28 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XIX
16-25
26. DOMINICOS 2004
”Estad preparados” es la exhortación que nos hace
Jesús en este segundo domingo del mes de agosto. Muchas personas gozarán de un
tiempo de vacaciones y de un descanso del ritmo habitual de trabajo; otras, sin
embargo, seguirán atendiendo los muchos servicios que no admiten “cerrar por
vacaciones”; otros hombres y mujeres sufrirán la prolongación de la inactividad
temporal o permanente, a causa de la falta de un empleo estable y digno. La
invitación del Señor a estar atentos y vigilantes es una llamada para vivir en
alerta el hoy. Cada día es un tiempo favorable para crecer en la fe, cultivar la
esperanza y activar el amor; para esto no existen vacaciones.
La primera lectura alude a la primera pascua del pueblo de Israel en Egipto. Los
israelitas volverán su mirada, una y otra vez en las distintas etapas de su
historia, a este acontecimiento fundante y les servirá de recuerdo permanente de
la acción de Dios hacia ellos, realizada a través de la liberación de la
esclavitud y el anuncio de una promesa. La memoria de estos hechos da al pueblo
elegido una sabiduría de vida: ánimo ante las dificultades porque se fían de la
promesa, esperanza de salvación, solidaridad en los peligros y en los bienes.
El texto de la Carta a los Hebreos es una hermosísima reflexión sobre la fe y
las actitudes que conlleva. Fe esperanzada y esperanza confiada son las
actitudes que animaron el caminar de Abraham, Sara, Isaac y otros hacia el
futuro: “La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve”. La
historia de nuestra vida y de la humanidad, con sus avances y retrocesos, es
también historia sagrada que hunde sus raíces en el caminar de la fe y la
esperanza de la promesa futura.
El mismo enfoque aparece en el relato evangélico: la expectativa de la llegada
del señor lleva a los criados a vivir atentos y vigilantes en una espera activa
y servidora (ceñida la cintura, en vela, con las lámparas encendidas), acogedora
(para abrirle la puerta) y pronta (apenas venga y llame).
Comentario Bíblico
La fe y nuestra responsabilidad cristiana en el mundo
Iª Lectura: Sabiduría (18,6-8): Memoria de la pascua liberadora
I.1. La lectura de este día quiere describir la noche de salvación para Israel,
la noche pascual, que se ha convertido en el paradigma nostálgico de un pueblo
que siempre ha recurrido a su Dios para que lo liberara de todas las
esclavitudes; que anhela salvación y que encuentra en el Dios comprometido con
la historia la razón de ser de su identidad. Es, probablemente, un texto
cultual, es decir, nacido en la liturgia. El c. 18 de este libro escrito en
griego, para la comunidad judía de Egipto, es una memoria litúrgica de la noche
pascual, de la noche de la libertad y de la noche de la luz. Nada hay tan
celebrado en Israel como la noche pascual.
I.2. “Memoria” es mirar al pasado. Pero es más que eso; es tener presente que
Dios siempre puede encender la luz de la salvación para su pueblo en cualquier
momento que lo necesite. Se hace memoria para actualizar y para “sentir” la
misma presencia liberadora de Dios, porque el pueblo, la comunidad, las
personas, siempre pueden estar amenazadas de esclavitud. Sólo en Dios es posible
poner la esperanza, porque en sus manos está la luz.
IIª Lectura: Hebreos (11,1-2.8-19): La fe, por encima de la muerte
II.1. Hoy, la segunda lectura, tomada de Hebreos 11, llena de contenido esta
parte de la celebración, con su visión práctica de la fe evocada a la luz de las
grandes figuras de la “historia de la salvación” y de todos aquellos que, por
amor de lo que esperaban y de las realidades invisibles, renunciaron a los
honores terrenos. Se dice que con este capítulo, el autor de la carta a los
Hebreos, que no es San Pablo desde luego, sino un maestro desconocido, compuso
este sermón para mover a la fe a la comunidad, al igual que los padres del
pueblo, pero ahora con la esperanza que procura Jesús y su obra. Él es el
ejemplo de nuestra fe en Dios y de nuestra entrega a los hombres al comprender
todas las flaquezas. Por esto es Sumo Sacerdote, porque siendo Hijo de Dios,
superior a los ángeles, a Moisés y a Aarón ,comprendió más que nadie los pecados
de los hombres.
II.2. En nuestra peregrinación hacia Dios, en la tipología hacia el santuario
celeste, tenemos un mediador y una seguridad que no tuvieron los padres del
pueblo: al mismo Jesús. Por eso, creer, según lo que se propone en Hebreos 11,
no es mirar al pasado, ni conservarlo, sino avanzar hacia el futuro. Quiere
decir que debemos estar en camino, que no hay puntos muertos en la historia de
la salvación. Como es lógico, la lectura de hoy solamente toma algunos aspectos
de ese capítulo, y se debe leer el mismo en su totalidad. La figura de Abrahán,
el padre del pueblo al que se le pidió todo, es el ejemplo. Si fuéramos
realistas y lógicos, diríamos que Dios no pide la muerte de un hijo, el de las
promesas. Eso es un “género simbólico” para decir que todo está en manos de
Dios. Pero precisamente es en las manos de Dios donde está la resurrección, y
ésa es la gran cuestión de la fe en Dios y una de las afirmaciones de más
alcance de este texto de la carta a los Hebreos.
Evangelio: Lucas (12,32-48): La sabiduría de la vigilancia
III.1. El evangelio de Lucas nos ofrece aquí una serie de elementos que están en
el Sermón de la Montaña, en Mateo, y un conjunto de parábolas (los criados que
esperan a que su amo vuelva de unas bodas, el amo que vigila su casa por si
llega un ladrón, y el administrador fiel al que se le ha confiado repartir el
trigo) sobre la vigilancia y la fidelidad al Señor. La exhortación primera, que
concluye con el dicho “donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón”, es
toda una llamada a la comunidad sobre el comportamiento en este mundo con
respecto a las riquezas. Lucas es un evangelista que cuida, más que ningún otro,
este aspecto tan determinante de la vida social y económica, porque escribía en
una ciudad (Éfeso o Corinto) donde los cristianos debían tomar postura frente a
la injusticia y la división de clases.
III.2. El dicho del tesoro y el corazón es un dicho popular que encierra mucha
sabiduría de siglos. Pero es propio de estos dichos -el llamado “Evangelio Q”
como algunos lo llaman actualmente-, poner de manifiesto la radicalidad
sapiencial y escatológica que se vivió en aquellos momentos. Si bien es verdad
que el rigor apocalíptico ya no es determinante, sí lo es el sentido que
mantienen estas palabras. Vigilar, ahora, ya no es estar preocupados por el fin
del mundo, sino estar preocupados por no poner nuestro corazón en los poderes y
las riquezas. Son dichos para comprometerse en nuestro mundo, aunque sin perder
la perspectiva del mundo futuro.
III.3. Lucas sitúa esto en el programa de buscar el Reino de Dios, pidiendo y
exigiendo al cristiano no desear las mismas cosas que desean y tienen los
poderosos de este mundo. El Reino exige otros comportamientos. Así, pues, las
parábolas sobre la vigilancia y la fidelidad vienen a ser como el comentario a
esa actitud. Es una llamada a la responsabilidad en todos los órdenes, pero
especialmente la responsabilidad de saberse en la línea de que la vida tiene una
dimensión espiritual, trascendente, sabiendo que hay que ponerse en las manos de
Dios. Eso no es una huida de lo que hay que hacer en este mundo; pero, por otra
parte, tampoco se ha de ignorar que nos espera Alguien que un día se ceñirá para
servirnos si le hemos sido fieles. Ése de quien habla Jesús en la parábola es
Dios. Nosotros, mientras, administramos, trabajamos, ayudamos a los más pobres y
necesitados, como una responsabilidad muy importante que se nos ha otorgado.
Fray Miguel de Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org
Pautas para la homilía
Por la fe...
“Por la fe...”. La primera lectura repite insistentemente, seis veces, este
mismo estribillo. Fue la fe la que llevó a Abraham, padre de los creyentes, y a
sus sucesores a confiar plenamente en el Dios de la promesa. A lo largo de los
siglos, muchos hombres y mujeres han prolongado, y lo siguen haciendo, esta
historia inicial de fiarse de Dios y esperar contra toda esperanza. Frente a
esta cadena de testigos de la fe, existe otra historia dominada por muchos
intereses en los que los seres humanos ponemos el corazón: riquezas, prestigio,
fuerza, poderío..., causantes de tantos dramas que golpean cotidianamente a
pueblos enteros, grupos sociales o personas aisladas. Volver la mirada hacia los
hermanos y hermanas en la fe se convierte para nosotros en una interpelación
viva que nos invita a revisar en quién y en qué descansa nuestra confianza.
En la espera vigilante
El don de la fe alimenta la esperanza que, lejos de convertirse en una espera
pasiva y un aguardar con los brazos cruzados, es la actitud vital que conduce a
cumplir lo que Dios quiere y a esperar activamente que su promesa se hará
realidad, aunque de momento resulte difícil percibir los signos.
El creyente esperanzado tiene ante sí una tarea inmensa en el momento histórico
actual. Las grandes utopías del siglo pasado, afirmadas por la sociedad laica y
las Iglesias: el desarrollo mundial, el nuevo orden internacional, la paz entre
los pueblos, el respeto de los derechos humanos, se han esfumado en muchos
casos. Sin embargo, el rescoldo de la esperanza permanece en hombres y mujeres
que, frente a una globalización de la injusticia, declaran que “Otro mundo es
posible”. “Otro futuro es posible para este mundo” nos dicen la fe y la
esperanza vigilante, al avivar la convicción profunda de que Dios llama a los
seres humanos a ser felices, a colaborar con Él en la construcción de un Reino
de hermandad, de verdad, de justicia, de amor, de gracia, de paz... Son muchas
las personas que permanecen en vela, se desviven y entregan su vida, trabajando
por empujar la historia en esta dirección, a pesar de las voces que se empeñan
en divulgar lo contrario.
Pero el creyente tiene también como tarea un campo de acción que no se limita
sólo a las grandes causas, sino a transmitir esperanza a las vidas humanas
amenazadas por la desesperanza, el desánimo, el desencanto, la depresión, con
las que nos topamos a diario.
Los criados que han estado velando y aguardando a que el señor vuelva de la
boda, serán dichosos, nos dice el evangelio de Lucas. Su dicha residirá en la
participación en el gozo y en la vida del señor porque será el esperado quien
ocupará el puesto de los criados y “les irá sirviendo uno por uno”.
Un testigo de la fe y la esperanza
Hoy, en la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, la Familia Dominicana recuerda con
cariño al fundador de nuestra Orden que, confiando en la llamada que Dios le
hizo, entregó su vida a la predicación del Evangelio. La soledad en el sur de
Francia entre los cátaros, las dificultades en el anuncio de la Palabra, las
resistencias eclesiales a una misión evangelizadora, que algunos consideraban
imposible, y los problemas para la creación de una nueva Orden Religiosa no
fueron capaces de empañar la fe honda que habitaba a Domingo. Como servidor
vigilante trabajó sin descanso para llevar a cabo la obra que el Señor le
encomendó. Su confianza en Dios se expresa en confianza en las hermanas y
hermanos que se unen a su proyecto. Con ellos, atento a Dios de día y de noche
creyó y esperó en la fuerza de la Palabra como fermento de una renovación
social, religiosa y eclesial. A ellos y a los que vivimos la vocación dominicana
nos transmitió, en el momento de su muerte, la esperanza de contar con su ayuda.
Domingo, vela sobre tus hijos e hijas para que seamos hombres y mujeres de fe y
esperanza.
Carmina Pardo OP
Congregación Romana de Santo Domingo
27.
Fuente: Catholic.net
Autor: Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
"En confiada y vigilante espera", así resumo el contenido principal del mensaje
litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abrahán y Sara, y de todos aquellos que
murieron en espera de la promesa hecha por Dios (segunda lectura). Esta es la
actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en
medio de duros trabajos, la noche de la liberación (primera lectura). Esta es la
actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios,
esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (Evangelio).
Mensaje doctrinal
1. La espera histórica. Dios es un Dios fiel y sus promesas se cumplen,
pero, en cuanto promesas, no se ven en el inmediato presente, sino que se
esperan para el futuro. Podemos, pues, decir que la historia de la salvación es
la historia de las esperanzas y de la espera de los judíos y de los cristianos.
Prototipo de esperanza es Abrahán, como resalta la carta a los Hebreos (segunda
lectura). Primero vive en la esperanza y espera de un hijo, y Dios le cumple
dándole a Isaac, a pesar de la edad avanzada y de la esterilidad de Sara, su
mujer. Luego, en la espera y esperanza de una tierra y de una descendencia
numerosa. Dios cumplirá, pero no durante la existencia terrena de Abrahán. De
este modo, en Abrahán se inaugura la cadena de las esperanzas y de la espera de
los patriarcas y del pueblo de Israel. Después de varios siglos, en el XIII a.
de C., Dios cumplió la promesa de la tierra con Josué. Muchos siglos después,
con Jesucristo, Dios cumplirá la promesa de la descendencia, ya que sólo en
Jesús "serán benditos todos los pueblos de la tierra". En el libro de la
Sabiduría (primera lectura) se menciona otra promesa de Dios: la liberación de
la esclavitud: "Aquella noche fue pre-anunciada a nuestros Padres" (cf Gén 15,
13-14; 46, 3-4). También esta promesa Dios la cumplió de modo glorioso y
potente, en aquella famosa noche en que los egipcios quedaron en tinieblas
mientras a los israelitas les precedía una columna de fuego que iluminaba su
camino, aquella noche que para los egipcios fue trágica por la muerte de todos
los primogénitos, mientras que para los israelitas fue noche de liberación y
alegría. Dios no sólo cumple su promesa, sino que vence el mal y con amor atrae
y llama hacia sí a los elegidos. No es sólo un Dios fiel, sino además un Padre
amante.
2. La espera metahistórica. En la carta a los Hebreos se presenta a los
patriarcas y a las grandes figuras del pueblo de Israel buscando una patria. El
autor de la carta interpreta esta búsqueda no en sentido histórico, sino
metahistórico: "Aspiran a una patria mejor, es decir, a la patria celeste". El
mismo Dios que fue fiel cumpliendo sus promesas en la historia, será fiel en el
más allá de la historia. De esta espera y esperanza metahistóricas nos habla
sobre todo el Evangelio, mediante la imagen del patrón a quien los siervos deben
esperar hasta que llegue para abrirle la puerta apenas toque. Desde el nacer
todo hombre, en alguna manera, está a la espera de su Señor. Los cristianos
hemos de esperar sin miedo, con gozo, "porque el Padre se ha complacido en
darnos el Reino", y Dios, nuestro Padre, no dejará de cumplir. Hemos de esperar
en actitud de disponibilidad para cualquier momento: "con la cintura ceñida y
las lámparas encendidas". Igualmente, la espera ha de ser vigilante, porque el
Señor llegará "como un ladrón", cuando menos se piensa. La mejor manera de
esperar es seguramente haciendo el bien a todos y llevando una conducta digna.
El abusar del propio poder, golpeando a los criados y criadas, comiendo y
bebiendo hasta emborracharse, es un modo inapropiado de esperar al Señor, y por
eso nos dice el evangelio: "Le castigará severamente y le señalará su suerte
entre los infieles". El más allá, y el juicio de Dios que implica esta realidad,
nos puede resultar misterioso, inaccesible a nuestra inteligencia, pero no es
algo marginal de la fe cristiana, sino algo constitutivo de su Credo: "Espero la
resurrección de los muertos y la gloria del mundo futuro". Vivimos de esperanza,
pero toda la historia de la salvación nos ha mostrado, siglo tras siglo, que la
esperanza puesta en Dios no defrauda.
Sugerencias pastorales
1. Mirar el presente con ojos lejanos. El cristiano no es un utópico, un
soñador desconectado del presente con su realidad contante y sonante. El
cristianismo vive el realismo del presente, con las pequeñas tareas de cada día,
con los pequeños o grandes proyectos, con las luchas por la vida y la
supervivencia de tantos hombres, con la crónica negra de los periódicos o de la
televisión, con las pequeñas sorpresas que de vez en cuando llaman a la puerta.
En realidad la vida se vive en presente o no se vive. El presente es lo único a
nuestra disposición, porque el pasado ya se esfumó y el futuro carece todavía de
consistencia propia. El presente es la tierra que piso, la familia en la que
vivo, la novia que amo, la madre enferma, el hijo travieso, la oficina en la que
trabajo, la parroquia por la que paso a diario, el análisis de sangre o el coche
nuevo que acabo de comprar. Nuestra mirada ha de estar puesta en ese presente,
no evadirnos de él, asumirlo con toda su realidad, sea triste o sea agradable.
No hemos de tener miedo al presente, hemos de mirarle de frente, con hombría.
Pero el presente no existe encerrado en su propia concha, por su misma
naturaleza está abierto al futuro que paso a paso, inexorablemente se convierte
en presente. Eso futuro no puede olvidarse en el vivir cotidiano del momento. De
ahí que hayamos de mirar el presente con ojos lejanos. El futuro es el horizonte
del presente, es la esperanza. El presente hermético fenece con su propio
instante. El presente abierto ve ya la espiga dorada en la semilla apenas
arrojada en la tierra. El presente hermético pretende eternizar la brizna de la
felicidad efímera, que se marchita entre sus manos, y al no lograrlo, se
derrumba en catástrofe. El presente abierto y cristiano lanza su mirada hacia
adelante, cada vez más y más hasta hacerla entrar en la morada misma de Dios.
Que tus ojos iluminen la realidad presente con el fulgor que han captado mirando
el futuro.
2. La vigilancia no es un opcional. El futuro de cada hombre, con todo su
espesor, es imprevisible. El metereólogo puede prever el tiempo para mañana,
aunque con riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el
país durante el mes de mayo o en el año 2000, con mayor o menos aproximación.
Pero la historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de
libertad. Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios. ¿Quién puede saber
lo que harán los hombres el día de mañana? ¿Quién puede prever los designios de
Dios para el futuro inmediato o remoto? La imprevisibilidad del futuro reclama
vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo
simplemente posible, una entre otras muchas opciones. La vigilancia es la mejor
opción. Vigilar para que el futuro no nos coja desprevenidos. Vigilar para ser
capaces de dominar los acontecimientos, en lugar de ser dominados por ellos.
Vigilar para no perder jamás la paz, ni siquiera ante el desencadenamiento más
tremendo de pruebas y experiencias adversas. En realidad, quien vigila ya ha
mirado en los ojos al futuro, y está preparado para afrontarlo con garbo y
decisión. Vigilar para descubrir la escritura de Dios en las páginas de la
historia. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en
el interior de los hombres. Vigilar para terminar con happy end la última página
del libro de tu vida. Vigilar para mantener íntegras la fe, la esperanza y la
caridad, "cuando Él venga". La vigilancia no es un opcional, es una necesidad
vital.
28.
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