21
HOMILÍAS MÁS
PARA EL DOMINGO XXV
(9-21)
9.
1.
Comprender a Jesús
El evangelista Marcos vuelve a plantearnos hoy uno de los problemas más
candentes del Evangelio y de la historia de la Iglesia: la incomprensión del
mensaje de Jesús y la distorsión de su imagen. Son muchos los que dicen seguir
a Jesús, muchos los que se llaman cristianos, pero -cuestiona Marcos-
¿seguimos al auténtico Jesús, ese Jesús a quien los discípulos no
comprendían y temían hacerle preguntas?
Comprender a Cristo... He aquí el problema de los cristianos. Para eso fueron escritos los evangelios, después del anuncio oral de los apóstoles. Pero este problema no acabará con los evangelios escritos, y es posible que no acabe nunca. Cada comunidad, cada cultura, cada creyente trata de comprender a Jesús a su manera y de acuerdo con sus propios esquemas. El mismo Nuevo Testamento parece buscar la palabra que más cuadra para designar a Cristo, reflejando -al mismo tiempo- diversas mentalidades y circunstancias históricas. Así, en unos casos es «el Hijo del Hombre», acentuando con esta expresión su aspecto humano y su forma humilde de presentarse ante la gente. En otros, es el «Siervo de Yavé» que sufre y muere por todo el pueblo; o «el Profeta» o «el Maestro» que trae toda la palabra del Padre; o "el Emmanuel", el Dios con nosotros. También es llamado «el Hijo de Dios», tanto como enviado del Padre como el Dios encarnado; o «el Señor» que por la resurrección adquiere el dominio sobre el cosmos y la supremacía de cabeza de la Iglesia... Ciertamente que todos estos títulos reflejan un aspecto del misterio de Jesucristo, pero ¿con el solo empleo de estos títulos llegamos a comprender a Jesucristo? Marcos nos trae un caso concreto de cómo es posible emplear el título sin comprender su verdadero significado. Lo hemos visto el domingo pasado: los apóstoles llaman a Jesús «el Mesías», pero con una interpretación opuesta a la de Dios. La mayoría de los títulos que los primeros cristianos aplicaron a Jesús -y que constan en los libros del Nuevo Testamento- hoy casi han desaparecido del uso diario entre los cristianos. Más bien preferimos hablar de Jesús a secas, o de Cristo -palabra que en realidad significa: Mesias-Ungido-, tomando esta palabra, al igual que Jesucristo, como un nombre propio de Jesús. Pero, ¿qué consideramos lo esencial en Jesucristo? ¿Qué es esto fundamental que, a pesar de tanta diversidad cultural e histórica, debemos preservar, mantener y propulsar? ¿Cuál es la característica que hizo que aquel hombre, también llamado «hijo del carpintero», fuera considerado como el Salvador de los hombres y que hace que también hoy la Iglesia pueda presentarse en actitud salvadora?
El evangelista Marcos reclama por dos veces consecutivas nuestra atención sobre un aspecto que considera esencial en Jesús: El es aquel que se entrega en manos de los hombres para ofrecer su vida por los mismos hombres. Pero los discípulos no lo comprenden. Es evidente que este «no comprender» tiene en Marcos un sentido muy especial, pues no puede referirse a una pura comprensión intelectual como cuando el alumno le dice al maestro: «No comprendo tal cosa, explíquemela de nuevo.» Si ése fuera el problema, deberíamos pensar que, con más inteligencia de nuestra parte, el Evangelio se nos haría mucho más accesible, y todo se resolvería con más estudio, más atención y mejores profesores de religión. Marcos más bien parece referirse a una comprensión del corazón, a una aceptación en la vida de la forma cristiana de actuar. «No comprender a Jesús» es como decir: No aceptarlo, no tragarlo, no estar dispuestos a la renuncia que él pide.
El texto de la Carta de Santiago -segunda lectura- nos ayuda a comprender lo anteriormente dicho. El tema es casi el mismo. Santiago constata que entre los cristianos no ha desaparecido del todo el vicio, la maledicencia, las discordias y disensiones. Entonces argumenta de la siguiente forma: hay dos clases de sabiduría, o sea, dos formas de encarar la vida. Una de ellas es sabiduría terrena, y nos impulsa hacia las contiendas, las guerras y las constantes envidias. Es la sabiduría que nos hace ambicionar y, si no conseguimos lo deseado, matamos o hacemos la guerra. La otra es la sabiduría divina: es pura, benévola, pacífica, conciliadora, dispuesta a hacer el bien, imparcial y sincera. Los que la siguen trabajan por la paz, y su fruto es la justicia.
Intelectualmente, es fácil comprender el texto de Santiago, pero cuando nos encontramos ante un caso concreto y debemos actuar, la comprensión desaparece, y sabiendo cuál es la sabiduría divina, nos dejamos llevar por la ambición, la envidia y las riñas. Es la comprensión del corazón la que está en juego, la que crea en nosotros actitudes y la que efectivamente nos mueve a ciertos actos consecuentes con lo que pensamos y sentimos. Así, pues, cuando Marcos nos dice que nos cuesta comprender a Jesús entregándose a la muerte por los hombres, alude a la resistencia interna a aceptar esa actitud de Jesús como algo esencial y perentorio en nuestra vida. Nuestro ego no comprende que haya que morir por los otros o que sea necesario buscar el camino de la humildad y del servicio fraterno. Lo que sigue del evangelio, es prueba de cuanto vamos diciendo...
2. Servir a la comunidad
Mientras caminaban de regreso hacia Cafarnaúm, Jesús observó que sus discípulos discutían nerviosamente. Cuando les preguntó de qué se trataba, callaron avergonzados, pues su discusión versaba sobre quién era el más importante entre ellos. Era evidente que no habían comprendido nada al Jesús que da su vida por los hermanos. Entonces el mismo Jesús se lo explicó con luz meridiana: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» La expresión de Jesús es una nueva formulación del principio de la cruz: entregarse a la muerte es servir a todos como si fuéramos el último. Por lo tanto, hay algo esencial en Jesús y en sus discípulos: el servicio a la comunidad. Se podrán hacer muchas elucubraciones teológicas sobre Jesús, discutir este o aquel título bíblico, pero ya tenemos un elemento sumamente concreto sin el cual no podemos "comprender" a Jesús. Y si Jesús es incomprensible sin esta actitud, también lo es el cristianismo y el cristiano en particular.
PODER/RELIGION: La ambición es una actitud que debiera estar desterrada de la religión. La vemos hasta aceptable en el campo político o militar, pero ¿cómo es posible pensar que una persona pretenda el dominio sobre los otros precisamente en una religión? Sin embargo, no solamente vemos que dentro de las religiones se dan actitudes ambiciosas, sino que hay personas que usan la religión como forma de poder. Esto era lo que sucedía en los apóstoles: pretendían usar su proximidad con Jesús y su llamada al apostolado como una forma de primacía sobre el resto de los discípulos. De alguna manera, su modo de pensar parecía lógico: al entender a Jesús como un Mesías político era obvio que pensaran también compartir su poder. Por otra parte, en todo el mundo antiguo el servicio religioso daba prestigio y poder ante la comunidad. El sacerdocio introducía a sus miembros en la clase alta y gobernante y, de acuerdo con la concepción del mundo que se suponía gobernado por poderes sobrenaturales que Dios o los dioses depositaban sobre ciertas personas, el ejercicio del poder religioso tenía gran incidencia sobre conciencias timoratas y crédulas. Marcos constata que también dentro del cristianismo existen personas que entienden el sacerdocio de la misma manera. En cambio, lo típicamente nuevo de Jesús, lo que debiera ser siempre la característica de los hombres encargados de la conducción de la Iglesia, es que el servicio del culto no da más honor, ni prestigio, ni poder, ni lucro, ni ninguna otra forma de ambición humana. También los laicos que comparten con los sacerdotes la conducción de la comunidad deben estar alertas contra esta diabólica tentación. Estar al frente de un grupo apostólico o de cualquier tarea pastoral, no da privilegios ni honores.
El evangelio de hoy es una llamada de atención a todos los que nos cobijamos bajo la sombra del templo cristiano. No estamos inmunes contra las más bajas pasiones, desde la simple envidia hasta la muerte del otro; y existen muchas formas de apartar de nuestro camino al que nos molesta o supuestamente nos hace sombra o nos quita aquel honor que suponemos nos corresponde. Hacerse «servidor de todos» es la exigencia evangélica por excelencia. Es el mandato más duro de todos los dados por el Señor. Es la cruz de la Iglesia y de cada cristiano. Jesús no le pide a la Iglesia que dé algo a los pobres o que se preocupe por los humildes y necesitados. Eso también lo hacen ciertos magnates y potentados. Le pide, en cambio, que se ofrezca como una esclava al servicio de un amo; que no se reserve nada para sí; que ni siquiera pueda decir con orgullo: «Hice una buena acción.» Ella es la Iglesia del servidor de los hombres, la que debe actuar callada y anónimamente; la que no aparenta ni hace alarde de sabiduría o de prestigio. Es la Iglesia que abraza a los pequeños y los recibe en nombre de Jesús; la que siente el gusto y la alegría de no tener más poder que el que otorga el amor sacrificado. Hoy todos tenemos la oportunidad de analizarnos a la luz de estos textos de Marcos y de Santiago. No pretendemos señalar con el dedo a los ambiciosos que están en la Iglesia. Los hay. Pero traicionaríamos a la Palabra de Dios si nos constituyéramos en jueces de los demás. La Iglesia -comunidad de Cristo- no sólo está presente en los de arriba. También lo está en cada hogar, en esa micro-iglesia, la iglesia doméstica en la que también cada uno, sobre todo los padres, debe hacerse servidor del otro. La Iglesia está presente en el barrio, en la ciudad o pueblo, y la presencia de los cristianos tiene la ocasión de mostrar con signos muy palpables qué significa esto de servir a los hombres. El mismo Santiago nos pone sobre aviso diciendo que aun rezando nos puede envenenar el incentivo de la ambición: porque pedimos mal, con el único fin de satisfacer nuestras pasiones. La ambición se puede filtrar en el culto, en una primera comunión o en un casamiento, en una predicación o en esa intención por la cual ponemos en oración a toda la comunidad. La ambición siembra en una parroquia la discordia, las querellas, las agrias disputas, las divisiones y el chismorreo; por ambición surgen los caudillos y los fieles se aglutinan tras uno u otro. Posiblemente, tal como les sucedió a los apóstoles, cuando encontremos nuestra propia forma de ambición, nos avergoncemos y callemos. A veces hace falta hacer un alto, dejar a un lado las estadísticas de bautismos y comuniones, cerrar los libros de actas de tantas reuniones fatuas, silenciar los triunfos obtenidos y quemar la lista de cosas importantes que hemos hecho durante el año... La sabiduría de Dios quiere actuar en nosotros de forma humilde y callada; busca la paz en silencio. Nos acicatea con este solo interrogante: ¿Qué necesita mi hermano? Hagamos un momento de silencio; analicemos las formas de nuestra ambición religiosa. Después, hagamos oración, la oración del servidor que dice: «Señor, que se cumpla esta tu palabra: que podamos ser los primeros en servir a nuestros hermanos.»
SANTOS
BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B. 3º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 278 ss.
10.
EN DEFENSA DE LOS NIÑOS
Quien acoge a un niño... me acoge a mí.
Se ha dicho que la labor que se hace en las escuelas es más importante y decisiva para el futuro de una sociedad que el trabajo que se realiza en las oficinas, las fábricas y los despachos de los políticos. Ciertamente, no es nada fácil el arte de educar. Las ciencias de la pedagogía nos hablan hoy de muchos factores que hacen ardua y compleja esta tarea. Pero, quizás, la primera dificultad sea la de encontrarnos realmente con el niño. No es fácil para un hombre o una mujer integrados en una sociedad como la nuestra acercarse a los niños de verdad. Su mirada y sus gestos espontáneos nos desarman. No les podemos hablar de nuestras ganancias y nuestras cuentas corrientes. No entienden nuestros cálculos y nuestras hipocresías. Para acercarnos a ellos, tendríamos que volver a apreciar las cosas sencillas de la vida, aprender de nuevo a ser felices sin poseer muchas cosas, amar con entusiasmo la vida y todo lo vivo. Por eso, es más fácil tratar al niño como una pequeña computadora a la que alimentamos de datos que acercarnos a él para abrirle los ojos y el corazón a todo lo bueno, lo bello, lo grande. Es más cómodo sobrecargarlo de actividades escolares y extraescolares que acompañarlo en el descubrimiento admirado de la vida.
Sólo hombres y mujeres, libres de codicia y de odios, que no crean sólo en el dinero o en la fuerza, pueden hacer con los niños algo más que trasmitirles una información científica.
Sólo hombres y mujeres respetuosos que saben escuchar las preguntas importantes del niño para presentarle con humildad las propias convicciones, pueden ayudarle a crecer como persona.
Sólo educadores que saben intuir la soledad de tantos niños para ofrecerles su acogida cariñosa y firme, pueden despertar en ellos el amor verdadero a la vida. Como decía Saint-Exupéry, y tal vez hoy más que nunca, «los niños deben tener mucha paciencia con los adultos» pues no encuentran en nosotros la comprensión, el respeto, la amistad y acogida que buscan.
Aunque la sociedad no sepa, tal vez, valorar y agradecer debidamente la tarea callada de tantos educadores y educadoras que desgastan su vida, sus fuerzas y sus nervios junto a los niños, ellos han de saber que su labor, cuando es realizada responsablemente, es una de las más grandes para la construcción de un pueblo. Y los que lo hacen desde una actitud cristiana, han de recordar que «quien acoge a un niño en nombre de Jesús, le acoge a él».
JOSE ANTONIO
PAGOLA
BUENAS NOTICIAS NAVARRA 1985.Pág. 229 s.
11.
1.
«Veamos el desenlace de su vida».
Resulta obligado aplicar este texto de la primera lectura al «Hijo de Dios», a
Cristo. Cada uno de sus versículos concuerda con su comportamiento y con el de
sus enemigos. El les ha echado en cara realmente sus pecados, su traición a la
ley de Dios y a la auténtica tradición; y ellos han decidido su muerte, una
«muerte ignominiosa». Las injurias de que Jesús fue objeto al pie de la cruz
se corresponden con las de los malvados aquí descritos: si es realmente el Hijo
de Dios, su Padre se ocupará de él; veamos si Dios le proporciona la ayuda con
la que dice contar. Así considerada, la cruz de Cristo sería la prueba de que
los enemigos que le condenaron a muerte tenían razón, aunque su muerte haya
demostrado, como ellos pretendían, «su moderación y paciencia»: no ha sabido
defenderse.
2.
«El servidor de todos».
El evangelio de hoy parece confirmar una vez más la concepción de los
«malvados», según la cual el cristianismo sería una doctrina para niños
indefensos y para los que quieren convertirse en tales: para la gente débil. Y
sin embargo lo que se dice en él trastoca radicalmente todo lo dicho y hecho
hasta ahora. En lugar de los malvados que acechan, aparece ahora la enseñanza
de Jesús a sus discípulos: él será entregado en manos de los hombres, lo
matarán y resucitará al tercer día. Pero es él mismo el que determina su
destino, no ellos; y lo hace con una libertad suprema, como obra de su voluntad
firme y decidida, obediente a Dios. Y en lugar de los malvados aparecen, como su
desenmascaramiento y caricatura, los discípulos, que, después de haber oído
esta enseñanza sin haber comprendido una palabra de la misma, discuten entre
sí sobre quién es el más grande o el más importante. Ser grande y poderoso
se opone a la paciencia y a la moderación de que Cristo hace gala. Entonces
Jesús, cuya predicción no encuentra ningún eco entre los suyos, toma a un
niño en sus brazos para demostrar en él, -en alguien cuya esencia todos
conocen y comprenden la verdad que proclama toda su existencia: el más grande,
Dios, manifiesta su grandeza humillándose y poniéndose en el último lugar
como servidor de todos; y el niño, el más débil de los seres humanos, que por
esencia ha de ser cuidado y acogido, es el símbolo real de este Dios que es
acogido cuando se acoge a un niño: primero el Hijo humillado, pero en él
también el Padre, que ha consentido esta humillación. Dios, en su servicio de
esclavo asumido por libre amor hacia todos los malvados y embriagados de ansia
de poder, se manifiesta justamente como el mayor de todos. ¿Quién tiene el
coraje de seguirle?
3.
«No podéis alcanzarlo».
La amarga segunda lectura, que desvela sin contemplaciones el interior
pecaminoso del hombre ante Dios, saca ahora las consecuencias. El ansia de poder
y grandeza, que es la causa de no pocas guerras y conflictos entre los hombres,
no conduce a nada porque el «ambicioso», el «codicioso» es contradictorio en
sí mismo. Ambiciona cosas que contradicen su naturaleza, vive en el
«desorden» y se opone a «la sabiduría que viene de arriba». Por eso no
obtiene nada cuando pide este tipo de sabiduría; no puede recibir nada porque
para recibir debería ser como un niño: «amante de la paz, comprensivo,
dócil». Sólo la doctrina de Jesús resuelve la contradicción interna que
anida en el corazón del hombre, en la que éste se enreda y de la que no puede
liberarse por sí solo.
HANS URS von
BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales
A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág.
193 s.
12. ¡NO DAMOS UNA!
Eso creo. Que, a veces, no damos una. Hace Jesús el primer anuncio de su Pasión y Pedro se pone ante él, increpándole, y quitándole la idea de la cabeza. Vuelve Jesús a hacer un segundo anuncio -ése que nos cuenta el Evangelio de hoy- y son sus discípulos los que dejan al descubierto su alarmante frivolidad: «Por el camino venían discutiendo sobre quién sería el más importante». Tuvo que ser muy decepcionante para Jesús. Cuanto más necesitaba él recoger energías y sentirse arropado, ellos no pensaban en otra cosa que en mandos y liderazgos. Como Pedro había recibido ya la promesa del «primado», quizá ellos no querían quedarse «fuera de la lista»: «¿Qué puesto ocuparé yo?» Sí, la verdad es que, a veces, no damos una. Pero no desaprovechó Jesús la lección, y, con un ejemplo gráfico, desgranó vanas ideas:
1ª «El que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos». Más claro, agua, Jesús quería ser el primero. Debía ser el primero. Era el primero. Pues, ved. No va a Jerusalén a que le proclamen «rey», cosa de la que siempre huyó, sino a colocarse el último, entre los indeseables y malhechores: «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán». En coherencia, por tanto, con su lema: «El que se humilla será ensalzado».
2ª «Acercándose a un niño, lo puso en medio». Oídlo bien: «Lo puso en medio». Al revés que nuestra moderna sociedad que «lo quita de en medio» y lo «echa a un lado». Buscad todos los eufemismos que queráis y todas las terminologías y «razones legales» que traten de justificarlo. Pero el aborto, y la interrupción del embarazo y la eliminación del «nasciturus» son modos clarísimos de «quitar de en medio al niño». Porque la vida del niño, como la del anciano, como la del atleta, como la de Miss Universo son igualmente preciosas a los ojos de Dios.
3ª «Lo abrazó». Que es tanto como ofrecerle soportes válidos durante su niñez, hasta que él mismo sepa andar su camino. Creo que también nosotros abrazamos a los niños. Pero cayendo frecuentemente en dos «ismos»: el proteccionismo, que es «auparlos tanto» a nuestros brazos, que tratamos de identificarlos con nuestro propio yo, queriendo que crezcan a nuestra imagen y semejanza, sin ningún respeto a su propia personalidad. Y, segundo, el ilusionismo: que es tapar con premios, regalos y concesiones fáciles el permisivismo lo que debía ser entrega seria, constante y pensada al desarrollo gradual de su personalidad.
4ª «El que acoge a un niño como éste, me acoge a mí». Daos cuenta y quitaos la posible nube romántica de los ojos. El niño que Jesús «puso en medio» no tenía por qué ser un niño prodigio: rubio, guapo y dechado de virtudes. Seguramente era «uno de tantos». Es decir, ególatra y absorbente, con marcada tendencia a la terquedad, con caprichos, con grandes dosis de inconstancia y volubilidad, con propensión a la pereza, con envidias repentinas. Esto es, un animalito herido ya por todas las concupiscencias, como todos los niños. Pues, bien, «acoger a un niño así, ¡es acoger a Jesús». Se trata, por tanto, de una labor dura y, a veces, poco lucida. Pero muy grande. Porque si Santa Teresa «veía a Dios entre los pucheros», Jesús nos dice que «El está en los niños»: «Cualquier cosa que hagáis a uno de estos pequeños, me la hacéis a mí». Y, claro, además, entre un puchero y un niño hay diferencia, ¿no?
ELVIRA, Págs. 180 s.
13.
Frase evangélica: «Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos»
Tema de predicación: EL SERVIDOR DE LOS DEMÁS
1. Jesús sitúa las exigencias del seguimiento a partir de un segundo anuncio de la Pasión, que los discípulos siguen sin entender, porque discuten acerca de «quién es el más importante». No comprenden el sentido de la cruz ni el protagonismo de los últimos. Precisamente en la cruz se hizo Jesús el último, y en la resurrección pasó a ser el primero. Los discípulos se resisten a aceptar una comunidad en la que los primeros criterios son el servicio y la humildad. Con estas actitudes se sirve a los niños.
2. La llegada del reino trastoca los esquemas del mundo, siempre proclives a encumbrar al primero y a menospreciar al último, en virtud de la vanidad, el orgullo y la ambición. Los menores, es decir, los pobres y marginados, tienen en la comunidad nueva una relevancia inusitada, porque son sacramento desconcertante de Dios. La comunidad cristiana se diferencia de cualquier otra comunidad por estos criterios operativos evangélicos. Por eso la acogida a los menores es acogida cristiana, y la opción por los pobres es criterio fundamental de la Iglesia.
3. El seguimiento de Jesús entraña incomprensión y persecución. Jesús fue «entregado en manos de los hombres», es decir, manipulado. Tiene conciencia de que se dirige al encuentro de una muerte violenta. Constantemente, a lo largo de la historia, los justos sufren afrentas, los profetas son perseguidos y los mártires padecen una muerte violenta.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Aceptamos
los sufrimientos inherentes a una vida cristiana?
¿Por qué queremos ser siempre los primeros?
CASIANO
FLORISTÁN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITÚRGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 227 s.
14.
En la vida pública el protocolo está a la orden del día. Hay una orden que determina quién es el primero, quién se pone a la derecha del más importante, quién le sigue en dignidad. Hay gente especializada en estas zarandajas. La gente se pega hasta en público por conseguir un puesto de honor. Cuando hay equivocaciones en la colocación o en el tratamiento surgen conflictos que no se superan con facilidad. es de risa. Por las Revistas nos enteramos que los artistas de cine o teatro ponen en sus contratos cláusulas para salir en cabecera de cartel o para aparecer como "estrella invitada". Si esto no se cumple, se rompen los contratos o se retiran de los espectáculos. Es de risa. También en la Iglesia nos hemos preguntado quién es el "más importante". Y nos hemos respondido organizando rangos, dignidades, preferencias, tratamientos. Es de risa. Todo esto es ridículo. ¿Cómo es posible que los hombres y, sobre todo los cristianos, seamos tan insensatos? "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos, y el servidor de todos" ¿Acaso Jesús no habla claro? ¿Son confusas estas palabras? ¿Es que significan todo lo contrario de lo que dicen? ¿O es que nosotros estamos sordos?
-¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús, por el camino, va diciendo que "va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará", y ellos, por el camino, discuten acerca de quién es el más importante. Dos actitudes opuestas: Jesús camina impulsado por su amor al Padre y a los hombres, y va a entregar su vida para gloria del Padre y salvación de los hombres, y los discípulos que caminan movidos solamente por su amor propio y buscando exclusivamente su propia gloria. Contemplemos la terrible soledad de Jesús...
Para Jesús lo único verdaderamente importante es el amor, y el servicio es la práctica del amor. Este es el único título de dignidad y de honor y de importancia. Sólo los que aman son ilustrísimos y excelentísimos. Sólo los que aman son los primeros y tienen la preferencia. A los servidores, a los últimos,a los que son capaces de lavar los pies, a los que no viven más que para ayudar, a los que sólo buscan el bien de los demás, a éstos es a los que hay que cuidar y mimar como oro en paño. Solamente a éstos. Lo demás es vanidad, fatuidad, fanfarronería. Para Jesús solamente vale el servicio por amor, el ponerse a los pies del otro, el despojarse de todo rango, el ser menos que nadie, el considerar a los demás más que a uno mismo. Esta es la dignidad de Jesús. Él es el hombre por excelencia y el modelo de todo comportamiento entre los hombres. Él está ahora entre nosotros presidiendo, porque fue capaz de dar su vida por todos, el siervo de sus hermanos. Por eso, si alguno de nosotros se pone delante de los otros, ha de ser sólo para servir.
No entendemos nada, ni aun recibiendo la comunión del Cuerpo entregado por nosotros, de la sangre derramada por nosotros. El que recibe a Jesús, el Siervo, el Servidor, o se pone de rodillas al servicio de los hombres, o contradice la misma comunión que recibe. ¿Cómo se puede comulgar al Servidor creyéndose uno más importante que alguien?
Toda
la providencia es un anhelo de servir.
Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú;
donde hay un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú;
sé el que apartó del camino la piedra,
el odio de los corazones
y las dificultades del problema.
Hay
la alegría de ser sano y la de ser justo,
pero hay sobre todo, la inmensa,
la hermosa alegría de servir.
Qué
triste sería el mundo
si todo él estuviera hecho;
si no hubiera un rosal que plantar,
una empresa que emprender.
No
caigas en el error
de que sólo se hacen méritos
con los grandes trabajos;
hay pequeños servicios:
arreglar una mesa,
ordenar unos libros,
peinar una niña.
Aquél
el que critica,
éste el que destruye;
sé tú el que sirve.
El
servir no es una faena de seres inferiores.
Dios que es el fruto y la luz, sirve.
Pudiera llamarse.. ¡el que sirve!
Y
tiene sus ojos en nuestras manos
y nos pregunta cada día:
¿Serviste hoy? ¿A quién?
¿Al árbol? ¿A tu hermana? ¿A tu madre?
GABRIELA MISTRAL
15.
Sus discípulos no entendían aquello
Jesús vuelve de nuevo al tema del evangelio del domingo pasado. Habla de su entrega a los hombres, de su muerte y de su resurrección. Y el evangelio nos dice que los discípulos no entendían aquello. No podían concebir que Jesús, su amigo excepcional y maestro extraordinario, que tantas cosas había hecho, con tal autoridad y acompañadas de tamaños signos, ahora pudiera acabar desapareciendo de entre ellos. No les cabía en la cabeza. Jesús los prepara, pero son incapaces de conectar.
Y en cuanto a nosotros: ¿Lo entendemos? Creemos por la fe y sabemos que hemos sido redimidos por Jesús. Pero cuando el sufrimiento nos visita, cuando nos percatamos de que la vida se nos puede acabar, cuando alguien a quien amamos sufre o muere... ¿creemos que todo ese sufrimiento puede también unirse al de Jesús, y así se nos concede participar en nuestro cuerpo de su redención? Ser capaz de entrar en el corazón del dolor y hallar ahí un sentido redentor, sólo está al alcance de aquel que tiene una fe de gran calidad. Los discípulos no entendían lo que Jesús les decía. Pidamos nosotros que el Señor nos lo enseñe.
¿Quién es el más importante?
¡Qué contraste! Los intereses de los discípulos eran muy distintos. Ante el solemne anuncio de Jesús, ellos discutían quién iba a ser el primero, quién era el mas importante. Intereses demasiado humanos. Y eso sigue pasando en nuestro mundo, y entre nosotros. Y el mundo sigue por ese camino. Todo se resume en ser importante, figurar, ser alguien. ¿Acaso no nos afecta eso a nosotros también?
Lo cierto es que hay a quien le toca presidir y a los otros no. Así ocurre en todas las instituciones. En el plano político y en el religioso también. Existe lo que se llama el protocolo. Y se diría que es innato el afán por salir en la foto, por estar en el candelero. Y en la liturgia está muy bien determinado el orden a seguir en las celebraciones. Y, evidentemente, eso tiene un sentido. Y seguro que ha de ser así y que hay muchos argumentos para actuar de este modo. Pero es muy importante estar alerta para que el hecho de presidir sea en verdad un acto de servicio a los hermanos. i Y eso nos afecta a todos: obispos, sacerdotes y laicos. Las responsabilidades en el seno de la comunidad han de ser un servicio. Debemos guardar un estilo sencillo, humilde. Y no aprovecharnos de nuestra responsabilidad para imponer ni para presumir. Debemos ser, interior y exteriormente, servidores del Señor y de la comunidad. Y valorar este servicio. Esa es la gran vocación del cristiano. Así nos lo ha recordado hoy Jesús, como en tantas otras ocasiones: la gran dignidad del cristiano, del seguidor del Maestro, está en servir a los hermanos. Hoy lo concretaba con estas palabras: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos".
Ojalá que nuestro servicio, generoso, sincero y a menudo escondido, sea acogido con alegría y deseado. Servir al hermano es servir al mismo Jesús. Servir al más pequeño, al más indefenso, al más necesitado, es lo mismo que acercarnos al Señor. Es acoger a Jesús, es acoger al Padre del cielo. Así lo hemos escuchado en la parte final del evangelio: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, simo al que me ha enviado". ¡Qué gran dignidad y qué gran vocación es servir y acoger a los predilectos de Jesús!
Participemos en esta celebración y vivamos el misterio del amor de Dios. Vivamos la entrega de Jesús en favor de todos nosotros; una entrega que ha sido total. Él dio la vida por nosotros y nos la sigue dando.
Que el alimento que él nos da hoy de nuevo en la Eucaristía nos ayude a ser capaces de darnos, también nosotros, a los demás.
JOAN
SOLER
MISA DOMINICAL 2000 12 17
16. Domingo 21 de septiembre de 2003
Sab 2, 12.17-20: Persigamos al Justo, que nos molesta
Salmo responsorial: 53, 3-6.8
Sant 3,16 - 4,3: La verdadera y falsa sabiduría
Mc 9, 29-36: Segundo anuncio de la pasión
El justo es puesto a prueba. El texto nos coloca
en una confrontación entre sabios y necios. Los sabios son los judíos que
guardan la ley de Dios y observan fielmente las tradiciones religiosas del
pueblo de Israel; los necios son los paganos y los judíos que se han dejado
contaminar por la cultura griega. El autor del libro de la sabiduría define muy
bien la actitud de estos dos tipos de personas y de estas dos filosofías de la
vida.
Los malvados acechan al justo, denuncian sus actitudes y sus modos de proceder y
sus pretensiones de acaparar la amistad y el favor de Dios. Lo ponen a prueba,
incluso lo condenan a una muerte afrentosa, y de paso verifican si Dios es en
realidad lo que el justo dice que es.
El texto sirve a los autores del Nuevo Testamento para definir a Jesús, el Hijo
de Dios, como “el justo por excelencia” o el “siervo de Yahvé”, y para definir
su causa por los empobrecidos, en contraste con las actitudes de quienes
pretendían acabar con Él.
El autor de la carta de Santiago nos dice que en la comunidad donde existen
envidias y divisiones hay toda clase de maldades, en cambio donde reina la
sabiduría, en el sentido de la primera lectura de hoy, está Dios y su proyecto
de amor. Nos invita a que nos preguntemos: ¿de dónde proceden las guerras y las
contiendas entre los seres humanos?, ¿no es acaso de los deseos de placer que
combaten en nuestro cuerpo? Nos plantea que la codicia por tener para malgastar
nos lleva a matar. Esta es la cruda realidad en la que nos movemos hoy con el
fenómeno de la corrupción social y la política neoliberal que corroe como un
cáncer a nuestra sociedad.
El texto del evangelio de hoy nos sitúa en la segunda fase de la catequesis que
Jesús dirige a sus discípulos, acerca de las consecuencias que trae el seguirlo
hasta Jerusalén y de las exigencias de este seguimiento.
Los discípulos no entienden lo que Jesús les quiere decir acerca de su propio
destino, no entienden que el Hijo del hombre tenga que morir y resucitar al
tercer día, y por eso no pueden entender que para ser los primeros se tienen que
colocar en el último lugar. Jesús responde a esta incomprensión con una sencilla
instrucción que tiene como objetivo hacer crecer, corregir sus defectos y
disponerlos para la entrega generosa por los demás. Como es habitual en Marcos,
Jesús instruye a sus discípulos en la casa. La casa era el lugar de reunión de
los primeros cristianos para la celebración y para la catequesis; estamos ante
una catequesis que se dirige a la comunidad.
La enseñanza de Jesús invita al cambio de puesto, con la llegada del Reino se
han cambiado los esquemas de este mundo: los últimos serán los primeros; los
pobres serán saciados; los que pierden su vida la están ganando; y los que
quieren ser los primeros han de ser los últimos y los servidores de todos. Este
mensaje esta dirigido a toda la comunidad, pero esencialmente para aquellos que
tienen una responsabilidad dentro de ella.
El gesto que utiliza Jesús de abrazar y colocar a un niño en medio de los
discípulos no debe ser entendido como si los niños fueran símbolo de inocencia,
pureza o ternura; el símbolo es una invitación a acoger con amor a los más
sencillos, humildes y necesitados, es decir, a los más pequeños. Los niños, en
la sociedad de Jesús, eran un cero a la izquierda, no tenían ningún valor, no
eran relevantes, ni tenían poder, eran los últimos: por eso son para Jesús los
primeros en el Reino. En este sentido, ser discípulo de Jesús es “no ser” para
una sociedad que tiene por valores justamente los contrarios a los del
Evangelio. No olvidemos que en el Reino no hay categorías, todos somos iguales,
y por tanto, todos tenemos el mismo valor. Es la sociedad de hoy la que ha
generado jerarquías, ha ordenando a las personas de mayor a menor de acuerdo a
sus propios parámetros.
Eso que Jesús revelaba -con una paradoja- era muy serio: Jesús identificaba su
propia suerte y la de Dios con la suerte de los niños, los que no tienen
derechos ni quien mire por ellos, los últimos, los despreciados, los no tenidos
en cuenta. Porque en realidad todo él se identificaba con ellos: se había puesto
de su lado, había asumido su causa como propia. Por eso decía que todo servicio
hecho a ellos se le hacía a él mismo y, en definitiva, al Padre. Nuevamente
ponía la jerarquía de valores de la sociedad al revés o, mejor, al derecho. Una
sociedad que mira sólo por los de arriba –o en la que las decisiones la toman
los que están arriba omiran por los intereses de los de arriba- no garantiza ni
el Reino ni la Vida; ésta sólo puede sobrevivir en un mundo que desde abajo mire
por los de abajo, los que no tienen derechos.
Para la revisión de vida
El afán de superación, el deseo de ser el primero, el anhelo de triunfo y éxito
en la vida… parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el
problema, normalmente, está en los medios que utilizamos para alcanzar esas
metas. Jesús nunca dijo que no debamos aspirar a ser los primeros, antes al
contrario: nos invita a serlo, pero nos señala el único camino humano y
humanizador para lograrlo: el amor y el servicio a la Causa del Reino , que es
también la Causa de los pobres. ¿Estoy atrapado en esa pseudomística de la
competitividad, del arribismo a cualquier precio, de la búsqueda del éxito y del
dinero a cualquier precio?
Para la reunión de grupo
- Léase la primera lectura en todo lo que es el capítulo 2 del libro de la
Sabiduría, del que la lectura de hoy es sólo un mínimo extracto. Al "justo" lo
persiguen sus coetáneos, no por capricho ni por odio irracional, sino porque les
resulta incómodo y con sólo su vida justa echa en cara la maldad de sus
enemigos. Al emparejar esta lectura con el evangelio del anuncio de la Pasión la
liturgia está interpretando que en Jesús se cumple el caso del justo del libro
de la sabiduría: Jesús fue asesinado porque molestaba a los poderosos, porque
declaraba a Dios de parte de los pobres y evidenciaba la injusticia de los
poderosos. Jon Sobrino habla de los mártires "jesuánicos" de estas últimas
décadas en América Latina, muy distintos de los mártires de muchos otros siglos,
y muy semejantes al mártir Jesús, y al justo del libro de la Sabiduría. Esa
presencia martirial del justo, que molesta a los injustos, es tal vez (o debería
ser) permanente. ¿Se da hoy en nuestra Iglesia? ¿Molesta nuestra Iglesia
institucional a algún poderoso injusto? ¿Y nuestra comunidad local? Si no se da
esa incomodidad, ¿a qué se debe?, ¿no hay en el mundo poderosos injustos?, ¿o no
hay profecía en nuestras comunidades o en nuestra Iglesia?
Para la oración de los fieles
- Por toda la Iglesia, para que comprenda y acepte al Cristo del Evangelio y lo
anuncie sin miedos. Oremos.
- Por todos los creyentes, para que se eliminen de nosotros todas las formas de
dominio y poder sobre las personas. Oremos.
- Por todos los que queremos vivir como discípulos de Jesús, para que sepamos
aceptarlo como el que no vino a ser servido sino a servir, y sepamos imitarlo.
Oremos.
- Por cuantos nos sentamos a la mesa del Señor, para que hagamos de la
Eucaristía signo de nuestra disponibilidad para servir y dar la vida por los
pobres y los pequeños. Oremos.
- Por esta comunidad nuestra, para que brille por
su afán de ser la última en honores y poderes, y así poder ser la primera en
servir a los demás. Oremos.
Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que enviaste a tu Hijo Jesús para mostrar al mundo "que no
todo está permitido" y para mostrarnos el sentido de la vida humana en un mundo
estructurado sobre la injusticia y el poder; enséñanos a seguir el camino de tu
Hijo Jesús, el justo perseguido, para que tu Iglesia cumpla la misión que le
diste. Por el mismo J.N.S.
SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
17.
Nexo entre las lecturas
Jesucristo con su persona, con su enseñanza y su vida ha traído un cambio al
mundo del hombre. En este cambio se centran de alguna manera los textos
litúrgicos del actual domingo. Al impío que no entiende ni acepta la vida del
justo se le pide implícitamente un cambio de actitud (primera lectura). Los
discípulos de Jesús necesitan cambiar de mentalidad ante las enseñanzas
sorprendentes de su Maestro (Evangelio). Santiago propone a los cristianos un
programa espiritual que implica un cambio en el estilo de vida que antes
llevaban (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Cambiar la actitud. ¿Cuál es la actitud del impío para con el justo?
¿Del pagano o del judío renegado que vivía en Alejandría de Egipto para con el
judío fiel a la ley que regula toda su vida? Según el libro de la Sabiduría, el
impío piensa que el justo es un fastidio para él, porque es la conciencia
crítica de su obrar; en lugar de admirarle e imitarle, como debería, prefiere
someterle a prueba; incluso a la prueba de la muerte, saltándose las leyes
humanas y divinas, para ver si el Dios en quien confía le protege y le salva. En
los versículos 21 y 22 del mismo capítulo se añade: "Así piensan, pero se
equivocan... No conocen los secretos de Dios". Se equivocan. Su actitud no
corresponde a la que Dios quiere. Hay, por tanto, que cambiar. El justo, el
fiel, el santo ha de ser admirado y propuesto como modelo digno de imitación. Es
verdad que el hombre fiel es un reclamo a la conciencia, pero esto debe ser
causa de alegría y de gratitud. ¿Por qué no acudir a Dios con la confianza del
justo en lugar de ponerle a prueba incluso con la muerte?
2. Cambiar la mentalidad. A los discípulos de Jesús no les entra en la
cabeza el que su Maestro tenga que pasar por el túnel del sufrimiento, que para
ser el primero se haya de ser el servidor de todos, que en las nuevas categorías
del Reino de Cristo el niño ocupe un lugar primordial. No es fácil para ellos
dejar la concepción en la que se habían educado desde su infancia. Pero si
quieren ser discípulos de Cristo tienen que cambiar. Han de aceptar que el
sufrimiento es camino de redención para Jesucristo y lo sigue siendo para los
cristianos. Se han de convencer vitalmente que el servir no es un favor que se
hace alguna vez, sino el estilo habitual de ser cristiano y de vivir en
cristiano. Deberán olvidar que el niño es algo que no cuenta en la reunión de
los mayores, para llegar a la certeza de que acoger a quien no cuenta, al
marginado, al débil, al necesitado es acoger a Cristo y mediante Cristo al mismo
Padre celestial. El trato y la compañía de Jesús, por un lado, y la acción del
Espíritu, por otro, realizarán el milagro.
3. Cambiar de vida. Si cambiar el modo de pensar es difícil, mucho más lo
es el cambio de vida. El Bautismo y la Eucaristía reestructuran al hombre por
dentro, le infunden un nuevo modo de ser y un principio nuevo de actuación. En
ello está la base del cambio de vida, pero este cambio requiere gracia de Dios,
trabajo humano, tiempo para que las nuevas estructuras sean vitalmente
asimiladas y configuren día tras día, acción tras acción, el comportamiento
humano. Sólo cuando se haya logrado la nueva configuración existencial, "la
sabiduría que viene de arriba, que es pura, pacífica, indulgente, dócil, llena
de misericordia y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía" guiará el obrar
humano y cada uno de sus actos. Sin esta configuración que requiere gracia,
esfuerzo y tiempo, las viejas estructuras seguirán vigentes y con ellas actuar
conducido por las contiendas, las codicias, los deseos de placeres, las
envidias. Cambiar la vida es la gran tarea del cristiano, llevada a cabo con
constancia y entusiasmo.
Sugerencias pastorales
1. Cambiar desde Dios. La cultura en la que vivimos y la mentalidad de
nuestros contemporáneos está hecha al cambio. Se cambia más fácilmente que antes
de trabajo, de ordenador, de coche, de casa, de país... Se cambian también los
modos de pensar y vivir, los valores de comportamiento, y hasta la misma
religión. El cambio está a la orden del día, y quien no cambia, pronto pasa a
formar parte de los retros. El cambio, al contrario, es propio de los progres,
que parece que lo llevan en el DNA. Pero, ¡claro!, no todo cambio es bueno para
el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Hay cambios que son una desgracia:
que lo cuenten si no tantos emigrantes, obligados por la necesidad a dejar sus
patrias; que lo digan tantas jovencitas obligadas a vender su cuerpo en el
supermercado de la prostitución; que lo griten tantos niños obligados a trabajar
en condiciones inhumanas o raptados para comerciar con sus órganos. ¡Esos
cambios gritan al cielo! El cambio al que la liturgia nos invita es el cambio
desde Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera del hombre para que
sea más hombre, para que viva mejor y más plenamente su dignidad humana. El
cambio que Dios quiere es el de la injusticia a la justicia, del abuso al
servicio de los demás, de la infidelidad a la fidelidad, del odio al amor, de la
venganza al perdón, de la cultura de muerte a la cultura de la vida, del pecado
a la gracia y a la santidad.
2. Tu programa de vida. Con mayor o menor claridad, todo hombre se traza
un propio proyecto de vida. Qué quiere ser, qué quiere hacer, a qué valores no
puede renunciar, de qué medios servirse. Pienso que todo cristiano debería tener
un pequeño proyecto o programa de vida en su condición precisamente de
cristiano. Qué voy a hacer por Cristo y por mis hermanos. Qué valores voy a
proponer a mis hijos. Por qué valores voy a luchar en mi vida personal,
familiar, social. Cuánto tiempo voy a dedicar a mi misión de apóstol de
Jesucristo dentro de mi comunidad parroquial, diocesana, dentro del movimiento
al que pertenezco. Qué iniciativa, pequeña o grande, voy a proponer para
fomentar el sentido de Dios, para promover las vocaciones al sacerdocio o a la
vida consagrada, para visitar y atender a los enfermos o a los que viven solos
en mi barrio, en mi parroquia. No es necesario que sea un programa grande,
completo. Haz un pequeño programa para un año. Un programa que te ayude a crecer
en tu vida espiritual: dedicar, por ejemplo, un tiempo diario a la oración, o
confesarte con más frecuencia y regularidad, o luchar con más decisión y energía
contra el vicio del alcohol o de la droga blanda. Un programa que te mantenga
activo en tu misión eclesial: dar catequesis, formar parte del coro parroquial,
prestar más atención a la educación espiritual y moral de tus hijos. Al final
del día, o al menos de la semana, reflexiona un poco sobre cómo lo has cumplido.
¡Cuánto bien puede hacer un pequeño programa!
P. ANTONIO IZQUIERDO
18. DOMINICOS 2003
Este domingo: 25º del Tiempo Ordinario
Aceptamos sin dificultad los anhelos de la humanidad por conseguir una sociedad
más justa, en la que se rompan los desequilibrios actuales, en que unos pocos
tienen mucho, y otros muchos tienen muy poco. El desarrollo y progreso de los
pueblos es deseable, pero están en tela de juicio los principios o criterios
económicos que se ponen en práctica para conseguirlo.
El justo resulta incómodo; la acusación serena y más intolerable de la
injusticia es la denuncia que verifica con sus modos de ser y estar inmerso en
la sociedad. El sabio se inspira en la imagen del Siervo paciente, que es
acusado y maltratado para ver si Dios se ocupa de él; la misma forma de
reaccionar indica que lo está consiguiendo.
Pero la fortaleza necesaria para mantenerse en la fidelidad exige la acción del
espíritu, que le lleva a vivir con otros criterios que los de la eficacia y
rentabilidad inmediatas en que quiere moverse el corazón humano. Dios recompensa
a sus seguidores, en el tiempo y al final, sin que la felicidad/sufrimiento
correspondan de inmediato al comportamiento bueno o malo. En definitiva, una
recompensa ya incoada y no concluida, que se realiza a través de un complejo
sistema de fuerzas, resultando gratuita por un lado y por otro vinculada a las
propias obras.
Comprender a Jesús, sus palabras, sus hechos, vida y entrega se convierte en el
ideal de los discípulos. Cada cultura, tiempo o persona ha subrayado algunos
aspectos o rasgos de la relevación ofrecida por el Hijo de Dios, encarnado.
Tantas formas de vida religiosa, congregaciones, institutos o asociaciones como
han surgido a lo largo de la historia revelan la incomprensión plena de su
personalidad; cada cual, nosotros mismos intentemos hacer la aplicación
iluminadora a nuestra propia vida en particular.
Comentario bíblico:
La religión verdadera es acoger desde la solidaridad
Iª Lectura: Sabiduría (2,12.17-20): El justo piensa como vive
I.1. La primera lectura se toma concretamente de un pasaje que pone de
manifiesto el razonamiento de los impíos, de los que están instalados en la
sociedad religiosa y política y que no aceptan que un hombre justo, honrado,
simplemente con el testimonio de su vida, pueda ser una contrarréplica de la
ética, de la moral y de las tradiciones ancestrales con las que se consagra, muy
a menudo, la sociedad injusta y arbitraria de los poderosos. Como el libro de la
Sabiduría es propio de la literatura religiosa griega, algunos han pensado que a
la base de esta lectura está el razonamiento práctico de una filosofía que se
muestra en la ética de los epicúreos, quienes defendían una praxis de justicia y
honradez en la sociedad.
I.2. En todo caso, la lectura cristiana de este pasaje ha dado como resultado la
comparación con los textos del Siervo de Yahvé de Isaías (52-53) y más
concretamente, se apunta a la inspiración que ha podido suponer para los
cristianos sobre la Pasión del Señor, ya que en ese justo del libro de la
Sabiduría se ha visto la actuación de Jesús, tal como podemos colegir de la
lectura misma del evangelio de hoy. Los “no sabios” saben muy bien condenar a
muerte ignominiosa a los justos. Esa es la única sabiduría que entienden de
verdad: el desprecio y la ignominia; es una sabiduría contracultural: ni divina
ni humana. Y esta es ya una historia muy larga en la humanidad que tanto se
valora a sí misma, hasta quedarse ciega.
IIª Lectura: Santiago (3,16-4,3): Sabiduría: justicia y paz
II.1. La carta de Santiago (3,16-4,3), sigue siendo el hilo conductor de esta
segunda lectura litúrgica. Además, como es una carta que pretende establecer un
cristianismo práctico, ético y moral, nos pone en contraste dos sabidurías: la
que nace de este mundo y anida en el corazón del hombre (envidias, desorden,
guerras, asesinatos) y la sabiduría que viene de lo alto (pacificadora, limpia
de corazón, condescendiente, dócil y misericordiosa). En realidad a la primera
no se le debe llamar sabiduría sino insensatez y negatividad. Son dos mundos y
podríamos preguntarnos, de verdad, si el corazón humano no está anidado por
estas dos tendencias (dualismo). Nuestra propia experiencia personal podría
darnos la respuesta.
II.2. El autor considera que el ser humano, guiado por sus instintos (es el
misterio de nuestra debilidad, aunque le atribuye un débito especial al “diablo”
para no caer en el principio de maldad en el corazón humano), va hacia la
perdición por la envidia con la que nos destrozamos los unos a los otros. Pero
el autor propone la sabiduría, que se adquiere por la oración para llegar a esas
actitudes positivas que ha mencionado antes. No se trata, pues, de leer este
texto en clave moralizante para rebajarlo. Es uno de los textos fuertes del NT,
de ese calibre es el cristianismo que pide la paz fundamentada en la justicia.
Evangelio: Marcos (9,30-37): El que se entrega debe ser el primero
III.1. El evangelio de Marcos nos muestra un segundo paso de Jesús en su camino
hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos. El maestro sabe lo que le
espera; lo intuye, al menos, con la lucidez de un profeta. Sí, le espera la
pasión y la muerte, pero también la seguridad de que estará en las manos de Dios
para siempre, porque su Dios es un Dios de vida. Bien es verdad que ese anuncio
de la pasión se convierte en el evangelio de hoy en una motivación más para
hablar a los discípulos de la necesidad del servicio.
III.2. No merece la pena discutir si este segundo anuncio de la pasión son
“ipsissima verba” o son una adaptación de la comunidad a las confidencias más
auténticas de Jesús. Hoy se acepta como histórico que Jesús “sabía algo” de lo
que le esperaba. Que la comunidad, después, adaptara las cosas no debería
resultar extraño. Este segundo anuncio de la pasión lo presenta el evangelista
como una enseñanza (edídasken= les enseñaba). Pero los discípulos ni lo
entendían ni querían preguntarle, ya que les daba pánico. Este no querer
preguntarle es muy intencionado en el texto, porque no se atrevían a entrar en
el mundo interior y profético del Maestro. Jesús tuvo paciencia y pedagogía con
ellos y por eso Marcos nos ha presentado “tres” anuncios en un corto espacio de
tiempo (8,27-10,32).
III.3. Tampoco Pedro, en el primer anuncio (8,27-33), lo había entendido cuando
quiere impedir que Jesús pueda ir a Jerusalén para ser condenado. No encajaba
ese anuncio con su confesión mesiánica, que tenía más valor nacionalista que
otra cosa. Marcos ha emprendido, desde ahora, en su narración, una dirección que
no solamente es reflejo histórico del camino de Jesús a Jerusalén, sino de
“enseñanza” para la comunidad cristiana de que su “Cristo” no se fue de rositas
a Jerusalén. Que confesar el poder y la gloria del Mesías es o puede ser un
tópico religioso poco profético. En realidad eso es así hasta el final, como se
muestra en la escena de Getsemaní (14,32-42) y en la misma negación de Pedro
(14,66-72). Los discípulos no entendieron de verdad a Jesús, ni siquiera por qué
le siguieron, hasta después de la Pascua.
III.4. En Carfarnaún, en la casa, que es un lugar privilegiado por Marcos para
las grandes confidencias de Jesús, porque es el símbolo donde se reúne la
comunidad, (como cuando les explica el sentido de las parábolas), les pregunta
por lo que habían discutido por el camino; seguramente de grandezas, de ser los
primeros cuando llegase el momento. Sus equivocaciones mesiánicas llegaban hasta
ese punto. Jesús tomó a un niño (muy probablemente el que les servía) y lo puso
ante ellos como símbolo de su impotencia. Es verdad que el niño, como tal,
también quiere ser siempre el primero en todo, pero es impotente. Sin embargo,
cuando los adultos quieren ser los primeros, entonces se pone en práctica lo que
ha dicho el libro de la Sabiduría. Y es que el cristianismo no es una religión
de rangos, sino de experiencias de comunión y de aceptar a los pequeños, a los
que no cuentan en este mundo.
III.5. Acoger en nombre de Jesús a alguien como un niño es aceptar a los que no
tienen poder, ni defensa, ni derechos; es saber oír a los que no tienen voz; son
los pobres y despreciados de este mundo. La tarea, como muy bien se pone de
manifiesto en la praxis cristiana que Marcos quiere trasmitir a su comunidad, no
está en sopesar si los que se acogen son inocentes o no, sino que debemos
fijarnos en su vulnerabilidad. Quizás los pequeños, los niños, los pobres, los
enfermos contagiosos, no son inocentes. Tampoco los niños lo son. Es el misterio
de la vulnerabilidad humana lo que Jesús propone a los suyos. Pero los “suyos”
–en este caso los Doce-, discutían por el camino quién sería el segundo de Jesús
en su ”mesianidad” mal interpretada. Esta es una enseñanza para el cristianismo
de hoy que se debe plasmar en la Iglesia. La opción por los “vulnerables” (¡los
pobres!) es la verdadera clave de la moral evangélica.
Miguel de Burgos, OP
mdburgos.an@dominicos.org
Pautas para la homilía
El justo vive como piensa.
La disociación entre las formas de pensar y de vivir es una deformación grave
que acecha a la persona, y que en caso de verificarse habitualmente, durante
cierto tiempo, acaba hiriendo en lo más profundo del propio ser. Los sistemas
defensivos más profundos de identificación personal protestan ante la mentira, y
de alguna forma se desorganizan y se vuelven contra el propio sujeto que vive
enmascarado.
Quizás se bueno prestar atención a estos efectos dañinos de la hipocresía, de la
mentira y de la injusticia a la hora de buscar criterios de felicidad en nuestra
sociedad del desarrollo. La sabiduría que nace de este mundo y anida en el
corazón del hombre genera envidias, desorden, guerras, asesinatos, dice Santiago
en la lectura de hoy; la sabiduría que viene de lo alto es pacificadora, limpia
el corazón, produce condescendencia, docilidad, misericordia. Son dos mundos que
en la propia experiencia los encontramos con facilidad.
Desde tal experiencia dolorosa tendremos que reflexionar para descubrir los
fundamentos de la verdadera Sabiduría, para cultivarlos tanto cuanto esté a
nuestro alcance. En el campo personal comunitario, social son elocuentes los
resultados ofrecidos.
Comprender a Jesús.
¿Vaya pregunta! El ser humano ¿no quiere, no puede o no sabe? Hay una sabiduría
adquirida por la oración y los dones sobrenaturales que ofrecen un marco
especial de referencia, y que facilita dicha comprensión. Los discípulos
arrancan de la mentalidad del pueblo judío y les rechinan los oídos oyendo
hablar de sufrimiento y muerte.
Nos dice san Marcos que los discípulos ni entendían, ni querían preguntarle,
porque les daba pánico; no querían entrar en el mundo interior y práctico del
Maestro, que quiere llevarles hacia un discipulado y un reinado diferente al
político en que ellos basaban sus esperanzas mesiánicas. Tienen miedo de
preguntar a Jesús porque intuyen que sus respuestas contrariarán sus ambiciones
personales, que se cifran en quien será el segundo en su mesianidad mal
interpretada. No podían comprenderle desde su mentalidad, no sabían qué hacer y
de hecho (llevados por el miedo) no querían enterarse. Así una vez, y dos y
tres, hasta el punto de no entender plenamente a Jesús, ni siquiera porqué le
siguieron, hasta después de la Resurrección.
Para comprender a Jesús, su persona y su mensaje, se requieren como punto de
partida unas herramientas que no son humanas, sino divinas, y una actitud de
cambio y conversión de índole personal. Jesús hace su obra; en nuestras manos
queda la cooperación y fidelidad. Con demasiada frecuencia aspiramos a una nueva
humanidad, pero nos olvidamos de los puntos de apoyo en los que puede
sustentarse adecuadamente.
Aplicaciones pastorales
Individuales. El justo trabaja por el reinado de la justicia y la paz desde su
coherencia de vida individual. Primero el ejemplo, después las palabras; en los
pequeños cambios diarios que conoce, que puede verificar y exigen firme voluntad
de cambio renovador.
Comunitarios. Jesús acoge a los niños, a los indigentes, a los más despreciados
y vulnerables. Adopta con ellos una actitud de misericordia y servicio. Nos dice
a todos, para que lo apliquemos a nuestros grupos de referencia, que quien busca
ser el primero en su reinado ha de adoptar actitudes habituales de comprensión y
servicialidad. Son demasiado elocuentes las situaciones actuales de marginación,
que piden remedio, y esperan nuestra respuesta compartida ¿queremos, podemos,
sabemos?
Sociedad civil. Otro tanto podemos decir y aplicar a los problemas sociales.
Partiendo de la justicia y la paz, en pequeña y gran escala, se abre un
horizonte de salvación. Y paradójicamente quienes más beneficios obtienen (no
meramente económicos) son los que tratan de escuchar la Palabra de Dios y darle
cumplimiento.
Fr. Manuel González de la Fuente, O.P.
sanpablova.es@dominicos.org
19.
SI ALGUNO QUIERE SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO
DE TODOS Y EL SERVIDOR DE TODOS.
Comentando la Palabra de Dios
Sab. 2, 12. 17-20. ¿Realmente creemos en la Iglesia que, por amor, se hace
servidora de todos los hombres? Es muy sencillo esperarlo todo de la Iglesia;
más aún: ponernos exigentes con ella reclamando nuestros derechos. Pero qué
difícil es detenernos a considerar nuestros deberes, nuestras responsabilidades
en ella. La Iglesia, a la par que requiere servicios en el aspecto litúrgico y
de anuncio de la Palabra, requiere servicios en el aspecto de asistencia social,
o servicio de caridad, como le llama la Escritura. Ya el Concilio Vaticano
Segundo nos invita a todos los creyentes a dar testimonio del Señor en todos los
ambientes en que se desarrolle nuestra vida, impulsando entre nosotros el
apostolado del semejante por el semejante. Ahí, no sólo nuestras palabras, sino
nuestro testimonio, nuestra vida misma debe hacer al hombre confrontar su vida
con la verdad, con el amor verdadero, con la responsabilidad que se tiene para
construir la paz, con la capacidad de amar sirviendo fraternalmente.
Probablemente se nos rechace, se nos persiga y se haga mofa de nosotros; sin
embargo, no son sólo nuestras palabras, somos nosotros, convertidos en testigos
del Señor quienes nos hemos de convertir en el llamado más fuerte a cambiar la
forma de llevar la vida. Tal vez callen nuestra voz, o por lo menos nos
desprecien; sin embargo, puesta nuestra confianza en Dios, hemos de permanecer
firmes y constantes en el anuncio del Nombre del Señor especialmente con el
testimonio de nuestra vida, aceptando todos los riesgos que, a causa de eso,
tengamos que sufrir o soportar por el Señor.
Sal. 53. Ante un Dios, justo en la retribución, el
salmista no sólo le pide al Señor que le defienda de sus enemigos, sino que
extienda su mano en contra de ellos. Nosotros, siendo pecadores y dignos de
recibir el castigo merecido a nuestra rebeldías y ofensas al Señor, hemos sido
buscados por Él para que recibamos su perdón y la participación de su misma
vida. Aquel que puso orden en el caos inicial y lo convirtió en fuente de vida,
llega a nosotros para hacer desaparecer el desorden y las tinieblas del pecado,
y a concedernos su Espíritu para que ilumine nuestros caminos y nos haga
fecundos en buenas obras. Si así hemos sido amado por Dios, quienes nos
consideramos hijos suyos, hemos de seguir el mismo ejemplo que Él nos dio amando
a nuestro prójimo y buscándolo para que vuelva al Señor.
Stgo. 3, 16-3, 3. Nadie puede decir que se ha liberado totalmente de las malas
pasiones que combaten dentro del interior de la persona. El dominio de las
mismas no es sólo cuestión de la buena voluntad de cada uno de nosotros; la
experiencia nos dice que muchas veces nos hemos propuesto superarlas y, al paso
de las horas o de los días hemos vuelto a dejarnos dominar por ellas. El Apóstol
Santiago nos invita a pedir la sabiduría de Dios, no para malgastarla, sino para
que nos ayude a vivir con pureza de costumbres y a convertirnos en amantes de la
paz, comprensivos, y dóciles; a estar llenos de misericordia y buenos frutos, a
ser imparciales y sinceros. Como nos dice san Pablo: No yo, sino la gracia de
Dios conmigo; pues, efectivamente el Señor nos dice: permanezcan en mí y yo en
ustedes, para que den fruto abundante; pues sin mí no puede hacer nada. Si
queremos dejar de destruirnos unos a otros, si queremos dejar de asesinar a los
demás, si queremos dejar de hacer la guerra, abramos sinceramente nuestro
corazón a Dios y dejémonos guiar por su Espíritu de Sabiduría.
Mc. 9, 30-37. Jesús es el más importante pues se ha hecho como el último, como
el servidor de todos. Él no vino a brillar y a elevarse por encima de todos
pisoteando los derechos de los demás; Él ha sido exaltado a la Gloria del Padre
y ha recibido el Nombre que está sobre todo nombre porque se humilló a sí mismo
tomando condición de esclavo. Él no vino a ser servido sino a servir y a dar su
vida por nosotros. Él enseña a sus discípulos el camino que conduce a la Gloria:
Entregar la vida para que los demás tengan vida. No debemos tener miedo a
preguntar, no tanto a lo que hace Cristo por nosotros, sino a lo que hemos de
hacer nosotros en favor de los demás. A pesar de que los apóstoles tienen miedo
y eluden esta pregunta, Jesús les indica que si alguno quiere ser el primero,
debe hacerse el último de todos y el servidor de todos. Hay muchos que viven
desprotegidos a causa de su pobreza, a causa de sus enfermedades, a causa de
haber sido estigmatizados malamente por la sociedad. Esa ralea de gente
despreciada debe ser recibida por nosotros, como si recibiéramos al mismo
Cristo; ellos merecen, más que nadie, nuestras muestras de afecto y nuestra
preocupación para ayudarles a salir de su condición de dolor y sufrimiento.
Hacer eso es hacérselo al mismo Cristo; despreciarlos a ellos equivale a
despreciar al mismo Cristo. Ojalá y, a imagen de Cristo, nos convirtamos en el
último de todos y en el servidor de todos.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
En esta Eucaristía no celebramos al Señor vencido por la muerte, sino que venció
a la muerte, ahora vive para siempre. Este es el Misterio Pascual que nos reúne
en torno al Señor. Su servicio más grande hacia la humanidad se convirtió en
servicio en el amor; en el amor que salva, que perdona y que da vida, y Vida
eterna. Mediante este lenguaje de amor el Señor quiere que, quienes creemos en
Él y entramos en comunión de vida con Él, sigamos sus mismas huellas. La
Iglesia, que lo tiene a Él como Cabeza y principio, no puede inventarse otro
camino, sino que al igual que su Señor ha de pasar por la muerte, por la entrega
hasta el extremo, para dar vida, para hacer que la vida del Señor llegue a todos
los hombres de todos los tiempos y lugares.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.
¿Entendemos este lenguaje de Cristo? o ¿Nos da miedo preguntarle al Señor lo que
hemos de hacer para no quedarnos en cristianos de pacotilla, sino vivir con la
máxima lealtad nuestra fe en Él? Ojalá y no queramos mal utilizar nuestra fe
cristiana para un medro personal, de tal forma que, incluso, a nombre de Cristo
hagamos guerras santas para brillar ante los demás y tratar de conservar nuestro
prestigio, nuestro poder. Recordemos que el servicio a favor del Evangelio no es
servicio a la muerte, sino a la vida. Junto con Pablo gloriémonos de Cristo, y
Cristo crucificado, y que ha dado su vida para salvar a quienes fueron atrapados
por el mal, por el pecado. Recordemos que quien pudiendo servir domina, es de
este mundo; y que quien pudiendo dominar , sirve, es de Cristo. Nosotros hemos
sido puestos al servicio del Evangelio, no para purificar al mundo librándolo de
los malvados acabando con ellos en guerras fratricidas, no para empujarlos a la
salvación con violencia, sino para llevarlos a Cristo mediante el amor que se
hace entrega y servicio. Este es el camino de salvación que Cristo nos
manifestó. Este, y no otro, es el mismo camino que hemos de seguir quienes
creemos en Él, especialmente quienes nos gloriamos de llamarnos su Iglesia
Que Dios nos conceda, por intercesión de María, nuestra Madre, la gracia de
saber amar como siervos que están al servicio del Evangelio. Que no nos
convirtamos en perseguidores de nuestro prójimo, que no lo humillemos ni le
hagamos más difícil su existencia, sino que, poseyendo la Sabiduría de Dios,
proclamemos la Buena Nueva siendo comprensivos con todos y dóciles a la Palabra
de Dios que nos quiere como signos de la Misericordia divina y portadores de la
Paz. Entonces seremos realmente dignos de participar de la Gloria de nuestro
Señor Jesucristo. Amén.
www.homiliacatolica.com
20.Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR. Fuente: www.scalando.com
SERVIR
El conocimiento no es algo que se aprende de una vez y para siempre. El ser humano va cambiando con el mundo en continua evolución. Nunca terminamos de aprender. Hace ya varios años se está hablando en las universidades, de la formación permanente. Un profesional que se gradúe hoy y no se actualice, dentro de 10 años será un tegua. En las universidades se han multiplicado las especializaciones, maestrías, doctorados y post-doctorados, cursos intensivos, diplomados, etc. En la Internet encontramos charlas, conferencias, simposios o reuniones virtuales y toda una gama de posibilidades, con las que se puede aprender, preguntar, opinar, concordar o discordar. Buenas posibilidades para la formación permanente.
En el evangelio que hoy leemos, encontramos una vez más a Jesús enseñando mientras camina. Era la formación permanente de Jesús con sus discípulos. No todo podía ser trabajo: el trabajo dignifica al ser humano, pero el trabajo excesivo lo descontextualiza, lo ciega, lo embrutece, lo convierte en una máquina que produce resultados y que un día se acaba y se bota.
Dice el texto que Jesús empezó a recorrer Galilea pero no quería que se supiera porque estaba instruyendo a sus discípulos. El sofisma de trabajar, trabajar y trabajar, en últimas lo que produce es una fatiga que nos incapacita no sólo para ser efectivos en el trabajo sino también para vivir bien. Necesitamos dejar espacios para reflexionar, para analizar lo vivido, para conocer otras experiencias, es decir, para la formación permanente y no sólo en campo estrictamente laboral y profesional. También para los amigos, la familia, la fe, el deporte, el arte, la música, la poesía y todo aquello que nos hace más humanos y felices.
En cuanto al mensaje propio de la enseñanza de Jesús a sus discípulos, descubrimos que hablaban en un lenguaje distinto. Él les mostraba las dificultades que tendrían por asumir su compromiso, como persecuciones, maltratos, e incluso la muerte. Ellos andaban en un mundo idílico, a la espera de que el Mesías diera el zarpazo final y se tomara el poder con signos portentosos, para ver qué puesto les tocaba. Y desde ya, se disputaban quién de ellos sería el más importante dentro de ese reino imaginario. Mientras Jesús con su vida sencilla y servicial, les mostraba otra manera de ser hombres: cordiales, entrañables, fraternos y solidarios con los demás seres humanos, ellos esperaban que se volteara la torta para dejar de ser los pobres pescadores y convertirse en los ministros principales del nuevo rey de Israel, con posibilidades de mando. “Una cosa piensa burro y otra quien lo está enjalmando”.
Jesús pensaba en todo el pueblo, ellos pensaban en ellos mismos. Dejaron que su corazón se llenara de ambición. Éste es uno de los males que más afecta a la humanidad. Esa realidad estaba también presente en las comunidades a las que escribió Santiago (2da lect). Como por lo general valoramos, respetamos y queremos más a quienes tienen poder, dinero, fama e influencias, entonces adquirirlos se convierte en un ideal de vida ambicionado por todos.
Los robos, los asesinatos, y la destrucción de la vida de tantas personas llevan por lo general alguna ambición de quienes son el origen de tantos males causados a la humanidad para agrandar su poder. Quieren tener más capacidad económica, ser más fuertes y asegurarse la vida, quieren ser más importantes, más respetados y más amados. Y cuando conseguir eso se convierte en un fin último, entonces todo aquello que se interponga en el camino deberá ser eliminado, incluso las personas.
Tanto la carta de Santiago como el evangelio, invitaban a sus destinatarios y hoy a nosotros, a ver lo peligroso que es dejarnos invadir por la ambición, la codicia de dinero, prestigio y poder. Podemos entrar a un callejón sin retorno si nos dejamos cegar por ellos y no fijamos nuestra mirada en Jesús cuyos móviles estuvieron siempre animados por un interés de servicio.
Por eso Él fue muy claro con sus discípulos: “Quien quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y el servidor de todos.” ¡Claro que toda obra necesita líderes para organizar y sacar adelante los procesos![1] Mas la autoridad del cristiano no debe estar impulsada por la voluntad de poder, sino por la voluntad de servicio.
Federico Niezsche criticó fuertemente lo que él llamó “el hombre camello”, que vive sometido en un sistema que lo explota y no le permite pensar en sí mismo como individuo y como sujeto de la historia; en cambio propuso la “voluntad de poder” para llegar al “superhombre”. Una crítica que sigue siendo válida cuando vamos por la vida sin pensar en nuestro ser y quehacer como seres humanos, y nos dejamos subyugar por tantos sistemas de esclavitud que cada día aparecen. Pero orientar nuestra vida por la “voluntad de poder” para alcanzar al superhombre… ¡dudo mucho que resulte! Tendríamos primero que analizar muy bien a los hombres que organizaron su vida con la voluntad de poder.
Voluntad de poder la de Adolfo Hitler, cuyo cuadro de Niezsche tenía en su despacho como un idolillo. Voluntad de poder la de Benito Mosolini en Italia, Mobutu Sese Seko en el antiguo Zaire, Videla en Argentina, Franco en España, João Baptista en Brasil y Alfredo Stroessner en Paraguay. Voluntad de poder la de los grupos guerrilleros y paramilitares colombianos, y la de los políticos y empresarios que los apoyan.
Hace unos días recordamos aquel 11S de 2001 cuando chocaron dos voluntades de poder: la de los talibanes y la del imperio norteamericano. Eso nos hizo recordar a otro personaje con mucha voluntad de poder: Augusto Pinochet, en Chile, quien en otro 11S pero de 1973, encabezó el golpe de estado contra el gobierno de Salvador Allende con el apoyo económico y logístico de la CIA, durante el gobierno republicano de R. Nixon y H. Kissinger.
Voluntad de poder la de Goerge Bush y su poderoso ejército genocida que ha llenado de miseria la vida de mucha gente con la llamada “lucha contra el terrorismo”; sofisma de distracción para afianzar más la dominación y el imperialismo salvaje. Voluntad de poder la de Fidel Castro y Hugo Chávez, quienes en nombre de la revolución combaten y aplastan todo tipo de oposición tildándola de imperialista y enemiga del pueblo.
Voluntad de poder la de tantos pseudopolíticos de nuestros pueblos, que aprovechan su rol para los mezquinos intereses. Tenemos que reconocer que muchos hombres “de Iglesia” y en nombre de Cristo, saquearon, aplastaron, explotaron y mataron grupos, comunidades y hasta pueblos enteros supuestamente para defender la fe, mas en el fondo estaban dominados por la voluntad de poder.
Después de este corto vistazo, vale la pena preguntarnos si estamos conducidos por la voluntad de poder o por la voluntad de servicio. Es legítimo, bueno y necesario que cada persona busque su propio bienestar, su estabilidad económica y social, pero sin pasar por encima de los demás.
¿Estamos acaso atrapados en un afán de lucro y competitividad, en la búsqueda del éxito y de los primeros puestos a cualquier precio? ¿Cómo somos con las personas que están a nuestro cargo? Si tenemos empleados, ¿cómo los tratamos? ¿En nuestras relaciones interpersonales y en los diálogos, buscamos concertar o buscamos siempre imponer nuestro pensamiento, nuestra ideología y nuestra voluntad? ¿Si tuviéramos hoy la capacidad de mando sobre todo un pueblo estamos seguros de que no actuaríamos de la misma manera como lo hacen aquellas personas que tanto criticamos?
Como en la primera lectura (Sab 2, 12.17-20), ¿nos resultan incómodas las personas justas, honestas y leales? ¿Nosotros como personas y como Iglesia molestamos con nuestro testimonio a los poderosos e injustos, que dominados por la voluntad de poder aplastan a los demás? o ¿vivimos camaleónicamente para no meternos en problemas en medio de la injusticia? ¿Acaso en nuestro mundo no hay injusticia? o ¿hay injusticia pero no hay profetas?
¿El testimonio y la propuesta de Jesús nos anima o nos incomoda? ¿Estamos dispuestos a aprender de la sencillez y la espontaneidad de los niños? ¿Estamos dispuestos a valorar a los pequeños de este mundo[2] y a recibirlos con el convencimiento de que ahí, y de manera especial ahí, en los pequeños, está la presencia de Dios?: “El que reciba a un niño como este por amor a mí, me recibe a mí. Y el que me recibe a mí, no me recibe a mí sino al que me envió.”
[1] La anarquía es contraria al evangelio, por eso escribió Santiago (2da lect): “donde hay envidia y rivalidad, hay anarquía y toda clase de obras malas”.
[2]
Cuando en el evangelio se habla de niños, se entiende por extensión, también
de los pequeños, aquellos que el mundo no tiene en cuenta: los pobres, los
marginados, los enfermos, los desposeídos, los esclavos y tantas personas a
quienes normalmente ignoramos por mirar más a los “grandes”.
21. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO
COMENTARIOS GENERALES
Primera lectura: Sabiduría 2, 12-20:
Es un cuadro de emocionado dramatismo que describe el odio que los impíos profesan a los justos, la guerra implacable que les hacen y el triunfo aparente del mal:
- El justo por su sola presencia incomoda (12); su conducta es un continuo reproche para el impío (14); y lo más imperdonable es el amor y confianza que tiene el justo en Dios.
- Declarada la guerra abierta, faltos los impíos de todo escrúpulo, se desatan contra los justos implacablemente: «Probémosle con el ultraje y la tortura. Condenémosle a una muerte vergonzosa» (20). Y dado que el proyecto se realiza, puede la impiedad dar por definitivo su triunfo: «Veamos si sus palabras son verdaderas, veamos qué fin tiene el justo» (17). Si bien este cuadro puede ser la historia de infinitos justos, los Evangelistas lo tienen presente cuando describen la Pasión de Cristo, el «Justo» por excelencia. La doctrina y la conducta de Jesús eran un reproche incómodo para los dirigentes políticos y religiosos de Israel instalados en sus vicios. Planean la supresión del Justo. Se mofan de El en su agonía. Al pie de la letra le lanzan a la cara el sarcasmo: «Puso en Dios su confianza; líbrele ahora, si de verdad se complace en El; pues El lo ha dicho: Soy Hijo de Dios» (Mt 27, 43; cfr Sab 2, 13).
Segunda Lectura: Santiago 3, 16-4, 3:
Santiago trata en esta perícopa tres diversos temas, los tres muy prácticos:
- Santiago, que al «discípulo» de la Sabiduría le exige sea dócil y manso de corazón (1, 21); ahora el «Maestro» de la Sabiduría (al Misionero, al Sacerdote, diríamos hoy) le recuerda asimismo cómo la mansedumbre y benignidad son el signo y el fruto y el clima de la auténtica Sabiduría. Y así debe mostrarse en la conducta y en las obras. Si carece de mansedumbre es: terrena, animal, diabólica (14). Es decir, no nace de Dios, sino del mundo, de las pasiones, del demonio. De ahí que sus frutos sean: celos, ambiciones, turbulencias y banderías (16). La auténtica produce la justicia en clima de paz (17): Celo sin humildad y bondad es: terreno-animal-diabólico.
- Otro punto interesante: ¿De dónde nacen en las comunidades y grupos las guerras y altercados? Y responde Santiago: «De las concupiscencias (codicia de dinero, honores y placeres) instaladas en nuestro interior» (4, l). Las codicias acuciadas, las ambiciones desatadas, la sensualidad desenfrenada, producen necesariamente altercados, envidias, guerras fraticidas (4, 2). Esto es aplicable en mayor grado a personas que en la sociedad civil o en la comunidad eclesial tienen cargos de magisterio o de gobierno.
- Santiago nos muestra el camino que de verdad conduce a los valores seguros: La oración (3). No poseemos estos valores porque no los pedimos (2b). Y si los pedimos y no los obtenemos es porque pedimos mal (3). Aun la oración podemos convertirla en instrumento de nuestras pasiones. Cuántas cosas se piden a Dios que sólo servirían para fomentar nuestro egoísmo, nuestro orgullo o nuestro comodismo. Sólo son dádivas dignas de Dios las que nos hacen mejores; éstas debemos pedir: « Quos tuis, Domine, reficis sacramentis, continuis attolle benignus auxiliis, ut redemptionis effectum et mysteriis capiamus et moribus » (Poscom.). La hora de la comunión es hora de gracias. Pidámosle al Señor las que nos hagan vivir más ricamente el misterio de la Redención; las que nos hagan mejores cristianos.
Evangelio: Marcos 9, 29-36:
Son insistentes e intencionadas las aclaraciones que hace Jesús de su Mesianismo. Un Mesías-Redentor no encajaba en la mentalidad de Israel:
- Jesús en sus instrucciones a los Apóstoles y discípulos insiste en que es el Mesías-Redentor; el Mesías en cruz. Todos los Evangelistas nos han dejado testimonio de cuán impermeables son los Apóstoles a este Mesianismo. Aquí Marcos nos advierte cómo tras una de estas instrucciones, con ser tan clara, nada han comprendido. Y añade el Evangelista: «Ni se atrevían a preguntarle» (31). Rehuían aquel tema. Es una precisión psicológica interesante. Aún hoy en muchos temarios de catequesis y de misión, y no hay que decir en muchos programas de vida cristiana, la cruz de Cristo es silenciada, rehuida, marginada. Pero un Cristo sin cruz es un Mesías sin redención.
- No es menos interesante la precisión psicológica el «silencio» ante la pregunta de Jesús (33). Aquellos Apóstoles de Jesús ni mejores ni peores que nosotros, hombres con toda la carga de egoísmo, ambición y orgullo que arrastramos nosotros, se habían pasado la jornada discutiendo sobre primacías y cargos. Imaginaban el «Reino» Mesiánico al estilo de los reinos políticos. Pero el «Reino» de Cristo, por ser espiritual y divino, va al revés de todos los imperios y poderíos terrenos y humanos. En el Reino Mesiánico es primero el que busca el último lugar y se hace servidor de todos (35). Esta lección de Jesús pone en crisis todos nuestros conceptos y es un reproche a todas nuestras actitudes.
- Y Jesús explica con un gesto o ejemplo su gran lección: Pone en medio del grupo de los Apóstoles un párvulo. Lo estrecha contra su pecho; y les dice: «El que se convierte y se torna como este niño, éste es el mayor en el Reino de los cielos» (38). El niño simboliza bien la ingenuidad y sencillez. El niño es, sobre todo, la pequeñez, la debilidad, la fragilidad: la humildad: «Puesta la humildad por fundamento, puede el arquitecto construir sobre ella el edificio. Pero si éste se quita, por más que su santidad parezca tocar el cielo, todo se vendrá abajo al instante y terminará en catástrofe» ( in Mt 15, 2). Todo cuanto en la Iglesia o en la propia perfección se edifica sin humildad acaba en catástrofe. El cristiano genuino ora siempre: «Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua; y pues sin tu ayuda no puede mantener su firmeza, que tu protección la dirija y la sostenga siempre» (Lunes 3ª semana cuaresma- Colecta). La misericordia de Dios es nuestro universal refugio. Siempre la necesitamos. Siempre la pedimos. Ante Dios somos indigentes todos. Acudamos a él con la humildad y la confianza con que los niños acuden a sus padres.
*Aviso: El material que presentamos está tomado de José Ma. Solé Roma (O.M.F.),"Ministros de la Palabra", ciclo "B", Herder, Barcelona 1979.
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SAN JUAN CRISÓSTOMO
NUEVA CONVERSACIÓN SOBRE LA PASIÓN
1. A fin de que sus discípulos no le dijeran: “¿Por qué estamos aquí, en Galilea, continuamente?”, el Señor les habla nuevamente de su pasión, pues con sólo oír eso no querían ni ver Jerusalén. Mirad, si no, cómo, aun después de reprendido Pedro, aun después que Moisés y Elías habían hablado sobre ella y la habían calificado de “gloria”, a despecho de la voz del Padre, emitida desde la nube, y de tantos milagros y de la resurrección inmediata (pues no les dijo que había de durar mucho tiempo en la muerte, sino que al tercer día resucitaría), a despecho de todo esto, no pudieron soportar el nuevo anuncio de la pasión, sino que se entristecieron, y no como cualquiera, sino profundamente. Tristeza que procedía de ignorar la fuerza de las palabras del Señor. Así lo dan a entender Marcos y Lucas al decirnos: Marcos, que ignoraban la palabra y tenían miedo de preguntarle ; y Lucas, que aquella palabra era para ellos oculta, para no comprender su sentido, y temían preguntarle sobre ella . —Pero si lo ignoraban, ¿cómo se entristecieron? —Porque no todo lo ignoraban. Que había de morir, lo sabían perfectamente, pues se lo estaban oyendo a la continua; mas qué muerte había de ser aquélla y cómo había de terminar rápidamente y los bienes inmensos que había de producir, todo eso si que no lo sabían aún a ciencia cierta, como ignoraban en absoluto qué cosa fuera, en fin, la resurrección. De ahí su tristeza, pues no hay duda que amaban profundamente a su Maestro.
CELOS ENTRE LOS APÓSTOLES (Mateo)
En aquel momento. se acercaron a Jesús sus discípulos y le dijeron: ¿Quién es, pues, el mayor en el reino de los cielos? Sin duda los discípulos habían experimentado algún sentimiento demasiado humano, que es lo que viene a significar el evangelista al decir: En aquel momento, es decir, cuando el Señor había honrado preferentemente a Pedro. Realmente, de Santiago y Juan, uno tenía que ser primogénito, y, sin embargo, nada semejante había hecho con ellos. Luego, por vergüenza de confesar la pasión de que eran victimas, no le dicen claramente al Señor: ¿Por qué razón has preferido a Pedro a nosotros? ¿Es que es mayor que nosotros? El pudor les vedaba plantear así la pregunta, y lo hacen de modo indeterminado:
¿Quién es, pues, el mayor?
Cuando vieron preferidos a los tres —Pedro, Santiago y Juan—, no debieron de sentir nada de eso; pero cuando ven que el honor se concentra en uno solo, entonces es cuando les duele. Y no fue eso solo, sino que sin duda se juntaron muchos otros motivos para encender su pasión. A Pedro, en efecto, le había dicho el Señor: A ti te daré las llaves... Y: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás. Y ahora: Dáselo por mí y por ti. Y lo mismo había de picarles ver tanta confianza como tenía con el Señor. Y si Marcos cuenta que no le preguntaron, sino que lo pensaron dentro de si, no hay en ello contradicción con lo que aquí cuenta Mateo. Lo probable es que se diera lo uno y lo otro. Y es probable también que esos celillos los sintieran ya antes en otra ocasión, una o dos veces; pero ahora lo manifestaron y lo andaban revolviendo dentro de si mismos. Vosotros, empero, os ruego que no miréis solamente la culpa de los apóstoles, sino considerad también estos dos puntos: primero, que nada terreno buscan, y, segundo, que aun esta pasión la dejaron más adelante y unos a otros se daban la preferencia. Nosotros, en cambio, no llegamos ni a los defectos de los apóstoles, y no preguntamos quién sea el mayor en el reino de los cielos, sino quién sea el mayor, quién el más rico, quién el más poderoso en el reino de la tierra.
LECCIÓN DE HUMILDAD
¿Qué les responde, pues, Cristo? El Señor les descubre su conciencia, y no tanto responde a sus palabras cuanto a su pasión. Porque: Llamando a sí—dice e evangelista—a un niño pequeño, les dijo: Si no os cambiáis y os hacéis como este niño pequeño, no entraréis en el reino de los cielos. Vosotros me preguntáis quién es el mayor y andáis porfiando sobre primacías; pero yo os digo que quien no se hiciere el más pequeño de todos, no merece ni entrar en el reino de los cielos. Y a fe que pone un hermoso ejemplo; y no es sólo ejemplo lo que pone, sino que hace salir al medio al niño mismo, a fin de confundirlos con su misma vista y persuadirles así a ser humildes y sencillos. A la verdad, puro está el niño de envidia, y de vanagloria, y de ambición de primeros puestos. El niño posee la mayor de las virtudes: la sencillez, la sinceridad, la humildad. No necesitamos, pues, sólo la fortaleza, ni sólo la prudencia: también es menester otra virtud, la sencillez, digo, y la humildad. A la verdad, si estas virtudes nos faltan, nuestra salvación anda coja también en lo más importante. Un niño, ora se le injurie, ora se le alabe, ya se le pegue, ya se le honre. ni por lo uno se irrita ni por lo otro se exalta.
(San Juan Crisóstomo, Obras de San Juan Crisóstomo, Vol. II, Ed. B.A.C., Madrid, 1956, p.216 - 223)
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COMENTARIO PATRÍSTICO
Comentario Patrístico
Las lecturas primera y tercera nos hablan de la pasión del Señor. La vida ha de estar fundada sobre la justicia y la paz (segunda lectura). El misterio de la cruz fue consustancial a la Persona y a la obra del Verbo encarnado para nuestra salvación. Lo mismo debe suceder en los que le siguen por la inevitable reacción del mal, del egoísmo y de la degradación humana. Ni la cobardía, ni el disimulo irenista, ni la condescendencia vergonzante o acomodaticia serán jamás actitudes auténticas del verdadero discípulo de Cristo.
–Sabiduría 2,17-20: Lo condenaremos a muerte ignominiosa. La fidelidad insobornable a Dios y a su Voluntad amorosa hará siempre del creyente un proscrito, un ser incómodo en medio del mundo y de los hombres.
El contraste entre la perversidad de los malvados y la mansedumbre de los justos es siempre actual. La mentalidad terrena, cerrada a la trascendencia y ávida solo de éxito y de placer, también hoy actúa y se puede llamar el mito del bienestar y del consumismo.
El hecho de que la vida humilde del justo inquiete la conciencia de los impíos y suscite una rabiosa reacción confirma que el testimonio de una vida recta es de por sí un medio de evangelización, con tal que el justo mantenga la mansedumbre de su carácter y no sea él mismo prepotente con la excusa de imponer el bien. No podemos, no debemos usar las armas de los adversarios.
La protección divina es infalible... El Evangelio de la Cruz siempre triunfa, aun en la misma debilidad.
–Santiago 3,16-4,3: Los que procuran la paz, están sembrando la paz y su fruto es la justicia. La verdadera sabiduría cristiana supera todas las bajas pasiones de los hombres, respondiendo con el sufrimiento, la paz y la caridad humilde y bienhechora. San Beda comenta:
«Pide mal el que, despreciando los mandamientos del Señor, desea de Él beneficios celestiales. Pide mal también el que, habiendo perdido el amor de las cosas celestiales, solo busca recibir bienes terrenales, y no para el sustento de la fragilidad humana, sino para que redunde en el libre placer» (Exposición sobre la Carta de Santiago 4,3).
Orar mal consiste en ser infiel a la sabiduría de que hemos tratado anteriormente. La oración cristiana es eficaz sólo si está animada de caridad, y el servicio, si no es interesado. Estas dos cosas: sabiduría y oración evocan la ley fundamental de la Cruz. El cristiano verdadero es solo el que está dispuesto al don total de sí mismo, hasta considerar siempre a los demás superiores a él.
–Marcos 9,30-37: El Hijo del Hombre va a ser entregado... El que quiera ser el primero que sea el último de todos. El misterio de la Cruz de Cristo es para el cristiano un imperativo permanente de caridad y humilde servicio, nunca un título de engreimiento o señorío sobre los hermanos. Ante el misterio de la Cruz la sabiduría humana queda descarriada, porque se encuentra con la reprobación y el sufrimiento del justo. Solo el Espíritu puede hacernos entender que la verdadera sabiduría es la locura de la Cruz. Cuando se ha escogido y vivido este mensaje se llega a la paz del alma. San Agustín escribe:
«Cuando mi alma se turba, no tiene otro remedio que la humildad para no presumir de sus fuerzas: se confunde y abate esperando que la levante Dios; nada bueno se atribuye a sí mismo el que quiera recibir de Dios lo que necesita» (Comentario al Salmo 39,57).
«No dice el Señor: “Aprended de Mí a fabricar el mundo, o a resucitar muertos”, sino “que soy manso y humilde de Corazón”... ¿Tan grande cosa es, oh Señor, el Ser humilde y pequeño, que si Tú que eres grande no lo hubieras practicado, no se pudiera aprender?» (Sobre la Santa Virginidad 35, 29).
Y San León Magno:
«La cruz de Jesucristo, instrumento de la redención del género humano, es justamente sacramento y modelo. Es sacramento que nos comunica la gracia y es ejemplo que nos excita a la devoción: porque, libres ya de la cautividad, tenemos la ventaja de poder imitar a nuestro Redentor» (Sermón 72,1).
Manuel Garrido Bonaño, O.S.B., Año litúrgico patrístico, Tomo 6, Fundación GratisDate.
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JUAN
PABLO II
Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Misa de Clausura del XX Congreso Mariológico - Mariano Internacional 24 de septiembre del 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. "Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos" (Mc 9, 36). Este singular gesto de Jesús, que nos recuerda el evangelio que acabamos de proclamar, viene inmediatamente después de la recomendación con la que el Maestro había exhortado a sus discípulos a no desear el primado del poder, sino el del servicio. Una enseñanza que debió impactar profundamente a los Doce, que acababan de "discutir sobre quién era el más importante" (Mc 9, 34). Se podría decir que el Maestro sentía la necesidad de ilustrar una enseñanza tan difícil con la elocuencia de un gesto lleno de ternura. Abrazó a un niño, que según los parámetros de aquella época no contaba para nada, y casi se identificó con él: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí" (Mc 9, 37).
En esta eucaristía, que concluye el XX Congreso mariológico-mariano internacional y el jubileo mundial de los santuarios marianos, me agrada asumir como perspectiva de reflexión precisamente ese singular icono evangélico. En él se expresa, antes que una doctrina moral, una indicación cristológica e, indirectamente, una indicación mariana.
En el abrazo al niño Cristo revela ante todo la delicadeza de su corazón, capaz de todas las vibraciones de la sensibilidad y del afecto. Se nota, en primer lugar, la ternura del Padre, que desde la eternidad, en el Espíritu Santo, lo ama y en su rostro humano ve al "Hijo predilecto" en el que se complace (cf. Mc 1, 11; 9, 7). Se aprecia también la ternura plenamente femenina y materna con la que lo rodeó María en los largos años transcurridos en la casa de Nazaret. La tradición cristiana, sobre todo en la Edad Media, solía contemplar frecuentemente a la Virgen abrazando al niño Jesús. Por ejemplo, Aelredo de Rievaulx se dirige afectuosamente a María invitándola a abrazar al Hijo que, después de tres días, había encontrado en el templo (cf. Lc 2, 40-50): "Abraza, dulcísima Señora, abraza a Aquel a quien amas; arrójate a su cuello, abrázalo y bésalo, y compensa los tres días de su ausencia con múltiples delicias" (De Iesu puero duodenni 8: SCh 60, p. 64).
2. "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos" (Mc 9, 35). En el icono del abrazo al niño se manifiesta toda la fuerza de este principio, que en la persona de Jesús, y luego también en la de María, encuentra su realización ejemplar.
Nadie puede decir como Jesús que es el "primero". En efecto, él es el "primero y el último, el alfa y la omega" (cf. Ap 22, 13), el resplandor de la gloria del Padre (cf. Hb 1, 3). A él, en la resurrección, se le concedió "el nombre que está sobre todo nombre" (Flp 2, 9). Pero, en la pasión, él se manifestó también "el último de todos" y, como "servidor de todos", no dudó en lavar los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 14).
Muy de cerca lo sigue María en este abajamiento. Ella, que tuvo la misión de la maternidad divina y los excepcionales privilegios que la sitúan por encima de toda otra criatura, se siente ante todo "la esclava del Señor" (Lc 1, 38. 48) y se dedica totalmente al servicio de su Hijo divino. Y, con pronta disponibilidad, también se convierte en "servidora" de sus hermanos, como lo muestran muy bien los episodios evangélicos de la Visitación y las bodas de Caná.
3. Por eso, el principio enunciado por Jesús en el evangelio ilumina también la grandeza de María. Su "primado" está enraizado en su "humildad". Precisamente en esta humildad Dios la llamó y la colmó de sus favores, convirtiéndola en la kexaritwmSnh, la llena de gracia (cf. Lc 1, 28). Ella misma confiesa en el Magníficat: "Ha mirado la humillación de su esclava. (...) El Poderoso ha hecho obras grandes por mí" (Lc 1, 48-49).
En el Congreso mariológico que acaba de concluir, habéis fijado la mirada en las "obras grandes" realizadas en María, considerando su dimensión más interior y profunda, es decir, su relación especialísima con la Trinidad. Si María es la Theotókos, la Madre del Hijo unigénito de Dios, no nos ha de sorprender que también goce de una relación completamente única con el Padre y el Espíritu Santo.
Ciertamente, esta relación no le evitó, en su vida terrena, las pruebas de la condición humana: María vivió plenamente la realidad diaria de numerosas familias humildes de su tiempo, experimentó la pobreza, el dolor, la fuga, el exilio y la incomprensión. Así pues, su grandeza espiritual no la "aleja" de nosotros: recorrió nuestro camino y ha sido solidaria con nosotros en la "peregrinación de la fe" (Lumen gentium, 58). Pero en este camino interior María cultivó una fidelidad absoluta al designio de Dios. Precisamente en el abismo de esta fidelidad reside también el abismo de grandeza que la transforma en "la criatura más humilde y elevada" (Dante, Paraíso XXXIII, 2).
4. María destaca ante nosotros sobre todo como "hija predilecta" (Lumen gentium, 53) del Padre. Si todos hemos sido llamados por Dios "a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo" (cf. Ef. 1, 5), "hijos en el Hijo", esto vale de modo singular para ella, que tiene el privilegio de poder repetir con plena verdad humana las palabras pronunciadas por Dios Padre sobre Jesús: "Tú eres mi Hijo" (cf. Lc 3, 22; 2, 48). Para llevar a cabo su tarea materna, fue dotada de una excepcional santidad, en la que descansa la mirada del Padre.
Con la segunda persona de la Trinidad, el Verbo encarnado, María tiene una relación única, al participar directamente en el misterio de la Encarnación. Ella es la Madre y, como tal, Cristo la honra y la ama. Al mismo tiempo, ella lo reconoce como su Dios y Señor, haciéndose su discípula con corazón atento y fiel (cf. Lc 2, 19. 51) y su compañera generosa en la obra de la redención (cf. Lumen gentium, 61). En el Verbo encarnado y en María la distancia infinita entre el Creador y la criatura se ha transformado en máxima cercanía; ellos son el espacio santo de las m