28 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XVI - CICLO C

26-28


26. DOMINICOS 2004     

Las paradojas de la misión


En pleno verano, la Palabra de Dios nos presenta la “única cosa necesaria” y la necesidad de elegirla para nuestra vida.

Dios entra en la tienda de Abrahán y Sara y acepta la invitación de éstos. Cristo acepta la invitación de Marta. La Iglesia es la tienda del encuentro del Antiguo Testamento, es nuestra casa. En ella Cristo realiza su conversación salvífica con el hombre y la mujer a través de su Palabra, de los sacramentos y de la comunión eclesial.

Los cristianos estamos hoy ante las mismas posibilidades que tuvieron Abraham o María de Betania: en la Iglesia podemos encontrarnos con Cristo, sentarnos a sus pies, contemplar su rostro, escuchar su voz. La Iglesia nos acompaña en nuestro proceso de adhesión y crecimiento en Cristo hasta que alcancemos la plenitud en Él. Don de él acogido en nuestra escucha. También es tarea nuestra el silencio a sus pies, no sólo el servicio. Se siente más acogido cuando le escuchamos que cuando le ofrecemos lo que por Él creemos poder hacer.

Pero la hora del servicio llegará. Jesús lo presentó como tarea propia de sus seguidores. María tendrá tiempo para incorporarse a él; pero en principio hay que escuchar.

Comentario Bíblico
El Señor no pasa sin dejar huella en nuestra vida


Iª Lectura: Génesis (18,1-10): Abrahán, a la escucha de Dios
I.1. En la primera lectura nos encontramos con una de las estampas más evocadoras de los relatos en torno al padre del pueblo de Israel, Abrahán. Es un relato que tiene todas las connotaciones de leyenda sagrada, pero que expresa el misterio de la vida de este personaje que todo se lo jugó apoyado en la palabra de Dios, en su promesa de darle un tierra y una heredad. Tres personajes aparecen a lo lejos, que son como uno, porque es uno el que al final habla al Patriarca. Se pone en funcionamiento la sagrada ley de la hospitalidad en el Oriente, y muy especialmente en el desierto, aunque aquí nos encontremos en Mambré. Son varias las experiencias religiosas que Abrahán tiene en Mambré y que han sellado el nombre y el lugar como algo religioso.

I.2. La iconografía de la tradición cristiana ortodoxa ha visto aquí el misterio de la Trinidad, e incluso de la Eucaristía, ante los dones que ofrece Abrahán. Todo ello se ha reproducido en un bello Icono que es de los más conocidos del mundo. Efectivamente, se ha querido representar la visita del Señor para hacerle la promesa de que tendrá un verdadero heredero. El paso de Dios a nuestro lado, por nuestra vida, constantemente o en momentos puntuales, es una experiencia de la cuál han hablado grandes y pequeños personajes de la historia de la humanidad. Ése es el tema teológico de las lecturas de este domingo.



IIª Lectura: Colosenses (1,24-28): El misterio de Dios y su revelación
II.1. La segunda lectura pone de manifiesto que el misterio de Dios se ha revelado a los suyos, a la Iglesia, por medio de su ministro. Es Pablo, aunque no sea precisamente el autor de esta carta, el que se ha dedicado a contemplar ese misterio que es Cristo, para darlo a conocer a los hombres. No se trata, claro está, de una elección esotérica, reservada a algunos, sino que todo el que quiera conocer a Dios lo puede hacer por medio de Cristo. Pablo subraya con énfasis que este misterio se abre de par en par a todos los hombres y nadie está excluido.

II.2. El “misterio de Dios” se ha hecho presente en Cristo, y de alguna manera ha dejado ya de estar velado y de ser algo imposible para los hombres. Es verdad que sigue siendo misterio, pero está humanizado; está humanizado en Cristo y está humanizado en el servicio de proclamarlo a los hombres. Dios ¡misterio escondido! No es una esencia sin entrañas, al contrario es un “personaje” que se siente el verdadero Dios en la medida en que puede comunicarse y no guardarse para sí su bondad. Aquí se cumple aquello del «Bonum est difusivum sui» : El bien es de suyo difusivo. Para ello, Dios tiene a Cristo y al apóstol, para comunicarse.



Evangelio: Lucas (10,38-42): Saber elegir lo que Dios desea
III.1. El evangelio de Lucas nos presenta a Jesús, en su camino a Jerusalén, que hace una pausa en casa de Marta y María. Ya es sintomático que se nos describa esta escena en la que el Señor entra en casa de unas mujeres, lo que no podía ser bien visto en aquella sociedad judía. Pero el evangelista Lucas es el evangelista de la mujer y pone de manifiesto aquellos aspectos que deben ser tenidos en cuenta en la comunidad cristiana. Sin la cooperación de la mujer, el evangelio hubiera sido excluyente. El sentido de este episodio ha dado mucho que hablar, dependiendo del tipo de traducción que se adopte del original griego: “una sola cosa es necesaria”, o por el contrario “pocas cosas son necesarias”, dependiendo de los manuscritos. La primera opinión parece más coherente. Muchos pensaron que se trataba de defender la vida contemplativa respecto de la vida activa o apostólica. Esta es ya una vieja polémica que no tiene sentido, porque las dos cosas, los dos aspectos, son necesarios en la vida cristiana. La opción polémica entre la vida activa y la vida contemplativa sería empequeñecer el mensaje de hoy, porque debemos armonizar las dos dimensiones en nuestra vida cristiana.

III.2. Lo que Lucas subraya con énfasis es la actitud de escuchar a Jesús, al Maestro, quien tiene lo más importante que comunicar. No quería decir Jesús que “un solo plato basta”, como algunos han entendido, sino que María estaba eligiendo lo mejor en ese momento que él las visita. Este episodio, todavía hoy, nos sugiere la importancia de la escucha de la Palabra de Dios, del evangelio, como la posibilidad alternativa a tantas cosas como se dicen, se proponen y se hacen en este mundo. Jesús es la palabra profética, crítica, radical, que llega a lo más hondo del corazón, para iluminar y liberar. Ya es sintomático, como hemos apuntado antes, el detalle que Lucas quiera poner de manifiesto el sentido del discipulado cristiano de una mujer en aquél ambiente.

III.3. Tampoco se debería juzgar que Marta es desprestigiada, ¡ni mucho menos!, ¡está llevando a cabo un servicio!, pero tiene que saber elegir. Muchas veces, actitudes contemplativas pueden ocultar ciertos egoísmos o inactividad de servicio que otros deben hacer por nosotros. Porque Jesús, camino de Jerusalén, ha pasado por su lado y es posible que en su afán no supiera, como María, que tenía que dejar huella en su vida. María se siente auténtica discípula de Jesús y se pone a escuchar como la única cosa importante en ese momento. Y de eso se trata, de ese ahora en que Dios, el Señor, pasa a nuestra lado, por nuestra vida y tenemos que acostumbrarnos a elegir lo más importante: escucharle, acogerle en lo que tiene que decir, dejando otras cosas para otros momentos. Lucas, sin duda, privilegia a María como oyente de la palabra y eso, en este momento de subida a Jerusalén, es casi decisivo para el evangelista. Se quiere subrayar cómo debemos, a veces, sumergirnos en los planes de Dios. De eso es de lo hablaba Jesús camino de Jerusalén (según Lucas) y María lo elige como la mejor parte. Marta… no ha podido desengancharse… y ahora debiera haberlo hecho.

Fray Miguel de Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org

Pautas para la homilía


El Señor llega hasta nosotros.

El Señor viene a nuestro encuentro, gusta de nuestra compañía, de sentarse a la mesa y compartir sus confidencias con los hombres igual que lo hacen dos amigos, ama nuestro trato, nuestra atención, nuestra escucha.


Su presencia es origen de vida

Abraham, sentado a la puerta de su tienda, acoge la visita de Dios, se desvive por atenderle ofreciéndole lo mejor de su hacienda. En el encuentro surge la palabra que da vida: Dios confirma la promesa que hizo a Abraham de que nacería de él un pueblo grande: “Sara va a tener un hijo”. Dios pasa por nuestras vidas abriéndonos el horizonte de nuestra existencia, nos involucra en su acción salvadora.


Jesús quiere el trato de amistad con nosotros, en nuestra casa.

El evangelio nos narra otro encuentro: Jesús se hospeda en casa de María y Marta. Ambas lo acogen con dos disposiciones distintas: Marta lo ama desde la acción, se multiplica en el servicio, realiza muchas tareas sin pararse a pensar si realmente lo que ofrece es acorde a lo que el huésped desea. María, sin embargo, no se preocupa por obsequiarle, hace silencio y sentada a sus pies le escucha. Ante la queja de Marta, Jesús interviene: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”.


Jesús no condena la servicialidad de Marta, desea que tenga sentido.

Pues precisamente Él ha venido a servir y no a ser servido. Tampoco le reprocha su trabajo porque “El Padre y yo estamos siempre trabajando”. Jesús acentúa simplemente que el servicio que no se inicia en la escucha de Dios, no fructificará, se convertirá en una acción estéril, sin efectividad. Para que nuestro obrar tenga peso ha de confirmarse siempre en la oración, en la escucha de la Palabra, en el encuentro con el Señor.


Jesús propone un trabajo espiritual y duradero, una nueva mentalidad.

Quiere darnos a conocer el misterio de Dios, su gloria, su riqueza. Sentados a sus pies nos enseña los recursos de la sabiduría para que lleguemos a la madurez de Cristo, a tener la mente de Cristo, la mente de Dios.


María lo entiende.

María, la amiga de Jesús, realiza una experiencia religiosa sosegada y sin prisas. Su actitud de escucha y comprensión de lo que Jesús dice la mueve a implicarse con todo su ser a vivir, con toda libertad, lo que comprende. Se dispone a ver el mundo con los ojos de Cristo, con la sabiduría divina. Sentada a sus pies toda su persona se adhiere y se inserta en Cristo.

Sor María Pilar Soler, O.P.
Monjas de Orihuela
orihueladominicas@alfaexpress.net


27.

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Antonio Izquierdo

Nexo entre las lecturas

La primera lectura y el Evangelio hablan claramente de la hospitalidad. Se nos habla de Abrahán que, en plena canícula, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes. Se nos habla de Marta de Betania que acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa, y de María, su hermana, que acoge como discípula atenta la palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los colosenses presenta a Pablo que hospeda en su cuerpo y en su alma al Cristo Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia.


Mensaje doctrinal

1. Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abrahán para con tres personajes algo misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente y a contrapelo de las leyes naturales. Llama la atención en este texto el hecho de que Abrahán se dirige a los tres personajes en singular: "Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor". Para Abrahán esos personajes son mensajeros (ángeles) de Dios, que vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, visos de ser una teofanía, en la que Abrahán acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abrahán que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abrahán acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abrahán acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente el misterio de Dios, hospedar confiadamente su palabra y, consiguientemente, tener la seguridad de que Dios bendecirá nuestra existencia.

2. Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están representadas por Marta y María. Son dos formas igualmente buenas y necesarias, aunque la segunda sea preferible a la primera. Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni una jota de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús en modo alguno desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e, indirectamente, invita a Marta a dársela. Es como si Jesús dijera a su anfitriona: "Mira, Marta, prepara cualquier cosita, y luego ven a sentarte junto a María y a escuchar como ella mi palabra". Dos formas de hospedar al amigo, de distinto valor, aunque las dos sean necesarias.

3. Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, a un crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema.


Sugerencias pastorales

1. Hospitalidad hacia los emigrantes. Hoy la palabra hospitalidad puede traducirse por solidaridad. El cristianismo nos enseña que todos somos hermanos, y por ello todos hemos de ser solidarios unos de otros. Porque no hemos de olvidar que la solidaridad es recíproca. El anfitrión se muestra solidario acogiendo al huésped, y éste hace patente su solidaridad acogiendo con agradecimiento y respeto la hospitalidad que se le brinda. En definitiva, el anfitrión acoge a Cristo en el huésped y éste acoge a Cristo en el anfitrión. Todo esto resulta de gran actualidad ante el problema no pequeño ni fácil de los emigrantes que, como oleadas constantes, llegan sobre todo a los países de Europa y de América. Ellos son nuestros hermanos en Cristo o, al menos, en humanidad, y por eso hemos de respetarles y acogerlos. Ellos, por su parte, no han de olvidar que nosotros somos sus hermanos, a quienes deben respeto y acogida en su corazón. ¿Cómo no pensar que, tras la pantalla de la emigración, se esconde en ocasiones la microcriminalidad, la mafia de emigrantes clandestinos, la importación ilícita de tabaco y de droga, la mafia inhumana de secuestro de niños para vender sus órganos o el engaño de jovencitas que serán llevadas a diversos países de Europa y vendidas a la prostitución? Cuando el respeto mutuo falla, no se debe exasperar ni generalizar, dejándose caer en el racismo o el odio a todos los extranjeros, pero la autoridad pública deberá intervenir y, cuando sea necesario, expulsar a los delincuentes. La hospitalidad tiene sus reglas humanas y cristianas, y todos hemos de cumplirlas con fidelidad, para que la convivencia sea provechosa para todos.

2. Hospedar a Quien nos ha hospedado. Pienso que es importante el que tomemos conciencia de que nosotros somos huéspedes. Al venir a la vida hemos sido hospedados por Dios, autor de la misma, en esta gran casa que es la tierra; sí, porque toda la tierra es la casa de Dios para todo hombre que viene a este mundo. Hemos sido hospedados con cariño en una familia: nuestros padres y hermanos, nuestros abuelos, nuestros tíos...Hemos sido hospedados en una sociedad, en una nación, en una cultura, en una institución política, educativa...Y sobre todo hemos sido hospedados por Dios en la Iglesia, la casa que Dios nos ha regalado a los creyentes en Cristo. La reciprocidad nos obliga. Hemos de hospedar a quien nos ha hospedado, sobre todo al Huésped por excelencia que es Dios Nuestro Señor. Hemos de dar el debido respeto al Huésped en nuestras palabras. El blasfemar, el jurar en vano, el negar a Dios rompe las reglas del respeto debido. Hemos de dar el debido respeto a Dios en la Iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Un respeto que se traduce en conciencia de la presencia de Dios en la Eucaristía, en adoración humilde y agradecida, en el reconocimiento práctico del carácter sagrado de la Iglesia, etc.


28. CLARETIANOS 2004

"Hospitalidad": la virtud en tiempos de globalización

Este domingo nos confronta con un tema de especialísima importancia. Estamos en tiempos de globalización, de innumerables inmigraciones y emigraciones. La virtud más importante para tiempos como éste es: la hospitalidad.

La hospitalidad nos habla de las relaciones que se establecen entre el huésped y su anfitrión. Esas relaciones conllevan obligaciones y responsabilidades. El huésped y el anfitrión existen en su mutua relación: no existe el uno sin el otro.

El huésped es un ausente que en cualquier momento puede hacerse presente y reivindicar su derecho de hospitalidad. Allí donde vige la hospitalidad, el ausente tiene derechos ante el anfitrión (ser acogido) y el anfitrión -todavía no constituido en cuanto tal- tiene deberes respecto al huesped que se le acerca (acogerlo).

No es fácil descubrir el motivo de la hospitalidad en los seres humanos, o tal vez los complejos motivos que la hacen surgir en distintos pueblos y culturas. Pero, en todo caso, la relación de hospitalidad no es mecánica, ya que el huésped puede irse o el anfitrión puede retirar su acogida; pero tampoco es arbitraria, dado que el anfritrión se siente moralmente obligado a recibir a un huésped, aunque sea inoportuno.

La característica fundamental de la hospitalidad es la acogida y el reconocimiento del huésped por parte del anfitrión. Huésped puede ser cualquier persona; reconocerla como huésped supone dar un paso muy importante hacia el reconocimiento de todos los seres humanos como huéspedes virtuales. En muchas culturas se prohibe preguntar al huésped por su procedencia o su nombre, como si fuera una representación simbólica del ausente. Se acoge al extraño, al otro, que no pertenece a "los míos".

La hospitalidad es virtualmente sagrada. En no pocos pueblos se siente que ese "otro" que es el huésped está revestido de misterio. Una cierta sacralidad lo envuelve. El huésped puede ser un dios. El hospedaje de los dioses es un tema que aparece muchas veces en la mitología griega, en la Biblia y en la tradición de muy diversas culturas. Los dioses, se dice, asumen frecuentemente formas irreconocibles y piden ayuda a los humanos. La carta a los Hebreos dice que algunos habían hospedado ángeles sin saberlo (Heb 13,2). De este modo se sanciona religiosamente el derecho de hospitalidad: con los extraños hay que comportarse como si de la visita de un Dios se tratara.

El gran patriarca Abraham concentró en sí mismo uno de los valores más llamativos del pueblo de Dios: la hospitalidad.

Tres personajes misteriosos se le acercaron en lo más caluroso del día. En el momento del sopor. Cuando a uno menos le apetece ser molestado. Sin embargo, Abraham hace gala de su capacidad de acogida. Acudió a la puerta de la tienda para recibirlos, se postró en tierra, suplicó a los visitantes, o al visitante, que no pasara de largo.

Les ofreció toda su hospitalidad. Se sentía agraciado por poder hospedar a aquellos visitantes imprevistos.

La insistencia de Abraham resulta llamativa, en un contexto cultural como el nuestro, en que buscamos cualquier excusa para librarnos de quienes nos resultan visitantes inoportunos.

Detrás de cada visitante está Dios, está su Misterio. Acoger a cualquier persona es acoger al mismo Dios.

No solo vino Dios a visitar a Abraham. Hay algo mucho más misterioso todavía. Dios nos ha enviado a su Hijo. Jesús de Nazaret nos visitó. Vivió entre nosotros.

Pero hay un misterio, todavía más sublime. El mismo Jesús, muerto y resucitado está en medio de nosotros, vive con nosotros. Su cielo es la tierra, es la comunidad humana.

La encarnación lo ha ligado definitivamente a la humanidad, al destino de todos y cada uno de los seres humanos.

Pero esta Presencia, que el autor de Colesenses define como "el Misterio", ha de ser acogida. Solo manifiesta todas sus virtualidades en aquellos que saben acogerla, con actitud de inmensa hospitalidad.

A quienes acogen la Palabra de Dios, el mismo Dios los regenera, los hace nacer de nuevo, los convierte en nueva creación.

Marta recibió a Jesús en su cara. Marta era mayor que María y la anfitriona. Jesús le reprocha con ternura: "¡Marta, Marta!" Y Jesús pone en contraste el frenesí de Marta con la paz de su hermana María que está a sus pies escuchando.

Lo que María - discípula a los pies de Jesús está haciendo es "lo único necesario". Adopta la actitud del discípulo. Así estaba Pablo ante Gamaliel, su maestro (Hech 22,3: "instruido a los pies de Gamaliel"). María ha escogido la mejor parte que no le será arrebatada por las convenciones sociales o religiosas.

Jesús no deja que Marta prive a María de su elección. Incluso invita a Marta a hacer lo mismo. Marta pensaba que ella era la anfitriona y Jesús el huésped. Pero "¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? Pues yo estoy entre vosotros como el que sirve" (Lc 22,27).

Jesús le dice a Marta que las obras de caridad u hospitalidad han de ser consecuencia de la escucha de la Palabra. Escuchar la Palabra fructifica en acciones de caridad y generosidad. La hospitalidad convencional tiene unos límites. Hay una hospitalidad profunda, honda, que nace de la escucha de la Palabra de Dios.

De hecho, Marta aprendió la lección. El cuarto evangelio nos dice que cuando murió Lázaro Marta salió a recibir a Jesús fuera del pueblo de Betania. El diálogo entre ambos es preciosísimo. Marta se revela como una excelente discípula de Jesús que ha comprendido de verdad su misterio. Es, de hecho, la mujer que confiesa por primera vez: "SJ que eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".

JOSÉ CRISTO REY GARCÍA PAREDES