PANORÁMICA DEL DOMINGO
1.
-CONTENIDO DOCTRINAL
Los últimos versículos del capítulo sexto de san Juan son un tejido de reacciones: reacción cafarnaítica, reacción de Jesús, reacción de las multitudes, reacción de los discípulos, reacción de Pedro. De entre todas ellas, la de Jesús y la de Pedro son las positivas. Las demás son reveladoras de los diferentes tipos de dificultades que rodean a la aceptación de Jesús.
a) La reacción de Jesús se enfrenta a la interpretación cafarnaítica de sus palabras, y orienta hacia la interpretación auténtica: no se trata de confundir el realismo del Don como comida con la materialidad física, histórica, de la carne de Jesús. Todo lo que Jesús ha dicho tiene una clave hermenéutica necesaria: su misterio pascual, con la entrega del Espíritu Santo. Cuando el Hijo del Hombre sube "adonde estaba antes", entonces sucederá lo que tan magníficamente formuló san León MAGNO: "Lo que fue visible en nuestro Redentor ha pasado ahora a los sacramentos". Entonces -ahora, en el tiempo de la Iglesia- el Espíritu Santo lleva a plenitud la obra de Cristo en el mundo, santificando todas las cosas. Por eso, lo invocamos para que "santifique estas ofrendas, para que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo" (cfr. Plegaria eucarística IV). La Eucaristía debe verse como una experiencia de encuentro entre el Resucitado y los creyentes. Es El, en efecto, quien se hace presente en medio de nosotros, bajo los signos del pan y el cáliz. La acción del Espíritu, sin embargo, se realiza también en los corazones. Es necesaria una fe pascual para discernir el Cuerpo del Señor. Y la fe pascual es un don del Espíritu: "Nadie puede confesar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 Co 12, 3).
b) En este contexto la confesión de Pedro adquiere todo el paralelismo con las escenas de Cesarea en los sinópticos, por un lado, y con las escenas de la cena en san Lucas, por otro. La fe de Pedro es una fe de comunión, de alianza, como la fe de Josué ante el pueblo. Como ésta, es también una fe de confirmación de los hermanos, vacilantes entre los discípulos que inician un repliegue y un alejamiento del Maestro a quien habían seguido con entusiasmo, a causa de los panes... La figura de Judas está también en el horizonte: "Jesús sabía desde el principio quién lo iba a entregar".
-ACTUALIZACIÓN
Dos aspectos pueden destacarse especialmente para completar el proceso de todo el discurso:
a) La primera puede ser una valoración de la epíclesis, y de la acción del Espíritu Santo, en la Eucaristía. Al celebrar la Eucaristía, la acción de Cristo y la acción del Espíritu son bien patentes. "La obediencia de la Iglesia a la orden de Cristo: "Haced esto" y su invocación del Espíritu manifiestan que la eficacia de la liturgia nada tiene de mágico". ¡Es la obra de Dios! Por eso en la Eucaristía siempre hacemos la memoria, anámnesis, del Señor e invocamos a su Espíritu para que actualice el misterio del cual hacemos el memorial. "La Iglesia nunca obra en su propio nombre, pero está convencida de que es escuchada cada vez que lleva a cabo lo que Cristo le encomendó y cada vez que pide al Espíritu que conceda a sus palabras la misma eficacia de las palabras de Jesús (Documento ecuménico de Dombes: "El Espíritu, la Iglesia y los sacramentos", Phase 1980, pág. 350).
b) La segunda puede ser una valoración de la fe y del progreso de comunión gracias a la Eucaristía. Ciertamente, la Eucaristía no depende de la fe de los participantes para ser lo que Cristo ha querido que fuera. Pero la fructuosidad de la comunión eucarística sí que pide la fe viva, capaz de discernir al Cuerpo del Señor. Más todavía: la participación fructuosa en la Eucaristía y la penitencia son los dos grandes sacramentos de la vida según la nueva alianza. Por eso hay que meditar tanto la primera lectura de hoy como las palabras de Pedro. El Amén que decimos al recibir el Cuerpo de Cristo debería ser la síntesis siempre actual y viva de esta fe con la que nos acercamos a recibir al Cristo Pan de Vida, después de haberlo reconocido como Palabra de vida eterna.
PERE
TENA
MISA DOMINICAL 1985, 17
2.
* UN PROGRAMA DE VIDA MATRIMONIAL
Hoy terminamos de leer el capítulo 6 del evangelio de Juan, con el discurso del Pan de Vida. Terminamos también la carta a los Efesios. De esta segunda lectura, sobre todo en algunos ambientes, sería oportuno resumir los consejos que Pablo da a sus cristianos respecto al amor entre el marido y la mujer, de modo que los oigan no sólo cuando se celebra una boda, sino serenamente, en la misa dominical.
Las circunstancias sociales han cambiado ciertamente desde que escribió esto Pablo. Ahora es mucho más sensible la convicción de la igualdad entre hombre y mujer. En el nuevo Ritual del Matrimonio en castellano, allí donde se hace el rito de las "arras", hay un cambio significativo. Antes era el novio quien entregaba a la novia las monedas. Ahora son los dos los que se hacen mutuamente esta entrega: lo que hasta hora era "mío" o "tuyo", ahora es "de los dos".
Pero sigue siendo válida la base teológica que ha puesto Pablo: a) la voluntad de Dios, según el libro del Génesis, de que hombre y mujer se unan formando una sola carne y una familia, y b) sobre todo, el punto de referencia de Cristo que ama a la Iglesia y la Iglesia que ama a Cristo. Buen modelo, exigente y estimulante, de un amor que es a la vez gozoso, sacrificado y serio, hecho de entrega y fidelidad.
* HAY QUE HACER UNA OPCIÓN
Pero, por el paralelo que tienen la primera lectura y el evangelio, se nota que el mensaje que hoy van a escuchar los cristianos de todo el mundo es la opción que hay que hacer ante Dios o ante la persona de Cristo.
Josué, el sucesor de Moisés, el que condujo al pueblo de Israel a la tierra prometida, les pone ante la gran disyuntiva: tienen que escoger entre servir a los dioses falsos de los pueblos vecinos -dioses más permisivos en cuanto a la vida moral, pero falsos y sin vida- o servir a Yahvé, el Dios vivo que les ha liberado de Egipto y con el que han pactado una alianza exigente. Todo el pueblo responde que servirán al Dios verdadero. Aunque luego serían con frecuencia infieles a su promesa.
En el evangelio, como reacción al discurso de Jesús sobre el pan de la vida, se dividen las posturas. Bastantes de los que hasta entonces le seguían le abandonan. No se sabe bien si por la primera afirmación (hay que creer en Jesús para tener vida) o por la segunda (hay que comer su Carne y beber su sangre): ambas, desde luego, sorprendentes y "escandalosas" para los judíos.
(Esto nos puede servir, de paso, para recordar que nunca ha sido fácil seguir a Jesús. No es de ahora eso de que la comunidad "pierda unidades" y algunos dejen de practicar y pierdan la fe. Pero la Iglesia nunca se ha desanimado y sigue anunciando a Cristo Jesús y celebrando su Eucaristía).
Los discípulos más cercanos, liderados por Pedro, deciden seguir con él, aunque no entienden del todo el mensaje de Jesús: "¿A quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna".
* TAMBIÉN NOSOTROS HEMOS DE HACER UNA OPCIÓN
Nosotros hemos decidido, como Pedro, seguir fieles a Cristo Jesús. Porque intuimos que en él está la verdadera salvación y la felicidad auténtica. Aunque tampoco nosotros entendamos siempre todo, ni dejemos de tener dificultades en nuestro camino de fe.
La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea. O por nuestra debilidad. Porque detrás del creer o no en Cristo, detrás de aceptar o no su evangelio, está el aceptar lo que nos dice: y el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoísmo o nuestra comodidad o las seducciones que nos rodean. Los valores evangélicos no son exactamente los que aplaude el mundo de hoy. Ni coincide la lista de bienaventuranzas de Jesús con las que escuchamos en torno nuestro.
A los momentos de oración o de celebración eucarística, que no son difíciles, y además nos proporcionan consuelo y paz, les siguen otros de práctica diaria, en la familia y en el trabajo, en- la esfera personal y en la comunitaria. Momentos en que resulta más cuesta arriba seguir el estilo de pida de Jesús: servicialidad, perdón de las ofensas, valores espirituales, conversión... Y eso durante toda la vida, porque la fe no es un hecho momentáneo, sino un largo camino, como la amistad, o el amor, o la vocación.
Se trata de seguir creyendo en Jesús, no sólo porque siempre lo hemos hecho así, o así nos lo han enseñado, sino por convicción y decisión personal. Por eso somos fieles a la Eucaristía dominical: para no perder contacto con nuestro Maestro, para seguirnos alimentando de su vida, para renovar nuestras raíces cristianas y eclesiales y refrescar los criterios cristianos de vida, en medio de la ventolera que tal vez experimentamos en el mundo de hoy.
J.
ALDAZÁBAL
MISA DOMINICAL 2000, 11, 11-12
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