SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO


Lc 12,13-21:
Si careces de codicia, todo será tuyo

Jesucristo nuestro Señor, que otorga el amor, recrimina la codicia. Quiere arrancar el árbol malo y plantar el bueno. Del amor mundano no brota ningún fruto bueno, del divino ninguno malo. Son estos los dos árboles de los que dijo el Señor: El árbol bueno no produce frutos malos; en cambio, el malo los da malos (Mt 7,17). Nuestra palabra, cuando procede de Dios, el Señor, es la segur puesta a la raíz del árbol malo. La misma palabra del evangelio leído hirió a los malos árboles; pero poda, no tala. Sábete que no te conviene lo que no quiere que tengas el que te creó. El Señor no quiere que haya en nosotros codicia mundana.

Nadie, por tanto, diga: «Busco lo. mío, no lo ajeno». Guárdate de toda codicia (Lc 12,15). No ames demasiado tus bienes que pueden perecer, pues perderás sin duda los imperecederos. «Yo -dices- no quiero ni perder lo mío, ni apropiarme de lo ajeno». Esta excusa o pretexto es señal de cierta codicia, no gloria del amor. Del amor se dijo: No busca las cosas propias, sino lo que interesa a los demás (1 Cor 13,5; Flp 2,4). No busca su comodidad, sino la salvación de los hermanos. Pues si prestasteis atención y os disteis cuenta, también buscaba su propio interés, no el ajeno, aquel que solicitó apoyo del Señor. Su hermano se había llevado todo el patrimonio dejándole sin la parte que le correspondía. Vio al Señor justo —no podía haber encontrado mejor juez— y requirió su ayuda diciéndole: Señor, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia (Le 12,13). ¿Hay algo más justo? «Que tome él su parte y me deje a mí la mía. Ni todo para mí, ni todo para él, pues somos hermanos».

Si, en cambio, viviesen en concordia, tendrían siempre la totalidad de la herencia, pues lo que se divide disminuye. Si viviesen concordes en su casa, como cuando estaba en vida su padre, cada uno lo poseería todo. Si, por ejemplo, tuviesen dos fincas, las dos serían de ambos, y a quien preguntase por ellas ellos responderían que eran suyas. Si preguntares a uno de ellos de quién era la finca, te respondería: «Nuestra». Y, si siguiesen preguntando: «¿De quién es la otra?», respondería de igual forma: «Nuestra». Si cada uno se quedase con una, disminuiría la posesión y cambiaría la respuesta. Si preguntases entonces: «¿De quién es esta finca?», te respondería: «Mía». —«¿Y la otra?»—. «De mi hermano». No adquiriste una, sino que perdiste la otra, porque dividiste la herencia. Como le parecía que era justa su codicia, puesto que reclamaba su parte en la herencia y no deseaba la ajena, como presumiendo de lo justo de su causa, pidió el apoyo del juez justo. Pero. ¿qué le respondió? Di, ;oh hombre!, —tú que no percibes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres—, ¿ quién me ha constituido en divisor de la herencia entre vosotros? (Lc 12,14). Le negó lo que le pedía, pero le dio más de lo que le negó.

Le pidió que juzgase sobre la posesión de la herencia, y Jesús le dio un consejo sobre el despojo de la codicia. ¿Por qué reclamas las fincas? ¿Por qué reclamas la tierra? ¿Por qué tu parte en la herencia? Si careces de codicia lo poseerás todo. Ved lo que dijo quien carecía de ella: Como no teniendo nada y poseyéndolo todo (2 Cor 6,10). «Tú, pues, me pides que tu hermano te dé tu parte en la herencia. Yo —respondió— os digo: Guardaos de toda codicia. Tú piensas que te guardas de la codicia del bien ajeno; yo te digo: Guardaos de toda codicia. Tú quieres amar con exceso tus cosas y, por tus bienes, bajar el corazón del cielo; queriendo atesorar en la tierra, pretendes oprimir a tu alma». El alma tiene sus propias riquezas como la carne tiene las suyas.

Sermón 107 A, 1.