con sus obras lo contrario, llevando a la práctica acciones que contradicen lo profesado y revistiéndose del venerando nombre de filósofos?
(San Nilo de Ancira, Tratado Ascético, Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 1994, pp, 97-100)
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COMENTARIO PATRÍSTICO
Comentario Patrístico
El Espíritu de Dios sopla donde quiere: esto es lo que nos dan a entender las lecturas primera y tercera. La segunda lectura nos enseña el buen uso que hemos hacer de las riquezas y que éstas no pueden ser adquiridas injustamente.
Los dones que Dios ha repartido, tanto naturales cuanto sobrenaturales, no son valores absolutos puestos a nuestro servicio egoísta y personalmente irresponsable. Hay que ejercitarlos con la virtud de caridad. No somos dueños absolutos. De todos ellos hemos de dar cuenta a Dios en el día del juicio.
–Números 11,25-29: Ojalá todo el pueblo fuera profeta. Dios reparte sus dones gratuitamente, a quien quiere y como quiere. Pero todos los dones divinos han de emplearse para el bien de todos y para la unidad del pueblo de Dios.
El episodio de la lectura sirve para demostrar que el gobierno del pueblo de Dios no es un asunto de naturaleza política o económica, sino solamente religiosa. Los dones de Dios son distribuidos de modo que nadie puede criticarlos o hacer recriminaciones. La Iglesia es guiada por el Espíritu en la predicación de sus verdades y en la santificación de sus miembros por medio de los sacramentos.
–El Salmo 18 nos manifiesta un contenido precioso para meditar sobre la lectura anterior: «los mandatos del Señor alegran el corazón; la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante, la voluntad del Señor es pura y eternamente estable»... Pero podemos presumir de ello. Por eso pedimos al Señor: «preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no nos domine; así quedaremos libres e inocentes del gran pecado».
–Santiago 5,1-6: Vuestra riqueza está corrompida. También los bienes materiales caen bajo la ley y responsabilidad de la caridad. Son dones de Dios. Pero nuestro egoísmo puede hacerlos malditos. Así lo enseña el Concilio Vaticano II:
«Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y la caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia, que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que su vida, tanto la individual como la social quede saturada con el espíritu de pobreza. Quien, con obediencia a Cristo busca ante todo el Reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos los hermanos, y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad» (Gaudium et spes 72).
Clemente de Alejandría decía:
«La posesión de las riquezas es odiosa en público y en particular cuando excede a las necesidades de la vida: la adquisición de las riquezas es trabajosa y difícil, su conservación penosa, y su uso incómodo» (Pedagogo 32,3).
Y San Hilario:
«No es delito tener riquezas, como se arregle el uso de ellas; porque aunque no se abandonen los fondos que sirven de manantial a la limosna, esto no impide el repartir sus bienes con los necesitados. Luego no es malo tener hacienda, sino poseerla de modo que nos sea perniciosa. El riesgo está en el deseo de enriquecerse, y un alma justa que se ocupa en aumentar su hacienda, se impone una pesada carga; porque un siervo de Dios no puede adquirir los bienes del mundo sin exponerse a juntar vicios que son inseparables de los bienes» (Comentario al Evangelio de San Mateo 19,8).
–Marcos 9,37-42.44.46-47: El que no está contra nosotros está a nuestro favor. El pecado de escándalo, tan frecuentemente reprobado por Cristo, es siempre el triunfo del egoísmo personal y de la irresponsabilidad humana sobre la ley de la caridad y sobre las necesidades de nuestros hermanos. Cristo lo condenó con palabras durísimas. Hay que proclamarlo por doquier, pues se nota una insensibilidad generalizada con respecto a los escándalos: corrupciones, pornografías, opresiones y mil formas de abusos se comenten con toda naturalidad, sin temor de Dios, sin recriminaciones...
No pueden existir razones que permitan ser indulgentes contra teorías, doctrinas, prácticas y costumbres que conducen al mal o que lo presentan desnaturalizado y privado de malicia. Es nuestra vida íntegra la que ha de proclamar nuestra fe operante o la que puede desmentir en nosotros la verdad de nuestra religiosidad, sea litúrgica o extralitúrgica.
Los Santos Padres han tratado de eso con mucha precisión y muy frecuentemente. Concretamente San Basilio:
«Si aun cuando en las cosas permitidas, y en las que nos es libre hacer o no hacer, causamos escándalo a los débiles o ignorantes, incurrimos en una vigorosa condenación, según dijo el Salvador con estas palabras: “mejor le sería que se arrojase en el mar con una piedra de molino al cuello, que escandalizar a uno de estos pequeñuelos”. Vuelvo a decir, nos ha de juzgar con tan terrible rigor sobre las cosas permitidas, ¿qué sucederá en las cosas que son prohibidas?» (Cuestiones 10,25).
Y San Juan Crisóstomo:
«No me digáis, esto o aquello está prohibido, ni que está permitido, siempre que habléis de alguna cosa que escandaliza a los demás; porque, aunque la permitiera el mismo Jesucristo, si advertís que alguno se escandaliza, absteneos, no uséis del premio que os ha dado. De este modo procedió el grande Apóstol, no queriendo tomar cosa alguna de los fieles, no obstante que el Señor lo había permitido a los Apóstoles» (Homilía 21,9).
Manuel Garrido Bonaño, O.S.B., Año litúrgico patrístico, Tomo 6, Fundación GratisDate.
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DR. D. ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
LA INDISCRECION EN EL CELO: Mc. 9, 37-40
Explicación. — Contiene este fragmento una repulsa de Jesús contra el celo imprudente. El lugar del episodio corresponde al mediar la peroración de Jesús contenida en el número anterior. Parece ser que al decir Jesús las palabras: El que recibiere a un niño tal «en mi nombre», a mí recibe, le interrumpió Juan, el Evangelista, uno de los hijos del Zebedeo, diciendo que había un exorcista, no discípulo suyo, que lanzaba los demonios, precisa mente «en su nombre». Jesús aprovecha la interrupción del discípulo para dar esta interesante lección.
Y le respondió Juan a Jesús, interrumpiéndole al hacer alusión a su nombre, diciendo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba demonios en tu nombre, invocándole, o en virtud del mismo nombre, valiéndose de él como de instrumento. Al apóstol Juan, le parece ello una usurpación, porque aquel hombre no era de los discípulos que acompañaban al Señor, que no nos sigue, a quienes solos se había dado el poder de lanzar demonios. Y se lo vedamos, porque se arrogaba unas atribuciones que no tenía. El celo de Juan, más que pecaminoso, parece ser imprudente, mirando sólo en favor de los prestigios de Jesús, aunque sin razón.
Jesús les enseña a fomentar el bien, quienquiera que sea el que lo haga. Y dijo: No se lo vedéis. La razón es porque ello cede en gloria de su nombre, preparando el camino para que, tras el milagro, entre en las almas la doctrina de Jesús; no puede decirse mal de un nombre al que va vinculado un poder santo y extraordinario: Porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, y que luego pueda decir mal de mí: sería inconsecuente y no se le creería.
Segunda razón: porque no se le debe prohibir a aquel hombre el oficio de exorcista; tan lejos está de ser contrario a su nombre e intereses, que más bien los fomenta: Porque el que no está contra vosotros, por vosotros está; porque si «el que no está con Cristo está contra él» (Mt. 12, 30), quien no está contra Cristo está con él y en favor de él: no hay medio entre estar con Cristo y serle contrario.
Tercera razón: toda obra buena merece su galardón, cuando por Cristo se hace. Y cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su galardón; ¡cuánto más digno de premio será aquel que en nombre de Cristo eche de los cuerpos los demonios!
Lecciones morales. — A) y. 37, — Y le respondió Juan diciendo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba demonios en tu nombre — No son los celos o la envidia los que obligan a Juan a denunciar el hecho de que un hombre no seguidor de Cristo lance demonios en su nombre, sino el deseo de que todos los que invocasen el nombre de Jesús fuesen discípulos suyos y una misma cosa con los Apóstoles, dice el Crisóstomo. Pero el Señor, por medio de los que hacen milagros, aunque sean indignos, llama a otros a la fe, y hace que sean mejores aquellos que reciben esta gracia inefable. Entre los seguidores de Cristo los hay incipientes y perfectos.
B) y. 38. — No se lo vedéis — Hágase el bien, y no mires por quién, dice el refrán. El bien, sobre todo si se hace en nombre de Cristo, siempre fructifica, aunque ni sea el mayor que pudiese hacerse, ni se haga en la mejor forma posible, ni sea el mejor quien lo haga. Es ésta una oportunísima lección de amplitud de criterio en la cuestión del apostolado. Y es una condenación de todo espíritu de partidismo o personalismo mezquino, que tantas trabas pone al bien, y que tantas obras buenas inutiliza. Mejor entienden los malos la política de hacer el mal, que los buenos la estrategia del bien: aquéllos se dan todos la mano y van a su fin con afán digno de mejor causa; éstos neutralizan su acción con mutuas trabas e interdicciones.
C) y. 39. — El que no está contra vosotros, por vosotros está. — Debe entenderse esto, dice San Agustín, en el sentido de que en tanto uno no está con Cristo en cuanto está contra él; y en tanto está con Cristo en cuanto va en pro de él. Así la Iglesia no reprueba de los herejes, por ejemplo, aquello en que convienen con ella, pero condena todo aquello en que van contra ella. Así, buenos y malos pueden tener un punto de contacto en el bien, y en esto, salvando peligros, y escándalos, y conveniencias, pueden aunar sus esfuerzos en una acción en pro del bien; pero jamás será lícito transigir con el mal o pactar con él, como factor de apostolado, para hacer un bien.
D) y. 40. —Y cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre... — Demuéstrase con estas palabras la misericordia del Señor, que no sólo da la merced debida a las buenas obras que hacen sus discípulos y los que viven en gracia con él, sino que toda buena obra tiene su premio, en una u otra forma, no en razón de la vida eterna, si uno la pone en pecado, sino que es muy posible que quien hace el bien sea conducido por Dios al bien vivir, en la misma medida que se hace el bien y con mayor medida aún, dada la largueza del Dador de todo bien. Tal es la fuerza del nombre de Jesús, que toda obra que de él se ampare dará fruto copioso de bendición, en el orden espiritual o temporal.