SUGERENCIAS

 

1.

1. Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman (colecta). La colecta expresa toda la tensión de nuestra vida. Si el amor de Dios no llena nuestros corazones, la fe no tiene sentido y el cumplimiento resulta rígido y vacío. ¿Qué puede significar, entonces, "amándote en todo y sobre todas las cosas"? En el evangelio, Jesús nos dice que vive su vida encendido por un fuego que quema y que ha venido a prender fuego en el mundo. Si no hemos sospechado la existencia de unos "bienes inefables", ¿cómo suspiraremos para "alcanzar tus promesas"? Si nuestro corazón se amasa a la medida de nuestro tesoro y este no va más allá de aquel que se acumula en bolsas (o en cuentas bancarias) y que está al alcance de los ladrones (pasado domingo), ¿cómo podrá interesarnos lo que el Señor nos promete, y que supera todo deseo? Y, sin embargo, es lo único que en realidad nos puede satisfacer. San Agustín lo formulaba así, al iniciar sus Confesiones: "Nos has creado para ti, Señor, y nuestro corazón no descansa hasta que no descanse en ti".

2. Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús (2. lectura). He aquí una formulación del corazón de la fe cristiana: Jesús es nuestro punto de referencia, aunque no caminamos solos y los demás creyentes, de ayer y de hoy, constituyen la "nube ingente" de testigos que nos acompaña. Jesús "está sentado a la derecha del Padre" y nuestra fe apunta en esta misma dirección y no descansa hasta llegar allí. La heredad de los hijos es la heredad del Hijo, y el camino de los hijos, el camino del Hijo.

3. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz? (evangelio) ¡Duras palabras! Y las leemos en Lucas, tan atento a mostrarnos la misericordia del Señor, su sensibilidad, su cercanía a los pecadores, su profunda "humanidad". Nada falta: un fuego que lo consume, y le lleva a decir: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (8, 21). Textos como el de hoy nos indican que el Reino va más allá de todas las solidaridades humanas. Jesús no viene a dividir a las familias, natural- mente; pero su llamada es más fuerte que los vínculos familiares. Y estas frases se dijeron en el antiguo oriente, donde los lazos familiares son tan fuertes, y no en nuestro occidente, tan celoso de la independencia y el camino personal de cada uno. Jesús viene a encendernos con su fuego, comparable a una pasión. Y las pasiones siempre han originado divisiones entre los que no han quemado con el mismo fuego. Pero la pasión que Jesús enciende es luminosa: los ojos de la fe nos hacen ver la luz del Padre reflejada en la faz de Jesús. Si nos cuesta entender las palabras de Jesús, quizás es que participamos de una tibieza generalizada que contribuye a que la fe sea ininteresante para nuestra sociedad. ¿Por qué no lo examinamos?

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1989, 16


2. EL RIESGO DEL TESTIMONIO

Aceptar con todas las consecuencias la misión de ser profeta y portavoz de Dios es una dura carga, llena de incomprensiones y de riesgos. Porque mantener la fidelidad a Dios es más difícil que ser fiel a los hombres. El profeta de todos los tiempos ha sufrido persecuciones y desconocimiento de los más cercanos. Le pasó a Jeremías, porque hablaba claro; por eso quisieron hundirle en el lodo del aljibe, para ahogar su palabra. Y le pasó a Jesús, que soportó la cruz y la oposición de los pecadores, renunciando al gozo inmediato. Es un aviso para los cristianos en los momentos de lucha o desánimo.

Aceptar a Jesús nos lleva a ser presencia contestaria en medio de la sociedad y dentro de la propia familia. El seguimiento de Cristo puede suponer en el cristiano continuidad de sufrimientos, de conflictos, separaciones, enemistades.

Cuando se medita la frase de Jesús en el evangelio de este domingo "Yo he venido a prender fuego en el mundo", se comprende que hay que anunciar el Evangelio con calor y pasión, sin tibiezas. Con palabras tibias contribuimos a mantener medianías y situaciones difusas.

Siempre el cristiano ha de testimoniar el valor profundo de la paz, que no es comodidad, aceptación de la injusticia o simple convivencia perezosa. Porque Cristo luchó por la verdadera paz, que es la defensa del hombre, murió víctima de la violencia. Quien sufre por amor al Crucificado debe ver en ello una ratificación de la rectitud de su fe y del camino de su vida.

Andrés Pardo