31 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XXII - CICLO C
1-7

 

1.

-NO TE SIENTES EN EL PUESTO PRINCIPAL

En algunos pasajes del evangelio, a veces no se sabe si Jesús está dando consejos de urbanidad o de sensatez para ahorrarse líos, o si está predicando Buena Noticia transformadora. La parábola de hoy es uno de estos casos, puesto que parece que Jesús aconseja la humildad para ahorrarse vergüenzas posteriores y lograr prestigio público. No es así, desde luego. Pero sin embargo, no resulta inoportuno constatar que el programa de Jesús, el Evangelio, no es un programa irracional e inhumano. Sino al contrario: aunque a veces -o a menudo- ante el mundo parezca que lo que Jesús propone es poco exitoso (es "hacer el primo"); en realidad no es así: en realidad no es cierto que el programa de Jesús no tenga "éxito".

Muchas veces tiene éxito ante el propio mundo (la gente de buena voluntad sabe reconocerlo, cuando se encuentra con alguien que hace el bien, que no quiere imponerse a los demás, que es servicial, que merece confianza). Lo tiene también ante uno mismo (si mi alma es sana, sin duda que me sentiré mucho mejor, mucho más feliz, siguiendo el camino sencillo de Jesús que buscando prestigio y poderes). Y en definitiva, lo tiene delante de Dios, que es lo que Jesús al fin y al cabo valora como importante y que todo seguidor suyo debe valorar también así.

-INVITA A POBRES, LISIADOS, COJOS Y CIEGOS

El segundo tema Jesús lo explica de modo que todos debían pensar que proponía imposibles. Porque, evidentemente, nadie hace semejante cosa. Y cuando vemos que en algunos lugares de reunión de la aristocracia se realizan comidas "para los pobres", uno se da cuenta de que se trata de algo falso, que tiene poco que ver con lo que Jesús dice. Porque lo que Jesús dice es que dediquemos a los pobres todo lo que somos y tenemos, y que dejemos de lado a parientes, amigos y vecinos ricos. Así como suena. Porque Dios, dice el salmo, ha hecho lo mismo: "tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres".

La llamada de Jesús es, por tanto, muy fuerte. Cada uno deberá plantearse de qué modo la sigue. Cómo tratamos a los pobres, en nuestra relación personal con ellos. Qué parte de lo que tenemos, en dinero y tiempo, les dedicamos (¡y no puede ser una parte miserable!). Qué espíritu creamos a nuestro alrededor sobre estas cuestiones (cómo hablamos del tema a los hijos, y cómo les enseñamos que se trata de una cuestión fundamental; cómo hablamos del tema con los compañeros y amigos). Cómo luchamos para que nuestra sociedad se transforme para que los pobres puedan estar en todas las comidas y cenas (o sea: para que en la mesa de la sociedad estén también los pobres).

-UNA ÚNICA ACTITUD DE VIDA.-

Unir los dos temas. No sería cristiano aquel que siendo rico no hiciese ostentación de su riqueza, pero la acumulase sin preocuparse de los pobres y sin trabajar él al servicio de un mundo mejor repartido. Ni sería tampoco cristiano el que organizase grandes campañas por un mundo con mayor justicia, pero lo hiciese exhibiendo su bondad y dedicación a estas causas y sin ser él austero ni sencillo.

-VOSOTROS OS HABÉIS ACERCADO...

El texto de Hb nos habla del valor e importancia de nuestra fe. Es la fe que nos presentaba el Evangelio, una fe llena de humanidad, y que en esa humanidad contiene la grandeza del propio Dios. Con esa humanidad nos acercamos a Dios y, en la Eucaristía, celebramos, también en unos signos muy sencillos, este acercamiento.

J. LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1989, 17


2. J/COMIDAS 

-¿Una charla de sobremesa?.-Jesús aprovecha la sobremesa de una comida para dar un par de lecciones. El pretexto es lo que está pasando y todos ven. Lo que también podemos ver hoy nosotros: la prisa de la gente por copar los primeros puestos en cualquier evento. El protocolo evita el bochornoso espectáculo a la gente importante, reservando los puestos por nivel de importancia, y aun así a veces hay conflictos. Pero el protocolo de la gente, del pueblo, sigue siendo la cola y, si es posible, colarse. Jesús está viendo eso con ocasión de un banquete (J/BANQUETE BANQUETE/J). Y a partir de lo que no es más que una regla de urbanidad, Jesús muestra cuál debe ser el comportamiento de los creyentes respecto al reino de Dios. No podemos aplicar en este caso las reglas de urbanidad, ni la tácticas sociales.

-"No ocupes los primeros puestos".-Porque todo el que se enaltece será humillado y el que su humilla será enaltecido. No es simplemente una táctica piadosa. Hacerse el humilde no es ser humillado. Es un principio de vida y de convivencia. Enaltecerse es pretender hacerse como el Altísimo, o sea, endiosarse, creerse autosuficiente, mirar por encima del hombro a los demás, pasar de los otros. Es lo que ocurre en el sistema social que hemos generado y mantenemos incluso con las leyes: una sociedad de clases, de niveles de desigualdad, de privilegiados y de afortunados, de ricos y pobres. Y es lo que ocurre también en el orden internacional que favorecemos y protegemos: pueblos desarrollados y ricos, pueblos en la miseria y diezmados por el hambre. En un orden así hay pueblos que se endiosan y confabulan, y hay gentes que se endiosan y menosprecian a los demás, sólo porque tienen más dinero o más poder y se creen que no necesitan a nadie.

-"No invites a tus amigos".-Esa es nuestra costumbre y nuestra ética. Compartimos nuestros éxitos y beneficios con los familiares, con los amigos, con los de la misma clase o posición social, pero excluimos y a veces incluso nos avergonzamos de los parientes y amigos pobres. Pero Jesús va más lejos. No se trata sólo de nuestros banquetes y nuestras fiestas, se trata del banquete de la vida, del banquete del desarrollo, del banquete del bienestar. Sólo hay sitio para los privilegiados, sólo hay migajas, cuando las hay, para los pobres, pensionistas, parados, o sea, las clases pasivas, las discriminadas. Hemos inventado un sistema en el que aquel que más tiene más recibe, y apenas queda nada para los que nada tienen. Se suben hasta un cien por cien los sueldos altísimos, pero se escatima una subida miserable para los que tienen sueldos miserables. La proporcionalidad del sistema hace de nuestra justicia la mayor de las injusticias.

INJUSTICIA: -"En tus asuntos procede con humildad".-La palabra de Dios nos enfrenta hoy con estas lacras, con estas injusticias, que ni vemos ni queremos ver porque estamos imbuidos de ellas y han llegado a parecernos "lo normal". Vemos y vivimos en medio de la desigualdad más inhumana y ni siquiera nos sonrojamos. Defendemos nuestro nivel y tren de vida frente a los que mendigan y se hacinan en viviendas bochornosas. Y estamos tan ufanos en el convencimiento -presunción, arrogancia, soberbia- de que nos merecemos lo que tenemos y disfrutamos, de que nos lo hemos ganado a pulso, de que somos más que los demás, cuando sólo tenemos más dinero o más poder, pero menos vergüenza. Los que tienen poder, por eso de que representan al pueblo viven mejor que el pueblo y a su costa, cuando debería ser al revés. Y los que tienen dinero siempre piensan que el dinero lo producen ellos, sin tener en cuenta a los verdaderos productores, a los que trabajan a sueldo. No hay humildad para ver la verdad: que todos somos necesarios, que todos dependemos de todos, que nadie puede ser rico ni poderoso sin la colaboración de los demás. ¿De dónde, pues, esas desigualdades inhumanas?

-"Dios revela su secreto a los humildes".-El engreimiento y la soberbia endurecen el corazón de los ricos y poderosos. Los que se encaraman al poder empiezan a ver las cosas de otra manera (desde el poder, desde su posición, desde el egoísmo) y pierden la capacidad crítica y la sensibilidad social. Y los que abundan en riquezas, lo mismo, ni ven a Dios, que es la verdad. El evangelio es muy duro frente a los ricos y poderosos, porque quiere ser un revulsivo que los saque de su obcecación y los libere de su injusto proceder, para que puedan ver la luz y proceder con humildad, o sea, con justicia. Pero es estimulante para el pobre, porque sólo los pobres pueden ver la verdad de Dios. Por eso Dios, que no puede ser parcial, está en favor de los pobres. Por eso Jesús hizo causa común con los pobres y plantó cara a los ricos y poderosos de su tiempo, que acabaron por darle muerte. Pero la causa de Jesús está en pie. Y nosotros, si somos cristianos, estamos enrolados en la causa de Jesús.

Sólo el que baja del pedestal -del poder y de la riqueza- y va al encuentro del hermano, del igual que él, aunque tenga distinta función, puede descubrir el rostro de Dios. Porque Dios se ha hecho hombre, pobre, perseguido, marginado, despreciado, lo último de la insensata escala social que hemos erigido soberbiamente como una torre de Babel contra Dios, es decir, contra los hombres, contra la humanidad.

EUCARISTÍA 1989, 41


3.

-SITUACIÓN LITÚRGICA.-

El contexto imaginativo de la perícopa evangélica de este domingo es sugestivo: conversaciones en la mesa. Todas las palabras de Jesús se sitúan alrededor de una mesa, a la que ha sido invitado por un fariseo. La observación de lo que va ocurriendo sugieren una serie de consideraciones que conducirán hasta la exclamación (que ya no entra en la perícopa) de uno de los comensales: ¡Dichoso el que pueda sentarse en la mesa en el Reino de Dios!, y la respuesta de Jesús con la parábola de la invitación universal. No estamos lejos de los temas del domingo anterior. La "mesa" del evangelio de hoy puede ser la "mesa del Reino" como esperanza pero también, como realidad, la "mesa de la Iglesia", donde se juega la participación en la mesa de la resurrección de los justos.

El género literario de las "conversaciones en la mesa" es bien conocido: los diálogos de Platón constituyen un ejemplo, y buena parte de las obras de Lutero llevan precisamente este nombre. La asamblea dominical, ¿no es acaso cada semana, una gran "conversación en la mesa" de Jesús con los suyos? De hecho, la narración que Lucas nos ofrece de la última cena de Jesús -de modo semejante a Juan- conlleva con gran amplitud el elemento "conversación". La liturgia de la Palabra queda, así, iluminada en su significado.

La primera lectura y el salmo subrayan, con la exhortación sapiencial la primera, y con la referencia histórica del éxodo el segundo, la actitud de Dios para con los pobres y humildes. Así se orienta el contenido de las conversaciones de Jesús hacia la descripción de las actitudes de humildad que hacen posible la glorificación.

-CONTENIDO DOCTRINAL.-

Es sabido que el tema de la glorificación de los pobres es particularmente lucano. "Ha mirado la humillación de su esclava... a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos", canta María en las escenas de la infancia. Esta palabras son casi asumidas en la antífona responsorial. Las exhortaciones de Jesús están totalmente en esta línea: "No te sientes en el puesto principal... ¡vete a sentarte en el último puesto!". La glorificación vendrá como don: "Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien". La aplicación de estas exhortaciones puede hacerse en tres niveles: Un primer nivel es el ascético, e incluso el de la "buena educación", por así decirlo. En este nivel es de gran ayuda el texto de la primera lectura, lleno de sabiduría y de experiencia. Con el supuesto de que, para el creyente, el ascetismo es siempre referencia a la propia situación ante Dios. La humildad cristiana no es simple ejercicio de moderación y sencillez de buen gusto, sino que es asunción de esto valores como actitud ante Dios.

Un segundo nivel es el cristológico. ¿Quién es el que ha ocupado de un modo más decisivo "el último puesto"? "Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango... se rebajo" (/Flp/02/06...). La kénosis de Cristo es el gran punto de referencia de toda humildad para los cristianos. "Por eso Dios lo levantó sobre todo", y le dijo: "sube más arriba", es decir, le concedió "el Nombre-sobre-todo-nombre". La homilía de hoy ganaría en profundidad si enlazara el sentido del "pobre" y del humilde con el misterio pascual de Cristo, y, en su lugar, con la imagen de María y su cántico de los pobres.

Un tercer nivel es el eclesiológico. Las precedencias y un protocolo exasperado pueden hacernos perder de vista realidades fundamentales de la vida eclesial. El puesto de cada uno en la Iglesia tiene que verse en función del Reino de Dios. La Didascalía de los apóstoles, del siglo III, exhorta al obispo a ceder el lugar a los pobres, cuando entran a la asamblea. Es un texto magnífico que pone en cuestión muchas de las actitudes que todos tenemos. Quien más quien menos, todos experimentamos cierta tentación de "poder", de "buena situación" en la Iglesia; y, con las diversas experiencias eclesiales, esta tentación toma formas diversas. La tentación clerical de algún tiempo puede ser sustituida en nuestros días por la tentación laical. En definitiva, todos llevamos en el espíritu las mismas dificultades. Pero, en la Iglesia, lo que cuenta es Jesucristo, el Siervo.

-REFERENCIA SACRAMENTAL.-

Es fácil actualizar la liturgia de la Palabra de este domingo en función de la participación eucarística y de la incidencia en la vida.

La asamblea dominical, como antes se ha dicho, es en el pleno sentido de la palabra, una "conversación en la mesa". Más aún: el sacrificio eucarístico, ¿acaso no es, cada vez que lo celebramos, una proclamación de aquella kénosis y de aquella glorificación únicas y ejemplares de Jesús? Y los que estamos reunidos alrededor de la mesa, ¿no somos acaso los pobres invitados, instalados en la tierra fértil del patrimonio de Dios? (responsorial).

PERE TENA
MISA DOMINICAL 1983, 16


4.

-La humildad es andar con verdad (HUMILDAD/VERDAD).- Probablemente muchos de nosotros quedaríamos bastante desconcertados, no sabríamos qué responder si nos preguntaran si somos humildes. O, incluso, si nos preguntaran si valoramos la virtud de la humildad. Y también es probable que bastantes -especialmente entre los más jóvenes- respondieran a la pregunta con otra pregunta: ¿qué es la virtud de la humildad? He encontrado en uno de los mejores diccionarios de la lengua castellana esta definición de humildad: "Virtud cristiana que consiste en el conocimiento de la propia inferioridad". Pero no me parece exacta esta definición, porque ser humilde no se identifica con sentirse inferior a los demás.

Escribió santa Teresa de Jesús que "la humildad es andar con verdad". Es decir, se trata de no creerse -y de no querer aparecer- superior o mejor que los demás porque la verdad es que no lo somos. Ni superiores ni inferiores, sino radicalmente iguales. Es verdad que hay hombres y mujeres que son más sabios, más inteligentes, incluso más buenos... que otros. Pero nada de ello les permite mirar por encima del hombro a los demás. Porque -como hemos dicho en la oración inicial de la misa de hoy- "Dios todopoderoso, de quien procede todo bien...". Todo lo que cada uno tiene de realmente bueno -y todos tenemos mucho de bueno- es don y gracia de Dios: no podemos vanagloriarnos de ello. Y todo lo que tenemos de malo -y todos tenemos también bastante de malo- nos obliga a rechazar cualquier tentación de orgullo o vanidad. -La humildad en nuestra sociedad.-En el evangelio de hoy hemos escuchado unos claros consejos de Jesús sobre esta cuestión. Y podríamos decir que es una evidente característica de la enseñanza -y del comportamiento- de Jesús de Nazaret el rechazo del orgulloso y el elogio del humilde.

Parece que en la sociedad en que vivió Jesús ya se practicaba eso de querer conseguir los primeros puestos, cada uno en su nivel social. No sé si me equivoco, pero imagino que si Jesús viviera en nuestra sociedad, aún sería más insistente en esta cuestión. Porque es la misma organización social y económica de nuestra sociedad capitalista la que está montada sobre el incentivo a querer tener más que los demás. La humildad no tiene buena prensa en la sociedad capitalista y basta dar una ojeada a muchas revistas de quiosco o a bastantes programas de televisión para ver que se presenta como modelos a quienes más se afanan por ocupar los primeros puestos, sin que importe mucho los métodos utilizados.

Pero reconozcamos que no es sólo un problema de quienes ocupan estos primeros puestos en los distintos ámbitos de nuestra sociedad. Todos nosotros -cada uno en su nivel de vida habitual- tenemos la tentación de abrirnos paso en la vida a base de repartir codazos y pisotones a los que nos hacen competencia o nos estorban en nuestro camino. Todos nosotros -en esta sociedad- tenemos la tentación de valorar y adular a los triunfadores y de menospreciar y apartar a los perdedores. A todos nosotros nos cuesta apreciar la humildad, reconocer que -en realidad- sólo los humildes tienen, como decía la primera lectura, "el favor de Dios" y -además- sólo ellos pueden y saben ser felices. -Sólo el humilde sabe compartir.-San Francisco de Asís describió la humildad radical como "la perfecta alegría" (ALEGRIA/HUMILDAD). Esta es incluso una constatación simplemente humana: el orgulloso, el vanidoso, el agresivo... no sabe ser feliz, ignora lo que es la auténtica alegría. Podríamos decir que sólo el que es de algún modo humilde, sabe compartir su vida con los demás, y -por ello- puede ser feliz y puede vivir con alegría.

Es el consejo con el que terminaba el evangelio de hoy: "cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos". Es decir, comparte lo que eres y tienes con los demás, especialmente con los que menos son y menos tienen. La teología de la liberación, en América Latina, ha tenido el mérito de recordarnos que esta "opción por los pobres": es esencial y fundamental en el evangelio. Porque fue el mismo Señor Jesús quien la practicó y enseñó. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, fue el máximo ejemplo de humildad. Con aquella humildad que es "andar con verdad", que no fue tanto ejemplo de rebajarse como de compartir.

Como sigue haciendo ahora, en la Eucaristía, invitándonos a todos a su banquete para que compartamos su amor sencillo, humilde, verdadero.

J. GOMIS
MISA DOMINICAL 1989, 17


5.

Antes de terminar la carta, el autor presenta una vez más, para aquellos lectores de viejas querencias, el contraste de las dos alianzas. Frente a frente de las dos alianzas. Frente a frente los dos montes en los que se realizan las dos alianzas. En el Sinaí se hace presente todo el aparato teatral de las manifestaciones de Dios que inaugura y simboliza una alianza de temor: la relación del pueblo con Dios fue la de una asamblea atemorizada, que oía desde lejos, sin tener acceso a la Majestad terrible. En aquel momento hacían su aparición las manifestaciones terribles y estremecedoras de la naturaleza: el fuego, el torbellino, la oscuridad, la tormenta. En el centro de este escenario terrorífico, la voz de la trompeta, la voz de Dios. Todo esto quiere decir que aquella antigua experiencia de Dios estuvo dominada por el terror ¿cómo podía el hombre encontrarse a gusto ante esta experiencia abrumadora de Dios? La respuesta judía a esta dificultad había sido la siguiente: Dios había dado la Ley en el Sinaí; obedécela y no temerás el juicio de Dios. Pero esto difícilmente podía eliminar el terror.

En lugar de la respuesta judía nada tranquilizadora, el autor de la carta presenta como ideal la respuesta cristiana: en lugar del monte Sinaí, nosotros estamos en el monte Sión, la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celeste. No os habéis acercado al Sinaí, algo terrorífico que rechaza y aleja, sino a la maravillosa comunión con Jesucristo y con el Dios vivo, a la congregación de los justos que han alcanzado la perfección.

Un aspecto central de esta buena nueva es la alegría de pertenecer a la Iglesia. Es la alegría de haber hallado la comunión de los que han hecho de Jesucristo y de Dios la razón de ser de su vida, han encontrado en Dios el sentido del dolor, de la esperanza, de la muerte, del trabajo, del amor y comienzan cada día su camino hacia Dios porque están poseídos por la fe y la esperanza en el Dios vivo.

Pero es también la alegría de construir cada día la comunión con hombres imperfectos y pecadores, hecha de comprensión, de perdón, de amor, de acercamiento laborioso, de reencuentro difícil; la alegría de haber encontrado en el evangelio el único camino de la difícil comunión con cada persona y cada comunidad, que es preciso comenzar siempre.


H-6.

HUMILLARSE PARA SER ENSALZAD0

-El que se enaltece sera humillado (Lc 14, 1-14)

El pasaje del evangelio proclamado hoy propone dos consejos: uno para los invitados a un banquete, el otro para el que invita. En la celebración de hoy, es sobre todo el consejo dado a los invitados el que ha de fijar nuestra atención, ya que conecta con el punto de vista desarrollado por la lectura del Antiguo Testamento del Eclesiástico.

Empecemos por el consejo dirigido al que invita, para poder relacionar mejor el otro consejo con la lectura del Antiguo Testamento .

El que invita debe ser desinteresado; no invita para que le inviten a su vez. Por eso, no son sus parientes o amigos los convidados, sino pobres, cojos y ciegos. Eran categorías de desgraciados, excluidos del Templo... Jesús imprime al final de su consejo un sabor escatológico al banquete de que habla: "Te pagarán cuando resuciten los justos".

Pasemos al primer consejo, el dado a los invitados, y en el que insiste la celebración del día.

Jesús se encuentra invitado en casa de un fariseo. No es la única vez que le sucede, y sus encuentros con ellos en comidas no son raros. Encuentra allí la ocasión para el dialogo, la enseñanza y para una manifestación de su interés por ellos, llamados como los demás a la salvación en el Reino. La comida debe ser un tanto especial, ya que es sábado y el banquete adquiere una modalidad un poco más rica que de costumbre. Con él están invitados doctores de la ley y fariseos. El anfitrión, además, es uno de sus jefes. Como en toda reunión mundana, los invitados buscan hacerse valer y conscientes de su dignidad y reputación, escogen hábilmente los primeros puestos.

Toda la importancia del relato recae sobre la sentencia final: "El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido".

Antes de reflexionar en el valor de esta sentencia, veamos la doctrina propuesta en la primera lectura.

-Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios (Eclo 3, 17... 29)

Los consejos que aquí se dan son muestra de un sentido realista de la vida. No puede decirse, sin embargo, que su autor se quede en los límites de una hábil conducta de vida, ya que leemos: "y alcanzarás el favor de Dios". La actitud humilde no es pues, en él una conducta hábil, sino que forma parte del saber vivir del justo ante el Señor. En el mismo libro se lee: "El que humilla (Dios), también exalta" (Eclo 7, 12), "hay quien es débil, necesitado de apoyo, falto de bienes y sobrado de pobreza, mas los ojos del Señor le miran para bien, él le recobra de su humillación" (Eclo 11, 12).

El tema de la humildad, además, se repite con frecuencia en el Antiguo Testamento. Algunas veces incluso se la encuentra tratada en forma muy próxima a la del Nuevo Testamento. El humilde se reconoce pecador (Is 6, 3); si el hombre hace en sí el vacío para recibir la gracia (Prov 3, 34), Dios le glorificará (1 Sam 2, 7). La experiencia hizo de Israel un pueblo que sabía lo que era la humildad, y los salmos no la ignoran, ellos que engrandecen la oración del humilde y del pobre. Porque son ellos quienes pueden ante todo alabar al Señor (Sal 22, 25.27; 34, 7; 69, 3). Conocemos, igualmente, en el Antiguo Testamento numerosos ejemplos de personas humildes, como el tipo del Siervo descrito por Isaías (Is 53, 4-10). Al Mesías se le esperaba como un rey humilde (Zac 9, 9). En nuestro texto leemos que la condición del orgulloso no tiene cura porque la raíz del mal está en su interior.

Cuando Jesús habla de abajarse, ya saben sus oyentes lo que entiende por ello. "Cuanto más grande seas, más debes humillarte", tal es el consejo del Eclesiástico. La actitud del sabio es la de la persona modesta que escucha.

El salmo 67 nos hace meditar la oración del pobre, y se convierte en ocasión de cantar al Dios de los humildes y de los pobres:

Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece.

... y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios,
preparó para los pobres.

Sin duda que para nosotros, los cristianos, el abajamiento ha adquirido un inestimable valor a partir del ejemplo concreto dado por Jesús. Sin embargo, la sentencia pronunciada por Cristo no parece referirse a su pasión humillante. Ahí se trata de la humildad en cuanto que es la medida del sabio y del que cae en la cuenta de la realidad de lo que él es.

Las lecciones que hay que sacar de esta sentencia son delicadas, una interpretación extremista podría convertirlas en inaceptables o psicológicamente peligrosas. En efecto, la humildad no supone indiferencia en el hombre con respecto a su situación, a sus búsquedas, al progreso. Hay un "cierto orgullo" salvador y necesario en la promoción humana querida por Dios. La humildad mal entendida puede provocar desastres psicológicos que nada tienen que ver con la virtud. La incapacidad de asumir responsabilidades, la indecisión, el miedo de sí mismo, el complejo de inferioridad no son humildad. Por otro lado, el dicho de Jesús condena la búsqueda del poder por sí mismo, el dominio rudo de los demás, la satisfacción de sí sin atender a los otros. Dentro de la situación del mundo actual, no se ha dado cima a la búsqueda de lo que debe ser la humildad. Si algo hay que decir acerca de ella es que hemos de indagar siempre sus aplicaciones no según la prudencia humana, sino en una leal referencia a la propia condición querida por Dios y al respeto hacia los demás.

Cada vez más se recupera hoy en la Iglesia el sentido de la autoridad como servicio. Es una de las formas necesarias de la humildad. La autoridad en la Iglesia es siempre un servicio y un ministerio. Pero en esto una vez más: aunque el servicio no tiene límites, ello no significa la invasión de un democratismo vulgar que no es humildad. La humildad supone, por el contrario, que cada uno ocupe su puesto justo. La solicitud por los otros ayudará a hallar y reajustar posturas siempre difíciles de mantener y que deben ser objeto de un continuo y leal examen de conciencia.

ADRIEN NOCENT
EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 7
TIEMPO ORDINARIO: DOMINGOS 22-34
SAL TERRAE SANTANDER 1982.Pág. 19 ss.


7.

1. Un fariseo principal le invita a comer

Jesús acepta la invitación de "uno de los principales fariseos para comer". Es la tercera vez que, según Lucas, va a comer a casa de un fariseo rico, y, como en las dos anteriores (Lc 7,3~50; 11,37-54), el anfitrión no saldrá bien parado.

Comer con Jesús siempre era una gran experiencia: descubrimiento de haber encontrado la verdadera libertad, para unos; experiencia de incomodidad y contrariedad -y quizá de rabia y de odio-, para otros. Porque Jesús desbarata todos nuestros comportamientos sociales y personales. Su actitud es una dura crítica a tantos banquetes de los que salen a todo color y con grandes títulos en los diarios y en las revistas, sin excluir los banquetes llamados "de caridad".

En esas comidas solía Jesús tener presente, como telón de fondo, el banquete escatológico del reino, hacia el que caminaba y quería que camináramos nosotros. Jesús recorre ciudades y aldeas, va a las sinagogas y a las casas para proclamar su doctrina. Ni siquiera esquiva las invitaciones de sus enemigos, porque ha venido a ofrecer la salvación a todos.

El que lo invita en esta ocasión es un jefe de los fariseos, quizá miembro del sanedrín de Jerusalén. La sala en la que entra Jesús rebosa, por tanto, devoción a la ley mosaica, cuyo cumplimiento estaba por encima, incluso, del bien del prójimo. No dudaban en absoluto de su modo de interpretar la ley, por lo que eran unos interlocutores casi imposibles de convencer. A pesar de ello, Jesús siempre lo intenta.

Era sábado. La observancia sabática se había convertido en la ley suprema y absoluta. El cumplimiento del descanso en ese día obligatorio para el mismo Dios, se interpretaba como una de las expresiones supremas de la religiosidad israelita y, desde luego, farisea.

Para Jesús, el sábado y toda la ley están al servicio del hombre; nunca al contrario. Por eso ha curado en sábado sin tener necesidad apremiante para ello, condición que ponía la ley para poder hacerlo. Ha curado a pesar de la violenta oposición del orden religioso establecido.

Los sábados solían comer de fiesta los judíos. En ese día comían tres veces; los demás días de la semana, dos. La comida principal era la del mediodía, y seguía el culto de la sinagoga. Para celebrar la fiesta con alegría se tenían invitados, a los que se obsequiaba abundantemente.

Era el día en que se conmemoraban los grandes favores de Dios: la creación (Ex 20,8-11) y la liberación de la servidumbre de Egipto (Dt 5,12-15). Sobre el sábado flotaba una atmósfera de fiesta nacida de la fe en la elección de Israel como pueblo de Dios. Era el signo de la fidelidad de Dios a la alianza. La gloria eterna la concebían como un sábado sin fin (Heb 4,9). En las comidas de los sábados había un ambiente de recuerdo de las grandes gestas de Dios, como vimos antes, y de esperanza en el mundo futuro.

A una comida así fue invitado Jesús como comensal de honor. Es invitado como doctor de la ley, siguiendo la costumbre de invitar a hombres de fama, primero a hablar en la sinagoga y luego a comer en las casas principales. Jesús ya era conocido por estas fechas y también los fariseos se interrogaban sobre su personalidad.

"Le estaban espiando". Cada vez que Jesús era huésped de un fariseo, se le observaba minuciosamente según las normas de la religiosidad farisaica. La conclusión siempre será la misma: no puede ser un profeta de Dios; no responde a sus expectativas y a su doctrina, única norma y medida de la voluntad de Dios. Consideraban su camino, su exposición de la ley, sus tradiciones, como el camino querido por Dios. Estaban tan seguros de ello, que ni siquiera se les ocurría pensar que Dios pudiera seguir un nuevo camino.

2. De nuevo cura en sábado

Se presentó delante de Jesús un hombre enfermo de hidropesía (enfermedad que consiste en la acumulación anormal de un líquido seroso en las glándulas de la piel de cualquier parte del cuerpo, produciendo como unas bolsas que inflaman el cuerpo). Sorprende verlo allí, entre una concurrencia tan selecta, porque no estaba entre los invitados, naturalmente. Es un curioso de los muchos que asistían a estas comidas como espectadores, y que había ido para ver a Jesús. Para los doctores de la ley y para los fariseos, toda enfermedad era castigo de los pecados; incluso pretendían saber qué pecado se encontraba detrás de cada enfermedad. La hidropesía era, para ellos, señal de lascivia -abuso de placeres carnales-. Todos los ojos estaban fijos en Jesús y en el enfermo. Este es el tercer relato que nos transmite Lucas relacionado con curaciones en sábado (los otros dos son la curación del hombre de la mano paralizada, Lc 6,6-11, y de la mujer encorvada, Lc 13,10-17). Los tres tienen una misma estructura y nos transmiten un mensaje idéntico.

Jesús toma la palabra para preguntar "a los letrados y fariseos" si "es lícito curar los sábados o no". Una pregunta que ellos ya habían contestado hacía tiempo: si alguien está enfermo y en peligro de muerte, se le puede socorrer, aunque haya que infringir la ley del sábado; ¡menos mal!; pero si no hay grave peligro de muerte, hay que dejar que pase el sábado antes de hacer nada por el enfermo. El peligro de muerte no existía en el hidrópico.

La pregunta de Jesús era para ellos como una provocación. "Se quedaron callados". No quieren discutir con Jesús, puesto que su doctrina es la verdadera y la definitiva. ¿Quién puede dialogar con seres así?

Jesús quiere forzarles a repensar su interpretación de la ley, a que no se contenten con la tradición de los antepasados. Reivindica el derecho de interpretar y renovar la ley en su calidad de enviado de Dios (Mt 5,17 48).

"Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió". Su acción debería haber suscitado el estupor de los comensales. Pero no: lo había curado en sábado sin ninguna necesidad. La fidelidad a unos ritos les impide ir más allá. La curación es signo de que Dios está con él y que obra por su mediación; prueba que su interpretación del descanso sabático es la verdadera, que con él cobra su verdadero sentido. Los fariseos habían olvidado la voluntad divina de que fuera un día de salvación y de amor. Jesús vuelve a darle su genuino sentido. El reino de Dios no llega a través de rigurosas observancias rituales, sino de gestos de amor en favor del hombre.

Si se ayuda al animal que cae a un pozo en sábado, ¿por qué no se puede ayudar a un hombre enfermo? Sobre la ayuda a los animales que caían a un pozo o en otro lugar de peligro había dos interpretaciones, siempre que no existiese peligro de muerte: la más severa afirmaba que sólo se podía en sábado alimentarlo para que pudiera subsistir hasta el día siguiente; la otra opinión, más benigna, defendía que, aunque no se podía sacar al animal, sí se le podía dar la posibilidad de salir por sí mismo arrojándole objetos que le pudieran ayudar a ello. Jesús va más al fondo; todo eso de la casuística -a la que eran tan aficionados nuestros moralistas- le traía sin cuidado. Al animal de le debe sacar del pozo como sea y cuanto antes, y con mayor razón curar al hombre de sus enfermedades. No se puede interpretar la ley humanamente sólo cuando está en juego el propio interés, como hacían los fariseos. Jesús pone el descanso sabático al servicio del hombre. La curación del hidrópico ha introducido la comida del sábado en casa del fariseo en su verdadero contexto de signo del tiempo de salvación. Los fariseos no saben qué oponer a las consideraciones de Jesús, que tan de acuerdo están con la prudencia y el conocimiento humanos.

Lucas, que no suele repetir enseñanzas, ¿por qué trata aquí por tercera vez la cuestión del descanso sabático? Cuando él escribe, ya había comenzado la comunidad cristiana a celebrar el domingo como el día del Señor, con la fracción del pan (He 20,7). Importaba saber cómo entendía Jesús el descanso sabático y la celebración del sábado para adaptar su espíritu al domingo. Debía quedar patente que para Jesús todo lo que significara ayuda verdadera a los demás era bueno y debía ser realizado en sábado, y ahora en domingo, día del reposo cristiano. Sobre este dato, y no sobre la absolutización de un rito, debía fundarse la nueva ley de los cristianos y el camino de los hombres hacia el reino. La ayuda al hombre está por encima de todas las normas. Es fundamental que los cristianos lo entendamos bien y lo pongamos en práctica. Lo que importa no es la fidelidad a los ritos, sino el seguimiento de Jesús, en quien se encuentra la plenitud del reino. El sábado no es la última palabra, sino el hombre. Principio revolucionario que le iba a costar a Jesús muchos disgustos y enfrentamientos. ¿Lo hemos entendido los cristianos?

3. Los últimos puestos siempre están libres

"Notando que los invitados escogían los primeros puestos", Jesús inicia un discurso de mesa, una enseñanza realizada a lo largo de una comida, según se estilaba en aquellos tiempos. Y lo inicia con un ejemplo del que pretende extraer unas enseñanzas. En sus palabras late su objetivo: el reino de Dios. Lo que observa le sirve de imagen para exponer su doctrina de salvación.

Los invitados debían observar en los banquetes un riguroso orden de precedencia, que no se otorgaba sólo por razón de la edad, sino conforme a la dignidad y categoría de los invitados. Cada uno elegía su puesto conforme a su rango, que él mismo se asignaba. Los fariseos cuidaban mucho de su honor, gustaban de ocupar los primeros puestos en las sinagogas y de los saludos en las plazas (Lc 11,43; 20,46; Mt 23,6; Mc 12,38-39). Estaban convencidos de tener derecho a los primeros puestos. Con la misma seguridad con que ocupaban los primeros puestos en la mesa, juzgando que les correspondían como propios, creían saber cuál era su puesto en la mesa del reino de Dios: los primeros, sin ninguna duda. Al apresurarse por los puestos principales en todos los lugares en que aparecieran, se manifestaban a los ojos de todos como unos creídos, capaces de sacrificarlo todo a la vanidad de aparecer como unos personajes.

Era normal que las personas de más edad y las más distinguidas, que debían ocupar los primeros puestos, fuesen las últimas en llegar con el fin de ser saludadas por las demás. Y si alguien había ocupado sus lugares, el anfitrión tenía que hacerlos retirar, al ser él el que tenía una visión más completa de todos sus invitados y de su dignidad. Llevados por el anhelo de ser bien considerados por la gente, el comportamiento de los comensales era, cuanto menos, miope.

Además, en aquella sociedad, viciada en sus raíces por afanes inconfesables de orgullo y de ambición, los puestos principales eran sinónimo de poder personal. Veían ridícula la actitud de Jesús en favor de los sencillos, de los que jamás se prestan al doble juego por ningún tipo de interés. ¿Será verdad que han pasado veinte siglos desde entonces? Aquella escena vergonzosa estaba -y está- en oposición evidente con el reino de Dios. No sólo están los que preguntan quiénes se salvarán, como vimos en el capítulo anterior, sino los que se preocupan por "salvarse más" que los demás y pretenden que se repitan en el reino de Dios las categorías sociales, que dividen a los hombres en más dignos y menos dignos. Ante tan ridícula y extendida pretensión, Jesús debía actuar con firmeza y afirmar la primacía de la humildad. La vida verdadera no se conquista con honores, buscando la propia grandeza, sino con el servicio hacia los otros. Nunca debemos actuar con el fin de pasar por encima de los demás o para que nos admiren.

¿Por qué la verdadera vida será tan distinta de lo que vivimos? ¿Por qué la ilusión de la mayoría es llegar al mejor puesto, aunque no se sirva para él o haya que lograrlo pisando a otros? ¿Por qué no se busca ser eficaz y útil en el servicio a los demás, sino el propio encumbramiento? ¿Por qué estamos llenos de tanta vanidad, ostentación y mentiras? Para Jesús lo más importante es amar. Pero el hombre orgulloso, engreído, el que se desvive por ocupar los primeros puestos, por lucir, por aparentar, es un hombre que no sabe amar, que está obsesionado por sí mismo; sólo ve a los demás en función suya, para dominarlos, para que le admiren. No le queda sitio para el amor, para los demás.

Jesús nos recomienda ocupar los últimos puestos, los que siempre están libres. Nos previene para que no busquemos ser importantes, vanidosos; para que evitemos vivir de apariencias y de vacío, aunque los recubramos de los aspectos más llamativos. Que no seamos de los que, con tal de avanzar un paso en el escalafón de la sociedad y llegar cerca de la primera fila, paguemos el peaje de las peores abdicaciones, de los compromisos más mezquinos, del servilismo más vergonzoso, de las alianzas más equívocas, de las adulaciones más descaradas. Que no entremos en el juego de un mundo en el que vencen solamente los que pierden su propia dignidad y libertad. Que no seamos de los que buscan las medallas más que el compromiso, los aplausos más que el sacrificio, la publicidad más que la utilidad y la verdad. Que nos dediquemos a los trabajos despreciados por los que se creen importantes; esos trabajos para los que no hay condecoraciones ni agradecimiento.

Que nos demos cuenta de que es la persona la que hace grande aun la ocupación más modesta; que no es la actividad la que confiere el certificado de autenticidad al ser humano; que si un hombre es mezquino, lo sigue siendo -y más- aunque esté encima del más alto pedestal. Que nos dediquemos a las personas a las que nadie gusta dedicarse, porque son molestas, exigentes, intratables, poco agradecidas. Que existen muchos oficios insignificantes a nuestro alrededor esperando que alguien les dé un significado. Que si elegimos los últimos puestos, estemos seguros de encontrarlo allí y de colaborar con él en la construcción del mundo nuevo.

4. El pobre ocupa su propio lugar y lo llena

"Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". Sólo los pequeños y sencillos entrarán en el reino de Dios (/Mt/18/03-04), porque son los únicos que saben ocupar su lugar de criaturas. Y cuando uno ocupa su propio lugar, está en disposición de encontrar a Dios. La revelación del Padre sólo se dirige a los humildes (Mt 11,25).

No es lo mismo ser humillado que ser humilde. Será humillado el hombre que ahora vive por encima de sus capacidades, por encima de sus valores; el que busca sobresalir a costa de lo que sea. Y es humilde el que vive el espíritu de las bienaventuranzas, que son como la expresión del verdadero amor.

HUMILDAD/QUÉ-ES: La humildad, que es uno de los pilares del evangelio, se opone radicalmente a lo que es norma en nuestro mundo dominado por el culto al éxito, por la obsesión de figurar, de imponerse; esa obsesión constantemente alimentada por la publicidad que lanza al hombre hacia el tener y hacia la ley del mínimo esfuerzo.

La humildad es difícil de entender; para comprenderla es necesario vivirla. Si no partimos de la visión real de nosotros mismos, es imposible llegar a ella. Es la condición para el amor; sólo el que es humilde sabe amar y ama en la medida en que es humilde. La humildad que, según santa Teresa, es la verdad, capacita al hombre para conocer con exactitud las propias cualidades y capacidades, nos impide sobrevalorarnos, nos impulsa a prestar atención a todos los demás. Por ser una postura religiosa, define la situación del hombre ante Dios y el lugar que ocupa dentro de la creación. Es hermana de la sinceridad, lo mismo que el orgullo es hermano de la hipocresía y del fariseísmo. La humildad empuja al hombre a desarrollar todas sus capacidades, consciente siempre de su condición de criatura.

Es necesario que dejemos de fantasear con nuestros méritos, de pretender saber cómo Dios hace las cosas. Pongámonos en nuestro lugar y no pretendamos actuar como los consejeros de su reino. El coraje necesario para ser verdaderamente humildes es mucho mayor que la agresividad que se necesita para dominar.

5. Es preciso vivir contra corriente

"Cuando des una comida o una cena..." También el anfitrión es implicado en el diálogo. Las conveniencias sociales no deben ser las que mueven las relaciones entre los hombres, sino el servicio a los necesitados. Dar y servir a los que tienen para poder recibir de ellos después ha sido una lamentable constante en muchos dirigentes cristianos. El acercamiento a los ricos y poderosos se ha pagado con el alejamiento de los pobres y de las clases proletarias. La ley definitiva de la vida humana nunca puede ser el intercambio. Esa actitud convierte a la sociedad en negocio. El reino que nos trae Jesús está centrado en el amor que ofrece libremente. Nunca en esa constante práctica de estar en buenas relaciones con la gente de dinero, con las autoridades, con los que podían proporcionar prestigio y poder. Es posible que, normalmente, no se haga de mala fe o para vivir mejor, sino pensando que de esa forma la Iglesia será más conocida, podrá llegar a más gente, recibirá mayores honores, tendrá más dignidad y Jesús será más conocido y apreciado.

Jesús invita al dueño de la casa a no organizar banquetes para los amigos, hermanos, parientes y vecinos ricos. Es verdad que con los amigos se está a gusto, los hermanos y parientes pertenecen a la familia y todo queda en casa, los vecinos ricos pueden devolver la invitación.

Debe invitar a los pobres, a los marginados de los que no se puede esperar recompensa, a los que no acrecientan el propio honor y la propia influencia y con los que tampoco es un placer comer. A esas gentes, a las que se solía excluir del culto oficial del templo, es precisamente a las que hay que invitar para evitar toda idea de compensación.

Suena en estas palabras de Jesús una vez más el canto del Magnificat. Compartir con los oprimidos es ya el reino; aunque no sea en su plenitud, porque el reino no llegará nunca a su plenitud en la tierra; pero es el camino hacia él. Estamos cerca del reino de Dios cuando no actuamos en función del premio o del castigo, sino por un amor desinteresado. Esta idea la va a clarificar Jesús con la parábola del gran banquete, que contará a continuación (Lc 14,15-24). La evangelización de los pobres y su lugar de privilegio dentro de la Iglesia son el signo evidente de ese reino que ha tendido su mesa en medio de los hombres.

Cuando el hombre o la comunidad cristiana actúen así, tendrán la impresión de estar perdiendo, y, sin embargo, será cuando en verdad estén creando a su alrededor la imagen o signo de la verdadera humanidad, que es el reino de Dios. Es posible que muchos afirmen que están locos, que son tontos, que no saben vivir sobre la tierra... Pero su gesto es el decisivo para hacer presente ahora y aquí el reino. Sólo quien reparte sin calcular, quien se entrega a los demás, está alcanzando su verdadera grandeza.

"Te pagarán cuando resuciten los justos". Es verdad que hace falta un despego poco común para prestar a fondo perdido y aplazar alegremente el reembolso de la deuda hasta los últimos días; lo mismo que para abstenerse de los primeros puestos, evitando colaborar en una sociedad convertida en una selva regida por la única ley del más bruto. O la religión es un bien en sí misma o se convertirá en una conveniencia. No podemos actuar porque esté mandado, o lo pide la religión, o lo manda la Iglesia, o para ganar el cielo. El que así hace, aún no ha crecido personalmente. Hemos de obrar por propio convencimiento. Si queremos seguir el camino de Jesús, es preciso vivir contra corriente. Si creemos y esperamos en un reino abierto a todos los hombres que hayan vivido con amor, es necesario que ya ahora vivamos colocando en el primer lugar de nuestra valoración el amor, la verdad y la justicia. Nuestra vida será auténtica si no entra en el juego del dar y del recibir a cambio, a la vez que será un interrogante para los que viven instalados en su comodidad y en su egoísmo.

La vida se gana mediante este servicio verdadero.

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 2
 PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 261-269