SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc 10,25-37: Nos llevó a la posada, es decir, a la Iglesia
Comentando este salmo os he exhortado encarecidamente al ejercicio de la misericordia, porque el ascenso comienza con ella, y, como bien sabéis, sólo quien asciende canta el cántico de los peldaños. Recordad. No améis el bajar olvidando el subir; antes bien, pensad siempre en subir, puesto que quien bajaba de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones. Si no hubiera bajado no hubiese ido a parar en ellos. Adán descendió y cayó en sus manos. Todos nosotros somos Adán. Pero pasó el sacerdote y no se preocupó de él, como tampoco el levita, puesto que la ley no podía sanar. Pasó también cierto samaritano, es decir, Jesucristo nuestro Señor. A él se le dijo: ¿No decimos en verdad que eres samaritano y tienes el demonio? (Jn 8,48). Él no respondió: «No soy samaritano», sino: Yo no tengo demonio. En efecto, samaritano quiere decir guardián. Si hubiera dicho que no era samaritano hubiese negado ser guardián. ¿Y quién otro nos custodiaría? Luego presentó la parábola, como sabéis: Pasó un samaritano y obró con él misericordia (Lc 10,33). Yacía herido en el camino porque bajó. El samaritano no nos abandonó al pasar; nos curó, nos subió al jumento, es decir, a su carne; nos llevó a la posada, esto es, a la Iglesia, y nos encomendó al mesonero, que es el Apóstol, y le entregó dos denarios para curarnos, a saber, el amor a Dios y al prójimo, puesto que toda la ley y los profetas se encierran en estos dos mandamientos. Y dijo al mesonero: Si gastas algo más, te lo daré al volver (Lc 10,35). Efectivamente, el Apóstol gastó más, en cuanto que estando permitido a los apóstoles, como soldados de Cristo, el ser alimentados de parte de la hueste de Cristo, sin embargo, él trabajó con sus manos y condonó a las huestes sus provisiones. Son cosas que han sucedido: por haber descendido hemos sido heridos. Ascendamos, cantemos, y avancemos para llegar.
Comentario
al salmo 125,15
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