PRIMERA LECTURA

Las «confesiones» del profeta ponen al descubierto su agónica intimidad. Es un diario luchar con su misión y con la fuerza irresistible de una palabra que atormenta y que da vida. Parece que su implacable signo fuera destruir, y que su persona fuera la víctima primera. Pero en eso mismo se asienta la construcción del pueblo y del profeta. El que lucha con Dios, monologando, está a punto de iniciar el diálogo salvador.


Lectura del Profeta Jeremías 20,7-9.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
me forzaste y me pudiste.

Yo era el hazmerreír todo el día,
todos se burlaban de mí.

Siempre que hablo tengo que gritar «Violencia»,
y proclamar «Destrucción».

La palabra del Señor se volvió para mí
oprobio y desprecio todo el día.

Me dije: no me acordaré de él,
no hablaré más en su nombre;
pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente,
encerrado en los huesos;
intentaba contenerla,
y no podía.