SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO

 

Lc 14,25-33: Caridad privada y caridad pública

Si te tienes por recluta de Cristo, no abandones el campamento, en el que has de edificar aquella torre de que habla el Señor en el evangelio. Si te mantienes en ella y militas bajo las armas de la palabra de Dios, por ninguna parte podrán penetrar las tentaciones. Los dardos arrojados desde ella contra el adversario caen con mayor fuerza, y los que vienen del adversario se evitan con mayor precaución. Considera también que nuestro Señor Jesucristo, siendo nuestro Rey, llama reyes a sus soldados en esta sociedad en que quiso ser nuestro, hermano, y advirtió a cada uno que, para luchar contra un rey que viene con veinte mil soldados, tiene que prepararse con diez mil.

Pero, antes de presentarnos esas semejanzas y exhortaciones de la torre y el rey, mira lo que nos dice: Si alguno viene a mí y no odia a su padre, y madre, y esposa, hijos, hermanos, hermanas y aun su propia alma, no puede ser mi discípulo. Y si no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Luego añade: ¿Quién de vosotros queriendo edificar una torre, no se sienta primero a calcular si tendrá dinero para concluirla, no sea que, después de poner el cimiento, no pueda edificarla? Y todos los que pasen y la vean, empiecen a decir: Este hombre empezó a edificar y no pudo acabar. ¿O qué rey, yendo a trabar combate con otro rey, no se sienta primero a pensar si podrá salir al paso con diez mil soldados al que viene con veinte mil? En caso contrario. cuando todavía está lejos, envía sus legados a pedir la paz. Y en la conclusión declara a qué venían esas semejanzas diciendo: Así, pues, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo (Lc 14,26-33).

Por donde vemos que el capital para edificar la torre y los diez mil soldados que se oponen al que viene con veinte mil, no significan otra cosa que renunciar a todo lo que tiene. Los antecedentes concuerdan con la conclusión. Porque en la renuncia a todas las posesiones se incluye también el odiar al padre, madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y aun la propia alma. Éstas son las posesiones que casi siempre dificultan el obtener, no las propiedades temporales y transitorias, sino las cosas comunes que han de permanecer para siempre. Por el hecho de que una mujer es tu madre, no puede serlo también mía: eso es temporal y transitorio. Ya ves que ha pasado el tiempo en que te concibió, te llevó en sus entrañas, te dio a luz y te amamantó con su leche. Pero en cuanto es hermana en Cristo, lo es para ti y para mí y para todos aquellos a quienes se promete, en la misma sociedad cristiana, una herencia celeste: a Dios por Padre y a Cristo por hermano. Esto es eterno y no perece con la pátina del tiempo. Lo mantenemos y esperamos con tanta mayor firmeza cuanto más común y menos privado es el derecho con que se alcanzará.

Eso puedes verlo con facilidad en tu misma madre. ¿Por qué quiere volverte y retenerte, y te saca y te desvía de la carrera emprendida, sino porque es tu propia madre? Por ser hermana de todos cuantos tenemos a Dios por Padre y a la Iglesia por Madre, te impide tan poco como a mí, o a todos los hermanos que la amamos, no con una caridad privada como tú en vuestra casa, sino con una caridad pública en la casa de Dios. Estos lazos que te unen a ella en la familia carnal deben darte derecho a hablarle con mayor familiaridad y a conferenciar con ella a puerta abierta, para que mate dentro de ti ese amor privado, no sea que estime más el haberte llevado en sus entrañas que el haber sido engendrada contigo en las entrañas de la Iglesia. Y lo que te digo de tu madre hemos de aplicarlo al resto de la parentela: en la propia alma todos hemos de pensar en odiar el afecto privado, que sin duda es temporal, y amar en aquella sociedad y comunión de la que está escrito: Tenían un alma sola y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32). De esta manera tu alma no es propia, sino de todos tus hermanos; y las almas de ellos son tuyas; o mejor dicho, las almas de ellos y la tuya no son almas, sino la única alma de Cristo; el salmo canta para que la libren de las fauces del perro. De aquí se pasa con facilidad a despreciar la muerte.

No se enojen los padres porque Dios nos manda odiarlos, cuando nos manda eso mismo respecto de nuestra alma. Y como respecto al alma se nos manda que la odiemos por Cristo juntamente con los padres, así también puede aplicarse igualmente a los padres lo que en otro pasaje se nos dice acerca del alma: El que ame su alma la perderá (Jn 12,25). Y yo diré con persuasión: «Quien ame a sus padres, los perderá». Arriba mandó odiar al alma y aquí dice que la perderá. Este mandamiento, en el que se nos ordena perder el alma, no significa que hayamos de matarnos, lo que sería un crimen inexpiable. Significa que hemos de matar en nosotros el afecto carnal del alma, por el que esta vida presente nos deleita con detrimento de la futura.

Lo mismo da decir perder el alma que odiarla, y ambas cosas se hacen con el amor, ya que el fruto de la conquista de esa alma se presenta claramente cuando se nos dice en el mismo mandamiento: Quien perdiere el alma en este siglo, la encontrará en la vida eterna. Eso mismo podemos decir con razón acerca de los padres: que el que los ama los perderá; pero no matándolos, al modo de los parricidas, sino hiriendo y matando piadosamente y con confianza, con la espada espiritual de la palabra de Dios, ese afecto carnal con que se empeñan en amarrar a los obstáculos de este mundo a ellos mismos y a los hijos que engendraron; pero dando vida al mismo tiempo a ese afecto por el que son hermanos, por el que en compañía de los hijos temporales reconocen a Dios y a la Iglesia por padres eternos.

He aquí que te arrastra el afán de la verdad de Dios y de percibir su voluntad en las santas Escrituras; he aquí que te arrastra el deber de la predicación evangélica. El Señor ha tocado el clarín para que vigilemos en el campamento y edifiquemos la torre desde la que podamos rechazar y dominar al enemigo de la vida eterna. ¡El clarin celeste lleva al soldado de Cristo a la batalla, y le retiene su madre! No es ella como la madre de los Macabeos, ni siquiera semejante a las madres espartanas, de las que se cuenta que excitaban a sus hijos muchos más que el toque de los clarines a derramar su sangre por la patria terrena y a lanzarse a las batallas. Una madre que no permite renunciar a las preocupaciones seculares para formarse en la vida eterna, muestra bien cómo te permitiría repudiar enteramente el siglo para sufrir la muerte, si fuera menester.

¿Pero qué te dice o qué te alega? Quizá aquellos diez meses que te llevó en su vientre o los dolores del parto, o las fatigas de la educación. Eso es lo que has de matar con una palabra saludable. Mata eso en tu madre, para encontrarla en la vida eterna. Recuerda que has de odiar eso de ella, si la amas, si eres recluta de Cristo, si has echado el cimiento de la torre; para que no digan los transeúntes: ese hombre empezó a edificar y no pudo terminar. Porque éste es un afecto carnal, eco del hombre viejo. Se nos exhorta a que en la milicia cristiana demos muerte a ese hombre carnal en nosotros y en los nuestros; pero no de manera que seamos ingratos para con nuestros padres, como si enumeráramos para burlarnos esos beneficios con que nos dieron la vida, nos recibieron y nos educaron. Guardemos en todas partes la piedad, y mantengamos esos derechos cuando no haya que posponerlos a otros superiores.

Carta 243,1-7