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-"No
es mi problema". Jesús no lo aceptó. Nos sucede con frecuencia a todos.
Nos sucede que ante dificultades, problemas o peticiones y pretensiones de
alguno de nuestros prójimos, decimos: "No es mi problema". Y es que
cada uno de nosotros ya tiene su buen fardo de problemas -en su vida personal,
familiar, de trabajo, etc.- como para que tengamos que cargar con fardos ajenos.
A veces se nos conmueve el corazón ante las desgracias de alguno de nuestros
prójimos, pero, en general, pensamos -si no decimos- que cada uno se resuelva
sus problemas.
Algo
así pensaron y dijeron los discípulos de Jesús en aquel despoblado, ante el
problema de aquella multitud sin comida. Y los discípulos eran buena gente
(como la mayoría de los hombres y mujeres de ayer y de hoy son buena gente).
Pero una cosa es ser más o menos bueno -un poco aquello de: yo no robo ni mato-
y otra bastante distinta es sentir los problemas de los demás como propios.
Jesús,
sin embargo, no aceptó el sencillo decir "no es mi problema". Antes
de hacer lo que solemos llamar el milagro de la multiplicación de los panes y
de los peces, hace como otro milagro, previo y más importante (y quizá incluso
mas difícil): el milagro de contagiar su interés por todos, su preocupación
por todos, su acción eficaz en favor de todos. No hace falta que la gente se
vaya (que cada uno por su cuenta busque la solución de su problema). Traed lo
que tengáis, aunque sea poco. "Alzó la mirada al cielo, pronunció la
bendición, partió los panes y se los dio". Y lo poco compartido, se
convirtió en mucho, suficiente para todos y aún sobró. Y es que lo que
tenemos -aunque sea poco- si es compartido, siempre es mucho.
-Ante
nuestros problemas, jamás Dios dice: "No es mi problema" Pero aquel
hecho por tantos conceptos admirable que sucedió en aquel descampado de
Galilea, no es sólo un ejemplo de cómo hemos de intentar ocuparnos y
preocuparnos nosotros de los problemas de los demás. Es también un ejemplo
revelador de cómo se comporta Dios -el Dios que nos reveló Jesucristo- con
nosotros, con cada uno de nosotros, sin excepción.
Ante
nuestros problemas, nuestras dificultades, nuestros agobios, también ante
nuestro personal pecado, Dios, nuestro Padre, nunca dice: "No es mi
problema". Nunca nos envía, nunca nos despide, para que resolvamos solos
nuestros problemas. Nuestros problemas El los siente y vive como propios. Nunca
nos deja solos con ellos.
Esto
es lo que explica el maravilloso hecho de que el Hijo de Dios se hiciera del
todo hombre. Que compartiera del todo nuestra vida. Es el máximo modo de
decirnos que El, Dios, se interesa absolutamente por nosotros, por cada hombre y
cada mujer, de un modo que nunca hubiéramos podido imaginar.
Por
eso, hermanas y hermanos, sea cual sea nuestra situación, nuestros problemas,
lo que nunca debemos hacer es desconfiar del interés de nuestro Padre
celestial. Repitámoslo una vez más: ante nuestros problemas, Dios nunca dice
"este no es mi problema". Nos pide nuestra colaboración "como
pidió los cinco panes y los dos peces- pero, sobre todo, nos da su interés, su
ayuda. Es decir, su bendición, que es su amor eficaz en nosotros.
-Nada
puede apartarnos del amor de Cristo. El nos da su Alimento Es lo que hemos
escuchado en las palabras tan expresivas de san Pablo, en la segunda lectura.
"¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la
angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?...". Pidamos hoy, con toda
confianza, que también nosotros, como el admirable apóstol Pablo, aquel hombre
apasionado por Cristo y por los hermanos, podamos estar cada día más
convencidos de que "ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni presente, ni
futuro, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en
Cristo Jesús".
De
aquel amor por nosotros, por cada uno de nosotros, sin excepción ni exclusión
alguna, que cada domingo, en la Eucaristía, se nos concreta y acerca y
actualiza cuando también nosotros -y Jesucristo con nosotros- bendecimos el
pan, lo partimos y lo compartimos. El Pan que es alimento que nos asegura que
nunca Dios deja de compartir nuestros problemas. Para que nosotros aprendamos a
compartir -unos con otros- los problemas de todos.
J.
GOMIS
MISA DOMINICAL 1993/10
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