SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO


Lc 14,7-14: Me atrevo a decir que a los soberbios les conviene caer

Hay, pues, personas castas humildes y personas castas soberbias. Los soberbios no se prometan el reino de Dios. La castidad conduce al lugar más destacado, pero quien se exalta será humillado y quien se humilla será exaltado (Lc 14,14): tPor qué buscas, con ansias de destacar, el lugar más elevado que puedes alcanzar manteniéndote en humildad? Si te elevas, Dios te abate; si tú te abates Dios te eleva. La afirmación es del Señor: nada se le puede añadir ni quitar, pero con frecuencia, los hombres castos se ensoberbecen hasta tal punto que se muestran ingratos no sólo frente a cualesquiera hombres, sino incluso frente a sus padres, y se envanecen ante ellos. ¿Por qué? Porque sus padres los engendraron, mientras ellos despreciaron el matrimonio. Si no les hubiesen dado la vida, ¿cómo podrían ser in-gratos quienes han despreciado el matrimonio? Pero el hijo que no ha tomado mujer es mejor que su padre casado y la hija que no ha buscado varón mejor que su madre que tiene marido. Si es más soberbio, jamás será mejor; si es mejor, sin duda alguna será más humilde. Si quieres descubrir que eres mejor, interroga a tu alma por si ves en ella alguna hinchazón. Donde hay hinchazón, hay vaciedad. El diablo intenta hacer su nido donde encuentra un lugar vacío.

Finalmente, hermanos míos, me atrevo a decir que a los castos que son soberbios les conviene el caer para que se humillen en lo mismo que les procura el orgullo. ¿De qué le aprovecha la castidad perfecta, si está dominado por la soberbia? Despreció el matrimonio de donde nació el hombre y apetece lo que hizo caer al diablo. Has menospreciado el matrimonio: has hecho bien; has elegido algo superior, pero no te envanezcas. El hombre ha nacido del matrimonio y los ángeles cayeron por soberbia. Si considero por separado vuestros respectivos bienes, tú que menospreciaste el matrimonio, eres mejor que tu padre y tú, que menospreciaste también el matrimonio, mejor que tu madre. En efecto es mejor la castidad virginal que la pureza virginal. Si se comparan ambas cosas juntas, es mejor la primera que la segunda; ¿quién puede dudarlo?

Pero si se añaden otras dos cosas, la soberbia y la humildad respectivamente, os pregunto a propósito de ellas; respondedme: ¿Qué es mejor, la soberbia o la humildad? Responderás que la humildad. Asóciala a la santidad virginal. La soberbia, en cambio, esté ausente tanto de tu virginidad como de tu madre. En efecto, si tú eres soberbia y ella humilde, la madre será mejor que la hija. De nuevo voy a compararos. Hace poco, considerando cada cosa en particular, hallé que tú eras mejor; ahora, al considerar las dos cosas juntas, no dudo en preferir la casada humilde a la virgen soberbia. Preferir, ¿en qué manera? Ved por qué prefiero lo que antes comparaba. La pureza conyugal es buena, pero mejor es la integridad virginal. Establecía la comparación entre dos bienes, no entre un mal y un bien; distinguía entre una cosa buena y otra mejor. Sin embargo, si pongo juntas ahora la soberbia y la humildad,.¿podemos decir acaso que la soberbia es un bien, aunque es mejor la humildad? Mas ¿qué estoy diciendo? La soberbia es un mal y la humildad un bien; la soberbia un gran mal y la humildad un gran bien. Si, pues, una de estas dos cosas es un bien y la otra un mal, si se une el mal y tu bien mayor, se convierte todo en mal; si se une el bien al bien menor de tu madre, resulta un gran bien.

En el reino de los cielos tendrá un lugar menor la madre casa-da que la hija virgen; será mayor el lugar de la hija y menor el de la madre, pero ambas estarán allí; la una como estrella reluciente, la otra como estrella de menor luz, pero ambas en el cielo. En cambio, si tu madre es humilde y tú soberbia, ella tendrá el lugar que le corresponda, pero tú té quedarás sin él. ¿Y quien que no tenga lugar allí encontrará otro sitio para sí, a no ser en compañía de quien de allí cayó y derribó a quien se mantenía en pie? De allí cayó el diablo y de allí derribó al hombre, cuando aún estaba en pie. Derribó al que estaba en pie; pero Cristo, con su venida, levantó al que yacía.

Considera cómo te levantó a ti tu Señor. Te levantó con humildad, hecho obediente hasta la muerte y humillándose a sí mismo. Siendo humilde tu emperador, ¿eres tú soberbio? ¿Es humilde la cabeza y soberbio el miembro? De ningún modo: quien ama la soberbia no quiere pertenecer al cuerpo que tiene cabeza tan humilde. Mas si no forma parte de él, mire dónde ha de estar en el futuro. No quiero decirlo yo para no dar la impresión de baberos aterrorizado aún más; mejor: ¡ojalá os atemorizara y consiguiera algo! ¡Ojalá deje de ser así quien, hombre o mujer, lo haya sido antes! ¡Ojalá haya conseguido que entren en vosotros estas palabras y no haya sido un simple esparcirlas al viento! Todo hay que esperarlo de la misericordia de Dios, puesto que quien atemoriza, causa tristeza; a quien causa tristeza consuela, pero en el caso de que se haya enmendado el contristado.

Sermón 354, 8-9