PANORÁMICA DEL DOMINGO

 

1.

-CONTENIDO DOCTRINAL

Las lecturas del evangelio y del Deuteronomio coinciden, en términos casi idénticos, en la  advertencia sobre el valor absoluto de los mandatos de Dios, y en la atención a no poner al  mismo nivel las disposiciones humanas.

La vida del creyente está bajo la Palabra de Dios. El salmo responsorial expresa esta  situación de una manera magnífica, incluso con un cierto dramatismo cuando se canta, por  parte de la asamblea, el versículo responsorial. En efecto: la asamblea pregunta  repetidamente "Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?", mientras el oráculo le va  respondiendo cada vez, con la descripción de lo que Dios quiere de los creyentes.

Quizás la actitud más expresiva de lo que quiere Jesús es la de San Francisco de Asís al  hablar del Evangelio "sine glossa". Lo cierto es que uno puede hablar así cuando ha  comprometido de tal modo la propia vida con el Evangelio que se ha hecho connatural con  él. Son los santos, en efecto, los que de verdad han interpretado el Evangelio.

Aparte de ellos, siempre hay el problema denunciado por Jesús y alertado por el  Deuteronomio: la sobreposición de las "tradiciones de los hombres", el conflicto de las  interpretaciones, los convencionalismos interesados, etc. A través de todo esto, el hombre  se sobrepone, más o menos sutilmente, a la Palabra de Dios.

La valoración de los mandatos de Dios, en cambio, es una fuente de gloria para aquellos  que la hacen sinceramente (1. lectura).

Comprender esta dimensión pide un acto de fe de base, un acto de "sinceridad y verdad"  (1 Cor 5, 8) correspondiente a una situación pascual, en la que la levadura vieja no  desarrolla su fuerza.

-ACTUALIZACIÓN

La actualización de estos textos puede hacerse perfectamente siguiendo la exhortación  de Santiago: ¡"Llevad la Palabra a la práctica"!. La Palabra es un don perfecto que "viene  de arriba, del Padre de los Astros"; es, en definitiva, el mismo Jesucristo.

Fácilmente, siguiendo las recriminaciones de Jesús, se puede actualizar el evangelio  aplicándolo a los convencionalismos, a las prácticas religiosas y legales sin fidelidad  interior. Habrá que tener en cuenta, sin embargo, que Jesús habla de "las tradiciones de los  hombres" en contraposición con el mandamiento de Dios, para no ofrecer la sospecha de  que la participación sacramental -la misa del domingo por ejemplo- es un convencionalismo  entre otros.

Una actualización más válida es destacar, en el contexto cultural y religioso de nuestra  sociedad, el valor absoluto del mandamiento de Dios por encima de cualquier documento  legal de la sociedad, incluso los de más alto nivel. Por mucha mayoría que haya obtenido  una ley, no por eso se convierte en mandamiento de Dios. La explicación que se debe  hacer es la necesidad, para el creyente, de entender el carácter personal y relacional de la  vida moral, más allá de un planteamiento ético limitado sólo a algunos valores. Sin duda  que estos valores podrán coincidir con valores evangélicos, y participar, por eso, del valor  de los mandatos de Dios. Pero el cristiano debe tener presente que el mandamiento de  Dios es siempre prioritario frente a las tradiciones y leyes de los hombres. Esto pide, ¡está  claro! conocer bien el mandamiento de Dios...

Sobre todo la actualización debería ayudar a percibir el gozo y la libertad que vienen,  para nosotros, de tener "plantada" la Palabra, que "es capaz de salvarnos". Es así: la  siembra se hace cada domingo en el corazón del hombre, que es donde necesita arraigar la  Palabra.

PERE TENA
MISA DOMINICAL 1985, 17


 

2.

-La vida de los hombres, pese a los muchos cambios sociales, está rodeada de  tradiciones; son como el ambiente en el que se desarrolla gran parte de nuestra existencia. 

En la iglesia, existe fundamentalmente el hecho de la Tradición (en mayúscula), pero  existen también las tradiciones -apostólicas, eclesiásticas- que en realidad son las que  configuran el rostro concreto de la comunidad cristiana. Hay que destinguir la Tradición de  las tradiciones, pero estas últimas son también dignas de ser valoradas y en principio  respetadas. A través de ellas, la vida cristiana adquiere su tono familiar. La llamada  "religiosidad popular" es un testimonio constante de tradiciones de este tipo:  peregrinaciones, cirios votivos, "recuerdos", etc.

-Una grave amenaza pesa sobre las tradiciones humanas: el formalismo. Es el  problema fundamental que se plantea en la perícopa de hoy. Una determinada práctica,  surgida de una convivencia concreta, o por una iniciativa afortunada, puede llegar a ser  más valorada que aquello en función de lo cual existe, o bien quedarse sin objeto y pese a  ello seguir repitiéndose por inercia.

-Jesucristo establece el criterio de valores: "Crítica" de las tradiciones en función de la  Alianza, y "crítica" del formalismo en función de la sinceridad de corazón. Considero muy  importante, el plantear este punto, señalar la necesidad de que el cristiano haga esta doble  crítica a partir de la comunidad eclesial, y no sólo a partir de lo que "le sale del corazón"... 

El cristiano no es un francotirador que hace sus separaciones particulares; la vida cristiana  se vive -y por tanto, también la crítica legítima se hace- en el interior de la comunidad de los  creyentes y en relación con el evangelio. Fiarse en exceso de uno mismo en solitario  demostraría que no se tiene en cuenta lo que afirma Jesús sobre el corazón del hombre. El  Espíritu que está en la Iglesia es más grande.

PEDRO TENA
MISA DOMINICAL 1976, 16


 

3.

VUELVE MARCOS, EL EVANGELISTA DEL AÑO

Después de unos domingos en que hemos escuchado el capítulo 6 del evangelio de Juan,  volvemos al que durante el 2000 es nuestro "evangelista del año", san Marcos, que iremos  escuchando hasta el Adviento, a principios de diciembre.

La lectura continuada del evangelio de domingo en domingo nos da la ocasión de ir  asimilando, no tanto en el orden del "catecismo", sino en el de la "historia", los diversos  acontecimientos y enseñanzas de Jesús que, a la larga, abarcan todo el misterio de nuestra  fe y de la vida cristiana. Hoy, por ejemplo, aparece el tema de los fariseos, buenas  personas, cumplidores de la ley de Dios, pero con unos defectos muy notorios que Cristo  denunció con insistencia. Es un espejo en el que también nosotros nos tenemos que mirar.

SÍ, TENEMOS QUE CUMPLIR LA LEY

La primera lectura, por boca de Moisés, nos ha advertido que tendremos vida sólo si  cumplimos la voluntad de Dios en nuestra existencia.

En los mandamientos de Dios está la clave del éxito en nuestra vida, y el camino de la  felicidad, y la fuente de la verdadera sabiduría. Si el pueblo de Israel, en el Antiguo  Testamento, se sentía tan satisfecho de la cercanía de Dios que les hablaba por los  profetas, ¿cuánto más nosotros, los que hemos escuchado la voz del Profeta por excelencia,  el Hijo, Cristo Jesús?

El salmo ha insistido en la misma perspectiva: sólo merece el nombre de buen creyente y  miembro del pueblo elegido "el que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene  intenciones leales y no calumnia... el que no hace mal a su prójimo... El que así obra, nunca  fallará".

También la segunda lectura -hoy hemos comenzado a leer la carta de Santiago- nos ha  invitado enérgicamente, no sólo a oír la Palabra de Dios (como hacemos en cada  Eucaristía), sino a ponerla en práctica, porque si no, nos engañaríamos. Y nos ha dicho que  la "religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre" es ayudar a los huérfanos y a las  viudas, y no dejarse contaminar con los criterios de este mundo cuando son contrarios a los  dé Cristo.

La verdadera sabiduría no está en nuestros instintos o en las modas o estadísticas de  este mundo, sino en conocer y seguir la voluntad de Dios, que nos comunica en su Palabra  revelada.

* PERO NO AL ESTILO DE LOS FARISEOS

La norma, la ley, es necesaria, y nos sirve de camino para el bien y para la armonía  interior y exterior.

Pero Jesús critica en los fariseos un estilo defectuoso en su cumplimiento de la ley. Será  bueno que hagamos examen de conciencia, por si también nosotros merecemos estas  acusaciones.

* Los fariseos exageraban en su interpretación de la ley, creando en los demás un  complejo de angustia y opresión; como cuando discutían de si los discípulos de Jesús  podían en sábado comer unos granos de trigo al pasar por el campo; o si un enfermo podía  extender su mano para que la curara jesús; en el pasaje de hoy la discusión es sobre si  tienen que lavarse o no las manos antes de ponerse a comer. ¿Somos así nosotros?  ¿somos capaces de perder la paz, y hacerla perder a otros, por minucias insignificantes en  la vida familiar o eclesial? ¿sabemos distinguir entre lo que tiene verdadera importancia y lo  que no? Son aspectos en que podemos caer como personas y también como institución,  incluida la Iglesia como tal, a lo largo de la historia.

* Los fariseos daban importancia a la apariencia exterior y descuidaban lo interior; Jesús  les ataca alguna vez llamándoles "sepulcros blanqueados", limpios por fuera y podridos por  dentro. Es el defecto del legalismo o del formalismo exterior. Lo exterior es bueno -la vida  está hecha de detalles-, pero no es lo principal; las actitudes interiores hay que cuidarlas  más. Jesús nos dice hoy, por ejemplo, que no es tanto lo que comemos o dejamos de comer,  sino nuestros sentimientos interiores y las palabras que salen de nuestra boca lo que  importa.

* Los fariseos son atacados por Jesús por hipócritas: "Este pueblo me honra con los labios  pero su corazón está lejos de mí". Somos fariseos cuando aparentamos por fuera una cosa y  por dentro pensamos o hacemos lo contrario. Es fácil juntar las manos o decir oraciones o  cantar o llevar medallas; lb difícil es vivir en cristiano y actuar conforme dicen nuestras  palabras.

* Los fariseos se creían justos, santos, superiores a los demás. Y así se presentaban  también ante Dios en su oración. Cuando Jesús contó la parábola del fariseo y del  publicano, dijo que éste, el publicano, que se reconocía pecador, bajó del Templo  perdonado. Y el fariseo, no.

La Palabra de Dios nos urge hoy, por tanto, a ser cumplidores de la ley y de la voluntad  de Dios. Pero con convicción y con amor. No según el estilo de los fariseos, que puede ser  el nuestro, tanto si somos eclesiásticos como laicos, jóvenes o mayores.

J. ALDAZÁBAL
MISA DOMINICAL 2000, 11, 41-42