Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia COMENTARIO AL SALMO 114


 
COMENTARIOS AL SALMO 114

 

1.

PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

Este salmo de acción de gracias hace parte del "Hallel egipcio". Los judíos lo cantan al finalizar la comida Pascual, después de recordar la liberaclon de la esclavitud de Egipto. Este contexto es el telón de fondo. Los prisioneros liberados, los antiguos deportados, los que han escapado a un grave peligro... comprenderán mejor. Israel estaba efectivamente atado en las redes del terrible faraón, sin ninguna libertad, atado con nudos de la más dura sujeción: sofocado en medio de una civilización de paganismo idolátrico, el pueblo de Dios se sentía como muerto. Se sentía muy "pequeño y débil" frente al formidable poder del estado opresor. Israel "gritó". Y Dios escuchó su clamor, nos dice la Biblia (Exodo 2,23-24). Dios liberó a Israel, y lo hizo entrar en la "tierra del reposo", "la tierra de los vivos"... Esta tierra de Canaán en que se vive a gusto, la tierra misma de Dios, en donde está su Casa y su Ciudad, la tierra en que uno puede vivir "en presencia del Señor". Observemos hasta qué punto este poema está impregnado del acontecimiento Pascual.

¿Podriamos orar con este salmo, olvidando su contexto histórico? Recitémoslo, en nombre de Israel, poniéndonos sicológicamente en el lugar de este pueblo una noche de comida pascual, de este pueblo que tenía conciencia de existir únicamente porque Dios lo había "salvado". Salvados. Somos salvados. Dios nos salvó de la muerte.

 

SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS

¿Cómo podríamos recitar este salmo, ignorando que Jesús lo cantó la tarde del Jueves Santo, en "acción de gracias" por su última cena? Al instituir la Eucaristía (Eucaristía = acción de gracias), en el cuadro de la comida pascual tradicional de su pueblo, Jesús debió orar este salmo con particular fervor.

"Amo al Señor.. . " decía el salmo, y Jesús no cesaba de hablar del Padre.

"Inclina su oído hacia mí..." afirmaba el salmo y Jesús decía: "Yo sé que tú me escuchas siempre" (Juan 11,42).

"Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo...". Para el salmista, era una imagen simbólica admirable. La Resurrección de Jesús, realizó al pie de la letra esta oración inaudita: "Invoqué el nombre del Señor: "Señor, salva mi vida".

"Arrancó mi alma de la muerte... Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida...".

Entre todos los humanos, Jesús solamente puede decir estas palabras con toda verdad... Como primogénito de entre los muertos. Nosotros podemos decirlo también, esperando nuestra propia resurrección.

Con un poco de imaginación, podemos acomodarnos en un rincón del cenáculo, aquella tarde memorable, entre los discípulos, con oído muy atento, para escuchar la voz de Jesús que canta. No es algo traído de los cabellos. Es la verdad. Jesús cantó las palabras de este salmo, aquella tarde.

Jesús, por otra parte, pidió a sus discípulos "hacer en lo sucesivo" lo que El había hecho aquella tarde: "Haced esto en memoria mía". ¿Realizan nuestras Misas este deseo de Jesús? Incansablemente damos gracias al Padre "que lo salvó de la muerte"... Y "que nos salva por su Resurrección".

 

TERCERA LECTURA: CON NUESTRO TIEMPO

Situaciones de tristeza y angustia. La densidad de la oración de Jesús infundida a este salmo no impide que la recitemos hoy por nuestra cuenta, por los oprimidos de hoy, los desesperados de hoy, los enfermos graves de hoy. La imagen de "la red", de "los lazos", es sugestiva.

Cuántos hombres y mujeres, desgraciadamente, están "atados", inmovilizados por limitaciones físicas o sociológicas o morales... de las cuales no pueden liberarse.

Cada uno conoce la terrible red en que se encuentra atrapado: este sufrimiento tenaz, este fracaso lacerante, este hábito que no logramos erradicar, este rasgo de temperamento que nos pesa, este pecado que nos tiene atados, esta situación sin aparente salida humana, esta preocupación por el dinero o el porvenir, esta preocupación ante los comportamientos de los niños, de los bebés. ¡Pobre humanidad! Habría que taparse los ojos, para no ver tanta angustia.

Recitar los salmos, celebrar el Oficio, no es de ninguna manera marginarse de la realidad de este mundo. Nuestro "oficio" es justamente orar por el mundo. La condición humana en su totalidad está presente en los salmos.

El grito de mi oración. La Biblia es con frecuencia más "veraz" que nosotros. En occidente, a menudo hemos suavizado la religión, la hemos civilizado, la hemos hecho culta. No hay que hacer ruido, no hay que gritar. ¡Vamos pues! Dios, escucha nuestros gritos. No se escandaliza por ellos. Los salmos están llenos de gritos (Salmos 27,1; 29, 9; 30, 23; 54, 17; 56, 3; 68, 4; 76, 2; 80, 8; 94, 1; 106, 6; 119, 1; 129, 1, etc...). En este momento, sube desde la tierra un gran clamor. No nos tapemos los oídos. Hagamos que resuenen hacia Dios. Comprometámonos a "hacer alguna cosa", en favor de aquellos que gritan así... ¿Lo hacemos?

"¡Señor, te lo ruego, libérame!". Oración que debemos repetir. "Líbranos del mal". "Líbrame de todo mal". Jesús nos sugirió orar de esta manera.

Nuestro Dios es ternura, defiende a los pequeños. Nuestro Dios no es insensible. El mal le hace mal. Sufre con sus hijos. Como una madre que se siente personalmente herida por todo lo que se relaciona con los suyos. Nuestro Dios es un Dios vulnerable.

Alma mía, recupera la calma. No se puede vivir en una tensión perpetua. Dios nos sugiere bondadosamente que tomemos un poco de reposo. Pero ¿"dónde" está este reposo?

""Arrancó mi alma de la muerte... Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida...". ¿Por qué en vez de rebelarnos y acusar a Dios del mal existente en el mundo, no lo escuchamos? Nos dice, y lo repite, que nos hizo para la resurrección... Para la vida, para "su" vida divina. El mundo moderno, acusa frecuentemente a Dios de haber creado un mundo imperfecto. Pero no escucha la respuesta.

"Yo soy la Puerta, dice Jesús... Quien pasa por Mí encontrará la vida... Vine para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10,10).

¿Solemos, como lo hizo el salmista, como lo hizo Jesús, terminar un "grito de oración" mediante un apacible "canto de acción de gracias"? En la confianza de la fe... En el "reposo del alma" recuperado...

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo II
PAULINAS, 2ª Ed. BOGOTA-COLOMBIA-1988.Págs. 182-185



2. PASIÓN Y RESURRECCIÓN

Este salmo se rezó un Jueves Santo de camino hacia Getsemani. Había acabado la cena; el grupo era pequeño, y el último himno de acción de gracias, el Hal-lel, quedaba por recitar; y lo hicieron al cruzar el valle hacia un huerto de antiguos olivos, donde unos descansaron, otros durmieron, y una frágil figura de bruces bajo la luz de la luna rezaba a su Padre para librarse de la muerte. Sus palabras eran eco de uno de los salmos del Hal-lel que acababa de recitar. Salmo que, en su recitación anual tras la cena de pascua, y especialmente en este último rito frente a la muerte, quedó como expresión final del acatamiento de la voluntad del Padre por parte de Aquel cuyo único propósito al venir a la tierra era cumplir esa divina voluntad.

«Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del Abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: `¡Señor, salva mi vida!'»

Me acerco a este salmo con profunda reverencia, sabiendo como sé que labios más puros que los míos lo rezaron en presencia de la muerte. Pero, respetando la infinita distancia, yo también tengo derecho a rezar este salmo, porque también yo, en la miseria de mi existencia terrena, conozco la amargura de la vida y el terror de la muerte. El sello de la muerte me marca desde el instante en que nazco, no sólo en la condición mortal de mi cuerpo, sino en la angustia existencial de mi alma. Sé que camino hacia la tumba, y la sombra de ese último día se cierne sobre todos los demás días de mi vida. Y cuando ese último día se acerca, todo mi ser se rebela y protesta y clama para que se retrase la hora inevitable. Soy mortal, y llevo la impronta de mi transitoriedad en la misma esencia de mi ser.

Pero también sé que el Padre amante que me hizo nacer me aguarda con el mismo cariño al otro lado de la muerte. Sé que la vida continúa, que mi verdadera existencia comienza sólo cuando se declara la eternidad; acepto el hecho de que, si soy mortal, también soy eterno y he de tener vida por siempre en la gloria final de la casa de mi Padre.

Creo en la vida después de la muerte, y me alienta el pensar que las palabras del salmo que hoy me consuelan consolaron antes a otra alma en sufrimiento que, en la noche desolada de un jueves, las dijo también antes de que amaneciera su último día sobre la tierra:

«Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida».

Carlos G. Vallés
Busco tu rostro
Orar los Salmos
Sal Terrae, Santander-1989, pág. 219