SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Mi 15,21-28: Pidiendo las migajas que caen de la mesa, luego se encontró sentada a la mesa
¡Cómo clamó también aquella mujer cananea que iba dando gritos detrás del Señor! Su hija padecía un demonio; estaba poseída por el diablo, pues la carne no estaba en concordia con la mente. Si ella clamó tan intensamente en favor de su hija, ¡cuál debe ser nuestro clamor en favor de nuestra carne y nuestra alma! Veis lo que consiguió con su clamor. En un primer momento fue despreciada, pues era cananea, un pueblo malo que adoraba ídolos. El Señor Jesucristo, en cambio, caminaba por Judea, tierra de los patriarcas y de la Virgen María, que dio a luz a Cristo: era el único pueblo que adoraba al verdadero Dios y no a los ídolos. Así, pues, cuando le interpeló no sé qué mujer cananea, no quiso escucharla. No le hacía caso precisamente porque sabía lo que le tenía reservado: no para negarle el beneficio, sino para que lo mereciera ella con su perseverancia.
Le dijeron sus discípulos: «Señor, despáchala ya, dale una respuesta; estás viendo que clama detrás de nosotros y nos está cansando». Y él replicó a sus discípulos: No he sido enviado más que a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mt
15,23-24). He sido enviado al pueblo judío para buscar las ovejas que se habían perdido. Había otras en otros pueblos, pero Cristo no había venido para ellas, porque no creyeron por la presencia de Cristo, sino que creyeron en su evangelio. Por eso dijo: No he sido enviado más que a las ovejas; por eso eligió también . personalmente a los apóstoles. De aquellas mismas ovejas era Natanael, de quien dijo: He aquí un israelita en quien no hay engaño (Jn 1,47). De aquellas ovejas procedía la gran muchedumbre que ponía sus ramos delante del asno que llevaba el Señor, y decía: Bendito el que viene en el nombre del Señor (Mt 21,9). Aquellas ovejas de la casa de Israel se habían extraviado y habían reconocido al pastor que estaba presente y habían creído en Cristo a quien veían. Por lo tanto, cuando no atendía a aquella mujer, la dejaba para más tarde como oveja de la gentilidad.
A pesar de haber oído lo que el Señor dijo a sus discípulos, ella perseveró clamando sin cesar. Y el Señor, dirigiéndose a ella, le dice: No está bien quitar el pan a los hijos y echárselo a los perros (Mt 15.26). ¿Por qué la llamó perro? Porque pertenecía a los gentiles, quienes adoraban a los ídolos; pues los perros lamen las piedras. No está bien quitar el pan a los hijos y echárselo a los perros. Ella no contestó: «Señor, no me llames perro, pues no lo soy», sino más bien: «Dices la verdad, Señor, soy un perro». Mereció el beneficio cuando reconoció la verdad del insulto; donde reconoció la iniquidad, allí fue coronada la humildad. Así es, Señor, dices verdad, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus señores. Y entonces le dijo el Señor: ¡Oh mujer! Grande es tu fe; hágase según tú deseas (Mt 15,27-28). Hace poco la llamó perro, ahora mujer; ladrando se ha trasformado. Deseaba las migajas que caían de la mesa, e inmediatamente, se encontró sentada a la mesa. En efecto. cuando el Señor le dice: Grande es tu fe, ya la había contado entre aquellos cuyo pan no quería que se echase a los perros.
Sermón 154 A, 4
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