SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc 13,22-30: Los pocos que son muchos
Aún recordáis la cuestión que hace poco nos propuso el evangelio. Preguntaron al Señor: ¿Son pocos los que se salvan? (Lc 13,23). ¿Qué respondió a esto? No dijo: «No son pocos, sino muchos los que se salvarán». No fue esa su respuesta. ¡,Qué respondió, pues, a la pregunta de si eran pocos los que se salvarían? Esforzaos en entrar por la puerta estrecha (ib., 24). Habiendo escuchado el Señor la pregunta: ¿Son pocos los que se salvan?, lo confirmó (Lc 13,23-24). Por una puerta estrecha entran pocos. El mismo Señor dijo en otro lugar: Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida, y pocos entran por él. Ancho y espacioso es el que conduce a la perdición, y son muchos los que caminan por él (Mt 7,13-14).
¿Por qué sentimos alegría frente a las multitudes? Oídme vosotros, los pocos. Sé que sois muchos, pero obedecéis pocos. Veo la era, pero busco el grano. Cuando se trilla en la era, el grano apenas se ve; pero llegará el tiempo de la bielda. Son pocos, pues, los que se salvan en comparación de los muchos que se pierden, pero estos pocos han de constituir una gran masa. Cuando venga el aventador trayendo en su mano el bieldo, limpiará su era, recogiendo el trigo en el granero, para quemar la paja en el fuego inextinguible (Mt 3,12). No se burle la paja del trigo. Esto es hablar verdad y no engañar a nadie. Sed muchos entre los muchos, pero sabiendo que en comparación de cierta clase de muchos sois pocos, porque de esta era ha de salir tanto grano, que llene los graneros del cielo, pero no puede contradecirse quien dijo que son pocos los que entran por la puerta estrecha y muchos los que entran por el camino ancho. ¿Puede contradecirse quien en otra ocasión dijo: Vendrán muchos de oriente y de occidente? (Mt 8,11). Vendrán muchos, sí, pero en otro sentido pocos. Pocos y muchos. ¿Unos serán los pocos y otros los muchos? No, sino que los mismos pocos que son muchos, serán pocos en comparación con los condenados y muchos en la compañía de los ángeles.
Oíd, amadísimos lo que está escrito: Después de estas cosas, vi una multitud que nadie podía contar, de toda lengua y nación y pueblo, que venían con estolas blancas y palmas en sus manos (Ap 7,9). Ésta es la multitud de los santos. Cuando haya sido aventada la era, cuando haya sido separada la turba de los impuros y de los malos y falsos cristianos y, separada la paja, enviados al fuego eterno esos que oprimen y no tocan -cierta mujer tocaba la orla de Cristo mientras la multitud le oprimía (Lc 8,44)-; en fin, cuando se haya consumado la separación de todos los réprobos, ¡cuán clara será la voz con que diga esa multitud de pie a la derecha, purificada, sin temor a que se mezcle algún malo y sin miedo a que se pierda algún bueno, reinando ya con Cristo; con cuánta confianza ha de decir: «Yo conocí que el Señor es grande»! (Sal 134,5).
Hermanos míos, si hablo a granos, si los predestinados a la vida eterna comprenden lo que digo, hablen con los hechos, no con la boca. Me veo obligado a hablaros lo que no debía. Debía encontrar en vosotros algo que alabar, sin preocuparme de amonestaros. Con todo, os lo diré en pocas palabras, sin demorarme. Practicad la hospitalidad; por ella alguien llegó a Dios. Recibes al peregrino de quien también tú eres compañero de viaje, puesto que todos somos peregrinos. Pero cristiano es el que se reconoce peregrino en su propia casa y patria: Nuestra patria se halla arriba; allí no seremos huéspedes, mientras que aquí todos lo son, incluso en su casa. Si no es huésped, que no salga de ella; y si ha de salir, es que es huésped. Quiera o no, es huésped. Y si deja la casa a sus hijos se trata de un huésped que la deja a otros huéspedes. Si te encontrases en una posada, ¿no marcharías al llegar otro a ella? Esto lo haces hasta en tu casa. Tu padre te cedió el sitio; tú lo has de ceder a tus hijos. Ni tú has de permanecer siempre en tu casa, ni tampoco aquellos a quienes se la dejas. Por tanto, si todos pasamos, realicemos algo que no puede pasar a fin de que, cuando hayamos pasado y llegado al lugar de donde no hemos de pasar, encontremos nuestras buenas obras. Cristo es el guardián; ¿por qué, entonces; temes perder lo que das?
Sermón
111,3
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