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Ser cristiano no es fácil
No
es fácil ser cristiano. Nunca lo ha sido, pero ahora, tal vez, menos. A todos
nos gustaría un cristianismo cómodo, consolador, compaginable con otras
tendencias a las que nos estimula la sociedad de hoy. Pero no es eso lo que nos
han dicho las lecturas de hoy: nos han hablado de cruz y renuncia.
En
la primera lectura hemos escuchado unas palabras dramáticas del profeta
Jeremías. La misión que Dios le encomendaba resultó muy difícil. Era muy
joven -unos 19 años- cuando fue llamado a ser profeta, portavoz de Dios. En un
momento muy conflictivo de la historia de Israel -al borde de la destrucción
total y del destierro- él, que de por sí era tierno y pacifico, debía
anunciar palabras incómodas al pueblo y denunciar a los poderosos de su época.
Eso le valió la enemistad, la burla, la persecución. No es raro que le
asaltase la duda: ¿no será que Dios le ha "seducido", o sea, que le
ha engañado y luego abandonado? ¿no será mejor que abandone, que dimita, que
se niegue a seguir hablando en nombre de Dios? Pero triunfó en él la
obediencia: no podía negarse a lo que le pedía Dios. Seguirá dando
testimonio, seguirá siendo su profeta, aunque nadie le haga caso.
Pero
todavía es más difícil y radical la vocación y la fidelidad de Jesús.
También a él le va a costar la misión que se le ha encomendado. También a
él le asaltará, en algunos momentos que los evangelios nos han conservado, la
duda y el cansancio: "Dios mio, ¿por qué me has abandonado?". Él ya
sabe -se lo anuncia a los suyos en el evangelio de hoy- que camina hacia la
muerte. Y camina decidido, aunque los suyos no le ayudan precisamente con sus
reacciones y aunque a él mismo le costará lágrimas y sudor de sangre. Porque
una cosa es saber cuál es el camino y otra, seguirlo con fidelidad radical.
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Aceptar el evangelio entero
La
reacción de Pedro es, en cierto modo, explicable. De su amor a Cristo no se
puede dudar. El domingo pasado escuchábamos su hermosa profesión de fe:
"Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Pero todavía no había
entendido que el camino de Cristo es camino de renuncia y sacrificio, antes de
ser de salvación y de gloria. A Pedro, como a nosotros, le gustaban los
aspectos amables del seguimiento de Jesús. Pero el sacrificio, no. Le gustaba
el monte Tabor, el de la transfiguración. Pero no el monte del Gólgota, el de
la cruz. Algo parecido nos pasa a nosotros. La historia de Jeremías y de Jesús
es la historia de tantos y tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han
experimentado la dificultad de vivir su fe en medio de una sociedad indiferente
o incluso hostil. La historia de un cristiano de hoy, que quiere vivir su
cristianismo con coherencia. Ser cristiano se va convirtiendo cada vez más en
una opción explícita por Cristo y por su estilo de vida, por su mentalidad y
criterios de actuación. Pero supone que se acepta a la vez el riesgo y la
dificultad, porque la escala de valores de Cristo no coincide con la de ese
mundo.
Sigue
habiendo cristianos perseguidos por su fe, o porque denuncian injusticias y
situaciones que no se pueden compaginar con el evangelio. Pero, sobre todo, hay
cristianos que tienen que librar en sus vidas la diaria opción entre los
criterios de este mundo -en pos del placer, o del dinero, o del poder- y los
criterios de Cristo, de entrega por los demás, de renuncia a lo no ético, de
apertura hacia lo espiritual y no sólo hacia lo material e inmediato. Cada uno
sabe qué puede suponer para él en concreto ese "tomar su cruz y
seguirle" que anuncia Jesús a los suyos, o a qué cosas le obliga a
renunciar el ser cristiano.
No
se trata de buscar el sufrimiento en sí mismo, sino de aceptar el seguimiento
de Cristo con coherencia. Pablo les dice a los cristianos de Roma, en la segunda
lectura, que "no se ajusten a este mundo, sino que sepan discernir lo que
es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto". Y que ese es
el mejor culto a Dios. Este discernimiento cuesta, y conduce a decisiones que
pueden resultar difíciles. Porque lo cómodo es acomodarse a este mundo.
Jeremías
también pensó en abandonar el encargo profético para poder vivir tranquilo en
su pueblo. Pero la Palabra de Dios le ardía dentro y escogió el camino
difícil. A Jesús le apetecería más, sin duda, que Dios le ahorrara "el
cáliz de su muerte", pero eligió el camino difícil: "No se haga mi
voluntad, sino la tuya". A Pedro, que al principio "pensaba como los
hombres y no como Dios" y prefería las cosas fáciles, también le vendrá
el tiempo en que, madurado en su fe cristiana, dé valiente testimonio de su fe
en Cristo ante el pueblo, ante las autoridades y, finalmente, ante Nerón en
Roma, en su martirio.
También
a nosotros el mundo de hoy nos ofrece caminos mucho más fáciles y
"prometedores" a corto plazo. Pero Cristo nos dice que si queremos
seguirle tenemos que tomar cada uno su cruz, como él tomó la suya. Lo que no
podemos hacer es una selección de lo que nos gusta, evitando lo que nos parece
más serio y exigente en el programa de vida de Jesús. No podemos
"censurar" páginas del evangelio que no nos gusten. La Eucaristía
nos da la fuerza para poder seguir por ese camino, exigente pero coherente.
Comulgar con Cristo, en la eucaristía, es comulgar también con él a lo largo
de la jornada y de la semana. Con todas las consecuencias, aunque a veces eso
suponga dificultad y renuncia. Pero, a la larga, es lo que nos dará la más
profunda alegría y felicidad.
EQUIPO
MD
MISA DOMINICAL 1999/11
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