28 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XIX
16-25
16. ¿LA CASA POR LA VENTANA?
Cabodevilla, en esa larga meditación que nos ha escrito sobre «la casa como mística del hogar y la familia», pinta una caricatura rebosando ironía: la de un hombre que se pone a construirse su casa con los materiales más sólidos, en un lugar prácticamente inexpugnable, con todos los métodos más sofisticados -interiores y exteriores-, de seguridad. En su obsesión por eliminar todo riesgo, termina por forrar toda la casa con hierro, con hierro macizo. ¡Para comprobar después, ay desdichado, que ha construido su casa sobre un volcán! (Puede ser el retrato del hombre moderno, empeñado en asegurarse con todos los seguros ante el incierto futuro).
Viene a ser un poco lo mismo que Jesús nos cont6 el domingo pasado, con tanto realismo, en el evangelio de Lucas. La insensata planificación de aquel hombre egoísta que se encerró en sus inmensos graneros, con sus inmensas cosechas, soñando en dedicarse a la «buena vida».
Siendo así que, aquella misma noche, llegó la muerte desmoronando todos sus planes. Son apólogos crueles, no cabe duda. Nuestro pobre corazón se amilana como un pajarillo asustado, al reflexionar seriamente sobre ellos, y escuchar encima la advertencia de Jesús sobre la marcha -«guardaos de toda codicia»-, uno tiene la sensación de encontrarse en el mayor de los desamparos, abandonado a todos los riesgos, perdido en la más negra oscuridad. Entonces, uno se pregunta: «¿En eso consiste el seguimiento de Jesús? ¿No se trata, acaso, de una filosofía inhumana, empapada en un peligroso masoquismo?». Es necesario seguir leyendo a San Lucas, amigos. Es justamente el evangelio de hoy. Escuchad lo que dice Jesús:
-«No temas, pequeño rebaño mío, porque vuestro padre ha ten¿do a bien daros el Reino». No se trata, por tanto, de un «expolio» absurdo y cruel, que nos proponga Jesús, sumergiéndonos en la nada. Es más bien un «trueque».
Consiste en dejar el «reino de abajo» por el «reino de arriba», la «ciudad terrena» por la «ciudad de Dios», la bandera del «rey temporal» por la bandera del «Rey Eterno». Lo que San Pablo concret6 tan claramente: «Los que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, que es donde está Cristo y dejad los de la tierra... ». O lo que el mismo Jesús desmenuza en el evangelio de hoy un poco más abajo: «Haceos talegas que no se echen a perder y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no llegan ni los ladrones ni la polilla».
Segundo.-Cuando Jesús dice: «guardaos de toda codicia», no nos está invitando al pasotismo o a la huida de toda responsabilidad. Al contrario, nos está involucrando en la realización de una tarea que El comenz6 y que nosotros debemos llevar a término: -«Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas llegue y llame». El mundo es una «sinfonía inacabada», amigos, y cada uno debe aportar su personal melodía. No una melodía para ser cantada, bailada y gozada en el salón cerrado de nuestro propio «yo», sino en ese gran templo de los hijos de Dios que es el Reino.
En resumen. Cuando Jesús dice: «vended vuestros bienes y dad limosna», no nos está empujando a «tirar la casa por la ventana» y nosotros con ella, sino, al revés, a acertar con la puerta verdadera. La que, al pasar por ella, nos haga exclamar: «Esta es la morada de Dios entre los hombres».
ELVIRA-1.Págs. 254 s.
17.
Frase evangélica: «Estad preparados»
Tema de predicación: LA CONFIANZA EN DIOS
1. La designación de los discípulos como «pequeño rebaño» -imagen muy repetida en el Antiguo Testamento- indica dos cosas: la pequeñez de su número y la protección de que es objeto por parte de Dios. La confianza del fiel está puesta en la donación del reino por Dios, que es la promesa fundamental hecha al cristiano. Por consiguiente, «buscar el reino» es acogerlo (Dios lo da) y llevarlo a cabo (con nuestra modesta ayuda). El deseo es claro: «Venga tu reino».
2. Las dos parábolas siguientes incluidas en este pasaje se refieren al mismo tema: la espera vigilante del retorno del Señor. Esta es la actitud de los buenos servidores que aguardan toda la noche, en actitud de compromiso, la vuelta de su señor (recordemos que, cuando Lucas escribe su evangelio, Jesús ha ascendido al cielo, y sus discípulos esperan su retorno en la convicción de que es preciso mantenerse activamente despiertos y vigilantes frente a las dificultades que conlleva la incertidumbre de la «hora», del momento crucial); y es también la actitud del administrador sensato que se comporta justamente con sus súbditos.
3. Lo que pretende inculcar Lucas en este evangelio es la acogida que los cristianos --como Iglesia o comunidad- debemos dispensar a Dios, que llega como juicio, como salvación y como reino. De este modo le rendimos cuentas de lo que hacemos en cada momento. El acento está puesto en la confianza en el Padre. Se pretende desterrar el miedo y acrecentar la responsabilidad.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿En que o en quién tenemos puesta nuestra confianza?
¿Nos sentimos verdaderamente responsables de lo que hacemos?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág.
296
18.
"La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve". Así comenzaba hoy la segunda lectura. Y luego nos presentaba el gran ejemplo de esa fe, aquel hombre de hace cuatro mil años que se llamó Abrahán. Aquel hombre que sigue siendo modelo y estimulo para todos nosotros.
- Por fe obedeció Abrahán a la llamada La historia del pueblo de Dios, Israel, se inicia porque Abrahán escuchó la llamada de Dios. Éste no se lo hizo fácil, al contrario. Para asegurarle su favor, le puso por condición dejar a su clan, su tierra, y partir sólo con su familia y su ganado hacia aquel País que le prometía. La iniciativa era de Dios. Siempre es así. Es Dios quien llama, quien tiene la iniciativa. Al hombre le toca escuchar, no hacerse el sordo, y obedecer a la llamada. Éste es el inicio de la fe. No ser autosuficiente, no limitarse a lo propio. Sino estar abierto al que llama, al que invita. Y escuchar su llamada, atender a su invitación por más incómoda o difícil de realizar que nos parezca. "Por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad".
- Salió sin saber a dónde iba
FE/AVENTURA: Y añade el autor bíblico: "Salió sin saber a dónde iba". He aquí un nuevo aspecto de todo acto de fe. Como cualquier otra relación interpersonal, como cualquier enamoramiento siempre comporta un riesgo. Siempre tiene algo de aventura. En el trato personal siempre cabe la traición, los malentendidos, la incomprensión. Quien opta por dejarse cautivar por otro, asume siempre el riesgo de que aquella relación no llegue a buen fin.
Es cierto que nuestra fe tiene unos contenidos, se resume en la fórmula que llamamos el "Credo". Su contemplación y su repetición nos ayudan a disfrutar de las verdades que consideramos esenciales en nuestra vida de creyentes. Estas formulaciones de la doctrina nos dan alguna certeza, nos proporcionan cierta seguridad. Pero, en el inicio de la experiencia de fe siempre se da un aspecto de aventura humana. Y en el fondo de toda convicción de fe hay siempre una parte de riesgo asumido, un trasfondo de "salir sin saber a dónde vamos", como le sucedió a Abrahán.
- Se fió de la promesa
Y tanto el patriarca como su mujer Sara, se pusieron en camino porque "se fiaron de la promesa". Y la Biblia parece disfrutar al insistir en las dificultades que aparecían continuamente poniendo en peligro el cumplimiento de las promesas. Y por eso se remarca que "Abrahán por fe vivió como extranjero en la tierra prometida", haciéndosele muy larga la espera de llegar a poseerla, tal como Dios le había prometido. Y que era ya muy anciano y todavía no tenía descendencia, cuando Dios le había prometido que sería padre de un gran pueblo. Y que también Sara, cuando ya le había pasado la edad, y además siendo estéril, esperaba ser madre. Ante tal cúmulo de dificultades, la Biblia resume su actitud con estas palabras: "esperaron contra toda esperanza", "se fiaron de la promesa".
Se trata de aquello que a menudo decimos: la fe mueve montañas. Ante cosas que aparecen como imposibles, la fe confía porque "es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve".
- A la hora que menos penséis, viene el Hijo del hombre
Nosotros estamos aquí hoy, porque también como Abrahán obedecimos a la llamada que nos llegó de Dios por medio de nuestros padres, o de la influencia de un amigo, o de las enseñanzas de un buen catequista o por la lectura de un buen libro. Y asumiendo el riesgo nos pusimos en camino sin saber bien a dónde vamos. Nos fiamos de la promesa de que "viene el Señor". Todos los que intentamos seguirle, todos sus discípulos tenemos que estar en todo momento a punto de recibirle. Insistiendo en esa única idea el evangelista san Lucas nos ha presentado varias parábolas: la del señor que vuelve de la boda, la del ladrón y la del mayordomo. En las tres la conclusión es la misma: "Estar siempre a punto". El estado de ánimo característico de quien piensa y vive según el evangelio consiste en estar aguardando su encuentro definitivo con el Señor que "viene". Nuestro "tesoro" está en el cielo.
- La Eucaristía, anuncio del Banquete definitivo
Podemos ahora celebrar la Eucaristía porque tenemos fe; y a la vez la celebración de la Eucaristía aumenta nuestra fe. Porque tenemos fe vivimos gozosos como quien ve al Invisible. Sentimos la creciente cercanía de Dios. Estamos seguros en la esperanza, cuando otros dudan y tiemblan.
Acojamos al Señor que viene ahora a nosotros en forma de pan para ser comido.
EQUIPO-MD
MISA DOMINICAL 1998, 10 29-30
19.
El camino del cristiano nos lo describe hoy san Lucas como camino de vigilancia. Empieza el evangelio aludiendo de nuevo a las riquezas e invitando a que con ellas sepamos reunir un tesoro que valga también para después de esta vida, por ejemplo, ayudando con nuestros bienes a quienes lo necesitan. Éste era el tema del domingo pasado: y, en seguida, pasa a otro más incómodo todavía, el de la vigilancia, que parece propio del Adviento, pero que nos interpela todo el año. ¿Vivimos despiertos? ¿Nos damos cuenta de dónde venimos y a dónde vamos en la vida?
EL EJEMPLO DE NUESTROS ANTEPASADOS
La primera lectura nos pone la actitud de los judíos en la cena de Pascua. En la noche de su salida de Egipto, comieron de pie, ceñido el cinturón, preparados para emprender la marcha, convencidos de que Dios iba a actuar a favor de ellos, para liberarles de la esclavitud: conocían "con certeza la promesa de la que se fiaban". Y, además, decidieron mantenerse fieles a la solidaridad entre ellos: "Se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes". Buenas condiciones para ponerse en camino: confianza en Dios y solidaridad mutua.
La segunda lectura coincide hoy con esta línea, porque nos pone delante la actitud de peregrinación y de esperanza de Abrahán. La carta a los Hebreos -de la que durante cuatro domingos leeremos algunos fragmentos- nos presenta el ejemplo de este gran patriarca de la fe. Define la fe como "seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve". Abrahán vivió "como extranjero", "habitando en tiendas". Como muchos otros personajes del AT, nos da ejemplo de una fe llena de esperanza y vigilancia: vivieron "como huéspedes y peregrinos en la tierra", "buscando una patria". La fe es camino y búsqueda, provisionalidad y riesgo. El autor de la carta quiere animar a sus lectores -a nosotros- a seguir este meritorio ejemplo de fe y confianza de los que vivieron en la penumbra del AT, sin conocer todavía a Cristo, como nosotros.
LA VIGILANCIA DEL CRISTIANO
Como buen maestro, Jesús nos enseña con varias comparaciones cómo debe ser de despierta y vigilante nuestra fe: la actitud de los siervos que aguardan la vuelta del amo, la del dueño que no sabe cuándo pueden venir los ladrones, la del administrador que debe estar preparado para rendir cuentas de su gestión en cualquier momento.
Nos invita a vivir "ceñida la cintura y encendidas las lámparas", "como los que aguardan la vuelta del Señor". Esto puede referirse a la venida última, gloriosa, de Cristo, Juez de la historia, pero también a nuestra muerte, el momento decisivo para cada uno de nosotros, y también a la vida de cada día, en que se suceden ocasiones de gracia que corremos el peligro de desaprovechar.
DESPIERTOS Y MIRANDO AL FUTURO
A todos nos resulta útil la llamada a la vigilancia. Humanamente, pensamos en nuestro futuro y en el de nuestra familia, hacemos planes, prevenimos los peligros, ahorramos para el mañana. Pero ¿vivimos despiertos también en nuestra fe? ¿Trabajamos por crecer en la vida cristiana?
VIGILAR/QUE-ES: Vigilar significa no dejar que se entumezcan nuestros músculos, porque, como los atletas y peregrinos, necesitamos tenerlos en plena forma para el arduo camino. Significa no distraerse, no amodorrarse, no instalarse, satisfechos con lo ya conseguido. En medio de una sociedad que parece muy contenta con los valores que tiene, somos invitados a vivir "en tiendas", sintiéndonos peregrinos, con la esperanza vigilante y activa del que se siente miembro de esta Iglesia peregrina que es el pueblo cristiano. Vigilar significa tener la mirada puesta también en los "bienes de arriba». Porque este mundo es camino, y no meta. Nos conviene de cuando en cuando mirar el destino que marca nuestro billete, para que no nos encandilemos en exceso por las estaciones de paso; para que no nos quedemos encerrados en nuestra perspectiva más inmediata, sino que abramos los ojos al futuro y pongamos allá nuestro corazón, porque allá está el verdadero tesoro; para que nos sepamos vaciar de cosas superfluas, para admitir a Dios en nuestra vida.
Eso no significa vivir con ansiedad y angustia. Pero sí con seriedad, dando importancia a lo que de veras la tiene. Como el estudiante que desde el comienzo del curso piensa en el examen final. Como el labrador que siembra y está ya pensando en la cosecha. Como el deportista que, desde el primer esfuerzo, sueña con llegar primero a la meta o, al menos, no fuera de control.
Siempre que celebramos la Eucaristía, además de mirar al pasado, celebrando el memorial de la Pascua del Señor, también nos ponemos en actitud de profecía y de vigilancia: "mientras esperamos la gloriosa venida...", "ven, Señor Jesús». Mientras tanto, la Eucaristía es "viático", alimento para el camino. Y nos produce una sensación de confianza gozosa el escuchar lo que nos promete Jesús: al final de ese camino, si nos encuentra en vela, él mismo se ceñirá, nos hará sentar a su mesa y nos irá sirviendo.
(J.
ALDAZÁBAL
MISA DIMINICAL 1998, 10 25-26
20.
Las recomendaciones que Jesús hace a la comunidad de discípulos los preparan para recibir el Reino. Son sugerencias que cubren variados aspectos de la vida cotidiana. Una de ellas es no andar desesperados tratando de asegurar el vestido y el alimento, porque la preocupación excesiva por lo inmediato no permite ampliar el horizonte de la vida. La comunidad ha ubicado el horizonte de sus expectativas en el trabajo del Reino. Por eso, Dios Padre le irá proveyendo de lo necesario para vivir.
La comunidad no sólo se ha liberado de los múltiples apegos a las cosas, a la familia, a las tradiciones...; también ha repartido lo que poseía entre los pobres. Ha constituido el servicio a los demás, el servicio al Reino, como el tesoro más valioso, por el cual ha abandonado cualquier otra riqueza. Esta actitud la prepara para la irrupción definitiva de la buena nueva. En la medida que los discípulos se liberan de las múltiples ataduras que les producen esclavitud, tienen las manos libres para recibir lo que el Padre les da: la capacidad de entregarse enteramente al Evangelio.
Las lámparas encendidas significan la incursión inesperada del Señor en la vida de la comunidad. La ropa de trabajo indica que el esfuerzo que prepara la venida de Dios debe ser permanente. El discípulo no se puede dormir después de unos cuantos logros: tiene que estar velando y trabajando para que llegue el Reino.
Las parábolas que explican esta actitud van dirigidas a todos los fieles del Señor, sin excepción. El hecho de que alguien no ocupe un cargo en una comunidad no quiere decir que esté exento de obligaciones. En la comunidad cristiana todos son responsables de todos. La tarea o el trabajo de acercar el Reino nos compete a todos. Nadie se puede excusar por no saber lo que tiene que hacer, pues es deber del discípulo estar bien informado y responder de lo que se le pide.
Jesús les ha dado mucha instrucción, comprensión y afecto a sus discípulos. Éstos deben responder a este gesto gratuito con una actitud de disponibilidad para el servicio. El seguidor de Jesús que se afinca en sus exclusivos intereses personales o se deja envolver por las preocupaciones inmediatas no está en condición de ser fiel. Si Jesús nos ha dado con creces su persona, nosotros debemos responder de igual modo, no por deuda, sino por simple gratitud.
Uno de los cambios fundamentales para Jesús era que los discípulos comprendieran que el servicio a Dios consistía en la construcción de la solidaridad entre los seres humanos. De modo que la religión, sin abandonar sus ritos y sus símbolos, pasara de ser un deber social y externo a ser un compromiso con los demás y una cálida relación con Dios.
Las dos parábolas precisamente ilustran esta verdad. La religión se convierte en una casa donde los servidores se despreocupan de su oficio y se dedican a servirse a ellos mismos descuidando sus obligaciones. Se acerca el día en que llega el dueño y juzga a los de la casa como traidores por no hacer lo que les correspondía.
El cristianismo enfrenta en la actualidad un gran reto. Es religión "oficial" en muchos países y su poder y cobertura han crecido hasta el límite... pero la casa se halla abandonada. Cada iglesia trata de salvaguardar su espacio y su poder sin buscar un consenso que permita a todos crecer en fidelidad y servicio. ¡Que no llegue el Señor y encuentre a sus servidores luchando sólo por ocupar el cargo más alto y por tener más poder en la casa!
La segunda lectura nos recuerda que la fe es una tradición, una memoria, y que todo pueblo bien nacido debe venerar la memoria de sus mayores, especialmente la de sus "mártires", los "testigos" de la fe. Al concluir el milenio es bueno insistir en recordar a los mártires de esta nueva época de la historia, con un concepto actualizado y más amplio de martirio, en la línea inspirada por Karl Rahner. Una paráfrasis latinoamericana de Hebreos 11 está disponible en la red.
Para la conversión personal
-¿La forma en qué vivimos nuestro cristianismo realmente nos compromete con el anuncio del evangelio?
-¿Nos esforzamos por que nuestras comunidades sean realmente iglesias vivas donde todos se reconozcan como hermanos?
-¿Hemos creado formas de participación que permitan a todas las personas expresar su parecer e intervenir plenamente en la vida de la comunidad cristiana?
Para la reunión de la comunidad o del círculo bíblico
-Hacer una celebración de memoria de los mártires latinoamericanos. Comentar la paráfrasis actualizada de Hb 11.
-Estudiar el artículo de Karl Rahner, que propugna un "concepto ampliado y actualizado de martirio". Comentarlo. Y preguntarse: ¿Ya no es tiempo de martirio?
Para la oración de los fieles
-Para que nuestro cumplimiento del deber y nuestra actitud constante de alegría y servicialidad sean la mejor actitud de vigilancia ante Señor que vuelve de las bodas en cualquier momento, roguemos al Señor.
-Para que al concluir este milenio hagamos memoria de los testigos de la fe que han iluminado nuestro camino en estas décadas últimas de nuestra vida...
-Para que hagamos de los bienes del Reino nuestro tesoro y tengamos así nuestro corazón lleno de alegría al servir con generosidad...
-Por todos los que en el hemisferio norte están de descanso estival, para que no den vacaciones ni a su responsabilidad ni a su solidaridad cristiana...
Oración comunitaria
Dios Padre Nuestro: danos un corazón grande y potente, capaz de ver con claridad que, más allá de las apetencias y tentaciones de la vida, los valores verdaderos son los valores de tu Reino, y que dar la vida por ellos es lo que más puede alegrar y pacificar nuestro corazón, tal como nos enseñó Jesús tu Hijo, que contigo vive y reina...
SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
21.
NEXO ENTRE LAS LECTURAS
“En confiada y vigilante espera”, así resumo el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abraham y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (segunda lectura). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (primera lectura). Esta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (evangelio).
MENSAJE DOCTRINAL
La espera histórica. Dios es un Dios fiel y sus promesas se cumplen, pero, en cuanto promesas, no se ven en el inmediato presente, sino que se esperan para el futuro. Podemos, pues, decir que la historia de la salvación es la historia de las esperanzas y de la espera de los judíos y de los cristianos. Prototipo de esperanza es Abraham, como resalta la carta a los Hebreos (segunda lectura). Primero vive en la esperanza y espera de un hijo, y Dios le cumple dándole a Isaac, a pesar de la edad avanzada y de la esterilidad de Sara, su mujer. Luego, en la espera y esperanza de una tierra y de una descendencia numerosa. Dios cumplirá, pero no durante la existencia terrena de Abraham. De este modo, en Abraham se inaugura la cadena de las esperanzas y de la espera de los patriarcas y del pueblo de Israel. Después de varios siglos, en el XIII a. de C., Dios cumplió la promesa de la tierra con Josué. Muchos siglos después, con Jesucristo, Dios cumplirá la promesa de la descendencia, ya que sólo en Jesús “serán benditos todos los pueblos de la tierra”. En el libro de la Sabiduría (primera lectura) se menciona otra promesa de Dios: la liberación de la esclavitud: “Aquella noche fue pre-anunciada a nuestros Padres” (cf Gén 15, 13-14; 46, 3-4). También esta promesa Dios la cumplió de modo glorioso y potente, en aquella famosa noche en que los egipcios quedaron en tinieblas mientras a los israelitas les precedía una columna de fuego que iluminaba su camino, aquella noche que para los egipcios fue trágica por la muerte de todos los primogénitos, mientras que para los israelitas fue noche de liberación y alegría. Dios no sólo cumple su promesa, sino que vence el mal y con amor atrae y llama hacia sí a los elegidos. No es sólo un Dios fiel, sino además un Padre amante.
La espera metahistórica. En la carta a los Hebreos se presenta a los patriarcas y a las grandes figuras del pueblo de Israel buscando una patria. El autor de la carta interpreta esta búsqueda no en sentido histórico, sino metahistórico: “Aspiran a una patria mejor, es decir, a la patria celeste”. El mismo Dios que fue fiel cumpliendo sus promesas en la historia, será fiel en el más allá de la historia. De esta espera y esperanza metahistóricas nos habla sobre todo el evangelio, mediante la imagen del patrón a quien los siervos deben esperar hasta que llegue para abrirle la puerta apenas toque. Desde el nacer todo hombre, en alguna manera, está a la espera de su Señor. Los cristianos hemos de esperar sin miedo, con gozo, “porque el Padre se ha complacido en darnos el Reino”, y Dios, nuestro Padre, no dejará de cumplir. Hemos de esperar en actitud de disponibilidad para cualquier momento: “con la cintura ceñida y las lámparas encendidas”. Igualmente, la espera ha de ser vigilante, porque el Señor llegará “como un ladrón”, cuando menos se piensa. La mejor manera de esperar es seguramente haciendo el bien a todos y llevando una conducta digna. El abusar del propio poder, golpeando a los criados y criadas, comiendo y bebiendo hasta emborracharse, es un modo inapropiado de esperar al Señor, y por eso nos dice el evangelio: “Le castigará severamente y le señalará su suerte entre los infieles”. El más allá, y el juicio de Dios que implica esta realidad, nos puede resultar misterioso, inaccesible a nuestra inteligencia, pero no es algo marginal de la fe cristiana, sino algo constitutivo de su credo: “Espero la resurrección de los muertos y la gloria del mundo futuro”. Vivimos de esperanza, pero toda la historia de la salvación nos ha mostrado, siglo tras siglo, que la esperanza puesta en Dios no defrauda.
SUGERENCIAS PASTORALES
Mirar el presente con ojos lejanos. El cristiano no es un utópico, un soñador desconectado del presente con su realidad contante y sonante. El cristianismo vive el realismo del presente, con las pequeñas tareas de cada día, con los pequeños o grandes proyectos, con las luchas por la vida y la supervivencia de tantos hombres, con la crónica negra de los periódicos o de la televisión, con las pequeñas sorpresas que de vez en cuando llaman a la puerta. En realidad la vida se vive en presente o no se vive. El presente es lo único a nuestra disposición, porque el pasado ya se esfumó y el futuro carece todavía de consistencia propia. El presente es la tierra que piso, la familia en la que vivo, la novia que amo, la madre enferma, el hijo travieso, la oficina en la que trabajo, la parroquia por la que paso a diario, el análisis de sangre o el coche nuevo que acabo de comprar. Nuestra mirada ha de estar puesta en ese presente, no evadirnos de él, asumirlo con toda su realidad, sea triste o sea agradable. No hemos de tener miedo al presente, hemos de mirarle de frente, con hombría. Pero el presente no existe encerrado en su propia concha, por su misma naturaleza está abierto al futuro que paso a paso, inexorablemente se convierte en presente. Eso futuro no puede olvidarse en el vivir cotidiano del momento. De ahí que hayamos de mirar el presente con ojos lejanos. El futuro es el horizonte del presente, es la esperanza. El presente hermético fenece con su propio instante. El presente abierto ve ya la espiga dorada en la semilla apenas arrojada en la tierra. El presente hermético pretende eternizar la brizna de la felicidad efímera, que se marchita entre sus manos, y al no lograrlo, se derrumba en catástrofe. El presente abierto y cristiano lanza su mirada hacia adelante, cada vez más y más hasta hacerla entrar en la morada misma de Dios. Que tus ojos iluminen la realidad presente con el fulgor que han captado mirando el futuro.
La vigilancia no es un optional. El futuro de cada hombre, con todo su espesor, es imprevisible. El metereólogo puede prever el tiempo para mañana, aunque con riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el país durante el mes de mayo o en el año 2000, con mayor o menos aproximación. Pero la historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de libertad. Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios. ¿Quién puede saber lo que harán los hombres el día de mañana? ¿Quién puede prever los designios de Dios para el futuro inmediato o remoto? La imprevisibilidad del futuro reclama vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo simplemente posible, una entre otras muchas opciones. La vigilancia es la mejor opción. Vigilar para que el futuro no nos coja desprevenidos. Vigilar para ser capaces de dominar los acontecimientos, en lugar de ser dominados por ellos. Vigilar para no perder jamás la paz, ni siquiera ante el desencadenamiento más tremendo de pruebas y experiencias adversas. En realidad, quien vigila ya ha mirado en los ojos al futuro, y está preparado para afrontarlo con garbo y decisión. Vigilar para descubrir la escritura de Dios en las páginas de la historia. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de los hombres. Vigilar para terminar con happy end la última página del libro de tu vida. Vigilar para mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, “cuando Él venga”. La vigilancia no es un optional, es una necesidad vital.
P.
Antonio Izquierdo, L.C.
Profesor de Sagrada Escritura en el
Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma
22. COMENTARIO 1
PREPARADOS PARA EL ENCUENTRO
En una sociedad como la nuestra, con tantas casas aseguradoras, con tantos
seguros de bienes y de vidas, con tantas ofertas que garantizan un futuro
feliz, el evangelio suena a utópico, a algo que no tiene ya lugar, irrealizable
o realizable solamente por aquellos que tengan madera de héroes o de locos
suicidas.
«Tranquilizaos, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho
sobre vosotros. Vended vuestros bienes y dadlos en limosnas; haceos bolsas que
no se estropeen, un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los
ladrones ni echa a perder la polilla. Porque donde está vuestra riqueza, está
vuestro corazón.
Tened el delantal puesto y encendidos los candiles: pareceos a los que aguardan
a que su amo vuelva de la boda para, cuando llegue, abrirle en cuanto llame.
Dichosos esos criados si el amo, al llegar, los encuentra en vela... » (Lc
12,32ss).
La venida, la visita de Jesús, el amo, a la comunidad cristiana, una comunidad
de siervos o servidores, pues no se puede ser cristiano si no se es servidor de
los demás, se efectúa en dos momentos: uno, en la eucaristía, en la que Jesús se
hace presente en medio de la comunidad por la palabra y por la fracción del pan;
otro, en la persecución y en la muerte de cada uno.
Para estos dos encuentros, el cristiano debe estar en vela. Y para estar en
vela, dos son las actitudes básicas del discípulo de Jesús:
- Primera: renunciar a los bienes de la tierra: «Vended vuestros bienes y dadlos
en limosnas.» Tal vez la fórmula 'vender y dar' no sea hoy en nuestra sociedad
la más eficaz. Hoy habría que hablar de invertir en crear puestos de trabajo, en
hacer partícipe al obrero de la ganancia de la empresa u otras fórmulas
similares. Pero el espíritu de dicho mandato evangélico es claro: ser
solidarios, compartir, hacer partícipes a los demás de los bienes que llamamos
'propios'; ser misericordes, compasivos, justos.
- Segunda: ejercer de servidores, pues la esencia del cristianismo es el
servicio incondicional al prójimo hasta la muerte. «Conque, ¿dónde está ese
administrador fiel y cuidadoso a quien el amo va a encargar de repartir a los
sirvientes la ración a sus horas? Dichoso el tal empleado si el amo, al llegar,
lo encuentra cumpliendo con su obligación. Os aseguro que le confiará la
administración de todos sus bienes. Pero si el tal empleado, pensando que su amo
tardará, empieza a maltratar a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y
emborracharse, el día que menos se lo espera, y a la hora que no ha previsto,
llegará el amo y lo pondrá en la calle, mandándolo adonde se manda a los que no
son fieles» (Lc 12,42-47).
De lo que llamamos 'nuestro' somos meros administradores, no propietarios; y
como administradores debemos servir sin abusos ni egoísmos; cuanto más elevados
estemos en el escalafón social, más exigente será el servicio que debamos
prestar. Sólo así estaremos preparados para la vuelta del amo de la boda, imagen
del reino definitivo, que se anticipa cada vez que celebramos la eucaristía.
23.
COMENTARIO 2
A DIOS ROGANDO...
Cuando el evangelio dice que no debemos confiar en las riquezas y que toda
nuestra seguridad debemos ponerla en Dios no quiere decir que debamos sentarnos
a esperar a que la solución de nuestros problemas baje del cielo; del cielo
bajará pero siempre que no esperamos sentados sino activos, confiados en que
Dios no permitirá que se frustren nuestro esfuerzo y nuestro compromiso
BUSCAD QUE EL REINE
No temas, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho entre
vosotros. Vended vuestros bienes y dadlo en limosna; haceos bolsas que no se
estropeen, una riqueza inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones
ni echa a perder la polilla. Porque donde tengáis vuestra riqueza tendréis el
corazón.
Jesús, después de la parábola del rico necio, se dirige a sus discípulos para
insistir en la necesidad de tener una confianza absoluta en el amor del Padre:
«No andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer; ni por el cuerpo,
pensando con qué os vais a vestir... Pues si a la hierba, que hoy está en el
campo y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿cuánto más hará por
vosotros, gente de poca fe?» (Lc 12,22-28). Estas y otras palabras semejantes
han hecho pensar a algunos que no había que preocuparse por la solución de los
problemas de la tierra: el mundo está como está porque Dios así lo ha decidido,
porque ése es el designio de Dios; ya se encargará él de compensar los
sufrimientos de aquellos a los que en este mundo les ha tocado en suerte una
mala vida; además, si alguien sufre... ¡por algo será!, se lo tendrá merecido,
pues el evangelio asegura que si Dios se preocupa de los pájaros y de las
hierbas del campo, ¡cómo no se va a preocupar de sus fieles devotos!
Y CON EL MAZO DANDO
«¿Dónde está el administrador fiel y sensato a quien el señor va a encargar de
su servidumbre para que les reparta la ración a su debido tiempo? ¡Dichoso ese
siervo si el amo, al llegar, lo encuentra cumpliendo con su encargo!»
Entender las cosas así entraña un peligro mayor, que consiste en convertir el
evangelio en ideología legitimadora de la situación presente y en opio
adormecedor de la conciencia de los pobres: si Dios se preocupa de los suyos,
los que están bien serán los que reciben más atención de parte de Dios, y los
que están mal deben resignarse con su suerte y no rebelarse contra la situación
presente, pues será rebelarse contra el designio divino; pero esta
interpretación olvida las palabras centrales de este párrafo: «No andéis
preocupados por... Por el contrario: buscad que él reine, y eso se os dará por
añadidura. No temas, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de
hecho entre vosotros» (Lc 12,31-32): Dios no solucionará nuestros problemas de
manera caprichosa, por arte de birlibirloque, cuando él arbitrariamente vaya
decidiendo, sino en el contexto de la realización de su reinado.
Una de las causas de la mala interpretación de estas recomendaciones de Jesús
ha sido la obstinación en reducir el reino de Dios a la otra vida: el reino de
Dios no es ni el cielo ni la tierra, sino las personas sobre las que Dios reina,
las personas que se esfuerzan en vivir como Dios quiere y en buscar la solución
a los problemas de este mundo en la dirección que el evangelio señala: la
solidaridad y el amor; en la medida en que los hombres acepten vivir así y se
comprometan seriamente con el proyecto de convertir este mundo en un mundo de
hermanos, en la medida en la que todos asuman seriamente su tarea de servir y
prestar ayuda a los demás como los buenos administradores del evangelio, en esa
medida, más lo mucho que añada la inconmensurable generosidad del Padre, se irán
resolviendo los problemas del hambre, del vestido... y los de la soledad y la
tristeza, problemas estos que no se pueden solucionar con el dinero de las
bolsas que se estropean y que tanto gustan a los ladrones.
NO TEMAS PEQUEÑO REBAÑO
Tened el delantal puesto y encendidos los candiles... Estad también vosotros
preparados, pues cuando menos lo penséis llegará el Hombre.
Así adquieren pleno significado las palabras del evangelio: renunciar a la
riqueza no es un sistema para hacer méritos para el cielo, sino para ser
coherentes con el proyecto del evangelio, para estar más libres a la hora de
comprometernos en preparar este mundo para que Dios pueda realizar su decisión
-que no la realizará si nosotros libremente no la aceptamos- de reinar entre
nosotros.
Porque tampoco debe ser causa de preocupación, y menos de miedo, el encuentro
último con el Señor. No hay razón para el temor. Nadie debe asustarse: no nos
amenaza ningún peligro; él no viene a condenar. Como la primera vez, que sólo
vino a salvar, así será cuando muchas otras veces vuelva para salir al encuentro
de los que, entre los suyos, se vayan dejando la piel por ser fieles a su
proyecto. La piel, que no la vida, que está en las manos del Padre. Será la
época de la cosecha. Los frutos, los del amor manifestado en la lucha por la
libertad y la Justicia, por la fraternidad, la paz, la felicidad..., en la lucha
por el reino de Dios. Por eso no debe haber lugar para el miedo: hay que estar
preparados, sí, pero no asustados ni preocupados. Porque también eso está en
manos del Padre y forma parte de la «añadidura».
24.
COMENTARIO 3
EL DOBLE EMBOLO DE LA ANTIGUA GASOLINERA:
CONFIANZA O PREOCUPACIÓN
Los versículos 22-40 no hacen sino insistir en las advertencias iniciales,
convertidas ahora en recomendaciones, después de haber dejado bien claro que el
problema crucial era el de la riqueza. El desprendimiento no se produce de golpe
ni de una vez por todas. De la misma manera, la confianza no se compra sino que
se gana. En la medida en que el cristiano experimenta que dar no es perder, se
va vaciando de preocupaciones materiales y va llenándose de confianza en el
presente de Dios (el futuro para Dios no existe, como tampoco el pasado):
«Porque donde tengáis vuestra riqueza, tendréis el corazón» (12,34). Hay quien
la tiene en un banco o una caja, en posesiones o en acciones; hay quien la tiene
en Dios, porque la ha depositado en los pobres: no hay ladrón ni atracador que
pueda robar al que «vende sus bienes y lo da en limosna» (12,33). El que vendrá
como un ladrón, en cambio, es el Hombre Jesús... en la persona que menos te
esperas y cuando menos lo pienses (12,35-40).
BUENOS Y MALOS ADMINISTRADORES
La intervención de Pedro, portavoz del grupo de los Doce, conduce a un colofón.
Pedro, con su interpelación, trata de excluir a los discípulos no israelitas
(recuérdese que Jesús se ha dirigido en primer lugar «a los discípulos», sin
más, 12,1): «Señor, ¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos en
general?» (12,41). La respuesta de Jesús los engloba a todos: la figura del
«administrador» se aplica tanto a los de origen israelita como a los que
proceden de la marginación. Los administradores de la comunidad, cualquiera que
sea su procedencia, deben ponerse al servicio de los demás y prestar ayuda para
que en la comunidad no falte nada (12,42). Jesús declara «dichoso» al
«administrador fiel y sensato» a quien «el Señor -término característico del
Resucitado-, cuando llegue, lo encuentre cumpliendo con su encargo» (12,43:
compárese con vv. 37-38). El que haga esto, como lo hace Jesús, llega al mismo
nivel que su Señor (cf. v. 37). «Os aseguro que le confiará la administración de
todos sus bienes» (12,44). El primer encargo que le ha confiado ha sido el
servicio de la mesa y de la despensa: la distribución equitativa de los bienes
de los pobres; si cumple bien ese primer encargo, le confiará la administración
de los bienes espirituales de la comunidad. Mediante la parábola de los
«administradores» Lucas anticipa y prepara el tema de la administración de los
bienes de toda índole de la comunidad creyente que desarrollará en el libro de
los Hechos.
Por el contrario, si actúa con autoritarismo y con aires de grandeza y de poder,
como hacen los que ejercen autoridad sobre los demás (cf. 22,25-26), «el Señor
cortará con él y le asignará la suerte de los infieles» (12,45-46). Es de notar
la dureza del lenguaje de Jesús con el grupo de discípulos procedentes del
judaísmo. A la falta de libertad interna que aún padecen por no haber renunciado
a la ideología autoritaria judía, corresponde un lenguaje propio de esclavos:
«El siervo ese que, conociendo el deseo de su señor, no prepara las cosas o no
las hace como su señor desea, recibirá muchos palos» (12,47), muchos más que los
infieles que «desconocen su designio, pero hacen algo que merece palos»
(12,48a). La razón es obvia: «Al que mucho se le ha dado, mucho se le exigirá;
al que mucho se le ha confiado, más se le pedirá» (12,48b). La responsabilidad
va pareja con los dones recibidos.
25.
COMENTARIO 4
En las lecturas de hoy nos encontramos con el tema de la "espera vigilante". El
evangelio de Lucas exhorta al "pequeño rebaño" a no temer y a mirar hacia
adelante. Por eso, es necesario no apegarse a las riquezas; de ellas hay que
"aligerarse" a través de la limosna y elegir lo esencial, sabiendo discernir
cuáles son los valores, cuya validez no "caduca". Estos bienes inagotables a los
que es lícito, e incluso justo, apegar el corazón, pertenecen al campo del ver y
no al del tener, al del amor que se da y no al de la posesión egoísta.
Están después las tres breves parábolas, cuyo motivo dominante es la espera
vigilante, dinámica: los criados que esperan en la noche la vuelta del amo; la
irrupción inesperada del ladrón en la casa para desvalijarla; el administrador
inteligente y diligente, siempre dispuesto a presentar los libros al día cuando
el amo lo llame a dar cuentas. La vigilancia, especialmente cuando la noche
parece que nunca va a terminar, se sostiene por la esperanza y comporta:
- Una mentalidad de disponibilidad, de apertura, de prontitud para ponerse en
camino (tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas);
- Una conciencia clara sobre los peligros que nos amenazan. Basta un minuto de
distracción, de decaimiento y desánimo para que alguno se aproveche y nos robe
los valores más preciosos. O también: según el contenido de la segunda parábola:
si uno se deja seducir, desviar, incluso ocasionalmente, por otras perspectivas,
peligra de faltar a la cita decisiva con el Reino, que llega a la hora menos
pensada;
- Una fidelidad constante y una gran cordura, que no es otra cosa que sensatez,
lo cual indica el comportamiento del hombre que sabe adoptar la postura más
adecuada en cada circunstancia.
Las tres parábolas representan la condena de un estilo cristiano somnoliento,
distraído, apagado, cansado, con todo hecho, al final del camino. Las parábolas
constituyen una invitación a un compromiso inteligente, a un servicio diligente,
a una apertura hacia lo imprevisible, a insertar en el cuadro de un orden
razonable el elemento sorpresa, a dejar brotar desde dentro de nuestros miedos y
temores la flor de la esperanza.
El mensaje de las lecturas de hoy es una invitación a todos los cristianos para
que asumamos una actitud de disponibilidad y prontitud, de encender nuestras
lámparas y estar preparados para emprender el camino hacia la casa de Dios
Padre. Es una invitación a la confianza, a ver la vida de un modo nuevo, lo cual
debe llevar a relativizar todo, menos al mismo Dios. Hemos de cuidar mucho más
nuestras actitudes que las seguridades y las cosas, "porque donde está su
tesoro, allí estará también el corazón".
COMENTARIOS
1. Jesús Peláez, La otra lectura de los evangelios II, Ciclo C, Ediciones El
Almendro, Córdoba
2. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Para que seáis hijos". Ciclo C.
Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
3. J. Mateos, Nuevo Testamento (Notas al evangelio de Juan). Ediciones
Cristiandad Madrid.
4. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de
Latinoamérica).