SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Heb 11,1-2.8-19: El inicio de nuestro vivir y caminar es tener el corazón anclado en la fe
El tiempo de la fe es fatigoso, ¿Quién hay que lo niegue? Es fatigoso, pero ésta es la obra que recibe lo otro como recompensa. No seas perezoso en hacer aquello de lo que esperas recompensa. Si tú mismo hubieses contratado un jornalero, no le darías su salario antes de haberlo ejercitado en el trabajo. Le dirías: «Trabaja y luego recibirás». No te diría: «Dame y luego trabajaré». Así obra Dios también. Tú, temiendo a Dios, no engañas a tu jornalero; ¿te va a engañar a ti Dios, quien te ordena que no engañes al jornalero? Con todo tú puedes no dar lo que habías prometido. Aun en el caso de que no exista en tu corazón el dolo de la falsedad, existe ciertamente en la fragilidad humana la penuria que puede originar dificultad. ¿Hemos de temer esto en Dios, que ni puede engañar, porque es la verdad, y abunda en todo, porque todo lo hizo?
Confiemos, pues, en Dios, hermanos. El primer precepto, es decir, el inicio de nuestra religión y de nuestro caminar, es tener el corazón anclado en la fe, y teniéndolo así, vivir bien, abstenerse de bienes engañosos, soportar los males temporales y, cuando los primeros halagan y los segundos amenazan, tener el corazón firme frente a una y otra cosa, para que no te dejes llevar por las primeras ni cedas ante las segundas. Teniendo, pues, continencia y aguante, una vez pasados los bienes temporales, cuando tampoco nos puedan sobrevenir males, tendrás como bien a Dios y no sufrirás mal alguno.
¿Qué se nos dijo en la lectura? Hijo, al acercarte a servir a Dios, mantente en justicia y temor y prepara tu alma para la tentación. Humilla tu corazón y aguanta: para que crezca en los últimos días de tu vida -no ahora, sino en los últimos días-, para que crezca en los últimos días de tu vida (Eclo 2,1-2). ¿Hasta dónde, pensamos, va a crecer? Hasta hacerse eterna. Al presente, la vida humana, aunque sea larga y parezca que es larga, en realidad decrece más bien que crece. Prestad atención y vedlo; reflexionad y ved que es así. Nació un hombre. Dios ha establecido, por ejemplo, que viva setenta años; al crecer, decimos que se le añade vida. ¿Se le añade o se le quita? De los setenta años ha vivido ya sesenta; le quedan diez. Ha disminuido lo que tenía prefijado, y cuanto más vive, tanto menos le queda. De este modo, aquí, por el hecho de vivir, decrece la vida, no crece. Mantén lo que Dios te prometió, para que crezca en los últimos días de tu vida.
Sermón 38,4-5.