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La victoria de Dios sobre las
aguas es un tema muy importante de la cosmogonía judía. El pensamiento
bíblico ha heredado, en efecto, de las viejas tradiciones semíticas la idea de
una creación del mundo en forma de un combate entre Dios y las aguas, hasta que
el poder creador de Dios se impuso a las aguas y a los monstruos del mal que
contenía (Sal 103/104, 5-9; 105/106, 9; 73/74,13-14; 88/89, 9-11; Hab 3, 8-15;
Is 51, 9-10).
Incluso
la historia de la salvación aparece como una victoria de Yahvé sobre las
aguas: tal es el significado de la victoria sobre el mar Rojo (Sal 105/106, 9) y
de la victoria escatológica sobre el mar (Ap 20, 9-13).
Ahora
bien: el poder de Cristo sobre las aguas impresionó evidentemente a los
primeros cristianos, que vieron en el relato de la tempestad calmada (Mt/08/23-27)
y en el caminar sobre las aguas (nuestro Evangelio) la manifestación de quien
vuelve a reanudar la obra de la creación y la lleva a su plena realización
triunfal. El Día de Yahvé debía ser un día de victoria sobre las aguas (Hab
3, 8-15; Is 51, 9-10); Yahvé está, pues, entre nosotros, para completar esa
obra (cf. v. 33). El caminar sobre las aguas es, por tanto, una especie de
epifanía del poder divino que reside en Cristo.
Este
diálogo de Pedro con Jesús exclusivo de Mt, parece presentar a Pedro como un
prototipo de discípulo por su amor a Jesús y por la insuficiencia de su fe. No
es aquí un líder que haya captado mejor que otros su relación con Jesús,
sino que se hace portador de la situación en que se encuentra «todo»
discípulo. La duda parece ser un integrante continuo y siempre presente en los
que quieren vivir su fe día tras día.
Pedro
es aquí la figura del que confunde el entusiasmo un tanto presuntuoso con la
fe, y no se da cuenta que debe su salvación más a un gesto salvador de Jesús,
como lo hace observar el mismo Maestro (v. 31). Si la fe conlleva una gran carga
de duda, también contiene la promesa del apoyo de Jesús a todo el que cree.
Dios no solamente rehabilita al hombre por la muerte de Jesús, sino que
también lo salva, es decir, lo acompaña en su caminar diario (cf Rm 5.)
Pedro
quiere poner a prueba la palabra de Jesús, que ya se les ha presentado en su
categoría divina con la frase «Yo soy», «...si eres tú...» La fe de Pedro
busca su apoyo más en el milagro que en la palabra de Jesús. Fe, por tanto,
muy imperfecta, porque la verdadera fe se halla determinada por una abertura
total a Dios y una confianza absoluta en su palabra, aun en las necesidades más
extremas de la vida. La fe imperfecta («hombres de poca fe») es precisamente
aquella que se acepta como consecuencia de algo extraordinario y milagroso.
Ante
las fuerzas de las olas Pedro dudó. Una duda que equivale a falta de fe, falta
de confianza en la palabra de Dios o de Jesús, como en el caso presente (no
debió dudar de la palabra de Jesús).
La
actitud de Pedro es verdaderamente paradigmática. En ella se personifica y
simboliza todo caminar hacia Jesús. Un caminar que no está exento de dudas
(28, 17; Rom 14, 1.23) porque, junto a la certeza y seguridad absolutas que la
palabra de Dios garantiza, está el riesgo de salir de uno mismo hacia lo que no
vemos. Sólo una fe perfecta, como la de Abraham -salió de su tierra hacia lo
desconocido, fiándose exclusivamente en la palabra de Dios-, supera el riesgo
humano en la seguridad divina. El riesgo de la fe está precisamente en que a
nuestros pies les falta la arena... y entonces nos vemos suspendidos en el
vacío.
Entonces
el único grito apropiado es el lanzado por Pedro: «Señor, sálvame». Acudir
a Jesús convencidos de lo que significa y realiza su nombre: «salvador» (1,
21).
«¡Qué
poca fe! ¿Por qué has dudado?» Evidentemente todo parecería más fácil si
la presencia de Jesús frente a nuestra barca -y frente a la barca del mundo, y
frente a la barca de la Iglesia- fuese una presencia más clara, fuera un
empujón que resolviera nuestros problemas de golpe. Pero resulta que no; la
presencia y la compañía de Jesús no es ningún empujón que lo arregle todo:
es una presencia suave, misteriosa, humana.
Es
una presencia semejante a la presencia de Dios que hemos oído en la primera
lectura -esa lectura también poética, llena de belleza-. Una presencia que no
es un viento huracanado que agrieta los montes, ni un terremoto que rompa los
peñascos, ni un fuego que lo arrase todo. Sino que es la presencia de un
susurro: la presencia del amigo que acompaña y ofrece su mano.
Todo
esto es importante para nosotros. Es como una invitación a reforzar nuestra
relación con Dios, nuestra relación con Jesús. Y es, sobre todo, una
invitación a creer y una invitación a orar.
Una
invitación a creer que, en verdad, Dios nuestro Padre y JC nuestro hermano
están ahí, junto a nosotros, junto a nuestra barca. Están ahí, ofreciendo su
compañía y su amistad, y sostienen nuestro camino incluso cuando el viento
contrario nos impide avanzar y parece que no hay solución. Una invitación a
creer, una invitación a escuchar las palabras que el mismo Señor nos
transmitía en el salmo que hemos recitado: «Dios anuncia la paz. La salvación
está cerca de sus fieles».
Y
una invitación a orar, a aprender a orar. La oración es ponerse ante el Padre,
ponerse ante Jesús y presentarle nuestra realidad, nuestras ilusiones y
nuestros desencantos, nuestras pobrezas y nuestras esperanzas. Las nuestras y
las de la gente que tenemos a nuestro alrededor, y las del mundo entero. Y así,
con sencillez, sin necesidad de grandes razonamientos, como el que se dirige a
un amigo verdadero, manifestarle nuestra esperanza en él, nuestra confianza en
su amor, nuestros deseos de que su vida crezca en nosotros y en todos los
hombres.
Lo
importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar
hacia Dios nuestras manos vacías, no sólo como gesto de súplica sino también
de entrega confiada de quien se sabe pequeño, ignorante y necesitado de
salvación.
No
olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de
encontrar siempre esa mano que nos salva del hundimiento total.
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